lunes, 28 de enero de 2008

Grillos

En el último mes, tortuosa y erráticamente, estuve corrigiendo y seleccionando cuentos para mandar a un Concurso. En el corpus final los elegidos fueron 19. De los que quedaron afuera –por razones tales como exceso de sentimentalismo, redundancia, plagio mal disfrazado y desagrado- éste es uno de ellos. Les diría: Que lo disfruten, pero la intrínseca condición de Cuento de Sobra o Cuento Paria de Grillos me lo impide. Dicho esto: Que lo sufran.

¿Y por qué hay que dormir de noche si no quiero? Si yo me puedo levantar igual a la mañana. A la noche prefiero jugar. Seguir jugando. Tengo la pieza llena de juguetes y no puedo tocarlos porque es de noche. ¿Y quién dijo que de noche no se pueden chocar los autos de colección que me regaló la tía Juana? ¿O pelear con los muñecos? Cuando mamá me apaga la luz yo espero un rato. Un cuarto de hora más o menos (que son 15 minutos, como me enseño el tío Aníbal). Y prendo el velador. Y ahí juego. Aunque sea de noche juego porque me parece muy mal que los chicos no podamos jugar porque el cielo esté negro.

El otro día mamá justo abrió la puerta apenas yo prendía la luz. Me quedé medio paralizado. Como cuando en la novela de la noche descubren a los malos y todos se quedan sin decir nada y termina el capítulo hasta el otro día y mamá dice “No puede terminar así” y mi papá le dice que no puede creer que le gusten esas cosas. Y se pelean. Pero yo estaba contando cuando mamá entró. Entonces le dije que había prendido la luz porque estaba descompuesto. Que la tarta de cebolla me había caído mal. Y mamá se lo creyó. Me llevó al baño y me dijo que vomite, que no tenga miedo. Papá nunca se levanta a la noche, siempre esta roncando. La convencí de que no me llevara al médico. Me dio un vaso de “sevenap” y me la revolvió con una cucharita. A mí me pareció raro ver una cuchara en el vaso porque siempre las meten en las tazas de té, no en los vasos transparentes. Y un poco me quedé distraído mirando cómo las burbujas formaban remolinos. Y mamá estuvo un rato acariciándome la cabeza y se fue, me dijo que la llamara si me sentía mal. Y cuando cerró la puerta no me pude dormir, me largué a llorar. No me gusta mentirle a mamá. Y como no me gusta mentirle juré porque River no salga campeón por 18 años (como papá me contó que pasó una vez) que hasta que yo cumpla 40 años no iba a mentir. Y espero poder cumplir la promesa porque si papá se entera que juré por River se va a enojar.

Papá siempre se enoja cuando pierde River. La otra vez River le iba ganando a Boca 3 a 0. Y Boca dio vuelta el partido. Y ganó 4 a 3. Y todos los amigos de papá lo empezaron a llamar. Y lo cargaban. Y mi mamá le decía que no atienda más. Que no se hiciera la “mala sangre”. Y mi papá seguía atendiendo. Y se iba poniendo rojo y de todos colores. Y de tan alto que es no se daba cuenta y se golpeaba la cabeza con una lámpara que está a una altura demasiado baja. Y cuando más se golpeaba, más se enfurecía. Y mi mamá le decía que no se enfurezca, que arregle la lámpara y que eso le pasaba por ser tan alto y no hacerse de Boca. Y mi papá se enfurecía, se enloquecía más todavía. Y pateaba sillas y retorcía las cortinas. Y le explicaba que no se puede cambiar de equipo y que ser de River era una pasión. Y a un amigo lo mandó a la “concha de su hermana”. Y a otro a la “puta que los re mil veces parió”. Eso quiere decir que mi papá mandó a una amigo al lugar donde nació, y que la madre era prostituta y que lo tuvo 1000 veces. Yo le pregunté eso a mi mamá y me hizo lavar la boca con jabón. Y a mí no me gusta que me hagan eso porque siempre me entra un poco y tiene gusto feo.

Mi primita que tiene 2 años se come el jabón. La otra vez mi mamá había comprado un jabón caro, de glicerina o plastilina, no sé, y vino toda su familia. Y cuando se fueron, al rato, salió mi papá del baño, con el jabón en la mano diciendo: “¿Qué mierda pasó con el jabón?”. Y yo no dije nada porque si no la iban a retar a mi primita. Y si la retan a ella me retan a mi por dejarla comer jabón. Y mis papás se pelearon mucho. Y mi mamá dijo que ella no tenía nada que ver con el mordiscón que le habían dado al jabón. Y mi papá dijo que “para qué carajo gastaba tanta plata en un jabón” si “vienen los muertos de hambre de tus familiares y se lo comen”. Y eso enfureció a mamá. Y mi papá agarró el jabón y lo tiró por la ventana. Entró a la pieza y cerró de un portazo. Mamá me gritó que me vaya a dormir y que me lave los dientes. Y pensé: ¿Qué tendré que ver yo para que me griten así? Por la ventana de mi pieza pude ver como un señor sucio y pobre se llevaba el jabón en el bolsillo de su saco gris. Se sentía el ruido de los grillos como si los bichos estuvieran hablando entre ellos, contándose cosas. Y a mí se me ocurrió que deberían estar diciendo “¿Dónde estás, amigo grillo, dónde estás?”. Es que tan bien se esconden estos bichos que ni ellos mismos se pueden encontrar…

Pero yo no sé si voy a poder cumplir la promesa de no mentir hasta que cumpla 40. Capaz que si hago mucha fuerza y pienso en River... Así sí pero si no, no. ¿Cómo voy a hacer para no mentir si los grandes siempre mienten? El otro sábado, a la noche, a las 2 de la mañana más o menos, me dieron ganas de hacer pis. Entonces salí de la pieza y en el comedor estaba mi papá mirando la tele. Y en la pantalla había dos señoras, una rubia y otra morocha, sin ninguna ropa y una, la rubia, le hacía caras a la otra y le mostraba sus partes a la otra y le decía malas palabras a la otra y después la agarraba a la otra y no pude ver más. Pero quédense tranquilos que la otra estaba bien contenta con que le hagan todo eso. Y papá me miró y me dijo “Shhh”. Y me dijo que me acercara hasta él. Y no sé bien qué me pasaba pero no podía mirarlo a la cara, tenía ganas de mirar el televisor, eso era mejor que mirarle la cara a mi papá. Entonces mi papá me dijo que no le dijera nada a mamá. Y yo le pregunté por qué. Y mi papá dijo que a mamá no le gustaban esos programas. Y yo me fui a dormir. Y a la noche tuve unos sueños muy raros. Y estaban la rubia y la morocha, las dos señoras de la tele.

Mi mamá también me dijo que no le dijera algo a papá. Me mandó a jugar a lo de Alberto. Me dijo que tenía que salir. Que vuelva dentro de dos horas. Y Albertito no tenía ganas de jugar, tenía fiebre, estaba en la cama y la mamá le ponía pañuelos mojados en la frente. Albertito ni me reconoció. Ni siquiera dibujaba y eso que se la pasa dibujando y mirando los programas infantiles de atc. Yo no, yo lo único que dibujo es mi propia mano mientras la dibujo. A mí me interesan esas cosas. Como cuando en la tele el señor del noticiero tiene un televisor al lado y se ve su propia imagen y en ese televisor que tiene al lado hay otro y otro y otro. Mi papá me enseñó que eso se llama “El infinito”. Y me dijo que es un misterio muy grande, es algo que él también pensaba de chico. Y me dio otros ejemplos de El infinito: uno son los números, otro el universo. Entonces, cuando es de noche y me dejan asomarme a la ventana, me quedo mirando las estrellas, escuchando los grillos llamarse entre sí, y digo “Esto es El infinito, esto es un misterio”.

Pero yo estaba contando que estaba en la casa de Albertito y que el pobre estaba enfermo y no me reconocía y ni siquiera dibujaba. Yo dije que mi mamá había salido y la madre de Alberto me dijo que entonces me quede un rato con ella mientras hacía las cosas de la casa. Y me acordé de la película que veía papá el sábado. Porque la madre de Albertito tiene las tetas más grandes que mi mamá, y mis tías y todas las señoras que yo conozco. Entonces me empezó a dar una cosa acá abajo. Una cosa como que se ponía todo duro allá abajo. Y la madre de Alberto se movía de acá para allá. Y yo que estaba con la cosa dura le dije que me tenía que ir. Que ya debería haber vuelto mi mamá. Y la madre de Albertito me dijo que tenga cuidado y me abrazó. Yo salí corriendo. Caminé unas cuadras y la cosa dura se me ablandó y respiré tranquilo. Y cuando llegué a casa mamá estaba rara, se estaba riendo y había humo. Y eso que ella no fuma y papá tampoco. El sillón estaba todo revuelto. Extraño, porque mamá siempre ordena todo. Ah, mamá estaba despeinada, eso fue lo más raro, porque mamá siempre tiene un rodete bien tirante -yo lo miro y me pregunto si no le duele de tan tirante que es. Y en la mesa estaba sentado un señor. Era bajo, rubio, tenía barba y bigotes y cuando me vio se puso nervioso y miró a mi mamá que se puso más nerviosa todavía. Y entonces me llevó a mi pieza sin decirme nada y me cerró la puerta. Al ratito volvió y me dijo que no le dijera nada a papá. Que si papá se enteraba de que había estado ese señor se iba a enojar. Y mamá me dijo que era un novio viejo de ella y que ahora eran amigos y que a papá no le gustaba que se vean. Entonces me agarró de los hombros y me dijo “Shhh”. Y yo le dije que no iba a decir nada. Y mamá un poco como que lloraba cuando me lo decía y me zamarreó un poco. Estaba desesperada mamá. Todo porque había hablado con otro señor que no era mi papá.

Y esa noche mi papá le decía a mi mamá que estaba rara. Y ella que no. Y él que si. Y como siempre, empezaron a pelear. Y me dijeron que me vaya a la cama. Y no hubo postre ni mamá me vino a decir que apague la luz ni escuché los ronquidos de papá ni me dejaron salir al balcón para escuchar los grillos y observar el infinito. Y yo me dormí preocupado y tuve pesadillas. Estaba en el colegio y todos mis compañeros jugaban con sus papás y mis papás no venían. Y se hacía tarde y no venían. Y era de noche, me quedaba en la puerta de la escuela y el ruido de los grillos se hacia cada vez más fuerte. Y a mí me agarró una cosa acá en la garganta. Eso se llama angustia, dolor o pena. Me desperté y tenía la cara empapada de tanto llorar. A la mañana cuando me levanté, mamá estaba llorando. Era tarde, me había hecho faltar a la escuela. Tenía un olor feo, como si no se hubiese bañado y eso que mi mamá es, como dice papá, una obsesiva de la limpieza. Y después me dijo una frase rara, que no entendí, me dijo “Ojalá nunca crezcas” y siguió llorando toda la tarde. Y el señor ése no la fue a visitar nunca más.

Ese día vino la tía Luisa, la abuela. Vinieron todos. El abuelo llegó más tarde y yo me puse contento porque me llevó a tomar helado. A mí me gusta el auto del abuelo porque es amarillo y tiene un reloj que hace “Tic, tac, tic, tac”. Y su auto se llama “El Taunus”. Y el abuelo pone una radio que se llama LU6 y cuando suena un cantor de tangos muy conocido me pregunta quién es y yo le digo que es Gardel y él me da unas monedas de 50 centavos y a veces hasta de un peso. Y yo me compro paquetes de figuritas del Torneo Apertura esperando que me toque el Enzo Francescoli o el Burrito Ortega. Ésas no las cambio ni aunque las tenga repetidas. Papá dice que son dos cracks de aquellos el Enzo y el Burrito. Las de otros jugadores las cambió con Albertito y los chicos de la escuela. Creo que soy el mejor jugando a las figuritas. Es que tengo un secreto para darlas vueltas: pongo la mano así, como una sopapita y me adueño de las figus de los demás. Cuando me compro figus nuevas, el abuelo me pregunta: ¿Late o nola? Es que el abuelo es bastante canchero en estas cosas. También me gusta del auto del abuelo que cuando voy yo sólo con él, tengo todo el asiento de atrás para tirarme y escuchar los ruidos de la calle. Y hay veces que entra tan lindo el sol por las ventanas que me quedo dormido mientras el Taunus va despacio por la Avenida Independencia. Y cuando me despierto estoy en mi cama o en el sillón. Eso es porque el abuelo me llevó a upa hasta mi casa para que no me despierte. Porque según mamá, el abuelo tiene “adoración” por mí. Yo le pregunté eso al abuelo y se estuvo riendo un rato largo, con su cara de perro viejo y canoso.

En la heladería yo pedí helado de frutilla y chocolate y él de dulce de leche y coco. En la silla de al lado había una nena escupiendo el helado, no le gustaba para nada y el padre se enojaba. Yo no puedo entender algo así, que a alguien no le guste el helado. Y fue raro ver al abuelo con el cucurucho entre las manos y la cucharita de plástico, yo siempre lo veo con cubiertos de metal, masticando churrascos, haciendo cosas serias. Y. Mientras tomaba me decía que tenga más cuidado, que me iba a ensuciar todo, que aprenda de él que era implacable para tomar helado: Ves esta camisa blanca, me dijo, cuando termine de tomar el helado no va a tener una sola mancha, yo soy impecable tomando helados. Y así fue. Yo terminé con las manos todas pegoteadas y el short sucio. Y el abuelo me dijo que no le contara a nadie que él también había tomado. Y yo le pregunté por qué. Y él me dijo que tenía una enfermedad que se llama Diabetes y que no puede comer cosas ricas. Y me dijo que me quede callado, que no diga nada. Que me quede “sota”. No dijo “Shhh” pero fue casi lo mismo.

Antes de volvernos fui con el abuelo a ver herramientas por la calle Independencia. El abuelo se queda mirando las herramientas y cada tanto entra a los locales y pregunta algún precio y sale rápido porque dice que todo está caro. Y dice que debería volver a gobernar un tal hombre llamado Perón. Y cuando volvíamos a casa le pregunté al abuelo qué pasaba, porqué mi mamá lloraba tanto. Y mi abuelo me miró y estaba muy triste. Se le empezaron a marcar todas las arrugar de la cara y ahí fue cuando más que nunca me hizo acordar al perro de “La historia sin fin”. Entonces me dijo que pronto, prontito, todo se iba a solucionar. Y yo me quedé más tranquilo porque si lo decía el abuelo seguro que mi mamá no iba a llorar más.

A la noche vino papá y me saludó con un abrazo muy largo. Me apretaba tanto que le tuve que decir que pare. Él estaba cansado. Y de tan triste me pareció que tenía la altura de un enano. Pero cuando se golpeó la frente con la lámpara me di cuenta que tenía la misma altura de siempre, que lo que estaba encogido era su ánimo. Cuando papá entró, mamá se fue a mi pieza a acomodar las cosas (¿qué iba a acomodar si estaba todo ordenado?) y no salió más hasta que él se fue. Entonces yo me asomé a la puerta de la pieza de mi papá y vi como preparaba una valija, una valija marrón y le metía ropa, ropa y ropa. Y mientras hacía eso decía malas palabras y le pegaba piñas al acolchado de la cama. Y entonces se dio vuelta y me miró. Fue como si le diera vergüenza. Se le oscureció toda la cara, como si fuera una sombra negra. Y no me parecía papá sino uno de eso señores sucios y pobres que hay por la calle. Como el que agarró el jabón y lo guardó en el bolsillo. Se sentó en la cama y empezó a llorar fuerte. Y mi papá no llora como mi mamá, tapándose la cara, llora con la cara descubierta, como un animal. Entonces yo tuve miedo y creí que se estaba muriendo, que le había agarrado una enfermedad muy grave de ésas que pasan en la tele, como el hantavirus o el cólera. Pero mi papá me dijo que no, que no tenía ninguna enfermedad, que solamente se iba a ir a la casa de un amigo. Y me dijo que el sábado iba a venir a buscarme, que íbamos a ir a ver a un bar el partido de River contra Velez, que Francescoli seguro hacía un gol y ganábamos otro campeonato. Y yo le dije para qué iba a buscarme si la casa era de él. Entonces mi papá lloró un poco más, llamó un taxi y salió a la vereda. Yo lo acompañé callado. Cuando subió al auto pude ver que el taxista era gordo y tenía un banderín horrible de San Lorenzo de Almagro colgado en el espejo retrovisor. Mi papá bajó la ventanilla y me gritó algo que no alcancé a escuchar. Corrí unos metros atrás del auto preguntando bien alto qué había dicho pero el taxi dobló por la esquina; el hincha de San Lorenzo manejaba demasiado rápido para estar en un barrio, ¿qué bicho le habrá picado para salir arando? Capaz que papá le pidió que escapará rápido. Uf, sentí una soledad terrible entre esas nubes de mosquitos de noviembre. También había abejorros y el vecino de enfrente estaba manguereando el pastito pero por su mirada de bostero fanático –según papá ésa es la peor raza del mundo- me di cuenta que estaba espiando lo que pasaba en mi casa. Me quedé mirando la esquina por donde se había ido papá y escuché que mamá me decía que entre, que ya estaba la comida. Pero yo no tenía ganas de entrar, ni de comer ni de vivir. Me había agarrado la cosa esa en al garganta pero para que mamá no llore otra vez hice fuerza, hice mucha, mucha fuerza y me aguanté las ganas de llorar. Entré, comí la milanesa con puré y me fui a acostar. A la noche estuve pensando y me di cuenta que no entrar llorando a mi casa fue como mentir, mentirme a mí, es verdad, pero romper el juramento al fin. Eso fue peor todavía. Ni siquiera había cumplido 9 años y ya había roto la promesa. Y tuve miedo, tuve miedo de que River no volviera a salir campeón nunca más.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

A mí me pareció ver algo arriba de este cuento... o estaba soñando?

Mechi dijo...

Muy bueno.
me gusto como ¿destacaste?, la carga del nene, por los adultos.
Suerte, en el concurso!
saludos

La niña santa dijo...

¿Quién no vivió una historia así? Años más, años menos... siempre somos chicos muertos de miedo cuando suceden estas cosas, y desviamos la atención hacia algo menos pesado.
Me gustó, aunque al nene le hacés decir (no cuando imita a los grandes si no tal vez sin querer) palabras que no le quedan bien en su boca, por lo complejas. Es mi opinión.
AH! Suerte, me sumo a la procesión por Il Corvino.

La niña santa dijo...

Y otra cosa, este cuento quedó afuera por exceso de sentimentalismo, redundancia, plagio mal disfrazado o desagrado??

Marian dijo...

el cuento me pareció entretenido pero creo que al niño le sobra inocencia... no sé.
Mucha suerte y salute!

no me llamo José dijo...

me gusto el cuento, me parece que volcó en cuestiones como lo de Perón y algunos razonamientos muy complejos que al menos yo no hacia a los nueve años, por otra parte tiene lapsus de exagerada inocencia.

saludos Big Corvinou!

Martín Zariello dijo...

Gracias x leer.
Anónimo: creo que estabas soñando.
Niña santa, mechi, Marian, No me llamo José: si, el cuento quedó afuera por el sentimentalismo y ahora que me lo dicen creo que no pude resolver eso de que el pibe pasa de decir cosas muy inocentes a cosas sobre Perón, jaja. Capaz que tendría que haberle bajado la edad un toque. Por otro lado rescato que lo hayan podido leer y que les haya parecido entretenido porque ésa era la onda. Un abrazo a todos. Gracias por la suerte. Viva la bagatela!

Anónimo dijo...

un sueño muy real, entonces...

soñé un post titulado "¿Qué diría usted -sin recurrir a los insultos- de estos cuentos?" o algo así...

pero bueno, mi mente es sorprendente...

Martín Zariello dijo...

Anónimo: debo decirlo: es verdad, pero mejor no se lo digas a nadie. Saludos.