viernes, 6 de febrero de 2009

La verdad incómoda

Ni la imaginación desbordante de El curioso caso de Benjamin Button (entretenida pero repleta de golpes –bajos y de efecto- hollywoodenses) ni el melodramático “caso real” con tintes ominosos de El sustituto (una madre, Angelina Jolie con look Victoria Ocampo, sufre la pérdida de su hijo y le devuelven otro haciéndolo pasar por él). La película que más me ha sugestionado en los últimos días es un film menor (y hasta en cierto punto malo por el contrapunte ideológico redundante que propone) estrenado en la segunda mitad del año pasado sin mucha repercusión más allá de alguna que otra polémica. Se llama Vecinos en la mira y puede que llegue a incomodarte demasiado.

El tópico es reconocible: una pareja de recién casados (Chris y Lisa, Patrick Wilson y Kerry Washington respectivamente) se muda a un barrio de elite y comienza a ser presa de los furibundos ataques psicológicos de un vecino un tanto trastornado. Se trata del estereotipo perfecto del policía siniestro, pero su personalidad no sólo se adecua al paradigma negativo universal de esa profesión (abuso de autoridad, corrupción, fascismo) sino también a la totalidad de entes reaccionarios que pululan en el mundo. Lo que dice el personaje de ficción Abel Turner no es muy diferente a lo que piensa el norteamericano con fobia al mundo árabe, el boliviano santacruceño que discrimina a los indígenas o el vigilante medio argentino indignado con los piqueteros. Hasta aquí nada que no haya escrito José Pablo Feinmann en la contratapa de Página 12 o denunciado Eduardo Galeano observando el horizonte con profundísimo compromiso latinoamericano. Lo que vuelve interesante tal conjunción de lugares comunes es que el policía infernal es un negro (interpretado en forma brillante por Samuel L. Jackson) y el discriminado es un blanco (Chris, la pareja de Lisa, también negra). Esto aporta una serie de condimentos especiales al film. Por un lado, lo políticamente correcto es que tal relación de menosprecio se refleje al revés, por lo que la película siempre está a un paso de convertirse en un manifiesto reaccionario (en algunos momentos, de hecho, lo parece; por ejemplo, por decirlo de un modo acorde con el tenor del tema, en el transcurso de la historia “no hay ningún negro decente”: o son fundamentalistas peligrosos del color de su piel, como el policía y el padre de Lisa o malvivientes que vagan por los barrios más bajos). Por otro, en plena celebración demócrata por el ascenso del bueno de Obama, la película cae como un baldazo de agua fría ya que se inmiscuye en una realidad “oscura” (¿me permiten un poco de “humor negro”?, ¡qué fácil es ser discriminador, por eso todos los imbéciles lo son!) (1). Pocas veces se “denuncia” el conservadurismo de las minorías (consecuencia elemental de años de injusticia, pero de igual modo agresivo). Eso es algo que no preferimos escuchar, una verdad incómoda, como diría el pesado de Al Gore. Recordemos que estamos en un momento en el que mucha gente (incluida Christine), en vez de elogiar a Barack por su oratoria sofisticado o sus primeras medidas, lo hace por el color de su piel. Es decir que con el objetivo de promover un mensaje anti-discriminatorio se termina cayendo en una especie de determinismo idiota que postula que el valor de un individuo se mide a través de su origen racial. Que Obama sea el primer presidente “afro americano” en tierras donde existió el Ku Klux Klan (o, por qué irnos tan lejos: en tierras donde la gente votó a Bush) es un avance de gran importancia. De ahí a creer que sólo por eso su destino es la gloria… Tampoco nadie se pregunta cómo puede ser que en el supuesto país de la libertad y la democracia y los derechos civiles, recién ahora exista un presidente negro. Imbuido de cierta sensibilidad planetaria, es para alegrarse, sin dudas, pero ¿no les inquieta un poco que la nación que designa el cauce del mundo comience a respetar verdaderamente a los negros en el año 2008?
Así es Vecinos en la mira: en su anécdota sencilla y pueril activa una multiplicidad de problemáticas sociales e invita a replantearse (con bastante sentimiento de culpa; personalmente nunca llegué a discernir hasta qué punto la película era lo que yo quería ver o un panfleto retrógrado repulsivo) las coordenadas que modulan nuestro pensamiento ideológico (2). Abel detesta a Chris porque se casó con una negra (y eso no está bien visto en la comunidad), porque fuma marihuana, porque es liberal, porque tiene sexo en la piscina. Es el vivo retrato del facho que reprime la sexualidad de su hija, que sale a pasear por la noche con una pistola cargada en la cintura, que se equipa exageradamente para combatir una inseguridad invisible. Poco a poco se advierte más peligroso que Terminator (letal la escena en la que le corta los árboles a Chris con una sierra eléctrica y lo amenaza desde su jardín al grito de “¡Marica!”) y destruye la relación entre los recién casados prolongando la huella que le dejó la supuesta infidelidad de su esposa. Todo sucede en un marco contextual inmediato (se menciona el calentamiento global, a Bush, a Irak) por lo que comprendemos que el director (Neil LaBute) decidió exponer una postal del caótico mundo en el que vivimos. Es que la alarma que enciende nuestra convencional conciencia al ver una historia con un fascista negro, me recordó a los judíos que confunden el rechazo al accionar del ejército israelí con el antisemitismo. Existen asesinos como los skinheads; ignorantes que, atrapados en su tosquedad, reflotan los mitos más descerebrados sobre el judío (prejuicios, leyendas urbanas); terroristas mentales que defienden agrupaciones basadas en el fundamentalismo religioso. De ahí a ingresar en ese territorio a todo aquel que repudie la muerte de civiles y el bloqueo a Palestina hay un largo y sinuoso camino que muchos ya se han atrevido a dar. Es que se trata de un mundo siempre atravesado por la violencia y el dolor de lo irreconciliable. Un mundo donde lo único seguro parece ser la incertidumbre de las cosas, donde cada vez es más difícil explicarse los unos a los otros. Un mundo al que se acerca, con errores y aciertos, Vecinos en la mira. Sayonara.


(1): Entonces yo soy discriminador.
(2): ¿O soy yo el que relaciona cada cosa que ve con una multiplicidad de problemáticas sociales?