lunes 27 de junio de 2011

Bostero puto/ vos sos de la "A"



River echó a sus ídolos (Gallardo y Ortega). River espantó a los ex jugadores que alguna vez brillaron en el Club y ahora juegan en otros países (Aimar, D’Alessandro, Saviola, etc.). River quemó a los escasos jugadores potables que habían salido de sus inferiores en los últimos años (Lamela, Mauro Díaz, Lanzini). Lo peor no es que River haya descendido a la B Nacional, sino que existan la Primera B, la C y la D. Siempre se puede caer más bajo.



Tres tristísimas postales de la secularización del espíritu riverplatense. J.J eligió a Arano (un marcador de punta rústico que ayer perdió casi todas las pelotas que tocó) como reemplazante de Almeyda (mediocampista central) en vez de apostar por Cirigliano, jugador del Club y quien en el partido de ida había demostrado personalidad y un notable manejo de la pelota. Bordagaray, único refuerzo del Clausura y quien nunca fue tenido en cuenta por el técnico, entró en el segundo tiempo y a los pocos minutos se hizo de la pelota para patear un tiro libre clave a las puertas del área. Ninguno de los jugadores habitualmente titulares discutió su decisión. Por último, Villalba, un juvenil surgido en el año 2009, que siempre prometió más de lo que cumplió, ante la ausencia total de referentes, con más ímpetu que claridad conceptual, poniéndose el equipo al hombro y llorando desconsolado al final.



"Me parece que Merlo no sale campeón/ Me parece que Merlo no sale Campeón/ Sale River, sale River sí Señor".



Supongamos que hubo una Súper Conspiración para que River se vaya a la B. Supongamos que T y C Sports, Grondona y Obama se unieron para que el Club de Nuñez visite la cancha de Desamparados de San Juan. Supongamos que Magnetto es el hombre detrás de la Cortina y miró los destrozos en una sala oscura repleta de pantallas mientras acariciaba a su gato. ¿Saben qué, muchachos? No se hubiesen molestado. Con lo mal que jugó River en los últimos 3 años, se iba al descenso por mérito propio.



"Qué amargo que sos/ Patronato de Paraná"



Pruebas irrefutables de la idiotez del fanatismo. El progreso científico, la tecnología de punta y la educación laica y gratuita no han erradicado la idea de que uno incide en los resultados a través de ritos, costumbres y cábalas. Por ejemplo, en los días previos al partido no quería decir que pensaba que River ganaba (inconscientemente presupuse que si explicitaba mi vaticinio, River perdía). El gol de Pavone me encontró viendo el partido en el televisor de la pieza y no me moví de allí durante todo el encuentro (inconscientemente presupuse que si me sentaba frente al televisor del living, River no haría más goles). Cuando los hinchas de otros equipos decían que River no podía irse a la B de ninguna forma, más me convencía de que River se iba a la B (inconscientemente presupuse que la opinión positiva de los demás, incidiría negativamente sobre el acontecer de los hechos).



Creo que, actualmente, el gran problema de River forma parte de los greatest hits de la Humanidad: ¿dónde ubicamos nuestro Pasado en el Presente? ¿Lo usamos como supuesta esencia para renovarnos o lo dejamos atrás y miramos hacia adelante? River cuenta con una identidad histórica ligada al buen juego, pero en los últimos 10 años ese imaginario fue completamente arrasado. Entonces emerge la disyuntiva de cómo armar el nuevo plantel, si apuntando a ese prestigio actualmente inexistente (Ramón Díaz Mode) o adoptando un formato estético más propio de la categoría (Caruso Lombardi Mode). Hay una frase de Magnolia que me gusta mucho: "Puede que hayamos acabado con el Pasado, pero el Pasado no acabó con nosotros". En el contexto de la película y de la vida cotidiana, se trata de un eslogan fatal. En el universo de River, sería un milagro. Abrazo de Gol (un sábado, en la cancha de Defensa y Justicia).


jueves 23 de junio de 2011

Los idiotas y las cosas




Afirman las personas inteligentes que sufrir porque tu equipo de fútbol pierde partidos es una de las cosas más estúpidas que existen en la Tierra.



Los idiotas, en cambio, sabemos que nuestro destino inexorable es la muerte. Por lo tanto, somos conscientes de que todas las cosas que hacemos (trabajar, levantarnos temprano, pagar cuentas, tener hijos, comer), en cierta forma, representan un absurdo. No hace falta explicar que ante lo irreversible de la muerte, ningún acto, por más importante que sea, es digno de sentido. De allí que, de alguna forma, todos las acciones que habitualmente son denominadas importantes se nivelan con aquellas denominadas superficiales. No es relativismo, es lógica: los idiotas entendemos que las cosas no tienen un sentido inmanente, sino que somos nosotros (los seres humanos) quienes le damos sentido a las cosas. Es así que si sufrimos porque nuestro equipo corre serios riesgos de descender no hay nada en el mundo que pueda evitarnos ese dolor y ese sentimiento de tragedia. Por más que no cause muertes, no signifique una crisis política, no suponga el inicio de la Tercera Guerra Mundial, ese dolor está ahí, nos angustia realmente porque eso (que en este caso se llama River Plate y en un plano más general Fútbol) fue llenado de sentido por determinadas características culturales, sociales y psicológicas de nuestro itinerario en el Planeta Tierra. Y las cosas que tienen sentido nos alegran, nos entristecen, nos indignan, nos emocionan, nos hacen ser, justamente, quienes somos en la vida. Y si esas cosas, de pronto, dejan de ser lo que eran, sucede el drama.



(Nótese que no se trata de la posibilidad de perder la categoría, sino del vaciamiento institucional y simbólico, de la devastación de un imaginario y una tradición futbolística. En términos fácticos, actualmente, River sólo cuenta con lo más prescindible que tiene el fútbol: los hinchas. Tanto es así que muchos de éstos se creen tan protagonistas como los jugadores. Me refiero a los pavorosos incidentes de ayer, probable consecuencia de la pauperización que padeció el Club en los últimos años: a partir de los malos resultados, la hinchada se convirtió y pasó de la frialdad típica del paladar negro a hacer un culto del aguante; al mismo tiempo, las barras bravas comenzaron a manejar el Club con discrecionalidad en complicidad con la dirigencia).



Entonces, a la próxima persona que me diga que no tengo que estar mal porque River se puede ir a la B, a la próxima persona que me diga que "Hay que darle a las cosas su verdadera importancia", a la próxima persona que me diga "es fútbol", responderé con silencio, un largo y profundo silencio. Sayonara.

martes 21 de junio de 2011

Miedo


Soy un militante del miedo. Es más, creo que a lo único que no le tengo miedo es al miedo. Mi segundo nombre debería ser Miedo.


Desde chico. Miedo a perderme en el supermercado y que mi vieja se vaya sin mí. Miedo por las noches imaginando la muerte de mis padres. Miedo a que los chicos malos del barrio me caguen a piñas. Miedo a que Celeste de cuarto grado se enterara de que gustaba de ella. Miedo a que nadie viniera a mi cumpleaños. Después, en la adolescencia, claro, miedo a ser virgen. Y perdida la virginidad, miedo a ser estéril o impotente o las dos cosas juntas. También miedo a que otros la tengan más grande que yo. Y, por supuesto, miedo a que otros la tengan más chica y la sepan usar mejor. Miedo a amar más que mis novias y sentirme el débil de la relación. Miedo a que ellas amen más que yo y sentirme en falta. Miedo a que me dejen y, por supuesto, miedo a dejarlas y morir de culpa. Tengo que decir que después de los 25 se apoderó de mí un profundo miedo a quedarme solo. Otro miedo a no conseguir trabajo. Miedos puntuales y evidentemente enfermizos a no terminar la carrera y a no encontrar lugar en donde vivir. Miedo a no ser feliz. Y una vez alcanzada la felicidad, miedo a que se termine. Miedo a que el desamor sea eterno. Y una vez de regreso el amor, miedo a que no sea verdadero, que sólo sea una ilusión emocional del corazón. Y una vez enterado de que el amor es verdadero, miedo a que sea demasiado verdadero como para que el resto de mi vida pierda sentido. Miedo a que se mueran mis amigos. Y también miedo a que se mueran mis enemigos y angustiarme por haberles deseado la muerte alguna vez. Miedo a la inseguridad, miedo a que piensen que soy muy kirchnerista o gorila. A estos cientos de miedos (no alcanzaría la eternidad para mencionarlos todos) se agregan otros un tanto menos importantes, pero no por ello inofensivos: miedo a que se corte internet, miedo a quedarme sin pilas para el mp3, miedo a no tener batería en el celular, etc.



Si no tuviese miedo, me sentiría fuera de lugar. Más desubicado que Leo García en la tribuna de Deportivo Merlo. No me pueden diagnosticar Ataques de Pánico: ese es mi estado desde el día en que nací. Tengo un doctorado en miedos. Pero había un miedo del que me creía a salvo. Un miedo que, al igual que una Ferrari o un disco de Catupecu, nunca creí que iba a tener. Un miedo lejano, como un barrio desconocido, de esos que conocemos una fría noche de invierno al equivocar el colectivo. No sabemos cómo llegamos y, una vez adentro, tampoco sabemos cómo salir.



Crecí consciente de que en mi equipo jugaba Francescoli, Berti, Ortega, Gallardo, Salas, Solari, Aimar, Saviola, Crespo. Crecí entre tricampeonatos, delanteras deslumbrantes, defensas indestructibles. Crecí sabiendo que era hincha del mejor equipo del país y de la historia del Fútbol Argentino. El que más goles y puntos a favor tenía, el que más jugadores había aportado a la Selección, el de mejor promedio histórico... El Club del buen fútbol, de las inferiores extraordinarias, del paladar negro. Boca nos podía ganar seguido, pero era sólo una hinchada y huevos y cualquier cosa menos algo relacionado con el fútbol. Hasta que las cosas empezaron a fallar. Rastreo en mi memoria y recuerdo la noche en que San Lorenzo nos empata en el Monumental 2 a 2. Mayo del 2008. Se que la debacle empezó mucho antes, con Aguilar y el vaciamiento institucional y las largas listas de jugadores que fueron (y son) titulares y en otro tiempo hubiesen aspirado, a lo sumo, a cortar el césped de una cancha auxiliar. Pero esa noche sentí que una era terrible comenzaba en River para siempre. Que podían pasar cosas realmente malas.



Y ahora estamos a las puertas de la cuarta zona del noveno círculo del infierno. Si algo aprendimos los hinchas de River es que siempre se puede caer más bajo. De quedar afuera de la Libertadores en Primera Ronda contra un equipo venezolano a no clasificar más. De no salir campeón a salir último. De perder siempre contra Boca a perder contra cualquiera. De ser respetados y temidos a ser el hazme reír del fútbol argentino. Juro que todos los miedos anteriormente enumerados no representan ni el 20 por ciento del que tengo ahora. Este equipo que se enfrenta a Belgrano por la Promoción no tiene personalidad, ni juego, ni ideas, ni ánimo, ni sabe qué bondi hay que tomar para seguir. No le puede hacer un gol ni al arco iris. Estamos condenados y el mundo está lleno de bosteros crueles.



Quiero volver a tenerle miedo al chico malo del aula. Quiero volver a sentir miedo a la oscuridad. Quiero el miedo al desamor y la infelicidad infinita. Cualquier cosa es mejor a este miedo novedoso, siniestro, definitivo: miedo a que River se vaya a la B. A que un sábado frío de agosto juegue contra Aldosivi en el Mundialista. Y empiece ganando. Y después le empaten. Y finalmente pierda.



Sayonara.


sábado 18 de junio de 2011

Cagadas


El autoboicot es la figura psicoanalítica a través del cual las personas transformamos nuestros fracasos en un mecanismo de omnipotencia: no somos incapaces de nada, simplemente elegimos serlo a través de trampas del inconsciente que nos obstaculizan alcanzar metas. En realidad, muchachos, estamos mal porque queremos, predica la Autoayuda. No tenemos limitaciones ni circunstancias coyunturales que nos determinan. Un par de complejos mal resueltos, una ex pareja omnipresente y una tendencia a no leer libros de Stamateas son las causas reales de nuestro devenir errático en el mundo. El suicidio sería como el non plus ultra del autoboicot, ¿no? Los wristcutters son tan geniales y conscientes de su camino inexorable a la felicidad, que deciden acabar con sus vidas. Bioy Casares decía que si nos psicoanalizáramos bien y nos concentráramos en no somatizar, seríamos inmortales...


Intuyo que el verdadero autoboicot es creer que existe el autoboicot. Como "dice" el monstruo de El Señor de las Moscas: “¡Qué ilusión, pensar que la Fiera era algo que se podía cazar, matar! (…) Tú lo sabías, ¿verdad? ¿Qué soy parte de ti?”. Cuando la producción de Gran Hermano inventó la posibilidad de que Cristian U perdiera, su padre largó una frase histórica: "El único rival que tiene Cristian es él mismo". En Los Suicidas, Antonio Di Benedetto anota que "algunos insectos se devoran a sí mismos si se les ayuda arqueándoles el cuerpo". Dentro de cada uno existe un Darth Vader. Creer que cuando nos equivocamos activamos el Darth Vader inconscientemente para mandar la pelota a la tribuna, es poco menos que creerse un súper héroe. A veces existe la posibilidad de mandarse cagadas.



Decía que si el kirchnerismo fuera una persona, para consolarse, se diría a sí mismo que lo que le sucede es un autoboicot. La falla es un mecanismo del inconsciente nacional y popular empeñado en eludir la revolución. Con ese discurso juega la tapa de la nueva edición de Barcelona. Los Opo-oficialistas. Sin embargo, elegimos la estética de la paranoia que tan buenos réditos nos ha reportado. Beatriz Sarlo no ganó el debate en 678, el dispositivo mediático hegemónico instaló esa idea. Hay temas más importantes que la disputa entre Rachid y Morgado en el Inadi, la inclusión de Paka Paka en la grilla de Cablevisión, por ejemplo. El problema no es el manejo de Schoklender en la Fundación Madres de Plaza de Mayo sino la seguidilla de tapas que Clarín le dedica al tema. Años pidiendo el Adn a los hijos adoptivos de Noble, cuando los hermanos permiten las muestras, hay sospechas.


Me pregunto si los kirchneristas esperan que los opositores digan que Beatriz Sarlo apesta. Si quieren que nadie hable de la intervención del Inadi. Si se ilusionaron con que Clarín no aproveche a su favor algo tan ruidoso como poner a Schoklender a cargo de la Representación Colectiva de la Dignidad Argentina. Si nunca se preguntaron cuáles son los límites de haber tomado el tema de Marcela y Felipe primero como una bandera y luego como un partido de fútbol.


Lo acepto, exageré: existe un Darth Vader portátil que nos habla al oído y hasta los paranoicos tienen un tipo intentando levantarse a su novia. Pero repito: a veces existe la posibilidad de mandarse cagadas. Y la mejor manera de superarlas (además de bancar a Hebe, despotricar contra Magnetto, buscar los archivos desclasificados de Sarlo), es aceptarlas como tal. Aunque huelan feo. Sayonara.

lunes 13 de junio de 2011

Pez por lo menos les enciende el alma



No sé si conocen algún kirchnerista de última hora, de esos que memorizan los monólogos de Sandra Russo y no se callan nunca. O los tipos a los que no les gusta mucho el fútbol pero que en el Mundial y la Copa América se sienten culpables de un delito social y monopolizan las conversaciones repitiendo lo que escucharon en la radio. O los que van a Brasil y vuelven brasileros: discos de bossa, trenzas y el morfema "inho" en la punta de los labios. Son los recién llegados, los turistas de la vida. Hay que tener cuidado con esos tipos.


En la música sucede algo similar, pero es más natural que grave. Incluso todos alguna vez fuimos los recién llegados. Que yo sepa nadie nació escuchando a su banda favorita. Dentro de las dinámicas que regulan los comportamientos del público rockero es un clásico el choque (implícito) entre facciones nuevas y viejas. Son antagonismos vinculados al gusto generacional que no llegan a disputas violentas como las que suceden en las barras bravas. Se suele decir que un sector del público de la segunda formación de los Los Abuelos de la Nada seguía a Calamaro y otro a Miguel. A fines de los 80', los espectadores de Los Redondos pasaron de ser una cofradía de entendidos a una multitud cooptada por el Dios del Aguante. Otro "conflicto" se da cuando una banda de culto llega a las FM (ejemplos de los últimos años: Babasónicos, Estelares, Massacre) y los seguidores tradicionales desprecian a los nuevos por no conocer el track 9 del segundo disco.


El viernes a la noche fui a ver a Pez y pensé algunas de estas cosas. Hacía alrededor de dos años que no iba a verlos porque sus últimos dos discos de estudio (El Porvenir y Pez) tomaron un rumbo musical que no sintoniza del todo con mis necesidades básicas actuales. Hardcore, punk, velocidad. Igual siguen siendo mi banda favorita y los banco. Madres, novias, amigos, artistas admirados. Se supone que queremos a esas personas: por lo tanto debemos aceptarlas de todas formas. El truco del amor no es tanto buscar las similitudes sino tolerar las diferencias. Además detesto a los fans que se enojan con las bandas porque no tocan lo que ellos quieren. Creo que deberían crear una patología psicológica para esa clase de trastornados. Así que ahí estaba Pez. Y el recital, no hace falta decirlo, fue genial. Esos temas que en el disco ni fu ni fa, en vivo sonaron de puta madre. Me arrepentí por los recitales a los que falté. Uno valoriza las cosas cuando las pierde y ése fue mi caso. Lo disfruté mucho. Eso sí, me sorprendió el concepto que eligieron los productores para elegir las tres bandas soportes: no tener nada que ver con Pez. En fin.


Pero desde el punto de vista existencial, lo que más me impresionó es el cambio del público. Había leído en una nota reciente que la música de Pez reclutó fans más jóvenes. Y ahí estaban los nenes. Deberían tener entre 14 y 16 años. Subidos a las vallas, como suricatos adolescentes sedientos de vértigo rockero. No dejaron de sacudir violentamente las cabezas ni por un segundo. Claro, a esa edad uno ya sabe que la vida es una mierda. Probablemente se querían desnucar a los pies de Minimal. Si Pez tocaba algún tema de sus discos más cancioneros ("Y cuando ya no quede ni un hombre en este lugar" o "Difícil de conseguir"), entornaban la cabeza sin entender, como los perritos de juguete que llevan colgados los taxistas. Seguramente pensaban: "¿Cómo? ¿No todo en la vida es agresividad? Nos engañaron". En un momento uno de ellos pidió dos veces seguidas un tema y Minimal respondió que hacía 72 años que tocaba, que si querían escuchar tal o cual tema que se pusieran una banda. Después mostró la pelada y dijo que era el abuelo de Sid Vicius. Era un tío retando a sus sobrinos en clave paródica.


Al terminar el recital llegaron las invasiones bárbaras. Me dirigí a la mesa de merchandising y sólo quedaban remeras XL. Se las habían llevado todas los nenes. Después pregunté por algunos discos que me faltaban y tampoco hubo caso. Los nenes arrasaban con 9 cd's en cada mano. Me di cuenta de que, comparado a ellos, ya soy un poco viejo. Por lo tanto, pensé en la muerte, en lo efímero de las relaciones amorosas, en que los nenes tal vez ni siquiera supieran quién era Frank Zappa. Pero después recapacité. Sin darme cuenta, me había convertido en un policía de la música. Por poco estuve a punto de explicarles por qué les tenía que gustar Pez. Tal vez inconscientemente los envidiara y anhelé volver a los tiempos en los que nada importa más que sacudir la cabeza a la velocidad de la luz. Qué boludo, ¿cómo no me di cuenta antes?: ¡si existen adolescentes que se ilusionan con Pez, todavía hay esperanza! Sayonara.


Toda la mañana- Pez




Si este agua está viva la quiero probar/ y antes de la salida del sol te quiero explicar/ que el tiempo deberíamos usarlo mejor/ y así potenciar el amor que alimenta la vida/ y ese mundo mejor inventarlo cada día/ y esos que destilan su odio y no saben amar/ siempre hay gente de mierda/ pero no por ellos yo voy a parar/ así que vamos, hoy/ quedan horas por andar/ antes de volver a empezar/ y ya veo toda la mañana acá.

miércoles 8 de junio de 2011

Vindicación de Coldplay


Se acusa a Coldplay de hacer música para nenitas. Yo diré: no sea misógino. Se acusa a Coldplay de hacer música para maricones. Yo diré: no sea homofóbico. Se acusa a Coldplay de hacer música inofensiva. Yo diré: claro, porque los de Slipknot son terroristas, Alice Cooper causa pánico y los integrantes de Rage Againt The Machine finalmente hicieron la Revolución por tener la cara del Che Guevara tatuada hasta en las rodillas. Se acusa a Coldplay de plagiar a Satriani y Mystic. Yo diré: negar el préstamo de melodías y conceptos en el pop contemporáneo es no entender el pop contemporáneo. Usted dirá: "yo no quiero entender el pop contemporáneo". Yo diré: "no me contradiga, usted es un sujeto ideal creado por mi cerebro para elaborar un texto de vindicación a Coldplay: puedo modelarlo a gusto". Se acusa a Coldplay de ser una banda de y para cursis. Yo diré: la dictadura del cinismo y la estética coolness arruinó el 75 por ciento de la vida (¡Pergolini y Lanata son cínicos!): no sé si la cursilería salvará al mundo, pero aunque sea es mucho mejor que la esnobidad o el spinning o las alianzas de Ricardo Alfonsín. Se acusa a Coldplay de tener un líder insufrible (sensible, lindo y comprometido con todas las buenas causas del mundo). Yo diré: ¿qué banda no cuenta con un líder insufrible?, ¿qué sería del pop-rock sin líderes insufribles?, ¿acaso no es requisito principal de una banda tener un líder fucking insufrible? Se acusa a Coldplay de ser Coldplay. Yo diré: para todo lo demás está Frank Zappa. Usted dirá... ¡en realidad no me importa lo que usted dice, porque soy idiota pero no tanto como para no saber que usted es Yo hasta hace un par de semanas: maldito prejuicioso, fundamentalista insensible, perdonavidas de café, abanderado de la vanguardia esclarecido del culo!


Perdón.


La lógica indica, entonces, que antes de Coldplay está Radiohead. (Actualmente Coldplay ocupa el lugar que en los 90’ detentaban cosas como "One" de U2 y las baladas de Oasis). Cuando uno de repente sale de la depresión, abandona la idea del suicidio (por lo menos los días soleados) y se enamora, emerge la "sombra terrible" de la banda del novio de Gwyneth. Los deseos de escuchar su música crecen como un tumor. Sus melodías pegadizas y dulces, sus estribillos redentores, sus letras existenciales. El problema grave es si, al contrario de lo que habitualmente sucede, la relación dura más de un par de semanas. La posmodernidad nos asegura, como máximo, unos tres minutos de estabilidad amorosa cada 6 meses, pero todo puede fallar. Aquí el sendero de caminos musicales se bifurca. Lo sé: el pop para estadios o iglesias es un camino de ida. Puede que una tarde de otoño comencemos a ver con buenos ojos al gordito de cachetes de Keane y luego busquemos en You Tube aquel viejo hit de Travis. Y sospecho que de ahí al pelmazo de James Blunt no hay mucha distancia. Como verán, el problema no es Coldplay, sino lo que viene después de Coldplay (algo así como la puerta de entrada a las drogas duras): ¿los lentos de Aerosmith?, ¿Jack Johnson?, ¿Ismael Serrano?, ¿la muerte? Pero mientras uno estacione el auto en la casa de Coldplay las cosas no están tan mal. Ni siquiera hay que escuchar sus discos. Ni siquiera sus canciones. Coldplay ni siquiera es una banda de hits. Es una banda de hits con buenos momentos: cuando entran el bajo y la batería en "The Scientist", el "Yeah" ecuménico de "In My Place", el estribillo de "Don't Panic", las guitarras arremolinadas de "Shiver", el ritmo bailable de "Lost". La verdad es que Coldplay no requiere mucho tiempo. Ni concentración. Ni algún tipo de entendimiento sofisticado (como Muse o Arcade Fire que antes de que nos gusten, sabemos que nos tienen que gustar). ¿Tal vez un estado de ánimo particularmente gelatinoso? ¿Tal vez una tendencia a la demagogia emocional? ¡No soy yo quien para juzgar al ser humano!


Creo que si Pappo estuviese vivo y accediera a Internet y le explicaran cómo se usa el mouse y buscando "culos y tetas" en Google cayera azarosamente en mi blog y viera que le dedico una vindicación a Coldplay, viajaría a Mar del Plata. Y al encontrarme ni siquiera me cagaría a piñas, simplemente me miraría durante algunos segundos, segundos que parecerían eternos: su rostro pegado al mío para que sienta la unánime fragancia a cerveza, choripan y grasa de motor. Después se iría caminando, lentamente, y antes de perderse en la esquina, se daría vuelta y, con gesto adusto, negaría varias veces con su cabeza. Creo que no hay dudas de que Pappo haría eso si estuviera vivo.


N. de la R: Por no encontrarse una sola foto de Coldplay que no incite al asesinato y la tortura de sus integrantes, se ha decidido ilustrar la vindicación actual con el logo que identifica a la banda. Muchas gracias.


domingo 5 de junio de 2011

El proveedor de iniquidades Juan José López


Revelado el misterio del triángulo de las Bermudas, se impone otro: ¿qué mierda sucede en la mente de J.J cuando hace los cambios?/ Funes Mori es "el hecho maldito del país burgués"/ Si es por amabilidad, en vez de no festejar su gol, Fuertes no debería haberlo hecho/ Después de todo, que River no gane no es tan malo: puedo echarle la culpa de mis frustraciones a Funes Mori hasta el día del próximo partido/ Me obsesiona Funes Mori como sujeto metafísico/ Ser hincha de River un domingo a las ocho de la noche dejó de ser saludable. Definitivamente/ Que J.J le siga dando oportunidades a Funes Mori tampoco es tan malo: por lógica, nos hace merecedores de oportunidades infinitas de aquí a la eternidad:


-¡Me engañaste con otra, me robaste y me pegaste un tiro: no te quiero ver más!


-¡Dame otra oportunidad!


-De ninguna manera.


-¡J.J hizo entrar a Funes Mori!


-Bueno, ya fue, volvamos.


Funes Mori me hace mejor persona/ Por sus peinados, sospecho seriamente que Funes Mori y Lamela no son conscientes del concepto de muerte/ No entienden el concepto de muerte, por lo tanto no entienden el concepto de Promoción, mucho menos el concepto de Descenso/ Conclusión: no existen posibilidades reales de que hayan pensado alguna vez, ni remotamente, en el concepto de jugar contra Aldosivi un lunes frío de agosto/ Se me ocurrió un chiste de gallegos, es genial: Un gallego le dice a otro: "Garcé y Pozo fueron al Mundial". Fin del chiste/ J.J se cree mucho con su pañuelo sofisticado y su rechazo a festejar goles/ Los técnicos que no festejan goles son como los tipos que se enorgullecen por no ver televisión o no saber el nombre de una vedette/ Comprender a Caruso es más difícil que leer la poesía de Alberto Girri o los textos sobre lingüística de Noam Chomsky/ Sin embargo, al igual que el sol, Caruso siempre está/ Tener a Carrizo en el arco te da tanta tranquilidad como tener:


-de inquilino a un pirómano.


-de apoderado a Schoklender.


-de babysitter al Bambino Veira.


-de cocinera a Sylvia Plath.


Se me ocurre otro chiste de gallegos para el final: Un gallego le dice a otro: "Funes Mori jugó en la Primera de River". Fin.

viernes 3 de junio de 2011

Cosas que deberían existir

Deberían existir leyes universales e implícitas que regulen los tiempos al comienzo de una relación. Mandar un mensaje de texto, proponer una salida, empezar a verse a mitad de semana, comer juntos, contestar un mail. Son todas situaciones tensas que nos exponen emocionalmente de una manera espantosa. Estas hipotéticas leyes, conocidas por todos, inculcadas en los seres humanos durante la crianza (como imperativos esenciales del tipo: "no meter los dedos en el enchufe", "no aceptar caramelos de desconocidos"), nos otorgarían las herramientas conceptuales necesarias para hacer todo a su debido tiempo. En caso de que alguno de los dos integrantes del vínculo no interprete la señal o no emita el signo requerido en el momento institucionalmente determinado, un oficial debe hacerse cargo:



-Señor, por favor, acompáñeme. Usted debió mandar un mensaje de texto a las cinco de la tarde...
-Lo iba a mandar, yo solamente...
-Por favor, son las ocho de la noche, tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga será usado en su contra.



Debería existir una línea gratuita a la que acudir cuando leemos un libro y no entendemos. Un "0-800- no entiendo este libro". Telefonistas expertos en literatura mundial las 24 horas. Por ejemplo, puede ser que nos hayamos perdido y no deduzcamos quién está narrando ahora: "Hola, sí, es la página 51 del Ruido y la Furia, ¿me podría decir quién carajo está hablando? Ah, Benjy, ¿ese es Banjy? Benjy sigue hablando, ok, ok, gracias". O no entendimos el sentido final de un cuento: "Escuchame, al final Seymour Glass se pega un tiro en la cabeza. ¿Qué onda? Me gustó, eh, me gusta, es genial, pero esa última parte... Ah, tengo que leer Levantad Carpinteros la viga del tejado. Ok, listo, nos vemos, digo, nos hablamos". O ya desde el principio la lectura nos resulta incognoscible: "Si, voy por el segundo párrafo de La montaña mágica y me aburre. Pero de una manera dolorosa. Claro, claro, es como que siento que si fuera más inteligente la entendería. Si, si, es devastador eso. Juro que es la primera vez que me pasa. ¿A vos también te pasó lo mismo? ¿Lo dejaste también por la mitad? ¿Y qué vas a hacer hoy a la noche?".



El ser humano es demasiado imperfecto. El mundo ha evolucionado y es evidente que los sentidos se quedaron cortos. La vista, el olfato, el tacto no sirven para aprehender todo lo que sucede a nuestro alrededor. Ver, oler, tocar: qué anacronimos. Por eso deberíamos poseer cualidades que se incorporen a los sentidos tradicionales: la triple T (teletransportación, telequinesis y telepatía), mp3 mental (la mente regula que música queremos escuchar sin necesidad de cargar archivos en un artefacto) y un Google cerebral (no sabemos quién es el actor de tal serie, no recordamos la melodía de un tema que nos gusta: un chip programado por Google en el cerebro acabaría con esos múltiples y amargos interrogantes de la vida cotidiana).



La gente debería tener índice onomástico. Para saber de quién hablan. Cuando conocemos a alguien entregamos un librito con pequeñas descripciones biográficas de las personas que pensamos mencionar. De esa forma se descartarían todas esas pesadas presentaciones de individuos que no conocemos, el diálogo fluiría con más naturalidad.


Debería existir la posibilidad de esfumarse. No todo el tiempo, porque eso terminaría acabando con la comunicación y probablemente con la vida. Pero sería básico poder esfumarse tres veces por semana y que eso no sea mal visto. Encuentros inesperados, diálogos incómodos, una jornada mala en el trabajo, un domingo triste de invierno, son acontecimientos que propician la esfumación. Que esfumarse sea como correr, llorar, dormir, bailar, una actividad como cualquier otra:


-¿Dónde está Martín?
-Se esfumó recién.
-¿Dónde?
-Estaba ahí sentado y se esfumó. Me dijo que era la última vez que podía hacerlo en la semana. ¿A vos cuántas te quedan?
-No usé ninguna esta semana.
-Yo tampoco, creo que me voy a esfumar ahora.
-Yo también.
-Chau.