La derrota del kirchnerismo supuso el panorama obvio por parte de los grandes medios de comunicación (agrupemos aquí diarios como La Nación, Perfil y Clarín y canales como TN y América): el triunfo de las distintas formas de la oposición y el rechazo a un modelo perimido. Ésa es la “pantalla del país nuevo” que se promueve. Sin embargo, cualquiera que haya leído entre líneas el discurso de Macri (aunque llamarlo de esa forma generaría una problemática semántica, digámosle “serie continua de palabras emitidas”) en la sede del PRO (con tantos muchachos de camisa clara y pantalón de vestir saltando e imitando un acento de barrio que les sale mal) puede interpretar que el gran ganador de las elecciones fue el espectro conformado por los medios de comunicación. Macri (un conservador nato de tan pocas luces como su compañero imitador de su imitador, y su fetiche, Gabriela Michetti; paradigma del político impersonal teledirigido por los asesores de prensa) no sólo pidió por la “libertad de prensa” sino que llamó al periodismo a “controlar” las acciones de los gobernantes. La elección de este verbo en desmedro de otros más acertados como “difundir” o incluso “denunciar” no es casual. Esta expresión significa un claro guiño para el mayor contrincante que el gobierno tuvo en el último año y medio. “Clarín”, dice Macri, “nos gusta que nos controles, pegame y decime Mauricio”. La sanción de una nueva Ley Audiovisual (otro de esos proyectos que con otro gobierno que no sea K pueden pasar a formar parte de la “utopía progresista”) ingresa en un marco de incertidumbre. La algarabía de los periodistas más distinguidos de la “radiodifusión” nacional, a medida que se iba conociendo la derrota del oficialismo, fue por momentos obscena, matizada incluso por los típicos detalles escabrosos (chismes más propios de los programas de la tarde que del análisis político) sobre la reacción de Kirchner en el piso 19 del Hotel Intercontinental. Nelson Castro refulgía de morbosidad explicando el momento tenso que el ex presidente hacía pasar a Florencio Randazzo y Sergio Massa. María Laura Santillán sonreía constantemente por razones desconocidas (mientras enarbolaba un argumento instalado desde el conflicto campo-gobierno tan dudoso como demagógico: “Los funcionarios no están a la altura de sus electores”; ¿cuáles son los electores superiores?: ¿los que votaron al empresario menemista Francisco De Narváez, los que endiosan la figura de un vicepresidente que hace campaña en contra del gobierno, los que prefiguran presidenciable a un tosco ex corredor de Fórmula 1?). Con el triunfo opositor, automáticamente, el agitadísimo “fantasma del fraude” fue desechado. Pero durante la tarde se hablaba de “fraude” (sic): una mujer en Caleta Oliva no había podido votar porque otra lo había hecho en su nombre… Macri también dirigió su “serie continua de palabras emitidas” al sector agropecuario y al empresariado nacional. Por si fuera poco, se manifestó harto de la “prepotencia” y los discursos “cargados de resentimiento” (¿remember Derechos Humanos?). Vemos mucha gente feliz en estos días. Los caceroleros. Los integrantes de “Memoria Completa”. Mirtha Legrand. Las conferencias de Kirchner a la madrugada (imperdible, como cada uno de sus contactos con la prensa) y de Cristina al anochecer son la contracara perfecta de la lógica macrista y explicitan de qué modo el estilo K terminó configurando todos y cada uno de los rasgos principales de quienes quieran oponérseles: sólo hace falta invertir cada una de sus supuestas características. Al autoritarismo, se le opone la sonrisa constante. A la verborragia, el discurso atildado. Al cuestionamiento del periodismo, la complicidad. Un sistema meramente gestual que desatiende cualquier tipo de contenido ideológico (una mala palabra) y se sustenta en los modos superficiales. Los dos interpelaron fuertemente a la prensa y acusaron la ausencia de autocrítica (“Siento que a nosotros nos interrogan y a los demás los escuchan” señaló, estupenda, Cristina). Estas estrategias defensivas (u ofensivas, según quien las divulgue) del matrimonio K son suprimidas de los compactos televisivos con sus declaraciones. O erigidas como componentes de un Poder represivo y/o amenazante. Interpretarlas de otra forma sería una muestra de sinceramiento corporativo inimaginable. El hit “¿Qué te pasa Clarín, estás nervioso?” sólo fue aceptado por el establishment una vez vaciado de sentido por su constante repetición. Los años revelarán la envergadura del manejo “discrecional” que los medios han hecho de los acontecimientos socioeconómicos en el último año y medio. Cristina dijo que no habían ganado en Santa Cruz pero sí en el Calafate. Cualquiera que conociera el contexto de la conferencia, sabía que era una broma (bastante idiota, pero broma al fin). Lanata, en su editorial de DDT, utilizó esta respuesta para declamar su desesperación ante la falta de autocrítica K. En Telenoche la compararon con Alberto Rodríguez Saá en el 2003 aclarando que en Necochea había una mesa que los daba ganadores… También se encendió la alarma porque Cristina “minimizó la derrota” ya que registró que su fuerza había cosechado más votos que las demás. ¿Qué esperaban que dijera: “somos una mierda, somos los peores, evidentemente nadie nos quiere y vamos a cambiar cada una de nuestras actitudes que ofenden a la gente que eligió a De Narváez”? La intencionalidad mediática no erradica ni mucho menos la larga serie de desajustes gubernamentales, pero pone en claro que a partir de ahora (diciembre o el año 2011) cualquier tipo de propuesta levemente aceptable forma parte del sueño de una noche de verano. Por último, no sé si será acertado afirmar que esto (incluso con Indec falseado, pasados noventosos, De Vido’s, Scioli’s, aparato, CGT, Kirchner’s -¡!-, es decir, incluso siendo “esto” cercano a un charco de mierda) era el mejor caso, algo que el irrelevante cinismo de la inteligentzia política argentina (basado, entre otros tópicos, en la certeza de que no hay diferencia alguna entre Kirchner y Menem) no acaba de comprender. Lo que viene, Macri, Reutemann, Cobos..., ¿hace falta agregar algo? Hay veces que la mención de algunos apellidos sustituye cualquier calificativo que los describa. En este caso, por si quedaran dudas, estos son: “horroroso”, “penoso”, “triste”, “lamentable”, nuevamente “horroroso”.martes 30 de junio de 2009
Pantalla del país nuevo
La derrota del kirchnerismo supuso el panorama obvio por parte de los grandes medios de comunicación (agrupemos aquí diarios como La Nación, Perfil y Clarín y canales como TN y América): el triunfo de las distintas formas de la oposición y el rechazo a un modelo perimido. Ésa es la “pantalla del país nuevo” que se promueve. Sin embargo, cualquiera que haya leído entre líneas el discurso de Macri (aunque llamarlo de esa forma generaría una problemática semántica, digámosle “serie continua de palabras emitidas”) en la sede del PRO (con tantos muchachos de camisa clara y pantalón de vestir saltando e imitando un acento de barrio que les sale mal) puede interpretar que el gran ganador de las elecciones fue el espectro conformado por los medios de comunicación. Macri (un conservador nato de tan pocas luces como su compañero imitador de su imitador, y su fetiche, Gabriela Michetti; paradigma del político impersonal teledirigido por los asesores de prensa) no sólo pidió por la “libertad de prensa” sino que llamó al periodismo a “controlar” las acciones de los gobernantes. La elección de este verbo en desmedro de otros más acertados como “difundir” o incluso “denunciar” no es casual. Esta expresión significa un claro guiño para el mayor contrincante que el gobierno tuvo en el último año y medio. “Clarín”, dice Macri, “nos gusta que nos controles, pegame y decime Mauricio”. La sanción de una nueva Ley Audiovisual (otro de esos proyectos que con otro gobierno que no sea K pueden pasar a formar parte de la “utopía progresista”) ingresa en un marco de incertidumbre. La algarabía de los periodistas más distinguidos de la “radiodifusión” nacional, a medida que se iba conociendo la derrota del oficialismo, fue por momentos obscena, matizada incluso por los típicos detalles escabrosos (chismes más propios de los programas de la tarde que del análisis político) sobre la reacción de Kirchner en el piso 19 del Hotel Intercontinental. Nelson Castro refulgía de morbosidad explicando el momento tenso que el ex presidente hacía pasar a Florencio Randazzo y Sergio Massa. María Laura Santillán sonreía constantemente por razones desconocidas (mientras enarbolaba un argumento instalado desde el conflicto campo-gobierno tan dudoso como demagógico: “Los funcionarios no están a la altura de sus electores”; ¿cuáles son los electores superiores?: ¿los que votaron al empresario menemista Francisco De Narváez, los que endiosan la figura de un vicepresidente que hace campaña en contra del gobierno, los que prefiguran presidenciable a un tosco ex corredor de Fórmula 1?). Con el triunfo opositor, automáticamente, el agitadísimo “fantasma del fraude” fue desechado. Pero durante la tarde se hablaba de “fraude” (sic): una mujer en Caleta Oliva no había podido votar porque otra lo había hecho en su nombre… Macri también dirigió su “serie continua de palabras emitidas” al sector agropecuario y al empresariado nacional. Por si fuera poco, se manifestó harto de la “prepotencia” y los discursos “cargados de resentimiento” (¿remember Derechos Humanos?). Vemos mucha gente feliz en estos días. Los caceroleros. Los integrantes de “Memoria Completa”. Mirtha Legrand. Las conferencias de Kirchner a la madrugada (imperdible, como cada uno de sus contactos con la prensa) y de Cristina al anochecer son la contracara perfecta de la lógica macrista y explicitan de qué modo el estilo K terminó configurando todos y cada uno de los rasgos principales de quienes quieran oponérseles: sólo hace falta invertir cada una de sus supuestas características. Al autoritarismo, se le opone la sonrisa constante. A la verborragia, el discurso atildado. Al cuestionamiento del periodismo, la complicidad. Un sistema meramente gestual que desatiende cualquier tipo de contenido ideológico (una mala palabra) y se sustenta en los modos superficiales. Los dos interpelaron fuertemente a la prensa y acusaron la ausencia de autocrítica (“Siento que a nosotros nos interrogan y a los demás los escuchan” señaló, estupenda, Cristina). Estas estrategias defensivas (u ofensivas, según quien las divulgue) del matrimonio K son suprimidas de los compactos televisivos con sus declaraciones. O erigidas como componentes de un Poder represivo y/o amenazante. Interpretarlas de otra forma sería una muestra de sinceramiento corporativo inimaginable. El hit “¿Qué te pasa Clarín, estás nervioso?” sólo fue aceptado por el establishment una vez vaciado de sentido por su constante repetición. Los años revelarán la envergadura del manejo “discrecional” que los medios han hecho de los acontecimientos socioeconómicos en el último año y medio. Cristina dijo que no habían ganado en Santa Cruz pero sí en el Calafate. Cualquiera que conociera el contexto de la conferencia, sabía que era una broma (bastante idiota, pero broma al fin). Lanata, en su editorial de DDT, utilizó esta respuesta para declamar su desesperación ante la falta de autocrítica K. En Telenoche la compararon con Alberto Rodríguez Saá en el 2003 aclarando que en Necochea había una mesa que los daba ganadores… También se encendió la alarma porque Cristina “minimizó la derrota” ya que registró que su fuerza había cosechado más votos que las demás. ¿Qué esperaban que dijera: “somos una mierda, somos los peores, evidentemente nadie nos quiere y vamos a cambiar cada una de nuestras actitudes que ofenden a la gente que eligió a De Narváez”? La intencionalidad mediática no erradica ni mucho menos la larga serie de desajustes gubernamentales, pero pone en claro que a partir de ahora (diciembre o el año 2011) cualquier tipo de propuesta levemente aceptable forma parte del sueño de una noche de verano. Por último, no sé si será acertado afirmar que esto (incluso con Indec falseado, pasados noventosos, De Vido’s, Scioli’s, aparato, CGT, Kirchner’s -¡!-, es decir, incluso siendo “esto” cercano a un charco de mierda) era el mejor caso, algo que el irrelevante cinismo de la inteligentzia política argentina (basado, entre otros tópicos, en la certeza de que no hay diferencia alguna entre Kirchner y Menem) no acaba de comprender. Lo que viene, Macri, Reutemann, Cobos..., ¿hace falta agregar algo? Hay veces que la mención de algunos apellidos sustituye cualquier calificativo que los describa. En este caso, por si quedaran dudas, estos son: “horroroso”, “penoso”, “triste”, “lamentable”, nuevamente “horroroso”.
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sábado 27 de junio de 2009
MICHAEL JACKSON O LA ESTRATEGIA DEL VACÍO
“A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo”. Si la vieja tesis enunciada por Gilles Lipovetsky en su notable La era del vacío fuera cierta, Michael Jackson (con su eterna sucesión de cirugías estéticas) podría ser considerada el paradigma perfecto de la era de Narciso, aquel que de tanto mirarse en el reflejo del agua murió ahogado. El efecto ominoso que producía en la sociedad el rostro multiforme de Jackson siempre mantuvo aparejado un halo de hipocresía: fue el proclamado “Rey del Pop” un espejo hiperbólico y violento de la obsesión posmo por el aspecto. Si nos atenemos a su decrepitud final (tanto física como mental) la moraleja de su fábula (en la que un individuo encandilado por la fisonomía termina convertido en un “monstruo”, un “freak” bizarro más propio del entretenimiento televisivo que de los escenarios) es de una linealidad bestial y apta para todos los medios que en este mismo instante hincan sus dientes sobre el cadáver para conocer los detalles más escabrosos de sus últimos días.
Cambiando el enfoque y sin pretensiones de reflexión cultural, nos encontramos con un caso típico en la Industria del Entretenimiento pero multiplicado por mil: un comienzo que rebasa el significado de la palabra “exitoso” (tal vez Jackson personifique el término “estrella” como ningún otro), la imposibilidad de superación (tanto comercial como artística) y un curso descendente en el que no faltaron ni los fracasos comerciales de sus últimos álbumes ni las acusaciones más agravantes hacia su persona (pedofilia). La característica majestuosidad de sus shows y video-clips (por su habitual desorbitación tendiente al mal gusto), el puño en alto como pose gestual de superioridad ante la multitud (favoreciendo la rendición de pleitesía y la asimilación con los grandes líderes totalitarios), el aullido agudo con el que matizaba sus canciones y su eterno paso “Moonwalk”, en el que parecía hacer retroceder el globo terráqueo con su sensacional baile, son testimonios simbólicos que representan toda una era marcada por la frivolidad y la perspectiva banal del Universo. Pero, ¿qué había detrás de ese entramado complejo de espectacularidades? Un personaje de gran bajeza, vacío, en soledad, emancipado del mundo. Aún siendo un dato coyuntural, no puede ser casualidad que su visita a la Argentina se haya dado en pleno menemismo.
Musicalmente, su carrera discográfica ingresa en un claro declive a mediados de los años 80’. El nivel superlativo de Trhiller (ejemplar soberbio de swing) no puede reparar el enorme daño histórico de sus discos posteriores, repletos de pasos en falso, declaraciones políticamente correctas, sonidos inofensivos, repeticiones y baladas insufribles. Por otro lado, la conclusión sobre la vigencia de su legado no puede ser más negativa. Jackson es quizás el máximo responsable del pop falto de sustancia y prefabricado de los últimos veinte años. Aunque sea, de seguro es la inspiración primordial de todo aquel espécimen musical con ínfulas pop que pone más énfasis en lo accesorio que en el contenido (a no ser que se estén inspirando en David Bowie y no nos hayamos dado cuenta): las coreografías rimbombantes, los video-clips, los shows mega producidos, etc. La dictadura del efecto en la que la obra de arte (porque esta noción también es propia del cine y de las artes plásticas) más que la “inminencia de una revelación” debe provocar un resultado monetario. Una concepción mercadotécnica sobre la música sublimada en los insípidos grupos para adolescentes de los años 90’ o en el laboratorio miserable de Operación Triunfo. Una proyección del “arte” puesta al servicio de la Industria. Eso, entre otras cosas menos elegantes, fue Michael Jackson.
Cambiando el enfoque y sin pretensiones de reflexión cultural, nos encontramos con un caso típico en la Industria del Entretenimiento pero multiplicado por mil: un comienzo que rebasa el significado de la palabra “exitoso” (tal vez Jackson personifique el término “estrella” como ningún otro), la imposibilidad de superación (tanto comercial como artística) y un curso descendente en el que no faltaron ni los fracasos comerciales de sus últimos álbumes ni las acusaciones más agravantes hacia su persona (pedofilia). La característica majestuosidad de sus shows y video-clips (por su habitual desorbitación tendiente al mal gusto), el puño en alto como pose gestual de superioridad ante la multitud (favoreciendo la rendición de pleitesía y la asimilación con los grandes líderes totalitarios), el aullido agudo con el que matizaba sus canciones y su eterno paso “Moonwalk”, en el que parecía hacer retroceder el globo terráqueo con su sensacional baile, son testimonios simbólicos que representan toda una era marcada por la frivolidad y la perspectiva banal del Universo. Pero, ¿qué había detrás de ese entramado complejo de espectacularidades? Un personaje de gran bajeza, vacío, en soledad, emancipado del mundo. Aún siendo un dato coyuntural, no puede ser casualidad que su visita a la Argentina se haya dado en pleno menemismo.
Musicalmente, su carrera discográfica ingresa en un claro declive a mediados de los años 80’. El nivel superlativo de Trhiller (ejemplar soberbio de swing) no puede reparar el enorme daño histórico de sus discos posteriores, repletos de pasos en falso, declaraciones políticamente correctas, sonidos inofensivos, repeticiones y baladas insufribles. Por otro lado, la conclusión sobre la vigencia de su legado no puede ser más negativa. Jackson es quizás el máximo responsable del pop falto de sustancia y prefabricado de los últimos veinte años. Aunque sea, de seguro es la inspiración primordial de todo aquel espécimen musical con ínfulas pop que pone más énfasis en lo accesorio que en el contenido (a no ser que se estén inspirando en David Bowie y no nos hayamos dado cuenta): las coreografías rimbombantes, los video-clips, los shows mega producidos, etc. La dictadura del efecto en la que la obra de arte (porque esta noción también es propia del cine y de las artes plásticas) más que la “inminencia de una revelación” debe provocar un resultado monetario. Una concepción mercadotécnica sobre la música sublimada en los insípidos grupos para adolescentes de los años 90’ o en el laboratorio miserable de Operación Triunfo. Una proyección del “arte” puesta al servicio de la Industria. Eso, entre otras cosas menos elegantes, fue Michael Jackson.
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miércoles 24 de junio de 2009
Pánico y asco en las elecciones legislativas
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado
(T. S Eliot)
Y ya se avecina el día del salto espacio temporal. Como todos sabemos, en la jornada del domingo 28 de junio la ciudadanía de la Provincia de Buenos Aires, en un esfuerzo desigual, decidirá en nombre de todo el país (condominio fragmentario que en algunas ocasiones también conforman Mendoza, Santa Fe y Córdoba) si quiere regresar a los 90’ (para más datos ver Gran Cuñado), seguir en el presente (para mayor complicación, al decir de muchos, “los 70”) o darle una oportunidad al futuro o el porvenir o como éste se llame junto a Sabbatella. Es claro que El Guionista está moldeando la realidad argentina influenciado por la dinámica de la serie Lost o su sucedánea argentina, la imperdible (aunque harto “inmirable”) Casi Ángeles. Yo soy de la línea spinetteana ortodoxa así que, mientras entono aquello de “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”, le regalo un voto a Sabatella (con su tan encomiable como soporífera propuesta) y temo que Kirchner pierda, derrape, renuncie y me quede sin tema de discusión por toda la eternidad escuchando hasta el suicidio los no-discursos monocordes de Cobos o Reutemann o Binner o Macri o Scioli o alguno de esos robots que a diario vemos en televisión. De Elisa Carrió nadie con neuronas en actividad presagia un futuro presidenciable, aunque quién sabe. Por lo pronto, en el colmo del delirio gratuito, ha comenzado a “agitar” lo que el periodismo llama “el fantasma del fraude”. Lo que en verdad es un fraude es la argumentación que sostiene como posible el fraude. Según Carrió, a las 18 horas del domingo el gobierno anunciará un triunfo. Esta noticia (nunca antes dada por ningún gobierno en ninguna elección anterior, por supuesto: se sabe que los K en lo único que se devanan los sesos y son originales es en encontrar nuevas formas de afrentar a la bendita institucionalidad) “desmoralizará” a los honrados fiscales de mesa, que se retirarán compungidos a sus casas antes de tiempo. Y aquí viene la gran estafa maquiavélica del gobierno chavista/autoritario/hegemónico/totalitario/monárquico/comunista/tirano (¿alguien da más?: usurero/despótico/montonero; parafraseando al grupo de música experimental los Guaguancó, “la cosecha de calificativos nunca se acaba”): justo cuando los fiscales se dan vuelta arrasados por la resignación de tener que soportar otros dos años de dictadura, vienen los kirchneristas (probablemente escondidos detrás de las urnas, habilidad aprendida en los años de guerrilla) y colocan sus boletas en tanto sacan las miles del Acuerdo Cívico. Aunque usted no lo crea, esta escena hipotética digna de la mejor época del Chavo del 8 o los clásicos finales de Scooby Doo en que el “fantasma” siempre era un ñato disfrazado, es la razón principal que la líder de la oposición maneja para aseverar que habrá fraude (todavía no se animó a promover la idea de las “boletas mal impresas” de las cadenas de mails). Los medios (TN y América, principalmente), para no ser menos, fogonean la inminencia del tongo y mientras emiten didácticos spots que explican qué es eso de votar (porque después de tantos años de dictadura, claro, nadie lo recuerda), solicitan a los ciudadanos (especialmente a quienes se emocionan con el Rabino Bergman y se sienten ofendidos por la forma en que Chávez nacionalizó Techint) asistir al cuarto oscuro con celulares para filmar cualquier tipo de inconveniente. Es de esperar que en una votación multitudinaria haya cientos de inconvenientes. Es de esperar que se utilicen estos vulgares inconvenientes como aspectos de un fraude sistematizado y que el gorila medio, cebado ante la paranoia instaurada, cuente boleta por boleta y al comprobar que hay 105 del Frente Justicialista Para la Victoria, 98 del AC y 85 de Unión-Pro, murmure “¡Pobre Patria Mía!” y documente el dramático instante para provocar la mirada de perro mojado de María Laura Santillán y la dura reprimenda de Santo Biasatti a toda la clase política argentina. Paréntesis: como alguna vez sucedió con Zamora, hoy es Pino Solanas el candidato progresista que las clases altas consideran entrañable (cual mascota) seguras de que nunca asumirá un cargo ejecutivo de importancia. Cierro paréntesis. Noticia de último momento: Fontevecchia (junto a la entelequia denominada “Opinión Pública”) cayó en la cuenta de que De Ángeli (que de tan federal, siendo entrerriano se viene a Buenos Aires a hacer campaña junto a De Narváez) es “una persona tosca, primitiva, ordinaria y a veces brutal (…) y no un heroico David que derribó a Goliat” (Perfil, 21/06/09). Sería una buena noticia, con los avances tecnológicos y científicos de los últimos 80 años, que próximamente estas verdaderas revelaciones sobre la real naturaleza de nuestros más grandes íconos lleguen a Fontevecchia en particular (creador de gemas del pensamiento contemporáneo como el paralelismo entre los desaparecidos y los números adulterados del Indec) y la sociedad en general en su debido momento y no con un año y medio de retraso. Muchas gracias.
Y ya se avecina el día del salto espacio temporal. Como todos sabemos, en la jornada del domingo 28 de junio la ciudadanía de la Provincia de Buenos Aires, en un esfuerzo desigual, decidirá en nombre de todo el país (condominio fragmentario que en algunas ocasiones también conforman Mendoza, Santa Fe y Córdoba) si quiere regresar a los 90’ (para más datos ver Gran Cuñado), seguir en el presente (para mayor complicación, al decir de muchos, “los 70”) o darle una oportunidad al futuro o el porvenir o como éste se llame junto a Sabbatella. Es claro que El Guionista está moldeando la realidad argentina influenciado por la dinámica de la serie Lost o su sucedánea argentina, la imperdible (aunque harto “inmirable”) Casi Ángeles. Yo soy de la línea spinetteana ortodoxa así que, mientras entono aquello de “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”, le regalo un voto a Sabatella (con su tan encomiable como soporífera propuesta) y temo que Kirchner pierda, derrape, renuncie y me quede sin tema de discusión por toda la eternidad escuchando hasta el suicidio los no-discursos monocordes de Cobos o Reutemann o Binner o Macri o Scioli o alguno de esos robots que a diario vemos en televisión. De Elisa Carrió nadie con neuronas en actividad presagia un futuro presidenciable, aunque quién sabe. Por lo pronto, en el colmo del delirio gratuito, ha comenzado a “agitar” lo que el periodismo llama “el fantasma del fraude”. Lo que en verdad es un fraude es la argumentación que sostiene como posible el fraude. Según Carrió, a las 18 horas del domingo el gobierno anunciará un triunfo. Esta noticia (nunca antes dada por ningún gobierno en ninguna elección anterior, por supuesto: se sabe que los K en lo único que se devanan los sesos y son originales es en encontrar nuevas formas de afrentar a la bendita institucionalidad) “desmoralizará” a los honrados fiscales de mesa, que se retirarán compungidos a sus casas antes de tiempo. Y aquí viene la gran estafa maquiavélica del gobierno chavista/autoritario/hegemónico/totalitario/monárquico/comunista/tirano (¿alguien da más?: usurero/despótico/montonero; parafraseando al grupo de música experimental los Guaguancó, “la cosecha de calificativos nunca se acaba”): justo cuando los fiscales se dan vuelta arrasados por la resignación de tener que soportar otros dos años de dictadura, vienen los kirchneristas (probablemente escondidos detrás de las urnas, habilidad aprendida en los años de guerrilla) y colocan sus boletas en tanto sacan las miles del Acuerdo Cívico. Aunque usted no lo crea, esta escena hipotética digna de la mejor época del Chavo del 8 o los clásicos finales de Scooby Doo en que el “fantasma” siempre era un ñato disfrazado, es la razón principal que la líder de la oposición maneja para aseverar que habrá fraude (todavía no se animó a promover la idea de las “boletas mal impresas” de las cadenas de mails). Los medios (TN y América, principalmente), para no ser menos, fogonean la inminencia del tongo y mientras emiten didácticos spots que explican qué es eso de votar (porque después de tantos años de dictadura, claro, nadie lo recuerda), solicitan a los ciudadanos (especialmente a quienes se emocionan con el Rabino Bergman y se sienten ofendidos por la forma en que Chávez nacionalizó Techint) asistir al cuarto oscuro con celulares para filmar cualquier tipo de inconveniente. Es de esperar que en una votación multitudinaria haya cientos de inconvenientes. Es de esperar que se utilicen estos vulgares inconvenientes como aspectos de un fraude sistematizado y que el gorila medio, cebado ante la paranoia instaurada, cuente boleta por boleta y al comprobar que hay 105 del Frente Justicialista Para la Victoria, 98 del AC y 85 de Unión-Pro, murmure “¡Pobre Patria Mía!” y documente el dramático instante para provocar la mirada de perro mojado de María Laura Santillán y la dura reprimenda de Santo Biasatti a toda la clase política argentina. Paréntesis: como alguna vez sucedió con Zamora, hoy es Pino Solanas el candidato progresista que las clases altas consideran entrañable (cual mascota) seguras de que nunca asumirá un cargo ejecutivo de importancia. Cierro paréntesis. Noticia de último momento: Fontevecchia (junto a la entelequia denominada “Opinión Pública”) cayó en la cuenta de que De Ángeli (que de tan federal, siendo entrerriano se viene a Buenos Aires a hacer campaña junto a De Narváez) es “una persona tosca, primitiva, ordinaria y a veces brutal (…) y no un heroico David que derribó a Goliat” (Perfil, 21/06/09). Sería una buena noticia, con los avances tecnológicos y científicos de los últimos 80 años, que próximamente estas verdaderas revelaciones sobre la real naturaleza de nuestros más grandes íconos lleguen a Fontevecchia en particular (creador de gemas del pensamiento contemporáneo como el paralelismo entre los desaparecidos y los números adulterados del Indec) y la sociedad en general en su debido momento y no con un año y medio de retraso. Muchas gracias.
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jueves 11 de junio de 2009
Una temporada en el amor, nuevo disco de Estelares
“Sigo sintiéndome triste/ con las vueltas que da la vida/ de aquí para allá/ cual pelotita de ping pong/ Es así de gris la vida/ Es así de opaco este amor”. Si el tercer tema del primer disco de una banda (Extraño Lugar, 1996, de Estelares) contaba con estrofas de este calibre no hay mucho que agregar: estamos ante individuos que creen, como León Tolstoi (y Fabián Casas), que el hombre puede sobrevivir a los terremotos, las agonías del espíritu y las epidemias pero la que en verdad cuenta es la tragedia de la alcoba (1). Los supuestos males que nos atormentan día y noche (el dengue, la gripe porcina, las candidaturas testimoniales, los spots publicitarios de De Narváez, las columnas periodísticas de Pepe Eliaschev, Cobos, el reggaetón, el funcionamiento del tridente delantero del seleccionado, los libros de Marcos Aguinis) son meras distracciones para que no pensemos demasiado en el peor de los tormentos: el amor o la falta o la recuperación de éste. O bien: el amor en cualquiera de sus manifestaciones. Cada disco de Estelares (sólo 5 contando el presente en una carrera bastante extensa), entonces, es un alto en el camino que nos estalla en los oídos frases que nos querríamos haber escuchado: “Los dos estamos hechos mierda/ No nos podemos ayudar mi amor” o “Rumbo al mar/ Apoyas tu cara en el vidrio/ Me decís: “Tu mundo me resulta ajeno”/ Mientras yo guardo un cigarro entre mis dedos” o “Aunque me beses la boca no es suficiente”. Con los años, tal tendencia al sentimentalismo ortodoxo de vieja escuela (que abreva tanto en la tradición broken hurts de las letras del rock en general como en la habitual desolación tanguera y la cursilería elegante de la mejor canción romántica), no sólo no ha cesado sino que ha añadido a sus contorsiones una serie de virtudes difíciles de encontrar en el rock local: una facilidad sorprendente para hilvanar melodías pegadizas sin sonar edulcorados, un sonido en vivo más que apreciable y una contundencia en la fórmula estrofa-puente-estribillo (o viceversa) que obligan al reconocimiento en medio de un panorama tan estrecho en cuanto a inventiva textual. Y esto (milagrosamente) no se logró pasteurizando al grupo para volverlo un combinado impersonal de algún productor caribeño, sino agregándole más pop a la estructura por demás desprolija de sus primeros discos pero sonando tan rockeros como siempre (Estelares es, antes que nada, una banda de guitarras). No sé si Una temporada en el amor (que se iba a llamar, agreguen los signos de admiración: El mundo de Leonardo Favio) supera a Sistema nervioso central (2006). No lo sé porque probablemente, dentro de lo que podríamos llamar el power pop argentino (o algo así como: bandas que suenan en las radios pero no son Airbag), pocos discos de esta década generen el placer musical de aquella obra. Sí puedo afirmar que su edición tiene algunas características que producirán el goce en las almas de quienes sean levemente felices escuchando buenas canciones. Una de ellas es “Superacción”, un tema de reverberaciones algo ochentosas con un estribillo mortal, que va hilvanando imágenes de una densidad cercana a la poesía: “En la ruta al norte, se ven miles de estaciones/ Con el viejo póster, Diego en México campeones”. Otra es “Cristal”, el corte de difusión, que nuevamente, como en “Aire”, refleja con absoluta gracia las sensaciones agridulces posteriores a una separación: “Me pregunto por tus padres/ Y los amigos con que cenábamos”. También “Trémulas canciones” (me animo a pronosticar su bestial reproducción en los parlantes de todo lugar público) merece su lugar en el podio, con su sonido funky y ese “Dónde estarás mi amor/ Quién agiganta el sol/ Si todo cae sobre mí por hoy” que se repite como un mantra y hasta invita al baile. La lista de destacados podría abarcar aunque sea ocho o nueve de los catorce temas. En “Tanta gente” Moretti canta: “Si Boca es campeón mundial, yo también (…) Los fascistas de siempre/ No tienen dos dedos de frente”. Esa intrusión de lo cotidiano (lo público) en el retrato de las relaciones privadas es la que otorga a los temas de Estelares un sello de distinción y un plus que diferencia de los demás (productos manufacturados basados en clichés y fórmulas discursivas vacías de sentido, elementos que Estelares maneja con discreción y a conciencia). Por último, deberíamos marcar que la persistencia de la primera persona del singular, en este caso (salvo contadas excepciones), parece genuina y no provoca la certeza de que el emisor intenta identificarse con el oyente obscenamente dejando de lado cualquier búsqueda poética. Luego de estas palabras, sólo resta escuchar Una temporada en el amor y comprobar (o no) los dichos de este servidor.(1): La frase entera dice así: “El hombre sobrevive a los terremotos, las epidemias, al horror de la enfermedad, y a todas las agonías del espíritu; pero, a través de las generaciones, la tragedia que lo ha atormentado y que lo atormentará más es (y será) la tragedia de la alcoba”. En mi caso particular, conocí la cita en El árbol del diablo, novela de un descalificadísimo escritor polaco llamado Jerzy Kosinski. Este autor, acusado de las más grandes ignominias (entre ellas, la más agravante de todas: no ser el verdadero autor de sus libros) es quien escribió (nunca se comprobó lo contrario) un best seller ciertamente exquisito: Desde el jardín. Luego de la lectura de esta obra, cada vez que advierto algo de Kosinski en las mesas de saldo (quien solía surgir en las contratapas de sus viejos libros en poses pavorosas), me lo llevo disimuladamente y como quien no quiere la cosa. Tengo un par de libros suyos que me están esperando en la biblioteca para poder constituir algún tipo de veredicto.
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Rock
domingo 7 de junio de 2009
Maradona y 11 más
“Maradona: si querés a la Selección, asumí ya como DT”… Ah, cierto que ya asumiste. Qué mal juega la Argentina, qué cantidad de equivocaciones puede generar en la opinión pública el ex número 10 con su simbología entre nacionalista, demagógica y chabacana. Por ejemplo, la “sorpresa” de que se acaben las entradas para un partido de la Selección, como si eso nunca hubiese ocurrido (“La gente escuchó el pedido de Diego”, decían los titulares, como si con Pekerman o Basile o Bielsa los estadios estuvieran vacíos). O la “importancia” de dos partidos amistosos olvidables (ya perdidos en el espacio temporal). O la “certeza” de que Agüero, Messi y Tévez deben jugar juntos sí o sí aunque nunca lo hayan hecho mínimamente bien. Y por otro lado, qué diferencia hay entre el hipotético Messi construido en base a videojuegos y publicidades y el que transita desconcertado el opaco césped del Monumental. Ya la comparación (odiosa por donde se la mire) con Maradona no resiste ningún análisis. Maradona era un estratega y un habilidoso, tenía una personalidad avasallante y movía los hilos del equipo casi por inercia. Messi, por ahora (pero ¿desde cuándo siempre se debe estudiar la performance de un deportista por lo que ofrecerá en un futuro aparente?) es, también, un habilidoso de gran velocidad que desnivela en el mano a mano. A veces pareciera que sólo puede trascender si alrededor tiene compañeros monstruosos como Xavi o Iniesta. En todo caso, sólo gente obsesionada con su sueldo anual piensa que un equipo puede depender de sus transgénicas piernas. Sus apariciones son ciertamente rutilantes, pero fugaces y poco frecuentes, y tampoco tiene la claridad suficiente para resolver en qué momento hacer “la individual” o pasar la pelota. El resto del equipo también suscita la decepción. La palabra clave para definir el funcionamiento sería “barullo”. Jugadores desorientados, chocándose entre sí, sin coordinación, discutiendo. Ausencia total de elaboraciones que confluyan en alguna clase de circuitos de fútbol asociado (Uruguay perdiendo 4 a 0 juega mejor). Consecuencia: inexistencia de situaciones de peligro en el arco rival. Por descarte, entonces (porque la idea de Maradona es la de un equipo vertiginoso, con toque, sudor y jogo bonito; por ahora sólo aparece el sudor), la opción es esperar que alguna de las individualidades despierte del letargo y frote la lámpara. Pero esto nunca sucede y la pelota parada termina por ser el último espacio propicio para marcar la diferencia. La obstinación por una línea de tres que nunca resulta es incomprensible. Maradona parece hacerlo todo más que por convicción, para demostrar: que puede ser el técnico, que está sobrio, que Bilardo no lo maneja, que Batista no le sacara el puesto, que Grondona no lo inquieta, que sabe de fútbol. En el medio, elige preservar todo lo accesorio por lo fundamental, como si un equipo se armará por arte de magia. Se la “creyó”, en el sentido literal del término: compra lo que él mismo vende. Y eso es letal. De alguna forma es un émulo de De Narváez, para quien el significado de política equivale al de farándula: “mostrarse como uno es”. Es extraño, pero el jugador más grande de la historia entiende el fútbol como el show “conmovedor” que instalaron los medios (los mismos que no van a tener compasión cuando vuelva a caer: es que “la vida es una tómbola y arriba y arriba”, ¿el Puma Rodríguez?, no, Manu Chao). Así se suceden carteles de auto ayuda, arengas, eslóganes (“La Selección es Mascherano y 10 más” o como deshonrar a todo un plantel y responsabilizar excesivamente a un jugador), familiares ante las cámaras y declaraciones para esa oprobiosa gilada que le festeja todos sus exabruptos, aún cuando éstos no poseen ninguna gracia y son a todas luces desubicados. A su yerno pareció haberlo sacado en el primer tiempo sólo para confirmar su desprecio por el estado del campo de juego (la molestia fue “mínima” según el mismo Kun, desde su estadía en Europa, un jugador impersonal y de poco brillo). Sólo su presencia “aplaca-pensamientos” pudo detener la entendible ola de críticas que hubiera provocado con cualquier otro entrenador la goleada histórica contra Bolivia. Que Venezuela en el mismo lugar no haya recibido ningún gol e incluso ganado (1 a 0) es un dato revelador. No se trata aquí de crucificar (una vez más) al ídolo, sino de marcar el halo de irrealidad en el que opera a causa de la dimensión de imbecilidades que repite el coro de reidores que lo sigue. Abrazo de gol.
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Fútbol
lunes 1 de junio de 2009
Sobre algunas estrategias miserables de la oposición y los medios contrarios al kirchnerismo
Las invenciones…, no. Las confabulaciones…, no. Las estrategias discursivas a través de las cuales la oposición y los medios de comunicación intentan rebajar al espacio de la política argentina conocido como “kirchnerismo” no tienen límites. La operación es simple: se trata de tomar cada una de las medidas del gobierno, cada declaración de un funcionario oficialista, cada gesto de la presidente y rechazarlo de plano en nombre de una superioridad imprecisa (la que supuestamente separa a De Narváez de Kirchner, por ejemplo). A continuación, se procederá a comparar el objeto de crítica determinado con el que correspondería si los K fueran decentes, republicanos e institucionales como el rabino Bergman. Cuestiones que no estaban en discusión hasta hace poco tiempo por nadie que tenga un mínimo de sensibilidad social (el acabose de las AFJP, el proyecto de una nueva ley de radiodifusión, los juicios a los represores) pasaron a considerarse ejemplos paradigmáticos del autoritarismo, la soberbia y la monarquía (ver Legrand, Mirota). En cambio, sucesos infames desde todo punto de vista son tolerados con normalidad. Él caso más ilustrativo es el del vicepresidente Julio Cobos, quien pasa la mayor parte de su tiempo libre difundiendo porcentajes perjudiciales para el gobierno al que pertenece. O haciendo campaña por candidatos que se oponen al gobierno. O pronunciándose en contra de cada una de las posturas del gobierno. En el intento por agrietar en forma contundente la escasa aceptación popular de los K, la prensa recurre constantemente a instalaciones temáticas que muchas veces no tienen mayor asidero o no son analizadas con el mismo tenor si se dan en otro espacio. Hace un par de semanas, la nacionalización de una empresa siderúrgica argentina en Venezuela provocó una reacción de dimensiones colosales. En pocos minutos, la población entendió el mensaje: faltaban pocas horas para que Chávez viniera a la Argentina acompañado de milicias rojas con el claro objetivo de confiscar cada propiedad privada del país. La tolerancia de los Kirchner a tal “embate” (¿se explica la gravedad del asunto?: ¡una empresa que factura miles de millones de dólares fue expropiada en el exterior y recibió aún más miles de millones de dólares!) dejó asentada la idea de que luego del 28 de junio, éstos harían lo mismo. Tal conexión fue acopiada ferozmente por los candidatos del PRO y la Coalición Cívica (posiblemente haya salido de sus mismos asesores, enterados del virus “anti-zurdo” que corroe a gran parte de la sociedad argentina, explicitado a través de carteles de adecuada síntesis argumental como el que rezaba “Cristina: no te vayas con Chávez, andate Con…chuda” o exaltaciones del más puro sentir autóctono como “Váyanse Montoneros del gobierno, no queremos ser una segunda Cuba como Venezuela”).Al mismo tiempo (tal vez comprobando la verosimilitud de las dinámicas de esas películas ambiciosas y odiosas de los años 2000’ en las que todo se conecta con todo), en la tierra del “dictador” (aunque Chávez, tanto por su disposición mental como por su recurrente canto merece el más profundo de mis rechazos, ¿se le puede decir jocosamente tal epíteto a una persona votada en elecciones libres?) se desarrollaba un “Foro sobre libertad económica y democracia”. Esto es casi imperdible, lo más parecido en el mundo real al comité del partido republicano de Los Simpsons. Gente que defiende la libertad y de paso el bloqueo a Cuba y la guerra contra el terrorismo. Entre ellos se encontraban conocidos amigos de la casa como el inefable Marcos Ah!guinis. Bastó para que en el aeropuerto de Caracas se retuviera más de la cuenta a Álvaro Vargas Llosa para que la alarma llegara a la Argentina. TN se hizo eco de esta noticia con indudable aptitud: ¿quién no se horroriza, quién no grita y vomita y llora y tiene espasmos y se retuerce de dolor cuando a un respetable intelectual latinoamericano se le cercena la libertad para decir lo que se le plazca sobre un gobierno bolivariano? A este accidente, TN lo tituló, con llamativa insistencia: “Chávez profundiza el modelo”. Traducción: el modelo de Chávez no sólo es estatizar cruelmente empresas argentinas, sino apalear a todo ser pensante que considere que su accionar es motivo de diatriba. Probablemente esto sea cierto, lo que no se entiende es por qué razón el mismo medio no tituló “Obama profundiza el modelo” cuando a principios de mayo la embajada de Estados Unidos no le otorgó la visa al insufrible cantautor cubano Silvio Rodríguez. Como estas noticias han sido arrasadas por los glaciares del olvido, pasemos, ahora sí, a la brevísima observación que quiero hacer desde hace 748 palabras (según el contador del Word).
Las encuestas para las legislativas del 28 han aportado otra maniobra de descomposición del aparato kirchnerista (lo que ya es una redundancia): la denigración de sus votantes. El titular principal del diario Perfil del domingo (en el que Edi Zunino compara a Kirchner con un pedófilo por su tendencia a besar a los niños durante sus recorridas en el conurbano) fue demasiado explícito: “Los menos instruidos votan a Kirchner y los sub-45, a De Narváez”. Por un lado: la vieja política que votan los idiotas sin secundaria. Por otro: la juventud que apoya a la nueva política (de un ex financista de Menem que practica un vocabulario basado en la repetición de eslóganes, un empresario que cree que la homosexualidad es una enfermedad y el siglo XX el de los derechos humanos y un ex dirigente kirchnerista-menemista-duhaldista). Según la encuesta de M & F el 61, 8 por ciento de quienes votan la (¿no?) fórmula Kirchner-Scioli poseen un nivel educativo bajo. Este pernicioso comentario (que vuelve omnipresente el concepto de voto calificado) ya había sido esbozado por Nelson Castro el 17/05 en su habitual y escalofriante columna de los domingos: “Pero, más allá de estos números, está la realidad sociopolítica de lo que se vive sobre todo en el segundo cordón. Allí reina la confusión. Mucha gente no sabe qué se vota ni a quién se vota. Muchos creen que Néstor Kirchner es todavía presidente. A De Narváez aún hay mucha gente que no lo conoce”. El mensaje esencial es que Kirchner pierde aunque gane (bueno, ésa fue la bajada de la edición del diario el día de la cita: “Fue presidente saliendo 2º y puede perder quedando 1º”), que su victoria no tendrá la más remota legitimidad. Esta idea se instaló ahora, cuando se hace inexorable su triunfo. No cabe la posibilidad de que los demás candidatos sean más desechables que él: gana porque lo votan los ignorantes, porque hay un Fernando Narváez que le quitará innumerables votos al ídolo de Showmatch, porque se avecina un seguro fraude que todavía no sucedió... ¿Alguien puede asegurar que los votantes de De Narváez “saben” algo que los de Kirchner no? ¿Alguien puede asegurar que una persona seducida por una frase como “Si me ayudás podemos cambiar todo lo que nos hace mal, por todo lo que nos hace bien”, ejemplar en su vacío argumental, empleó correctamente el tiempo de estudio? A no ser que venga algún historiador revisionista gorila y aclare que a Perón lo seguían las clases ABC 1, con esta inclinación se podría también injuriar al movimiento de mayor envergadura de la historia argentina, elegido en buena hora por mayoría de personas de bajos recursos y con poco acceso a la educación alta. Mientras tanto, el núcleo argumental del spot publicitario de los candidatos a diputados nacionales por el oficialismo reside en el supuesto de que a partir del kirchnerismo la pobreza en la Argentina se conjuga en pasado… (1). Sayonara.
(1): Se hacía inevitable algún comentario pseudo-“nelsoncastreano” luego de esta serie de bifurcaciones peronistas. Creo que soy un peronista reprimido, en el sentido freudiano del término, sólo otro peronista reprimido.
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