lunes, 20 de octubre de 2008

Apuntes sobre los disfraces de la inteligencia

La cuestión sobre qué establece que alguien sea considerado inteligente excede este mísero post. Creo que se trata de una calificación de raigambre subjetiva. Personalmente, asocio tal término con escritores (por ejemplo, James Ballard) que llevan a cabo una obra notable y tienen (en sus apariciones públicas) un discurso revelador sobre el mundo. Claro que nada confirma que una persona que es gigantesca en el mundo de la literatura, no sea un perfecto imbécil en cualquier otra actividad. Incluso muchos ejemplos así lo confirman. En la entelequia denominada farándula, “inteligente” es una palabra que se utiliza con absoluta indiscriminación. Coordinada a la dictadura de la cantidad que impone el rating, la inteligencia, en el ámbito de la TV (donde la efectividad rige los contenidos; temerario es el silencio y la incertidumbre), suele estar asociada a aquel que hace más cosas en menos tiempo: por ejemplo, a quien habla más rápido (como Pinti) o quien rebate una respuesta con mayor velocidad (como Guinzburg) o a quien además de su profesión ejecuta diferentes tareas (como Lanata). Los reality show impusieron un nuevo modo de inteligencia, aquella que se gana con la sola existencia. Cumbio, la líder flogger que impulsaron los medios ante la absoluta ausencia de noticias impactantes de los últimos meses (luego del tsunami que significó el conflicto entre el gobierno y el campo nada parece excitar a los espectadores), cumple con otros requisitos para ser considerada inteligente: contesta preguntas con indiferencia, gana plata sin hacer nada y (en los sospechosamente lights tiempos cobistas) elabora un discurso que arroja tolerancia aquí y allá. Sin embargo, algunas manifestaciones sobre su persona me llamaron mucho la atención. Evoco dos de la misma tónica. Facundo Falduto, en el suplemento Espectáculos del diario Perfil (19/10/08), apunta que Cumbio “respondió con altura cualquiera pregunta que le hicieran”. Osvaldo Bazán en la contratapa de Crítica de los argentinos (7/10/08) afirma que la flogger “se carga lo más bastardo de la cultura popular y, encima trastoca el género”. Elucubro una razón para explicar tales excesos: según se ha ventilado, Cumbio tiene una novia y, para gran parte del arco políticamente correcto, manifestarse a favor de la diversidad sexual es un hecho que, de por sí, justifica cualquier elogio. Reconocerse homosexual, lesbiana o bisexual, ya es, directamente, entrar en los reinos de la genialidad. No importa que se trate de un humorista insufrible y egocéntrico que le manda cartas a la presidenta, un modista facho que se escandaliza porque “unos negros de mierda” le robaron, un periodista hueco, una vedette menemista. Pareciera ser que la sola tendencia en una personalidad a la práctica de relaciones sexuales “anormales” para el heterosexual, asegura la inminencia de alguien inteligente. Probablemente alguien confunda esta “reflexión” con un resabio del pensamiento troglodita; sin embargo, yo considero troglodita a quien califica las aptitudes de un individuo en base a su inclinación sexual. La verdad es que mientras la sociedad retrógrada impulse a los homosexuales a luchar por sus derechos, éstos conviertan su vida sexual en un fundamentalismo y los progres relacionen “libertad individual” con “esclarecimiento mental”, estaremos cavando nuestra propia fosa. Sayonara.