lunes 28 de febrero de 2011

Que otros se vanaglorien de los libros que han escrito

Yo me enorgullezco de los libros que no leí. Confieso que no leí Madame Bovary. Que no sólo no pasé las primeras 20 páginas de La montaña mágica sino que también me aburrí, no entendí nada y estuve a punto de llorar por ser tan estúpido. Dije que leí a Bukowski en la adolescencia y ahora me parece malo sólo para impresionar chicas y para enojar a los fans de Bukowski, que viven a la defensiva porque deben soportar las afrentas contra su escritor favorito y cruelmente despreciado por la Academia. No leí Yo el supremo ni Conversación en la Catedral. Fingí y sonreí cuando comentaron delante de mí algunos episodios de Don Quijote, obra de la que leí capítulos salteados de los dos volúmenes. Leí algo más que Leonard Zelig de Moby Dick, pero no llegué al final. Confieso que no puedo leer a Osvaldo Lamborghini ni a Arturo Carrera ni a Lezama Lima. Confieso que no sé nada de poesía y que ni siquiera leí con atención a los poetas que supuestamente me gustan. No leí Las enseñanzas de Don Juan a los 18 años y creo que nunca lo haré. No leí Cien años de soledad a los 16 y creo que nunca lo haré. No leí El lobo estepario a los 14 y creo que nunca lo haré. No leí El principito a los 12 y creo que nunca lo haré. Nunca pude terminar 62/Modelo para armar. De Onetti sólo leí El pozo, que es como decir: del ajedrez sólo sé cómo se mueve la torre. No leí Rojo y Negro. Dije que terminé ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?: era mentira. Leí El hombre en el castillo pero sólo tengo un recuerdo borroso, la mayor parte de las páginas me provocaron sueño o ganas de matarme. No leí Los pichiciegos y la mayoría de los cuentos de Fogwill me aburren. No leí nada, absolutamente nada de Aira. No leí nada de literatura beat, creo que incluso me burlo de quienes lo hacen. Todavía no leí Viaje al fin de la noche ni El gran Gatsby, pienso hacerlo pero no sé si la semana que viene o dentro de 10 o 25 años. Pensar que recién dentro de 25 años voy a leer un libro que quiero leer ahora me deprime profundamente. También me deprime el hecho de pensar que dentro de 25 años siga vivo. La vida, evidentemente, es un infierno, pero mientras tanto quiero agregar que no leí, en el sentido rotundo de la palabra, ni Artaud ni al Conde de Lautreamont. No pude terminar ninguna novela de David Viñas, todas me aburren y me agreden emocionalmente. Leí a duras penas Cicatrices pero no pude ni con Glosa ni con El Entenado ni con El limonero real. Nunca terminé de leer El zorro de arriba y el zorro de abajo y si lo terminé es lo mismo que nada porque no me acuerdo. No leí a Daniel Link ni a Sergio Bizzio. No leí nada de Sergio Chejfec, tuve que buscar en Google cómo carajo se escribe y ni siquiera estoy seguro. No tengo ni la más mínima idea sobre El ruido y la furia, llego a la página 15 y no sé qué estuve leyendo, dónde estoy, cómo me llamo, qué significan esas palabras. No leí el Ulises de Joyce, por supuesto, pero tampoco (y esto sí que es grave) la Odisea ni la Ilíada. No leí un carajo de Raymond Carver, seamos sinceros, sólo algunos cuentos y algunas poesías. Leí tres cuentos de Cheever, tres, boludo. No leí nada que se pueda considerar literatura surrealista. No leí a Saramago y lo desprecio. No leí a Osvaldo Soriano y lo subestimo. No leí a Rosa Montero y la odio. Dije que 1984 es mejor que Un mundo feliz, pero no leí Un mundo feliz, estaba mintiendo. No entendí una sola palabra de La diseminación, es increíble, ni una sola. Sólo entendí a Barthes de a ratos, pero lo admiro genuinamente (a Deluze lo admiro falsamente). Idolatro a Benjamin pero no leí todo lo que se supone que debería haber leído alguien que lo idolatra. Creo que alguna vez hablé sobre Charlie Feiling, sólo leí algunos artículos en internet, por dios. No leí Soy Leyenda ni Alta Fidelidad, vi las películas y dije que leí los libros. No leí El trópico de Cáncer, con leer las primeras 100 páginas me pareció que ya sabía de qué se trataba. ¡Creo nunca leí a un autor alemán! No leí La Insoportable levedad del ser y sospecho que no lo voy a hacer nunca. Alguna vez me vanaglorié de mi conocimiento de la literatura oriental contemporánea porque leí a Murakami y Kenzaburo Oé. No sé por qué lo hice, ni siquiera existen chicas a las que se pueda impresionar diciendo eso. Nunca leí atentamente a Roberto Arlt. Nunca leí como se merece a Juan Rulfo. Me costó mucho leer a Carlos Fuentes, probablemente si me apuntaran con un revólver y me preguntaran si lo leí, sinceramente, tendría que decir que no, que no lo leí. Empecé La conjura de los necios y me aburrió y lo dejé y nunca más quise acercarme a ese libro. Llegué a la mitad de Adiós a las armas y reemplacé a Hemingway por el Nabokov de Lolita y no me arrepiento. Me compré Los cuentos completos de Nabokov y todavía no leí ninguno.

domingo 27 de febrero de 2011

Apuntes arbitrarios sobre Black Swan, Inception y 127 Hours

Black Swan. He aquí la historia de una bailarina (Natalie Portman) que debe protagonizar El lago de los cisnes y se vuelve loca. Pero los fantasmas que la atormentan (su propia imagen duplicada en un Otro siniestro) no son los de Scooby Doo, sino los de su sexualidad irresuelta. Estamos ante una extraordinaria película de terror sexual que, por momentos, parece guionada por el loco Altthuser de El porvenir es largo. Más allá de la efectividad de las diferentes partes en las que se introducen elementos fantásticos (espejos con vida propia, fotografías en movimiento, metamorfosis corporales), la escena memorable de Black Swan es cuando Nina se masturba en su habitación y abruptamente se detiene al advertir la presencia del Aparato Ideológico del Estado: su madre. Horror cotidiano. La neutralización del placer físico que sufre Nina se explicita en el contrapunto con su Némesis, Lily. Aronofsky acierta y elige para interpretar ese papel a Mila Kunis, alguien a quien el Indio Solari llamaría "una tipa rapaz", de ésas que provocan envidia en las mujeres porque a pesar de no ser perfectas, en un pestañeo, le pueden cooptar el novio a cualquiera. Con solo una noche de rave, pastillas y lesbianismo onírico, Lily se las arregla para mostrarle a Nina el lado oscuro de la luna. La tensión estética entre la belleza castrada de Nina y el erotismo puro y duro de Lily (Apolo y Dionisio siempre vuelven) se desarrolla en un crescendo dramático. Por otro lado, a pesar de su sordidez, el tono opaco y la ausencia axiomática de humor, Black Swan es una película hermosa que corre el riesgo pero jamás se pierde en el delirio sin ton ni son. El final sugiere toda una ética de vida y, contra todos los pronósticos, le sale muy bien, algo que en tiempos en los que impera el insufrible relativismo de una era en la que nadie se juega por nada, ya es demasiado.


Inception. La imagen duplicada de la ciudad ya es un hito del cine contemporáneo y plantea un inédito link hacia una posible versión digital de Xul Solar. Pero lo más interesante es que los laberintos arquitectónicos, a su vez, tienen su correlato en los laberintos cerebrales. Porque (al igual que Shutter Island, que también tuvo a Di Caprio como protagonista el año pasado), Inception es una película sobre el poder de la mente: basta con que algo "ocurra" allí para que se nos escape la tortuga. Así lo prueban el comportamiento de los participantes de Gran Hermano, el baile de Thom Yorke y las estadísticas sobre el consumo de Rivotril. Los dramas existenciales que nos acosan (la angustia, la depresión, los celos, los prejuicios) más que consecuencia de hechos comprobables, son obra y gracia del estado de nuestro trip en el bocho. En un discurso de graduación, el escritor norteamericano David Foster Wallace recordaba, con respecto a la mente, un dicho que señala que ésta puede ser un excelente siervo y, a su vez, un amo muy tirano. Para rematar su observación, comentaba:

"No es coincidencia que los adultos que cometen suicidio casi siempre lo hacen disparándose en la cabeza. Matan al terrible amo, y la verdad es que la mayoría de estos suicidas ya estaban muertos mucho antes de jalar el gatillo".

Lo mejor de todo es que Foster Wallace terminó colgado en una viga de su casa, pero ésa es otra historia. En fin, a diferencia de pretenciosos engendros del Mal como Mr. Nobody, aquí la pirotecnia visual y la idea de entrar en los sueños de los demás son el anzuelo tras el cual se esconde una profunda reflexión sobre las relaciones humanas. El vínculo de Dom Cobb y su esposa dice que primero debemos dejar ir a las personas y luego a los recuerdos que tenemos de esas personas. En caso contrario estamos condenados a ser estatuas de sal. Como "Naranjo en flor" pero con efectos especiales. La verdad es que cualquiera sabe que la mejor ciencia ficción no ocurre en los viajes intergalácticos, sino en las resonancias emocionales que activan los latidos del corazón.



127 Hours. "Estoy bien metido en esta mierda" dice Aron (James Franco), al promediar 127 Hours, atrapado entre una grieta y una roca en un cañón de Utah. Más o menos lo mismo que el protagonista podría afirmar el espectador al asistir a lo que, hasta allí, parece la película favorita de un oyente de Metro: música estridente y monótona, una cámara vertiginosa que le debe más al video-clip que al cine, un personaje principal omnipotente al borde del estereotipo. Pero después, milagrosamente, todo confluye en una historia de superación personal, de ésas que, aunque nos cueste reconocerlo, tanto nos gustan a los espíritus sensibles. Siempre es interesante ver cómo carajo se las arregla el hombre cuando está más solo que Kung Fu en el desierto. En realidad Danny Boyle nos hace tragar esa introducción insufrible porque sabe que tiene el swing necesario para alternar escatología (Aron bebe orina, se corta el antebrazo) con flashbacks lagrimógenos (los recuerdos familiares y afectivos del alpinista) que nos dejarán al borde del coma emocional. El epílogo es prácticamente orgásmico en su cóctel de aventura, viaje iniciático y moralina barata (hay que amar a los padres, hay que ser buenos con nuestras novias, hay que avisar adonde vamos antes de irnos). Podría decir de este film lo mismo que del peronismo o el rock o el amor: no sé si es bueno, pero funciona.

lunes 21 de febrero de 2011

Para ser un asesino

Presiento que Dios debe estar aburrido y por eso suceden estas cosas. En la nube más acolchada, con un vaso de fernet caliente mientras hace zapping y relojea, desganado, cómo se las arreglan algunos tipos con los que se encariñó. La soledad de Dios. El vacío existencial de Dios. La tristeza infinita de Dios. Dios no puede pedir un turno con el psicólogo: en el Cielo no hay consultorios. Dios no puede irse de vacaciones: en el Cielo no hay lugar adonde ir. Dios no puede fumarse un faso: en el Cielo no crecen plantas. Encima, allá abajo, todas las comedias, todos los dramas, terminan igual. Al escritor supremo le preocupa su monotonía argumental, lo obvio de su estilo y lo anquilosado de su prosa. Que todos corran al amor como el Coyote al Correcaminos y que después venga la muerte. Que sea sólo eso y algunos one hit wonders sin mayor importancia no le causa gracia, lo quiebra emocionalmente.

Fuera de los límites del realismo mágico

y las películas de Kusturica,

la cruda verdad es que Dios sabe

que no hay posibilidad alguna

de que en plena caída

los omoplatos dejen paso a unas hermosas alas

y que el tipo que estaba por suicidarse

se pierda en un vuelo hacia la eternidad.

Hablando del asunto, hay personas que nunca pueden abrir el paracaídas. Y así pasan la vida. Con ustedes, X. (Abucheos). Otros, en cambio, sin esfuerzo, lo pueden abrir y cerrar tres veces antes de tocar el suelo. Con ustedes, Ella. (Aplausos). Dios lo sabe. Por eso los junta, se recuesta en su nube y hasta quizás se masturbe mirándolos.

El innúmereo alcohol, dos sillas,

un cielo nublado,

una mesa en un bar cualquiera.

Se precisaron todas esas cosas

para que sus cabezas se estrellaran.

Podríamos estar un largo rato presentándolos, es entretenido jugar a ser Dios y tratarlos como jerbos, hacer de esto una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae. Si es que ya no lo es. Por un lado, entonces, la mujer que amainó a Tánatos con el viejo truco de las drogas duras. Es muy factible pensar que lo mismo podría haber hecho con un cutter o un tramontina oxidado. ¡Es que no fueron las drogas duras las que hicieron bailar Moonwalk a Tánatos, fue Ella! En el otro rincón, el hombre que, por las dudas, siempre tiene abierta la canilla de la pulsión de muerte.

Quien busque una historia con introducción, nudo y desenlace se equivocó de historia. Se equivocó de era quizás. No se si se dieron cuenta de que en este barrio hay un puro nudo o hay un puro final o hay una pura introducción. Como buen proto vínculo, el final es abierto. E incierto. Es una película filmada a las apuradas que con el paso de los años se convierte en un clásico de culto. Cosas de la neurótica hermenéutica. X y Ella son jóvenes epocales, hijos pródigos de su generación, con la mochila cargada de abundante zeitgeist. Inmersos en un sistema que desprecian y en las mil disyuntivas psicológicas, el peso del mundo a veces los abruma.

Y con los esnobs y con los hippies y con los rockeros y con los salen en todas las fotos y con los que quieren estar en mil lugares a la vez y con los que son amigos de todos y con los que bailan y con los que son demasiado felices y con los que son demasiado lindos y con los niños ricos con tristeza y con los hipsters y con los neo militantes del nuevo milenio y con los que se entusiasman y con las ex novias y con los impostores de la literatura y con la literatura y con los integrantes de la cooltura y con el Sol y con la teoría del mejor de los mundos posibles y con cierta forma de saludar que tienen algunas personas y con cierta forma de mirarlo de otras y con su trabajo y con su carrera y con quienes se cruza por la calle y con los domingos grises en los que podría escribir La Náusea con los ojos cerrados y de atrás hacia adelante y, específicamente, en letras mayúsculas que chorrean sangre (o tempera roja o salsa de tomate) consigo mismo. X es su peor enemigo, su más temible villano y hará lo que esté a su alcance hasta que se demuestre masivamente que no es un idiota más, sino el más grande y absoluto idiota del mundo entero. Hay gente que tiene grandes ambiciones. A excepción de estos pocos individuos, abstracciones, ademanes y fenómenos de la naturaleza, X, el sujeto evolucionado de la Comedia Humana, prácticamente no está enojado con nadie.

Ella sabe todo y ni siquiera hizo falta que él se lo cuente. Es una de esas chicas súper poderosas que últimamente aparecen y desaparecen alrededor de X y a quien él denomina "chiflada" por no confesarle que, con eso que puede ser entendido como un insulto, francamente, quiere decir que mientras la escucha y la ve y la piensa no puede asimilar ni la décima parte de la libertad y la velocidad estética de sus movimientos y la conducta enigmática que exuda a cada paso. Es los dos libros de Rulfo, la Poesía Completa de Borges, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y El libro del desasosiego. El Viejo Truco se inventó por culpa de Brujas de este tipo.

Muerta la historia, el autor, Dios (que mientras conversan, sonríe desde la nube acolchada), el concepto de Verdad, el Amor y su malísima remake, la fidelidad y la familia, hasta dudan de estar vivos. El dj del bar, encima, repite siempre los mismos dos temas. Es como un chiste, de esos en los que en un mismo avión viajan tipos de distintas nacionalidades y uno se tiene que tirar. Pero en este avión no hay extranjeros, sino extraterrestres de planetas diferentes. ¡El chiste es metafísico y la salvación no es seguir en el viaje sino saltar, caer en la Isla y perderse para siempre junto a Kate y Jack!

Compiten por ver quién es más infeliz de los dos, por saber quién está más cerca de ser un asesino. No se ponen de acuerdo. X podría ser de aquellos que de repente ingresan a un supermercado con una escopeta y empiezan a bajar muñecos como quien no quiere la cosa. Es de la única manera que podría matar a alguien: matándolos. Ella no. Según X, para ser un asesino no hace faltar matar a alguien. Se lo dice al oído y es la frase más espectacular que dijo al oído de una mujer. Funciona a muchos niveles. La puede utilizar un psicólogo, un enamorado, un esquizofrénico. Podría estamparse en remeras negras, usarse como subtítulo de un thriller psicológico, ser el lema de campaña de un político pop. La realidad debería venir traducida, le quiso decir: vos matás con un gesto, con una palabra y esta noche me tocó morir a mí. Después todo se bifurca y entre ese humo y esa gente hasta es probable que X haya vislumbrado las puertas del Cielo que no pudo encontrar el gorila del relato de Cortázar.

Presiento que Dios debe estar aburrido y por eso suceden estas cosas. Pero esa noche se divirtió.

miércoles 16 de febrero de 2011

El viejo truco

X, L y J. Las pocas veces que se juntan forman un power trío experimental que fracasa estrepitosamente. A poco de editar su primer disco, están a punto de separarse. La vida no es para tipos como ellos. Si siguen así van a terminar encadenados a unos rieles oxidados. ¡Y lo peor de todo es que el tren hace años eliminó esa vía de su ruta! Van a envejecer esperando que algo enorme y pesado les pase por arriba. Y nada. Ustedes saben: no pasa naranja. ¡La verdadera angustia es la de la vida en blanco! La de la hoja se soluciona muy fácil: a través del método Hunter Thompson, quien pulió su estilo reescribiendo Adiós a las armas y El Gran Gatsby.

Pero todos somos Pierre Menard,

no sólo el chiflado que sentía asco y pánico:

no hay nada nuevo bajo el sol.

Nos queda la reescritura,

de la hoja y de la vida.

X, L y J. Personas que siempre ven el vaso medio vacío. O directamente el vacío. Personas que especulan con la idea de un psicólogo ambulante porque cada esquina de la ciudad les trae un recuerdo hermoso que los demuele. Necesitarían un backstage del Pasado para darse cuenta que por algo se quedaron en off side. Yo, dice X, creo que necesito un psicólogo hasta para entrar a facebook. En realidad uno las 24 hs. En realidad necesito internarme. Es una andanada de golpes emocionales. Como si se me cayeran las Torres Gemelas encima todos los días. No sé bien cómo fue, sigue X, pero creo que mi vida se convirtió en El juego del miedo. Capaz que exagero, agrega, pero está en 3D.

X, L y J. Ya agotaron todas las posibilidades. Hace muy poco, sin darse cuenta, filmaron la remake malísima del amor. Dos, tres, cuatro, cinco meses de rodaje con mujeres que, otra vez, les iban a cambiar la vida pero ya ni se acuerdan de sus apellidos. ¿Qué hacen los hombres cuando están solos y de a 3?, se le ocurre preguntar a J. Putas, contesta L. La primera conclusión: los hombres de verdad no se preguntan qué hacen los hombres, son hombres y ya, no tienen conciencia de sí mismos. Segunda conclusión: si X, L y J hubiesen llamado "putas" lo más probable es que ninguno se hubiera animado a contestar el portero eléctrico. Tal vez terminaran despojados de sus pertenencias, llorando por los rincones, escondidos debajo de la cama. Eso sí que hubiese sido divertido. Tercera conclusión: X, L y J no son hombres. Tienen un aparato reproductor masculino, pelo en el pecho, una tendencia a gritarle al televisor cuando Funes Mori manda la pelota al infinito y más allá, pero no son hombres. Si eso es el Hombre, estamos jodidos, cerremos la persiana del Planeta porque no hay salida. Se entienden las guerras, las catástrofes naturales, la estupidez, el egocentrismo, las fobias y las redes sociales. Pero, queremos creer, que eso no es el Hombre.

X, el sujeto evolucionado de la Comedia Humana, está un poco sacado con respecto a Facebook. Con respecto a cualquier cosa que termine con 2.0. Ya ni siquiera podemos ser excéntricos, comienza. Hasta nuestros más despreciables enemigos (aquel que te sopló a la mujer amada, ése que escribe con faltas de ortografía, el que es demasiado lindo y por eso mismo merece morir) comparten nuestros exquisitos gustos. Por eso si me preguntan, yo digo que escucho a Charly García, leo a Borges y miro películas de Woody Allen. Nada más cercano a la realidad, pero obviamente hasta hace un tiempo "escuchaba" a Belle and Sebastian, "leía" a César Aira y "veía" películas de Wes Anderson. Nadie me puede acusar, espeta X, no podía quedar mal adelante de ellos, los chicos con bigote, anteojos negros de carey y bolsos cruzados. Pero ante la avalancha del esnobismo, sigue X, excitado, ¡ser conservador es estar a la vanguardia! J le pide que por favor baje la voz: desde las otras mesas los están mirando mal. Los esnobs están acabando con el mundo y nadie hace nada, se desespera y sin atender las precauciones de su amigo repite: ¡los esnobs están acabando con el mundo y nadie hace nada! La solución final, apunta X, más calmado, sería un suicidio masivo. Y ahí se arregla nuestra vida, concluye X: somos lo más esnob que existe en el mundo, es mejor estar muertos.

X, L y J saben. Primero: del viejo truco de sustituir mujeres con mujeres. O de sustituir mujeres con drogas. O de sustituir mujeres con alcohol. O de sustituir mujeres con maratones de playstation. O de sustituir mujeres con dormir, rezar, comer y trabajar. O de sustituir mujeres con poner la mente en blanco y pensar en la nada y sus alrededores. Desechadas todas las opciones, se impone el viejo truco de sustituir mujeres con libros. El viejo truco que nunca funciona. Si funcionara no sería un viejo truco. La regla elemental del viejo truco es que no funcione. En base a la cantidad de veces que lo utilizamos y no da resultado se hace viejo. El truco, por su parte, reside en que a pesar de su inoperancia sigamos insistiendo. El truco es semántico: ¿por qué se le llama truco a algo que no funciona? El truco de Dios reside en creer que algo así puede existir. El truco de los chicos que no tienen look reside en que eso mismo es un look. El truco de los que no les interesa la política reside en que no interesarse por la política es una postura política. Lo mismo se puede decir de tantas cosas que es mejor callarse. Dejemos hablar al viento, again. Escuchen su rumor en la noche de verano: ¿dice muchas cosas o no dice un carajo? Misterio. Pregúntenle a Onetti. Les apuesto que no van a comprender su respuesta: no se le entiende un choto cuando habla. Y además está muerto. Entonces nos sumergimos en El Viejo Truco de sustituir mujeres con libros. Pero a todo Viejo Truco le corresponde la Gran Pregunta: ¿cómo saber qué libro corresponde a cada mujer? Hay una delgada línea que no admite equivocaciones.

Para no caer en malentendidos: no se trata de correspondencias milimétricas ni de cosificación ni de humanización, se trata del Viejo Truco, del libro indicado. Y también de tristeza y un poco de idiotez. Pero tenemos el caso de J. J se separa/es abandonado/deja/mata/es asesinado/olvidado por la Mujer Z. La mujer Z es, como todos sabemos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sin embargo J adquiere El libro del desasosiego. Grave error. Miren a J en este mismo momento, en las tinieblas de su dormitorio. Se encuentra acostado en el piso, mandando una y otra vez mensajes llenos de ruido y de furia. ¡Pasa todas las noches sin dormir, viendo, sin espacio, la figura de la mujer Z! ¡Viéndola siempre diferente de cómo ella le parece! ¡Hace pensamientos con el recuerdo de lo que era ella cuando le hablaba! ¡Y en cada pensamiento cambia ella de acuerdo con su semejanza! ¡Amar es pensar! Su vida, explica cada tanto X a L, mientras J vomita en el baño, es una gran y absurda indirecta hacia la Mujer Z. Todo lo que él hace es un símbolo a ser interpretado por ella, que probablemente ya ni siquiera lo recuerde muy seguido (y nadie puede culparla). La forma en que se lava la cara a la mañana quiere decir "te extraño". La lista de temas que elige en su mp3, "no te olvides de mí". El gesto que le conocemos al tomar el primer sorbo de cerveza, "te odio". Y así.

A propósito de su explicación, X se pregunta: ¿La vida es muy cursi o yo soy el cursi? A esta altura, L y J para él no existen. X le habla a un auditorio de miles de personas. Es el presidente del Club de los Corazones Solitarios. ¡Creo que la cursilería va a matar a la esnobidad!, dice X, como si acabara de descubrir un teorema matemático, ¡no está mal ser cursi! ¡La vergüenza salvará a la Humanidad!, grita, ¡no tengo dudas!

El sujeto evolucionado en la Comedia Humana entiende que la mujer no lleva en su frente un cartel que advierta: "Valgo por el peor verso de Benedetti (lo que ya es mucho decir)". Eso ayudaría bastante. Salvaría la vida de varios corazones. Pero no hay nucas numeradas ni cantidad de lunares en una espalda ni palabra clave que ilumine la incertidumbre. Por lo tanto es necesario adentrarse en las calles oscuras y sin asfaltar de la mujer Z a fin de verificar por uno mismo de qué se trata. El pueblo quiere saber. Y así nace el amor y el sexo, generalmente en distinto orden y pocas veces al mismo tiempo. Sé sabe, dice X, de mujeres que son un libro tan bien encuadernado que al examinarlo nos decepcionamos: cientos de páginas en blanco y cada tanto una pregunta o una aclaración innecesaria. También hay mujeres breves y enigmáticas que son como los dos libros de Rulfo. Y mujeres que son el último best seller. Se multiplican, según estadísticas de cierto prestigio, las mujeres indescifrables que son un libro compuesto por fragmentos de mil autores. Hay mujeres que ni siquiera saben de nuestra existencia, que en caso de conocernos a los pocos segundos comprenden la irremediable equivocación y se van alegando un compromiso urgente: mujeres que son el original de la fucking Biblia. También sé, afirma X, de una mujer que es la Poesía Completa de Borges. Lo dice serio, como si supiera de qué está hablando.

viernes 11 de febrero de 2011

Lo último en superación personal de reyes tartamudos

Si existe algo que nos gusta a nosotros los optimistas es ver películas de superación personal. Ésas en las que el protagonista es medio retardado pero sale adelante porque le pone garra, la vida tiene sus problemitas pero es bella y el mundo, a pesar de todo, no está tan mal. El corazón nos late desenfrenadamente ante las desdichas de nuestros queridos héroes estúpidos: lloramos, reímos y nos indignamos con los villanos que quieren arruinarles la vida. Hay veces incluso que nos dan ganas de irnos del cine o apagar el dvd o la computadora porque lo que vemos nos daña ¡al punto de que no podemos soportarlo! Pero por algo este tipo de película es denominado de "superación personal". Primero nos muestran una personalidad (de ahí viene lo de "personal"). Sufrida, digamos. Puede ser un genio de las matemáticas esquizofrénico. O un negro que quiere entrar en el ejército norteamericano. O una Demi Moore que también quiere entrar en el ejército norteamericano. O un tonto que corre mucho y se cruza con los personajes más importantes del Siglo XX. O un niño maricón que desea ser bailarín en una familia de proletarios. A continuación, esa personalidad recorre un itinerario dramático, plagado de humillaciones y golpes emocionales que hacen peligrar su vida. Pero cuando todo parece estar perdido, cuando ya gastamos tres paquetes de carilinas Elite, cuando nuestro cerebro parece haber sido cooptado por Schopenhauer, Cioran y Sabato juntos, amigos míos, sucede lo inenarrable: ¡¡¡increíblemente, esos golpes, esas humillaciones que por poco demuelen psicológica y físicamente a nuestros amados personajes se transforman en los hitos por los cuales estos miserables marginados de la sociedad refuerzan su personalidad, tienen éxito y, finalmente, se superan (de ahí lo de "superación")!!! Un caudaloso torrente de lágrimas baña mis mejillas inundando las inmediaciones del lugar en el que me encuentro... Aunque hay muchas, por suerte, este tipo de películas se siguen haciendo. Y The King's Speech es una de ellas. Cuenta la historia de Jorge VI, un pobre princesito inglés que tuvo que hacerse cargo de la monarquía de su país a punto de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Todo porque su hermano libertino se casó con una yanqui degenerada y divorciada y nazi. Así de fea es la vida para nuestros héroes de la superación personal. Pero como si eso fuera poco (¡ser un princesito y de repente tener que ser rey!, ¡tener un hermano malo!, ¡tener una cuñada trola!) ¡es tartamudo! Y según la inédita suposición de esta película, quien tiene el Poder es quien tiene el monopolio de la palabra: ¿y qué tipo de poder puede tener alguien que no sabe expresarse sin quedarse tildado como un blog con exceso de gadgets? Y así Jorgito se las ve muy negras, todos se burlan de su ta-ta-tartamudez y cada vez que tiene que pronunciar un discurso hace pa-pa-papelones. Pero su esposa (que lo ama profundamente, con limón y sal, a pesar de todo, contra viento y marea, es decir, como las mujeres aman a los hombres en las películas de "superación personal") le consigue un especialista que es un loco bárbaro, Lionel Logue. ¡Ah, me acuerdo y me río de lo simpático que es! Él es el encargado de practicar con Jorgito todo tipo de técnicas para que se relaje y pueda leer de corrido como lo exige su función. Y juntos se enojan, bailan, gritan, escuchan música clásica, dicen palabrotas con la ventana abierta, recitan Shakespeare. ¡Hasta dan ganas de ser tartamudo! Así de maravillosa es The King's Speech. Los dos, finalmente, traspasan o, mejor dicho, superan las barreras sociales que los separan y se hacen amigos. Tanto es así que el rey le termina contando las múltiples desventuras que tuvo en su infancia y lo volvieron tartamudo y nervioso. Entre paréntesis aclaro que a partir de ahora no sé si podré dormir de noche después de enterarme lo mal que la pasan los integrantes de las monarquías europeas: no trabajan, viajan por el mundo, reciben todo de arriba, ¿eso es vida?... Pero lo más interesante de la película es su mensaje: los tartamudos también pueden ser reyes. El valor de esta enseñanza es casi inconmensurable: ahora todos los tartamudos del mundo saben que están a un paso de la realeza. Eso sí que me alegra y conmueve porque demuestra entonces que los infelices pueden ser felices. Que los feos pueden ser lindos. Que los pobres pueden ser ricos. Sólo hace falta un poco de voluntad, conseguir al especialista adecuado y la vida, casi por inercia, se soluciona. ¿Vieron que era re fácil?

N. de la R: Lamentamos informar que luego de escribir este post Martín Zariello, nuevamente, como en otras ocasiones, falleció. No se saben las causas exactas de su muerte, pero algunos especulan con una fuerte sobredosis de amargura, idiotez y sarcasmo. Mientras aguardamos su pronta resurrección, se hará cargo del blog un viejo conocido por todos: "(?)". Démosle la bienvenida.

martes 8 de febrero de 2011

Tomorrow never knows

1. El tiempo no existe, pero hace cosas extraordinarias. Un libro que juntaba polvo en la biblioteca pasa a ser, de buenas a primeras, tu nueva Biblia. Un grupo de música que siempre despreciaste se transforma en la banda de sonido de la semana. Una chica que dejaste ir sin mucho “espamento” era el amor de tu vida. Un tipo se despierta y es una cucaracha. Algunos apelarán que estos hechos son producto de los juegos de la mente, el alcohol y la literatura. Sin embargo, lo que los une inexorablemente es que en el transcurso de la metamorfosis (psicológica, estética, amorosa) pasaron horas, días o años. Por otro lado, es muy probable que el tiempo sea la suma de los juegos de la mente, el alcohol y la literatura.

2. Alguien que sabe muy bien qué es el tiempo es Bill Murray. Incluso hay quienes dicen que él es quién inventó el concepto, puesto que es Dios. De ser un actor popular de comedias algo berretas a la quinta esencia del Ser Humano. Porque eso significa Bill para quienes lo amamos de verdad. Algunos pensarán que somos algo esnobs y nos dejamos llevar por las directivas del universo hipster sobre lo que es cool y lo que no. Se equivocan. No tenemos el póster de Bill en la pared de nuestro cuarto por Rushmore, Broken Flowers y Lost in Translation, sino por otra película, una que quizá no tenga (como los trabajos de Wes Anderson, Jim Jarmush y Sofía Coppola) el prestigio del tedio, pero que es la más sublime que se haya filmado en la historia. Groundhog Day. Más conocida en el mundo hispano parlante como El día de la marmota. Amén.

3. Más allá de las 163.253 personas a las que les gusta en Facebook (invento que a esta altura ya ha terminado con todo lo bueno de la vida: los gustos excéntricos, el amor, la sorpresa, la amistad) existe una cofradía secreta de la que formamos parte los que reverenciamos El día de la marmota. Simplemente nos sentimos hermanados, simplemente quienes vieron en esa cinta de 1993 la inminencia de la revelación total de nuestros días son de los nuestros. Pueden entrar sin cortar boleto que serán tratados bien.

4. Harold Ramis. Tal vez ese nombre no nos diga nada. Inclusive sólo a 2697 personas les gusta eso. Se trata, nada más y nada menos, del director de Groundhog Day. Danny Rubin. Tal vez ese nombre nos diga menos. Se trata del guionista de Groundhog Day.

¡A 7 personas les gusta eso! Ahora somos 8.

5. Corolario: hay personas que ni siquiera sabemos quiénes son, pero nos beneficiaron más que familiares cercanos, amigos y ex parejas.

6. Ocho personas. Qué injusta es la vida.

7. Dice Borges en uno de sus prólogos al Martín Fierro que una de las condiciones indispensables para realizar un clásico es no proponérselo ya que "el sentimiento de responsabilidad puede trabar o detener las operaciones estéticas". Los tipos que hacen grandes cosas casi nunca avisan. Las hacen. No mandan invitaciones por Facebook: "Vengan, voy a hacer la Gran Cosa". Ése es el caso de nuestros queridos amigos, Harold Ramis y Danny Rubin (quien sólo gusta, repito, a 8 personas en el mundo, entre las que me incluyo). Es 1993. Descorazonados productores de Hollywood, ¿qué digo descorazonados?, siniestros, perversos productores de Hollywood les encomiendan un éxito de taquilla, una comedia divertida apta para todo público. Les sale un film con resonancias metafísicas, repleto de escenas memorables, atestado de significaciones existenciales. Siglos de filosofía caben en Groundhog Day, película que, sin dudas, hubiese fascinado al viejo ciego.

8. Es más: parece un cuento de Bioy Casares. Pero al contrario de lo que sucede en varias de las obras del simpático oligarca (Dormir al sol, La invención de Morel), hacia al final no se introduce forzadamente una pesada explicación que acaba dando a entender que todo sucede por obra y gracia de un científico loco. Aquí Phil Connors (Murray), periodista especializado en meteorología, cubre un evento tradicional en la ciudad de Punxsutawney. El mismo se celebra todos los 2 de febrero y consiste en sacar de una jaula a una marmota para que ésta determine cuánto falta para el inicio de la primavera. Lo acompaña Rita (la injustamente olvidada Andie MacDowell: su grupo de mayor cantidad de adeptos en la red diabólica cuenta con 221 miembros), una productora novata, y Larry (el recordado Chris Elliott, innumerables 1482 personas gustan de él), el camarógrafo paparulo. Luego de la celebración quedan atrapados en la ciudad por una tormenta de nieve. Acto seguido, Phil se despierta otra vez el mismo día de la marmota. Una. Dos. Tres. Cientos de veces. No hay mañana. El valor de una idea es incalculable. Con este accidente temporal, Ramis y Rubin tienen vía libre, entonces, para jugar con el personaje y hacerlo transitar por todo los estados que un ser humano puede llegar a afrontar en una situación semejante. De esa forma, Groundhog Day muta, sin escalas, de comedia a viaje iniciático.

8. Lo maravilloso de Groundhog Day es que puntea todos los grandes temas al pasar, como se suele hacer en la vida cotidiana. Los diálogos poseen una dinámica cómica y a la vez reflexiva propia de la mejor literatura. La narración es un mecanismo de relojería perfecto. Por ejemplo, en una de las tantas noches que Phil tiene que agonizar en esa ciudad que odia, entra a un bar y empieza a tomar con un par de borrachos. Les cuenta su situación y les pregunta qué harían en el lugar de él, es decir, si estuviesen atrapados en una ciudad en la que cada día fuera exactamente igual y sin posibilidad alguna de escapar, a lo que uno de ellos responde: "Ése es el resumen de mi vida".

9. La línea anterior justifica Groundhog Day, pero hay más. Phil es un tipo arrogante, de vuelta (no se sabe muy bien de dónde), algo amoral, insensible. Luego de la estupefacción que le causa su problema, comienza a aprovecharse de los demás. Se aprende de memoria cada minuto del día y roba un camión de caudales. Pregunta algunos aspectos de su vida personal a una mina y se la levanta fingiendo ser un viejo compañero de secundaria. Se cree Dios. Todo lo que un tipo más o menos normal anhela: levantarse minas, tener guita, ser inmortal. Cuando se da cuenta de que eso no sirve de nada, sobreviene la depresión. Desorientado y sin saber qué trole hay que tomar, intenta las mil formas del suicidio. Y como no puede, comienza, finalmente, a interesarse por el otro. No le queda otra. Para hacerlo, primero, se mejora a sí mismo (aprende a tocar el piano, lee literatura francesa, se destaca en diferentes actividades humanitarias) hasta convertirse en una especie de superhéroe que salva a un chico de caer de un árbol, a un hombre de atragantarse con la comida, etc. Pero uno de los momentos más fuertes es cuando intenta salvar de la muerte al mendigo que le pide guita en la esquina. Lo abriga, le da de comer, lo cuida, pero el anciano se sigue muriendo. Cuando Phil le pregunta a la enfermera por qué se murió el mendigo, ésta le contesta que ya era su momento, que a veces la gente se muere.

10. Por último, Groundhog Day esconde una tesis sobre el amor. Prometo no volver a hablar del amor hasta después de mitad de año. Soy el tipo que más en vano habló sobre el amor en las últimas dos semanas, estoy al tope del ranking mundial. Decía que Groundhog Day esconde una tesis sobre el amor. Una verdad de perogrullo. Cuando Phil se enamora de Rita se da cuenta de algo muy básico que a veces nos olvidamos: el amor es dar sin esperar nada a cambio. Eso le permite despertarse al otro día, el 3 de febrero, en una de las escenas más conmovedoras del cine. Ante esta cursilería muchos fruncirán la boca (o el orto), pero estoy seguro de que es así: complejizamos la cuestión porque prácticamente nadie es capaz de dar nada sin esperar una recompensa. Reprochamos todo, desde que no nos contesten un mensaje de texto hasta que no nos salven la vida. Creemos que sólo de sucedernos un acontecimiento sobrenatural como el de Groundhog Day podríamos llegar a ese nivel de gratitud, sin embargo los días no suelen ser muy diferentes entre sí. Nos levantamos, trabajamos, estudiamos, comemos, nos vemos casi siempre con las mismas personas, tomamos cerveza, vemos televisión, nos dedicamos a realizar algunas actividades específicas. Es prácticamente el mismo día con distinta temperatura (y a veces ni siquiera). Tal vez sea utópico, pero ¿quién sabe?, con unos cuantos años de práctica, hacemos la Gran Phil y despertamos de una vez por todas en serio. Tomorrow never knows.

11. Eso era lo que quería decirte: el tiempo no existe, pero hace cosas extraordinarias.


martes 1 de febrero de 2011

Una dura lucha en la vida

Ayer miré televisión. Actualmente hacer zapping es el refugio anterior al acabose total, ¿no es cierto? Ante el avance de Internet (donde uno, sin esforzarse mucho, probablemente pueda realizar su propio programa), la TV perdió casi todo su sentido. Y con YouTube en funciones, la batalla, si es que existe, está perdida. Así que entonces, amigos, ahí estaba yo, el hombre del territorio, ¡el incurable error de la especie descaminada!, pasando canales sin ton ni son escondido en las tinieblas de mi cuarto. Ni siquiera prestaba atención a lo que sucedía entre los límites de la caja boba, pensaba, tal vez inconscientemente, cuál sería el modo más efectivo de acabar con mi vida. Pero el gran problema es que la vida se obstina en seguir más allá del principio, el fin y la remake malísima del placer. Sino miren a esa pobre mina que se tiró de un piso 23 y sobrevivió. Abro un paréntesis para declararme en total solidaridad con esa persona. No sé quién será el encargado de todo esto, el Gerente Supremo del mal gusto, el Songwriter de la existencia, pero si una mujer se tira de un piso 23 y sobrevive, algo demasiado espantoso debe estar ocurriendo. Sentí un escalofrío cuando me enteré de la noticia. ¿Qué mundo es éste en el que ya es inseguro suicidarse? Repito: se tiró de un piso 23, un fucking piso 23 y cae arriba del techo de un taxista y se salva! ¡Un piso 23, hijos de puta, quería matarse, simplemente! Algunos quieren irse de vacaciones, otros comprarse un auto, muchos no perderse ninguna emisión de Gran Hermano y algunas mujeres se suben al piso 23 y se quieren matar. Y mientras aquella familia disfruta en Punta Cana, aquel señor pelado compra su nuevo Chevrolet Astra 5 Puertas, miles de espectadores se regocijan con los avatares de la casa (que todo lo potencia), la señora mira hacia abajo, escudriña por última vez los cientos de metros que la separan del suelo, toma envión y... ¡sigue viva! Después de eso todos los corazones sensibles de la galaxia deberíamos subir a nuestras terrazas a ajustar cuentas con alguien. No sé quién. Por ejemplo con la conciencia, esa abuela que regula el mundo. Pero no, ¿qué hacemos cuando estamos con ganas de ver crecer las flores desde abajo? Miramos TV. Se siente bien manejar el control remoto, es casi lo único que se puede manejar llegado determinado punto de la vida. Y la sensación es tan placentera que podríamos estar así unos cuantos siglos: tiene que aparecer algo relativamente extraordinario para que nos detengamos y prestemos atención. Y eso ocurre. La pantalla funde a negro y una voz inglesa explica que:

"Se necesitan 230 kg para aplastar un cráneo humano. Pero la emoción humana es algo más complicada".

A continuación se observa a la ex novia de quien habla, en cámara lenta, a los gritos y con música de ópera sonando de fondo. Debe ser una de las escenas de pareja más acertadas que vi en mi vida (tanto es así que hace poco la recrearon para una publicidad). La historia es sencilla. Ben, un pintor novato y sensible, es abandonado por su novia. Como es de suponer, entra en bancarrota emocional y comienza a sufrir insomnio. Aprovecha sus nuevas horas de ocio para trabajar en un supermercado en el turno de madrugada. A excepción de algunas pinceladas grotescas que enturbian un poco el panorama, Cashback avanza entre un humor lacónico (que debe bastante a la comedia indie norteamericana) y algunos planos de gran belleza visual. El problema de Ben es el de todo enamorado: no percibe el paso del tiempo, puesto que su angustia lo lleva a sentir que todas las horas son la hora en que su ex lo cortó. Para desembarazarse de esa situación, hace la gran Borges: refuta al tiempo. Simplemente lo detiene. Al principio, mientras todo está suspendido, aprovecha para desvestir clientas y pintarlas desnudas, pero después presta atención a la cajera aburrida y poco agraciada que comparte su turno y se enamora. Y de eso va la cosa. En nuestra filmoteca se puede ubicar entre Wristcutters: A Love Story y Groundhog Day. Lo interesante es que aun siendo (genéricamente) una comedia fantástica bastante naif, con esquinas que desembocan en la cursilería, se las rebusca para reflejar la vida cotidiana de muchas personas. Seres sumergidos en trabajos que resultan insatisfactorios, en relaciones que se terminan antes de comenzar, rodeados de gente con la que apenas pueden intercambiar palabras. Corremos al amor como Aquiles a la tortuga, pero en medio de ese pantano es muy difícil vislumbrarlo. El viaje iniciático de Ben en el súper termina cuando comprende que no hay que esperar a que otro te haga feliz, a que otro te salve la vida, uno se debe encargar de eso por sí mismo y no responsabilizar a los demás por sus propias penas. Me recordó a algo que dice Bob Dylan en sus crónicas refiriéndose a su abuela: "Ella, un auténtico dechado de nobleza y bondad, me dijo una vez que no existe un camino que conduzca a la felicidad; la felicidad es el camino. También me enseñó a tratar con amabilidad a todas las personas, porque todo el mundo libra una dura lucha en la vida". Después me fui a dormir.