miércoles, 24 de septiembre de 2008

Buenas noches

Me acabo de despertar, escucho un zumbido en los oídos, como si un enjambre de abejas estuviera volando alrededor. Golpea la puerta. Quiere el televisor en la mesita de luz y la mesa que hasta ahora sostenía el televisor para apoyar el velador. Dale nene, me dice desde afuera, tocando la manija de la puerta nerviosamente, que me voy a perder un programa. Doy vuelta la llave y salgo. Mi abuelo se acaba de bañar, tiene un pantalón corto, una remera con las mangas cortadas y olor a crema de afeitar. Sus mejillas son relucientes y rojas. Su pelada brilla, podría iluminar un ambiente. El viejo, rascándose la cabeza, pregunta por qué duermo a esta hora. Le respondo que ayer me quedé estudiando hasta tarde y hoy tuve que caminar mucho. ¿Te quisieron robar? No, respondo. Siempre pregunta lo mismo. Intenta ayudar con el televisor pero lo aparto. El olor a naftalina lo inunda todo. Se queda en silencio, con las manos en los bolsillos, buscando algo que decir. Te acordás, empieza, pero yo le digo que estoy ocupado. Coloco el televisor arriba de la cama. El televisor se mueve en el colchón, mi abuelo lo toma inútilmente, creyendo que se caerá. Salen una fortuna, exagera. Siempre está llenando los silencios con frases hechas. Siempre así con sus manos en los bolsillos. Cuando desenchufo el velador quedamos unos segundos en la oscuridad porque me olvidé de prender la bombilla del techo. La ventana está abierta, así que las luces de afuera iluminan las sombras de nuestros cuerpos durante un rato. Se está bien en silencio, a oscuras, con la fragancia de la crema de afeitar mezclándose con el aire primaveral de la calle. Prendo la luz y el viejo se ha desesperado. Todo cambio repentino, después de la muerte de mamá, lo hace mutar. Su cara toma formas extrañas, sus dedos tiemblan, quiere hablar y tartamudea. Al principio me impresionaba pero después me acostumbré. Todavía guarda el televisor con las dos manos, como si fuera un niño que está haciendo bien su trabajo. Quizás espera que le diga eso mismo: Abuelo, qué bien estás haciendo tu trabajo. Setenta y tres años, dirá después, setenta y años años. Cada vez que lo veo me recuerda la edad que tiene, pero creo que lo hace para él, porque después no dice nada. Lo puedo imaginar en esta misma habitación repitiendo eso y muchas cosas más. Apuesto a que debe hablar solo durante horas, todo el tiempo elaborando monólogos, desde que no está mamá. Ya puse el televisor en la mesa de luz, a los pies de su cama. Le digo que se acomode, así prueba si en verdad se ve mejor. Espectacular, dice, con las frazadas a la altura de la cintura y el control remoto en una mano, espectacular. Verá un programa de animales:
-Todas las semanas te muestran récords de animales.
Después dice que no, que se equivocó, que en realidad lo que muestran es un ranking de animales. Hoy, por ejemplo (lo sabe porque vio la propaganda), pasarán cuáles son los animales que se reproducen con mayor velocidad.
-Ese tipo de cosas, viste.
O no, dice más tarde, eso fue la semana pasada. Lo dejo hablando solo. Cierro la puerta de la pieza. Apago la luz. Me tiro en la cama pero no puedo dejar de cavilar sobre distintas cuestiones. Encima apoyé la frente en una mancha de saliva que quedó de cuando estaba durmiendo. Pienso en masturbarme pero no se me ocurre con qué. Pienso en S, en H, en I. Pero nada. De pronto la situación me da tristeza. Me levanto sin prender la luz y enciendo la computadora. Mientras espero que se reinicie pienso en hacer un poema con esta misma situación: un joven esperando que su computadora se encienda en la oscuridad de su pieza. Desisto. No sirvo como poeta. Además no sé si todavía soy joven. Juego innumerable cantidad de solitarios. Corrijo las faltas de ortografía de algunos trabajos. Releo algunos cuentos que bajé de Internet, pero no termino ninguno (Dino Buzzati, Salinger, Cheever). Me conecto. H me invita a su casa mañana sábado, para que hablemos “de lo que nos pasa”. Me hace innumerables preguntas pero no le respondo. Entiendo que estás enojado, escribe, pero es una falta de respeto a lo nuestro que no me contestes. En realidad no sé qué decir ni tampoco qué significa “lo nuestro”. Mientras espero que se cierre la sesión veo que manda mensajes preguntando qué me pasa. Cada vez lo hace más rápido, con letras grandes y signos de admiración. Deambulo por la red, solo, enfrascado en mi cabeza y en la oscuridad del cuarto. Escucho al viejo mover los muebles, cada vez con más ruido. ¿Pasa algo abuelo? No me contesta, debe querer que vaya. Sin que lo quiera, se me abren algunas ventanas. Se extiende sobre la pantalla, entonces, una galería minuciosa de mujeres desnudas en distintas posiciones y contextos. ¿Qué estarán haciendo ahora todas esas mujeres? ¿Todas sabrán que forman parte de un cementerio de inertes cuerpos desnudos? ¿Se habrán enterado de la traición de sus novios? ¿Alguna habrá muerto? Es como si la Humanidad hubiese vomitado y todo estuviera allí amontonado. Y cada tanto, todos pasamos y tragamos un poco del vómito sin saber muy bien por qué lo hacemos. Salgo otra vez. Me asomo a la pieza del viejo (también a oscuras). Señala el televisor y dice:
-Los elefantes.
Como espera que diga algo, pregunto:
-¿Qué pasa con los elefantes?
-Cien años viven, cien años.
Dice las últimas palabras separando en sílabas.
-Traeme un vaso de agua.
Me dirijo a la cocina, estoy en patas. Escucho los pasos apresurados de mi abuelo:
-No camines en patas que Roxana se hizo pis.
Roxana es la perra que el viejo se compró apenas mamá murió. Efectivamente pisé un líquido. Está bien, murmuro. Vuelve a su cama. Voy al baño y cierro la puerta. Recuerdo un cuento de Mario Levrero en que el protagonista, de un momento a otro, comienza a descubrir puertas y pasadizos desconocidos en su propia casa. Intento hacer todo con la luz apagada, como cuando era chico y jugaba a ser ciego. Pero cuando me chocó el dedo gordo del pie con el cuello del inodoro prendo la luz y puteo unos minutos. ¿Pasa algo, nene? Nada, abuelo, respondo. Meto los pies en el bidet y me enjabono concentrado. Hace años que no hago esto. La última vez, ¿cuándo fue la última vez?, ¿mamá estaría viva? De una parte hasta acá, todo es antes o después de la muerte de mamá. ¿Abuelo, cuándo fue tal cosa? Antes de que muera tu madre. ¿Nene, cuándo fue tal cosa? Antes de que muera mamá. Contesto así aunque no quiera. Apoyo los pies húmedos en el piso y a través de la rendija de la puerta, siento la presencia de la perra Roxana. Ahora se ha ido corriendo hasta la cama del abuelo. Deben estar los dos muy alegres desordenando las sábanas. Salgo del baño y entro a la pieza.
-¡Nene!- me grita-, el vaso de agua.
Se levantó para avisarme lo de Roxana, pero no para su vaso. No debe querer agua, debe querer hablar. Me pongo unas ojotas viejas y voy hasta la cocina. Me quedo un rato sentado en la mesada tomando coca cola y cortando unas rodajas del salamín que el viejo come todos los días. Una rodaja por día, le dijo el médico y él cumple como si en eso se le fuera la vida. Y ciertamente es así. Son las once de la noche, parece mucho más tarde. No tengo nada que hacer. O, más exactamente: no quiero hacer nada. Abro y cierro la heladera. Así unas cinco veces miro el ir y venir de la luz. No juegues, grita desde la pieza. Largo una carcajada. Él también. Sirvo agua mineral en un vaso y le llevo una jarra para que tenga. Gracias, dice, tomando con teatralidad. Me pregunta entonces que tamaño creo yo que pueden alcanzar las libélulas.
-Dos metros- respondo.
-Dale nene, decime un número realista, no tiene gracia así.
-Cincuenta centímetros.
-¡Veinte!- grita, extasiado-, veinte centímetros una libélula de mierda.
No sé qué responderle. Le digo que cualquier cosa que necesite estoy en la pieza pero que mejor se deje de joder. Se ríe, un poco se ríe. Estoy cansado, caminé mucho y de a ratos me agarra sueño. Paso un rato más navegando, leyendo cosas que no me interesan, evaluando viejos mails, observando fotos de gente que no conozco y sonríe en medio de una fiesta, perdiéndome con una sensación parecida a la angustia. Me duermo sentando hasta que lo escucho carraspear desde su habitación, dice algo, me llama. Miro el reloj de la computadora, pasaron cinco minutos, pero había soñado algo larguísimo, duraba dos o tres semanas. Yo estaba enjaulado en un castillo y nadie me venía a buscar. Miraba a través de los barrotes de mi celda un prado verde repleto de unicornios. Con el paso del tiempo comenzaban a ingresar a mi celda: yo dormitaba y de pronto me despabilaba la amenazante presencia de un unicornio que daba vueltas al lado de mi cama. Al principio no sabía cómo se metían, pero después pude ver el modo en que sus cuerpos se empequeñecían para poder pasar entre los barrotes. Tal visión me horrorizó. Entonces tuve que prestar mucha atención, porque recordé que una tarde observé cómo se clavaban los cuernos y se mataban entre sí. La sangre que manaba de sus cuerpos era muy roja y espesa y pensé que de seguir sin agua, algún día, debería tomarla. Ahí me desperté.
-¿Qué te había pasado?, ¿hasta los vecinos se dieron cuenta que te llamaba?
Le pregunto qué quiere. Dice que le dio un antojo: comer duraznos. ¿A vos el médico te dijo que a la noche no te podés parar? No, contesta, pero ya que estás. Abro la alacena y saco un par de compoteras horribles. Tienen una guarda de patos amarillos que van flotando en un mar celeste. ¿Por qué todo lo que tiene que ver con la cocina es proclive a ser ilustrado con un pato? Tardo un rato con el abrelatas, siempre me costó. Cuando veo que se me hace imposible directamente le doy con el tramontina. En uno de los embates me corto el dedo. Oigo al viejo chistar y reír. Cuando llego con las dos compoteras, me indica el televisor:
-Inteligente el tipo.
En la pantalla hay un mono haciéndose la paja. Me siento a los pies de la cama y comemos. Me habla. Asiento sin prestarle atención. Entre las imágenes del mono y los duraznos me voy a otra galaxia. No debe haber conjunción de temas que me interese menos. Sin pensarlo, le cuento el sueño de los unicornios. Emocionado (es la primera vez que le comunico una experiencia en mucho tiempo) le pone MUTE al televisor. Se me queda mirando un rato largo. Dice que él soñaba con unicornios. Que algo raro deben querer decir. ¡Animales locos!, grita, ¡locos! ¿Son como caballos con un cuerno en la frente, no? Si, respondo. Sube el volumen nuevamente. Veo mariposas, garzas, ciempiés, moscas, arañas. Así largo rato hasta que baja el volumen otra vez y me cuenta lo que hizo en el día. Caminó por la plaza (cada día menos gente conocida, dice, está lleno de pibitos que se pasan un cigarro como si fuera “el gran manjar”). Se leyó el diario (entero). Se encontró con una tipa “muy coqueta” que hacía mucho que no veía (ella no lo reconoció). Fue a pagar la luz (ni cola había, agregó, como si hasta eso hubiese cambiado en los tiempos modernos). Pensó en cortarse el pelo (los nimios pedazos que le quedan al costado de las orejas), pero había ido a la peluquería la semana pasada. En la esquina de Colón e Independencia creyó ver a Raúl. Como no tenía nada que hacer y quería hablar, lo siguió unas cuadras, pero después se dio cuenta de que no era, que estaba siguiendo a un tipo rubio, no canoso, mucho más joven que Raúl. Y mientras volvía a casa, tuvo que detenerse porque recordó que Raúl había muerto años atrás, incluso antes que mamá.
-Me dio un escalofrío.
Yo lo miré todo el tiempo a los ojos. Esas pupilas negras parecen hundirse paulatinamente, un día van a llegar al fondo de su cabeza. Y lo peor es que él va a seguir vivo, mirando todo desde ahí como un búho. No le decía nada, simplemente pensé que cada cosa que contaba me daba mucha tristeza. A eso de las cinco, regresó y se tiró en la cama a mirar el techo (“¿viste las imágenes que forman las manchas de humedad acá arriba?”). “Dormitando” fue que se le ocurrió la idea de cambiar el televisor de lugar. Comió ravioles mirando el partido y llegué yo. No me esperaba. Si sabía que venía hacía churrascos. “Te metiste en la pieza”, murmuro, moviendo las manos exageradamente, como si no pudiese llegar a la próxima frase, “no dijiste nada, nunca decís nada”. Siguió balbuceando un rato y se durmió completamente. Ronca a un volumen altísimo. Le saco la compotera de la mano, apago la tele y lo tapo hasta el cuello. Buenas noches.

11 comentarios:

Alvarus dijo...

hola...copado el blog.
Lo voy a leer mas detenidamente...

Invito a que pasen por el nuestro:
La Guitarra en La Ventana

un abrazo

Avenida Luro dijo...

Muy bueno

Hernan dijo...

muy bueno, me gustó.

nunca me relacioné así con un abuelo

Desarmandonos dijo...

Muy lindo che. Hacía rato que por acá faltaba algún cuento tuyo. Tenía ganas de leer.


Saludos.

La niña santa dijo...

Hermoso hermoso lindo lindo.
Sobretodo porque transitás con firmeza la cornisa que divide ficción y no-ficción. Hay que decir que los pasajes autoreferenciales (cuando retomás a autores o cuentos que ya posteaste en el blog) suman como loco para lograr verosimilitud. Pero qué te tengo que explicar yo si vos sos el que estudia Letras!
Besos Corvino!

natanael amenábar dijo...

Puse "spinetta no quiere decir que no sientas más frío" en el google y vine a parar acá. Me encantó tu blog. Ah, sos vos Corvino!

Sentimental Joe dijo...

me gusto el blog(tambien comparto la enfermeda lost)..

pasate por mi humilde blog y colabora con una critica siempre constructiva... que son mejores pero mas aburridas

u.g dijo...

me gusta como escribís.
leemos cosas parecidas, pero vos narrás mucho mejor que yo. un beso :)

La Momia dijo...

corvi..que tristisimo y hermoso.
hiciste llorar a la momia!

Anónimo dijo...

Buenos Días!
que lindo lindo pseudo cuento!!

Sigo esperando una publicación.
No se si estaré vieja, creo que ya te lo comenté antes... puedo leer miles de posts sobre otras cosas, pero tus cuentos los imprimo y los leo luego en casa, sino no puedo. Ahh y ronco pero que el abuelo, después!jaja

Abrazo Corvi,
Marie

Martín Zariello dijo...

Marie: Es un gran halago que imprimas los pseudo cuentos!

Saludos a todos, gracias por leer-