martes, 12 de febrero de 2008

OTRO HOMBRE EN LA CASA

Comprar una casa con una habitación de más siempre nos pareció un exceso irrisorio. Cuando lo del primer embarazo perdido la molestia se transformó en pena. Luego, ante las sucesivas tentativas malogradas de tener un hijo, la presencia de la pieza de hizo insoportable. O vendemos o traemos un inquilino, dije una noche, cuando el ambiente se había vuelto espeso y Lorena se la pasaba llorando mientras miraba la puerta entornada de la habitación. No sé por qué no se nos ocurrió adoptar.

El hombre era alto y macizo. Sus brazos largos se asemejaban a dos remos. Estoy ante el hombre-canoa, pensé, con gran hilaridad. No supe discernir cuántos años tenía pero, sin dudas, era mucho más grande que yo. Se llamaba Rafael pero en mi intimidad le decía El viejo. A Lorena nunca le gustó el apodo: Viejo y todo se mantiene en buena forma. Esas cosas que dicen las mujeres sin pensar… Habló poco, se lo notaba taciturno y pude advertir un dejo de altanería. Elucubré que era ese tipo de hombre que, a pesar de ser viejo (y pobre como para vivir en el inquilinato), resultaba seductor para cualquier mujer. Nos dimos la mano en forma teatral y arreglamos por un precio insignificante. Me pagaría por semana y comería en casa.

Las primeras semanas se lo vio poquísimo: saludaba con indiferencia, se iba de mañana y llegaba a horas imprecisas. Luego, en el invierno, se acostumbró, con asombrosa facilidad, a los platos algo rudimentarios que preparaba mi mujer. Ese cambio repentino fue perverso, casi obsceno: de no comer nunca con nosotros, a sentarse a la mesa como uno más. Una noche me referí, en broma, a la “calidad superlativa” del arroz con pollo que habíamos probado. El viejo, serio, circunspecto, manifestó que a él le gustaban en demasía los platos de Lorena.
-Todo hombre sabría apreciar su delicadeza al preparar la comida- sentenció.
Al rato se paró, saludó cortésmente y se metió en su cuarto. Lorena, sonrojada, levantó los cubiertos de la mesa. Para vengar aquella afrenta, ingresé en su pieza (sin golpear) e informé que a partir de ese mismo día su inquilinato en la casa aumentaba severamente. El viejo estaba sentado al pie de la cama, con los pantalones caídos y la camisa desabrochada. Un vello oprobioso cubría su piel. Más que un hombre-canoa o un viejo, me dije, esto es un animal. Para mi sorpresa, aceptó la suba e incluso informó que estaba dispuesto a pagar lo que sea dentro de sus límites con tal de recibir el trato afectuoso de Lorena. Una mujer sin igual, agregó. Así que doblás la apuesta, viejo animal, pensé yo, mientras cerraba la puerta. “Trato afectuoso”, “mujer sin igual”, los epítetos de admiración rondaban mi cabeza como las moscas en verano. Fui al baño y me senté arriba del inodoro, pensativo, mientras hojeaba una revista de electrodomésticos.
-Parece que tenés un pretendiente- dije a Lorena, ya en nuestro cuarto, mientras nos denudábamos.
Ella, sin decir palabra alguna, se abalanzó lentamente hacia mí (de rodillas por la cama) y me besó en distintas partes del cuerpo. Hicimos el amor. Dos, tres, cuatro veces. Las injurias del viejo habían fortalecido mi virilidad. De a ratos, como en un sueño, me parecía oír los pasos del inquilino recorriendo la casa.

A la mañana siguiente mis compañeros de trabajo me notaron distraído. Y era verdad. Pensaba incesantemente en las palabras del viejo: “Lorena es una mujer sin igual”. Al principio, tomé la frase como una elocuente manifestación inapropiada de atracción hacia una mujer por lo menos hermosa. Luego, recordé los años del viejo y entendí que podía ser nuestro padre: lo que él admira de Lorena, me tranquilicé, es todo lo que un padre puede admirar de su hija. Pero no todo era tan sencillo: la había llamado “Lorena”, lo que denotaba un trato íntimo entre los dos, una relación establecida que hasta el momento se me había pasado por alto. En este momento, me dije, los dos están en la mesa, mirando la televisión, tomando mate o ¡haciendo vaya uno a saber qué cosas! Mi estado nervioso se fue expandiendo. Contesté mal a varios clientes. Mis manos comenzaron a temblar locamente. Alegando un accidente familiar, salí antes del trabajo. Me tomé un taxi pero un embotellamiento nos detenía a 5 cuadras del destino. Así uno, dos, tres minutos. No me contuve: pagué precipitadamente y corrí hasta llegar a la puerta de casa. Los encontré juntos, hablándose con atención: Lorena, con el codo apoyado en la mesa y la mano sosteniendo el rostro, él, moviendo las manos altaneramente, ofreciendo detalles visuales a las ¿anécdotas? que relataba. Al verme, callaron. Él se levantó al instante y enfiló a la habitación ¡no la suya, sino la nuestra!, trastabilló y se encaminó correctamente. A punto de decirle algo, se volvió a mí y en modo descortés, dijo:
-Llegaste más temprano.
Pensé en trompearlo pero me mantuve quieto: comprendí que tenía temor de que Lorena observara cómo un viejo indigno me daba una paliza frente a ella. Antes de que se metiera en la habitación, acometí, tembloroso:
-A partir de la semana que viene el inquilinato en esta casa sube su precio.
El viejo se dio vuelta y levantó los hombros, dando a entender que no le importaba:
-No hay problemas- dijo y cerró de un portazo.
Lorena respiraba agitada. Me fui a bañar. Me refregué el cabello con violencia y retorcí el jabón hasta dejarlo hecho trizas. Cuando terminé, ella entró despacio, con una toallón en sus manos. Me lo ofreció, cerró la puerta y se quedó adentro del baño, colocándose una crema blanca en las mejillas y la frente. El espantoso olor a pepino hizo aumentar mi nerviosismo. Observé el modo en que estaba arropada: un vestido blanco, casi traslucido (a todas vistas demasiado corto), con un escote profundo. Se notaba que no llevaba nada abajo. Advertí que al sentarse a una mesa buena parte de sus piernas quedarían a la intemperie. Si no fuera porque es ella, me dije, pensaría que lo hace a propósito.
-Parecés desnuda con ese vestido.
-¿Y cuál es el problema? Estoy en mi casa.
Como quien dice una gran verdad, suspiré y dije:
-Pero hay otro hombre en casa.
Ella me miró con infinita gracia y me abrazó torpemente.
-Escuchame, Lore, ¿vos pasás mucho tiempo con este tipo?
-A la tarde, a veces… y a la mañana cada tanto.
-¿De que trabaja?
-Es pintor, Rafael es artista.
-“Artista”… -murmuré, con un dejo de sarcasmo.
-De verdad, sabe un montón. El otro día me mostró en su habitación la cantidad de cuadros que pintó.
-Mirá vos, ¿entrás seguido ahí?
-No, ese día nomás, cuando le trajeron los cuadros.
Le pregunté por qué no me había contado nada.
-Pensé que no te interesaba- respondió.
-A mí me interesa todo- respondí, brutalmente.
Lo único que falta es que la quiera retratar, pensé. Un segundo después, ella dijo:
-¡No sabés!, me quiere hacer un retrato.
-Yo ya sé todo- contesté.
-Vos no sabés nada, bruto –me espetó, sonriendo- siempre fuiste lento para el Arte.
Di por terminada la conversación.

A la noche quise ser amable pero el viejo me resultó ególatra. Envalentonado por la mirada de Lorena, contaba pequeñas hazañas en su borroso “mundo de la pintura”. A casa cosa que yo decía, el respondía con una más grande. Este viejo imbécil, me dije, ha hecho todo mejor y más grande que yo. Abstraído en estas cavilaciones humillantes, perdí el hilo de la conversación. Cuando volví al contexto de la cena, Lorena y el viejo hablaban animados, cada vez más cerca. Ya harto de sus respectivas indiferencias hacia mí, me levanté de la mesa e ingresé a nuestro cuarto. Quedé tirado en la cama. Así un largo rato. Los pensamientos no se detenían, el cerebro me laceraba con preguntas, interrogantes, dudas, perversiones. Dormí un par de horas. Me desperté sobresaltado, un sueño horrendo que no viene al caso relatar: mi mujer, el viejo, la habitación, los pelos en el pecho del viejo, sus cuadros, mi mujer nuevamente. La conversación seguía pero ahora murmuraban. Entorné la puerta y, sin hacer el menor ruido, pude ver sus caras como dos luces en la ruta, sus sillas pegadas, una contra la otra. El viejo decía “Yo sé que usted…” o algo parecido. El rostro de Lorena era imposible de decodificar: nunca la había visto así. Fue tanta la sorpresa que me causó su expresión que ni siquiera atendí al hecho de que el viejo, en tanto hablaba, apoyaba una de sus peludas –y de seguro calientes- manos en la rodilla derecha de ella. Abrí la puerta unos centímetros más y los dos me miraron con curiosidad. Se deberían preguntar qué hacía yo ahí o, incluso, quién era. Acto seguido, el viejo se paró:
-¿Qué mira? –me dijo.
-Es mi casa- alcancé a murmurar antes de cerrar la puerta del todo, avergonzado y temiendo que se me venga encima…

Al día siguiente me levanté temprano. Por poco les salían rayos de sol detrás de la nuca: estaban radiantes sentados a la mesa y chupando la bombilla del mate. ¿Querés uno?, me preguntó Lorena. Negué con la cabeza. Un detalle no menor: los dos tenían el cabello mojado, se habían bañado. No quise seguir pensando. Mi corazón latía a una velocidad alarmante:
-Debo informarle –dije, mientras me temblaban los labios- que el inquilinato…
-Si, si, si –me interrumpió el viejo-, ya lo sé.
Turbado por su respuesta, besé a mi esposa en la frente e informé que iba al trabajo.
-¿No vas a desayunar?- preguntó ella.
No contesté. Antes de abrir la puerta, escuché al viejo:
-Un hombre sin desayuno no es hombre.
Tragué saliva. Contuve el llanto. Deambulé por bares y comercios buscando explicaciones. ¿Explicaciones de qué?, me pregunté, todo es muy claro. Olvidé que tenía que ir a la oficina, que formaba parte del mundo. El viejo me expulsa de mi casa, me dije, el viejo me expulsa de mi trabajo, el viejo me expulsa del mundo.

Más tarde de lo normal, casi llegando la noche, ingresé a la casa. En la habitación, el viejo, tapado con una frazada hasta la cintura, recibía una infusión humeante de Lorena. Por unos minutos, observé a Lorena sentarse en la cama, la mano del viejo buscando sus piernas, ella alejándolo, él intentando nuevamente y ella, sonriendo, aceptando las caricias. Me fui a bañar. Entré a nuestro cuarto, me desvestí. Me tapé el cuerpo con la cobija como un niño que ha tenido pesadillas y cree que los monstruos del sueño vagan por su cuarto. ¿Cuánto puede tardar una buena mujer en darle el té a un viejo enfermo, cuánto? Las preguntas de mi cerebro se volvieron súplicas desesperadas. Unas horas más tarde, entró Lorena:
-Está enfermo –dijo, sin mirarme a los ojos-, voy a tener que acompañarlo toda la noche.
-¿Muy grave? –pregunté.
-No, necesita unos mimos y va a estar bien.
Antes de que cerrara la puerta, tuve fuerzas para preguntar:
-Lorena, ¿vos lo querés como a un padre, no?
-¿A Rafael? ¡No! ¿Cómo se te puede ocurrir algo así? Rafael no es mi papá, Rafael es un hombre.
No me atreví a ver qué pasaba, que tan grave era la enfermedad, de qué se trataban esos “mimos”.

La enfermedad debe haber empeorado porque Lorena pasó noches y más noches en la habitación de Rafael. Cuando me veía, me saludaba con una imperceptible sonrisa y me ofrecía algo de comer. A veces me preguntaba cómo me había ido en el trabajo. Creo que un día me preguntó de qué trabajaba. Una tarde llegué de la oficina y nuestro cuarto estaba cerrado con llave. Cansado, no tuve ganas de golpear y preguntar qué pasaba ahora. Debe haberse ido, me dije alegremente, cuando ingresé a la habitación y constaté que sus cosas no estaban. Me dormí al instante.
En la mañana, me despertaron sus risas. Sentados a la mesa, compartían el mate. Parecían una pareja de recién casados. Tal vez lo estaban y no me habían avisado. Creo que hacían planes para un viaje futuro o eso creí entender. Me senté y saludé respetuosamente. Lorena, con gran timidez, me acercó el mate. Chupe la bombilla una, dos, tres veces mientras sentía como el agua caliente con gusto a yerba pasaba por mi garganta.
Luego de unos minutos, pasé el mate a la mujer. Ella tomó la pava, sirvió el agua y removió con la bombilla:
-Está aguado –dijo el Señor-. Los mates de Lorena no pasaran a la historia.
Después soltó una tenue carcajada buscando mi complicidad:
-A mi me gustan mucho –respondí-. Todo hombre sabría apreciar este tipo de mates.
Ella se avergonzó, creo que le agradó ese elogio desmesurado. El hombre, enrojecido de cólera, me informó sobre un nuevo aumento en el inquilinato.

13 comentarios:

no me llamo José dijo...

hermoso martín, pero todo el tiempo me imagine al viejo como Laiseca...adio y buona fortuna corvino

no me llamo José dijo...

ah el link de un amiguito;

http://www.thefishingband.blogspot.com/

wallyzz dijo...

Mas que Bueno, un rato totalmente aprovechado en mi asiento de la oficina, Rueda magica y misteriosa la de la vida.

Abrazo

Desarmandonos dijo...

Cuento redondo! Me lo leí de un tirón. Le salió bárbaro.

Saludos.

Anónimo dijo...

Muy bueno,
pero el final me parecio como muy corvinesco

Saludos
Alejandro

derian dijo...

Grillos no lo leí por tiempo, el anterior, el de las vacaciones, sí, me pareció excelente. Este, no es menos bueno. La historia me pareció muy bien llevada.
Lo que no sé es hasta qué punto le sirve al relato cambiar de persona al final, quiero decir para que no se haga muy artificioso todo, y me dé cuenta que es en verdad un cuento de ficción; es un buen giro, pero yo creo que no necesitaba giros, es un cuento que más allá del final se justifica por sí mismo.
Después, narrás maravillosamente bien cómo el hombre va enfermando de celos, los tímidos y acaso inocentes acercamientos de lorena y el viejo. Te repito, muy bueno. Me gusta tu prosa.

Anónimo dijo...

Me gustó mucho. Igual no sé si de tanto mirar "Mujeres Asesinas" no termino esperando quien mata a quien...

Besos,
Viva la Pepa y Pepe Grillo!

Marie
Ahh fui yo la que te copie el link de Página/Lost, pasa que tuve un problemita con mi nombre y no salió...

Anónimo dijo...

No lo había leido, peroc oincido con Derian, de hecho me paso exactamente eso cuando llegué ahi. El relato me había llevado a verlos... al viejo, a Lorena y a él, y ese final me trajo de vuelta a la realidad, es decir a la ficción. >No se si se entiende.

Viva la pepa y las pepas con café con leche que me voy a comer ahora (después de esto quizás escriba algo mas coherente!)

Besos,
Marie

Marian dijo...

me gustó el inquilino como evolución de la idea original del mendigo... era así no?
igual, creo que me malacostumbré a tus cuentos laaaargos: por momentos sentí que los cambios eran bruscos y me hubiesen gustado descripciones más paulatinas, mas extensas, más ricas quizá por tediosas... mm no sé, creo.


me parece que te estamos conociendo demasiado el estilo... y hasta nos animamos todos a opinar... jeje: los avatares de la prosa corvinezca.

salute!

Marian dijo...

me olvidaba!!!

Porreti es Coimeti


cuando escuché la noticia me acordé de tu post.

salute

Martín Zariello dijo...

Gracias por leer. Parece que descubrieron mi sucio secreto de los finales erráticos! Yo me imaginé al viejo como Arce (jaja) y en realidad el cuento es una versión dramática del fracaso del verano: Uno de dos (¿?). El final me pareció indicado, no sé, como que tomaba el mate y se convertía en un extraño y empezaba eso que tanto me gusta en los cuentos cortos: un círculo cíclico de ribetes absurdos (¿?). Como dicen Wallizz y los Beatles : la vida como una rueda mágica y misteriosa. Creo que estoy desvariando. Derian, No me llamo, Marian, Marie, Desarmandondonos, Alejandro, Wallizz: un abrazo.

PD: Andate Simeone! Estamos hartos, "¡¿alguien quiere pensar en los niños?!"

agn dijo...

Leo tarde pero leo.
¡Me gustó mucho, Sr. C!
Quizás en una primera lectura (de la que deriva este comentario) quizás veo alguna actitud inicial del tipo que no me calza en el patapúfete final.
Sobre el giro final, quizás tomé mucho del mate CORtaZARIano, pero me resultó más que... apropiado, ferpecto. Los tiempos son justísimos, bien corto y al pié todo.

Salutt.

breton dijo...

Me pareció buenísimo, como lentamente le es robada su mujer por el viejo. Y ya que están todos opinando creo que el cuento sería absolutamente genial sin la última frase.
saludos