domingo, 25 de marzo de 2012

Lo último en documentales sobre mosaicos con inscripciones misteriosas

Aprender a andar en bici sin rueditas. Salir de un laberinto. Entender cómo funciona el teclado de un celular nuevo. Conquistar América. Ser un diario en la mano de Migue García. A estos acontecimientos complicados más o menos universales, en mi caso, agregaría uno más personal: leer una novela de Aira. Intenté con varios libros y me quedaba por la mitad o ni siquiera podía pasar las primeras páginas. Demasiado cortazariano, creí que para leer a Aira había que poseer la superstición de que es un genio. Inconscientemente también jugaban en contra máximas del mundo académico, como que los libros de Aira no valen como volúmenes independientes, sino como una rama en el árbol de su obra inabarcable. Además, cada vez que le comentaba a algún aireano que no había podido leer Cómo me hice monja o Yo era una niña de 7 años o El sueño, me decían que justamente esas novelas que había elegido eran malísimas (algo justificable en un autor reconocido por su carácter prolífico) y, acto seguido, pasaban a decirme la posta: en realidad yo debía leer La luz argentina o Los misterios de Rosario o Emma, la cautiva. Pero aquí no acaban mis impedimentos para leer a Aira. Como me sucede con el kirchnerismo, tampoco me resultaba cómodo no ser ultra aireano o anti aireano, las dos únicas posiciones que parecen existir con respecto al escritor de Pringles. Evidentemente, también debo ser un sabatiano involuntario: si no hago una apología, rechazo.

Esto fue así durante un tiempo hasta que dejé de pensar en Aira y me dediqué a leer a otros autores. Pasaron los años y Aira (como el amor, la felicidad y Palo Pandolfo) ingresó a mi vida nuevamente a través de mi novia. Ella leyó varias novelas que le gustaron bastante y me entusiasmó. Además me dijo que en las novelas de Aira no todo era una gran fantochada, también había instantes de poderosos hallazgos líricos. Finalmente, entre las muchas cosas inservibles que le regalé para su último cumpleaños, fui a una librería y elegí El mármol (2011), aparentemente "la última de Aira". Tal vez por no sentir la presión de que el libro era mío. Tal vez por un rechazo natural a desprenderme de algo tan genial como un librito corto con una tapa llamativa (en realidad son tres). Tal vez para poder vislumbrar esa poesía oculta de la que habló mi novia, empecé a leer la novela una tarde y la terminé bastante rápido. Es sobre un tipo común y corriente de Flores. El discurso de este personaje está construido en base a todos los lugares comunes del argentino medio: frases hechas, pensamientos previsibles. Mantenido por su mujer, sus días transcurren entre la rutina y el aburrimiento hasta que un día va al supermercado chino, el cajero no tiene monedas y le ofrece a modo de cambio unos objetos inexplicables, entre los que se cuentan un ojo de juguete y unos glóbulos de mármol. A la salida del supermercado el tipo se cruza con un joven chino que se le termina metiendo en la casa y le habla de una estatua que late. Después le pide el sapo de piedra que tiene en la puerta de su casa, le calza el ojo de juguete y el sapo comienza a latir. El tipo y el joven viajan en moto por la ciudad y llegan a un reluciente supermercado chino que está al borde de un oasis de glóbulos de mármol. Allí aparecen otros chinos muy enigmáticos que resultan ser extraterrestres de un mundo idéntico a la Tierra. El punto nodal de El mármol reside en los chispazos que produce el funcionamiento del estereotipo en una realidad bifurcada. No exactamente porque es un disparate o un “delirio”, sino por ciertos aspectos específicos, la novela es muy buena. Por ejemplo, los contrapuntos entre el personajes principal y un chino sofisticado que habla como Oscar Wilde, la especie de Bildungsroman de la mediana edad en la que vemos la evolución del argentino prejuicioso, la imagen monótona del supermercado convertido en un cuadro surrealista. El mármol se deja leer amenamente y produce felicidad.

A todo esto, el hipotético lector se preguntará "¿Y a mí qué me importa?”. No lo culpo. Cada vez con más frecuencia, al leer blogs, estados de facebook y tweets, el encadenamiento de información me lleva a la misma conclusión que usted. Es más, creo que ésa es la duda de toda una generación: ¿qué me importan tus preferencias literarias y la música que escuchás?, ¿qué me importa lo que te pasó hoy a la mañana o hace tres años en un viaje?, ¿qué me importa tu opinión sobre el 24 de marzo de 1976, las paritarias docentes, las Malvinas y la última de Aira? La respuesta está soplando en el viento. Echemos un manto de piedad y prosigamos.

En fin, todo esto concluye, como es tan obvio que me avergüenza expresarlo, en Resurrected Dead: The mistery of the Toynbee Tiles. Se trata de un documental y, tal vez influido por la lectura reciente de El mármol, creo que podría ser el argumento de una novela de Aira. El protagonista es Justin Dearr, un freak obsesionado con unas misteriosas inscripciones que aparecen en mosaicos sobre las calles de EE.UU y algunas ciudades de Sudamérica. El mensaje siempre es el mismo, parece un haikus y dice:

La idea de Toynbee
de la película 2001 de Kubrick
resucita a los muertos
en el planeta Júpiter

Justin comienza a investigar el origen del misterio junto a dos tipos tan chiflados como él. El estilo iconoclasta recuerda a Tarnation y The Devil and Daniel Johnston pero desde la óptica de Chris Carter (X-Files). Las interpretaciones sobre el mensaje de los "mosaicos" incluyen referencias a El Lado oscuro de la luna, una obra de David Mamet, un viejo programa de Larry King, el telescopio más grande del mundo, un artículo perdido en un diario de 1983. Finalmente, un vecino de un barrio de Philadelphia, Severino Vera, parece ser el hombre detrás de la cortina. Pero como a Jacob en Lost o Archimboldi en 2666, preferimos no conocerlo del todo: mistery must go on. En determinados momentos, el documental logra sugestionar al espectador: le hace creer que el mundo es una excusa para que los mensajes de Toynbee se den a conocer. En otros, es una épica absurda sobre la conquista de lo inútil, las consecuencias de la paranoia y el espacio ambiguo que hay entre la eternidad y la nada. Aun así, tenemos una certeza: como la de Aira es la mejor novela sobre extraterrestres chinos, Resurrected Dead es el mejor documental sobre inscripciones misteriosas en mosaicos.

10 comentarios:

Rodrigo Herrero dijo...

No me termina de llegar lo que escribe Aira. Leí "Yo era una chica moderna" y está bastante bien. Sin embargo, por el momento, si es para leer delirios prefiero los de Copi (o mirar un sketch de Cha cha cha).

De hecho, le afané a Copi en este post: http://dialogandodemiconmigo.blogspot.com.ar/2011/08/manuscrito-hallado-en-un-libro-de.html

Lo seguiré intentando más adelante, porque reconozco que el tipo tiene talento.

Saludos

Hernán Galli dijo...

Merd, no puedo entrar a Aira. Leí El Sueño y no reincidí. Me pasa, quizás, como a tantos. Que Aira esto, que Aira aquello. Intentaré nuevamente, a ver qué pasa. Quizás el "problema" Aira sea su fama. Su fama construida en el boca a boca, y entonces debemos saltar la pared de su propagado talento. Talento, cuántas veces nos dijeron que ese don no es tan sólo lo que mostramos, sino lo que sabemos ocultar.
Será verdad? Como cuando Lennon nos dice que nos hicieron creer que el verdadero amor sólo se encuentra antes de los treinta.. En fin.

Sldos!

Nicolás Pedretti dijo...

El mejor Aira es Dalia Rosetti.

M dijo...

Yo vi esas inscripciones en Filadelfia hace un par de años. En su momento lo googlee y no encontré mucho.
¡Voy a buscar ese documental ahora!

Martín Zariello dijo...

Acá está el documental:

http://mejorenvo.com/descargar-pelicula-7727.html

BitComet para bajarlo.

Saludos.

M dijo...

¡Gracias!

Anónimo dijo...

Deja de fumar basura(y de leer basura)

Anónimo dijo...

no le creo a un tipo que dice escribir automaticamente y sin siquiera correjir " de a tirones ". Ademas la idea de que todo esta hecho y por lo tanto que mas da escribir algo bueno, mejor escribir algo original. Talvez sea un dicipulo de Dada que se subio a la maquina del tiempo. Probare igual el marmol y espero no romperme los dientes.

Anónimo dijo...

Lo que vos llamás 'amor' lo inventamos los tipos como yo para vender medias” (Don Draper a una chica idealista, en Mad Men)

Gabriel Nombre dijo...

Yo odiaba a Aira hasta que lo leí. Está lleno de observaciones, detalles y chistes secretos geniales; lo del "proyecto" la "huida para adelante", etc., son cosas muy útiles a la hora de escribir monografías y chamuyar, así que son de lo que más se habla al discutir sobre Aira, pero a mí lo que me gusta son escenas como esta, de El sueño:

"Estaban hablando ahí cuando pasó un auto a toda velocidad y el conductor le gritó a Natalio:
-Te cortaste el pelo!
Natalio se sobresaltó, puso cara de extrañeza, y se pasó una mano por la cabeza. No sabía quién podía ser, y ya estaba lejos. Se encogió de hombros. Lo único que atinó a pensar fue: cómo se fijan".

No sabría explicar por qué me gusta tanto: ese "cómo se fijan" podría estar en Dormir al sol perfectamente.

Además, está lo divertido de sentir la manera en que va contradiciendo y rehaciendo acrobáticamente sobre la marcha lo que acaba de decir; con, digamos, las novelas de Piglia pasa en general lo contrario, lo que dice Borges de Valéry: "Se nota que se rompe la cabeza escribiendo y que no está muy seguro del resultado".

Obvio, Aira tiene como ochenta libros malos, pero una vez que te enganchaste con los buenos siempre encontrás algo que te encanta hasta en los peores. "El mármol" me pareció muy menor entre lo suyo, pero tiene sus momentos.

Y parece muy bueno el documental, voy a verlo! Saludos, corvo!