sábado, 6 de septiembre de 2008

Sebreli, the other

Juan José Sebreli debe ser uno de los personajes más despreciados del campo intelectual argentino. El año pasado, en un programa de TV, Andrés Rivera lo criticó por “converso”. Domingo a domingo, José Pablo Feinmann, desde el suplemento sobre el peronismo que publica en Página 12, lo denomina “gorila”. Incluso cada uno de los que están leyendo este texto podría incursionar en tan virtuoso deporte y endosarle otro insulto. Desde su participación en la revista Contorno en los años 50’, Sebreli proyectó una imagen de “francotirador” o “tirabombas” (por ejemplo, reivindicaba a Evita como una “prostituta” que se oponía a la burguesía imperante, rescate que el peronismo ni siquiera podría llegar a atisbar) que, con el paso del tiempo, fue derrapando. Es habitual encontrárselo en canales de cable hablando de lo que no sabe y afirmando lo que nunca conocerá. Ha explicado innumerables veces, por ejemplo, su descrédito por el fútbol, rechazando abiertamente no sólo el contexto del mismo sino el deporte en sí. Sin embargo, con el aplomo de los que ignoran la duda, asevera constantemente que Pelé es mejor que Maradona. Sin embargo, hay otro Sebreli.

A mediados de los 60’, en un país de fugaces períodos democráticos, de seguro traería problemas finalizar un libro del siguiente modo:

La “modificación del mundo” de Marx abarca el “cambio de vida” de Rimbaud; no se limita tan sólo al campo económico-social, a la modificación del régimen de propiedad, sino a todos los niveles de la existencia, al cambio de las relaciones humanas, de los vínculos interpersonales, al surgimiento de una nueva ética. La cotidianeidad vivida ahora, en la banalidad, en la mala fe, en la mezquindad y el fracaso –fácil presa del espíritu religioso que proyecta sus esperanzas en un cielo trascendente- podrá ser vivida en la generosidad, en la autenticidad, en la alegría y en la lucidez, cuando el hombre, tomando conciencia de sus alienaciones, se libere de la servidumbre de ídolos inhumanos, y actuando sobre el mundo deje de sufrirlo como una fatalidad.

El segmento en cuestión es de la autoría de Sebreli y forma parte de un libro ciertamente extraordinario: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. Publicado originalmente en abril de 1964 (la reedición que poseo es la ¡octava!, de octubre de 1965) en pleno gobierno de Illia, pero inmerso en una sociedad fuertemente represiva que desea con fervor la vuelta de un gobierno de plomo, conserva su halo subversivo. Rabiosamente sartreano y con críticas constantes al marxismo ortodoxo que desdeña la sociología de la vida cotidiana, Sebreli elabora una descarnada fisonomía que repasa, con profundidad y espíritu provocador, las capas sociales de Buenos Aires y las relaciones que mantienen entre sí la oligarquía, la clase media, el lumpenaje y el obrero.

La visión sobre la oligarquía es lapidaria y, a pesar del paso del tiempo (y la mutación estructural de la sociedad argentina), plantea problemáticas que todavía no se han resuelto. Con una prosa amena, tendiente a ensayar observaciones lúcidas con un humor corrosivo (rasgo que la pluma del autor, ahora con diferentes objetivos, ha conservado), Sebreli apunta y dispara: contra los terratenientes agropecuarios, contra los habitantes de Barrio Norte, contra Eduardo Mallea (“el apologista de la burguesía argentina” que “no vacila en comparar a nuestra burguesía con la siniestra oligarquía racista del Sur de los Estados Unidos, creadora del Ku-Klux-Klan”), contra la ostentación innecesaria de las clases altas, contra Murena, contra el esnobismo dialéctico. De escribir el libro hoy, Sebreli debería enfrentarse al desafío de dispararse a sí mismo. Algunos bosquejos sobre la condición oligárquica pueden llevar (por su irremediable agudeza) a la carcajada (la cursiva es mía):

La nebulosidad, la atmósfera mágica, el encanto poético, casi irreal que el Barrio Norte ha sabido envolverse a sí mismo, consigue que sus bases económicas y sociales permanezcan ocultas por la sombra de los jardines frondosos, o tras los sutiles cortinados de tul de sus ventanales. En sus interiores con luz difusa, con hedores dulzones de flores y decorados a base de confortables sillones, donde la gente se sienta en cuclillas mientras juega con un vaso de whisky y sostiene conversaciones en buen tono, cualquier cosa, salvo por supuesto trabajar, puede suponerse que suceda.

Estos lapsus literarios (que guardan puntos de contacto con la visión marginal de los personajes de Roberto Arlt, que camina por las calles esperando que un hombre rico los distinga en medio del caos urbano) se esparcen por todo el libro, entremetiéndose en salones reservados, manías fetichistas, conversaciones y mitos de la fauna porteña.

El apartado referido a la clase media no sólo es lapidario: posee una vigencia que asusta. Decidido a vulnerar furiosamente los eslabones más anquilosados de la sociedad, Sebreli realiza un cuadro desolador e inclemente en los que saca a relucir su ilimitada malicia. Ataca al individualista argentino, que vive de las apariencias, “manejando tan sólo símbolos abstractos de las cosas: palabras, cifras, esquemas, diagramas, fichas, expedientes, planillas” y condenado a vivir en la mediocridad, sosteniendo un voluntarismo optimista y otro pesimista según corresponda:

La “tristeza”, la “indiferencia”, el “fatalismo” –con sus típicas expresiones porteñas: “no te metás”, “ir tirando”, “agachar el lomo”, “dejarse llevar”, total para qué”, “qué se le va a hacer”- instituidos por apresurados intérpretes, en esencia, facultades o propiedades inherentes al “alma nacional”, no son al fin sino las reacciones sicológicas de una determina clase social en una determina circunstancia histórica.

Describiendo el moralismo pacato de las clases medias, barre con cualquier tipo de discreción (recordemos que según Sebreli, en 1959, Carlos Correas fue condenado a 6 meses de prisión por mencionar el término “chongo” en un estudio):

La hipocresía es, pues, el lote de la clase media: el pequeñoburgués desea secretamente a la mujer del prójimo, pero predica la fidelidad conyugal y, a la vez, ridiculiza al “marido cornudo”, exalta la virginidad de las mujeres al mismo tiempo que disimula la promiscuidad de los varones –convirtiendo a sus hijas en vírgenes a medias que masturban a sus novios en las butaca del cine o en el sofá de la sala- y, por sobre todo, condena enérgicamente toda actividad sexual que se aparte de la “naturaleza”, sin advertir que se encuentran en su propia clase los mayores índices de onanismo y homosexualidad. La clase media da su preferencia a la masturbación no sólo porque el habitual régimen sexual de Buenos Aires es la privación, sino porque además no encuentra satisfacción suficiente en el acto intersexual, desalentando por la frecuente frigidez de sus mujeres y por su propia incapacidad para excitarlas, como consecuencia de sus inhibiciones y de la indisoluble asociación que hace entre el placer y el sentimiento de culpabilidad.

El lumpen es retratado como un espacio sórdido, aunque fascinante. Sebreli, entonces, evoca melancólicamente los tiempos idos antes del golpe militar del 30’ y la consiguiente “mala vida” (“los delincuentes más importantes no pertenecen ya al lumpen”, se lamenta), enarbolando la bandera de los que “no tienen partido, ni portavoz, ni consignas, ni dirigentes, ni organizaciones, ni ninguna forma de educación” y son rechazados tanto por la “Revolución” como por la ”sociedad burguesa”, constituyéndose así como “el chivo expiatorio ideal para que los bienpensantes de todo tipo identifiquen con el Mal”.

La imagen del obrero es tenazmente idealizada en contraposición con las clases dominantes. El barrio es descripto casi como un territorio epifánico, propio de un “mundo irracional, mágico, inconsciente, caótico” en el que el desconcertado obrero se mueve. Sebreli acusa a la “elite de poder” (y no a la abstracta “sociedad de masas”) como responsable del empobrecimiento cultural de las clases bajas:

Si las masas son ignaras, retrógradas, apáticas es porque las minorías que tienen en sus manos los medios de difusión y cultura los utilizan para mantener a las mayorías en este estado de ignorancia, miseria moral y abyección, utilizando precisamente diversiones inofensivas –como el fútbol- para canalizar toda protesta contra la vida cotidiana y servir de válvula de escape a los disconformismos.

Como advertimos a través de la trascripción inicial donde se citaba a Marx y Rimbaud, Sebreli advierte que sólo con el despertar de la clase obrera se podrá acceder a un cambio social superador. Sin embargo, con la disgregación del peronismo, las nuevas generaciones del proletariado se aplacan y sólo anhelan “aspiraciones de goce inmediato” (el “ocio represivo” del viaje a Mar del Plata durante las vacaciones, por ejemplo). Tal disgregación, advierte, no sólo debe ser achacada a la “confusa y ambigua ideología peronista, a la influencia mistificadora de la “cultura de masas” y a la traición de los dirigentes gremiales a partir de 1958, sino y por sobre todo a la incapacidad de las izquierdas para llegar hasta las masas y ser sus conductoras. A estas izquierdas (…) habrá que recordarles que, como lo advirtiera Lenin en Qué hacer, la idea socialista no podrá surgir nunca espontáneamente en las masas abandonadas a sus propias fuerzas, sino introducida desde afuera por intelectuales de vanguardia de capas sociales más elevadas”.

Del “marxismo” al “lopezmurphismo”. Hoy Sebreli cumple un papel simbólico: es el “mentor intelectual” del suplemento cultural del diario Perfil y se muestra más preocupado por el “neopopulismo latinoamericano” (Chávez, Evo, Correa, K) que por los nuevos modos del fascismo europeo (Berlusconi, Sarkozy) y la ideología descafeinada que amenazan con introducirse en la región (Macri es un digno exponente del primer grupo, Cobos del segundo). Pero éstos son temas políticos que exceden la ambigua personalidad de Sebreli y cualquier análisis embrionario que yo (justamente el “yo” de esta semana) pueda desarrollar. Corramos un tupido velo. Sayonara.

4 comentarios:

Hernán Galli dijo...

Soberbio post, aunque me hubiese gustado que fueras más duro con Sebrelli. Está perfecto porque citás ese libro que es imperdible, pese a que yo siento que está impregandoi de juventud (de buena juventud).
Hya un libroi de Leon Bloy, exégesis de Lugares comunes, en el que se la agarra contra la burguesía europea y le da sin asco. Como diría mi abuelo: "Garcas e hijos de puta hay en todas partes", a lo que mi abuela, con fastidio y rubor, corregiría como: "En todas partes se cuecen habas"

Con el tiempo tiendo a pensar que eso de "BArrio Norte" contra "Lugano" ( ¿En mdq sería Los troncos contra la peatonal?) es un poco berreta ya, auqneu uno lo sigue repitiendo. La clase media, más que un lugar es una forma de pensamiento, como bien citás a Sebrelli. Ya no es una cuestión económica, sino que más bien es un conglomerado de conductas y posiciones.
Hay un peligroso rencor entre las clases que sólo esconde lo mismo: desprecio. POr ser pobre, rico, grasa, engreído, vulgar, patrón o empleado. No intento hacer una apología de las congregaciones, pero es que el individualismo es la única expresión de esta "clase media", con el pretexto de "si no te apurás, te duermen", sugiriendo una falsa imposición darwinista, cuando en realidad es la conducta del estafador, negrero y hueco.

En cuanto a lo que decís de Sebrelli, 100 % de acuerdo, se ve que se pone viejo y cree ser sabio, y pobre, termina diciendo tantas estupìdeces que hasta parece mentira que fuera el autor que fue. Y te agregaría a Feinmann, otro que está hablando de más, y mal, muy mal.

Algún boludo te criticaría lo de "personalidad ambigua" cuando hablás de Sebrelli. Siempre hay quien no entiende nada, do not worry.


Saludos!!!

Avenida Luro dijo...

"Sin que él advirtiera que su exaltada apuesta a dos naipes contradictorios no lo troca en hábil paradoja sino en desaire taciturno: reivindicarse como "marxista" convirtiéndose, a la vez, en partidario electoral de Lopez Murphy no es, precisamente, una estratagema dialéctica, sino una módica capitulación. Quiénes son tus adversarios, quiénes te aplauden. A La Nación del año 2000 la última virtud que le queda es su renovada táctica de cooptación. Mitre, tan perenne como hospitalario, y antes del mutis final, vino a desplazarlo al Sartre bizco, genial e invicto."

David Viñas ajusta también sus propias cuentas. (En el segundo tomo de Literatura Argentina y realidad política, edición del 2005)

Saludos y pronto olvido a Jay Jay Sebreli.

Martín Zariello dijo...

"Yo siento que está impregando de juventud (de buena juventud)": iba a hacer esa apreciación, se nota que el tipo quería llevarse el mundo por delante. Me gustaría saber qué piensa Sebreli de ese libro hoy.

Saludos, gracias por comentar-

Cine Braille dijo...

¿Sebreli no suena a veces como el Viejo Vizcacha de la inteliguentsia porteña?