lunes, 20 de octubre de 2008

Apuntes sobre el fin de las parejas

En determinadas ocasiones, cuando una pareja decide distanciarse, se manifiesta que “se acabó la química”. Esta metáfora es entendible, ya que la química es el proceso de transformaciones de la materia y de la energía y, justamente, cuando dos personas deciden unirse para entablar una relación duradera lo que está operando es un mecanismo que coloca en tensión coordenadas materiales y energéticas. Incluso (ya en el terreno de la cursilería lisa y llana) el amor es una cuestión de energía. Los efectos que causa en uno la presencia del otro (ternura, compasión, violencia, deseo) suelen erosionar zonas proclives a la descarga de energía activadas por la dopamina: abrazos, besos, gritos, exclamaciones, interrogaciones, penetraciones. Cuando esto no ocurre (es decir, cuando X no produce reacciones –o alguna de esas reacciones- en Y o viceversa), la pareja ingresa en el terreno de la incertidumbre, produciéndose, en la mayoría de los casos, ese sentimiento temido denominado indiferencia. Lo que ayer era fundamental para el transcurso normal de nuestros días, hoy nos parece un asunto absolutamente ajeno. En forma usual, la pareja (o alguno de los miembros de ésta, ¡cuando no el pene y el artilugio del sexo para barrer debajo de la alfombra todo tipo de desencuentros!) decide persistir un tiempo en la recuperación de esa química. (La Humanidad ha inventado un nombre para denominar cuando esto último se vuelve demasiado extenso en el espacio temporal: matrimonio.) Los resultados suelen ser lastimosos: lo que une de manera incondicional, de una u otra forma, es mágico (debe ocurrir sin artificios) y excede los límites de una simple búsqueda (las visitas a un psicoanalista, la lectura de un libro de autoayuda, las recetas elaboradas en base a lugares comunes, los consejos de terceros, los alejamientos sistematizados). La desaparición de la química, entonces, es dramática, ya que supone la interrupción de esa maquinaría estructural (y desestructurada) de la que se compone la vida en pareja: conversaciones, besos, bromas, secretos, malos entendidos, rutina, sexo, salidas, silencios, discusiones, proyección de un futuro. Tal interrupción siempre es enigmática porque, a pesar de que las parejas (luego de la epifanía inicial y el conocimiento pormenorizado), generalmente, tienen tantas razones para permanecer juntas como para separarse, no hay (a excepción de casos en los que ocurren hechos puntuales como infidelidades o escenas de violencia física) cognición alguna que capte por qué la pareja (o mejor dicho, por qué eso que mueve a la pareja) se detiene en un punto determinado ahora y no antes o después. Por otro lado, se hace muy difícil establecer hasta qué punto la “falta de química” se hará costumbre (como lo fue, tiempo atrás, ese esbozo compartido parecido a la felicidad) o es un compendio natural de distintos inconvenientes que confluyen creando un territorio propenso al aburrimiento, la irritación y la tristeza por lo que ya no fue. Lo cierto es que cuando se instala la idea de que falta aquello (ese swing especial, esa luminiscencia perdurable) que mantenía unidos a los integrantes de la pareja, es harto dificultoso volver atrás (también si se trata de una falsa alarma, porque ya se instauró la certidumbre sobre la finitud del vínculo y se desarma el truco del amor). Pero, más allá del afecto o la tristeza factible por la desaparición de una costumbre e intentando acercarnos al tema intelectualizándolo, ¿por qué apartarse de una persona en buenos términos produce una melancolía tan profunda y de ribetes ontológicos? En primer lugar, porque no se le puede echar la culpa a nadie. A pesar de que el eufemismo de la “química” tenga algún sentido, no es ésta, precisamente, una entelequia que se pueda juzgar con algún grado de racionabilidad. Al mismo tiempo, vivimos en una sociedad regida por valores trastornados, donde todo debe tener éxito y progresar (el ser humano es asimilada a un objeto trasladable o de consumo o mecanizado), por lo tanto, la pareja, imbuida en esa dinámica, debe ser productiva e ir hacia algún lugar (el casamiento, los hijos, un departamento en el Centro), cual si fuera una fábrica de cerámicos; de esta forma, la separación supone, por poco, un fracaso de intercambio comercial, un crack financiero de la psiquis humana. Por último (tal vez inconscientemente), quien está en pareja y ha hecho de ese enlace (con sus errores y aciertos) un vínculo valioso, siente que está operando en contra de la corriente, manteniendo una comunicación genuina y trascendental en un Planeta donde todo es pasajero e, incluso, las cosas que perduran en base a una armonía de emociones son despreciadas por anacrónicas o sensibleras; la ruptura, entonces, significa un cimbronazo a su cosmovisión o (por qué no) a su filosofía de vida. Sayonara.