viernes, 13 de febrero de 2009

Fútbol x 2

En el presente post se analizarán dos partidos jugados en la semana, así que el nombre del viejo programa de T y C Sports me viene como anillo al dedo. Hoy en día (que el periodismo deportivo compite en sensacionalismo palmo a palmo con Jorge Rial) sería imposible pensar en un programa tan aburrido y monótono como aquel, en el que se repetían resúmenes de una hora de los partidos del fin de semana. Imagínense un miércoles de mayo lluvioso a las 2 de la tarde mientras en la TV retransmiten un partido ocurrido tres días antes (un Platense vs. Mandiyú, por elegir dos equipos que jugaban en primera división durante los 90’) y del que todos saben cuál es el resultado. Claro, en ese tiempo todavía se estaba muy lejos de los extensos primeros planos a los directores técnicos, la puntualización absurda en detalles insignificantes y los 10 partidos en vivo y en directo (no porque el fútbol es un negocio, por supuesto, sino en homenaje a los número 10, como dice la lacrimógena publicidad). Algunas de estas características (entre otras) que convierten al deporte conocido como fútbol en un espectáculo mediático donde todo lo accesorio funciona más que el hecho concreto de patear pelotas e intentar meterlas en un arco, deben incidir para que los hinchas de River (en una actitud casi enternecedora por su inocencia) idolatren en forma tan grandilocuente al Ogro Fabbiani. Por no hablar de Cristian Castillo, ¿alguien recuerda a Alexis Sánchez? Evidentemente no. La historia fue muy parecida. Lo único que espero es que no se repita, ya que el chileno arrancó como sucesor natural de Salas y terminó sin pena ni gloria, perdiéndose en gambetas imposibles y calentando el banco de suplentes. Aunque sea, los 30 minutos que el Ogro jugó ayer contra el precario Nacional de Paraguay (quien basó toda su apuesta futbolística en hacer tiempo; Niembro, cada vez más gagá y ajeno al partido, se encargó de endiosar a un centrodelantero apellidado Arriola porque la sabe cabecear) sirven para entender que si hay alguien que puede devolverle algo de fútbol a River ese es, crease o no, Marcelo Gallardo (o Yoda, como ustedes prefieran llamarlo). Un Gallardo en declive, que viene de fracasar en dos equipos remotos y que ya a mediados del 2000’ cuando volvió, era el 60 por ciento del que brilló desde 1997 hasta el 2000 inclusive (su etapa de mejor desempeño), figura del River tricampeón, pedido como titular en el Mundial 98’ y estratega del Mónaco de Francia (donde también ganó un Torneo).

Lo que no se puede negar es la capacidad significante de Fabbiani, quien sin haber tocado una bocha, provocó en los hinchas riverplatenses un efecto de algarabía que ni la reencarnación de Labruna y Pedernera hubiesen alcanzado. En el juego, demostró un efectismo lindante con la demagogia (tacos a nadie, pisadas inofensivas), pero un despliegue físico conmovedor, ya que se lo nota (como aclaró el desubicado Gorosito, siempre hablando de más desde su llegada a River) bastante excedido de peso. De todos modos, ¿cómo no encariñarse con un jugador (exquisito al 100 por ciento) que ansía jugar en River tan brutalmente, dejando plantados a propios y extraños, en tiempos en que casi todos los jugadores de la galaxia bajan la cabeza y se hacen los desentendidos cuando se trata del club de Nuñez? Sobre las incorporaciones hay que remarcar la vehemencia de los dirigentes por poseer en el plantel jugadores estigmatizados por las hinchadas del fútbol argentino. Ya que no están Tuzzio ni Simeone (a quienes acribillaban con ataques a sus respectivas virilidades) ni Ortega (quien fue objeto del hiriente cántico: “Ortega está borracho”), contrataron a Gallardo (para las nuevas generaciones, más conocido por sus arañazos que por su pegada) y Fabbiani (es costumbre que las hinchadas de los equipos rivales elaboren carteles sobre su contextura física), con los que las cargadas y las burlas están aseguradas. Y encima tenemos a un arquero decaído como Ojeda (en la senda de Lux y Constanzo) al que, después de los dos goles de Colón, le tiran de afuera del área como si se tratara de un liliputiense ciego y sin manos. ¿Qué pasa con el estado anímico de los arqueros con pelo hasta los hombros y barba sin recortar? Para completar la fisonomía depresiva deberían salir con un pucho en la boca. Todo lo contrario al psicópata de Carrizo, segurísimo con su barba candado y su corte de pelo robótico.
Del partido, es poco lo que se puede decir. Se trató de un tedioso monólogo de River, quien la mayor parte del tiempo tuvo la pelota…sin ninguna idea. Desde la punzante frase de Falcao, la ausencia de un armador de juego es aún más palpable, parece que River jugara con 10: están los que recuperan, los que la llevan, los que deberían meter goles, pero falta el que mueve los hilos del equipo. El único modo de crear peligro en el arco rival fue a través de tiros de esquina y faltas alrededor del perímetro del área, como en la oscura noche simeónica. La diferencia con la era del técnico yuppie se observa en que actualmente el equipo no está acelerado y tiene como objetivo inmediato el toque (son interesantes los encuentros entre Ferrari y Augusto Fernández, estandartes absolutos del equipo). Lamentablemente, en la mayoría de los casos, la producción de jugadas fracasa. Es notable la cantidad de veces que los jugadores pierden la pelota en pases sencillos (especialmente Villagra) y la poca confianza que se tienen para desbordar frente a un contrario (les cuesta muchísimo, Buonanotte está recuperando su nivel pero se encuentra a años luz del que alguna vez pareció ser; mientras, pierde entre 5 y 10 pelotas por partido). En algún contraataque hubo peligro de gol y se temió la típica velada terrorífica de Libertadores que ya se transformó en un clásico, con los jugadores deprimidos y el público en llamas. Cuando todo terminaba, la era Gorosito se llenaba de signos de interrogación y se comprendía que Fabbiani era más el símbolo de un futuro posible (pero inexistente) que un presente, llegó otro centro al área rechazado por los paraguayos, que Robert Flores (de letal displicencia e inexplicable continuidad en la Institución, encima después lo expulsaron; no creo que tenga más chances) volvió a meter la pelota en el área a través de un cabezazo. Luego Fabbiani la paró con la ayuda de la mano, pateó sin fuerza y en el rebote, Buonanotte, que para no desentonar con la desprolijidad de la jugada estaba en estruendosa posición adelantada, la mandó adentro. La gente festejó revoleando las remeras. Peor es nada, ¿no?

Ahora pasemos al partido que la Selección jugó con Francia. Lo que tengo para decir es sintético: paren la mano que no fue para tanto. ¿Por qué siempre se tiene que repetir la misma cronología? Llega un nuevo técnico, gana dos partidos y ya somos campeones del mundo, no sólo de Sudáfrica 2010 sino en el 2014 y el 2018. Obviamente se trató de una victoria contra un rival de alto nivel. Sin embargo, vi todo el partido y en ningún momento advertí esa superioridad que el mismo Maradona (y el mundillo periodístico) se encargó de resaltar al terminar el encuentro diciendo que “dejamos en ridículo a Francia”. El partido fue mucho más terrenal. Francia dominó los primeros 35 minutos con bastante hidalguía, vértigo (a través de las apariciones fulminantes de Ribery y Henry), pero sin crear demasiado peligro en el arco de Carrizo (que atajó muy bien). Hasta ese momento la defensa se vio desbordada (Papa erró varias veces en los pases, Zanetti no jugó su mejor partido), Gago y Mascherano lucharon por todos y de los de arriba (a excepción de una apilada de Messi) no hubo mayores noticias. Luego el ex 5 boquense encontró una pelota, Agüero la aguantó, cambió de frente dentro del área y Jonás Guitérrez la mandó adentro. Eso recién fue a los 41’ minutos del segundo tiempo. De ahí hasta el final (es decir, durante 5 minutos), efectivamente, el equipo argentino tocó y tocó (de adelante hacia atrás preferentemente, sin contar un tiro de Zanetti que Mandanda atajó sin problemas) y se escuchó un “Ole” bastante injustificado, por cierto, pero entendible.

En el segundo tiempo, Francia volvió a tener el predominio del balón, pero no inquietó ni una sola vez porque la defensa argentina estuvo muy bien plantada (Demichelis y Heinze jugaron un partidazo, Papa levantó vuelo) y Gago (no lo menciono a Mascherano porque ya es natural) demostró una solvencia enorme (a la calidad técnica le ha sumado marca). La verdad, de todos modos, es que, nuevamente, recién después del gol de Messi a los 37 minutos Argentina encontró la pelota y toqueteó de aquí para allá. Antes no había llegado una sola vez. La victoria fue justa, pero bastante intrascendental, ¡lo que ocurre es que todo lo que hace Maradona trasciende! Más si él mismo se enloquece y declara frases altisonantes, propias del final de un torneo (“Nosotros sabíamos que podíamos ganarles a quien se nos plante”), pero no de un partido que será olvidado rápidamente. ¿Y yo estoy loco o Messi no jugó tan bien como dicen? Recibió siempre de espaldas (por lo que la tuvo que tocar atrás constantemente) y rara vez desniveló como lo hace en el Barcelona (casi siempre por la derecha, ganando en velocidad a los defensores con su extraña gambeta y de frente al arco). El gol sirvió para maquillarlo todo. Agüero otra vez estuvo perdido, creo que se hace obvia la inclusión de un 9 de área. Por otro lado, los que se ilusionan con el juego del seleccionado, deben saber que faltó Riquelme, quien, por sus características innatas, es incompatible con el funcionamiento estructural que el equipo mostró ante Francia. Todos esos errores que marco, claro está, son pertinentes para un equipo que sólo jugó dos partidos. Incluso por esa misma razón se me hace todavía más absurda la andanada de elogios. Es probable que de seguir el mismo camino (como sucede en el club gallináceo ahora se nota una mayor prestancia para jugar a un toque e hilvanar jugadas en velocidad por los costados) se llegue a buen puerto. Todavía, quitando las buenas intenciones, las cosas siguen igual. Y por favor dejen de joder con la actitud, la mística, el combustible espiritual. Como siempre, yo aguando la fiesta. No me hagan caso.