domingo, 14 de diciembre de 2008

COSAS SOBRE LA MÚSICA ESPAÑOLA Y EL NUEVO DISCO DE ENRIQUE BUNBURY

Antes de comenzar quiero aclarar que soy un reverendo prejuicioso. Me muevo en el terreno de la música (y probablemente también en la vida) en base a fundamentalismos indecibles y preconceptos sin argumento. Esto explica mi proverbial aversión por la música española en cualquiera de sus acepciones. No importa que sea la última banda alternativa recomendada por la Inrockuptibles, un crooner majestuoso para emborracharse de madrugada, una banda heavy de los 80’ que revolucionó no sé sabe muy bien qué. La música española (al igual que gran parte de la literatura del Siglo XX de ese país) parece no ensuciar ni incomodar ni perturbar ni pervertir ni sacarte a bailar. Dicen que Miguel Bosé es bueno pero a mí me aburre en modo soberbio. Además sus bailes y el modo en que recorta su barba me provocan escalofríos (lo que sumaría a mi actitud prejuiciosa un costado homofóbico; esto de ser políticamente correcto no te deja espacio para un mínimo sentimiento retrógrado). Dicen que Sabina está a la altura de Dylan y yo respondo: “Contate otro que estás muy gracioso”. Calamaro elogia a Loquillo y yo apago la tele bostezando. La música española siempre termina conservando un matiz que mis oídos califican pasteurizado, ese halo berreta que poseen los Festivales internacionales de la Canción. ¿Será cuestión de pronunciación? ¿Será por la tendencia a adornar temas con ciertos arreglos peripatéticos? ¿Será porque evidentemente no conozco o conozco, sí, las propuestas más convencionales o conozco, sí, pero soy un reverendo prejuicioso? El enigma se expande. Por otro lado (aunque siguiendo el mismo camino) nunca me creí el rock épico de pantalones ajustados y cabellos al viento de Héroes del silencio. Por estas dos razones, el funcionamiento de mi fervor por Enrique Bunbury se asemeja al de esas parejas en las que los dos integrantes de la misma repudian todo en el otro, pero, al mismo tiempo, siguen juntos manteniendo un vínculo esencial que los excede. Bueno, tampoco sé si es para tanto, tampoco sé si “fervor” puede traducirse en el Diccionario de las Relaciones Musicales como “enterarse que X saco un disco, escucharlo y disfrutarlo”, pero algo hay seguro: sigo la carrera solista de Bunbury y pocas veces me ha defraudado. Es decir, para finalizar con las analogías de pareja: puede que se lleven mal, pero tienen buen sexo. Y es más (ahora vuelvo a Bunbury): sus discos son una buena compañía, hablan del paso del tiempo (“Un bastón para tu corazón”), de la vida (“Los restos del naufragio”), de los viajes (“Adiós compañeros, adiós”), de amores incorrespondidos (“Voces de tango”), de situaciones extraordinarias (“El club de los imposibles”), de chicas tristes (“La chica triste que te hacía reír”), de momentos de la vida en los que no sabés cómo salir adelante (“Una canción triste”), de las crisis (“El viento a favor”) y otros demonios. Todo celebratorio o depresivo, con una voz de villano de historietas, a medio camino entre el bolero, el blues, el vodevil, el tango, Tom Waits, Leonard Cohen, el flamenco, Dylan, los cabarets ambulantes y el rock and roll. Es a este último género al que Bunbury parece prestarle mayor atención después de mucho tiempo en su nuevo disco: Hellville de Luxe. Se trata de un buen material, con un comienzo acertadísimo (el rockito autorreferencial “El hombre delgado que no flaqueará jamás”: “Y quería ser libre pero que no te pasará nada/ Siento una simpatía natural y espontánea hacia las cosas extraordinarias/ Y he debido estar en este lugar sin darme lugar” y la luminosa balada de liberación “Porque las cosas cambian”) aunque, con el paso de las canciones, los factores positivos se van desdibujando al caer en repetidas afectaciones vocales (“Si no fuera por ti” es el ejemplo más cabal de esta particularidad). Mi favorito, entonces, sigue siendo el doble del 2004 El viaje a ninguna parte. Sin embargo, de aquí vale rescatar varias cosas. La reflexión amarga sobre los tiempos modernos de “Hay muy poca gente”. La comunión entre música y letra de “Irremediablemente cotidiano”. El aire trasnochado de “Todos lo haremos mejor en el futuro” (hay que distinguir un gran oficio para los buenos títulos, frases o consignas que, más allá de su contenido, suenan bien; ejemplos clásicos: “Lo que nos ocupa es esa abuela (La conciencia que regula el mundo”), “Ella usó mi cabeza como un revólver”, “Y las antenas comunican la paranoia como hormigas”). La tensión contenida y la elegancia brit de “El porque de tus silencios”. Así, la curiosa excepción a la regla de mi aversión por la música española se las ingenia para elaborar un buen disco. Sayonara.