martes 31 de marzo de 2009

Sale el espectro

Ayer, luego de 8 meses sin tocar, Charly García ejecutó un mini concierto en la Basílica de Luján. Los esfuerzos del periodismo por negar la evidente situación de precariedad fisiológica del músico rozaron con una farsa organizada al estilo “Los 6 de Oceanic”. De repetirlo tanto, quizás nos creamos que Charly está bien (y que nunca fue tanta gente a ver a la Selección y que De Narváez es un empresario potable y que Hebe de Bonafini dice puras boludeces). Algunos trasnochados hablaron de “resurrección” y de un semblante “fantástico”, otros, más cautos, prefirieron el silencio y evitaron comentar lo ocurrido. Ya desde los pasos titubeantes hasta el primer quejido sin fuerza en la frase inicial de “Demoliendo hoteles” el escalofrío fue permanente, no exactamente por lo emotivo del momento, sino por lo innecesario: es probable (o no, quién lo sabe) que, de esperar unos meses más y seguir con el tratamiento, García recupere parte o toda su vitalidad. Lo de ayer, en cambio, y por más hiriente que suene, fue una sucesión de escenas que lindaron con el patetismo y nos llevan a preguntar por qué las cosas se obstinan en ser más allá de sus propios límites. ¿El show siempre debe seguir? Lo que algunos observan como robustez o gordura, no es más que la hinchazón producida por los efectos de los químicos de la desintoxicación. La recurrente tranquilidad o paz de la que García dice gozar se asemejó, aunque sea arriba del escenario (y también en la entrevista que concedió a un azorado Bebe Contempomi), a la decrepitud. La mirada “serena” denota más bien un continuo extravío. Cuando terminó la versión del himno equivocó el camino de salida, pero unos tipos se lo llevaron violentamente hacia la camioneta en la que había llegado. Esa imagen me pareció ominosa: ¿con qué necesidad García (o quienes lo manejan cual muñeco articulado) decidió exponer toda su ineptitud psicomotriz? Con la misma que viene haciéndolo desde hace décadas, contestaran algunos. Sin embargo en estos años de sonido y furia, hubo recitales y algunas canciones que justificaron ciertos excesos. Lo de ayer fue a todas luces penoso. En un acceso de locura comprendí a los trastornados de “Queremos tanto a Glenda”. Por un segundo creí que, en un gesto más de su clásica mordacidad (como cuando invitó a las Madres de Plaza de Mayo mientras tocaba “Kill my mother” o gritó “No bombardeen Barrio Norte” en plena guerra de Malvinas), estaba siendo irónico, diciendo: “Miren lo que han hecho de mí por querer verme sano”, pero en el reportaje de Telenoche se advirtió claramente que no es consciente de su condición real. Cuando “cantó” “No me dejan salir” me convencí de que en realidad lo habían secuestrado y que la única forma que tenía para comunicarlo era a través de uno de sus más entrañables hits. Nadie sobrio esperaba que el autor de “Canción de dos por tres” afinara (como no sucede desde hace 20 años) o se mostrara absolutamente curtido como para manejar su típico ensamble de teclados luego de un largo tiempo de inacción, sin embargo la performance de Luján, por más que de ningún modo se pueda juzgar desde el punto de vista musical, arrojó más inquietudes que certezas: ¿cuál es la naturaleza de la relación que lo une con ese oscuro personaje llamado Palito Ortega?, ¿desde qué punto de vista se pueden justificar las desintoxicaciones si estos son los resultados?, ¿dónde está Charly García? Termino con una declaración de Palo Pandolfo en la primera edición de No digas nada (1997), la biografía de Sergio Marchi: “Charly es una usina, es evidente, pero es tan jodida la opinión pública y el morbo, que me molesta cuando se alimentan de él. A mí me gustaría que el tipo agarrara, desapareciera, se fuera a la India o Berlín, y se nutriera de otras cosas. Alejarse de la escena, de todo. El tipo está para más. Me lo imagino volviendo y avanzando de nuevo”. Say No More.

jueves 26 de marzo de 2009

JOHNSTONMANÍA

Un par de semanas atrás Kaspar Houses me contó que hace un tiempo, deambulando por Paraná se encontró con un “nenito” (un músico del que no recuerdo el nombre pero que tocará en Bs. As dentro de poco) que le pasó unas grabaciones de un tal Daniel Johnston. Por la precariedad del sonido o del arte de tapa o de las dos cosas juntas, Houses creyó que el verdadero compositor era el “nenito”, pero luego de escucharlo y maravillarse, cayó en la cuenta de que el tal Daniel era una especie de mito del under norteamericano que había llegado al público masivo (luego de un largo derrotero repleto de anécdotas inefables y grabaciones caseras) a principios de los 90’ cuando el finado Kurt Cobain se paseó por cuanto lugar hallara con una remera con el dibujo de tapa de “Hi, How Are You”, cassette legendario fechado en el año 1983. La recomendación de Houses con el asentimiento de Moscardi me pareció suficiente para adentrarme en el mundo de Johnston, de quien había escuchado hablar demasiado con la seguridad de que no me agradaría y el aplomo de los que ignoran la duda. Justamente a la semana siguiente el canal de cable I-Sat pasó un documental titulado The devil and the Daniel Johnston (2005), donde con un pulso narrativo excelente se cuenta la asombrosa vida de este maníaco depresivo/fanático religioso capaz de estrellar helicópteros creyendo que es Casper, incitar a ancianas a tirarse de la ventana, pasar temporadas en hospitales psiquiátricos, no firmar con Elektra Records convencido de que Metallica ha hecho un pacto con el diablo y (lo único importante) componer las más hermosas canciones de amor de las últimas décadas inspiradas en una tal Laurie que nunca lo quiso. Como me sucedió con el libro Espacios Libres de Mario Levrero, me convertí en un predicador evangelista de Daniel Johnston y me di cuenta de que soy algo peor que un esnob: un esnob que llega tarde.

Descubrir la música de Daniel Johnston sin saber nada de él es casi como ir por la vida tranquilo y, de pronto, enterarte de que existe la obra de Charly García o Lennon o Dylan o Spinetta (1). Es decir que mientras vos dormías y pensabas que no había nada nuevo bajo el sol, allí afuera había alguien ferozmente egocéntrico con decenas de discos sofisticados (en el caso de Johnston, más bien ferpectos, porque varias de sus virtudes residen en defectos insalvables de su fisiología musical: la voz, el modo de tocar los instrumentos, su personalidad), “genuinos” en el sentido más radical del término y, por momentos, con el tinte inhallable de la genialidad. Como es usual en una persona tan desagradable como quien escribe (que bajo su aparente desenvolvimiento impasible esconde una obstinación crónica por no perderse nada y estar al tanto de todo lo que sucede en el globo terráqueo) a los dos días me había bajado toda la discografía de Johnston, una treintena de discos, cassettes y ep’s apta para melómanos anónimos. A decir verdad, por la calamitosa forma de grabación, varias de sus obras me parecieron inadudibles (incluso algunas de las más conocidas como la mencionada Hi, How Are You o Yip/Jump Music). En cambio aquellas que cuentan con un mínimo cuidado o fueron grabadas en estudio contienen gemas inolvidables.

La música de Johnston posee una doble dimensión: por un lado varias de sus melodías (imprecisamente ejecutadas con una guitarra criolla desafinada o solo con su piano) son simples y evocan, desde su estilo lineal, un cancionero infantil; por otro, las letras, aunque no en todos los casos, suelen ser terribles y profundizar poéticamente sobre temáticas complejas como el amor no correspondido, la muerte, la locura, la soledad o el paso del tiempo. La identificación del oyente con la música de Johnston reside en que éste expresa sus emociones sin filtro alguno, como habitualmente nacen los sentimientos en la mente de quienes sufren. Para comprobar esta oscura argumentación hace falta escucharlo. Desde el punto de vista musical, Johnston es un espíritu típicamente punk, pero sus mejores momentos son cuando toca country y baladas para piano. Se hace inevitable mencionar a los Beatles (incluso uno de sus temas se llama “The Beatles”), en especial a Lennon. Mucho de Plastic Ono Band y la caja Anthology se huele en estas grabaciones desnudas, en esos gritos primales y ese vacío existencial. Pero donde Lennon exudaba ira, Johnston exuda el hastío de una vida sin novedades ni perspectivas de futuro: “Oh, Señor, que aburrido estoy”, se oye al principio de esa joya de la brevedad titulada “Held the Hand”, tercer tema de 1990, a mi entender la obra maestra del maníaco. Allí también se encuentra la clásica “The Devil Town” cantada a capella, el optimismo de “True Love Will Find You in the End” y “Some Things Last a Long Time”. Este último tema puede ubicarse fácilmente en el top ten de los más maravillosos temas tristes de la historia. Elaborado sobre un acorde de piano monótono que linda con el minimalismo, Johnston canta:

Your picture is still on my wall
(Tu fotografía todavía está en mi pared)
The colors are bright, bright as ever
(Los colores son brillantes, tan brillantes como siempre)
Red is strong and blue is pure
(El rojo es fuerte y el azul es puro)
Some things last a long time
(Algunas cosas duran largo tiempo)
Some things last a long time
(Algunas cosas duran largo tiempo)

Your picture is still on my wall, on my wall
(Tu fotografía todavía está en mi pared, en mi pared)
I think about you often, often
(Yo pienso en ti a menudo, a menudo)
I won't forget all the things we did
(No olvidaré las cosas que hicimos)
Some things last a long time
(Algunas cosas duran largo tiempo)
Some things last a long time
(Algunas cosas duran largo tiempo)

It's funny, but it's true
(Es divertido, pero es cierto)
And it's true, but it's not funny
(Y es cierto, pero no es divertido)
Time comes and goes
(El tiempo viene y va)
All of the while, I still think about you
(Durante todo el rato, todavía pienso en ti)
Some things last a long time
(Algunas cosas duran mucho tiempo)

Your picture is still on my wall
(Tu fotografía todavía está en mi pared)
The colors are bright, bright as ever
(Los colores son brillantes, tan brillantes como siempre)
The things we did, I can’t forget
(No puedo olvidar las cosas que hicimos)
Some things last a lifetime
(Algunas cosas duran toda la vida)


Este es el tema que cierra el documental dejando una sensación de angustia bastante inquietante. Otros discos recomendables son Artistic Vice (que cuenta con los hits instantáneos “Honey I Sure Miss You” y “Tell Me Now” y la psicodélica “I feel So High”), Fun (primer disco grabado para un sello de 1994, del que sólo vendió 6000 copias), Berlin 1999 (disco en vivo mayormente al piano con bellezas oníricas que recuerdan a Spinetta (¿?) como “I had a dream”), el excepcional Fear Yourself (con una producción, por fin, acorde a la calidad de Johnston), el ep Laurie (“The Monster inside of me” justifica la existencia de su autor) y Lost and Found (2006), con grandes temas propios reversionados al estilo “fabs fours” circa 1967, como sucede con “History of our love”. Sayonara.

(1): Tal comparación no debe entenderse literalmente, aunque de leerse literalmente el curso de la Humanidad no cambiará su rumbo, claro está.

jueves 19 de marzo de 2009

La suma de todos los miedos

Como en una de esas películas ambiciosas en las que se entrecruzan una multiplicidad de historias (a las que tan afecta fue la década que, ¡oh no!, ya se termina) para dar cuenta de la condición inefable de la supuesta/aparente/cuestionada era posmoderna, ayer se interpusieron una serie de debates y manifestaciones que aseguran (además de actividad laboral para quienes hayan elegido estudiar Sociología) la existencia más o menos perdurable de problemáticas sociales de inquietante calibre. Para comprobarlo, sólo hace falta sumar algunos de los personajes que tuvieron mayor relevancia durante la jornada y apreciar el resultado:

De Ángeli + Blumberg + Patricia Bullrich + Facha Martel + Rabino Bergman = Expiración de la Humanidad

En primer lugar el gobierno logró que la Cámara de Diputados aprobara la media sanción de su ley de off-side eleccionario. Debo decir que la medida no produjo en mí el más mínimo impacto. Creo que la razón principal de este sentimiento es que se trata de una posición ambivalente: fuera de valorarla como una jugarreta política levemente inteligente, ni los ultra K pueden defenderla con algún tipo de argumentación concreta (la explicación de Christine me pareció tirada de los pelos; el diario Perfil aprovechó, con la altura periodística que lo caracteriza, para remarcar las ojeras de la presidenta) ni la oposición suena creíble escandalizándose cuando ante el anuncio de Macri no se oyó ninguna voz en contra. Como si no bastara, comenzaron a repetir el patético “Rap del arraso institucional y el autoritarismo”, razonamiento endeble si se tiene en cuenta que probablemente desde la vuelta de la democracia ningún gobierno como éste agitó el avispero del debate masivo e hizo de las votaciones parlamentarias un asunto de interés público.

En medio de la discusión en Diputados, hizo su aparición De Ángeli, que ya parece Jason: aburre y no asusta a nadie. Desgranó su rudeza verbal teledirigida (¿quién es el vago mental que les da letra a los opositores?: todos hablan exactamente igual) y amenazó, ahora sí, con el derrumbe definitivo del campo todo. La Mesa de Enlace (a esta altura el nombre parece lo que fue desde su origen: una broma de mal gusto) anunció que si el gobierno no hace lo que ellos quieren (eliminar las retenciones, provocar la lluvia, dialogar personalmente con cada uno de los productores del país y preguntarles cómo la están pasando) volverán a cortar las rutas. Con la cantidad de alianzas tácitas que los dirigentes rurales fueron afianzando con los partidos anti-K en el transcurso del conflicto, es claro que ya no les conviene que el problema se solucione. El domingo el diario Perfil publicó una entrevista al ingeniero agrónomo Horacio Giberti realizada por Magdalena Democrática Ruiz Guiñazú. Titulada erráticamente “Los errores del Gobierno y el campo”, Giberti se dedica a destrozar cada uno de los caballitos de batalla del sector rural, tanto es así que cuando dice que los pools de siembra favorecen la concentración de riqueza (con la responsabilidad que le corresponde al productor), Magda exclama “Los chacareros no dicen eso, ingeniero…”. Luego afirma que para soportar un año agrícola sin vender hay que tener una capacidad financiera importante y Magda le sale al cruce, tan inocente: “Ingeniero, disculpe mi ignorancia, pero ¿cuál serie la objeción a este almacenamiento? ¡Enhorabuena que la tierra produzca y se pueda acopiar!”. A los que Giberti responde: “pero entonces no es compatible tener cinco o seis millones de toneladas acumuladas sin vender y proclamar que la situación del campo es desesperante”. ¡Pobre Magda, ella nunca se había puesto a pensar estas cosas!

Por último, la escalada verbal de mano dura promovida por los famosos tuvo su correlato social en una serie de manifestaciones ocurridas en distintos centros urbanos del país. Se esperaban más de 50.000 personas para el otrora Susanazo. Al final tuvo más adeptos virtuales (a través de facebook) y los concurrentes a la Plaza de Mayo (cuya amorosa frase que los unió es “el que mata tiene que morir”) tuvieron que disgregarse para hacer creer que estaba llena. Para que nadie sospechara que se trataba de fascistas y dar idea de amor y paz, los oradores del acto fueron representantes de distintas religiones (un sacerdote, un rabino y un islámico) que desde hace algunos siglos se dedican a exterminarse entre sí… En la City Japi, en cambio, el acto (en la Catedral enrejada y luego en frente de la Municipalidad) fue, a su nivel, multitudinario. Estamos ante un hecho trascendente si tenemos en cuenta la tendencia usual del ciudadano marplatense a la indiferencia (según Kaspar Houses esto se debería a la influencia del pensamiento de Pascal en MDQ, quien postulaba que los problemas comienzan cuando se sale de la pieza). Sin embargo esto no debería sorprender a nadie, el año pasado el diario La Capital publicó una encuesta en la que más del 70 por ciento de los marplatenses estaban a favor de la pena de muerte. La solución esbozada (en la línea original y reflexiva de gemas de la sabiduría popular como: “Que vuelva el Servicio Militar” y “A estos negros hay que matarlos a todos”) es que Gendarmería salga a la calle. Con este pase mágico, la seguridad estaría, valga la redundancia, asegurada y años de desigualdad social, injusticia, sistemas perversos que propulsan el resentimiento, Catupecu Machu, Heinze, floggers y estupidez generalizada dejarían de tener consecuencias en la dinámica estructural de la sociedad argentina. Y si con eso no alcanza: ¡los matamos a todos! ¡Ja, ja, ja!

domingo 15 de marzo de 2009

Conflicto Maradona/Riquelme

Perdonen el título, a un año de las re-tensiones me agarró nostalgia por aquellos tiempos llenos de ideales y utopías setentistas... Aunque la idolatría masiva de la hinchada boquense lo haya convertido en un monstruo y la timidez de otrora haya mutado en una soberbia lacónica que linda con la locura (como Maradona, Román también se refiere a sí mismo en tercera persona), Riquelme es (qué duda cabe) un jugador de fútbol soberbio que se mueve dentro del perímetro de la cancha con la seguridad que sólo poseen los colosos del deporte. Creo que el partido final contra los brasileros que jugó en la Copa Libertadores 2007 es la muestra más cabal del genio futbolístico. Después de Maradona, sin dudas, se trata del jugador más extraordinario que ha dado el fútbol argentino. (Los demás, en su mayoría talentosos enganches que River promovió en la década del 90’, se perdieron entre lesiones y carreras accidentadas). Tanto es así que (como Antonio Di Benedetto concibió una sintaxis inusual en Zama, por trazar analogías disparatadas), por poco se podría afirmar que JRR inventó un ritmo inexistente para manejar los hilos de un equipo. Su enfrentamiento mediático con este Maradona errático adepto a las declaraciones efectistas (y el séquito de lamebotas que lo defiende por TV) sirve como paradigma del nivel del llamado “ambiente del fútbol”. El ambiente del fútbol vendría a ser un baño sucio con las paredes destruidas y olor a mierda. No se pueden autocalificar como periodistas deportivos objetivos quienes inician un proceso para que una calle de Bs. As. lleve el nombre del DT de la selección. Eso mismo propusieron a Maradona quienes le hicieron la nota de la discordia. Fue casi tan obsceno como cuando De Narváez fue a La Cornisa el domingo pasado. Maradona, quien se siente a gusto entre quienes lo ensalzan por cada estupidez que dice (o dos partidos amistosos insignificantes), ¡aceptó la propuesta! Después lo mandó en cana a Riquelme en forma deliberada manifestando públicamente dichos que deberían haber sido señalados cara a cara. Se notó (en el cuidado con que eligió cada palabra) que no hubo mucha espontaneidad. Atisbo incluso la influencia de los mismos periodistas que lo acompañaban, a quienes utiliza como contacto para comunicarse con los jugadores (¿?).

Hay varias “verdades aceptadas” sobre Maradona que no guardan relación con la verdad. Una es aquella que dice que no se deja llevar por nadie (como si se tratara de un pensador autónomo y no un intuitivo creador de eslóganes), algo refutado claramente en la variedad disparatada de sus elecciones políticas. Maradona es como la gallinita de los puntos cardinales y, en su obsesión (y de quienes lo rodean) por sintetizar el ser argentino (por otro lado, inexistente o, en caso de existir, un reverendo idiota), se dirige adonde lo lleva el viento. Otra es la que se esfuerza en sostener la idea de que la aceptación de su persona en la sociedad todavía sigue teniendo los niveles de antes. Maradona ya cansó a propios y extraños. Su insufrible discurso sobre la camiseta y la Patria y la mística se asemeja al de un CD rayado y no conmociona a nadie (a pesar de lo que los gestos de Recondo puedan hacer pensar). Si el trapo blanco y celeste tuviese tantas reminiscencias primordiales para el funcionamiento de la vida no valdría 300 pesos y no tendría un sponsor en el pecho. Valiéndose de este argumento anacrónico, algunos se escandalizan porque Román renunció a un fucking combinado de multimillonarios, pero aceptan que el vicepresidente sea el jefe de la oposición.

Por otro lado, el apoyo mediático al súper-publicitado Messi y el desdeño por la personalidad de Riquelme significa que otra vez ganaron los malos. No sólo se critica a Riquelme porque supuestamente no es “patriota”, sino porque no se ríe, es un amargo, no baila cuando festeja un gol, es lento a la hora de declarar, se estanca en silencios ominosos, no busca ni entiende la familiaridad hipócrita que demandan los tiempos modernos. Riquelme no debe tener Facebook, no quiere tener un millón de amigos porque sabe que es imposible, es un solo un freak que juega al fútbol (no siempre, por supuesto) endemoniadamente bien y te la hace corta. Y como hincha de River observador me atrevo a decirlo: es el ídolo más grande de la historia de Boca o, aunque sea, el que más gravitó en la historia de ese Club. Cambio y fuera.

miércoles 11 de marzo de 2009

+ de lo mismo

Presiento que la última fantasía reaccionaria del espectro argentino denominado “opinión pública” (tenazmente alentada por pensadores sofisticados del sentir del pueblo), es decir, no estar de acuerdo con la Pena de Muerte pero desear la muerte en caso de que alguien cercano sea asesinado (en pocas palabras), se relaciona tanto con el instinto natural de defender a un ser querido como con el deseo general de matar a los “negros”. El ciudadano común (deberíamos dejar de especificar sobre la clase media-alta: a decir verdad, entendiblemente y por cuestiones educativas, las fracciones de bajo ingreso también suelen ser conservadoras) visualiza la muerte de un delincuente por mano propia con la constancia crónica de una obsesión sexual. Las distintas e hipotéticas formas de matar a los “mal vivientes” (colgarlos, fusilarlos), al ser verbalizadas confluyen en un orgasmo de características retrógradas. También demuestran una peligrosa delectación mental por parte del hablante, como si lo único que lo dejara tranquilo fuese la fantasía de acabar con la vida de quienes lo aterrorizan (dudosa receta basada en la fórmula “Escabrosidad + Escabrosidad = Justicia”). La serie de famosos que tomaron la voz cantante descubriendo el “desamparo” ante un Estado ausente (Susana Giménez, Marcelo Tinelli, Moria Casán, Cacho Castaña; incluso Spinetta aclaró que no estaba a favor de la pena de muerte, pero que no tenía dudas de que a algunos debían meterle un tiro en la cabeza) explicita el pensamiento general de un amplio sector de la sociedad. Inclusive que un espécimen del nivel de Susana Giménez (conductora de TV reconocida especialmente por su estupidez, su ingenuidad, su desinformación) sea el agente paradigmático de esta corriente (vieja en sus contenidos esenciales pero revitalizada en sus modos: ahora está en boga y aceptado como algo entendible el monólogo contradictorio del habitante que “paga sus impuestos” y está desencantado con la clase política que votó y la estructura social que ayudó a establecer) propulsando un disparatado “Susanazo” posee un sentido inequívoco que cada uno está en condiciones de revelar. Sayonara.

viernes 6 de marzo de 2009

1999 (2da. Parte)

La putita de Sacoa

Estuvimos como una hora decidiendo adónde ir. El Gordo quería ir a Plaza; en no sé cuál concurso ganó una tarjeta con diez pesos de carga. Facundo a Sacoa, porque todas las tardes va una minita que dicen que es puta. Se pone unas calzas azules y si le insistís un poco, te da un pico, me dijo Facundo. ¿Y a qué va esa minita? La minita va a darle picos a los pibes, dijo Facundo, porque es putita y no le importa nada andar dando besos por ahí. ¿Y a nosotros también nos va a dar picos? La minita es putita, Gordo, dijo Facundo, le da lo mismo cualquier lengua a la muy putita. Vamos a Sacoa, vamos a Sacoa, dijo el Chino, yo la conozco a la putita esa. Muy putita, dice Facundo. Miramos al Gordo y empezamos a caminar. Como está empezando a hacer calor, en el camino nos cruzamos con un montón de minitas en musculosa o con unas remeras bien chiquitas que nos vuelven locos. Facundo dice de todo a las minitas que pasan. El Chino no hace más que asentir con la cabeza y repetir lo que dice Facundo. El Gordo se pone colorado. Y ellas, como si nada. Es que son todas putitas, dice Facundo, mi viejo dice que son todas putitas. ¿Tu mamá también es putita?, dice el Gordo, riéndose, con los cachetes llenos de papas fritas ya que se compró un paquete en el camino. Facundo se pone todo rojo y le pega una piña en la panza. Eso te pasa por gordo entrometido, le dice. El Gordo baja la cabeza y, a punto de llorar, dice: Yo quería ir a Plaza.

No hay mucha gente. Buscamos a la putita de Sacoa por todos lados pero no la encontramos. No aguanto más, dice el Chino, quiero verle esa tanguita que se pone. Se le nota todo, dice Facundo, como a la profesora de Historia. La profesora de Historia es otra putita, dice el Chino. Bien puta, dice Facundo, bien puta y encima, vieja. El Gordo se compró un paquete de confites y se los come como uno de esos negritos panzones del África, como si desde el año pasado no comiera, dice el Chino. Gordo, comé como un ser humano, gordo elefante, nos hacés pasar vergüenza, dice Facundo. El Chino y yo nos reíamos a las carcajadas. Justo cuando pasan unas chicas rubiecitas, bastante lindas pero que no están desarrolladas, el Chino, re vivo, le dice al Gordo, bien alto: Gordo, nos hacés pasar vergüenza. El Gordo se pone todo furioso y dice que se va a Plaza. Siempre hace lo mismo: amenaza con irse. Se enojó el Gordito Gay, dice el Chino, se enojó el Gordito Gay. Cuando se está por ir, lo agarra por el cuello y le dice que se quedé, que sino nadie nos paga un Daytona. El Gordo no quiere saber nada, pero lo convencemos. La carrera la gana Facundo. De cabo a rabo. Maneja el volante como los dioses y, claro, si Facundo hasta sabe manejar autos de verdad: todos los fines de semana el tío lo lleva al Parque Camet y practica. El Gordo sale último. Todos nos reímos en su cara y le decimos que ahora sí se puede ir. Ahora me quiero quedar, dice él. Claro, dice Facundo, abrazándolo, ¿sino quién nos va a pagar todo?

Nos sentamos en los bancos de unos videojuegos que nadie usa pero vino una minita que trabaja en Sacoa y nos dijo que si no jugábamos nos teníamos que ir. El Chino la miraba hipnotizado y apenas se dio vuelta, empezó a tocarse la verga. ¿Qué hacés Chino degenerado?, pregunta Facundo, a las carcajadas. El Chino no dice nada y cuando se saca la mano de abajo del pantalón, tiene una erección de dos metros. Entonces lo agarra al Gordo contra la pared y se lo empieza a apoyar mientras le pellizca los rollos de la panza. El Gordo se ríe. Es que le gusta, dice Facundo, es que le gusta. ¿La minita esa, también era putita?, pregunta el Chino. Seguro, contesta Facundo, ¿no viste la cara que tenía?

Salgo afuera a comprar unos chicles. En el camino me cruzo con Julieta, una chica que va a nuestro curso. Está muy buena y es, según dice Facundo, bien putita. ¿Qué estás haciendo?, me pregunta. Estoy con el Gordo, el Chino y Facundo, dando vueltas. Ah, dice, yo me vengo a comprar una malla nueva, para el verano. Intercambiamos algunas palabras más. Chau, nos vemos algún día en la playa, dice al final. Cuando reparto los chicles, les cuento a los chicos lo que me dijo Julieta. Facundo dice: Vamos. ¿Dónde?, pregunta el Gordo. A ver como se prueba la malla, debe estar en un local de esta galería. Pero no se ve nada, dice el Gordo, se desnudan en unos cambiadores que tienen unas cortinas o unas puertas. No mientas, Gordo, dice Facundo, vos no sabés nada de todo eso. Facundo y el Chino se van a buscar a Julieta por los locales de la Galería Sacoa y el Gordo se queda conmigo, buscando a la putita. Cuando ya se fueron, el Gordo me invita a jugar un partido de Virtual Striker. Dale, le digo yo. Jugamos 5 partidos seguidos. Después le damos un rato al Pacman. Más tarde corremos dos o tres carreras. Cuando el Chino y Facundo se van, el Gordo me cuenta los problemas que hay en su casa. En resumidas cuentas, el Gordo tiene miedo de: que sus padres se separen, ser virgen hasta los 60 y no aprobar gimnasia. Yo me quedo callado y le digo a todo que sí, no vaya a ser que deje de pagarme los videojuegos. En algunas oportunidades lo aconsejo o le cuento alguna de las discusiones que tengo con mi mamá. Me abre la puerta sin avisar, me ordena la habitación y me pierde todo, me pregunta mil veces cada cosa. Es demasiado, le digo al Gordo, hay veces que me quiero escapar de mi casa. De repente, siento que me pegan una patada en la espalda. Es Facundo, que nos pregunta qué estuvimos haciendo. Jugando, dice el Gordo. Nosotros la vimos a Julieta en tanguita. Qué flashero que sos, dice el Gordo, mirá que la vas a ver en tanga, si desde afuera no se ve nada. Callate, Gordo gil, dice el Chino, la vimos en tanguita y nos saludó. Es bien putita, dice Facundo, desde adentro nos preguntaba si le quedaba bien. Yo asiento y el gordo se muerde el labio. Para mí que mienten, pero yo asiento.

Facundo dice que vayamos a su edificio, que su mamá a esta hora no está y podemos ver Venus. A mi no me gusta mucho ir al departamento de la madre de Facundo. Está todo desordenado y hay veces que nos encontramos con un tipo barbudo durmiendo en el suelo. En otras ocasiones, la madre de Facundo -está loquísima- grita o baila o hace yoga desnuda o parece que se quiere coger a un amigo de su hijo. Es drogadicta, me dijo un día el Gordo, descubriendo la pólvora. Cuando estamos solos es otra cosa. Siempre pasa lo mismo. Primero intentamos sintonizar Venus pero lo único que podemos hacer es escuchar. Así estamos una hora más o menos, oyendo los gemidos y, cada tanto, adivinando una teta. Cuando vamos al baño o nos damos vuelta, Facundo y el Chino dicen que vieron una escena a la perfección. Después, Facundo saca un maniquí blanco del ropero de la madre. Entonces pone el maniquí contra la cabecera de su cama, se baja los pantalones y empieza a decir, frotando su verga contra la nariz del maniquí: “Saborea, saborea, saborea, saborea”, hasta que se le para y acaba en la cabeza del maniquí, manchando todo. Hay veces que el Chino, totalmente extasiado, lo imita. Mientras lo hacen yo me voy a la cocina, a ver televisión. El Gordo me avisa cuando terminan.

Mientras vamos caminando por la Peatonal, en una esquina, creo que en Santiago del Estero, Facundo nos señala un grupo de chicas bien putitas. Tienen pantalones apretados, carteras diminutas y los pelos de colores. Dice que las conoce, que lo esperemos, que va a saludarlas. Este Facundo se conoce a todas, dice el Chino. El Gordo hace algunos comentarios y el Chino le dice que se calle, que quiere ver bien lo que hace Facundo. ¿Y para qué querés que me calle si querés ver?, dice el Gordo. El Chino le pega una cachetada y presta atención como si le estuviesen explicando un complicado teorema matemático. A la distancia vemos un Facundo dubitativo, alrededor del círculo de chicas. ¿Está mirándolas bien para hacerse una paja?, pregunta el Gordo. Callate, Gordo metiche, le dice el Chino, ¿qué bardeás si Facundo las conoce? Unos minutos después, Facundo le dice algo a una de las chicas, una alta, sin tetas, ni culo, ni nada pero bastante linda. La flaca lo mira de arriba abajo y le pregunta algo, me doy cuenta porque hace de su mano un bollo y la mueve repetidas veces. El Gordo se muere por decir algo pero yo lo paro en seco. Las chicas se van caminando por la esquina y Facundo se queda inmóvil. Después nos mira y, al ver nuestras caras de desconcierto, se pierde en la esquina por donde se fue la flaca y sus amigas. Vamos, dice el Gordo. No, no, grita el Chino, dejalo tranquilo a Facundo, él sabe lo que hace. Dejá de defenderlo, dice el Gordo, este tarado no conoce a nadie. El Chino lo mira con odio y se queda callado. Nos sentamos en un cantero de la Peatonal y vemos pasar a la gente. La mayoría son villeritos que vienen de la playa. Son tan pobres, dice el Chino, que ni tienen bermudas ¿viste?, se meten con pantalones largos y todo al mar. Son rastreros, agrega un rato después, habría que matarlos a todos. ¿Por qué?, dice el Gordo. Este gordo no entiende nada, ¿no, Ezequiel?, me pregunta. No sé, contesto yo, mientras observo, a la distancia, un suéter horrible en la entrada de la Galería Sao. ¿Qué?, dice el Chino. Que no sé si el Gordo no tendrá razón esta vez. El Chino me mira compungido hasta que llega Facundo. Bien putitas son, dice Facundo. Nadie dice nada, el Chino mira al Gordo con gesto altivo. Me invitaron a una fiesta, el sábado. ¿Dónde?, pregunta el Gordo. Vos no estás invitado, así que ¿para qué querés saber dónde es? Dale, Facundo, dice el Gordo, ¿dónde es la Fiesta? Callate, Gordo sucio, me invitaron a mí, no a vos. ¿Y qué se festeja?, pregunta el Gordo. Facundo le repite lo mismo varias veces. Lo que pasa es que a vos tampoco te invitaron, estás mintiendo, dice el Gordo. Desde hoy está así, dice el Chino, parece que el calor le está afectando. Lo que pasa es que a vos no te invitaron, repite el Gordo, con esa solemnidad que tienen los gordos, hasta que en Colón y San Luis, a dos cuadras de llegar a su edificio, Facundo, que estuvo todo el viaje en silencio, aguantando la frase del Gordo, lo toma por el cuello y lo tira al suelo. Ahí está un rato, pegándole piñas en la panza, mientras el Chino se muere de risa y yo me apoyo en un árbol, a pensar un poco. Un viejo los quiere separar –el Gordo llora-, y Facundo lo empuja bestialmente. El viejo se cae al piso y lo ayudo a levantarse. Cuando vuelvo a mirar a Facundo, noto que tiene algunas lágrimas en los ojos, que mientras pega, está llorando. Le digo que pare y se detiene. El Gordo está tirado en el piso, llorando y pataleando como un bebé. Gordo puto, dice Facundo. Dejalo, dice el Chino, es un Gordo Puto. Ah, dice el Gordo desde el suelo, y ustedes son re vivos, todos los días se cogen un maniquí. Yo cruzo la calle hasta mi parada del colectivo y cada uno se va a su casa.

El colectivo va casi vacío así que me pude conseguir un asiento atrás de todo. De pronto, me acuerdo de Julieta. Tengo tanta mala suerte que se sube una chica que hoy fue al colegio, Luciana, una que nunca se ratea. No es fea pero Facundo nunca habla de ella. Lo que sí, es muy simpática, así que mientras pongo mi mochila arriba de la verga, se me sienta al lado y me cuenta lo que vieron en clase. También me pasa las hojas de hoy, así las copio en mi casa y no me atraso. Me pregunta qué hicimos. Fuimos al Centro, le digo, y también a Sacoa, dimos vueltas por ahí. Si me llego a ratear mis papás me matan, dice ella, agitada. Al parecer, el sólo hecho de pensar eso, la pone nerviosa. Pero si te rateás, tus papás no se enteran, le digo. Pero si se enteran me matan, dice ella, súper concentrada y mirando hacia adelante. Como todas las chicas que le dedican demasiado tiempo al estudio, me parece un poco chiflada. Después me mira. Si querés algún día nos rateamos juntos, dice. Dale, le digo yo, no hay problema. Pero sin los chicos, aclara. Me excitó un poco que me dijera eso. Para colmo de males se saca el guardapolvo. Yo nunca la había visto así, sin guardapolvo. Está bastante desarrollada, tiene las tetas del tamaño de dos naranjas por lo menos, como dos picos duros, el pantalón bien apretado. Ver eso lo empeora todo. Tanto se me para que, en vez de bajar en mi barrio, sigo con el colectivo hasta después que ella se baje, para que no me vea. ¿Hasta dónde vas?, me pregunta, extrañada –sabe en qué lugar me bajo habitualmente- mientras aprieta el timbre. Hasta la casa de un amigo, digo yo, nerviosísimo, vive en el barrio Las Heras. Espero que mañana no me diga nada porque seguro que Facundo le dice que yo iba a mi casa, que no tengo ningún amigo más allá de mi barrio.

Al otro día, me levanto bien temprano y abro la mochila. Primero paso las hojas que me prestó Luciana y después resuelvo algunos ejercicios de polinomios, que siempre me resultaron fáciles. Hoy tenemos prueba de Biología con el viejo ciego así que empiezo a hacerme unos machetes que son la absoluta perfección. Cuando los tengo terminados, pongo dos hamburguesas en el microondas y miro el noticiero del 13, donde confirman que si no nos preparamos bien, el Y2K va a explotar todo. Se calcula que el 1º de enero del 2000 van a dejar de funcionar el 80 por ciento de las computadoras del mundo. Y algunos artefactos electrodomésticos también, dice un especialista. Mientras me como la segunda hamburguesa, concentrado, observo el microondas un rato y salgo a la calle. En el colectivo está otra vez Luciana, que se hizo un peinado especial, bien alto. Cuando me ve, se acerca hasta mi asiento individual y me pregunta si copié las hojas que me pasó ayer. Le digo que sí y se las devuelvo, agradeciéndole. Ah, dice, me olvidé de saludarte, y me da un beso en la mejilla. Casi nadie saluda así. Yo aprieto las piernas pero creo que es peor. Encima me dice que me corra y que le haga un lugar. Falta mucho y se quiere sentar. Después de eso, ya no puedo reprimir nada. ¿Te gusta mi peinado?, me pregunta. Si, le contesto, sonrojado, parecés un lindo zorrino. Ella me mira, incrédula y dice: ¿Gracias? El zorrino de la Warner, agrego, como un estúpido. Luciana hace una mueca de disgusto y me apoya la mano en la rodilla. Me paso el resto del viaje implorando que se me vaya la erección. Incluso en algunos momentos creo que va a ser mejor eyacular –capaz que no llega a manchar el pantalón- antes que seguir así. Finalmente pienso en Facundo, en el Gordo y en el Chino y baja estrepitosamente. En la Plaza me están esperando los chicos. Luciana los ve y se cruza de vereda. Chau, me dice, acordate de ratearte conmigo algún día, me tenés que enseñar, yo, si querés, te ayudo en Lengua. Dale, digo yo, dale. ¿Estás de novio?, me pregunta Facundo. Yo no le contesto nada. Bueno, dice el Gordo, aunque sea a él sí le hablan las chicas. Callate, Gordo, digo, ¿estudiaron?

Se me cayeron todos los machetes al piso y el profe ni se dio cuenta. Seguro me saco un diez. Facundo hizo quilombo y el viejo lo terminó sacando del curso. El Chino dijo que si se iba Facundo, él también se iba. Hizo quilombo un rato y también lo echaron. Cuando se fue se reía como un estúpido. El Gordo se dio vuelta (se sienta con el Chino) y me preguntó de qué se reiría. Es medio estúpido, contesté yo. A la salida, Facundo nos dijo que mañana nos rateábamos otra vez, que directamente íbamos para la playa. Yo le dije que no nos convenía porque si lo hacíamos tan seguido iba a ser demasiado evidente. Yo me rateo igual, dijo él. Yo también, yo también, dijo el Chino, yo quiero ratearme igual que Facundo, no creo que se den cuenta. ¿Vos qué hacés Gordo?, preguntó Facundo. Mañana decido.

Al final se ratearon los tres y Luciana, que se sienta adelante sola, se vino conmigo porque había que hacer un trabajo de a dos. Era sobre un poema en forma de espantapájaros. Loquísimo. Esto no se compara a los trabajos que hacemos con los chicos, nada que ver, Luciana es rapidísima y muy prolija. La tiene muy clara en esto de la literatura y no tiene problemas en copiar todo. Incluso lo disfruta. ¿Para qué te juntás con los chicos si vos sos inteligente?, me preguntó, mientras subrayaba con un marcador rojo (la chiflada tiene un marcador de cada color). No sé, contesté yo, la verdad que no sé. En el recreo me compró unos caramelos durísimos que se me quedaron pegados en la muela. Me hizo acordar a una compañera de la Primaria, creo que se llamaba Carmen. Era fea, gustaba de mí y entonces me regalaba cositas para que la quiera. Pero Luciana es bastante linda y a esta altura, no creo que haya que decirlo, me importa un pito que Facundo no hable de ella. A la salida estaban los chicos, esperándome. Yo me hice el que no los veía porque quería viajar en colectivo con Luciana. No es que quería ver cómo se sacaba el guardapolvos, no, simplemente necesitaba estar con ella un rato más, hablarle de algunas cosas que no podía contar adelante de Facundo o el Chino. Pero los pesados me empezaron a correr y cuando ella los vio, apuró el paso y se perdió entre un montón gente. Creo que les tiene miedo o asco. Yo estaba enfurecido. Parece que son mis novias. Facundo me preguntó si estaba de novio con ese feto. Lo mandé a la mierda, a coger maniquíes. El Gordo me dio una palmada en la espalda y el Chino me miró con su carita de compungido. Los tres se quedaron en la esquina de la Escuela y mientras me iba yendo a gran velocidad para alcanzar a Luciana, Facundo me gritó que no sabía lo que me había perdido, que habían estado toda la tarde con la putita de Sacoa. El Gordo, pude oírlo bien, le pedía que no mintiera, que por favor dejara de mentir.

lunes 2 de marzo de 2009

La grasa inunda cual fugazzeta

Desastrosos son estos tiempos en que los locos hacen de guía a los ciegos- William Shakespeare

El viernes por la noche, Susana Giménez (reconocida animadora de TV cuyas mayores características son la desinformación y la ignorancia, virtudes por las cuales el público la transformó en la diva máxima de la Argentina) logró una proeza impensada: parecer aún más imbécil de lo que es. Desde otra perspectiva (entendiendo que lo que dijo es compartido por gran parte del gran pueblo argentino, salud) puede provocar, como diría el creador del periodismo gonzo, pánico y asco. Luego del asesinato de un amigo, abordada por una docena de periodistas ávidos de drama, expresó una serie de malentendidos y lugares comunes que condensan en sí el por qué del tinte usualmente execrable del sujeto de clase media-alta. Demostró, además de su habitual tendencia al equívoco perpetuo, un swing envidiable para el prejuicio y un pensamiento ideológico (híbrido entre Hitler y Franco con un toque de Videla y una pizca de Mussolini) que haría del político más conservador, un niño de pecho. A pesar de que todo indicaba que se trataba de un crimen pasional, automáticamente conectó el hecho con la tan mentada “inseguridad” (casi como mezclar peras con manzanas). Aclaración: recordemos que en la Argentina el término “inseguridad” no designa la incertidumbre de no tener hogar, educación o salud, sino el hecho policial de ser asaltado por un delincuente villero y adicto al paco (ésa es la causa por la que la gente roba: el paco; años de corrupción, indiferencia hacia los sectores marginados e ineficacia en problemas socioeconómicos no han dejado mayores consecuencias, el problema es el paco, amigos). No sólo clasificó erráticamente lo ocurrido, sino que supuso que tal hecho había sido cometido por menores (de otra forma no se entiende su recurrente puntualización sobre la imputabilidad). Este silogismo de raíz paranoica, claro, no le concierne específicamente a Susana, sino a gran parte de los argentinos (su público): desde hace tiempo, cuando se comete un robo o un asesinato, lo primero que se supone es que fue llevado a cabo por menores. Pero en lo que realmente se notó un daño cerebral grave fue en sus continuas “propuestas” militaristas. Sin ruborizarse, instó a que se implante el estado de sitio (¿?), como sucedió en New York hace unos años. Pidió “una mano más fuerte” e hizo apología de la mal llamada “justicia por mano propia”. Trajo a colación la política de derechos humanos del gobierno, a la que calificó como “una estupidez” (los partidarios de Memoria Completa ya le reservaron un palco en su próxima fiesta), explicitando una vez más el desconocimiento total de la sociedad sobre el tema (si quieren saberlo lean alguna contratapa de Página firmada por Feinmann, que lo repite cada vuelo de mosca). Y finalmente, instituyéndose como guía del sentir del pueblo, remató su lunático raid verbal con una frase que ingresará en la Historia Universal de la Infamia: “El que mata tiene que morir”. Al otro día, en un conferencia de prensa destinada a ser analizada en las Academias del mundo como ejemplo del significado de la palabra “Contrasentido”, aclaró que ella no estaba de acuerdo con la pena de muerte (“Yo soy católica”, espetó, argentinamente), pero que, sin embargo, el que mata debía morir (¿?).

Los medios se encargaron de justificar tal afrenta contra la inteligencia y la responsabilidad humana aludiendo a una cierta “indignación”, entendible dada la gran cantidad de asesinatos de los últimos tiempos. En Crónica se difundió una encuesta según la cual el 87 por ciento de la gente estaba a favor de lo dicho por Susana. La verdad es que se han instalado una cantidad de ideas en torno al tema de la “inseguridad” muy peligrosas y cercanas a la locura: la sensación de que los delincuentes “vienen por nosotros” (como si se tratara de un genocidio planificado con exactitud por una entidad sobrenatural), la certeza de que “a cualquiera le puede pasar y el próximo podés ser vos” (frase vacía de sentido desde el punto de vista de que cualquier cosa a cualquiera le puede pasar: el amor, la muerte, el éxito, el fracaso), la estupefacción de que “nadie está a salvo, ni siquiera los famosos” (¿y por qué deberían estarlo?), la afirmación de que el Gobierno “no quiere resolver el tema” y es el único responsable (como si fuera tan fácil y no hiciera falta una reconsideración con respecto a los valores por parte de toda la sociedad), el hecho de que no se puede permanecer en la calle sin ser acribillado, etc. Pero lo que más asquea de tal reacción (nunca esta palabra fue mejor utilizada; incluso Susana la mencionó varias veces caracterizando al pueblo como “muy manso”) es ese temor pequeño burgués que asoma detrás de las manifestaciones de ira anti-Inseguridad, ese temor imbuido en la clase media-alta argentina (personificado en la historia por “los bárbaros”, “los cabecitas negras”, “los subversivos”, “los piqueteros”, es decir, todo actor social que se diferencie del grupo que detenta el poder) hacia el “negro”, “el salvaje”, “el indio” que despoja de sus bienes al “blanco”, el “trabajador”, el “civilizado”, el “contribuyente”. No es casual que los casos de “inseguridad” de mayor relevancia e impacto se produzcan en zonas de alto nivel adquisitivo (el policía Garrido o el ingeniero Barrenechea). Por último, quiero decir algo: la Argentina es un país poblado por un gran número de reaccionarios. La Argentina es un país poblado por un gran número de idiotas. La Argentina es un país poblado por un gran número de fascistas. El que no lo quiera entender o mire hacia otro lugar es un reaccionario, un idiota y un fascista. Sayonara.