sábado, 4 de septiembre de 2010

La Gran Velada Herzog

A fines del Siglo XIX, Fitzcarraldo, un comerciante de caucho en búsqueda de materia prima, traslada un barco a través de una montaña que separa dos ríos. Las razones fácticas son geográficas, las personales muy vagas. Tal vez la ambición, la conquista de lo inútil, el anhelo de lo imposible.

Cien años después, un cineasta alemán se obsesiona con Fitzcarraldo y decide hacer una película que represente su itinerario. Aunque, como es su costumbre, distorsiona un poco la idea original. El comerciante, además de buscar caucho, es un amante de la ópera y quiere montar un teatro en medio de la jungla. El barco que atraviesa el "istmo" lo transporta a través de un complicado sistema de rampas hecho a base de troncos, como sucedió realmente. Un tour de force fisiológico tan quijotesco como absurdo. Estoy tentado a escribir “como la vida”, pero dejemos las analogías de autoayuda para Ari Paluch.

La historia no se repite como comedia cuando el encargado es Werner Herzog. Se repite, si me permiten el mal uso del lenguaje, como película de la gran puta.

Intuyo que todo aquel que sea fotógrafo o pintor o artista plástico debe ver Fitzcarraldo (1982). No existe mejor prueba de que una perspectiva adecuada puede hacer de una imagen vulgar un punto de inflexión capaz de sugerir las más diversas reacciones. Sin caer en el relativismo (que hizo creer a pobres diablos de todo el mundo que un tono sepia y un fuera de foco nos convertían en tipos talentosos): todo depende de quién y cómo lo mire.

Es evidente y notable el trabajo sobre los distintos estados de la materia. Dicho así parece una observación vaga de un estudiante de química de primer año. Sospecho que lo es de cualquier forma. Para entenderlo hace falta ver la película. En Fitzcarraldo se atisba vida en todo lo que, por ser parte de la otra jungla (la urbana), perdemos de vista y ni siquiera sospechamos. La textura interna de la corteza de los árboles talados. Las gotas de sudor de una barra de hielo. El barro que se impregna en la piel y la vestimenta de los personajes. Desde su lente, Herzog logra mostrarnos todo aquello que ocupa un lugar en el espacio como si nunca antes lo hubiésemos visto.

Esa delectación erótica con la que Nabokov pintaba a las adolescentes seductoras de sus novelas (Lolita, Risa en la oscuridad) se encuentra en Herzog sublimada en la naturaleza.

Ver Fitzcarraldo es un trip, como leer “Capítulo XXX (El milagro de la metamorfosis aparece en todas partes)”, el cuento de Mario Levrero que cambia irremediablemente la vida de sus lectores (no se lo digan a nadie). Pero claro, el cine de Herzog requiere mucha atención, no es Mr. Nobody, un adorno posmo con belleza pop enlatada (de esos que se compran en locales bien cool), listo para poner en la mesa ratona de tu living.

He aquí la diferencia entre una máquina de ritmo y Keith John Moon.

En algunas secuencias, Herzog parece manejar a la naturaleza como si estuviese a su disposición o fuera un actor más del reparto. Paradójicamente, ya que el “mensaje” de sus películas es un gran cartel con luces de neón en el sentido contrario: la naturaleza es hostil, inescrutable, maldita. Esto no sería fantástico si Herzog hubiese hecho Fitzcarraldo valiéndose de efectos especiales, pero todo lo que sucede allí no es digital, sino obra y gracia de sus manos y su cerebro loco. Sí Kinski se creía el mismísimo Jesucristo, podemos afirmar que, a veces, Herzog se asemejaba al maldito Dios.

“Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn. 10, 30) o “¿No crees que estoy en el Padre y que el Padre está en Mí?” (Jn. 14,10). Cualquiera de los dos podría haber dicho algunos de estos tramos del Evangelio de Juan.

Incluso juntos conformaron un dúo de antología. Como el de Dios y Jesucristo.

Y fue tal el vínculo que los unió artísticamente que hoy es imposible hablar de uno sin nombrar a otro. Como también sucede con Dios y Jesucristo.

Son las caras de una misma moneda. Alter ego, Némesis y doppelganger. Detrás del odio, de las escenas de pelea ya legendarias (que incluyen una amenaza de muerte de parte de Herzog como también cientos de desplantes y ataques de nervios del rubio), se esconde la profunda amistad entre dos tipos un poco trastornados. Tanto como Dios y Jesucristo.


"Herzog es un individuo miserable, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de cabeza a los pies. Su supuesto "talento" consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha dominado fuerzas aparentemente insuperables."- (Yo necesito amor, Klaus Kinski)

En Mi mejor enemigo (1999), un documental conmovedor en el que Herzog rinde tributo a su actor fetiche, el director cuenta que escribieron el párrafo anterior del libro de Kinski juntos, eligiendo calculadamente cada adjetivo con la intención de causar más escándalo.

El resultado de este Combo es un shock poético, una clase magistral sobre estética y una experiencia en verdad reveladora. Provoca una dinámica mental cercana a la de una borrachera lúcida, de ésas que nos llevan a estar a punto de declamar a gritos el sentido de la vida si no fuera porque perdimos la dicción y no podemos articular palabras. El discurso de un borracho es la inminencia de una revelación que no se produce. El arte, incluidas las películas de Herzog, también. Me animo a decir que es uno de los artistas más importantes del Siglo XX. Si no existiera, habría que inventarlo: partiendo del romanticismo alemán (del que reniega, pero allí están los grandes paisajes, los protagonistas bipolares, el misticismo), concibió una mirada. Es el creador de una sensibilidad, es decir, una forma de ver e interpretar el mundo. No conocerla es perderse algo muy grande.

El original enfoque lleva al espectador a estar atento a cada dato que ofrece la pantalla: el sonido de los pájaros, el color anaranjado del cielo, la quietud de los árboles, la corriente del río, la niebla que surca el interior de la jungla. ¡En tal contexto, cavilamos, cada uno de estos eventos puede que signifiquen un símbolo a ser desentrañado! Aunque Herzog sea un intuitivo nato, nada está allí por casualidad. Por eso la sensación plena de que observamos un caos en armonía. En Herzog se combina entonces la lógica de un racionalista (fuera del mito herzogniano de la convicción y la tenacidad, debemos afirmar que para plantarse en el medio del Amazonas hay que tener por lo menos una idea bien estudiada) y la espontaneidad que sólo poseen los genios.

Sobre la vida y la muerte y la naturaleza y el destino y cualquier entelequia que nos deje boquiabiertos por su peso filosófico. Como en la literatura de Kafka, en la filmografía de Herzog siempre se corre el riesgo de estar por descorrer el velo de asombrosas alegorías. No es que no las haya (negarlo equivaldría a la ceguera conceptual), sino que en muchos casos se pierde de vista a la película en sí, su argumento, sus profundas y entrañables resonancias humanas. Porque una de las virtudes de Herzog es encontrar historias extrañas (podríamos utilizar la expresión favorita de hace unos años atrás: "bizarras") y hacer de ellas aventuras que, al contrario de lo que se podría imaginar siendo un clásico del "cine arte", además de hacer carburar el cerebro a mil kilómetros por hora, entretienen.

A mí me entretienen...

Tampoco es una sitcom, claro. Aunque hay escenas hilarantes.

Tampoco es número puesto para invitar a la muchacha amada, pretendida y esquiva y decirle: "¡Vení a casa, la vamos a pasar bomba, me bajé una de Herzog!". No, mejor tantear un poco más el panorama y recién cuando se confirman las ínfulas intelectuales de la susodicha planear la Gran Velada Herzog.

Tampoco es que me tiro al piso de la risa y llamo por teléfono a un amigo y le digo: "¡No sabés la que se mandó Fitzcarraldo/ Aguirre/ Nosferatu/ Woyzeck/ Kaspar Hauser!".

Quiero decir que me conectan con una parte del Cosmos digna de ser experimentada.

También se nos presenta una disyuntiva moral. Mientras asistimos a tal deleite estético observamos, pasivos, la deforestación a la que es sometido el territorio como así también las condiciones precarias en las que se encuentran los actores (especialmente los aborígenes, a los que se les pagó $ 3,50 diarios). Como en toda la obra de Herzog (también el documental) el pasaje de la ficción a la realidad es tan delgado, que cuando “mueren” algunos personajes aplastados por el barco, uno duda si no habrá sido de verdad.

Es que las producciones más reconocidas del alemán fueron empresas dramáticas para todos los que estuvieron allí. De ésas en las que, como dijo Say No More: "La entrada es gratis y la salida... vemos". No sólo por la presencia de dos locos despiadados como Kinski y Herzog (a los que les importaban mucho más las peripecias de sus respectivos ombligos que la vida de sus colaboradores), sino porque se trataba de proyectos faraónicos que requerían enfrentarse a múltiples calamidades. Fitzcarraldo tarda 4 años en terminarse. En el medio ocurren conflictos entre las comunidades nativas, incidentes bélicos entre Ecuador y Perú, rumores sobre las verdaderas pretensiones de Herzog y Cía. (los indígenas llegaron a creer que los descuartizarían, que contrabandeaban armas y que iban a destruir su hábitat) y desastres ambientales.

Esto se averigua viendo Burden of Dreams (1982), el maravilloso documental de Les Blank sobre la realización de la película. Allí se muestra la fugaz actuación de Mick Jagger como ayudante de un opaco Fitzcarraldo, interpretado por Jason Robards. Luego, Jason enfermó y Jagger se fue a grabar Tattoo You. Por lo tanto Herzog, por segunda vez, tuvo que detener la grabación y pensar todo de nuevo. Fitzcarraldo se transformó en un verdadero vía crucis cinematógrafico. Si las cosas no hubiesen ido tan mal, Kinski (el corazón del film) no habría participado. Como indicaba el título del viejo programa ochentoso: Aunque usted no lo crea. Avisa para los fundamentalistas de la precaución: el azar es uno de los motores indudables de los acontecimientos centrales de nuestra vida.

Se anuncia que en el año 2010, la zona en que se rodó el film (la Cuenca del Amazonas) no contará con un solo árbol en pie. ¿Se habrá cumplido tal Apocalipsis ecológico? También se lo oye a Herzog improvisar un castellano teutón mientras dirige a los indígenas. Éstos, cagados de la risa o simplemente estupefactos, navegan en un centenar de canoas en la sublime escena en que el barco de Fitzcarraldo es obstruido. Herzog juega al fútbol, explica por qué contrató prostitutas, confiesa, sincero, que debería estar en un manicomio.

Hubo heridos con flecha durante el rodaje. Herzog se las guardó y se las dio a su hijo ya que, explica frente a la cámara: “Será emocionante para él saber que atravesaron a un hombre”.

Es sublime advertir lo mal que estaban de la cabeza todos. En una era en la que hasta el amor debe tener un fin rentable, ellos se sacrificaron por algo que no sabían de qué modo acabaría. Me pongo de pie.

El trabajo de Les Blank es otro de los complementos imprescindibles para cerrar el círculo de la Fitzcarraldo Experience. También se pueden añadir Mi mejor enemigo (ya mencionado) y Conquista de lo inútil, el diario de rodaje del director. Éste contiene un párrafo que, como si se tratara de un poema, me sé de memoria. En él, Herzog comenta su encuentro con Laplace, el ingeniero brasilero que renuncia, temeroso de que un desperfecto en el precario sistema que mueve el barco acabe con la vida de los extras. Con su transcripción, daré por terminado el texto, no sin antes brindar por Werner Herzog y Klaus Kinski. Si Dios existiera, ellos serían dos de sus pruebas irrefutables:

“Laplace habló de aplanar la pendiente hasta que tenga una caída de sólo doce por ciento. Le dije que no lo iba a permitir porque de esa forma perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, me preguntó. Le dije que eso no lo sabía, sólo que era una gran metáfora”.


7 comentarios:

Otm Shank dijo...

and yet...and yet... (?)

Creo que la causa de que Fitzcarraldo no sea la gran película que estaba destinada a ser es el insoportable Kinski y sus berretines de "actor". Pero debe ser un problema mío, casi seguro.

musidora dijo...

mañana leo tu post corvino
quería pasar y decir que junto a leonardo favio, herzog es mi cienasta preferido

un beso
p.

Cine Braille dijo...

Imposible no acordarse del Capitán Ahab de Moby Dick al leer algo sobre Herzog.

Brunomilan dijo...

Recomiendo "Incident at Loch Ness", falso documental en el que Herzog aprovecha para automitologizarse aún más! Además siguiendo el contenido del post: es un cago de risa.

No lo iba a decir de obvio nomás, pero ahí va: otro gran post.

Unfor dijo...

Qué pelicula, por favor. Im-pre-sio-nan-te.

Gringoviejo dijo...

Buenísimo Corvi,esta vez no tengo objeciones.(Risas).La otra noche vi los dos documentales que dieron por el 7,el de Kuwait después de la guerra y el de los escaladores que van a batir el record de escalar dos cimas de casi 8000 mts. una a continuación de la otra.
Sobre el final del segundo,cuando están de vuelta Herzog le pregunta al protagonista:
¿Y ahora qué?¿En qué estás pensando?
El tipo le contesta: En caminar,solo quiero caminar hasta que se acabe el mundo,no hacer otra cosa.Ya no me importa escalar lo elevado,solo caminar.
Y Herzog le dice: yo también tengo esa fantasía,colgarme un morral de cuero y salir con un Husky a caminar el resto de mi vida.
Saludos.

Martín Zariello dijo...

Otm: Sos un hereje (?).

Musidora: Compartimos preferencias cinematográficas, mis directores favoritos también son Herzog y Favio. Incluso pensé hacer un disparatado vínculo entre los dos pero lo perdí en el camino. Mi películas preferida es Soñar, Soñar.

Cine: Qué buena hubiese sido una versión de Moby Dick por Herzog y con Kinski caracterizado de Ahab.

Bruno: Ya la veré, hay muchas cosas (especialmente documentales) de Herzog que no vi.

Unfor: Yeah.

Gringo: Si, lo mejor del kirchnerismo es Filmoteca! Cada cosa que dice Herzog es genial, el tipo es un poeta.

Abrazos.