lunes, 10 de noviembre de 2008

Algo personal

Ayer, 9 de noviembre de 2008, fue el día en que definitivamente la Institución River Plate dejó de existir como tal. Porque si como recordó con vehemente demagogia el técnico yuppie, todo pasa memos la hinchada, estamos fritos. ¿Cómo entender entonces el respaldo a Simeone, que, a excepción de contados partidos, nunca le encontró la vuelta de tuerca adecuada al equipo? El hecho de que en el partido contra Chivas haya jugado cada cual donde debía (y no Falcao como enganche, por ejemplo) habla del fracaso descomunal de la disparatada idea simeónica del fútbol. Sin embargo, la hinchada está convencida de que los únicos culpables son los jugadores. Para este último punto no hay argumento razonable ya que Simeone es el responsable de que Ortega se haya ido del plantel (que no lo soporten todos los jugadores no repercute en el equipo; observar el caso de Riquelme en Boca), de cambiar constantemente de dibujo táctico, incluso en medio de un partido (llegando a niveles de delirio reiteradas veces puntualizados), de elaborar respuestas sobreactuadas dirigidas específicamente a atribuir el desastre a los jugadores (luego de la derrota ante San Martín de Tucumán dijo, faltando a la verdad, que la hinchada sólo pedía “huevo”). Pero qué se puede esperar de una parcialidad que se enorgullece (como siempre se escucha en los móviles de TV alrededor del Monumental) de no tener integrantes extranjeros (es decir, negros) y ser cien por ciento argentino. ¡Puaj, qué asco me das imaginario de River Plate! Viva expresión del empobrecimiento cultural del país y la ambición desmedida por el triunfo a costa de todo (la dignidad, el estilo), la hinchada de River no duda en sostener un concepto futbolístico-ideológico (primero ganar, después –o nunca- jugar bien) que está en las antípodas de su tradición. Por eso se enaltece el mediocre Clausura obtenido por sobre las dos derrotas ante Boca, la eliminación histórica del 8 de mayo, la liquidación de Ortega (el “combustible espiritual” del plantel) y los disparates tácticos (no menciono la Copa Sudamericana porque River jugó muy bien y mereció ganar por goleada los dos partidos de cuartos de final). No exculpo totalmente a los jugadores de la “mini crisis” (¿cómo dejar de lado al desbordado Villagra?, ¿cómo dejar de lado los movimientos parsimoniosos de Eduardo Tuzzio, el capitán que aparece con su temple recién cuando el entrenador se está yendo?, ¿cómo dejar de lado la irresponsabilidad (en todo sentido) de Ahumada?) pero considero absurdo el apoyo incondicional al técnico de parte de una hinchada caracterizada por no perdonar una (preguntar por Pellegrini y Passarella). Es que esa defensa a ultranza del resultado (frente a cierta tendencia o línea histórica de buen juego) y un estatus social inexistente, me suena a testimonio valedero para desconfiar por siempre de cualquier manifestación masiva de las clases medias-altas del país. Los que creen que la posición de la hinchada con respecto a Simeone es saludable y prueba de adultez, me hacen acordar a Elisa Carrió y Mariano Grondona diciendo que los que salieron con las cacerolas hace unos meses ya no eran individuos sino ciudadanos. Están con el campo, piden seguridad, ovacionan a Simeone. ¡Entre esos tipos y yo hay algo personal! Es hora del interinato de Gabriel Rodríguez, quien viene a terminar el plan metodológico que comenzó Gordillo a fines del año pasado, cuando se hizo cargo del plantel después de la ida del Kaiser perdiendo los cuatro partidos por goleada y sin convertir un solo gol. Sayonara.