lunes, 9 de junio de 2008

Mi fascista favorito

Ahora que murió (con algo de culpa y oportunismo) lo digo: Bernardo Neustadt era mi periodista facho favorito. Sus conexiones con la dictadura militar 76-83 fueron tan enormes que hasta se lo debería haber juzgado en el Juicio a las Juntas. Era tan bueno en lo suyo que a su lado, Daniel Hadad o Eduardo Feinmann o el rubio que está a la mañana en Canal 26 parecen comunistas. Mi pasión por la discrepancia me imposibilitaba cambiar de canal cuando su rostro arrugado y su papada fétida aparecían en la pantalla. Nunca escuché a alguien hacer tanta gala de sus prejuicios raciales e ideológicos. Nunca estuve de acuerdo con algo que salió de su boca. El odio que me inspiraba rayaba con la lástima, porque nunca pude creer que una persona fuese tan reaccionaria. Era tan perfecto como periodista facho que hasta hay una grabación en la que está adulando a Leopoldo Fortunato Galtieri por la ¡riqueza literaria! de la frase “las urnas están bien guardadas”. Como ni siquiera tuvo nietos, el único rasgo que lo humanizaba era ser hincha de Racing. A su vez, el único rasgo que demonizaba al club ajeno más querido de la Argentina. Y justo el día que se murió, Racing se salvó del descenso directo. Mariano Grondona, con sus declinaciones latinas y sueños de filósofo, siempre me pareció aburridísimo. Encima nunca se hace cargo de su naturaleza y quiere dar clases de democracia los sábados a la noche por C5N. En cambio, Neustadt, con su perorata punk de derecha, siempre me divirtió. A mí, personalmente, me ayudó a pensar: oyéndolo, comprendí que los fachos también están convencidos de sus ideas. Sino es imposible que durante 70 años se haya pasado deformando la realidad de tal forma. Las ingenuidades del progresismo instan a sepultar a Neustadt bajo el más profundo de los escarmientos, a esconder su ataúd bajo la alfombra. Incluso Bonasso escribió para Crítica o Perfil, no lo recuerdo, que Neustadt, dada la gran cantidad de relaciones turbias que tuvo con los poderes más nefastos, ni siquiera era un periodista. Alevosa mentira: en primer lugar, todos los periodistas tienen relaciones turbias con el poder y, por otro lado, Neustadt, sin dudas, era un periodista. Prueba de ello son sus años en los medios (radio, televisión, revistas, diarios) y su elocuente labor como analista político. Que sus pensamientos estuvieran del lado oscuro de la luna es otro tema. De todos modos, como dice el portero de Abbey Road, en realidad no hay lado oscuro en la luna, todo en ella lo es. Los que no reconocen en Neustadt siquiera a un periodista malo deben ser los mismos que se niegan a leer a Vargas Llosa por ser de la rama del liberalismo diabólico (aquel que defiende la democracia con bombas). La fantasía del periodismo progre según la cual Neustadt fue el único tipo de ese gremio que apoyó la dictadura huele a descomunal mentira. Es paradójico que los noteros de CQC interrogaran con saña a Neustadt, cuando Pergolini desperdició vergonzosamente la oportunidad de hablar con Menem, se retiró cuando asumió De la Rúa creyendo que no iba a suceder nada que provoque risa y se mantuvo fielmente unido a Kirchner durante los años dorados del pingüino. Ahora, cuando las papas queman y el pueblo quiere incendiar la Casa Rosada, como es obvio, Pergolini y CQC están en contra del oficialismo. Creo que Neustadt es un emergente del pueblo argentino: se movió, como la gallina de los puntos cardinales, para donde soplara el viento. Y así le fue. No es extraño que en los últimos meses de ajetreo ideológico haya salido a defender con uñas y dientes la causa del campo, última expresión del no-pensamiento argentino. El estilo Neustadt se solía criticar por estar conformado en base a eslóganes (“No me dejen solo”, “Lo dejamos ahí”, “Doña Rosa”), algo absurdo en un oficio basado en tales estratagemas: ¿alguien podría imaginar a Lanata sin sus innumerables tics?, ¿a Nelson Castro sin su afectado modo de hablar?, ¿a Pepe Eliaschev sin sus boludeces? Sería basar una crítica al pop por el hecho de tener estribillos. El problema con Neustadt, entonces, no es la forma sino el contenido. Evidentemente (exceptuando mi experiencia al revés: Neustadt me ayudó a pensar lo que no quiero ser), más que ayudar a pensar, ayudó a lavar cerebros: allí lo podemos ver defendiendo las privatizaciones o subiéndose al carro triunfal de la Guerra de Malvinas. Sin embargo, es probable que la mayoría de los argentinos, de haber tenido la oportunidad de estar en TV en esos instantes, hubiese hecho exactamente lo mismo. De otra forma no se entiende la reelección de Menem o la pasividad del pueblo frente a la dictadura (sólo sacudida hacia el final con la derrota bélica). La culpa generalizada no lo salva del descenso a los infiernos, claro, pero sí lo ubica en un contexto tan siniestro como su forma de pensar. Alegrarse por la muerte de Neustadt no sólo es sobrecargar su figura (en el enjambre fascista, es uno más de los cientos de burócratas de El Castillo) sino ser un hipócrita: es dar a entender que él fue el único tipo que durante la dictadura lamió las botas de los asesinos. Lo dejamos ahí.