martes 26 de mayo de 2009

Flash Flâneur

Por casualidades del destino, me encontré, el 25 de mayo a las siete y media de la tarde caminando solo por la calle San Juan. La situación duró unos diez minutos. Mentalmente fueron horas. O días. Como un personaje de Ballard, entré en un viaje cognoscitivo radical. Estas cosas me pasan sin tomar ninguna sustancia prohibida, simplemente estoy un poco chiflado. Pero bueno, como decía Federico Peralta Ramos: para no ser un recuerdo, habrá que ser un re loco (todo el texto es una excusa para mencionar esta frase). A medida que iba avanzando, casi me pude convencer de que el final de aquella caminata era el patíbulo. Negocios cerrados, calles vacías, esa sensación de estudio cinematográfico abandonado que se advierte en las características arquitectónicas del lugar (la estrechez de sus calles, los bordes de las veredas). Toda una gama de imágenes que proponían el suicidio o, por lo menos, la contemplación seria de éste. Me interesan de sobremanera las imágenes cotidianas que causan un shock poético. Son metáforas de algo muy importante. ¿De qué? Me remito al gran Werner Herzog en el diario de rodaje de Fitzcarraldo: “Laplace habló de aplanar la pendiente hasta que tenga una caída de sólo doce por ciento. Le dije que no lo iba a permitir porque de esa forma perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, me preguntó. Le dije que eso no lo sabía, sólo que era una gran metáfora”. Desde que tengo uso de razón estoy repitiendo esa frase. Volvamos. También por San Juan había familias (perdidas seguramente, porque nadie con el deseo de “pasarla bien” iría por San Juan un feriado; quizás hayan ido allí para disgregarse en una esquina y no volver a verse), familias con camperas infladas y bolsas en sus manos. ¿Entienden lo que les digo?: ¡Camperas infladas de colores y bolsas en sus manos! Esta conjunción de elementos del horror siempre me causa pena: ya sea porque quienes llevan camperas infladas y bolsas en sus manos son muy pobres y no tienen dinero para comprarse una campera decente y una mochila o bolso, ya sea porque quienes las llevan poseen el dinero necesario pero sin el más mínimo sentido estético del Planeta Tierra. Y los niños de estas familias eran feos, eran niños sin gracia alguna y se movían como alimañas. Pero lo que peor me hizo fue un cartel rosa, un cartel de neón de una mueblería llamada “Boedo”. Si hay alguien que todavía no se anima a tirarse a las vías del tren, le recomiendo que pase por ahí de noche. Es el estímulo perfecto. Casi estrello mi cabeza contra la vidriera y acabo con mi existencia. Y ahí la luz de neón me dijo:

"¡bienvenido!, ¡yo sabía
que vendrías aquí
a esta caverna...
supongo que te acostumbrarás
al silencio total
mundo inferior
que es eterno como el propio mal...
así no habrá para mañana
otra luz que lamentar
al morir el desierto de sed de amar
y de florecer
jamás escaparás de aquí!" (1).

Bueno, la prédica spinetteana no sucedió, pero podría haber ocurrido. Desde pequeño los carteles de neón me sumen en una melancolía que ni siquiera puedo discernir. Es peor que cualquier recuerdo doloroso, es peor que una visita al odontólogo. Creo que se relaciona con que de niño no vivía en el centro, entonces los domingos íbamos con mi familia a pasear por ahí. A caminar por la Peatonal o tomar un helado (lo intuyo, la verdad es que no lo recuerdo con exactitud). Y nos volvíamos a las siete u ocho de la noche para que no se haga tarde. Y entonces a través del vidrio del auto o del colectivo o del taxi (mojado, preferentemente, para aumentar el caudal melancólico) veía pasar a toda velocidad las luces de neón que me alejaban del centro (la diversión) y me llevaban de vuelta al barrio (la rutina, la escuela, el hastío). Otra postal urbana que me hunde en el lado oscuro de la luna son los carteles viejos que se resisten a despegarse del todo: por Moreno y Funes, si no me equivoco, persiste un anuncio del Festival de Cine del 2005; hasta hace poco por Belgrano uno anunciaba una visita de ¡Vox Dei! Y también hay costumbres marplatenses que me hacen mal. Ceremonias secretas que he visto con algo parecido a la beatitud al revés (si es que esto existe) o la epifanía deforme. Gente que se va a comer sándwiches (o sanguches, en su versión criolla no aceptada por el Word) a la Costa. Esto me causa pena por lo misma razón que expliqué refiriéndome a las camperas infladas y las bolsas. Afortunadamente llegué a Luro, doblé y seguí con mi vida. Hay que tener cuidado, Mar del Plata en otoño te puede matar.

(1): Este fragmento pertenece al tema “La aventura de la abeja reina”, incluido en el extraordinario disco Kamikaze (1982), de Luis Alberto Spinetta. Siempre me recordó levemente a “La abeja haragana”, un clásico infantil de Horacio Quiroga de Los cuentos de la selva. En la versión de Spinetta, una abeja reina cae en el territorio de una entidad misteriosa que la aterroriza. La abeja logra salir de la colmena demoníaca, pero para hacerlo debe morir, resignándose a dejar su aguijón en la presa. Es decir, una novela de iniciación y autoconocimiento en 4 minutos con 51 segundos. Y mencionar a Quiroga me recordó un relato breve de Leo Masliah, en el que un tipo se propone afeitarse con una máquina marca “HG”. Interpreta las iniciales como “High Quality”. Acto seguido, la máquina lo mutila: “a tal punto que en menos de un minuto Damián ya no tenía cara, ni ojos, ni orejas, y su cadáver chorreante de sangre yacía al costado de la cama”. Luego, su esposa comprueba el verdadero nombre de la máquina: “Horacio Quiroga”.

viernes 22 de mayo de 2009

El autobombo never stops!

Andrea Paula Garfunkel, del blog Lo mío es amateur, me pidió un copete (simpática palabra) para uno de sus cuentos. Yo escribí algo, que no sé si es un copete pero que es algo, sin dudas. Aquí mismo pueden leer la reseña y el bello cuento, titulado "Necrológica de una relación". Sayonara.

jueves 21 de mayo de 2009

Revista Métrica

Haciendo uso de la temporada de autobombo inaugurada en los comentarios de uno de los posts recientes, recomiendo fervientemente la lectura de la revista de distribución gratuita Métrica. El diseño es excelente (cuando la tengan en sus manos comprobarán que no caigo en exageraciones) y los contenidos no pueden dejar de atraer a ningún ser humano con sensibilidad (Lennon, Levrero, jazz, David Foster Wallace). Como si esto fuera poco, colaboran amigos de la casa como Gustavo Sala y Jorge Chiesa. Claro que la vida nunca termina de ser perfecta y entre las muestras de lucidez e inteligencia que nutren la publicación, aparece también la de quien aquí (justo aquí) escribe con dos textos inéditos: uno sobre Roberto Bolaño (cuándo no) y otro sobre Pinamar (chocolate por la noticia). Métrica será presentada en Capital Federal el 25 de junio próximo en el Centro Cultural de España (Paraná 1159). Se puede conseguir en los siguientes lugares:

Mar del Plata:
Librería Sibelius, Güemes 3381.
Buenos Aires:
Tienda MALBA, Figueroa Alcorta 3415.
Notorius, Av. Callao 966.
Miles Cine, Gurruchaga 1580.
La Plata:
Tienda MACLA, Calle 50 entre 6 y 7.

Cambio y fuera.

miércoles 20 de mayo de 2009

Esto ya lo dije muchas veces

Está claro: River juega mal. Los más viejos aseguran que peor que nunca. Nada funciona en el equipo: ni la táctica ni la estrategia (ni siquiera la romántica del finado Benedetti, que temía que “la Humanidad se suicide”). Esto es caso cerrado y lo hemos tratado tantas veces en este espacio que la discusión suena tan gastada como la melodía del más repetitivo de los hits del verano (aunque últimamente ni siquiera hay melodía, sólo un “ritmo” machacante con contenidos machistas que algunos llaman “reggaetón”). En julio del 2010, River jugará la promoción, ya lo hablé con mi psicólogo y creo que con un año de terapia voy a poder aceptarlo. El caso de un descenso directo sería más dramático (quizás debiera pensar en internarme), pero ése es otro tema. Por otro lado, Gorosito se ha convertido, en los últimos tiempos, en el crítico número uno de los medios de comunicación. Hace poco deploró que los canales de noticias exalten una masacre en Estados Unidos y desdeñen la inauguración de una escuela en Salta. Reflexionaba sobre la prominencia de sucesos negativos en la agenda mediática. Ejemplo: de la misma forma que un chico de 14 años mata a un comerciante, hay millones que no lo hacen (esta reflexión no creo que coincida con la de Gorosito, a quien intuyo conservador). Su forma tosca de hablar, la rudeza de su vocabulario, provocó la hilaridad de los periodistas que lo compararon, jocosamente, con un sociólogo de cotillón. En el día de ayer, encaró a un periodista de Clarín y le preguntó en plena conferencia de prensa quién le había informado que dentro del plantel había “diferencias”. El periodista se negó a responder alegando el derecho a reservarse la fuente. Añadió que era sano que hubiese “diferencias” en grupos humanos. Olvidó decir que cuando un periodista deportivo informa que hay “diferencias” en planteles de fútbol está aportando un dato para promover un efecto de zozobra (en este caso: los jugadores de River no sólo juegan mal, también se pelean entre ellos). El análisis del deporte no necesita de hipótesis sobre el comportamiento privado de sus actores (a no ser que se esté escribiendo una biografía). También olvidó decir que la reserva de fuentes posibilita que se afirmen todo tipo de hechos inasequibles (leer otra vez con atención las columnas de Nelson Castro en el diario Perfil y espantarse nuevamente), de la misma forma que las imprecisiones de un texto posmoderno, pueden significar cualquier cosa. Pero el hecho deportivo ha sido superado largamente por el espectáculo, algo en lo que Gorosito (que no me cae muy bien que digamos) volvió a dar en la tecla. ¿De qué sirve que Fútbol de Primera subtitule a Cappa diciendo barbaridades? ¿Eso ayuda al entendimiento del juego? Del mismo modo: ¿de qué sirve saber que Gerlo y Falcao se trompearon en el vestuario? ¿Eso explica el mal momento de River? No, eso revela un espíritu caníbal y, probablemente, indigno de la profesión. Como es usual cuando suceden este tipo de hechos, el corporativismo periodístico no se hizo esperar: en la misma conferencia una periodista cuestionó a Gorosito por la forma en que había increpado al colega delante de todos. “Los periodistas no mentimos”, manifestó, casi enternecedora. Una frase de estas características, justamente una semana después del papelón de Olé, parece un chiste de mal gusto. Y ahora que lo pienso no sólo parece: es un chiste de mal gusto. La precariedad del periodismo argentino se explicita en esta anécdota de tal modo que no hace falta agregar un comentario, sólo referirla: Olé publicó una tapa con genuflexiones dramáticas basándose en una imagen inexistente (una bandera elaborada digitalmente por un internauta enojado con la dirigencia de River). Esto no debería sorprender: la editorial Perfil suele publicar en tapa, notas que no aparecen en el interior de sus publicaciones (ejemplo: la revista Noticias prometía explicar “cómo” funcionaba la “usina ideológica del gobierno”: la nota se circunscribía a detallar que unos intelectuales sesentones se pasaban un tarro para hacer una vaquita). Volviendo al tema deportivo, se advierte un gran desconcierto que mezcla lo público (el hecho deportivo, la pelota rodando en “el verde césped”) con lo privado. En T y C Sports explican (seriamente) que Maradona no convoca a Higuaín porque esté se peleó con Heinze y Gago. Los periodistas preguntan a los jugadores qué sienten, qué sensaciones tienen. Maradona ofrece una conferencia por su partido con el equipo del Gran DT y se lo escucha como a un teórico de filosofía. Hay un gran error: se confunde todo lo accesorio con lo esencial. Sucede en el rock (Cromañón), en la política (la imposibilidad de algunos dirigentes de hablar sin recurrir a eslóganes y silogismos), en la vida (chequear el enojo de cientos de personas porque subirán los precios de los artefactos tecnológicos), por qué no habría de pasar en el fútbol, uno de los espejos más retrógrados (sino el más) de nuestra cotidianeidad.


martes 19 de mayo de 2009

Nueva edición de 60 Watts

Recomiendo la nueva edición digital de la revista chilena 60 Watts. Todo lo bueno, claro, tiene una excepción, en este caso un pseudo-cuento firmado por quien les escribe (Un amor de Carbonell) acompañado por una fotografía que provocará estupefacción y horror eterno.

jueves 14 de mayo de 2009

THE TORTURE NEVER STOPS


Como si el ¿juego? del River de Gorosito y la canción "International Love" de Fidel Nadal no fueran signos suficientemente oprobiosos como para descartar nuevos métodos de tortura, en la última semana, el espectro mediático no hizo más que reflexionar una y otra vez sobre un mismo tema: Gran Cuñado, segmento del programa de Marcelo Tinelli que parodia el reality show influenciado por Orwell poniendo en escena avatares de la clase política argentina. El resultado no puede ser otro que el doble de ignominia de los programas originales y, finalmente, el tedio. Desde ya, la imitación no es una vertiente humorística que depare muchas satisfacciones: si las caracterizaciones son buenas y el dominio gestual del personaje está bien constituido, puede generar algún tipo de hilaridad en las primeras instancias. Pero cuando la estrategia se repite constantemente (como sucede en este caso) la actuación pierde toda su efectividad. No es casual que las peores manifestaciones cómicas de la Argentina depositen su caudal humorístico en parodias e imitaciones (Midachi y el Videomatch de los 90’, hoy reciclado, son los mejores ejemplos) y las de mayor envergadura en ideas disparatadas que terminan, por sí mismas, creando un imaginario propio (Cha Cha Cha, Peter Capusotto, Les Luthiers). Dejo fuera de este segundo grupo a Tato Bores, inexplicablemente exaltado como suma total de la genialidad cómica cuando lo que hacía era repetir los textos que otros le escribían. Como muestrario sociológico, las imitaciones de Gran Cuñado no abundan en revelaciones: la concepción política del argentino medio (porque eso representa Tinelli) se mueve entre lo reaccionario y la vacuidad de significados profundos. Ni siquiera se aprecia un trabajo considerable para la construcción del personaje: aquí los políticos aparecen representados en una imagen congelada en el tiempo (Cobos es el del 17 de julio a la noche, Cristina la del conflicto agrario, De Narváez el tipo bueno que aparece en las publicidades, D’Elía el que amenaza a Peña por teléfono) haciendo gala de dos o tres tics particulares que bien podría imitar cualquier persona que mire los noticieros con asiduidad. Por otro lado, que uno de los guionistas sea Nick, un dibujante que se dedica a reflejar el pensamiento de Marcos Aguinis en viñetas, no deja margen de dudas acerca de la "intencionalidad" política. La evaluación, entonces, fluctúa de acuerdo a quien se representa. De esta forma, Moyano fue catalogado abiertamente como un mafioso y D’Elía como un racista, pero Macri (quien alguna vez dijo que la homosexualidad era una enfermedad y consideró al siglo XX como paradigma de los derechos humanos) no pasó más que de un concheto simpático. La presidente fue juzgada por el excesivo cuidado de su imagen, crítica patriarcal y frívola (sorpresivamente más escuchada de parte de mujeres que de hombres, por lo que podríamos pensar en alguna forma de envidia) que desautoriza más a quienes la hacen que a la reprendida. También hubo un machacar en sus frecuentes raptos "autoritarios" (mano elevada en señal de silencio; miradas desagradables). A diferencia de lo que sucedió hace unos años con alguien nefasto como Aldo Rico, en este caso, tales contorsiones no parecieron buscar la hilaridad del público, sino más bien el rechazo. Ya en el plano meramente actoral, las imitaciones dejaron mucho que desear. Incluso poniéndole fichas, olvidando que es un programa de Tinelli, donde el cauce natural es la chabacanería y la ausencia de brillo. Es notorio que quienes hicieron de Moreno y Alicia Kirchner jamás los escucharon hablar. Aníbal Fernández y Elisa Carrió (germen de caricaturas si las hay) fueron, por lo menos, malísimos. La voz de Kirchner por momentos sonó a De la Rúa. No es necesaria una imitación de un actor cómico como Luis Juez, alcanza y sobra con él mismo. Sayonara.

viernes 8 de mayo de 2009

Apreciaciones sin mayor interés

¿Pedro Sarabia sigue jugando al fútbol? Cuando llegó a River hace una década ya era viejo, ahora se asemeja al Cholo Ciano. ¿Qué tiene?, ¿68 años?

Hay un programa en Canal 7 llamado “6 7 8”. Lo dan a las 20 hs. de lunes a viernes y repasa el tratamiento que los medios de comunicación le dan a las noticias. Al actuar por fuera de los grupos masmediáticos, es un programa en el cual muchos bloggers se pueden sentir identificados, que se permite decir cosas que otros no pueden o ni siquiera advierten. A pesar de cierto discursillo ingenuo circa socialismo pocket (como decirle “Alianza de derecha” a la confabulación De Narváez-Solá-Macri, no porque no lo sea, sino porque en realidad da a entender que Kirchner es de izquierda), el resultado de los envíos suele ser positivo. Por momentos parece ser el sustento ideológico del gobierno en su lucha por el Mágico Corazón Radiofónico, un TVR sin Nelson Castro ni generalizaciones peripatéticas sobre la política. Sin embargo hay espacio para la crítica oficialista, lo que los salvaguarda de cualquier invectiva. Por otro lado, la conductora se llama María Julía Oliván y me parece totalmente hermosa. Su belleza excede lo meramente estético (incluso desde esa perspectiva no se podría asegurar su belleza), es linda como sólo algunas chicas pueden serlo: desde sus modos (aunque sea frente a las cámaras), con una simpatía intrínseca a su ser y bastante inexplicable. Podrán entender esto las mujeres en general y los hombres con algún tipo de sensibilidad que exceda el rugir de un motor de un auto de Turismo Carretera.

Ayer Luis D’Elía realizó una marcha por conmemorarse el nacimiento de Evita. Ningún medio explicó tal cuestión: directamente se “informó” que la marcha era para pedirle a Kirchner lugar en las listas electorales.

¿30.000 personas de la zona céntrica de la ciudad son la mitad de Mar del Plata?

¿Alguien repara en la cantidad de comentarios bochornosos que se suceden cada vez que ciertos periodistas psicoanalizan al matrimonio presidencial en base a supuestos y hechos hipotéticos? Marcos Aguinis afirma que en Cristina “hay histeria expresada en su aspecto físico y en su ropa”. Esto es un mamarracho, vergonzoso: ¿se puede analizar a una persona que no se conoce personalmente?, ¿en base a qué lo dice?, ¿por qué se viste bien y se arregla mucho, como el 90 por ciento de las mujeres? En la nota del domingo pasado del diario Perfil Fontevecchia (imperdible sucesión de frases desatinadas) le pregunta si su disgusto personal con los Kirchner no lo llevará a perder la objetividad ya que en ¡Pobre patria mía! hay frases como la siguiente: “agresivo tonito de montonera soberbia” (¡!) a lo que Ah!guinis responde: “Ahí está el poeta que no solamente describe flores, sino también espinas”. Temeroso de hacer apología del delito, dejo a criterio del lector su conclusión sobre el contenido de tal contestación.

Macri no duda en calificar a los maestros que hacen paro de “vagos”. Lo hace sin ningún tipo de reparo, impunemente. No hay periodistas que lo salgan a confrontar ni clase media que se escandalice con tal afrenta al punto de cacerolear en su contra.

“Todo mío el otoño”, de Banda de Turistas, posee un estribillo-frase que puede hacer historia: “Yo creo que necesitás alguien que te aterrice el viaje”. Hacía mucho que no escuchaba un tema pop tan bueno. Suma a mi elogio el indescriptible prejuicio con el que escuché a la banda cool por excelencia: siempre tuve un rechazo conservador hacia la gente que se viste bien y tiene onda (tal vez porque yo no me visto bien y no tengo onda). La canción mencionada, dueña de un enloquecedor swing y una cadencia rítmica algo beat, se desdobla en un puente psicodélico al estilo “Elementales leches” y vuelve a recomenzar. El resto del disco, salvo algunos tracks de considerable invención (en especial el clima western de “Mágico Corazón Radiofónico”) hereda demasiadas contorsiones babasónicas.

Releyendo Franknestein recuerdo las impresiones que me produjo el libro la primera vez que lo leí, hace 5 años. En primer lugar, el monstruo nunca es llamado con el apellido de su trastornado creador: es la “criatura” o “el demonio”. En segundo lugar, no es torpe ni lento para caminar como se acostumbra a representarlo: es un rayo, un volante de ida y vuelta que no se cansa nunca de transitar el continente. Por otro lado, su actitud maligna (nótese que Frankie siempre termina asustando o matando a gente) se ve perfectamente justificada en los sucesos de su vida. Conclusión chota: las omisiones referenciales que a lo largo de los siglos se han hecho sobre el monstruo de Frankenstein se explican claramente desde un punto de vista ideológico. Si Frankenstein viviera, sería peronista: es el desclazado number one.

Cambiando canales me quedé unos segundos observando un programa (uno de los tantos) en que un par de mujeres maniobraban y mostraban diferentes tipos de vibradores y juguetes sexuales. Lo hacían con la certeza de que era subversivas, como si en verdad los estuviesen probando en sus conchas en vivo y en directo. Conclusión chota (o concha) II: en los medios de comunicación el avance de los derechos civiles de las mujeres se reduce a la teatralización más banal de lo “femenino”. No hay resquicio donde se cuele una idea o un concepto sobre algo. Tal teatralización (la afectación de las características más vulgares de la supuesta idiosincrasia femenina o masculina) sólo empareja a los dos sexos en la cosificación del otro.

Mientras leo La novela luminosa pienso en la posibilidad de que Mario Levrero sea el más grande escritor latinoamericano de los últimos 25 años: ¿alguien leyó algo malo de él? Todo roza la perfección. Tiene un gran sentido de la poesía. Sus observaciones poseen una densidad literaria magistral. Puede hacer reír a carcajadas y puede hacer llorar. Su punto de vista es lúcido, extraño, parece que nadie lo pensó así antes que él. Causa gran empatía en el lector. A su vez, es un escritor tradicional en la medida de que sus relatos cuentan con una inventiva argumental importante, no hay nada hecho al tuntún. Es un escritor serio, sin tiempo para boludeces. Qué grande es Mario Levrero.

Luego de negarme, debo confesar que Borges ya me está gustando como poeta en forma irrefrenable. En el que hasta ayer creía un flojo libro, Los conjurados, aparece el siguiente poema titulado “Ceniza”:

Una pieza de hotel, igual a todas.
La hora sin metáfora, la siesta
que nos disgrega y pierde. La frescura
del agua elemental en la garganta.
La niebla tenuemente luminosa
que circunda a los ciegos, noche y día.
La dirección de quien acaso ha muerto.
La dispersión del sueño y de los sueños.
Un malestar que ya se fue. Esas cosas
demasiado inconspicuas para el verso.


En este caso hasta la adjetivación recurrente e innecesaria (“agua elemental”) parece convergir a la perfección con la totalidad del poema. La enumeración es sencilla, el modo es lacónico y exento de brillos, pero así y todo prodiga una sensación de melancolía. Tal vez su riqueza esté en la ausencia de ornamentaciones, no lo sé. Me parece extraordinario.

La primera versión inglesa de Chuang Tzu apareció en 1889. Oscar Wilde la criticó en el Speaker. Alabó su mística y su nihilismo y dijo estas palabras: “Chuang Tzu, cuyo nombre debe cuidadosamente pronunciarse como no se escribe, es un autor peligrosísimo. La traducción inglesa de su libro, dos mil años después de su muerte, es notoriamente prematura”- Borges en Sur, "Three ways of thought in ancient China", Arthur Waley.

Permitidme, oh amado lector, transcribir algunos fragmentos de Jorge Luis Borges. Textos recobrados (1931-1955) que provocaron mi larga carcajada:

Sobre Oriente, de Jorge Max Rohde:

Anticuado pero no todavía enternecedor es Jorge Max Rohde. Es más bien una especie de arsenal de nociones tilingas (…) Cuando prefiere ser erudito, escribe Mahomet o sino Harun-al-Roschild (con una ele forastera el segundo, contaminada de Rachilde o de Rothschild). En la página 10, da una definición de realismo, que se pudo aplicar con precisión al nominalismo –que es la doctrina opuesta

Sobre la película King Kong:

Un mono de catorce metros (algunos entusiastas dicen que quince), es evidentemente encantador, pero tal vez no basta. No es un mono jugoso; es un reseco y polvoriento artificio de movimientos esquinados y torpes. Su única virtud –la estatura- parecen o haber impresionado mucho al fotógrafo, que se obstina en no retratarlo de abajo sino de arriba –enfoque a todas luces desacertado, que invalida y anula su elevación”.

Sobre Caracol Mariano, de Fransciso R. Villamil:

Este libro, curiosa antología del error, agota las maneras más diversas de eludir la poesía. El escritor (de algún modo hemos de llamarlo) exhuma los errores peculiares de Julio Herrera y Reissig, como si los actuales no le bastaran. Maneja con igual naturalidad la cursilería de pasado mañana y la de anteayer (…) De otros errores es espejo y norma el señor Villamil, pero no puedo transcribir todo el libro. Recomiendo su examen apasionado a los curiosos y “amateurs” del mal gusto, entre quienes me cuento. Casi descreo del placer de los buenos libros; prefiero el de los otros

“Infinita Perplejidad” (artículo de Borges sobre la auto postulación de Gálvez para el premio Nobel):

El doctor Gálvez –hombre de tan desdibujada y gaseosa personalidad que la sordera parecía agotar su definición y que los alacranes tenían que ensañarse estérilmente con una cornetita- se ha enriquecido de misterio hace poco. Parece que orientó, hacia una Academia hiperbórea, un documento de inusitada originalidad, que reclamaba el premio Nobel de literatura para su propio “colporteur” e inventor, el mismo doctor Gálvez.

Ese documento, en su lógico afán de ser colectivo, reclutó algunas firmas universitarias: ya tan desconocidas aquí que en Estocolmo las pueden ignorar hasta el punto de creer que son famosas. Además, el sensacionalismo geográfico es una de las tradiciones del premio Nobel (…)

Bástame confesar que en el temerario decurso de una vida lectora y borroneadora, he tenido ocasión de examinar los libros que se llaman “Nacha Regules”, “Historia del arrabal” (…) y que sé lo que todos saben. Ese “todos” incluye naturalmente a Gálvez, que sin dudas es el primero en reconocer el carácter no existente, pero sí prescindible y desabrido, de sus novelas. El misterio nos roza”.

Sobre la censura contra la obra teatral “Carina”:

La hombría argentina reside meramente en el ejercicio sexual y en la incesante articulación de malas palabras. La cultura argentina reside meramente en el elogio de las sanas costumbres y en vigilarse para no articular esas malas palabras”.

Bueno, que los glaciares del olvido me arrasen. Sayonara.

miércoles 6 de mayo de 2009

Borges por Fabián Casas en Trabajos Prácticos. Muy bueno.

lunes 4 de mayo de 2009

Andrés Calamaro: ¿Ídolo o qué?

Algún día llegará la hora de preguntarse seriamente quién es Andrés Calamaro. Algún día los buscadores de canciones para silbar por la calle y musicalizar momentos dramáticos de la vida nos miraremos en el espejo y definiremos una sentencia: héroe o villano, artista de la impostura y la rima consonante o artesano de canciones maravillosas. Mientras tanto, recordando desde el precio el nombre de un viejo disco de Supertramp (Crisis, ¿Qué Crisis?) se ha editado Obras incompletas. Se trata de una caja con 6 cd’s y 2 dvd’s que “resume” los años 1997-2007 de la era del Salmón, aquella que va del estrellato en los tardíos 90’ (incluyendo un pase a retiro del podio al todavía masivo Fito Páez y un alejamiento gradual del binomio sagrado García-Spinetta) a la productividad en serie de El salmón, el Olvido general que significaron las narcóticas grabaciones caseras de Deep Camboya y nuevamente el vislumbre del arco del triunfo del “puro rock nacional” entre homenajes, obras de todo tipo (en colaboración, en vivo, en plan interprete) y nuevos hits para las generaciones de chicos aburridos de bailar “música fea 300 días al año”. Ahora bien, de los 6 discos (permitidme el anacronismo en plena dictadura de la fragmentación), los tres primeros abarcan sintéticamente (no por ser pocas canciones, sino por la extensión del cancionero total; recordemos que incluye dobles como Honestidad Brutal o quintuples como El Salmón) todos sus discos desde Alta suciedad (97) a La lengua popular (07). Si pensamos la feroz repetición a la que fue sometido el repertorio de Calamaro en la última década (a través de las radios, discos en vivo del mismo compositor y cantidad de covers y artistas epigonales que se esparcen por el mundo hispanoamericano) probablemente no haya dudas acerca de lo innecesario de este nuevo compilado, más en medio de una era digital en la que nadie tiene que hacer el mínimo esfuerzo para conseguir música. Los restantes tres discos son los que traen “sorpresas”. El sexto es una colección de covers mayormente conocidos por haber sido difundidos en Internet (verdadera redundancia luego de Nada se pierde). El quinto, a excepción del hermoso rap-canción confesional “Hop de realidad” (1) y el humorístico “Pobre pibe”, se desvanece en tomas experimentales de dudoso contenido (instrumentales inocuos con ejercicios de género, voces distorsionadas, ruidos). Es finalmente el cuarto cd el que devuelve al temerario escucha que gastó 250 pesos (o sumas parecidas en alguna de las otras opciones del pack) una sucesión segura de empatía musical. Varios de los temas merecen genuina admiración. El viaje mágico y misterio comienza con “Bachicha”, un tema que cualquier seguidor más o menos despierto de Calamaro canta en la ducha desde hace 6 años esperando una grabación más decente que aquellas de principios de los 2000 (¿se acuerdan de los 2000?). La letra, siguiendo una melodía adictiva símil “Titanes en el ring”, hilvana un zigzagueo torrencial de imágenes y referencias oscuras que desemboca en una de las frases más ocurrentes del rock argentino: “No escucho una palabra verdadera/ Desde el día de la primavera de 1972/ En los Juegos Olímpicos de Munich”. Además del delirio detallado, hay otras 3 gemas pop que, lamentablemente, morirán sepultadas en la repetición constante del MP3 (o 4, como su estatus social lo requiera). Sobre esta temática, escuchar “Roma”, de El Porvenir, nuevo disco de Pez. “De la lluvia”, un pop melancólico y vital, renueva la facilidad de su autor para instalar un tema en el inconsciente colectivo desde el primer acorde: “En la vieja Perla que era mucho más que un Bar/ Ahora hay una carnicería más/ Todo se convierte en algo igual pero mal”. “Perdiendo el tiempo” (otra vez esa voz entre nasal y áspera logra un éxito instantáneo) suena tan bien que recuerda a los mejores tiempos de Los Rodríguez, una postal amarga del desencanto social posmoderno de preciosa factura: “El mundo es un sitio inmundo para vivir”. La estructura de su letra trae aparejada la polémica eterna sobre el modo de composición de Calamaro, proclive a la rima consonante (“Perdiendo el tiempo en la esquina/ Hay una chica filipina”). Personalmente creo que la rima malversa el caudal poético cuando es forzada, es decir, si lo que hace es poner en correlación dos términos de idéntica desinencia pero que en el texto general no guardan conexión entre sí. Calamaro incurre en tal fallido en varios temas, pero del mismo modo que otros compositores o poetas de renombre. Tal vez se lo estigmatice porque uno de sus discos (Honestidad Brutal) abusó de la técnica y lo dejó en evidencia. Por lo demás, hasta Borges en uno de sus mejores poemas hace que el rabí enseñe al gólem qué es la “soga” para rimar con “sinagoga” (2)… En la senda flamenca que tan buenos resultados le reportó a través de los años, aparece “Las cosas que me ayudan a olvidar”, otra extraordinaria expresión de ductilidad compositiva. El resto posee puntos altos y bajos. Hay rockitos de “amarguras de amor” característicos, algo monótonos, que podrían haber formado parte de El salmón: “Mal en mí”, “Colegio de animales”, “Los demonios” y “Blues de hoy” (desopilante y ácida narración de una noche de desamor: “Y aprendí que la soledad es un hombre/ Que apaga la luz en la oscuridad/ Y estás solo y estás solo/ Llegué a sentir lástima de mí/ ¿Qué cosa peor se puede sentir?”). Hay enfoques marginales (“Ranchada de los paraguayos”, “El gallego”) con más valor documental que artístico. Hay una versión acústica de “El muro de Berlín” llamada “El Mago”. Hay una versión trasnochada de “Mi enfermedad” junto al entrenador de la Selección Argentina (que no canta bien, pero tiene más gracia que todos los zombis juntos de Operación Triunfo). Y tomas descartadas de Alta suciedad: “Media Verónica” (levemente diferente) y “La otra mitad del viento”, versión originaria de “Comida china” con distinta letra, ese bello y triste tema que dice “Y sin saber por qué/ Me quedo viendo el sol caer/ Otra vez/ El día terminó/ Mañana será un día igual:/ Uno de esos días grises todo mal”. La valoración real del box set es ambigua. No dice nada del presente de Calamaro (en tanto se trata de canciones compuestas años atrás) y poco del pasado (en tanto el mismo artista había decidido colgar sus canciones inéditas en la red). Sirve, eso sí, para aumentar la polémica y, por sobre todo, la reserva de canciones para estar triste y parecer elegante. Nada más y nada menos.

(1): Hop de realidad- Andrés Calamaro

Ustedes perdonen
estaba besando el suelo,
pensando que era el cielo
estaba en el piso
pensando, me está gustando el paraíso.

No soy malo,
pero soy del palo,
y estoy escapando hacia adelante,
todavía caminando
hasta saber, que hay que empezar a correr.

Vení me quedo, para ver
si me reflejo en los espejos, si existo
fue visto y no visto, lo previsto
escucho el ruido de rotas cadenas perpetuas de pena
condena de la buena, ojalá sea leve
porque si llueve, me quedo entre las gotas de la lluvia
escondido definitivamente vivo del olvido.

"Ni me acuerdo del recuerdo",
ojalá pueda decir algun día eso
poco seso y poco corazón tengo,
y me entretengo con la verdad escrita,
la que no se da, ni se quita
la última hoja de la margarita, esta mojada,
"¿Me quiere mucho, poquito o nada? no lo se..."
¿O me hago el que no lo se, o me cago?

Parece que no tengo corazón
parece que no tengo sentimiento,
¿Por qué deje tantas cosas atras y me fui como el viento?
dije que queria vivir y me fui...
de mi nadie espera ni siquiera que diga "adios"

¿Cuántas veces te di la espalda?
no sin darme cuenta, se que la cuenta pueda ser,
escucho el ruido de rotas cadenas perpetuas de pena
condena de la buena, ojala sea leve
porque si llueve, me quedo entre las gotas de la lluvia
escondido definitivamente, vivo del olvido.

"Ni me acuerdo del recuerdo",
ojalá pueda decir algun dia eso
poco seso y poco corazón,
y le pido al olvido, olvidar.

(2): El gólem- Jorge Luis Borges

El rabí le explicaba el universo:
Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.