sábado, 26 de agosto de 2006

ROCK, MASTURBACIÓN Y SAYONARA

Desde mi más tierna edad vi en el fenómeno del rock el motivo de mi vida. Excitado y sorprendido accedía a los discos a través de un primo mayor llamado Juan Ignacio. Los sábados, cuando Juan salía a recorrer con sus amigos la monótona noche de Mar del Plata yo subía hacia el altillo que mis padres le habían acondicionado para vivir y escarbaba con emoción los discos que él apilaba por donde quiera que uno pise. Allí arriba, a veces escuchando la lluvia; otras, luego de una veloz y precisa masturbación pensando en María, escuche a quienes con los años se convertirían en mis guías de relaciones a
morosas, en mis maestros de actitudes y obsesiones y en mis confesores de pecados y cobardías: los ídolos del rock. De ese modo pude oír años y años después de sus grabaciones originales la voz con distintas vertientes de Lennon (del susurro de una balada tierna al grito primal de Plastic Ono Band); el misterio de Jim Morrison; el lamento quebrado e irónico de Bob Dylan; el agudo y pesado Blues de Cris por Pescado Rabioso; los riffs efectivos de Led Zeppelin, Deep Purple y Creedence; el eco solitario del Lado Oscuro de la luna; el temor inédito que me provoco escuchar el solo que estaba en el medio de Fuegos de Octubre, mezcla de guitarras y sintetizadores; lo extrañeza de escuchar Uncle Meat de las Madres de la invención (mi primo me dijo que para escuchar a Zappa había que saber el idioma inglés pero que de todos modos no era imposible apreciarlo ya que era un gran músico).

Además de escuchar música, mi primo leía revistas dedicadas al tema. Se trataba de viejas publicaciones que ya ni siquiera seguían saliendo pero que él guardaba con devoción ya que habían pertenecido a un hermano mayor que se había ido a vivir a Mallorca. Las revistas eran Pelo, Pan y Circo, Generación X y un diario de cultura adolescente que se llamaba 13/20 donde, por medio de una sección donde los jóvenes preguntaban sobre sexo, me entere que había gente a la que le sangraba el pene mientras tenía relaciones, mujeres con vaginas impenetrables y gays que no se animaban a decirle a sus padres su condición sexual. Todos estos datos eran comentados y vivamente discutidos junto a mis dos mejores amigos: Nahuel y Facundo, baterista y bajista de la banda que soñábamos tener.

Era el altillo de mi primo donde junto a ellos hablábamos de mujeres, sexo y fútbol. Por eso mismo en una conversación se podían unir las observaciones sobre las tapas de los Beatles (el collage de Revolver, la histórica caminata de Abbey Road), el crecimiento gradual y firme de los pechos de María y la venta al fútbol inglés de Cristian Bassedas, el ídolo de Nahuel, jugador de Velez Sarfield que no había sido convocado para la última Copa Mundial. Nahuel decía convencido que Passarella había cometido el peor de los pecados al dejarlo afuera en tanto preveía para su ídolo un destino de gloria. (Pocos años después Bassedas se retiro de la actividad deportiva más joven que cualquier otro jugador de fútbol).

Juan Ignacio había atravesado la extinción de los vinillos, el auge del casette y la final consagración del cd. Sin embargo, decía que la mejor manera de escuchar era con el Winco, ya que se oía exactamente todo lo que los músicos habían grabado. Para comprobar su sentencia me repetía una y otra vez una tos que se escuchaba en la mezcla final de Canción para mi muerte:
-Ves- me decía.- Si vos queres escuchar la esencia: agarra el vinillo, si te queres conformar con el envoltorio anda al cd.

Y algo de razón tenía: no era lo mismo ver la tapa de Sargent Peppers en el formato de vinillo que en los 10 cm. del cd. Años después comprobé que también en la edición de cd se escuchaban las toses en el tema de Sui Generis. Se lo dije a mi primo que me contesto, un tanto enojado, que de seguro habían agregado la tos por arriba y que de ningún modo eran las originales. Le pregunte si la tos era de Charly García y él me dijo que en la original si. Después aclaro que en la remasterización en cd Charly se habría negado a hacerlo, que lo habrían hecho a sus espaldas. No desestimo que Nito Mestre pueda haber accedido a semejante profanación. “Necesita plata de cualquier lado” termino el tema Juan Ignacio.

Un verano Facundo llego excitado a mi casa. Yo estaba tirado en mi cama mirando el techo de madera, buscando caras y escuchando a todo volumen con los auriculares un disco de Vox Dei, banda que siempre me gusto y me avergonzaba reconocer en público. Cuando Facundo entro a la pieza (sin golpear) tuve el veloz ademán de apagar con un golpe de puño el radiograbador y sacarme los auriculares con destreza; estaba haciendo la mímica del tema, con caras acordes a cada letra (“Se que ahora tengo yo, alguien a quien amar, no es quizá que no sé mirar cuanto, cuanto, hay a mi alrededor…”) y gestos ortodoxos de estrella de rock. Varias veces mi madre me había sorprendido en medio de un solo de guitarra invisible. El pacto tácito con ella era hacer como si nada hubiese ocurrido y comunicarme sin más preámbulos que tenía que poner la mesa, ir a comprar vinagre o cuidar al hijo de una vecina.

Ya sereno, pude escuchar de boca de Facundo la noticia del verano: sus tíos habían vuelto de California y le habían traído una guitarra eléctrica. Automáticamente se unió Nahuel a la discusión sobre quien debería ser el guitarrista de la banda (recordar que hasta ese momento el instrumento mencionado iba a ser ejecutado por mí). Se decidió finalmente, luego de gritos, lágrimas y peleas, que cada uno iba a tocar el instrumento que primero adquiriera. Por un tiempo no se hablo más del tema.

Luego de la excitación por el nuevo juguete vino la decepción: ninguno de los tres era capaz de sacarle a esa guitarra celeste y blanca un solo y miserable acorde. A lo sumo nos limitábamos a tocar arriba de algunos temas de los Rolling Stones y creer que lo estábamos haciendo bien. Facundo leía declaraciones de Keith Richards para estudiarlas y comunicárnoslas a nosotros como propias: “La guitarra es como una mujer, hay que tratarla bien y los acordes salen” o “Yo no he tenido problemas con las drogas, la policía tiene problemas conmigo”. Luego, tomaba la guitarra y hacía un estruendo sonoro más parecido a un tema de avant garden que a un preciso riff de los Rolling Stones.

Dada nuestra pobre realidad acudimos a nuestro Dios: mi primo Juan Ignacio, que ese mismo año había empezado a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras. Tenía una novia cordobesa que estaba la mayor parte del tiempo en su cuarto, en la mayoría de los casos despeinada y con las ropas arrugadas. Cuando tocábamos su puerta, se oían risas, murmullos y ruidos de cinturones hasta que, varios minutos después, aparecían las caras de los dos, bañadas en sudor. Ella se llamaba Alejandra y el rasgo que más sobresalía al verla era su total prescindencia de corpiño. Este dato revelador fue discutido junto a mis dos amigos y comprobado cuando la cordobesa dijo que usar ese tipo de prenda le parecía una imposición estúpida por parte de una sociedad repleta de mujeres machistas. Mi primo asentía entusiasmado ante esas expresiones de rebeldía mientras le besaba el cuello y sonreía mirándonos a nosotros tres, que, hipnotizados, observábamos el vaivén perpetuo de los pezones de Alejandra quien tenía la feliz costumbre de usar remeras blancas. La novia de mi primo era sinónimo de masturbación entre nosotros y la sola mención de su nombre agudizaba en nuestras psiquis el más grande de nuestros deseos: dejar de lado la virginidad y tener acceso al cuerpo desnudo de una mujer, territorio inexplorado por nuestras impacientes humanidades sudorosas.

En las tardes de aquel año Juan nos enseño a sacar los acordes de Escalera al cielo, Angie, Boys don’t cry de los Cure, Confesiones de Invierno, Yesterdey, el Oso, Bajan y Humo sobre el agua. Mientras tanto Alejandra fumaba frenéticamente, leía a Cortázar y Galeano y pronunciaba pequeños y encendidos discursos contra los corpiños, la Iglesia, el machismo, Menem, la guerra de Kosovo y las compañeras de Facultad que escuchan Luis Miguel. Cada una de sus palabras eran tomadas por mí como partes indivisibles de una educación por afuera de las instituciones que advertía clandestina y rockera.

Un martes por la tarde, feriado nacional, por una cuestión milagrosa, me quede a solas con Alejandra. Había pasado pocos minutos en soledad con esa joven charlatana que exudaba sexo a cada paso,
a cada palabra aprendida en vaya a saber que Congreso de que Centro de Estudiantes del país (había estudiado en su ciudad de origen, en La Plata, en Buenos Aires, en Rosario y finalmente en Mar del Plata). Alejandra era todo el sexo que un púber de 14 años podía recibir; a través de sus musculosas blancas podía advertir el incomparable sabor de las muchachas argentinas universitarias. Todo en ella era revolucionario: su falta de corpiño, su pelo revuelto y a veces sucio, sus pantalones confeccionados con restos de cortinas, sus lecturas iniciaticas, sus repentinos malhumores. En la escuela había lo que yo y mis amigos llamábamos “proyectos”, en cambio Alejandra parecía totalmente construida. Maciza y delgada, en ese cuerpo de excepción sus pezones eran el núcleo central de un organismo en ebullición permanente. Esa tarde, con un sol que entraba entrecortado por los pliegues de las cortinas, Alejandra me hablo (con una sencillez brutal para mí) de condones (así decía ella) y tampones, del desarrollo de los hombres, del crecimiento de sus pechos, de la primera vez que tuvo relaciones (no con mi primo como él creía), de sus padres castradores, de la menstruación, de la vez que probo semen, de sus negativas a tener sexo anal. Cuando mi primo llegó, me encontraba en tal estado de excitación que tuve que correr hacia el baño para comunicárselo a mi pene, que, efectivamente, se encontraba en el mismo estado.

Desde ese día, Alejandra y yo comenzamos a tener una relación más estrecha. No fue decepcionante descubrir que me trataba como a un hermano menor o una amiga, cualquier cosa habría hecho por estar cerca de sus escotes, por oler el aroma difuso a cigarrillos y desodorante, a marihuana y chicle de menta que despedía su cuerpo. A partir de ese momento la figura de mi primo se desdibujo, Alejandra me contaba que a Juan Ignacio no se le había parado, que sus cuentos eran una mierda, que imitaba a Sabato, que sus amigos lo trataban de tonto, que lo había engañado con muchos y que él ni se había dado cuenta. Sin embargo ella decía que lo quería y que de ninguna manera lo iba a dejar porque eso implicaba quedarse en la calle (Alejandra estaba viviendo con nosotros desde unos meses a esta parte). Comprender que mi primo no era Dios fue difícil para mí. Pero pude superarlo.

Mientras tanto, Nahuel también había conseguido una guitarra eléctrica y nuestro proyecto se confundía. Si yo no conseguía un instrumento lo antes posible un ignoto Lucas avanzaba con ser el baterista del grupo. Entre la espada y la pared, para no quedar fuera de la banda, decidí ofrecer el garaje de mi casa como sala de ensayo e ingresar a Lucas como baterista, tomando las riendas del grupo a costa de no ser echado: ¿Cómo me van a echar de mi propia banda? pensaba.

Ya con Lucas totalmente integrado a la dinámica del grupo de amigos (que incluía, por supuesto, la fetichización de Alejandra como núcleo central de nuestras masturbaciones) por las tardes, luego de salir de la escuela, nos dedicábamos a ver los mismos capítulos de las mismas series de siempre: Alf, Mc Gyver, El súper agente 86, Los Simpsons, El chavo del 8, Los expedientes X y Buffy la cazavampiros, heroína sensual que mataba vampiros y monstruitos a patadas y nos recordaba el espíritu rebelde de Alejandra. Una vez le dijimos que se parecía y ella se enojo por días: el hecho de ser comparada con un instrumento del imperialismo yanqui le molesto de sobremanera.

Al mismo tiempo que veíamos las series discutíamos sobre el nombre que nuestra agrupación de rock debía tener: Dios, Judas y Satán fueron dejados de lado rápidamente por considerarlos místicos y grandilocuentes. Probamos como sonaba una frase en latín: Non Plus Ultra, pero no nos convenció. Seguimos con siglas de dudoso gusto que se le habían ocurrido a Nahuel como: B.R.U (Banda de rock universal) y G.M.A (Gladiadores musicales argentinos). Por consejo de Alejandra propuse nombres tales como: Freud, Arlt (“casi como Yes”), Los Kafka’s, Bioy, los Ocampo y hasta Wittgenstein. Todos fueron acertadamente rechazados cuando se me ocurrió la palabra Sayonara. Era un saludo en chino que había leído en el título de una historieta de Mi novia y yo. Los restantes miembros del grupo aceptaron el nombre y yo me sentí Mick Jagger, Lennon y Ozzy Osborne al mismo tiempo: era el líder, sin dudas, había elegido el nombre de la banda, se ensayaba en mi casa y había decidido incorporar a Lucas por mis propios medios. Lo único que me faltaba era una función en la banda. Esto último echaba por tierra mis temores de ser despedido del grupo a manos de un tal Damián que vivía en el barrio, tocaba el bajo y era mencionado con insistencia por Facundo.

Finalmente conseguí mi guitarra a través de un aviso en el diario De todo. Se trataba de una criolla vieja y destartalada que un hippie me vendió a treinta pesos.
-Esta usada- me dijo.-Muy usada y maltratada, tiene partes podridas, eso le da una historia al instrumento, un eco y una vida que difícilmente tenga una guitarra nueva.
Con esa misma explicación convencí a los miembros de Sayonara sobre la total importancia que una miserable criolla tenía en un grupo de rock. Éramos 3 guitarristas y “un baterista temperamental” que tocaba parado, lanzando gritos e insultos a seres imaginarios. Por lo que se desprendía de sus palabras se trataba de tipos en verdad desagradables. Intentamos un ensayo pero no llegamos a nada, mi sonido, obviamente se perdió entre el ruido de los demás. A la distancia, esa precaria formación sin bajo adelanto el revival que hubo a principios de los 2000 cuando la escena del rock se pobló de grupos pretendidamente “salvajes” y “desprolijos”. Nosotros sonábamos así pero no se trataba de un intento de marketing precisamente.

Alejandra nos dijo que parecíamos mariachis. Su broma apuntaba a la proliferación de guitarras y al incipiente bigote que nacía, tenue y negruzco, en nuestros aniñados rostros. También nos aconsejo llamar al bajista ese, Damián, y nos echo de la pieza porque se tenía que cambiar. Estos datos eran dardos envenenados a nuestras sedientas mentes ávidas de sexo y una vez cerrada la puerta nos dedicábamos a imaginar el cuerpo de Alejandra desnudo. En algunas ocasiones nuestro baterista espiaba por la cerradura aquello que nos estaba vedado para luego contarnos con lujo de detalle el tamaño preciso de las formas de nuestra diosa (incluso con comparaciones didácticas que incluían pomelos y naranjas). Al llegar tiempo después al grupo de amigos no veía en este acto una falta, no reconocía en mi primo el dueño de Alejandra. Era tal su obsesión por ella que compuso la primera letra del grupo, una breve conceptualización del cuerpo de Alejandra, que incluía interjecciones obscenas y frases que apuntaban a dilucidar cuestiones tales como la cantidad de hombres con los que ella había estado y la profundidad de su vagina, entre otros temas de suma importancia. Creo que se llamaba “La medición de lo difuso”.

El primer ensayo con los 5 juntos fue una muestra aterradora de lo que puede hacer la música. El bajista se llamaba Pedro y escuchaba a los Red Hot Chili Peppers, por lo que su estilo estaba alejado del toque punk y desesperado de Damián, el baterista que le miraba las tetas a Alejandra a través de la cerradura para luego componer canciones pornográficas. En realidad l
os 5 teníamos preferencias distintas: con mi guitarra criolla no me quedaba otra que luchar por colocar melodías bucólicas y suaves; los otros dos guitarristas también tenían gustos opuestos: mientras a Facundo le seguían fascinando los Stones y cada dos minutos tocaba el riff de Star Me Up haciéndole un cambio imperceptible que defendía con uñas y dientes, Nahuel prefería los solos de velocidad del heavy metal y el rock progresivo. Al no ponernos de acuerdo decidimos zapar. De esa forma, coincidimos, la música surgiría de manera espontánea. De más esta decir que nada de eso ocurrió: no era música, lo que se escuchaba era un compendio de instrumentos desafinados, pifies, acordes distintos y guitarrazos sin sentido sostenidos por un bajo atlético que se descargaba en ondulaciones funks en tanto nuestro baterista voyeur machacaba a los gritos su pobre batería. No era blues ni heavy ni punk ni funk ni rock ni hardcore ni hard rock. Era Sayonara, una banda inclasificable y errante que no iba hacia ningún lugar.

Cuando llego el verano la banda estaba a punto de desaparecer, cada uno estaba en ese estado de la adolescencia en que el nihilismo y el acne llevan hacia el encierro, la masturbación y la marihuana. Los ensayos eran ruidos mórbidos y en la mayoría de los casos cada uno terminaba tocando en un rincón de la sala, ajeno al resto y preocupado por dejar la virginidad. Los ensayos terminaban sin que nos diéramos cuenta. Tampoco existía la camaradería de otros tiempos: cada vez compartíamos menos tiempo juntos, las tardes de televisión y rock ya eran un recuerdo. Nos peleábamos por pequeños detalles para luego quedarnos en silencio largamente hasta que nos separábamos y nos volvíamos a ver al otro día, acumulando una nueva cicatriz a la relación del grupo. Éramos como esas parejas patéticas y cobardes que luego de un tiempo de estar juntas tienen temor de no funcionar solos, alejados de lo que alguna vez les fue imprescindible.

Fue en enero que con mis padres me fui a La Rioja de vacaciones. Dejaron a mi primo a cargo de la casa y Sayonara quedo en stand by. Aunque les ofrecí el garaje para que sigan ensayando, no recibí ninguna respuesta considerada. La despedida fue triste, no estaba Facundo ni Nahuel (con los que cada vez me llevaba peor), salí del garaje escuchando a Pedro y Damián que intentaban crear una supuesta base para un supuesto tema que habían compuesto en conjunto. Sonaban mal.

En La Rioja comprendí el verdadero significado de la palabra aburrimiento. Me quedaba en el hotel cambiando de canal esperando captar una mujer desnuda que me recuerde a Alejandra.

Volví a los dos meses. Alejandra ya no estaba: Juan Ignacio la había encontrado en el altillo practicándole sexo oral a su mejor amigo, había vuelto a Córdoba y su ausencia se notaba demasiado, prácticamente faltaba todo y mi primo caminaba con un paso lento y triste. Comenzaba a drogarse con cocaína y en los próximos años fue internado en contra de su voluntad varias veces para sacarlo de la adicción, hechos que desencadenaron su ira contra el resto de la familia y su posterior alejamiento. Hace años que no lo veo. Él siempre siguió guardando un cariño y una postura de hermano mayor hacia mis actitudes.

Con la tristeza de no encontrar los pechos de Alejandra por ningún rincón y observar el fantasma de lo que alguna vez había sido mi primo, tuvieron que pasar varias horas hasta que me acorde de la banda, decidí ir al garaje y allí estaban los instrumentos. Por la tarde llegaron los cuatro integrantes de Sayonara y empezaron a tocar: sacaban versiones de Pappo y Aerosmith, el sonido ya no era una bola disonante y hasta me pareció, debido al contraste con la ban
da de dos meses atrás, que tocaban bien. No me hablaban, parecían un bloque, una muralla impenetrable que no permitía una nueva piedra de más. Hicieron un breve repaso por temas de Nirvana, Pearl Jam y Stone Temple Pilots. Esas eran las coordenadas que ahora seguía Sayonara. Fue en ese momento que me comunicaron que habían decidido prescindir de mis servicios. Facundo me dijo que además ya habían conseguido otra sala de ensayo y un bar para tocar. En consideración me dijeron que me quede con el nombre de la banda que a ellos les había parecido ridículo desde un principio, ahora eran los Cactus. Haciendo un esfuerzo penoso los obligue a dejarme ensayar con la criolla junto a ellos, para que notaran los aportes que mis manos podían agregar al grupo. Mis guitarrazos se perdieron entre los riffs de Jeremy y la falsa calma de Huele a espíritu adolescente. Me fui en el medio del ensayo y ellos ni se dieron cuenta. Tenía 15 años, era virgen y me habían echado de Sayonara, mi primera y única banda de rock.

7 comentarios:

-molly- dijo...

me encantó...me sentí identificada con estas cuestiones de la amistad, del hecho de crecer en sí...y también con esto de que uno busca seres a los que ve como semidioses, y el pase de semidios a ser humano es muy difícil de digerir...
molly

pd. fotolog pez: www.fotolog.com/pezapesta
está bueno, hay fotos copadas...

Ilcorvino dijo...

Gracias, yo también me siento identificado con lo que escribí aunque nunca tuve una banda de rock. En especial gracias por leer algo tan largo. Tengo que decir, para tranquilizar a mi culpa, que mucho de lo que acá escrbí es un afano a mano armada a películas como casi famosos, escuela de rock, etc. Dicho esto saludo al mundo y me marcho.

nolugareña dijo...

Saludo al mundo y me marcho? suena a frase antes de pegarse un tiro.

Me lo leí todo y me gusto. Creo que esto mismo cambiando de nombres y contextos le debe haber pasado a muchos.

Ilcorvino dijo...

Gracias nolugareña por leer. Cuando lo escribí pense que algunos se iban a sentir identificados. En realidad ahora me doy cuenta que si tiene algo bueno es que es muy de 12-13 años: no hay amor, ni novias ni nada, hay paja solamente. Eramos tan pobres. Saludos. Me despido del mundo y me voy. (CHUMB! (de Chumbo, ruido u onamatopeya que representa un tiro)-

Anónimo dijo...

me gusto... especialmente la parte en que eligen nombre para la banda, es graciosa

nolugareña dijo...

Que bueno Corvi! Alguien dijo que algo era gracioso y no se refirio a tu foto! Es una racha blogger positiva!

Ilcorvino dijo...

Mmmm que extraño, se deben haber confundido.