domingo, 14 de febrero de 2010

Feinmann, de rodillas

En la edición de Página 12 del día de hoy, José Pablo Feinmann le dedica un artículo al escritor Guillermo Saccomanno, quien pocos días atrás, en un pase mágico, ganó el premio Seix Barral y escapó de la Parca. Por un lado, se trata de un texto sentido, porque Feinmann habla en forma sincera de un tipo al que aprecia. Por otro, es un texto oprobioso, que bordea los límites de la obscenidad. Una vez más, Feinmann se arrodilla ante el Canon elaborado por Beatriz Sarlo y pregunta a los gritos por qué no los dejaron entrar a él y sus amigos:

“Además, nació marcado con el desdén olímpico de la diosa de la academia del ’80. En el ’84 publica su primera novela. Se llama: Prohibido escupir sangre. Insólitamente, la profesora Sarlo se detiene un instante en ella. Sólo una columna y media. No la trata bien. Mala suerte, Guille”

Además de insoportable, es casi conmovedor asistir periódicamente a la obsesión que tiene el filósofo por este personaje alguna vez respetado al que las luces de la cama solar parecen haberle quemado la piel y los sesos (sus performances en programas de Mariano Grondona y Van der Kooy no dejan lugar a dudas). No soy lector de las novelas de Feinmann (sí de su labor periodística), pero si hay algo que me impide acercarme a Últimos días de la víctima o La astucia de la razón es este resentimiento recurrente que guarda hacia sus enemigos (y amos) de Puán. Porque de tanto odio parece que hay un amor reprimido o sublimado en bronca. Aunque usualmente se diga lo contrario, para un lector, la imagen autoral cumple un papel importante. La verdad de la milanesa se ve en los textos, pero el swing que tiene un escritor fuera de la cancha es un factor que determina el acercamiento de sus potenciales receptores. Sobre este tema, hay un ensayo de Fogwill, publicado en Adn Cultura en septiembre de 2007: Perfil preelectoral de una cándida candidatura literaria. Leer a Feinmann escribir cosas tales como:

“En la última Feria del Libro entre mi La filosofía y el barro de la historia (814 páginas todas escritas por mí) y unas desgrabaciones de clases de Oscar Terán que hicieron sus alumnos, premiaron a Terán. Que acababa de morirse, es cierto. Pero no era por eso. Es por algo que uno nunca alcanza a explicarse. Tengo treinta libros publicados. En la Feria del Libro nunca me dieron ese premiecito que dan. Me dijeron que siempre hay dos o tres chicas de Puán que deciden la cosa. A favor mío, nunca. Y bueno, que se lo guarden”

desmagnetiza profundamente. Es como estar enamorado de una mujer hermosa y que de repente se tire un pedo o diga que votó a De Narváez o que le gusta Showmatch o que escucha a Daddy Yankee. Toda la inteligencia, la belleza y el misterio del mundo se pueden esfumar en un instante, amigos. El fragmento citado anteriormente probablemente posea una mezcla de patetismo y ego que empalidecería el rostro deforme de Ricardo Fort:
-de entrada, referencia a un libro propio (Feinmann parece estar pendiente siempre de sus libros, como el insólito Fernando Iglesias en ¿Qué estás leyendo?);
-referencia a la cantidad de páginas como sinónimo de calidad (“814 páginas todas escritas por mí” = “500 páginas”);
-insinuación de que por tener treinta libros publicados hay que ser premiado.
-referencia a un “premiecito” que si fuese tan “iecito” no valdría tal imploración.

¿Qué es lo que lleva a un hombre inteligente que lee a Sartre y Heidegger de atrás para adelante a decir estas cosas? Porque si (siempre utilizando la terminología feinmannesca) esto no es un pelotudo contante y sonante, explíquenme qué mierda es la pelotudez. Justamente yo tenía entendido que los requisitos mínimos para ingresar en esta horda que maneja el mundo (además de tener un “bloc”), eran hablar de uno mismo como Dios y llorar por un premio del orto. ¿Un premio? ¿Qué significa un premio además de guita y reconocimiento entre las 10 personas que se enteran? ¡Por el amor de Larry David (1)! A Ballard, Salinger, Borges y Kafka no les dieron El Premio, sin embargo son los más grandes. Existe una alternativa cuando no te aceptan en los cenáculos, cuando no sos bienvenido en las sectas: hacer la tuya sin arrastrarte. Es bastante arriesgado porque tal vez quedes entre la nada y el fracaso, pero es mejor que chupar una pija, ¿no? El cliché dice “si no puedes con ellos, úneteles” pero el lugar común no cuenta con la probabilidad de que “ellos” no quieran que se les una cualquiera. Y así nacen los outsiders, tipos que están al margen y tienen la libertad necesaria para decir lo que quieren, sin arrodillarse por un premio, ni una publicación, ni una crítica y ese tipo de cosas que indefectiblemente arruinan la vida.

(1): Dios.