miércoles, 11 de junio de 2008

120 KILÓMETROS POR HORA

Estoy viajando a 120 kilómetros por hora y no voy a ningún lugar. La Ruta está vacía. A veces freno repentinamente para sentir vibraciones corporales y el sonido de las gomas rozando contra el asfalto. Estoy viajando a 120 kilómetros por hora, la lluvia golpea el parabrisas y cada tanto asoma el sol por detrás de alguna montaña. El tiempo se ha vuelto loco en estos últimos tiempos, me digo, mientras manejo con los ojos cerrados y me despisto sin mayores preocupaciones. El reloj del combustible hace “tic, tac, tic, tac”. Es un auto viejo.

He parado en un Hotel llamado Tokio. Dentro del lugar hay un hombre viejo que no es japonés sino más bien provinciano, habla muy poco. Tiene desconfianza. Tiene cara de ilusionista. Lo imagino haciendo trucos de naipes a sus nietos, a sus horrendos nietos. Éstos tienen la estatura de un niño pero la misma cara del viejo. Sólo debo pagar unos pesos para pasar la noche en una cama. Vuelvo al auto, levanto el asiento y saco unos billetes. Se larga una lluvia aún más fuerte. Pienso en el nombre que me conviene ofrecer. Elijo la habitación número 13. Me recuesto sobre la cama y cierro los ojos recordando que el 13 es un número siniestro. No puedo dormir. Pienso en los últimos años de mi vida y en el día que partí de casa. Pienso en qué estará haciendo ella, qué estarán haciendo los chicos. Desde que me fui no he tenido noticias.

El televisor de la pieza funciona con fichas. Cada vez que lo enciendo aguanta unos 5 o 10 segundos prendido y se apaga. Así estoy un buen rato, a oscuras y con la luz esporádica del televisor. Desde afuera del Hotel Tokio se debe ver una habitación parpadeante; si alguien llega a pasar es probable que se pregunte qué es lo que sucede allí dentro. Quizás crean que hay un científico chiflado probando una nueva máquina, aunque lo más probable es que los que caminen por allí sepan que los televisores del Hotel funcionan con fichas y que, unos a otros, se digan: “En la habitación 13 hay un pasajero que no compró fichas” o, peor, cansados “en la habitación 13 hay otro pasajero que no compró fichas”. Esto suponiendo que alguien camina por allí. Esto suponiendo que los transeúntes del lugar, en caso de existir, tengan pensamientos sobre luces relampagueantes en ventanas.

Duermo. En el sueño, sigo viajando. Por detrás, la nítida figura del perseguidor. La sensación de estar en un móvil a toda velocidad perdura en mi cuerpo también cuando duermo. Cada una hora me despierto agitado porque creo que voy a caer en un pozo. Desde chico tengo ese sueño. La secuencia es la siguiente: voy a caer en un pozo, efectivamente caigo, me despierto efectuando una patada, sudor. Me cuesta reconocer el lugar en el que estoy y me lo pregunto repetidas veces, no sin desesperación. Después me digo que estoy en el Hotel Tokio. Ya sereno, vuelvo a dormir.

A la mañana, el hombre viejo prepara café con leche, jugo exprimido y tostadas. ¿Quiere venir a desayunar?, pregunta a través del teléfono. Por supuesto, digo yo. Al costado de la recepción se encuentra el salón de comidas del Hotel Tokio. Son dos mesas largas de madera con un mantel blanco repleto de manchas. Me siento exactamente en el medio y me arrepiento al instante: “el medio” de un lugar es una posición que propicia el ataque. ¿De qué, de quiénes? No lo sé. Sólo entiendo que siempre es mejor ver todo desde atrás. El viejo se ha vestido con una camisa tan blanca y manchada como el mantel. Tiene un moño negro. Es canoso y hay partes de su cabello que la tintura o los años han vuelto verdes. De cerca, compruebo que su camisa es de la misma tela que el mantel, que su camisa fue confeccionada con tela de mantel. Pregunta cuánto café quiero, cuánta leche. Le indico. Sirve el jugo, ofrece tostadas. Como una. Está húmeda pero no digo nada. El hombre observa el modo en que como y así quedamos, callados, esperando algo que ninguno de los dos sabe. Sin nada para decir pero demasiado incómodo para soportar el silencio, pregunto:
-¿Por qué se llama Tokio?
-Yo no me llamo Tokio.
-Me refiero al Hotel.
-Queríamos darle un aire internacional.
La respuesta me parece hilarante. Río. El viejo no. Una pareja de jóvenes se sienta frente a mí. Hasta este momento pensé que aquí no había nadie. Durante el desayuno no hablan, no se dicen nada. Él es alto, enorme, muy fuerte. Pienso que podría aplastarme como a una cucaracha si intento algo con su pareja. Ella es de contextura física pequeña pero su ropa ceñida al cuerpo sugiere admiración. No mira hacia otro lugar que a su café, que a su tostada, que a su jugo exprimido. Se levantan antes que yo. Ella me observa, un segundo, y mueve los labios. Así. Pienso que me está pidiendo ayuda.

Vuelvo a la habitación. Vuelvo a recostarme en la cama. Vuelvo a prender el televisor. Pienso en pedir fichas pero me pregunto qué cosas quiero mirar yo en un Hotel perdido. Qué cosas quiere mirar un hombre que no va a ningún lugar. Sueños a gran velocidad. Quiero despabilarme para no caer dormido nuevamente. Los pozos se han multiplicado y los sueños han tomado la forma de una pesadilla cíclica. Abro la mesa de luz y encuentro un libro: Carreras, de William Nepister. Nació en 1901, murió el año pasado. En la fotografía, mira a cámara esbozando una tenue sonrisa. ¿Qué le habrá hecho reír así? ¿Habrá sido el fotógrafo el que se lo indicó? ¿Por qué? Según la breve reseña de la contratapa, éste es el único libro que editó. Nunca lo había oído nombrar aunque tampoco debería saberlo. Comienzo a leer. Me aburre y paso algunas páginas de largo. Trata sobre un hombre, un hombre perdido en el mundo que se dedica a correr carreras a cambio de dinero. Y eso es todo lo que sucede. A veces tiene sueños, pero éstos también tienen que ver con carreras entonces poco a poco comienza a volverse loco, a desarrollar cierta patología peligrosa. En algunos tramos, el personaje corre por rutas desiertas entonces Nepister se encarga de describir minuciosamente las montañas, los cactus, las piedras, el asfalto, la fauna, los ciervos enigmáticos que miran pasar el coche. Nepister también se dedica a llenar páginas con preguntas sin respuestas que el personaje se hace en su soledad: “¿Soy un solitario transmitiendo algún tipo de mensaje? ¿Es de creer la situación en la que estoy inmiscuido? ¿He aprendido la lección? ¿La carrera infinita en la que se ha convertido mi vida tiene algún significado? ¿Corro? ¿Avanzo?”. Y cosas así. Cierro el libro antes de terminarlo. Tiene unas 150 páginas. No es mucho, a decir verdad, lo que hay para leer. Vuelvo a abrirlo, entonces, y lo termino y reflexiono y tengo temor, pero es claro que aún leyendo el libro, aún durmiendo y despertando en los pozos de mi inconsciente, no puedo dejar de pensar en el movimiento de labios de la chica.

Abro la ventana de la pieza. El cartel de neón del Hotel Tokio me encandila y vuelvo la vista hacia otro lugar. Observo las montañas y me pregunto si habrá alguien por allí mirando en dirección contraria. Quizás hace muchos años que nadie camina por esos montes. Mi auto está estacionado y, a pesar de que ya es noche, puedo ver partículas de tierra sobre el techo y el capot. Este es un auto rojo que jamás debería volver a ser usado, pienso, linealmente. El viejo llama nuevamente, avisa que está la cena.

Me siento en frente de la pareja. El joven parece aún más recio que en la mañana. Debe ser un gran esfuerzo para un tipo así intentar sonreír. Ella se me hace demasiado bonita. Mientras como la carne –unos trozos de entraña indudablemente crudos- pienso en el deseo sexual que está naciendo entre medio de mis piernas. En el aparente peligro de la joven. En los brazos fuertes y duros del hombre. A ella debe agradarle ser cogida por ese tipo de macho. Yo, me digo, soy el reverso de ese macho y por eso la naturaleza me ha dado cerebro. No puedo evitar sonreír con mi deducción. Sorprendentemente, el joven malvado sonríe. Yo devuelvo la sonrisa. Ella también ensaya una sonrisa. Sus dientes son pequeños y blancos. El viejo viene a servir más carne y al ver nuestras sonrisas, estira su cuello como una jirafa atroz, se suma al círculo y así nos mantenemos sin decir nada pero sonriendo, como en la viñeta final de una historieta de superhéroes, hasta que el hombre enorme saluda con un beso en la mejilla a su chica y le dice que mañana vuelve y yo me agobio y pienso que debo llevar a la chica a mi pieza y, si es posible, sacarla de las manos de aquel que la saluda y parte en su moto negra.

Apenas un segundo después de que él parte, ella sube a su habitación. Tiene una pollera y un tajo. Y yo ya estoy preparado y quiero hacerlo cuanto antes. No sé por qué estoy tan convencido de que será fácil. Incluso pienso que no habrá pasos intermedios: yo golpearé a su habitación, ella atenderá, yo la besaré, ella se desnudará, yo la cogeré, nosotros nos bañaremos, nosotros nos vestiremos y nosotros escaparemos. Estoy confundido porque siento ganas de pedirle al viejo el número de habitación de la pareja. Se me ocurre una idea: mentir. Ella olvidó algo y debo llevárselo personalmente.
-Déjemelo, se lo llevo a la mañana.
-No puedo, es algo que tengo que darle en persona.
-¿Algo privado?
-Si, podríamos decir que sí.

Subo a mi habitación. Antes de la mañana deberé partir del Hotel Tokio porque el viejo informará al joven enrome de la moto sobre mi accionar nocturno. Habitación 10. Justo en frente de la mía. Primero voy a la 13 y me baño. Me coloco perfume en las axilas, en la ingle, en el cuello, en el estómago. Me visto con un viejo pantalón gastado –como ahora acostumbran los jóvenes- y una remera escote en V. No llevo nada, mi salida queda a 10 pasos de la habitación. Golpeo, no tengo vergüenza, creo que todo se desarrollará por los cauces de la normalidad que prefiguró mi mente. Golpeo nuevamente, el primer golpe fue débil. Desde el interior de la habitación, una voz muy aguda pregunta qué pasa. Por favor abra, digo yo, tengo que hablar con usted. ¿Pero quién es?, pregunta ella. El hombre que come en frente suyo, respondo yo, absurdamente. ¿Y por qué tendría que abrirle?, contesta.
-Por favor abra.
Espere, dice ella. Escucho ruidos en la habitación, cajones que se cierran, pasos agitados. Finalmente abre. ¿Qué quiere?
-Hablar.
-Lo escucho.
-No acá, quiero hablar con usted, con tranquilidad.
-¿Por qué?
Niego con la cabeza, la tomo por los hombros y la introduzco en la habitación.

Ella no parece alarmada con mi violencia. Le pido perdón. Ella permanece callada y se sienta en la cama. Yo hago lo mismo. Mueve sus labios, así como en la mesa ayer por la mañana. Necesitás ayuda, digo. No, no necesito ayuda, contesta ella, usted no puede entender. Nos miramos, ella descomprime su cara, todos sus gestos aparecen despojados y son más bellos que en la cotidianeidad. No me equivoqué, me digo, apenas entro a la habitación y ya accedo a su privacidad. Pasarán años y el de la moto no logrará que ella ensaye ese gesto. Toco su pierna, ella no se niega. Beso su cuello, ella murmura algo sobre su pareja. Va a volver, dice, pero ya no la escucho. Nos desnudamos. Todo se da como en mi pensamiento. Tal vez mi mente puede ver el futuro, me digo. Puede que esto sea un sueño, debo aprovecharlo antes de despertar. Lo hacemos sobre el piso. Está frío, dice ella, mientras yo le acarició la frente una y otra vez. Luego la tomo entre los brazos y la deposito en la cama. Saca un cigarrillo y dice que todo es una locura.
-Ni siquiera sé quién es.
-Yo tampoco sé quién sos.
-Me llamo Julia, hasta el año pasado estudiaba. Después de marzo tuve que abandonar. ¿Y usted?
-Corro carreras a cambio de plata.
-¿Cómo es eso?
-Así, como te lo cuento. Voy por las rutas y hago carreras. Si gano cobro, si no, pago yo.
-¿Y a quién le juega las carreras?
-A otros como yo, somos muchos.
-¿Y eso es legal?
-¿Y a vos qué te parece?... Esto no es un juego. Además…en los últimos días sueño, sueño con carreras y me hago muchas preguntas. Tantas como para llenar un libro. Creo que me estoy volviendo loco.

Nos quedamos en silencio. Un silencio turbio interrumpido por el ruido maquinal de las luces de neón del cartel del Hotel Tokio. De pronto, vuelve el impulso y me abalanzó con furia. Ante la tentativa ella se resiste. Logro doblegarla. Luego abre sus piernas mecánicamente y entro yo, con furia. ¿Por qué me hace esto?, pregunta. Yo me estoy vistiendo, ya no respondo. Se aprovecha porque me ve débil, agrega. El que se aprovecha es él, contesto yo, deberíamos escapar. ¿Para qué?, pregunta ella, ¿para correr carreras por las Rutas? Mi mentira ha teñido la situación de hondo patetismo. Ella se pregunta una y otra vez, con exacerbado drama, qué es lo que le ofrezco yo que él no le da. Creo que está a punto de llorar. Decido irme. Ella me acompaña hasta la puerta y cuando ingreso la llave en la cerradura de la habitación 13 me está observando desnuda, con su cuerpo convulsionado y con infinita ternura. Usted no corre carreras, dice ella, usted escapa de algo. Yo cierro la puerta y evito contestar.

La ventana abierta ha hecho ingresar una brisa salvaje en la habitación. Aún no prendo la luz, no quiero ver mi cara en el espejo. Las paredes se han humedecido y poco antes de entreverlo, intuyo la presencia animal en el resoplido constante: un murciélago marrón, de rostro casi humano, sobrevuela el techo. Es el perseguidor vistiendo su entidad en otras presencias fantasmales. Lucho con el murciélago. Salto y toco sus alas pero él muerde y pica mis manos. Prendo la luz. Lanza un grito. Luchamos. Escapa por la ventana hacia las montañas. Antes de hacerlo, quizás fruto de mi imaginación (creo que no, podría asegurar que no), veo que vuelve su mirada y algo dice en su raro lenguaje.

En la habitación todavía ha quedado la brisa. He cerrado la ventana pero una gran sofocación me ha obligado a recibir el aire nuevamente. Pude ver, en la madrugada, que el joven de la moto negra llegaba con gesto adusto. Oí sus pasos por el pasillo y temí por la vida de Julia. Escuché gritos y algunas recriminaciones. No pude hacer nada: tal vez ella era el anzuelo y ahora sólo debo mantener la calma. He actuado con demasiada inocencia.

Dormí hasta las diez de la mañana. El viejo no llamó por el desayuno. Decidí largarme en ese momento. Bajé a la recepción. Nadie. En el salón de comidas, el viejo, de espaldas, servía el desayuno a alguien. No tuve tiempo para observar quién. El auto rojo, cubierto de tierra e inutilizado en los últimos días, tarda en arrancar. Veo al viejo detrás de la puerta principal del Hotel, observándome con gesto circunspecto. Veo mientras el motor comienza a tomar calor, que mira hacia atrás, grita y acto seguido el joven de la moto también se pone en la misma posición que él. El auto arranca. En el espejo retrovisor el joven sube en la moto y no puede dejar de mirar al viejo, porque éste no cesa de darle órdenes.

Por un tiempo, el joven intenta seguirme, pero al llegar la noche ya no se siente el sonido de su moto ni la presencia amenazante que representa. Me calmo, la Ruta vacía me permite acelerar, frenar, despistarme. Estoy viajando a 120 kilómetros por hora y no voy a ningún lugar.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

te escribi en el post "estar con el campo", si podés contestame.. exitos!!

Anónimo dijo...

te escribi en el post "estar con el campo", si podés contestame.. exitos!!

Anónimo dijo...

dedicáte a las corvinicosas .

Anónimo dijo...

"Y donde nadie me conozca, un nuevo y extranio lugar, sin decir nada, te vas..."

Me gusto. Y por lo demas, dedicate a lo que se te cante.

Un abrazo,

M. Aj.

Anónimo dijo...

Por fin un buen cuento, hartos ya de cuentos flojitos y mal armados.
abrazoz, dedicate a esto tambien

perrodesilicio dijo...

saludos !

agn dijo...

Tarde, pero igual.
Cómo me gusta leer tu cuentismo, Corvin-man.
Siga siga.
Ave César.

d. de davis dijo...

genial! tienes de ahora por adelante un nuevo lector desde brasil. abrazos!

made atom dijo...

me encanta este cuento. saludos.