martes, 11 de marzo de 2008

SOBRE EISEJUAZ, DE SARA GALLARDO, Y LAS CHICAS QUE ESCRIBEN EN ARGENTINA


Históricamente, como todos saben, las grandes autoras argentinas, es decir, aquellas que escapan a los cánones de lo que el Mercado supone debe ser una "escritura femenina", no han sido tomados en cuenta por los hacedores de boom editoriales y obras fundamentales. A las pertinentes coordenadas socio-culturales machistas que dominan al Planeta desde su creación, se pueden agregar otras causas. En primer lugar, a mediados del Siglo XX, cuando, por distintas razones que van desde la efervescencia cultural de un periodo determinado hasta el azar de los natalicios 1889-1925, la literatura argentina alcanzó un estatus en verdad sofisticado, un cúmulo de autores masculinos extraordinarios o importantes o personales o imponentes coexistieron sin otorgar espacio para el “sexo débil”: Arlt, Cortázar, Borges, Bioy Casares, Bianco, Marco Denevi, Sabato, Mujica Láinez, Mallea. Un dream team demasiado sinuoso para dejar introducir mujeres en una sociedad todavía más pacata que la actual (que por mostrar culos en tv cree estar a salvo de cualquier atraso). También se podría decir que a las autores argentinas dueñas de una voz particular y atendible se las morfó el mentado campo intelectual, la relación estrecha que todo artista busca con seres de sus mismas aspiraciones: Silvina Ocampo, gran cuentista, siempre será mencionada como la esposa de ese monstruo llamado Bioy Casares; Norah Lange, que desde hace algunos años es celebrada por un círculo pequeño pero prestigioso, fue la pareja de Oliverio Girondo; Beatriz Guido, autora de la novela Fin de fiesta, quien junto a Martha Lynch y Silvina Bullrich alcanzó fama en los 60’, fue esposa del cineasta Leopoldo Torre Nilsson. Las generaciones subsiguientes, que tendrían entre sus nombres más contundentes a Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Juan José Saer, Manuel Puig, Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, Fogwill y Andrés Rivera, tampoco entablaron una relación estrecha con el género femenino. Alejandra Pizarnik, una poeta discutible pero a todas luces creadora de un tono personalísimo, a pesar de estar enamorada de Silvina Ocampo, no pudo ser pareja de nadie más majestuoso que ella misma, pero su modo de escribir poesía, tan brillante que encandila y propicia la copia en su discípulos, terminó por opacar varios de sus logros por la excesiva repetición. Hay autores, como Antonio Di Benedetto, que iluminan y permiten metabolizar su lectura sin el impulso de la copia; otros, como Pizarnik o el mismo Cortázar, enceguecen: imposible leerlos y no sentirse dominados por la fuerza poética o narrativa de sus respectivas obras. Pero éste es otro tema. Actualmente, en lo que se denomina La Joven Guardia –autores nacidos en la década del 70’-, como dejó sentado el último número del suplemento cultural de La Nación, hay espacio para las mujeres. Cualquiera que esté más o menos enterado de lo que sucede alrededor del mundillo de la literaturra, sabe de la existencia de Florencia Abbate, Mariana Enríquez o Samanta Schweblin. De estas tres, la autora de El núcleo del disturbio, Schweblin, es la mejor y, dentro de algunos años, cuando su obra circule con más constancia y sea asida por los lectores y la crítica, dará mucho que hablar. Esta breve introducción, entonces, sirve (o no) para poner en órbita a otra de esas autoras raras a las que nos acostumbró la literatura argentina: Sara Gallardo. La lectura de su novela Eisejuaz, de 1971, propulsa esta ligera observación sobre la misma.

Según las biografías, Gallardo, para no ser menos esposa de Murena, nació en 1931 y hasta 1988, año de su muerte, se la pasó haciendo un zigzag impredecible entre distintas zonas del mundo: Buenos Aires, Roma, Barcelona, Medio Oriente. Tal vez en alguno de estos lugares halló la piedra fundacional sobre la que se asienta Eisejuaz: una novela breve y olvidada, que, en forma sorprendente para el lector, crea un lenguaje propio hecho de silencios y ambigüedades. Es que si hay algo que define a Eisejuaz es su característica innata de novela rara. Hasta su nombre es inasible y nos hacen pensar en una obra que puede ser noruega, rumana, árabe, cualquier cosa menos argentina. Mujica Láinez, lúcido, le dice a Gallardo en una carta: “¡Qué libro extraño y bello has logrado! No imagino cómo se te ocurrió, ni cómo te atreviste a emprenderlo”. Hay mucho de verdad en esas palabras. En Eisejuaz, un indio mataco, llamado Lisandro Vega, recibe mensajes del Señor y recorre un itinerario místico en la selva salteña en busca de una persona. Inmiscuido en esta peregrinación debe decodificar símbolos, intentar adivinar quién es su próximo mensajero. A medida que avanza su camino se va despojando de lo poco que tiene: su yesquero, su camisa, su asombrosa fuerza. Años atrás perdió su trabajo, su fuente de dinero, su esposa. Desde que la voz se instaló en su espíritu todo ha ido en decline. Eisejuaz es una novela tan heterodoxa y fascinante como Zama y tiene algunos puntos en común con ella: las dos son obras que, silenciosamente, iluminan un camino inexplorado en la literatura argentina y, por lo tanto, crean nuevos lectores. Son novelas hermanas. En cuanto a la construcción del texto también se pueden hacer analogías en esa gramaticalidad alterada, en las frases cortas, los diálogos lacónicos, los discursos interrumpidos, los párrafos exiguos. Sin embargo, donde Di Benedetto trabaja profundamente en la colocación de adjetivos, Gallardo propone un lenguaje aún más depurado y, por consiguiente, extraño: “Y nada no pasó. Ni paró la lluvia. Puse a cocinar el pescado, y nada”. Como muchas de las obras modernas, Eisejuaz parece estar narrando aquellas cosas que no deberían ser contadas, el resabio de las acciones.

En la construcción del Yo de Vega hay mucho del Faulkner de El ruido y la furia pero también un movimiento hacia el idioma regional latinoamericano que entronca la novela de Gallardo con la fecunda y efímera obra de Juan Rulfo. En Pedro Páramo están los espectros del llano que miran la lejanía y saben mucho más de lo que dicen, todo narrado con un lenguaje que hasta allí no había sido vislumbrado por autor alguno. En Eisejuaz, no hay espectros pero sí hombres que lo parecen: indios expulsados de sus tierras viviendo en la más indigna de las miserias. El paisaje selvático acrecienta el carácter inestable del protagonista que oye la voz, la voz que nace de su cabeza, la voz del Señor, ésa que le indica cosas que están más allá de su entendimiento y lo hacen aprisionar a Paqui. Otro factor inquietante de la novela es la violenta oposición que se da entre la vida urbana y la periferia donde habitan los indios matacos, una nueva reformulación del lema de Sarmiento: civilización o barbarie. Cuando la voz del Señor cesa, Vega, desesperado, escucha otra diferente que le dice que compre zapatillas, que vaya al cine. Este reflejo auténtico sobre la agresiva inducción que hace la sociedad moderna del indio relaciona Eisejuaz con toda una tradición de obras latinoamericanas indigenistas, especialmente con la de José María Arguedas; aunque es preciso aclarar que, a diferencia de una novela como El zorro de arriba y el zorro de abajo, la lectura de Eisejuaz nunca llega a ser tortuosa: el murmullo que teje Gallardo a través de sus palabras se lee con voracidad e indescriptible disfrute.

Antes del fin, algunas consideraciones: Eisejuaz también puede ser entendida como una novela iniciática, un Tratado filosófico que nos habla sobre el camino errático que debe recorrer un ser solitario en vistas de seguir su destino, por más extravagante que éste sea. “Un animal demasiado solitario se come a sí mismo”, le advierte un viejo franciscano a Vega al promediar su viaje. Imposible olvidar tal frase. Por otro lado, debemos insistir en el lenguaje, ese idioma singular que Gallardo erige a partir de la conjunción de un registro coloquial y una forma nada ortodoxa de construir el sintagma. En un pasaje de Diario de un seductor, Kierkegaard afirma que el espíritu poético es ese más que se agrega a la realidad. Gallardo posee ese más, ese distintivo indecible. Muchos de los pasajes de la novela, de ser divididos en versos, podrían formar un poema: “Y me he ido a pies para Orán, sin nada, en la bruta calor. No por el borde del camino, sino por el monte. Veía el camino y los que andaban por él no me veían, ni los camiones, ni los autos, nadie. Y en el monte los pájaros, los bichos, los palos, los bejucos que cuelgan de arriba”.

Eisejuaz se puede conseguir en las mesas de saldo de las librerías a cuatro pesos. El valor de su imprescindible lectura excede cualquier precio material: es de esas novelas memorables que modifican la vida de quienes las leen.

11 comentarios:

Marian dijo...

comentario para el post anterior: te dejo un link que está bueno para tener un poco de idea sobre la historia de la historieta. salute

http://www.historieteca.com.ar/Historia/decada10.htm

Anónimo dijo...

TENDRIA QUE LEER EISEJUAZ, ESPERO CONSEGUIRLA

Anónimo dijo...

TENDRIA QUE LEER EISEJUAZ, ESPERO CONSEGUIRLA

Anónimo dijo...

TENDRIA QUE LEER EISEJUAZ, ESPERO CONSEGUIRLA

Anónimo dijo...

EHH, ESO FUE UN ERROR, NO LO HICE ADREDE, PERDON.

Desarmandonos dijo...

Esa Corvino leyendo a Kierkegaard!

Fix Perez Bracamonte dijo...

Tengo en mi biblioteca el volumen de los cuentos completos de Gallardo. Hasta ahora sólo leí dos o tres, de manera que no puedo opinar, pero luego de leer este post me dieron ganas de retomar su lectura.

Martín Zariello dijo...

Desarmandonos: Diario de un seductor me lo compré junto a Eisejuaz y un libro de crítica literaria de Proust a...10 pesos! Una ganga.

Marian: me voy a pegar una pasada.

Fix: no leí los cuentos pero recuerdo que hace poco se reeditaron y tuvieron buen acogimiento (¿?).


Saludos!

Martín Zariello dijo...

Anónimo: en caso de que seas de MDP Eisejuaz está en una libreria de San Martín entre Corrientes y Entre Ríos a 4 mangos. Saludos.

e.zurichinvest dijo...

Recien termino de leer Eisejuaz,lo unico que puedo decir es que es un libro conmovedor,extraño y bello,me dejo una sensacion indescriptible,llore en el final,y reflexione,sobre la gran MENTIRA DEL HOMBRE BLANCO y su CARGA de civilizar a todas las demas "razas",esta magnifica autora ante la q me saco el sombrero nos muestra el alam delicada ,sencible,bondadosa en contacto con su entorno de una forma espiritual,tan distinta al "civilizador" que solo ve su entorno como algo para EXPLOTAR en su propio beneficio, es mas estoy indignada porque lei ya varios comentarios de esta novela llamando a Eisejuaz INDIO PSICOTICO,cuanta soberbia! cuan miserable sigue siendo el hombre blanco q no entiende nada! o algunos que intelectualizan todo! pero el arte no se interpreta con el intelecto, se siente!,o como dice Unamuno el hombre de verdad no piensa solo con la cabeza sino con su corazo ,con su sangre y hasta con el tuetano de los huesos,esta novela es tan poco conocida,porque la escribio una mujer,y no es una novela "femenina" como las de Isabel alende etc con recetas de cocina, es la de una mujer que se pone en el lugar no solo de un varon y su sentir si no de un varon mataco y mistico! toma! aguante Sara Gallardo!

ericz dijo...

bien Martín