viernes, 19 de noviembre de 2010

Un amor de Carbonell

Durante siete años Carbonell es novio de Laura. Se trata de un amor insostenible, repleto de problemas y situaciones complejas de resolver. Tanto es así que la mayoría de ellas no se solucionan y, para peor, aumentan la desazón emocional de los dos novios. Como se quieren y no tienen nada que hacer además de estar juntos, toleran sus diferencias con una capacidad inaudita hasta que Laura decide acabar con el noviazgo. Para hacerlo, aprovecha una discusión nimia un mediodía de noviembre. A partir de ese momento, Carbonell y Laura pasan algunos meses intentando sobrellevar con la mayor elegancia la ruptura. Laura se sienta aliviada. Carbonell se siente morir. Deambula por los lugares por donde caminaban juntos. Enciende la computadora y se queda observando fotografías viejas hasta que los ojos se le llenan de lágrimas. A altas horas de la madrugada llama a Laura y le dedica extensos monólogos llenos de ruido y de furia. Se arrepiente una y mil veces de actitudes que, a su entender, provocaron el final de la pareja.

Una noche, luego de estar una semana alejados sin saber nada del otro, vuelven a reencontrarse. Carbonell advierte que Laura lo ve por lástima y, al instante, se larga a llorar. Al principio, ella lo abraza, pero, conforme avanza el tiempo y el llanto y las palabras y los reproches insoportables, comienza a sentir una seria aversión hacia él. En determinado momento, toma sus cosas (ella ahora vive en otra ciudad y ha venido a visitarlo) y se va, no sin antes sufrir los pesados pedidos de auxilio de Carbonell, quien se encuentra en un estado sepulcral. Antes de irse, Laura mira hacia atrás: Carbonell llora en un sillón y afirma que se va a morir. Cierra la puerta y se dirige a la Terminal. Ha decidido no verlo nunca más.

Carbonell pasa los próximos días tirado en su cama mirando el techo y pensando algunas cosas malas. Todas ellas lo conducen a Laura. A veces se levanta y mira por la ventana el cielo naranja. A nadie dice nada de su ruptura definitiva con Laura. Incluso miente. Miente alegando que han decidido darse un tiempo. Y miente más: afirma a quienes lo escuchan que él es el encargado de llevar las riendas de la separación y que Laura es la que se siente morir. Se consuela pensando en la gente mutilada. En los indigentes que duermen en las calles. En los sidosos. En los que no tienen gusto para escuchar música. En los que, por estrechez cerebral, nunca van a poder vivir un amor en plenitud. Ellos, se miente ahora a sí mismo Carbonell en un círculo de ribetes absurdos, la pasan peor que yo. Por las noches, llama a Laura a su celular. A veces se pasa horas presionando los números y antes de marcar el último desiste. Cada tanto, ella atiende el teléfono envuelta en ambientes ruidosos que a Carbonell le provocan una sensación parecida a lo que Freud denominó lo siniestro o lo ominoso. Le dice que tiene que cortar porque está “apurada”, que es una de las mejores cosas que se le puede decir a alguien enamorado para se hunda en la mierda.

Un día, Carbonell se levanta, compra el diario y consigue trabajo lavando copas. Es uno de esos trabajos ruines y mal pagados de temporada de verano, sin opción de ascenso ni perspectiva alguna. Es, entonces, el trabajo que sólo una persona como el desahuciado Carbonell puede aceptar gustoso. Refregar vasos y platos es lo único que puede ponerle la mente en blanco. Es tanta su inclinación por el trabajo que, en muchas ocasiones, el jefe de la cocina tiene que decirle que se vaya porque ya se terminó su horario. Cuando llega a casa, abre una cerveza y mira los resúmenes deportivos del día. Una o dos horas después, cae en una nueva depresión.

Carbonell a veces quiere leer algo, pero no puede llegar a la página tres de ningún libro. Los párrafos le parecen ininteligibles. Necesita una novela o un relato que cuente su historia, eso es lo único que le interesa en este momento. Piensa a veces en Juana, un amor anterior, una chica indecisa que él mismo decidió dejar. A veces cree estar seguro de que Juana todavía piensa en él, de que le está mandando ondas telepáticas para que la llame. Otras veces piensa que Juana ya no debe vivir en la ciudad o que Juana debe estar casada o que Juana debe haber muerto en las vías del tren. Estos pensamientos son fugaces, en realidad, la mayor parte del tiempo Carbonell reflexiona sobre su amor con Laura y espera que ésta lo llame, milagrosamente, de un momento a otro, para decirle que quiere volver con él. Mira entonces el último mensaje de texto que Laura le mandó el 31 de diciembre a la tarde: Feliz año. Aunque ha pasado un mes y medio todavía no lo borra. Lo mira y lo interpreta. Y llega siempre a la misma conclusión. Ya hace semanas que no la llama y no piensa volver a hacerlo. Sin embargo, la tentación es grande. Para sacarse la idea de la cabeza, se dirige al baño y, hasta la hora en que ingresa a lavar los platos, se queda debajo de la ducha.

Las personas que lo ven le manifiestan su preocupación. Parece que su rostro se volvió cadavérico y que su paso está defectuoso. Parece que sus ojeras cubren la mitad de sus mejillas y que tartamudea al hablar. Parece que cada vez está más callado y no se junta con nadie. Incómodo ante tales consideraciones, Carbonell actúa un estado de ánimo diametralmente opuesto para que nadie tenga dudas de que la está pasando muy bien desde que se alejó de Laura. Cuando se despide de las visitas o los conocidos que lo cruzan por la calle, tiene la sensación de que poco a poco se ha ido despegando de las personas hasta no tener nada en común con ellas, como si estuviese arrojado al espacio exterior en una capsula. Si me cruzará a Laura ahora mismo, no sabría que decirle, piensa.

Sin que se dé cuenta, una camarera comienza a frecuentarlo. No sabe muy bien por qué, pero lo trata mejor que al resto. Tiene el pelo muy negro, le llega a la altura de los hombros y cuando fuma le tira el humo de los cigarrillos directamente a la cara. Un sábado, Carbonell invita a la camarera a tomar algo. No lo hace porque la quiera, por supuesto. Incluso sospechamos que Carbonell aborrece a la camarera y ni siquiera derramaría una lágrima en caso de que muera. Ella acepta gustosa y le da un beso en la mejilla. Caminan desde el restaurante a un bar del centro entre una multitud de turistas. La noche es calurosa y, por primera vez en mucho tiempo, Carbonell siente que su cabeza está despejada. Hasta ahí no había dejado de drogarse con las imágenes de su desolación ni un solo segundo. Su mente se había convertido en un video clip patético. Carbonell se pregunta si otra persona en el mundo pudo haber sentido algo así. La camarera le habla de cosas que él apenas entiende. Durante un instante Carbonell está seguro de que ella maneja otro idioma. El ruso por ejemplo. Se sientan en una mesa al aire libre y empiezan a tomar cerveza. A la tercera él decide contar su situación. Habla mucho y, por momento advierte que la camarera se espanta o se aburre o bosteza, pero eso es lo que menos le importa. Toman unos tragos más y se dan un beso teatral, moviendo las lenguas a la velocidad de la luz. Van a un Hotel. El cuarto parece un horno y abren las ventanas. La camarera fantasea entonces con que otros los están mirando y abre el envoltorio de los preservativos con los dientes. Después camina en cuatro patas por la cama, desnuda. Parece unos de esos perritos a pila que tienen los taxistas o la versión porno soft de Regan MacNeil. Carbonell piensa, risueño: Es la imagen viva de la alteración sexual. Nada hace sin una cuota de espectáculo. Al lado suyo, Laura es una niña inocente y tonta. Carbonell se siente intimidado por los efectos especiales de la camarera y todo le cuesta el doble o el triple. Finalmente se resigna a un papel penoso, desmentido por los gemidos de la camarera, que evidentemente protagoniza una película distinta a la de nuestro amigo. Cuando terminan, Carbonell se queda tirado en la cama de dos plazas mirando cómo se ducha la camarera. Se ducha seria, como si hacerlo le demandara un esfuerzo intelectual insoportable. Cada tanto lo observa y le dedica una sonrisa y después vuelve a su ostracismo y más tarde sonríe otra vez.

Al llegar el fin de la temporada, los dos han conformado una relación basada estrictamente en el sexo, aunque él no está persuadido de que ella lo sepa. Carbonell en verdad todavía llora o piensa o implora a Dios la vuelta de Laura y, cada tanto, la de Juana. Una tarde de franco, deciden pasarla juntos. Pasean. La camarera le da la mano. Carbonell siente una especie de puntada en el pecho, por poco tiene que dejar de caminar, necesita una máscara de oxígeno si quiere seguir avanzando. Después, mientras espera que la camarera salga de un local de carteras, ve a Laura caminando hacia él. No es la Laura final, desganada y harta del amor, ni la vital del año en que la conoció, sino otra. La nota desencajada y con varios kilos de más. No está pintada ni tiene el pelo atado. De alguna manera, parece que ha pasado por una guerra y ha vuelto a la ciudad a narrar sus testimonios, a filmar un documental sobre su experiencia en el campo de batalla. Le da un beso y advierte que no lleva perfume. Laura se ha convertido en un puto musgo, piensa Carbonell. Los meses que llevan separados han hecho mucho daño en el aspecto físico de Laura. Parece arrepentida. Le pregunta qué ha hecho. Le cuenta sus cosas. Cursos, talleres, actividades de recreación. Al principio quiere provocar una imagen de suficiencia pero a los pocos minutos le informa que piensa volver con él. Al decir esto, la camarera sale del local. Carbonell las presenta en modo solemne. Brotan lágrimas de los ojos de Laura, quien se va caminando con paso apurado en dirección desconocida. La camarera estalla en un ataque de furia. Insulta a Carbonell y a su familia y sus desempeños sexuales. Le pregunta por qué no le dijo que seguía viendo “a la otra”. Carbonell pensaba que la camarera se sabía “la otra”. Le pregunta quién se cree que es. Carbonell no tiene ganas de responder y ni siquiera lo sabe, ya que está agobiado por la imagen de Laura, y la deja ir.

En los próximos días, Carbonell llama constantemente al celular de Laura. Una noche ella lo atiende. Hablo desde un baño, dice. ¿Qué baño?, pregunta él. Uno, dice ella. Silencio. Carbonell vuelve a requerir características geográficas del baño y Laura sigue con las imprecisiones. Carbonell le dice que su voz parece metálica. Laura dice que no sabe a qué se refiere con eso, que no lo atendió para hablarle de baños. Carbonell le dice que tampoco la llamó por eso. Laura entonces le explica lo duro que ha sido estar sin él los meses anteriores (lo dice como si fuera él quien la dejó). Le dice que viajó a su ciudad al poco tiempo de cortar pero que no quería llamarlo: prefería encontrárselo espontáneamente por la calle. ¿Por qué?, pregunta Carbonell. Quería que fuese el destino el que nos uniera, responde ella. Carbonell cree que Laura se volvió loca. Así y todo quiere estar con ella. No por lo que es ahora, sino porque el Pasado es un lugar al que algún tipo de gente estúpida siempre quiere volver. Cueste lo que cueste. Y Carbonell es de ese tipo de gente. Pero la trastornada Laura se ha desencantado completamente. Verlo con otra le ha dado pena, asco, bronca y una larga serie de sentimientos horribles. Se le han borrado las ganas de estar con él, de verlo, de escucharlo, siquiera de recordarlo. ¿Qué querías que hiciera?, pregunta Carbonell. Laura corta. Carbonell entonces hace algo: se queda oyendo el sonido del tono. Un rato largo.

24 comentarios:

Anónimo dijo...

este no men guston tantonm comon el otron proquen no esta el primon y yo quiero chuparselans, me lon prensrtas?

Anónimo dijo...

Mierda, me sentí demasiado identificado. Está muy bueno, loco, seguí así.
(Aunque creo que ya te lo había leido... o uno muy parecido)

Anónimo dijo...

Muy bueno viejo.

Un poco triste, pero bueno. Te felicito.

FGJ.

Billy dijo...

che, esto yo ya lo leí..! o estoy loco?

Martín Zariello dijo...

Sí, pero no en Ilcorvino, en 60 watts. Qué vigilantes que son eh. No se puede refritar tranquilo (?).

Anónimo dijo...

tienes mejores.
igual lo leí entero, algo significará.
vlt.

Billy dijo...

no es de vigilante, solo me quería diferenciar de los demás comentadores demostrando que soy corvinista desde la primera hora

Martín Zariello dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Martín Zariello dijo...

Todo bien, Billy, te respeto y sé todo lo que dejaste para llegar a ser un corvinista de la primera hora. Abrazo y no me aflojes, loco.

PG dijo...

Corvino, permítame mal utilizar este medio: escuchate el disco de Nuestrocrimen que te presté y venite a Liverpool hoy a las 22 que tocan gratis...

John Gabo dijo...

Yo también me he sentido identificado con este cuento... Cuán necesario es saber que existen historias que entienden cómo nos sentimos en esos momentos. Se le agradece, Corvino.

Sabrina dijo...

Hola! te dejo la dirección de mi blog, cuando puedas date una vuelta,

http://sabrina-eremita.blogspot.com/

Un beso grande

Barby Birreal dijo...

¡lo que me costó el amor de Laura!

Diego Cúneo dijo...

Muy bueno, me encanto eso de sentir piedad por la gente que tiene mal gusto musical....¿Publicaste algun libro alguna vez?

Desarmandonos dijo...

Lo había leído. Creo que lo modificaste, ¿Puede ser? Esta vez me pareció mejor. Es increíble la capacidad que tenés para poner en palabras la situaciones que de alguna manera nos son comunes a todos. "No lo hace porque la quiera, por supuesto. Incluso sospechamos que Carbonell aborrece a la camarera y ni siquiera derramaría una lágrima en caso de que muera. Ella acepta gustosa y le da un beso en la mejilla." Terrible ese párrafo, hace pensar.

SUNRISE dijo...

"Laura se sienta aliviada. Carbonell se siente morir".

Que Laura se sienta y que Carbonell siente...

Muy loco.

Salud!

Martín Zariello dijo...

Eso es un error de tipeo, evidentemente. Muchachos, si quieren buscar la mosca en la sopa, les advierto que hay lugares más interesantes para explorar que un blog. Besitos (?).

SUNRISE dijo...

Sé que es un error, pero me gustó el resultado.

Take it easy, Corvino(por si no se dio cuenta, le admiro en grado sumo).

Abrazo!(sin ningún "(?)")

Anónimo dijo...

Parece ser que Laura es nombre de pérfida...buena elección y excelente cuento!

María

pollorekords dijo...

real como la vida misma. o como la vidade uno de estos dias

Imposivle dijo...

me ecantan los finales felices

Martín Zariello dijo...

Sunrise: todo bien, perdón, tensé mi dialéctica (?).

Anónimo dijo...

Muy lindo. No lo podés soltar hasta terminar.(ja)
Salú!

Anónimo dijo...

Creo que todo hombre que nació con cerebro de hombre (por hay hombres que nacen con cerebro de mujer, claro, y no me refiero a preferencias sexuales ni menos) se ha sentido identificado con este cuento, por lo menos hasta el último párrafo (excluyéndolo).

Este cuento parece un estudio sociológico en algún punto, excelente, del aprendisaje (para "el grueso" no, porque rara vez aprende) de las relaciones con una mujer. Siempre hablando, hasta el último párrafo.

Qué ocurre, en mi opinión, en el último párrafo? Ocurre un final que en el mundo cotidiando no ocurriría. No critico, ni de cerca, ya que no tendría sentido buscarle un caracter documental en el cuento, salvo que el género lo requiriera.
Esto puede deberse a que el escritor tiene cerebro de hombre y por ende, piensa como tal.

Sinceramente, y por como se sucede el relato, estaba esperando que Laura volviera llorando a los brazos de Carbonelli, arrojada como por una catapulta gigante e invisible- comportamiento natural e ilógico característico de la mujer cuando es castigada de alguna manera(lamentablemente, pasa... piensenlo)

Un gran abrazo.