sábado, 3 de mayo de 2008

LECHE CON CHOCOLATE

Ya de chico leía los best seller o novelas policiales que mi padre amontonaba en un compartimiento de su ropero. Cuando por la tarde él se iba –trabajaba en los talleres mecánicos del Casino, un lugar subterráneo que nadie conoce- y me dejaba solo, me trepaba al estante más alto y sacaba algún que otro libro. Al principio los leía todos, en dos o tres tardes. Recuerdo algunos títulos: Montañas de fuego, La Selva del Pánico, Policías traicionados, Oro y Barro en New York City, Destinos encaminados, Pasaje de la perdición. También allí encontré algunos buenos libros: Desde el jardín, El retrato de Dorian Gray y Teorema de Pasolini que leí entero sin deducir una sola palabra. Pero estos últimos eran la excepción. Luego, a medida que crecí y advirtiendo el deplorable nivel de la escritura, me dirigía directamente a las escenas de sexo o donde se describía una mujer desnuda. Más tarde, guardaba los libros y me quedaba sentado mirando la televisión, esperando que llegué mi padre y me cuente lo que había hecho en el trabajo. Me aburría mucho.
Creo haber dicho alguna vez que mi madre murió cuando yo tenía tres años. Venía de una familia llena de personas enfermas de cáncer y ella no pudo escapar a la tradición atroz. Mi padre, pude comprobarlo con los años, nunca se repuso de su muerte. Frecuentemente tenía accesos melancólicos que lo hacían llorar en plena cena. A veces, mientras cortaba la cebolla para la ensalada, lloraba exageradamente para que la verdura sea la causa. A la mañana, cada una o dos semanas, me decía: Hoy soñé con tu madre. Y le brillaban los ojos, como si fueran dos luces en el medio de una ruta oscura. Me daba vergüenza llevar algún amigo a mi casa y que mi padre comience a llorar. Nadie quiere tener un padre marica o acusado de ello y menos a los 10 años. Pero cualquier hombre lo habría entendido: mi padre lloraba por amor.
La casa era demasiado grande para los dos. Había tres piezas, el comedor, la cocina, un patio enorme por delante y un fondo espacioso por detrás. Sin dudas, mi padre la había construido pensando en tener 3 o 4 hijos. Hubo veces que lo encontré contemplativo observando el territorio familiar, acaso reprochándose algo o pensando en venderlo todo. Hijo, me decía, cuando tomaba de más, nosotros nos tenemos el uno al otro. En el comedor había pegado un afiche con una pequeña casa en el medio de un bosque. En el mismo se leía una frase de Confucio: Tengo una pequeña casa pero mis ojos miran un enorme mundo. La sociedad occidental suele tomar las más estúpidas enseñanzas de Oriente: el karate, la construcción de bonsái, el arroz, una comida sin el menor gusto, las frases más inofensivas de Confucio, las enseñanzas más impracticables de Buda. El mundo, a menudo, vive equivocado, pero ése es otro tema.
Mi padre trabajaba de 12 a 20 horas. Yo entraba a la escuela a las ocho de la mañana y salía a la una. Él me despertaba con una taza de café con leche. De adolescente había trabajado de mozo así que sabía como sacarle espuma a cualquier infusión. Cuando seas grande te voy a contar, me decía, si yo le preguntaba cómo era eso. Por las tardes intentaba crear espuma pero irremediablemente conseguía una pasta viscosa que me producía arcadas. En realidad lo que más tomaba era leche con chocolate. Eso sí que me gustaba. Una vez mi padre le comentó al almacenero mi descomunal adicción. A los pocos días, volviendo de la escuela, uno del grupo de chicos que se juntaban para jugar al fútbol en la cancha de la esquina –nunca me invitaron y cuando lo hicieron me pegaron un pelotazo en el labio que me hizo sangrar horas- me preguntó si era verdad que yo vivía tomando leche con chocolate. Yo les dije que no vivía tomando pero que en muchas ocasiones lo hacía. Los chicos se rieron y me dijeron que ellos ya tomaban cerveza. Me alegro por ustedes, contesté yo, y salí corriendo. Llegué a mi casa, tomé el tarro de cacao y lo tiré por el inodoro. Después tiré la cadena y mientras observaba el chocolate perderse por los caños me largué a llorar. Pasé toda la tarde en mi cama, boca abajo, sin saber que hacer, con la cabeza hundida en la almohada.
Jugaba solo. Incluso al fútbol. En el fondo de mi casa había un gran rectángulo de cemento y gustaba de correr con la pelota por allí. Imaginaba partidos entre distintos equipos y los relataba. Desde chico tuve un gran apego por la voz de Víctor Hugo Morales. Mi padre escuchaba los partidos del domingo mientras yo hacía la tarea para el lunes. Indefectiblemente me perdía y las multiplicaciones y oraciones unimembres me empezaban a resultar ajenas. Viajaba hacia la Bombonera o el Monumental y apoyaba la cabeza en la mesa. A veces me dormía y no tenía tiempo de hacer los deberes, algo que me resultaba del todo abominable ya que era un muy buen alumno. También jugaba con autos de colección: les ponía un nombre, anotaba los mismos en un cuaderno y los maniobraba hacia delante al mismo tiempo. Jugaba carreras. También los chocaba o los pintaba con temperas. Creo que me divertía aunque no puedo estar seguro. A veces trasladaba los juegos al patio delantero pero cuando veía pasar los grupos de chicos de mi edad, vergonzoso, me iba adentro y terminaba la jornada recreativa de modo abrupto.
En medio de ese infierno infantil llegó Carolina. Desde hacía un tiempo, al lado de mi casa, se estaba construyendo una nueva edificación y por el mes de agosto vino una familia al barrio. Fue un acontecimiento. Se decía que eran evangelistas; una vecina, recuerdo, me cruzó por la calle y me dijo que no me acerque a ellos, que me iban a querer convertir. Yo, que siempre fui muy descreído, seguí caminando y a la noche se lo conté a mi padre. Él se rió un rato largo y me dijo que no había problema, que me juntara con quién sea que viva al lado. Mi padre me dejaba hacer mi vida, a la distancia incluso puedo decir que no se encargaba mucho de mí. Nunca fue a un acto de la escuela. Ni siquiera cuando yo era abanderado o escolta. No me organizaba cumpleaños alegando que yo decía que no me gustaban. Pero era sólo por concordancia con mi personalidad. En verdad me hubiese gustado tener algún cumpleaños con mis compañeros de Escuela e incluso con los del barrio. Envidiaba secretamente los juegos de los niños y creo que, de chico, mi visión pesimista de todo estaba estrictamente ligada al nulo festejo en el que se desarrollaba mi vida. ¿Cómo ser optimista en un mundo gris, en un mundo sin alegría? Carolina trajo la alegría.
En los 90’ hubo cierta serie de tv en la que Andrea del Boca se vestía ridículamente. Se llamaba Antonella y era uno de esos culebrones densos con una heroína insoportable y sufrida. Carolina la imitaba. Se ponía gorros de su madre y recortaba viejas cortinas para confeccionar bolsos o vestidos amorfos. La primera vez que la vi fue la absoluta locura. Yo me pasaba las tardes hablando con los obreros que estaban poniendo las cloacas. Con orgullo advertía que se sorprendían de lo mucho que sabía de fútbol. Por esa época podía recitar el equipo entero de Mandiyú de Corrientes gracias a los álbumes de figuritas que juntaba. Cuando los obreros se iban, yo me quedaba en la vereda mirando los pozos en la tierra, observando el modo en que el agua comenzaba a recorrer el barrio. El día que vi a Carolina se me cayó un alfajor a uno de los pozos. Su presencia me incomodó por completo. Supe de inmediato que era la hija de los que vivían al lado. Encima se había vestido como un payaso y la tuve que observar dos veces para adivinarle la cara. Y la cara era preciosa, llena de brillos y ojos que pestañaban a una gran velocidad. Se acercó con desenvoltura y me preguntó el nombre. De ahora en más te vas a llamar Tincho, me dijo. Está bien, dije yo.
-Mirá- me dijo, unos minutos después, ofreciéndome una sonrisa plateada.- Tengo aparatos.
Tenía ganas de invitarla a tomar la leche a mi casa, muchísimas ganas. Quería que alguien en el mundo observe lo que yo hacía en la vida. Como de adolescentes queremos conseguir una novia para contarle los libros que leemos y hacerle escuchar nuestra música favorita, de chicos queremos que los demás observen como jugamos, la manera en la que nos divertimos o, en mi caso, la forma en que me aburría. Ese primer día Carolina no entró a casa. Pasado un día, a la misma hora, escuché unas palmas en el portón de entrada y la vi a ella, con sus pelos negros al sol, pidiéndome si la dejaba entrar. Le brillaba la ortodoncia a la distancia, era bellísima.
Yo estaba excitado. Fue sublime. Nunca nadie había entrado a mi casa. Nadie nada nunca. Exageradamente la quería hacer sentir como en un palacio. Le ofrecía leches con chocolate, el control remoto del televisor y alfajores de maicena que preparaba mi abuela, mientras ella me contaba cómo le iba en la escuela, que era mentira que eran evangelistas sino activistas –algo sobre la ecología- y que les tenía miedo a los demás chicos del barrio pero que yo le había caído en gracia. A las cinco de la tarde vimos los dibujos animados y mientras tomábamos la cuarta o quinta leche con chocolate me quedé embobado, mirando la hermosura de sus ojos, la manera de situar la vista en la tv sin prestarle atención a nada. Me dijo que tenía bigotes de leche y yo me los limpié, seguro sonrojado. Se fue antes de que llegue mi padre prometiendo regresar al otro día.
Así fue que Carolina comenzó a dejar atrás mi vida solitaria. En el barrio todos los chicos decían que éramos novios. En un principio tuve vergüenza pero después aceptaba las burlas exteriormente enojado mientras por dentro refulgía de felicidad. Pero si algo aprendí del rock argentino es que todo tiene un final, todo termina. Un día la encontré a Carolina hablando con el más conocido de los chicos del barrio, el que me había puesto de sobrenombre Mimo. Casi me da un infarto. Sentí como mi corazón comenzaba a latir con rapidez mientras el maldito estúpido hacía chistes y la cara de Carolina fluctuaba de la desconfianza al encantamiento. Se llamaba Martín aquél chico, igual que yo, pero a su vez, era todo lo contrario a mí. Era mi antítesis. O yo era un antihéroe, no sé, lo concreto es que me la sacó con una facilidad pasmosa. Jugaba bien al fútbol, era simpático, tenía una bicicleta todo terreno y no una miserable y vieja cross como la mía. Qué tristeza, Carolina dejó de venir asiduamente y a los 12 o 13 años se puso de novia con él. El día que me lo contó estuve llorando hasta las 5 de la madrugada con la cabeza escondida abajo de la almohada. Después se mudó de barrio y no la vi más por un tiempo.
Por esa época ya había empezado a leer a Cortázar, a Arlt. Afortunadamente tuve una profesora en la Secundaria que no respetaba las inocuas lecturas obligatorias del ministerio de Educación y nos nombró algunos apellidos ilustres para que empezáramos a conocer cómo era la vida. Entre tanto Salvador Gaviota y La casa de los espíritus, Cortázar fue algo así como una salvación. Para ir a la Escuela Técnica debía tomarme un colectivo hasta el centro. Allí, por primera vez, pude hacer algunos amigos y a los pocos meses empecé a faltar a clase, a ratearme. A veces lo hacíamos en grupo y en otras ocasiones, cuando mi padre me daba plata, él único que faltaba era yo. Recorría las librerías de viejo, compraba un ejemplar antiguo y barato y me sentaba en alguna plaza del Centro a leerlo. Cuando la plata me sobraba pasaba toda la tarde en alguno de los Café del centro. No me fue difícil conseguir cierta fama de intelectual o de bicho raro. Con grandes esfuerzos me dejé la barba y a los 14 años me había leído la obra completa de Julio Cortázar. En vez de ir a bailar me gastaba toda la plata en libros. Una vez le pregunté a mi padre si estaba bien lo que hacía y me dijo que cada uno sabía, que si a mí me parecía bien, no podía haber nadie en el puto mundo que me diga lo contrario. A poco de irse a dormir, agregó: Tampoco tenés que descuidar el contacto con tus amigos… y con las chicas.
Las chicas. Desde que Carolina se había mudado de barrio el contacto con las mujeres era nulo. Sólo hablaba con las más feas del curso, las que hacían chistes y bromas junto a los hombres. El solo contacto con chicas que me gustasen me perturbaba por completo: primero comenzaba a transpira en tanto contestaba con monosílabos hasta que las mejillas iban de un rosa a un rojo intenso y escapaba hacia el baño, la biblioteca o mi banco. Me enteraba que alguno de mis amigos había besado o manoseado a alguna de mis compañeras pero todo era un rumor lejano, yo no pertenecía a ese grupo ni a ningún otro. Eso me entristecía de modo severo ya que por esa época, el contacto, como decía mi padre, se había vuelto una obsesión. Pero tímido, vergonzoso y nada lindo, tenía muy poco que hacer. Una tarde en la que falté al colegio y me compré La naranja mecánica a 5 pesos –libro que terminado de leer me dejó en un estado de exaltación extrema o hipnosis violenta catódica- encontré otra vez a Carolina. Yo estaba sentado en uno de los bancos cercanos a la Fuente de la Peatonal y Carolina paseaba agrupada con cinco o seis chicas. Se tomaban del codo unas a otras y cuchicheaban con sonidos indescifrables lo que veían a su paso. Cierta afectación en sus gestos me hizo saber que ellas también habían faltado al colegio. Era tal la adrenalina. Como la excitación sexual se amplifica en lugares públicos, el placer de la lectura se acrecentaba en mí cuando lo hacía faltando al colegio Algo doblemente obstaculizado se desarrolla de igual modo, qué bien, piensan los seres humanos, gastemos libido.
Reconocí a Carolina al instante pero no quise molestarla. A simple vista seguía igual pero al acercarse comprobé que se había desarrollado en forma progresiva y sin pausa. Su cara era la misma: expectante, curiosa, simpática, misteriosa, todos los adjetivos que hacen falta para hablar de una mujer fascinante yo los encontraba en ella. Tenía algunos granos, es cierto, lo que la afeaba un poco pero excepto ese insignificante defecto todo en ella me seguía pareciendo hermoso. Ahora más grande y hermoso. Se sentó al lado mío y nos saludamos. Hizo un gesto a las demás chicas para que se vayan y vuelvan más tarde. Todas miraron sorprendidas, imaginé que yo no era el prototipo de chico con el que Carolina hablaba normalmente. ¡Yo me creía no sólo un gran lector de Cortázar sino Cortázar mismo! Me preguntó de qué trataba el libro que estaba leyendo; le expliqué en modo sintético porque tuve miedo de que me tomara por un degenerado o algo así –recordar que estaba leyendo La naranja mecánica-. Me contestó que ella también leía. Nombró algunos escritores que yo sabía que eran malos –algunos best seller, otros de autoayuda- así que le recomendé autores que debían gustarle.
-¿Me podés prestar alguno de esos libros?- preguntó.
Automáticamente se me apareció otra vez su pequeña figura, la ortodoncia brillando al sol, ella aplaudiendo para que la dejara entrar a mi casa. Esta vez no se me escaparía. Quedamos en encontrarnos el miércoles de la próxima semana, no podíamos faltar a clases siempre. Cuando sus amigas volvieron, con algunos chicos, vestidos a la moda y con gel en el pelo, me dijo que tenía muchas ganas de hablar conmigo. Ya de espaldas, caminando hacia sus amigos y volviendo de pronto la mirada en dirección a mí dijo algo que no alcancé a comprender. Entendí que me extrañaba y eso me bastó: nadie en la historia de mi vida me había extrañado ni se había ido caminando de esa forma; nadie en la historia de mi vida, luego de caminar de espaldas, se había vuelto hacia mí diciendo que me extrañaba o que yo era extraño o que yo ya era un extraño, no importaba, lo concreto era que Carolina me había captado, que Carolina era la única persona que había puesto algún tipo de atención en mí. Y eso me bastó, again.
La semana que fue del encuentro en la Fuente al miércoles de la semana posterior fue la absoluta locura. Me pregunté varias veces cuál debía ser mi desenvolvimiento con ella. Decidí adoptar un aire de indiferencia, antipatía y bondad. Así sería el resto de mi vida. Ella llegó un poco retrasada. Estaba muy linda, despeinada, con cara de dormida parecía mucho más grande. Me alegró comprobar que sus amigas no estaban por ningún lado. Yo le había llevado libros de Cortázar. Le dije que todos eran buenos y que eligiera el que tenga la tapa más atractiva. A propósito, comencé a pelearla. Cuando elegía un libro yo le decía que ése no. Ella se reía –a esa edad es importante hacer reír a una chica- y me miraba con una cara en la que yo intentaba descifrar amor o ternura. Quizás me tenía lástima, quién sabe. Qué importa.
-Vamos a dar una vuelta- dijo, cuando ya había guardado el ejemplar amarillo de Bestiario en el bolso.
-Dale- dije yo, esforzándome demasiado por parecer tranquilo cuando en verdad estaba totalmente desorientado. Recuerdo que pensé: Si le tengo que dar un beso se va a dar cuenta que nunca besé a nadie. Todo era un problema enorme. Carolina me sobrepasaba. Mientras caminábamos hablaba de Martín, el chico del barrio, que había resultado ser un perfecto idiota según sus palabras. Perfecto idiota, pensé yo, pero fue tu novio. No dije nada. A cada paso que daba, saludaba a chicos, chicos que me miraban con gestos que denotaban algo inconcebible, es decir, que Carolina camine por la Peatonal con alguien como yo. Me sentía incómodo. Pensé en decirle que tenía que irme a casa pero supe que me lo reprocharía durante toda la vida. La verdad es que decidí mal, dijo Carolina, en determinado momento, en frente de una heladería. ¿Lo dice por mí?, pensé. Me preguntó si quería helado pero yo le dije que tenía mucho frío.
-Si querés te compro uno- le ofrecí.
-Cuando estás con una chica no tenés que preguntar, tenés que ir y hacerlo- me contestó, riéndose.
Sus palabras adquirieron un doble sentido que me llevó a la duda. Por mi cerebro pasaban miles de ideas: besarla allí, comprarle el helado y mientras besarla, reírme con ella. Sin decir nada le compré un helado de frutilla y chocolate –sabía que a ella le gustaba de antes- y nos sentamos en un cantero. Qué memoria, Tincho, me dijo, mientras hundía una de las cucharitas de plástico rosa en el helado. Se lo terminó con una voracidad encomiable. Es que cuando me viene me agarra hambre, confesó. Esta última frase me hizo sentir mal: pensé que para ella yo era una amiga más que un chico. No me tendrías que contar esas historias, espeté. Ella siguió riéndose. A veces pienso que mi vida es una sucesión encadenada de mujeres que ríen en tanto yo no sé bien qué hacer. Caminamos por la costa. Vamos a la playa, dijo ella, decidida. Algo tenía que pasar. Qué miedo.
Con el frío que hacía mis labios comenzaron a abrirse. Vos necesitás manteca de cacao, dijo ella. Yo no escuché bien y creí que me estaba cargando por mi vieja adicción a la leche con chocolate. Le dije que no tomaba más. Ella me miró sorprendida, informó lo que había dicho y en voz alta sentenció: Encima de tonto, sordo. Estábamos caminando a la deriva en medio de un sinnúmero de latas de gaseosa, vasos de plástico, preservativos usados y cartones de pizza. Cerca estaba el viejo cartel de Celusal, al que no le funcionaban varias letras. Años después lo remplazarían por un cartel de una cerveza pero para mí sigue siendo el cartel de Celusal. Me sentí herido por sus palabras, otra vez creí ser un extraterrestre, otra vez no podía coordinar palabras.
-Bueno –dijo ella- yo me voy yendo. Hace mucho frío.
Su partida me pareció abrupta. Abriendo la boca con dificultad me acerqué a sus labios y la besé, sin pensar. Ella se tiró atrás pero, con las manos, la mantuve apretada a mi cara. Cuando la solté parecía estar temblando, nunca supe si de frío o de temor.
-Pensé que nunca iba a pasar- me dijo, enigmática.
No sé de que hablamos. La acompañé a la parada del colectivo y practicamos otros besos. Me abrumaba la alegría de besar una mujer hermosa delante de la gente. Creía que era de mi propiedad. Ja, ja, ja. Durante algunos meses creo que fuimos novios: ella venía a mi pieza, nos besábamos, le sacaba el corpiño, me hablaba de lo mal que se llevaba con sus padres, le hacía escuchar algún tema de Los Peligrosos Gorriones. También le regalaba cuentos escritos por mí. Cuentos malísimos, aún peores que éste. A ella le encantaban. Creo. En determinado momento se puso de novia con un chico más grande; me deprimí bastante pero no se lo hice saber. En los siguientes años acudía a mí cuando abandonaba a sus parejas. Nunca le reproché nada ni le hice una escena de celos, creo que estuvo bien así: Carolina era un accidente, un ángel caído del cielo en mi deplorable y triste vida, no había nada que hacer, sólo agradecer en silencio y rezar para que no se vaya. Me enteré a principios de los 2000 que había abortado. Luego alguien me lo desmintió y me dijo que en realidad había viajado con su familia a España. Un día golpeó la puerta de casa y me dijo que estaba de vuelta, esta vez no nos separaríamos más. Yo la reté porque se había teñido de rubia, ella se enojó y se fue llorando, a veces me pregunto qué me quiso decir. Después se perdió entre muchas otras personas, me siguió fascinando por un tiempo hasta que entré en la Universidad. Cada tanto la veo caminar por la Peatonal en invierno. En verano, con la gente que hay, no la reconocería. Está un poco cambiada y parece triste pero sigue conservando la esencia, ese swing poderoso. Su recuerdo perfecto me impide decirle hola, preguntarle qué fue de su vida, cómo es que está.

13 comentarios:

agn dijo...

me encanta que no me salga ponerme crítico con estos géneros, con tus relatos/cuentos, y me gusta que me gusten tan cercanos.
muy acertadas las ideas de invitar a alguien para que nos vea jugar, el episodio del chocolate y la cerveza, el sabor de lo que se lee en la plaza fuera de la escuela... y otras más por ahí que también me tocan.
saludos

Pandita dijo...

Muy bueno.

Gran pulso, amigo.

Por cierto, veo que sos de Mar del Plata... ¿aún vivís ahí? Tengo una conocida que estudia Letras allá.

Mechi dijo...

Muy bueno, me gusto mucho.
Tiene imagenes muy lindas.

Me hizo acordar a este video:
http://www.cinehumus.com.ar/videoB2.htm

Saludos!

Diego Zúñiga dijo...

martín: me gustaría contactarme contigo via mail para hacerte unas preguntas.
te dejo mi mail:
stgo.guerrero@gmail.com

por fa, escríbeme.

saludos!

Diego Zúñiga dijo...

martín: me gustaría contactarme contigo via mail para hacerte unas preguntas.
te dejo mi mail:
stgo.guerrero@gmail.com

por fa, escríbeme.

saludos!

Anónimo dijo...

Me gustó, bueno, entrañable, coincido con los anteriores.
saludos

La niña santa dijo...

Y a mí me hizo acordar a una vez que salí con un chico de Mardel que era como el del cuento! Fue en unas vacaciones de invierno y él era un año más chico que yo y nunca había besado a nadie. Fuimos a la playa a tomar mate, como una "cita". Pero estuvimos toda la tarde tomando mate! Yo quería un beso hasta que no lo quise más porque me había aburrido de esperar. Así que volví al departamento en el que paraba con mis amigas y me emborraché tanto que a la noche no pude salir porque me quedé dormida. Hace mucho tiempo de eso, fue en el 2000 y recién estaba cursando el CBC.
Después me enteré que este chico se puso de novio con una chica que se llama igual que yo, pero no sé si será cierto.

Anónimo dijo...

Masculinamente dulce y triste.
Es bueno, de vez en cuando, leer esos lados de la dulzura y de la tristeza.

Gracias.

Saludos

Anónimo dijo...

Muy bueno, me hace fabricar recuerdos en un marpla donde nunca estuve!

jorge chiesa dijo...

Cuando decís eso del "nulo festejo en el que se desarrollaba mi vida" o algo así. O que Carolina tenía "ese swing poderoso", para mi con eso alcanza y sobra. La primera vez que leo algo tuyo y la verdad me gustó. Cosas a criticar supongo que siempre hay, pero quién soy yo para criticar. Al final del cuento, no sé por qué, pero tal vez a propósito de Cortazar, me acordé "Del otro Cielo". Felicitaciones.Saludos.

jorge chiesa dijo...

Me corrijo: "Las puertas del Cielo", de Bestiario.-

Martín Zariello dijo...

Las puertas del cielo es uno de mis cuentos preferidos! Qué cuentazo! Imagino que Cortázar se debe colar todo el tiempo en lo que escibo porque lo leí mucho.

Gracias a todos los que se tomaron el tiempo para leer. Saludos!

Anónimo dijo...

Tarde pero seguro...(?)Como no tengo tiempo aca en el laburo, lo imprimí y lo leí el otro dìa en el sucte. Me fascinan tus pseudo-cuentos corvino.


Besos
Marie