jueves, 3 de junio de 2010

Mi vida con ellos


Borges y Ballard (1972)

Sin ningún tipo de pretensión crítica (sino más bien todo lo contrario) y aprovechando el mes del libro, un repaso caprichoso por algunos libros que leí y, en su momento, disfruté mucho.


Rayuela, Julio Cortázar. Esta novela me gustó tanto que en la última hoja anoté el día en que la terminé (algo que, para un nostálgico crónico como yo, lamento no haber hecho en otras ocasiones): 31/03/03. Ese día me di cuenta de que quería escribir o estudiar Letras o tener algo que ver con todo esto. Quiero decir que antes de leer Rayuela no recuerdo ser consciente de que me gustaba tanto la literatura. Durante mucho tiempo (por lo menos desde los 14 a los 18 años) lo único que leí fue Cortázar. Hacía itinerarios por diferentes librerías y moneda que tenía, iba a parar a Cortázar. Me rateaba y me iba a un café del centro a leer a Cortázar. ¿Ustedes entienden de qué clase de enfermo mental se trata? Todos sus libros están destrozados de tantas veces que los leí y tantas veces que los presté. Rayuela es una gran novela. Anacrónica y muy difícil de leer en la actualidad (el gíglico), mantiene una energía poderosa que excede su contenido. Y todavía gran parte de los adolescentes que empiezan a leer se vuelven locos con Rayuela. Eso sí, nadie se cree Talita o Traveler, todos quieren ser La Maga u Oliveira.



2666, Roberto Bolaño. En el verano del 2006/07 trabajaba en un Hotel. Cuando cobré mi primer sueldo lo primero que hice fue ir a una librería y gastarme alrededor de 300 pesos en Bolaño. No recuerdo haber sido tan feliz en mi vida. De Bolaño ya había leído un libro de cuentos, Llamadas telefónicas, y me había partido la cabeza. En esa compra emblemática me llevé Los Detectives salvajes, Entre paréntesis, Putas Asesinas y 2666. Este último lo dejé para el final: un mamotreto de 1200 páginas al que hay que tenerle muchas ganas para entrarle. Era marzo del 2007 (pleno Festival de Cine) y me animé. No solté ese libro durante 2 meses. Lo llevaba a todos lados (adentro de mi bolso) porque estaba tan obsesionado con la historia y la forma de escribir de Bolaño que quería aprovechar cada segundo de ocio para leerlo. Me acuerdo que cuando se dormía mi ex, yo sacaba el libro y seguía leyendo. Hacía calor y se escuchaban los ruidos de la calle. Evidentemente los libros están asociados a una serie de imágenes y personas que los terminan excediendo. Cuando ella se despertaba a la mañana, yo todavía estaba tirado en la cama, con Morini, Archimboldi y Amalfitano.



Kafka en la orilla, Haruki Murakami. No me acuerdo bien de qué trata este libro, un pibe que se escapa de la casa y se encuentra con gente rara, con poderes sobrenaturales. Una especie de realismo mágico posmoderno y japonés. Al principio no me gustó nada, al punto de que lo empecé a leer dos o tres veces y me quería matar por haber gastado 50 pesos en tamaña estupidez, pero en determinado momento seguí de largo y me lo leí en pocos días. Después intenté con Tokio Blues, del mismo autor, y no pasó nada.



Respiración artificial, Ricardo Piglia. Me lo compré en el puesto de libros de la Plaza Rocha, a unas pocas cuadras de mi casa y a 5 pesos. Una linda edición de Sudamericana. Con todas esas citas, intertextos y entrelíneas, uno se siente importante leyendo Respiración artificial. Es lo que en Letras llamamos meta-novela. Años después la tuve que leer de nuevo para una materia y entendí muchas cosas más que en aquella primera lectura.



Juan Raro, Olaf Stapledon. Este libro lo compré en Pinamar, en la librería El Túnel (que ahora tiene una sucursal en Mar del Plata). No tenía idea de quién era Stapledon, pero como estaba coleccionando la serie Minotauro de Ciencia Ficción me lo llevé porque me gustó la tapa. Recuerdo estar en El Rápido, a oscuras, con todos los pasajeros durmiendo y yo intentando hacer coincidir las páginas del libro con la minúscula luz de mi compartimiento. El libro me encantó, es sobre un niño superdotado, una historia moral sobre los alcances de la ciencia pero también sobre los sentimientos humanos. Más tarde conseguí otro libro de Stapledon, Sirio, que es exactamente igual que Juan Raro, lo único que en vez de un niño, ¡en este caso se trata de un perro!



La aventura de un fotógrafo en La Plata, Bioy Casares. Se supone que este libro es muy choto, que es de la época en que a Bioy se le había pasado su cuarto de hora, sin embargo me atrapó completamente. Era uno de esos viernes o sábados a la noche tan característicos en los que uno se tiene que quedar a estudiar porque tiene parcial el lunes (Española I). Encima estaba engripadísimo. No sé por qué (o sí: porque nunca me subordiné a la carrera y así me fue) agarré La aventura… y me quedé toda la noche leyendo. La terminé a las once de la mañana del otro día. Es una novela kafkiana, sobre un muchacho que viaja a La Plata para sacar unas fotos y termina enredado con unos problemas sentimentales importantes. Siempre me causó mucha gracia cómo hablan los personajes de Bioy Casares (especialmente los que viven en pensiones).



Eisejuaz, Sara Gallardo. No gastaré espacio comentando una obra que todo el mundo conoce… ¿cómo?, ¿qué me dice?, ¿usted no leyó Eisejuaz?, ¿usted ni siquiera sabía de la existencia de esta novela, obra capital de la literatura argentina del Siglo XX? Ya mismo vaya y consiga este libro, hagalo ahora. No lea más esto, váyase. Usted dirá: Hay mucho tiempo para leer. Mentira atroz. La vida va muy rápido, en cualquier momento se casó (si ya no lo hizo), tuvo hijos (si ya no los tiene) y… se murió. Y ni siquiera supo quién era Sara Gallardo, una escritora excepcional. Eisejuaz es una novela hermosa, como una prima o hermana de Zama, de Di Benedetto. Lo que hace Gallardo con el lenguaje puede compararse a lo que hacía Gallardo, el Muñeco, en los tiros libres: pura belleza. Una prosa que trafica poesía y una historia rarísima ambientada en el norte. Y ahora ya mismo se levanta y se dirige a la librería más cercano, porque, como dijera Javier Martínez: “No hay tiempo de más, no hay tiempo de más, una hora es fatal, un minuto igual, no, no me digas que no se puede, no se puede volar”.



Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato. Y sí, me encantó. Además me sentí mortalmente identificado con el personaje, que era tímido, flaco y se llamaba igual que yo. Hoy uno abre Sobre héroes… y automáticamente se encuentra con metáforas como la siguiente: “Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas”. Da lo mismo eso o el poema de Pepe Cibrián, ¿no?, pero en su momento funcionó a muchos niveles. Con muchas ganas (y especialmente harto del facilismo de pegarle a Sabato) todavía le encuentro puntos rescatables a la novela: el personaje de Alejandra, tan misterioso y oscuro, algunas partes del Informe sobre ciegos, el final, meando en el Sur. Y ahora sí, a pegarle a Sabato. Nunca olvidaré la escena más innecesaria de la literatura argentina: Bruno y Martín están caminando por Buenos Aires y de repente se cruzan con Borges. El encuentro es totalmente disparatado y no tiene nada que ver con el resto de la novela, pero Sabato quería decir algunas cosas sobre Georgie y no se le ocurrió otra que hacerlo pasear por ahí (con su “mano gomosa”).



El Eternauta I, Oesterheld-Solano López. Para mí ésta es la mejor novela de aventura de la literatura argentina. Los personajes son tan entrañables que uno no puede menos que rendirse. Recomiendo leerla en invierno, a la noche, con algo caliente para tomar. La segunda parte, de 1976, es más valida como testimonio político que como obra de arte.



Prólogos con un prólogo de prólogos, Jorge Luis Borges. Elijo este al azar, es lo primero que vi recién en la biblioteca. De Borges me gusta todo: poesía, ensayo, cuentos. Llegué a comprarme cosas póstumas y de edición bastante polémica como Nueve ensayos dantescos o las contribuciones a la Revista El Hogar. Pero siempre hay algo, una línea, una observación irónica que vale la pena. Este libro de prólogos (como Textos Cautivos o sus colaboraciones en la revista Sur) es una maravilla y un manual de lecturas imprescindible, a la altura de Discusión u Otras inquisiciones. La inteligencia, esa sintaxis perfecta a la que nunca le falta ni le sobra una palabra. Es mi autor favorito y siempre lo releo para aprender un poco más. Lo compré junto a otros 5 o 6 libros cuando trabajaba en una librería y me dejaban los libros a mitad de precio.



La novela luminosa, Mario Levrero. La historia es sencilla: Mario Levrero recibe una beca (de la fundación Guggenheim) para terminar una vieja novela que le quedó inconclusa a mediados de los 80’. La Novela luminosa debería ser ese libro terminado. Y lo es, pero sólo en una pequeña proporción: la mayor parte del libro es el diario que escribe Levrero sobre su imposibilidad de terminar la novela. El resultado es maravilloso. Es un libro que me hizo compañía en un momento doloroso de mi vida y cuando lo terminé de leer me quería matar (literalmente por momentos). Observaciones humorísticas se funden con reflexiones de carácter filosófico. Levrero es capaz de convertir en literatura cualquier dato de la vida cotidiana. El amor, los celos, las mujeres, la muerte, la soledad. Todos y cada uno de los temas fundamentales son abordados por Levrero con gracia, swing y un talento innegable. Capaz de hacer llorar y reír a carcajadas en un mismo párrafo, La novela luminosa es el mejor libro que leí en mi vida.



El Pasado, Alan Pauls. Una novela muy larga y densa que probablemente se haya convertido en la “historia de amor” por excelencia de los últimos años en la literatura argentina, tanto es así que hasta hubo una película. Especial para leer recién separado o en medio de una relación e intuir lo que se viene. Muchas oraciones infinitas, algunas escenas memorables. Recuerdo, hacia el final, la desesperación que me causó la sumisión (y la impasibilidad ante la vida) de Rímini. Sofía es otro personaje femenino legendario, en la línea de Alejandra y La Maga (aunque Alan Pauls debe detestar que alguien diga algo semejante).



Desde el jardín, Jerzy Kosinski. Mi viejo me habló mucho tiempo de este libro hasta que lo conseguí a 5 pesos en… la Plaza Rocha, por supuesto. Se lee en dos o tres horas. Es corto y, al decir de Fabián Casas y Roberto Arlt: tiene la potencia de una cross a la mandíbula. Cuando vi la película con Peter Sellers (ahora está de moda) no me pareció la gran cosa. Kosinski es autor de bests sellers y fue acusado de no escribir sus propios libros. Un personaje extrañísimo que aparece en la contratapa de sus libros haciendo gestos ridículos. La historia que cuenta, sobre un tipo alienado por la televisión que llega a ser presidente, transita el absurdo y la genialidad.



Lolita, Nabokov. La leí en una traducción horrible y se nota que el tipo era un genio del lenguaje, capaz de sacarle brillo a las palabras. Todo en esa novela me gustó. Es la road movie de un amor prohibido y también una historia de pedófilia que al principio pone al lector entre la espada y la pared por su subversión moral. Releí varias veces ese final alucinante. Pocas veces me encontré con un personaje tan perverso y entrañable como Humbert Humbert.



Buenos Aires, vida urbana y alienación, Juan José Sebreli. Empecé este libro en pleno conflicto entre el campo y el gobierno. Me maravillaba leer a Sebreli (marxista y sartreano) defenestrando a las familias terratenientes para después verlo en la tele escandalizado ante la suba de las retenciones. Se trata de un ensayo sociológico sobre los distintos extractos sociales de la ciudad de Buenos Aires del año 1964. Yo conseguí la octava edición de octubre del 65 en… la Plaza Rocha, obviamente. Entretenido y por momentos deslumbrante.



Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, J.D Salinger. En pleno romance con la obra de Salinger, el viejo ermitaño se muere. La carta de Seymour intercalada en Levantad, carpinteros… sinceramente me parece una de las cosas más conmovedoras que leí en mi vida. Al final termina escribiendo: “Ah Dios, si se me puede aplicar un nombre clínico, soy una especie de paranoico al revés. Sospecho que la gente conspira para hacerme feliz”.



Los Boys, Junot Díaz. Ni sabía quién era. Lo compré porque me gustó la tapa y estaba a 4 pesos (actualmente debe estar a 60, por lo menos). Una colección de cuentos a esta altura mítica, que crea un espacio heterodoxo en la literatura americana, en el que se confunden dos culturas con absoluta naturalidad. Junot Díaz es un gran escritor (ganó el Pullitzer en el 2008) y Los Boys es un conjunto de cuentos breves, de apariencia sencilla, en esa línea iniciada por narradores estadounidenses contemporáneos como Carver o Richard Ford.



Zona de catástrofe, James G. Ballard. Ballard fue uno de esos escritores con los que en determinado momento me fanaticé y quise leer todos sus libros. No lo conseguí, pero algunos tengo. Zona de catástrofe es una compilación de cuentos, como un Grandes Éxitos y, junto a La isla de cemento, es una buena entrada al universo ballardiano, repleto de chatarra, mensajes subliminales, paranoia y amargas reflexiones sobre un lugar absolutamente deshumanizado: el Planeta Tierra.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

si no lo hiciste aún, deberías comprar el "Borges" de Bioy Casares, cumbre de ese género llamado "biografía". es GENIAL.

repito: es GENIAL

Martín dijo...

Soy demasiado fana de estas listas caprichosas, me encantan estos posts; lo peor (mejor) es que uno recuerda las cosas que quiere leer hace tiempo y se va colgando, caso Levrero, por sobre todo. Uf. Ah, el libro de Bioy, lo disfruté mucho, cosa extraña, me agarraba un golpe de encanto cada vez que pedían un "café con leche completo" para almorzar...

Quinientos Once dijo...

Coincido con lo de Bioy, nadie da dos mangos por ese libro pero es magnético, se lee de un saque. Luego, cuál es problema con las modas, sea una inofensiva y hasta gratificante como peter sellers hasta otras muchísimo más hirientes a la economía -esos libros de 80 pesos- y a la imagen pública como murakami?

Respecto a lo de pegarle a Sabato, me declaro culpable; pero es muy divertido hacer leña del árbol caído; nadie puede tomarse en serio a un tipo que dice en un ensayo, uno entre cienmil, sobre la identidad de los argentinos que el ladrillo es un elemento de mayor espesor filosófico. Bue, y el tunel le va por ahí cerca...

Un saludo

musidora dijo...

Bien ahí por Sara Gallardo
el resto no los leí :(

algunos de mis favoritos son:
-Silvina Bullrich "Los pasajeros del jardín"
-Alejandro Jodorowsky "La danza de la realidad"
-Aurora Venturini "Las primas"
-"Muerte en Venecia"de Thomas Mann
bueno, y muchos más
un beso
p.

ht dijo...

Es verdad lo de Rayuela; es un libro que se "gasta" en la adolescencia.
A mí, en particular, siempre me cayeron mucho mejor Talita y Traveler que esa manga de tilingos parisinos.

Ezequiel M. dijo...

Rayuela me sigue sorprendiendo. No ya literariamente, pero sobre todo porque lo gasté. Es decir, es un libro claramente anacrónico y que no va a tardar mucho en desaparecer. Y sin embargo en cierto momento de la adolescencia pega con un efecto parejo. Me flashea que lo que escribiste sobre Rayuela es exactamente lo que yo podría haber escrito. Digo, esa enfermedad mental, y sobre todo que sea un libro que lo empuje a uno a leer y escribir. Estoy seguro que no me hubiera metido a hacer Letras si no hubiera leído Rayuela, o por lo menos el camino habría tomado otra vuelta por algún otro lado.
Pero, digo, lejos de la melancolía, no entiendo cómo hace Rayuela para tener esa magia pareja, en todo caso.

g. dijo...

De tu lista, y para mí semblanza partícular, rescato: Cortázar, Bolaño, Piglia, Levrero, Nabokov y Salinger. Tal vez, salvo en el caso de Piglia, elegería otros libros -a cada uno lo marcan ciertos títulos-, pero con esos autores me quedaría de tu lista, que muy probablemente estarían en la mía.

Rayuela es el libro exacto para la adolescencia. Tiene un aire que pega más fuerte en ese momento. Yo soy de esos que no quiso ser ninguno y lo leí como tres veces seguidas. Mi ex-novia cuando lo leyó quería ser Talita, así que ahí hay por lo menos una. Yo me quedaría con Los Premios, quizás porque lo leí antes, porque fue la primera novela de Cortázar que leí, o porque siento que nadie habla de ella o por qué sé yo.

Siempre me pareció un momeno mágico eso de leer un libro y fanatizarse con el autor hasta el punto de querer leerlo todo de él. Y es todavía mejor cuando lo lees todo -o todo lo que consguís- y te das cuenta era cierto, que era necesario. A mí me pasó con Saer, leí Lo Imborrable y necesité leer toda su obra. Ahora me está pasando con Nabokov, pálido fuego me partió la cabeza y ahora quiero leerlo entero.

Saludos.

Laura dijo...

Coincido totalmente con lo de Rayuela. Yo lo leí a los 18 y me pegó igual. Lo compramos a medias con mi novio a ¡25! pesos (tapa dura) y durante meses, queriendo o sin querer, nos creímos La maga y Oliveira y nos perdíamos por las calles buscando encontrarnos (no existían los celulares). Los premios es una novela genial también, creo que es la novela más "argentina" que he leído.
Bueno, en cuanto cobre voy corriendo a comprar el libro de Gallardo.
Saludos! Muy lindo post.

Inmanente dijo...

Corvino, en esta materia me rindo ante su evidente superioridad (lo único que leí de esa lista es Sábato y Cortazar) ahora un par de preguntas, por qué es tan fácil pegarle a Sábato? Sobre Héroes y Tumbas no es considerada como una de las mejores novelas argentinas del siglo XX?, los ensayos son malísimos pero El tunel no fué elogiado por Camus tengo entendido? por qué sería motivo de burla para los estudiantes de letra?

eleanor r. dijo...

aguante la novela luminosa. lo amo a levrero, lo amo.
lo leí en unos pocos días de enero en mardelplata encerrada en la casa familiar absolutamente deprimida.

no sé por qué vengo a decir esto acá, creo que no me cruzo a mucha gente que lea a levrero.

(pensé en otras novelas de levrero y pensé en kafka, te recomiendo fervorosamente las Cartas a Mílena, es otra de las mejores cosas que pueden pasarte con un libro en la vida.)

saludos

ht dijo...

En mi lista estarían probablemente los cuentos de Poe traducidos por (otra vez) Cortázar, varias novelas de Phlip Dick (pero especialmente "Ubik" y "SIVAINVI/VALIS", "El jardìn de las máquinas parlantes" de Alberto Laiseca, "Tadeys" de Osvaldo Lamborghini...
Esos son los que me acuerdo ahora, claro.

Leni dijo...

qué lindo lo que escribiste de rayuela.

Martín Zariello dijo...

Estoy releyendo La aventura del fotógrafo: no sólo es bueno, es excelente. El tipo queda atrapado entre esa familia de locos y los supuestos amigos que también están re locos. Y eso de los café con leche completos es totalmente verdad, lo mismo sucede con Los detectives salvajes.

Sobre Sabato: es motivo de burla porque parece un chiste. Tiene esa solemnidad y un pseudo malditismo que verdaderamente suenan muy anacrónicos. Frases como la que transcribí son terribles y los libros de Sabato están llenos de ellas. Lo de Camus, no sé, eso es algo que salió en la contratapa de El Túnel, nada más, ja, ja. Pienso que El Túnel debe ganar mucho con la traducción, porque la historia es atrpante. De todos modos, esto no quita que dentro de un par de años Sabato sea revalorizado. A Sabato lo mató Aira. Después de Aira no puede existir un Sabato. Qué sé yo. Chauchis (?).

Anónimo dijo...

Muy simpático todo lo que escribiste y el resto de los post. Nunca renegaré de Bioy asi que me toca recomendar la delirante colaboración con Borges en la que se esconde un tremendo relato del peronismo, y las fabulosas "Dormir al sol" y "El sueño de los héroes"

Criticon dijo...

Con que libro de Ballard me recomiendas empezar? Muchas gracias.

Anónimo dijo...

Coincido con 2666, Sobre héroes y tumbas, un poco más atrás viene Rayuela. De Bolaño también me gustó Los Detectives salvajes, en demasía. De Bioy "El sueño de los héroes", "Zama" de Di Benedetto, no puede faltar NUNCA Arlt, Corvi, NUNCA. Lo de subestimar a Cortázar, Sabato y otros, es un mal intento de parricidio de autores agotados desde el vamos (caso César -escribí malos libros, a granel, pero no me importa ni la literatura, ni decir, ni cambiar nada - Aira.