domingo 25 de enero de 2009

EN EL SIGUIENTE POST SE TRATAN ALREDEDOR DE 10 TEMAS RELACIONADOS CON EL DEPORTE, LA POLÍTICA, LA SOCIEDAD Y EL PERIODISMO

Contra lo que habitualmente se manifiesta (qué extraño, yo en contradicción con la sociedad toda) creo que los Torneos de Verano, a pesar de que abundan en partidos olvidables con impresiones de todo tipo, son prefiguraciones bastante fidedignas de lo que los equipos van a ser en el Campeonato oficial. Para muestra, basta un botón (nunca entendí el sentido de esta frase hecha): el River de Simeone jugó exactamente igual de mal durante el año que en los partidos de MDQ y Mendoza: caos, descompensaciones defensivas, ausencia de un concepto futbolístico definido. El River de Gorosito (espero equivocarme) va por el mismo camino. Es que si bien la idea gorositista del fútbol ha desmantelado el aura caótica e incierta del concepto simeónico aportando algo de prolijidad en el manejo de la pelota, si hay algo que parece llevar como estandarte es la insipidez. Se trata de un conjunto de jugadores que ha llegado a su techo (un techo gris, de yeso descascarado, muy triste a decir verdad) con pocas ganas de seguir en el Club y que confía demasiado en la supuesta contratación del inestable Fabbiani, único “referente” en la historia del Club que no ha jugado un solo partido con la banda roja. Asimismo, para constatar todas las ilusiones que se han creado sobre la llegada del novio de la mina que confunde “Adiós Nonino” con “Danonino”, éste va a tener que hacer 140 goles en el año, ganar la Libertadores, la Intercontinental, los dos súper clásicos y los torneos locales. El partido ante Boca (ante Morel y Dátolo, en realidad; ya lo dijo el prócer de Springfield: “Un noble espíritu agrandece al hombre más pequeño”) el sábado por la noche no deja margen de dudas. A la elocuente esencia gallinácea (si un equipo quiere ganarle a River sólo necesita hacerse echar un jugador) se le añadió un halo de inexpresividad inigualable, una actitud despreocupada (no muy diferente a la que mostró a lo largo del Torneo), ninguna respuesta ante la inferioridad numérica del rival, alarmante ausencia de jugadores que desequilibren en el mano a mano. Se trata de un equipo repleto de estigmas humillantes que no puede vislumbrar la luz desde el fondo del pozo, de un equipo depresivo. A los jugadores les falta salir con una botella de whisky en la mano y un pucho en la otra. Buonanotte pareciera estar sacando números para volver a las divisiones inferiores porque su presencia entre los 11 titulares ya no se comprende: no realiza pases-gol, no llega al arco, la toca menos de diez veces a lo largo del partido, se la saca hasta Forlín, se fastidia y se gana amarillas. Augusto Fernández, con casi tres años en primera, todavía no aprendió a pasarla a tiempo (son incontables las veces que gambetea dos o tres jugadores seguidos y, por persistir en el manejo de la pelota, la pierde). La defensa volvió a mostrar los mismos claroscuros de siempre. Abelairas es preso de sus propias limitaciones. Hasta los novatos boquenses (Roncaglia, Chávez, etc.) mareaban a los experimentados de River como si se tratara de moscas. Encima el refuerzo que se espera (desde Navidad, por lo menos) es el inigualable, el crack, el increíble… Humberto Mendoza: ¿? Lo único que sé de él es que tiene nombre de doblador mexicano de los Simpsons. Para aumentar el malestar, tal vez influidos por el soberbio de Bianchi (No escribiste la Divina Comedia, pelado, ganaste muchos títulos con equipos argentinos, nada más, hasta un ignorante como Ramón Díaz lo logró), los jugadores de Boca se comportaron de modo insufrible: pisando la pelota de más, haciendo caños efectistas, sobreactuando altivez ante acontecimientos nimios del encuentro. Aunque más insufrible es el imbécil de Baldassi, árbitro paradigmático para estos tiempos mediáticos. Siempre haciendo caras, hablando, riéndose para la cámara, practicando gestitos para caer simpático. ¿Dónde está la gente seria en el mundo que hace su trabajo sin querer caer bien al resto? Al ancestral componente xenofóbico y conservador del mundillo futbolístico, los periodistas de la nueva generación (los viejos, atribulados, se han sumado para no perder el tren) han impuesto una pátina de frivolidad o solemnidad (según corresponda) francamente inaudita. Toda anécdota levemente graciosa tiene que promover carcajadas de hilaridad. Los cronistas se deshacen en preguntas impertinentes que a nadie importan (sobre la “sensación” que causan las cosas, sobre la familia, sobre la vida en general) como si los tipos en vez de tener habilidad con los pies la tuvieran con el cerebro. Entendiblemente, la mayor parte de los jugadores es incapaz de expresar verbalmente lo que piensa. Sin embargo, cualquier balbuceo más o menos legible es analizado como si se tratara de una opinión de George Steiner. Los jóvenes cronistas a los que hacen seguir el itinerario de los equipos, parecen más especializados en chupar las medias y contar sucesos triviales que en hablar de fútbol. Encima se revelan mimetizados con los actores principales, como si fuesen directivos o jugadores del club, explicitando su nula capacidad para desarrollar un informe con destreza (los ejemplos más claro de este tipo son Martín Arévalo y Leo Gallego, movileros de T y C Sports de Boca y River respectivamente). Esta constante exaltación inyecta en los jugadores (originalmente tímidos y hasta humildes) una profunda egolatría. Finalmente se creen estrellas de rock y festejan los goles haciendo coreografías o (peor) efectuando con la mano el ademán de “más o menos” (gesto revulsivo que me obliga a mirar hacia otro lado). ¿Hasta cuándo seguiremos glorificando perejiles? Sean estos últimos jugadores de fútbol o líderes agropecuarios ignorantes que confunden a los Kirchner con los militares. Por otro lado, se habla de lesiones, problemas dirigenciales o internas grupales con un dramatismo que ni siquiera se oye con respecto a la Franja de Gaza. El catastrófico Recondo se quejaba de que el tema Caranta (¡oh, misterio de los misterios!) haya propulsado rumores de todo tipo. De no existir periodistas como él tales rumores no hubieran tenido repercusión alguna. Es muy gracioso cuando los periodistas hablan de los rumores como entes autónomos que se fabrican sin necesidad de la presencia de un ser humano. Exactamente lo mismo sucedió hace un par de días con la lipotimia de Christine: el (aquí acuso recibo de haber leído a Black Sábato) atroz Nelson Castro (perdonen la adjetivación excesiva vacía de argumentación, pero no tengo muchas ganas de pensar; además todos sabemos por qué Nelson Castro es atroz y a Eliaschev le pagan por escribir así, ¿o no?) se quejó de que el gobierno no dio precisiones sobre el estado de Salud de la presidenta promoviendo falsos rumores, cuando el Hacedor de Rumores Number One ¡fue él mismo! ¿Y qué me dicen de la andanada de estupideces sobre el viaje a Cuba y Venezuela? En primer lugar los medios avizoraron que fue a hacer nada en tanto más tarde se la vio firmando acuerdos y cerrando negociaciones a granel (esto no significa que los mismos sean importantes o justificados, lo que se afirmaba desde los grandes diarios del país es que ni siquiera había una agenda programada). Luego se dijo que Fidel no la iba a recibir. Cuando la recibió, se especuló con que el encuentro era ficticio porque no había foto. Cuando se conoció la fucking foto, sospecharon del modo en que el gobierno buscó la postal. Como no les quedó nada que decir, en un esfuerzo por ser no sólo pelotudos sino también estoicos “lamebotas”, les pareció inadecuado que Christine esté en repúblicas (presuntamente) socialistas mientras Barak Obama asumía la presidencia. Al mismo tiempo, la inteligentzia política argentina ha comenzado a prodigar elogios hacia Obama por su propuesta dialoguista e institucional (¿imaginan lo que hubiesen dicho en caso de que el gobierno hubiera tenido que repetir su asunción por fallas legales?). Estos elogios están más dirigidos a criticar indirectamente a los K, que a enaltecer al lector de Cortázar. Probablemente, si viviesen en EE.UU con un presidente negro, vomitarían durante los cuatro años de mandato. También me suena a discriminación esa creencia (pronunciada en forma absolutamente infantil por Christine) de que el “progresismo” de un político se mide en base al color de piel. Obama (que estuvo a favor del muro en la frontera con México, por ejemplo), al igual que Abelairas, es preso de sus propias limitaciones: uno de jugar bien al fútbol pero ser pecho frío, el otro de ser un tipo brillante pero incapaz de desentenderse de la parte más rancia de los norteamericanos: el nacionalismo. No sé si terminar esto diciendo “Abrazo de gol”, porque me fui al carajo. Ya sé: Cambio y fuera.


jueves 22 de enero de 2009

Cosas sobre la quinta temporada de Lost


En nuestra infancia, a quienes les salía sangre de la nariz en plena clase los tildaban de ñoños o freaks o los condenaban al ostracismo. Recién ahora, gracias a Lost, comprendemos que los tipos tenían mucha onda: ¡estaban viajando en el tiempo!

Consecuencia de la complejidad argumental y estructural de la serie (que le ha hecho perder mucha audiencia desde la primera temporada; por ejemplo, House, el itinerario de ese doctor que mezcla a Sherlock Holmes y el Capitán Ahab, la duplica en rating), los dos primeros capítulos contaron con explicaciones didácticas redundantes para el espectador olvidadizo: por ejemplo, cuando Locke observa la avioneta estrellarse toma innecesariamente una de las vírgenes que ésta contenía en su interior. Le faltó mirar a cámara y decir: “Ah, ésta es una de las vírgenes llenas de heroína (a la que era adicto Charlie) que venían en la avioneta (por la cual murió Boone) del hermano de Eko (que venía en la otra parte del avión) y sus narcotraficantes nigerianos”. Me recordó una película mala sobre García Lorca que nos hacen ver en Letras, en la cual cada personaje realiza un pequeño resumen de la bibliografía del autor del Romancero Gitano para “comprensión del espectador”.

Convertida en una serie de culto, los creadores de Lost ya se asemejan a esos músicos que encuentran una fórmula y la utilizan hasta cansarse. Si me permiten la comparación alocada, la quinta temporada vendría a ser lo que Cómo conseguir chicas fue a Yendo de la cama al living/ Clics Modernos/ Piano Bar/ Parte de la religión. Igual me gusta. Un estribillo detrás de otro: Sawyer destilando ironía (y sin remera, para felicidad de la platea femenina), Jack con sus clásicas indecisiones, Locke saliendo entre los matorrales de la selva en medio de la noche ante la sorpresa de los demás (¿cuántas veces lo hizo?), los primeros planos al ominoso rostro de Ben, los insufribles Rose y Bernard desencontrados (esta vez, por suerte, no les dedicaron un capítulo sino medio minuto). También hubo guiños erráticos: no era necesario que el espectro de Ana Lucía le dijera al esquizofrénico Hurley: “Te manda saludos Libby” (ya entendimos que está chiflado) ni que Faraday diera tantas vueltas para informarle a Sawyer que estaban dando saltos temporales.

Por lo visto, el unánime fervor de los seguidores por el quinto capítulo de la cuarta temporada (La constante), en el que Desmond iba y venía del pasado al futuro imbuido en un tópico ancestral de la ciencia ficción, tuvo sus frutos: volvió a aparecer la vieja canosa que controlaba el tiempo (ahora como una especie de consejera o jefa de Ben) y todo indica que esa será la abrupta dinámica que seguirá la serie.

No entiendo por qué los Otros o los Hostiles o quien carajo sean añadieron fuego a las flechas que les tiraron a Sawyer y compañía desde el otro lado de la Isla, es como la sirena de la policía: al final le terminás avisando al enemigo que se tiene que escapar.

John Locke era un filosofó inglés. Hume (apellido de Desmond) otro escocés. Penny se llama así por la novia de Ulises. Faraday era un químico que inventó algo así como una pantalla eléctrica para no sé qué cosa. Sawyer lee a Bioy. Ben a Philip Dick. Locke a Hemingway. Juliet a Stephen King. Es admirable de qué forma el recuento de tales referencias, fuera de su contexto, se asemeja a una suma incansable de esnobidades de erudito ostentador y, en el transcurso de la serie, funcionan perfectamente. Sin ir más lejos, lo mismo puede suceder con un cuento de Borges. Bueno, creo que fui muy lejos. Sayonara. Larga vida a Lost.

sábado 17 de enero de 2009

Apuntes veraniegos

Me dispongo a proseguir con mis distraídos apuntes veraniegos que no hablan de nada en especial y, por lo visto, no interesan a nadie (acaso por tal razón los publico un sábado de enero, día paradigmático de poco flujo en los blogs), características esenciales para que un texto sea denominado “apunte”. Incluso mi objetivo es escribir eso, apuntes sobre sucesos o cosas, pero mi tendencia insufrible a desembocar en sesudas conclusiones sobre la condición posmoderna convierte cada intento propio de este desprestigiado género en un híbrido amorfo. “Fuera de broma” (como se decía antes), creo que un buen ejemplo de apunte lo ofrecen las columnas que Quintín y Tabarovsky escriben en la contratapa del suplemento de cultura del diario Perfil. Últimamente invirtieron el orden y termino confundido, leyendo cosas de Quintín como si fueran de Tabarovsky y viceversa. Por ejemplo Quintín es un frenético anti K y Tabarovsky sin desbordar de simpatía por los K, es uno de los pocos (¿el único?) que escribió contra el accionar del campo durante el conflicto (que amenaza con un revival subido al tren de la Sequía que “nos preocupa a todos y nos hace infelices” según se entiende en los medios de comunicación). Terminada la digresión, comienzo a garabatear lo que pensaba escribir (se trata de una suma de comentarios, observaciones y anécdotas sin gracia que no sé de qué forma hilvanaré). Por otro lado, luego de esta pesada introducción, los pocos lectores que se disponían a leer el post han cambiado de parecer y seguramente deben estar haciendo actividades mucho más productivas y reveladoras sobre el curso del Planeta Tierra como ver qué hay de nuevo en facebook, enterarse el irrisorio nombre del nuevo presidente del Real Madrid, escuchar qué imbecilidades se le ocurren a los periodistas sobre un rally que no interesa a nadie pero pareciera ser lo más importante de la historia del deporte argentino y bailar, siempre bailar porque de otra forma no es divertido. Ya con el absoluto convencimiento de que estoy solo, de que me encuentro escribiendo para mi cerebro e individuos ruines predispuestos a aburrirse, comienzo. Hace unos días, con una sensación que podemos situar claramente entre el horror, la furia, el resentimiento, la tristeza, la confusión metafísica y el halo de tensión que deja una pesadilla, “la violencia acudió y un pájaro voló” (como canta Nebbia sobre la muerte de Lennon): descubrí que la librería Horacio situada al frente del conglomerado de edificaciones que muy amablemente la provincia le ha cedido al distinguido y ecuánime (por sobre todo ecuánime) empresario Aldrey Iglesias ya no estaba y para conseguir los libros que allí se vendían uno debe dirigirse a la sucursal que se encuentra en Catamarca y Alberti. Tal información (reseñada en un pequeño cartel pegado con cinta adhesiva que no sabe de sentimientos ni pasiones literarias ya que estaba al lado de otro, aun más vil, que incitaba al transeúnte a alquilar aquel espacio donde tiempo atrás moraban libros baratos para el fervor de los muchachos pobres) provocó en mí, finalmente, cierta incomodidad: en forma harto elocuente, desde hace un par de años a la fecha (por no abundar en precisiones), los lugares para comprar libros usados/viejos/ baratos en MDQ han ido esfumándose. ¿Qué me queda? El puesto del agradable clon de Cortázar en la plaza Rocha. La sucursal antes mencionada donde nunca hallé las maravillas que otros dijeron encontrar (libro de ensayos de Ballard, Obras Completas de Borges, Los Boys). Chesterton es una librería muy buena, pero en base a su prestigio creo que terminan vendiendo los usados al precio de los nuevos. Y yo (como todo joven que se dedica a leer y escribir) no tengo dinero para comprar libros nuevos en Fray Mocho o Ilusiones o El Atril o alguna de esas librerías horribles que más que librerías parecen Aeropuertos. Y si lo tengo (al dinero) prefiero subsistir y comprar provisiones porque si quiero leer y escribir, es necesario que coma. Y es más: a excepción de algunas exaltaciones pasajeras, no me interesan demasiado las novedades. Pero es una época implacable para quien gusta de leer. Y esto (a continuación se declarará una “verdad” exenta de argumento alguna) es culpa de los estúpidos que conforman la alta burguesía argentina que en vez de ser fascista y promover la cultura como antaño, ahora es fascista y adolece de cultura alguna. Los pude ver en Pinamar, donde fui a parar nuevamente poco menos de una semana (del domingo al miércoles último). Pinamar es una ciudad hermosa, debo decirlo (me atrae su peculiar arquitectura, las playas enormes, los pequeños bosques que se forman detrás de la costa, su estructura laberíntica), pero gran parte de la gente que allí toma sus vacaciones (eludamos las generalizaciones), a pesar del tostado de sus cuerpos, se asemeja en mentalidad a los pálidos zombies de las películas clase B. Iban los idiotas brillando por las calles en perpetua ostentación de bienes materiales que se autodestruyen al segundo de ser adquiridos: zapatillas, camisas, camionetas de grandes dimensiones, pechos artificiales. Con algo de vergüenza, afirmo que cualquiera que haya leído tres libros de buena calidad hasta el final (pongamos uno de Kafka, otro de Borges y otro de García Márquez, es decir, literatura al alcance de todos) puede sentirse un perfecto extraterrestre, un ser ética y estéticamente apartado de la marea de importantes perejiles que lo rodea. Si uno se abstrae (como uno termina haciendo, por supuesto; de otro modo sería imposible sobrevivir), la puede pasar bien, pero es pertinente no prestar demasiada atención a la inacabable horda de tontos adinerados. Sin embargo, en una seria broma del destino, una de las mejores librerías que conozco, se encuentra en esa ciudad. Allí me compré (como suelo hacerlo) tres libros sin gastar más de 30 pesos. La polémica novela de Nabokov, Lolita, rondaba mi mente desde hace años. El impacto que percibí al leer esa escritura entre irónica y minimalista que va desgranando perversiones varias fue grandioso: en una hora y media ya me acercaba a la página 100. Hacía bastante que un libro no me entretenía con tanta vehemencia y aclaro que soy lentísimo para leer. Es fascinante que una obra escrita medio siglo atrás todavía hoy pueda seguir causando tanta incomodidad en nuestra regularizada mente occidental. A raíz de esto, la estoy intercalando con el otro clásico que estaba leyendo en estos días: Adiós a las armas. Tanto me atraen tales mamotretos que temo enamorarme de una nínfula o postularme como conductor de ambulancias en una próxima guerra mundial. Las primeras 70 páginas del libro de Hemingway me aburrieron soberbiamente, pero gracias a ese chip demencial que tenemos los trastornados (que nos impide abandonar un libro empezado con mucha ansiedad), superé la etapa de tortura. Mi segunda adquisición fue producto del esnobismo. Probablemente no me hubiese comprado nunca un libro de aforismos. Probablemente no me hubiese comprado todavía un libro de un filósofo, cuando usualmente prefiero leer novelas, volúmenes de cuentos o biografías. Si no fuera Ludwig Wittgenstein por quien tengo una “admiración” basada en la huella que dejó una frase de su autoría que de tan mencionada no vale la pena repetir. Publicado originalmente en alemán en el año 1977 cuenta con un prefacio, un prólogo y un comentario sobre la presente edición que se encarga de advertir minuciosamente datos que intranquilizan al lector ya que parece no haber modo alguno de leer el libro:

“Antes de ir, directamente, al contenido de los AFORISMOS, notas o apuntes de los que se compone el libro y que, dicho sea de paso, debería leerse entero sin caer en la fácil tentación de volar por los pasajes que más le interesen a uno…”

“Otra tentación a la hora de leer el libro consiste en tomarlo como género menor, una pequeña diversión cultural o simple apoyo para adentrarse en la excéntrica personalidad del autor”.

“Libro que, como indicamos, no es ni autobiográfico, ni de memorias o confesiones ni se desarrolla en forma de diario. Es, en cualquier caso, un material excelente para conocer mejor al hombre Wittgenstein y para saborear su obra” (Javier Sádaba).

La mejor parte es cuando Georg Henrik Von Wright (“pavada-de-nombre-te-echaste” es la frase adecuada para este instante) en el prefacio informa que habría sido pertinente efectuar algunos comentarios para contextualizar los aforismos, pero que decidió no hacerlo:

“Al lector no familiarizado con la vida o las lecturas de W le parecerán oscuros o enigmáticos algunos de los aforismos si no se proporcionara mayor aclaración. En muchos casos habría sido posible ofrecerla mediante comentarios a pie de página. Pero, con unas cuantas excepciones, decidí renunciar a cualquier comentario”.

Todavía no he leído el libro en su totalidad, pero debo confesar mi estupefacción ante algunas frases que me recordaron a Ernesto Esteban Etchenique:

Es difícil describir un camino a un miope. Porque no se le puede decir: “Mira la torre de esa iglesia a diez leguas de nosotros y sigue esa dirección”.

Podría decir que si el lugar al que quiero llegar estuviera al final de una escalera, renunciaría a alcanzarlo. Pues allí adonde quiero llegar verdaderamente debo estar ya de hecho.
Lo que pueda alcanzar con una escalera, no me interesa.


Expreso lo que quiero expresar siempre sólo “a medias”. Y quizá ni siquiera eso, tal vez sólo en una décima parte. Esto significa algo. Mis escritos son con frecuencia sólo un “balbuceo”.

El tercer y último libro que compré fue Palabra de Bioy, una serie de conversaciones con el autor de El sueño de los héroes a cargo de Sergio López. Hace años que venía observando este volumen en las mesas de saldo y me decidí recién ahora. Se trata de una serie de reportajes que el periodista le hizo a Bioy desde 1991 a 1999. El material es estupendo (en realidad me interesan muchos las entrevistas) y, como siempre (lamentablemente para el “dandy”, quien odiaba que le dijeran tal epíteto), son muy abundantes las partes del mismo que se refieren a Borges. De esta forma, Bioy recuerda de qué modo veían sus compañeros de ruta a Borges (un mero “enfant terrible”), las tertulias insufribles en la casa de Victoria Ocampo, anécdotas escabrosas de todo tipo y color, el amor en Borges (comiquísimo cuando explica por qué Borges llamaba a su madre cuando salía a caminar con Estela Canto: “Mire, le explicaré una cosa: Estela Canto era casi ciega y, además, era borracha; Borges como se sabe, era casi ciego. Ellos salían a caminar (…) y Borges cada tanto le hablaba por teléfono a su madre para que se quedara tranquila, y Estela interpretaba esa actitud como una dependencia de Borges (…) En realidad ella sólo pensaba que dos ciegos, uno de ellos borracho, caminando de noche, podían morir atropellados en cualquier momento”), la ineptitud de Borges para con los deportes (inclusive para sostener una bocha) y las colaboraciones de Borges en El Hogar. Entrevistador y entrevistado, sorprendentemente, llegan a la conclusión de que estas últimas son de lo mejor que Borges ha escrito. Tal aseveración me sonó temeraria y hasta sospechosa (como cuando escucho afirmar a alguien que el mejor beatle es Harrison): la edición que compré justamente en Pinamar hace unas semanas mostraba a un Borges intermitente, lleno de ironía y con destellos de luminosidad (más que nada en la reseña de los argumentos de algunas novelas que no le gustaban), pero no mucho más. Al llegar a Mar del Plata caí en la cuenta de que el libro que tengo de colaboraciones en la revista El Hogar está conformado por lo que no entró en otro, llamado Textos Cautivos. Mi aversión por María Kodama (a la que Bioy, de paso, destruye) aumentó tres niveles. Y aquí (sin conclusiones facinerosas que soportar) termina mi apunte veraniego de la semana (sea ésta cual fuera). Sayonara.

jueves 8 de enero de 2009

Doble Post

La fotografía pertenece a la muestra Negocios cerrados, de Geraldine Lanteri

El amor en Bolaño

Conducta en la cola de los bancos

Si quiere comentar puede hacerlo aquí. Muchas gracias.

El amor en Bolaño

A principios del 2008 se estrenó Cloverfield. Se trata de una versión más del tan temido (como marketinero) acabose norteamericano en manos de una entidad monstruosa que destruye todo a su paso. La película tuvo cierta repercusión por dos cuestiones: 1) el productor es J.J Abrams, creador de Lost; y 2) dentro de la propuesta ficcional, las imágenes son tomadas por una cámara casera que el ejército de EE.UU recupera luego de producirse el ataque. Es decir que la perspectiva que tenemos es sólo la de uno de los tantos miles que llevan un artefacto de filmación cuando se da el cataclismo. Este dato inocente y remanido (que promueve toda una gama de cortes y tomas abruptas establecidas al detalle por el director para dar sensación de precariedad) asegura diferentes secuelas de la película filmadas desde otras cámaras digitales. El futuro, entonces, nos deparará una serie de Cloverfield que cuentan el mismo suceso principal (el advenimiento de un pariente de Godzilla a las costas de Manhattan) desde distintos enfoques subjetivos. “Pero”, se pregunta la platea, “¿acaso quien escribe está ebrio?, ¿el título de este texto no es “El amor en Bolaño”?”. Temo ser acusado de apología así que no voy a responder sobre mi estado etílico, pero, lo reconozco, el título de este texto es “El amor en Bolaño” y no debe haber forma más arbitraria de empezar a hablar de Bolaño y el amor que refiriéndose a una película de ciencia ficción sobre una bestia marina que se divierte tirando abajo rascacielos. O no. Traigo a colación este disparate porque creo que una de las razones que otorgan a la “obra” de Bolaño tal calificativo (porque es hora de justificar porque decimos que tal autor posee una “obra”, porque no es lo mismo Borges que Rosa Montero, carajo) es justamente el hecho de que el efecto que causa en el lector es el de estar asistiendo a una misma historia narrada desde diferentes perspectivas o enfoques o puntos de vista. Y este explícito machacar sobre un mismo motivo no resulta monótono, sino que más bien se constituye en el sustento fundamental del itinerario bolañesco. En su ensayo “Nadie, zafa, nunca”, dice Fabián Casas sobre otro coloso de las letras algo que bien podemos advertir en el chileno: “Creo que uno de los fuertes legados de Saer es este: escribir la obsesión, se esté o no en la época que la merece. No escribir escuchando lo que está “en el aire”, sino crear un mundo nuevo para que en ese mundo se cree también un nuevo lector”. Así en la obra de Bolaño se da cita la misma búsqueda (Cesárea Tinajero o Beno von Archimboldi, diversos nombres para una meta única). El mismo desierto (el que mira el personaje del cuento “Gómez Palacio” a través de la ventana del Hotel, el que atraviesan los espectros de algunos de sus poemas, el que aparece regado de cadáveres en 2666). La misma pulsión romántica sobre la literatura (la que lleva a Pelletier y Espinoza a viajar a Santa Teresa, la que pierde el rastro de Ulises Lima por ciudades latinoamericanas, la que enloquece a los personajes grotescos de Literatura Nazi en América). Y, finalmente, el mismo amor. Y el amor en el universo Bolaño no es entendido como una cosa menor, sino probablemente como un monstruo que, llegado el caso (y sin la necesidad de derribar rascacielos) puede ponernos en serios riesgos. Un monstruo que pisa fuerte. Un repaso breve sobre tres de sus textos (un cuento, el capítulo de una de sus novelas, un poema) nos ofrecerá el juego de puntos de vista en toda su dimensión. En este caso particular, creo que el gran acierto de Bolaño es haber erigido la “llamada telefónica” como el escenario ideal para reflejar todos los tormentos que pueden experimentar los integrantes de una pareja: la espera, el corte repentino, la angustia que genera no ser atendido (o ser llamado por alguien despreciado), el costo monetario que implica conversar desde una cabina pública, los cambios en el tono de la voz a través del tubo como hecho a ser interpretado, la respiración sin palabras como una de las formas de la amenaza, el desconcierto ante una frase polisémica. La conversación telefónica, en fin, como centro propulsor de paranoias varias, como hecho maldito de la cotidianeidad amorosa. Cheever (podemos aventurarnos) concibió una especie de “via crucis posmoderno” en el sufrido itinerario del sujeto que decide llegar hasta su casa atravesando cada una de las piscinas de sus vecinos (“El narrador”), Bolaño en el tipo abandonado (llámese B o Belano) que continuamente ingresa fichas en una máquina para comunicarse a la distancia con quien ama. No es casual, luego de esta ardua introducción, que el mejor libro de cuentos de Bolaño se titule Llamadas telefónicas. El relato homónimo comienza de forma, como dirían los chilenos, “harto” elocuente:

“B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado”.

Es claro que ese “Por supuesto” del principio supone toda una cosmovisión sobre el tema. ¿Por qué el hecho de estar enamorado asegura, de por sí, un amor desdichado? Porque el amor es peligroso, nos contesta una voz ominosa luego de leer a Bolaño (tal vez la que escucha Amalfitano en 2666), el amor no es, como se manifiesta en una película de John Cassavettes, “una fantasía que sólo se le ocurre a las nenitas”. Este maravilloso relato cuenta la historia de una pareja (B y X) que pasa años sin verse hasta que un llamado telefónico los reúne nuevamente. La historia está resumida de modo sintético en el primer párrafo:

“B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años”.

La maestría literaria de Bolaño permite acceder a espacios de gran vitalidad narrativa, en los que el autor desgrana, al mismo tiempo, ironía, un sentido de la puntuación basado en un laconismo de larga estirpe, capacidad para apuntar comentarios sugestivos y, por sobre todo, un alto grado de empatía con quien lee:

“Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días”.

El desenlace es trágico y tal vez importe poco, lo que se imprime en la mente del lector es la imagen (de profundas resonancias poéticas) de alguien con un tubo en la mano, discando un número, llorando, gritando, solo. Esa misma situación ocurre en la parte 24 del capítulo II de Los detectives salvajes. Allí, la gimnasta María Teresa Solsona Ribot narra los avatares de Belano en el tiempo que éste alquiló una habitación en su piso. Entre los dos nace una amistad principalmente fundada en la absoluta distancia de criterio de sus vidas. Belano se la pasa escribiendo, tomando té de manzanilla y, cuándo no, llamando a una andaluza que, según María Teresa, le tiene “sorbido el cerebro”. A continuación transcribo una escena paradigmática con algo de epifanía al revés en la soledad y la desesperación que causa:

“Volví a casa a las tres de la mañana y en uno de los teléfonos públicos del Paseo Marítimo me lo encontré. Lo vi desde lejos. Un grupo de turistas borrachos rondaba el teléfono que estaba al lado y que al parecer no funcionaba (…) A medida que me acercaba (iba con la Cristina) la imagen de Arturo se iba haciendo más nítida. Mucho antes de que pudiera verla la cara (estaba de espaldas a mí, empotrado en la cabina) supe que estaba llorando o a punto del llorar. ¿Era posible que se hubiera emborrachado? ¿Estaría drogado? (…) Él se volvió y me dijo hola. Luego colgó el teléfono y se puso a hablar conmigo y con la Cristina, que ya me había dado alcance. Me di cuenta de que se había olvidado de sacar las monedas de la ranura. Había más de mil quinientas pesetas”.

En su última entrevista, Mónica Maristain pregunta al chileno cuál de todos los paisajes de Latinoamérica que recorrió le viene primero a la memoria. “Los labios de Lisa en 1974” contesta el autor. “Lisa” (publicado en La Universidad desconocida), se titula, justamente, el poema de Bolaño que servirá como cierre de esta conjunción entre amor y llamadas telefónicas:

“Cuando Lisa me dijo que había hecho el amor
con otro, en la cabina telefónica de aquel
Almacén de la Tepeyac, creí que el mundo
se acababa para mí. Un tipo alto y flaco y
con el pelo largo y una verga larga que no esperó
más de una cita para penetrarla hasta el fondo.
No es algo serio, dijo ella, pero es
la mejor manera de sacarte de mi vida.
Parménides García Saldaña tenía el pelo largo y hubiera
podido ser el amante de Lisa, pero algunos
años después supe que había muerto en una clínica psiquiátrica
O que se había suicidado. Lisa ya no quería
acostarse más con perdedores. A veces sueño
con ella y la veo feliz y fría en un México
diseñado por Lovecraft. Escuchamos música
(Canned Heat, uno de los grupos preferidos
de Parménides García Saldaña) y luego hicimos
el amor tres veces. La primera se vino dentro de mí,
la segunda se vino en mi boca y la tercera, apenas un hilo
de agua, un corto hilo de pescar, entre mis pechos. Y todo
en dos horas, dijo Lisa. Las dos peores horas de mi vida,
dije desde el otro lado del teléfono”.

Conducta en la cola de los bancos

Uno de los misterios más enigmáticos de mi vida lo representan las personas que al ser parte de una cola, no avanzan. Algunos pueden justificarse por distraídos (de todos modos no comprendo cómo la gente no presta atención a lo que sucede a su alrededor: la única y mísera virtud de quien forma parte de una cola es estar atento al movimiento), pero otros son muy conscientes y lo hacen adrede. Lo pude ver en sus rostros. ¿Qué les pasa? ¿Contra quién se están revelando? ¿Qué nos quieren decir? En determinado momento lo harán (ya tarde, cuando el avance no supone ningún tipo de sorpresa o resarcimiento emocional ante el angustioso trámite kafkiano), pero pueden estar varios minutos con uno o dos metros a su disposición sin efectuar un solo paso. Sin dudas se trata de individuos ruines, rebuscados y soeces porque todos sabemos que el mecanismo de la cola funciona si hay ilusión de movimiento. Pero si alguien se queda quieto, paraliza el sistema y triunfa el tedio en forma abrumadora. En caso de ser hombres probablemente se trate de eyaculadores precoces: en vez de avanzar poco a poco y acabar en el orgasmo que significa convertirse en el primero de la fila, prefieren expulsar todo de golpe aunque nadie quede satisfecho. Esta gente es la que en un día de sol manifiesta que a la tarde se larga una tormenta. Esta gente es la que te ponés de novio y lo primero que te dicen es que no te ilusiones porque todo se termina en la vida. Esta gente es la que anticipa que el penal de tu equipo va a ser atajado por el arquero del equipo contrario. Y cuando tienen que hacer cola junto a otras 70 personas no tienen mejor idea que no avanzar.

En profunda contradicción con el sujeto anterior, se encuentra el que se acerca demasiado. Debe haber un espacio entre las personas, aire, una libertad para mover los brazos sin tocar al otro, sin embargo este sujeto se obstina en respirarnos en la nuca.

Otro sujeto extraño (aclaro aquí que no hago distinción de género en ninguno de los puntos) es el que se para al revés. En vez de mirar hacia delante, mira al que tiene atrás o el que está al costado. En algunos casos directo a los ojos: “Oiga, Señor, no quiero mirarlo a usted, quiero mirar una nuca”. Su actitud asume un fuerte tinte autoritario cuando a la mirada seria agrega un rígido cruce de manos.

Hay un tipo de sujeto que habita todo tipo de cola extensa. Se lo reconoce por girar en torno de sí mismo cual radar satelital, buscando comunicación. No importa de qué, el tipo quiere hablar de algo: el tiempo, su experiencia en ese banco, su trabajo. Entendiblemente, el tema que elige desarrollar con mayor frecuencia es con respecto al funcionamiento de la cola, por lo que lo podríamos llamar “meta-colístico”. A menudo se encuentra con conocidos que rechazan ostensiblemente el diálogo, pero el sujeto (en modo absurdo, ya que se expone gratuitamente ante los demás) se esfuerza en construir la conversación, incluso gritando preguntas y afirmaciones a través de la distancia que lo separa de su receptor, que se resiste mirando hacia otro lado y contestando con monosílabos.

Otro individuo frecuente es el comentador. No se dirige a nadie en particular, como el sujeto sociable, sino al público en general. Sus frases más características son, cronológicamente: “Cuánta gente”, “Falta poco” y “Ya estamos”. Este sujeto necesita expresar lo que está viviendo, transformándose en una especie de narrador o comentador deportivo de la cola. Probablemente sea de los que durante el acto sexual le va diciendo a su pareja todo lo que está haciendo y piensa hacer con sus genitales. Por razones en absoluto desconocidas, tal vez crea que hay gente en la cola que no sabe lo que está pasando (gente que ha sido abducida por extraterrestres para luego ser colocada, de pronto, en medio de una fila, por ejemplo) y por eso debe explicarlo.

Como en la Universidad y en la vida, siempre en una cola aparecen viejos que no entienden una mierda. Viejos que dan vuelta alrededor de la cola y observan con extrema incertidumbre, ni siquiera saben lo que está pasando (¿quizás a ellos se dirija el comentador?). Viejos que no entienden que la cola avanza en espiral y se ponen a esperar detrás de cualquiera. Viejos que son persuadidos de su error e incluso así no entienden.

Nadie, ni siquiera la persona más dura del Planeta Tierra, deja de sentir una estúpida sensación de alivio y felicidad cuando se encuentra en el primer puesto de la fila. No importa que uno tenga que pagar un complejo sistema de monotributo, una deuda de años, impuestos vencidos, la cola proporciona la única oportunidad en la que desprendernos de dinero nos hace levemente (durante esos minutos que dura la espera y el llamado del cajero) felices. Es difícil reprimirse una semi-sonrisa, una breve turbación, un éxtasis, una mirada de complicidad con el que está primero en la cola de más de 10 boletas (“si, estamos primeros, llegamos”), un paneo paternalista para observar el desconsuelo de los que recién llegan.

La cola del banco es hermana de otras dos situaciones de la vida cotidiana: el viaje en colectivo y el baño en el mar. Probablemente si uno se preguntara (dejando de lado el hecho pragmático de desplazarse de un lado a otro, pagar o refrescar el cuerpo) en medio de una cola repleta de gente apretada, un colectivo lleno o en una ola compartida con cientos de personas desconocidas, “¿qué carajo estoy haciendo acá?”, la respuesta nos llenaría de incertidumbres. En la vida normal no pasa eso. Es el ámbito el que nos empuja a actuar de determinadas maneras. Gran parte de las mujeres obligan a los hombres a un peregrinaje inacabable hasta observarlas en ropa interior y morirían de vergüenza si un desconocido las viese semidesnudas, en la playa le dan ese premio a cualquier que pase y ni siquiera se lo ponen a pensar. En la cola del banco sucede algo parecido: se dan amistades pasajeras, diálogos, complicidades. Un cruce de miradas puede significar un amor trunco (“¿cómo sé que ella/él no es la mujer/el hombre de mi vida?”), ¿no es así como se conoce la gente? Pero cuando pagamos o cobramos todo eso se esfuma, pasa a ser parte de una realidad paralela, la distancia social vuelve a imponerse y las dos personas que hasta hace minutos hablaban como si se conocieran de toda la vida, no se animan siquiera a un saludo de despedida. Ya están concentradas en avanzar hacia delante, exclusivamente hacia adelante.

lunes 5 de enero de 2009

Doble Post

El amor en Borges

Ilcorvino llegó al Chaco
Aquí puede comentar sobre estos posts tan veraniegos. Sayonara.

El amor en Borges

A menudo, Borges fue un autor más abocado a dedicarle poemas al estudio de la gramática anglosajona, una mezquita de Dakar, los pasos de un coyote en las arenas de Arizona o los sofisticados sueños de Alonso Quijano que al despecho o la belleza o la anatomía de una mujer. Es probable que las mejores variantes sobre el amor no se hallen en sus libros, sino en las anécdotas que la leyenda añadió a su vida, como cuando se fue a sacar una muela para aplacar el dolor de un desengaño (y no lo logró) o cuando Estela Canto le comunicó que iba a vender el manuscrito de unos de sus cuentos y contestó que si tuviera valor (o no fuera un cobarde o fuera un hombre, no lo recuerdo) se suicidaría. De todos modos, no son pocos los textos con su firma que tienen como factor central el quehacer amoroso. Tal vez no se les preste mayor atención por ser éste uno de los motivos más oscilantes (con respecto a la calidad acostumbrada) de su obra. En la trilogía de juventud (Fervor de Buenos Aires/ Luna de enfrente/ Cuaderno San Martín) son frecuentes las observaciones lacónicas sobre la ciudad, la reflexión sobre el tiempo y las trampas de la historia, pero también un par de ejercicios poéticos en los que se advierte, más que al reconocido escritor que pasa toda experiencia por el tamiz implacable de su inteligencia cerebral, una especie de chambón inexperto que se deshace en imágenes patéticas (“Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos”), comparaciones triviales (“Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo”) y observaciones insignificantes (“En nuestro amor hay una pena/ que se parece al alma”). Si en gran parte de la obra de Borges lo que parece resplandecer es la certeza de que esos textos no podrían haber sido escritos por otro que no sea él, en sus tímidos acercamientos a la temática amorosa tal idea se desarticula.

Ya en los años 40’, Borges aborrece el principio de su obra y, por consecuencia, esa visión particular sobre el amor. A partir de allí se puede comprender el tenor grotesco con que construye al “Borges” que narra “El Aleph”, uno de sus instantes de mayor lucidez literaria. Enamorado de la fallecida Beatriz Viterbo, prima del inefable Carlos Argentino Daneri (paradigma del “escritor nacional” que se propone “versificar toda la redondez del planeta”), dice, a solas, a un retrato de su amada:

“-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.

Claramente, Borges se ríe a las carcajadas mientras elabora estas desopilantes líneas de diálogo más propias de Ernesto Sabato (que en El Túnel llega a escribir: “Sentí que una caverna negra se iba agrandando dentro de mi cuerpo”; y en Sobre héroes y tumbas la apoteótica frase “Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas”) que de su pluma. A medida que la obra de Borges se va desarrollando, el amor (encarnado en un ser como objeto de un deseo sentimental y/o sexual) se pierde. El nivel más bajo se puede hallar en el cuento “Ulrica”, de El libro de arena. Aún hoy son muchos los que se preguntan qué quiso hacer Borges al escribirlo. Tal vez ser Bioy Casares. Está claro que no lo consiguió, más bien terminó demostrando que seguía siendo el mismo chambón inexperto de otrora. En este relato (indigno de la obra de Borges, casi enternecedor en su vulgaridad) un profesor colombiano de paso por Inglaterra conoce a la noruega que da nombre a la pieza. Lo peor del cuento es que las conversaciones que los dos personajes intercambian son tan sensacionales como inverosímiles, produciéndose un efecto de lectura cercano a la ridiculez. Y es muy extraño adivinar en Borges (que puede promover la indignación, el elogio y hasta la emoción) el signo de lo ridículo, como si fuera un escritor cualquiera:

“Soy feminista- dijo. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol”.

“Me preguntó de un modo pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé –le respondí-. Es un acto de fe.
-Como ser noruega –asintió.”

El cuento avanza, los amantes realizan un altisonante contrapunto literario sin mayor resolución hasta que entran en una posada. Allí se entreve la posibilidad de que Ulrica sea una aparición, aunque lo único que reverbera en las últimas líneas es esa anemia sexual tan característica del narrador borgeano, incapaz de referir el más mínimo roce de dos cuerpos sin ponerse colorado, lo que lo obliga a finalizar abruptamente:

“Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica”.

Antes del fin (como diría el vecino de Santos Lugares) debo mencionar “El amenazado”, un poema en prosa aparecido en el recomendable volumen El oro de los tigres (1975). Su contenido incomoda, ya que fácilmente podemos vislumbrar en él ese tipo de poema “desgarrador” y “tierno” que los insoportables enamorados mandan a sus novias, entre algunos de los más odiosos versos de Benedetti, Neruda y Eduardo Galeano. De todos modos, en algunas líneas (especialmente en esa lograda observación que no sólo justifica el poema, sino todos los intentos borgeanos con respecto a la temática abordada: “Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles”) se puede apreciar un rasgo distintivo:

"Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto).
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo".

Sayonara.

Ilcorvino llegó al Chaco

Precidido por algunas elogiosas "consideraciones arbitrarias" (que desde ya agradezco), un post que publiqué hace unas semanas en este blog, fue impreso el sábado en el suplemento Show On del diario Primera Línea del Chaco. El responsable: Guido Moussa. Las víctimas: los lectores. Muchas gracias.