viernes, 6 de marzo de 2009

1999 (2da. Parte)

La putita de Sacoa

Estuvimos como una hora decidiendo adónde ir. El Gordo quería ir a Plaza; en no sé cuál concurso ganó una tarjeta con diez pesos de carga. Facundo a Sacoa, porque todas las tardes va una minita que dicen que es puta. Se pone unas calzas azules y si le insistís un poco, te da un pico, me dijo Facundo. ¿Y a qué va esa minita? La minita va a darle picos a los pibes, dijo Facundo, porque es putita y no le importa nada andar dando besos por ahí. ¿Y a nosotros también nos va a dar picos? La minita es putita, Gordo, dijo Facundo, le da lo mismo cualquier lengua a la muy putita. Vamos a Sacoa, vamos a Sacoa, dijo el Chino, yo la conozco a la putita esa. Muy putita, dice Facundo. Miramos al Gordo y empezamos a caminar. Como está empezando a hacer calor, en el camino nos cruzamos con un montón de minitas en musculosa o con unas remeras bien chiquitas que nos vuelven locos. Facundo dice de todo a las minitas que pasan. El Chino no hace más que asentir con la cabeza y repetir lo que dice Facundo. El Gordo se pone colorado. Y ellas, como si nada. Es que son todas putitas, dice Facundo, mi viejo dice que son todas putitas. ¿Tu mamá también es putita?, dice el Gordo, riéndose, con los cachetes llenos de papas fritas ya que se compró un paquete en el camino. Facundo se pone todo rojo y le pega una piña en la panza. Eso te pasa por gordo entrometido, le dice. El Gordo baja la cabeza y, a punto de llorar, dice: Yo quería ir a Plaza.

No hay mucha gente. Buscamos a la putita de Sacoa por todos lados pero no la encontramos. No aguanto más, dice el Chino, quiero verle esa tanguita que se pone. Se le nota todo, dice Facundo, como a la profesora de Historia. La profesora de Historia es otra putita, dice el Chino. Bien puta, dice Facundo, bien puta y encima, vieja. El Gordo se compró un paquete de confites y se los come como uno de esos negritos panzones del África, como si desde el año pasado no comiera, dice el Chino. Gordo, comé como un ser humano, gordo elefante, nos hacés pasar vergüenza, dice Facundo. El Chino y yo nos reíamos a las carcajadas. Justo cuando pasan unas chicas rubiecitas, bastante lindas pero que no están desarrolladas, el Chino, re vivo, le dice al Gordo, bien alto: Gordo, nos hacés pasar vergüenza. El Gordo se pone todo furioso y dice que se va a Plaza. Siempre hace lo mismo: amenaza con irse. Se enojó el Gordito Gay, dice el Chino, se enojó el Gordito Gay. Cuando se está por ir, lo agarra por el cuello y le dice que se quedé, que sino nadie nos paga un Daytona. El Gordo no quiere saber nada, pero lo convencemos. La carrera la gana Facundo. De cabo a rabo. Maneja el volante como los dioses y, claro, si Facundo hasta sabe manejar autos de verdad: todos los fines de semana el tío lo lleva al Parque Camet y practica. El Gordo sale último. Todos nos reímos en su cara y le decimos que ahora sí se puede ir. Ahora me quiero quedar, dice él. Claro, dice Facundo, abrazándolo, ¿sino quién nos va a pagar todo?

Nos sentamos en los bancos de unos videojuegos que nadie usa pero vino una minita que trabaja en Sacoa y nos dijo que si no jugábamos nos teníamos que ir. El Chino la miraba hipnotizado y apenas se dio vuelta, empezó a tocarse la verga. ¿Qué hacés Chino degenerado?, pregunta Facundo, a las carcajadas. El Chino no dice nada y cuando se saca la mano de abajo del pantalón, tiene una erección de dos metros. Entonces lo agarra al Gordo contra la pared y se lo empieza a apoyar mientras le pellizca los rollos de la panza. El Gordo se ríe. Es que le gusta, dice Facundo, es que le gusta. ¿La minita esa, también era putita?, pregunta el Chino. Seguro, contesta Facundo, ¿no viste la cara que tenía?

Salgo afuera a comprar unos chicles. En el camino me cruzo con Julieta, una chica que va a nuestro curso. Está muy buena y es, según dice Facundo, bien putita. ¿Qué estás haciendo?, me pregunta. Estoy con el Gordo, el Chino y Facundo, dando vueltas. Ah, dice, yo me vengo a comprar una malla nueva, para el verano. Intercambiamos algunas palabras más. Chau, nos vemos algún día en la playa, dice al final. Cuando reparto los chicles, les cuento a los chicos lo que me dijo Julieta. Facundo dice: Vamos. ¿Dónde?, pregunta el Gordo. A ver como se prueba la malla, debe estar en un local de esta galería. Pero no se ve nada, dice el Gordo, se desnudan en unos cambiadores que tienen unas cortinas o unas puertas. No mientas, Gordo, dice Facundo, vos no sabés nada de todo eso. Facundo y el Chino se van a buscar a Julieta por los locales de la Galería Sacoa y el Gordo se queda conmigo, buscando a la putita. Cuando ya se fueron, el Gordo me invita a jugar un partido de Virtual Striker. Dale, le digo yo. Jugamos 5 partidos seguidos. Después le damos un rato al Pacman. Más tarde corremos dos o tres carreras. Cuando el Chino y Facundo se van, el Gordo me cuenta los problemas que hay en su casa. En resumidas cuentas, el Gordo tiene miedo de: que sus padres se separen, ser virgen hasta los 60 y no aprobar gimnasia. Yo me quedo callado y le digo a todo que sí, no vaya a ser que deje de pagarme los videojuegos. En algunas oportunidades lo aconsejo o le cuento alguna de las discusiones que tengo con mi mamá. Me abre la puerta sin avisar, me ordena la habitación y me pierde todo, me pregunta mil veces cada cosa. Es demasiado, le digo al Gordo, hay veces que me quiero escapar de mi casa. De repente, siento que me pegan una patada en la espalda. Es Facundo, que nos pregunta qué estuvimos haciendo. Jugando, dice el Gordo. Nosotros la vimos a Julieta en tanguita. Qué flashero que sos, dice el Gordo, mirá que la vas a ver en tanga, si desde afuera no se ve nada. Callate, Gordo gil, dice el Chino, la vimos en tanguita y nos saludó. Es bien putita, dice Facundo, desde adentro nos preguntaba si le quedaba bien. Yo asiento y el gordo se muerde el labio. Para mí que mienten, pero yo asiento.

Facundo dice que vayamos a su edificio, que su mamá a esta hora no está y podemos ver Venus. A mi no me gusta mucho ir al departamento de la madre de Facundo. Está todo desordenado y hay veces que nos encontramos con un tipo barbudo durmiendo en el suelo. En otras ocasiones, la madre de Facundo -está loquísima- grita o baila o hace yoga desnuda o parece que se quiere coger a un amigo de su hijo. Es drogadicta, me dijo un día el Gordo, descubriendo la pólvora. Cuando estamos solos es otra cosa. Siempre pasa lo mismo. Primero intentamos sintonizar Venus pero lo único que podemos hacer es escuchar. Así estamos una hora más o menos, oyendo los gemidos y, cada tanto, adivinando una teta. Cuando vamos al baño o nos damos vuelta, Facundo y el Chino dicen que vieron una escena a la perfección. Después, Facundo saca un maniquí blanco del ropero de la madre. Entonces pone el maniquí contra la cabecera de su cama, se baja los pantalones y empieza a decir, frotando su verga contra la nariz del maniquí: “Saborea, saborea, saborea, saborea”, hasta que se le para y acaba en la cabeza del maniquí, manchando todo. Hay veces que el Chino, totalmente extasiado, lo imita. Mientras lo hacen yo me voy a la cocina, a ver televisión. El Gordo me avisa cuando terminan.

Mientras vamos caminando por la Peatonal, en una esquina, creo que en Santiago del Estero, Facundo nos señala un grupo de chicas bien putitas. Tienen pantalones apretados, carteras diminutas y los pelos de colores. Dice que las conoce, que lo esperemos, que va a saludarlas. Este Facundo se conoce a todas, dice el Chino. El Gordo hace algunos comentarios y el Chino le dice que se calle, que quiere ver bien lo que hace Facundo. ¿Y para qué querés que me calle si querés ver?, dice el Gordo. El Chino le pega una cachetada y presta atención como si le estuviesen explicando un complicado teorema matemático. A la distancia vemos un Facundo dubitativo, alrededor del círculo de chicas. ¿Está mirándolas bien para hacerse una paja?, pregunta el Gordo. Callate, Gordo metiche, le dice el Chino, ¿qué bardeás si Facundo las conoce? Unos minutos después, Facundo le dice algo a una de las chicas, una alta, sin tetas, ni culo, ni nada pero bastante linda. La flaca lo mira de arriba abajo y le pregunta algo, me doy cuenta porque hace de su mano un bollo y la mueve repetidas veces. El Gordo se muere por decir algo pero yo lo paro en seco. Las chicas se van caminando por la esquina y Facundo se queda inmóvil. Después nos mira y, al ver nuestras caras de desconcierto, se pierde en la esquina por donde se fue la flaca y sus amigas. Vamos, dice el Gordo. No, no, grita el Chino, dejalo tranquilo a Facundo, él sabe lo que hace. Dejá de defenderlo, dice el Gordo, este tarado no conoce a nadie. El Chino lo mira con odio y se queda callado. Nos sentamos en un cantero de la Peatonal y vemos pasar a la gente. La mayoría son villeritos que vienen de la playa. Son tan pobres, dice el Chino, que ni tienen bermudas ¿viste?, se meten con pantalones largos y todo al mar. Son rastreros, agrega un rato después, habría que matarlos a todos. ¿Por qué?, dice el Gordo. Este gordo no entiende nada, ¿no, Ezequiel?, me pregunta. No sé, contesto yo, mientras observo, a la distancia, un suéter horrible en la entrada de la Galería Sao. ¿Qué?, dice el Chino. Que no sé si el Gordo no tendrá razón esta vez. El Chino me mira compungido hasta que llega Facundo. Bien putitas son, dice Facundo. Nadie dice nada, el Chino mira al Gordo con gesto altivo. Me invitaron a una fiesta, el sábado. ¿Dónde?, pregunta el Gordo. Vos no estás invitado, así que ¿para qué querés saber dónde es? Dale, Facundo, dice el Gordo, ¿dónde es la Fiesta? Callate, Gordo sucio, me invitaron a mí, no a vos. ¿Y qué se festeja?, pregunta el Gordo. Facundo le repite lo mismo varias veces. Lo que pasa es que a vos tampoco te invitaron, estás mintiendo, dice el Gordo. Desde hoy está así, dice el Chino, parece que el calor le está afectando. Lo que pasa es que a vos no te invitaron, repite el Gordo, con esa solemnidad que tienen los gordos, hasta que en Colón y San Luis, a dos cuadras de llegar a su edificio, Facundo, que estuvo todo el viaje en silencio, aguantando la frase del Gordo, lo toma por el cuello y lo tira al suelo. Ahí está un rato, pegándole piñas en la panza, mientras el Chino se muere de risa y yo me apoyo en un árbol, a pensar un poco. Un viejo los quiere separar –el Gordo llora-, y Facundo lo empuja bestialmente. El viejo se cae al piso y lo ayudo a levantarse. Cuando vuelvo a mirar a Facundo, noto que tiene algunas lágrimas en los ojos, que mientras pega, está llorando. Le digo que pare y se detiene. El Gordo está tirado en el piso, llorando y pataleando como un bebé. Gordo puto, dice Facundo. Dejalo, dice el Chino, es un Gordo Puto. Ah, dice el Gordo desde el suelo, y ustedes son re vivos, todos los días se cogen un maniquí. Yo cruzo la calle hasta mi parada del colectivo y cada uno se va a su casa.

El colectivo va casi vacío así que me pude conseguir un asiento atrás de todo. De pronto, me acuerdo de Julieta. Tengo tanta mala suerte que se sube una chica que hoy fue al colegio, Luciana, una que nunca se ratea. No es fea pero Facundo nunca habla de ella. Lo que sí, es muy simpática, así que mientras pongo mi mochila arriba de la verga, se me sienta al lado y me cuenta lo que vieron en clase. También me pasa las hojas de hoy, así las copio en mi casa y no me atraso. Me pregunta qué hicimos. Fuimos al Centro, le digo, y también a Sacoa, dimos vueltas por ahí. Si me llego a ratear mis papás me matan, dice ella, agitada. Al parecer, el sólo hecho de pensar eso, la pone nerviosa. Pero si te rateás, tus papás no se enteran, le digo. Pero si se enteran me matan, dice ella, súper concentrada y mirando hacia adelante. Como todas las chicas que le dedican demasiado tiempo al estudio, me parece un poco chiflada. Después me mira. Si querés algún día nos rateamos juntos, dice. Dale, le digo yo, no hay problema. Pero sin los chicos, aclara. Me excitó un poco que me dijera eso. Para colmo de males se saca el guardapolvo. Yo nunca la había visto así, sin guardapolvo. Está bastante desarrollada, tiene las tetas del tamaño de dos naranjas por lo menos, como dos picos duros, el pantalón bien apretado. Ver eso lo empeora todo. Tanto se me para que, en vez de bajar en mi barrio, sigo con el colectivo hasta después que ella se baje, para que no me vea. ¿Hasta dónde vas?, me pregunta, extrañada –sabe en qué lugar me bajo habitualmente- mientras aprieta el timbre. Hasta la casa de un amigo, digo yo, nerviosísimo, vive en el barrio Las Heras. Espero que mañana no me diga nada porque seguro que Facundo le dice que yo iba a mi casa, que no tengo ningún amigo más allá de mi barrio.

Al otro día, me levanto bien temprano y abro la mochila. Primero paso las hojas que me prestó Luciana y después resuelvo algunos ejercicios de polinomios, que siempre me resultaron fáciles. Hoy tenemos prueba de Biología con el viejo ciego así que empiezo a hacerme unos machetes que son la absoluta perfección. Cuando los tengo terminados, pongo dos hamburguesas en el microondas y miro el noticiero del 13, donde confirman que si no nos preparamos bien, el Y2K va a explotar todo. Se calcula que el 1º de enero del 2000 van a dejar de funcionar el 80 por ciento de las computadoras del mundo. Y algunos artefactos electrodomésticos también, dice un especialista. Mientras me como la segunda hamburguesa, concentrado, observo el microondas un rato y salgo a la calle. En el colectivo está otra vez Luciana, que se hizo un peinado especial, bien alto. Cuando me ve, se acerca hasta mi asiento individual y me pregunta si copié las hojas que me pasó ayer. Le digo que sí y se las devuelvo, agradeciéndole. Ah, dice, me olvidé de saludarte, y me da un beso en la mejilla. Casi nadie saluda así. Yo aprieto las piernas pero creo que es peor. Encima me dice que me corra y que le haga un lugar. Falta mucho y se quiere sentar. Después de eso, ya no puedo reprimir nada. ¿Te gusta mi peinado?, me pregunta. Si, le contesto, sonrojado, parecés un lindo zorrino. Ella me mira, incrédula y dice: ¿Gracias? El zorrino de la Warner, agrego, como un estúpido. Luciana hace una mueca de disgusto y me apoya la mano en la rodilla. Me paso el resto del viaje implorando que se me vaya la erección. Incluso en algunos momentos creo que va a ser mejor eyacular –capaz que no llega a manchar el pantalón- antes que seguir así. Finalmente pienso en Facundo, en el Gordo y en el Chino y baja estrepitosamente. En la Plaza me están esperando los chicos. Luciana los ve y se cruza de vereda. Chau, me dice, acordate de ratearte conmigo algún día, me tenés que enseñar, yo, si querés, te ayudo en Lengua. Dale, digo yo, dale. ¿Estás de novio?, me pregunta Facundo. Yo no le contesto nada. Bueno, dice el Gordo, aunque sea a él sí le hablan las chicas. Callate, Gordo, digo, ¿estudiaron?

Se me cayeron todos los machetes al piso y el profe ni se dio cuenta. Seguro me saco un diez. Facundo hizo quilombo y el viejo lo terminó sacando del curso. El Chino dijo que si se iba Facundo, él también se iba. Hizo quilombo un rato y también lo echaron. Cuando se fue se reía como un estúpido. El Gordo se dio vuelta (se sienta con el Chino) y me preguntó de qué se reiría. Es medio estúpido, contesté yo. A la salida, Facundo nos dijo que mañana nos rateábamos otra vez, que directamente íbamos para la playa. Yo le dije que no nos convenía porque si lo hacíamos tan seguido iba a ser demasiado evidente. Yo me rateo igual, dijo él. Yo también, yo también, dijo el Chino, yo quiero ratearme igual que Facundo, no creo que se den cuenta. ¿Vos qué hacés Gordo?, preguntó Facundo. Mañana decido.

Al final se ratearon los tres y Luciana, que se sienta adelante sola, se vino conmigo porque había que hacer un trabajo de a dos. Era sobre un poema en forma de espantapájaros. Loquísimo. Esto no se compara a los trabajos que hacemos con los chicos, nada que ver, Luciana es rapidísima y muy prolija. La tiene muy clara en esto de la literatura y no tiene problemas en copiar todo. Incluso lo disfruta. ¿Para qué te juntás con los chicos si vos sos inteligente?, me preguntó, mientras subrayaba con un marcador rojo (la chiflada tiene un marcador de cada color). No sé, contesté yo, la verdad que no sé. En el recreo me compró unos caramelos durísimos que se me quedaron pegados en la muela. Me hizo acordar a una compañera de la Primaria, creo que se llamaba Carmen. Era fea, gustaba de mí y entonces me regalaba cositas para que la quiera. Pero Luciana es bastante linda y a esta altura, no creo que haya que decirlo, me importa un pito que Facundo no hable de ella. A la salida estaban los chicos, esperándome. Yo me hice el que no los veía porque quería viajar en colectivo con Luciana. No es que quería ver cómo se sacaba el guardapolvos, no, simplemente necesitaba estar con ella un rato más, hablarle de algunas cosas que no podía contar adelante de Facundo o el Chino. Pero los pesados me empezaron a correr y cuando ella los vio, apuró el paso y se perdió entre un montón gente. Creo que les tiene miedo o asco. Yo estaba enfurecido. Parece que son mis novias. Facundo me preguntó si estaba de novio con ese feto. Lo mandé a la mierda, a coger maniquíes. El Gordo me dio una palmada en la espalda y el Chino me miró con su carita de compungido. Los tres se quedaron en la esquina de la Escuela y mientras me iba yendo a gran velocidad para alcanzar a Luciana, Facundo me gritó que no sabía lo que me había perdido, que habían estado toda la tarde con la putita de Sacoa. El Gordo, pude oírlo bien, le pedía que no mintiera, que por favor dejara de mentir.

4 comentarios:

Hernan dijo...

ah!!
yo tenía un amigo que se ponía dulce de leche en el pito y hacia que su perrito le lamiera.
no lo volvi a ver hasta hace unos meses que salió en el diario

saludos

Maxi dijo...

Muy bueno.
Hace rato que sigo este blog, pero nunca había comentado. Hasta ahora.
Era eso, nomás. saludos.

gonza_averna dijo...

Hacía mucho que:
A) No pasaba a visitar el blog
B) No sentía una regresión tan clara como con este cuento. Es increíble cuán genéricos somos, cuando somos más chicos.

Saludos che.-

Mauro Morgan dijo...

La próxima lo imprimo, por si me agarran ganas de cagar.
Hice un gran esfuerzo -a mi vista- para leerlo todo, pero no me ayepiénto.
Te seguiré leyendo.