miércoles, 23 de enero de 2008

Zama, Zama, Zama

“…le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos…”- Sensini, Roberto Bolaño

Hay algunas obras literarias, quizás sólo aquellas que pueden considerarse fundamentales, que otorgan al receptor especies de reverberaciones que incitan a la reflexión y, en quienes tengan el hábito, a la escritura, que, si se me permite la aseveración infundada, no es más que un flujo de pensamientos hecho palabras. Sin querer ahondar y sabiendo que en la mayoría de las ocasiones las palabras poco pueden expresar el efecto de las cosas que nos conmueven, podríamos decir, como Robert Walser dijo alguna vez sobre la excitación de escribir, que es en este momento en el cual las letras arden y bailan delante de los ojos.

Hace un tiempo me compré Zama, de Antonio Di Benedetto. Un año o más, no lo recuerdo. Me considero un lector desprolijo y, cuanto menos, mediocre, así que pasé de largo el prólogo de Juan José Saer y empecé a leer ciegamente hasta comprender, más o menos en la página 40 o 50, que no había entendido nada de lo que hasta allí estaba leyendo. Suele pasarme: hay cierto tipo de escritura que requiere concentración y disponibilidad cerebral. Zama es de esos libros, de esas novelas. Aquejado por el mal de la desatención y convencido de que Antonio Di Benedetto poseía una gran virtud que no era otra que el proverbial aburrimiento de sus lectores, abandoné la novela e, imagino, me dispuse a leer otra.

Con el tiempo, sin embargo, el nombre de Di Benedetto volvió una y otra vez. En primer lugar, leí algunos textos breves suyos bien llamados “El abandono y la pasividad”, donde mis oscuras impresiones sobre Zama se vieron inequívocamente ratificadas –con el tiempo esto sería un equívoco, claro: se trataba de una serie de relatos que ponían su eje en las cosas y no en las personas, es decir, no había personajes sino objetos y las acciones que se desarrollaban –si así podía llamárselas- eran imperceptibles. Más que un texto literario me pareció un ejercicio de Taller no exento de vanidad e imaginé a Di Benedetto regocijándose en su capacidad técnica e inaudita para escribir párrafos tales como: “Una piedra, una piedra vulgar de acequia, sin aviso ni apoyo de congéneres consigue lo que antes no logró su familia menor, blanca y efímera: la del granizo” y así con vasos, zapatos y agua. Poco después de esta segunda aparición lamentable de Di Benedetto en mi aventura lectora, leí Sensini, de Roberto Bolaño. Este cuento me emocionó muchísimo quizás por el hecho de que escribo cuentos y el mismo trataba sobre dos escritores en franca pobreza, uno desconocido, el propio Bolaño, y otro exiliado y olvidado, el argentino Sensini, que en la España pos franquista se dedicaban a mandar relatos a concursos de Ayuntamientos. El joven solitario mandaba una carta al Gran Escritor y se producía un intercambio epistolar donde Bolaño advertía la tristeza y la soledad de Sensini y, de paso, recordaba Ugarte, una novela que describía del siguiente modo: “La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII”. Enfrascado en la lectura de un relato que poco a poco me iba convirtiendo en un fanático de Bolaño, la trama de esa novela que juzgué apócrifa me sonó conocida, como un rumor escuchado en algún lugar del que no podemos discernir la fuente. Pocos días pasaron hasta que a través de un sitio de Internet constaté que Sensini, el exiliado que le enseña a Bolaño a cambiar los títulos de los cuentos para así poder mandar el mismo a diferentes concursos, el argentino que se pregunta en Europa por su hijo desaparecido, el escritor que Bolaño coloca en la misma generación que Abelardo Castillo, Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, no era otro que Anonio Di Benedetto. A partir de aquí, mi perspectiva sobre la escritura de Di Bendetto dio un indisimulable giro. Luego leí un texto muy sentido de Daniel Moyano sobre el turbador itinerario de Di Benedetto en la dictadura y me dije que algún día iba a tener que entrar con Zama al ring y leerla entera aunque me esté dando una paliza.

Ese día llegó hace una semana pero antes, como no había hecho aquel lector desprolijo de Zama que alguna vez fui, leí el prólogo de Saer, un texto escrito en los años 70’ y aparecido en El concepto de Ficción que las nuevas ediciones de Zama utilizaron para impulsar y, de alguna manera, reivindicar la obra. El mismo, al comienzo, traza las coordenadas de un típico texto de crítica saeriana: ataque a las formas demagógicas de la literatura –con la consiguiente e implícita defensa del estilo Saer-, diatribas hacia los críticos de habla española que se dedican a hablar de los libros más vendidos y no de los buenos libros, etc. Pero promediando esta introducción, el texto de Saer se vuelve extraordinario: compara Zama con novelas existenciales como El extranjero y La náusea, realzando la de Di Benedetto sobre éstas ya que Zama no es producto de una filosofía sino que “encuentra más bien espontáneamente a la filosofía, como Edipo a su padre desconocido en la encrucijada trágica”. Para Saer, el hecho de que Zama haya sido escrita por un autor argentino en una provincia alejada de la capital mundial del existencialismo, París, y sin ninguna pretensión filosófica, multiplica el valor de la obra. Más adelante, valiéndose de una cita de Gide, explica por qué Zama, en su estructura narrativa –basada en una linealidad aparente que una y otra vez se ve interrumpida por digresiones abruptas o supuestamente ilógicas que detienen la narración- se adelanta a los preceptos básicos del nouveun roman. Movimiento, este último, al que, por otra parte, los críticos siempre han ligado a Saer por lo que se puede deducir que, de alguna forma, el autor de Cicatrices está diciendo que su estilo moroso, a menudo inexpugnable, puede tener su génesis no en la corriente francesa de mediados del Siglo XX sino en la lectura de Di Benedetto, su coterráneo. Ya convergiendo en un solo texto el análisis más indicado sobre Zama y la autodefensa de su propia forma de escribir sin sonar presumido, Saer se dedica a desgranar una de las frases más geniales acerca del valor de las grandes obras: “Zama es, no nuestro espejo, sino nuestro instrumento –en el sentido musical y operacional del vocablo. Aprendiéndolo a tocar oiremos, después de un momento, nuestra propia canción, que no es más que un turbio ronroneo, subjetivo, continuo y universal y que, lleno de ruido y de furia, no significa, no propiamente nada, sino algo preciso, previamente determinado, dado de una vez y para siempre y que pueda dispensarnos del estado de lucidez difícil, mezcla de insomnio y somnolencia, en que se debaten nuestras vidas”. La imagen que construye Saer, la obra literaria como un instrumento que debemos aprender a tocar a fin de vernos reflejados en ella, tiene mucho de poesía, cierta aura magistral que la vuelve universal, imperecedera y apta para todas las obras artísticas que nos conmueven. Por último, distingue en Di Benedetto a uno de los pocos autores argentinos –junto a Borges, Macedonio o Juan L. Ortiz- con un estilo propio, cerrando así la persiana de un texto único, imperdible. Incluso cuando lo terminé lo leí una, dos y tres veces más: dada su sagacidad y como todos los grandes prólogos, el de Saer puede ser leído independientemente de la novela que introduce.

Luego de la introducción de Saer, Zama se resuelve, para el lector, como una ecuación más sencilla o, por lo menos, un eslabón difícil pero harto necesario de encontrar. Diego Zama es un burócrata perdido en el Virreinato del Río de la Plata. La novela se divide en tres tramos, que marcan, a su vez, un tiempo cronológico: 1790, 1794, 1799. El objetivo inmediato de Zama es volver a España con su esposa y sus hijos pero, como sucede en las novelas de Kafka, el deseo será letalmente suprimido. A su vez, deberá luchar, infructuosamente, contra la tentación del sexo, la corrupción, lo inmoral. El tono que utiliza Di Benedetto calza a la perfección: la historia está narrada desde la visión subjetiva del antihéroe con un laconismo que no pocos podrían emparentar con Rulfo si no fuera porque Zama y Pedro Páramo fueron escritas casi al mismo tiempo. Este laconismo abreva en un humor seco (que puede empezar a descifrarse poco a poco), en diálogos ambiguos y polisémicos, en pensamientos oscuros, en imágenes inmóviles que denotan, detrás de la prosa, una inconfundible mirada poética: “Ahí estábamos, por irnos y no” se lee en la primera página sobre el derrotero del protagonista y un mono muerto que yace en el agua. Cierta adjetivización evoca, sin dudas, la prosa de Jorge Luis Borges aunque es preciso señalar que estas aparentes filiaciones no enturbian esa voz que hace a Di Benedetto un narrador en extremo personal, minucioso, obsesionado con la carne, la debilidad de los hombres ante la mujer, la violencia, el cuerpo. Conforme avanza la historia y los años, Zama declina. Pierde contacto con su mujer, se enamora de otra que no se le entrega, tiene un nuevo hijo que él cree será un héroe pero camina asimilado a las gallinas de su madre -una mujer feroz-, vive en la indigencia, cae en la esquizofrenia o ve fantasmas en una Pensión perturbadora. Una vez asido el instrumento que es Zama, la música parece haber sido tocada desde siempre. Finalmente, en la tercera parte, despojado de todo horizonte, Zama sale, junto a una patrulla derruida, en busca de un jinete rebelde que acecha los pueblos vecinos. Una misión suicida, hacia la nada. A partir de allí, todo parece un sueño y, lo que es más interesante, está narrado como si así fuera: Zama se despierta y sigue dormido, Zama oye palabras que no alcanza a comprender, Zama se confunde, se pierde en numerosas vacilaciones. Tanto es así, que en un movimiento perfecto, Vicuña Porto, el bandido que buscan, pasa a ser parte de las filas que buscan a…Vicuña Porto. Queda espacio aún para un final apoteótico, narrado con la pericia de los prestidigitadores: Zama, vencido, llega a decirse:
“Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.
Siempre se espera más”
La sola mención de estas líneas provoca escalofríos y agudiza la empatía con Di Benedetto quien, en una broma pesada del tiempo, se convirtió, en cuanto a desarraigo y dolor, en el doble de Diego Zama: según Moyano, acusado por la dictadura de haber realizado un viaje que nunca hizo –a Cuba- fue sistemáticamente torturado a través de martillazos en el oído que luego le provocaron un tumor cerebral que lo dejó nocaut. Rodolfo Braceli, quien lo conoció mucho, dice que la real causa de la detención fue que en un brindis del año 75’, Di Benedetto comparó a los militares con equinos…El Sensini apagado que evoca Bolaño en su entrañable cuento, entonces, es justamente ese Di Benedetto que, luego del escarnio de las torturas y la desaparición de su hijo, nunca volvió a ser el mismo. “Pensé que no puede gozarse de la muerte, aunque sí de ir a la muerte, como un acto querido, un acto de voluntad, de mi voluntad. No esperarla, ya. Acosarla, intimarla”, dice Diego Zama. En el cuento de Bolaño, algún tiempo después de la muerte de Sensini, la hija de éste visita al chileno, que escribe: “Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte”. También en el cuento se trazan los paralelismos entre Sensini y Ugarte…En una entrevista de 1999, el autor de Los detectives salvajes, con una camisa hawaiana horrible, dice que la hija de Di Benedetto se perdió en el mundo, que las editoriales la buscan para darle dinero y nadie sabe dónde está. No sé si habrá aparecido.

Por último, cabe decir que Di Benedetto, quien manifestó “mis cuentos y novelas ni buscan compañía ni la proporcionan al lector”, tal vez no intuyó que Zama, esa gema de 1956 dedicada “A las víctimas de la espera”, aún hoy resplandecería como el fabuloso instrumento que alguna vez advirtiera Juan José Saer.

10 comentarios:

La niña santa dijo...

Zama... automáticamente después de leer ese apellido me acordé de soma, de Huxley, de Un mundo feliz.
Así como se te presentó Di Benedetto inesperada pero repetidamente, a mí se me está presentanto Bolaño. Desde la oscuridad, lo asimilo fonéticamente con Buñuel, y a ambos, con un buñuelo de esos que me hacía mi abuela y nunca los terminaba de comer porque no me gustaban. Debe ser por eso que nunca leí nada de él ni vi ninguna película de aquel (acabo de hacer una asociación libertina y me di cuenta de mis propias represiones inconcientes.)
¿Cómo empiezo con Bolaño?

derian dijo...

Che, ahora leéte "Los suicidas", otra novela maravillosa de Di Benedetto. Sabés que me diste unas tremendas ganas de releer Zama.
Ah, ¿dónde leíste ese ensayo de Moyano?
Besito.

Desarmandonos dijo...

No leí tal autor. Pero tu reseña invita. Hace tiempo que vengo leyendo a Saer y estoy en una etapa de fanatismo superlativo -no sé si es bueno ser fanático de escritores-. Hay algo que decís del estilo moroso de Saer. Creo que te referís a las largas frases construídas con un millón de comas y esas cosas. Sin embargo, creo, pasa algo paradójico: lejos de hacer el texto moroso, esas oraciones que se enganchan unas con otras hacen del texto un fluír, algo que te hace leer rápido, casi como hipnotizado. Creo que una clave para entrar en Saer es leerlo rápido. No sé. Tal vez esté diciendo cualquier cosa.

Saludos!! Corvinachhio!

Juan.- dijo...

me dieron ganas de leerlo. Hoy estuve buscando libros en casa y encontre algunos de Di Benedetto, voy a ver si esta este.

Por cierto, me sumo a la pregunta de la niña santa: ¿como empiezo con Bolaño? (tengo 2666 en casa pero no sè, me intimida.)

saludos corvo,

Desarmandonos dijo...

¿Una mezcla de Corvino y Whitman?

Pablo Rumel Espinoza dijo...

qué carajos ¿argentinos que apenas han leído a Di Benedetto?

Saludos che Zariello, que hayas dado a conocer el secreto ya no tan guardado, de la literatura argentina.

Salu2.-

Ps:Ahora te falta tirarte con Sbarra

Martín Zariello dijo...

Juan: qué grossa tu casa, ¿quién no quisiera vivir en una donde se tropieza con libros de Di Benedetto?
Pablo: La otra vez leí una entrevista a Fogwill donde el publicista recomendaba un libro (no sé si novela u obra de teatro) del tal Sbarra llamado PLÁSTICO CRUEL. Justamente yo vi la película de ese libro hace un par de años: un delirio detrás del other.
Desarmandonos: tu propuesta saeriana lectora (¿?) me parece interesante. Yo todavía no le entré del todo a Saer, sí a este prólogo que me parecía la locura (como diría uno de sus personajes, creo Ángel Leto, en Cicatrices: siempre digo lo mismo de Saer). En cuanto a lo de Whitman y Corvino, sí, parece que en realidad Whitman escribía con el espíritur de Ilcorvino en el cuerpo! (¿?)
Derian: el ensayo lo leí en una vieja revista llamada Oliveiro (no tan vieja), era un especial a Di Benedetto. Qué bueno que te dieron ganas de releer Zama, aguante Zama.
La niña santa: a mi tampoco me gustaban los buñuelos, incluso mi memoria los asocia con algo amorfo y verde que no sé si guarda correspondencía con la realidad. Muy interesantes tus represiones inconcientes, mandales saludos.

Juan y Niña: Bolaño, qué bueno que tienen ganas de leerlo. Juan: si tenés 2666, pegale derecho viejo, hermano, no te va a defraudar. En caso de que te canse (o en caso de que no tengas ganas de jugartela por un escritor sin saber bien si te va a gustar), lee sólo LA PARTE DE LOS CRÍTICOS y después contame. Niña: te recomiendo ESTRELLA DISTANTE, una novelita corta y perfecta o Literatura Nazi en América, una serie de semblanzas apócrifas que le debe mucho a Historia universal de la infamia pero que sirve para divertirse y encariñarse con Bolaño. De sus libros de cuentos recomendaría LLAMADAS TELEFÓNICAS, que tiene Sensini, el cuento que acá traigo a colación. LOS DETECTIVES SALVAJES también es una novela del carajo. Eso sí, NO empiecen con: sus libros de poemas, Amberes o Monsieur Pain. (Aunque el auto- prólogo de Amberes es muy bueno)
Espero haberles servido y después, si quieren, me cuentan. Saludos a todos, gracias por comentar un post como éste. Viva el buñuelo de la abuela!

Juan.- dijo...

Gracias corvino. Recien lo fuì a buscar y en un rato lo estoy empezando.

Por cierto, pagarìa por un post by Corvino "Como empezar a leer a...".

Saludos y gracias,

el espacio real dijo...

...di bennedetto es un grosso. la textura de su narrativa es impresionante. como rulfo, como garcia marquez a veces...

CalideJacobacci dijo...

"En la Argentina no se publicó ninguna novela importante después del '60" dijo Juan Filloy (quizá dando plenamente en el clavo, Zama (escrita en gran parte durante horas de trabajo en la redacción de un diario mendocino) salió a la venta en 1956...