domingo, 13 de enero de 2013

Los murciélagos mandan


I

Durante toda la semana espero que llegue el viernes. Lo que para otros es ir a bailar para mí es ir al supermercado. Yo y mis billetes de cien pesos. Consumiendo cualquier mierda que se me ponga adelante. Eligiendo, por única vez en la vida. Un queso. Una marca de rollos de cocina. Un nuevo corte de carne. Soy Jesús ordenando en qué hueso quiero los clavos.

Y encima todas las cajeras enamoradas de mí. Desarrollando un fabuloso y discreto juego de seducción hecho de sonrisas, "buen día", "disculpe, ¿no tendrá monedas?", "gracias", "¿tiene la tarjeta Descuentísimo?". Es penoso ver lo celosas que se ponen cuando elijo a una en vez de otra. Empiezan a gritar, a decir cualquier cosa con tal de que yo les preste atención: "¡Billetes de 20!", "Juan, acá la señora necesita ayuda", "Este paté no tiene precio". ¿Billetes? ¿Señoras? ¿Patés? Nada de eso. En realidad están diciendo: "Te necesito", "¿Por qué elegiste a Laura otra vez?", "¿Qué pasa?, ¿ya no te gusto?". Lo de las promotoras no debería contarlo de tan grosero. Directamente me interceptan mientras intento descifrar cuál es el shampoo adecuado. Ofrecen sus productos pero no hay que ser Newton como para saber que se están ofreciendo ellas. "¿Querés probar?". Por eso me gustan más las cajeras. Las ropas ajustadas, los escotes generosos y las caras de conchetas de barrios con eucaliptos son estrategias muy explícitas que demuelen el erotismo. Prefiero esa discreción, ese lenguaje vedado que pugna por salir, esa indirecta para exquisitos que evidentemente dice "es cierto, estoy pasando tu frasco de berenjenas por la registradora, pero no creas que no ardo en deseos de comerte la boca a besos".

II

Hasta hace poco creía que al volver del supermercado siempre se largaba a llover. Pero cuando me cayeron las típicas gotas en la frente me pareció que ese cielo despejado no podía coincidir de ninguna manera con la lluvia. Se me ocurrió mirar hacia arriba y ahí lo vi. Un cartel gigante con luces rojas de neón alertaba:

CUIDADO, VIEJAS ESCUPIENDO 

Al costado, asomadas desde la ventana de un Hotel, dos señoras de poco pelo, con bigotes prolijamente recortados, narices enormes y ojos podridos. Estuve a punto de explorar profundamente mi gerontofobia, pero esas dos viejas horribles escupían como lo haría Dios. Lo que me llegaba eran las salpicaduras de la escupida original: rápidamente comprobé que el objetivo de las viejas horribles eran tirar abajo el cartel que las denunciaba. La velocidad y la consistencia de esos garzos hacían creer que podían lograrlo. Debería existir otra palabra para denominar esos garzos. Uno rebotó contra el cartel y rompió los vidrios de la fotocopiadora. El dueño salió con un rifle pero una de las viejas le asestó un garzo en el pecho. El hombre fue impulsado hacia atrás con tal fuerza que reventó las vidrieras de su local. Las viejas expulsaban de sus bocas algo así como una cantidad de líquidos maravillosos que danzaban y se confundían entre sí. Creí escuchar una música, como si los garzos también tuviesen banda de sonido. Al rato me di cuenta de que éramos varios los que nos habíamos quedado mirando el espectáculo. Los ojos abiertos como un dos de oro. Las mandíbulas en el piso como animales enloquecidos en un dibujo animado de los años 50’. La mente a mil kilómetros por hora intentando decodificar qué mierda pasaba. Entonces las viejas horribles dejaron de escupir, se miraron entre sí, lanzaron una carcajada espeluznante y nos escupieron a nosotros. A mí el garzo me dio en la frente. Pero no me mojó ni me ensució ni me tiró: penetró la piel, el cráneo, entró al cerebro y me hice de Boca al instante. Las saludé con una breve reverencia. Admiraba a esas horribles viejas porque siempre me costó escupir, siempre me costó vomitar, siempre me costó hablar, siempre me costó comer, siempre me costó todo. Y tener una fuente de mierdas danzantes en la boca era algo que estaba más allá del alcance de mis posibilidades.    

III

En la puerta de mi edificio había un chico y una chica discutiendo mientras bailaban breakdance. Así son los chicos de hoy y debemos aceptarlos. Por lo menos hasta que se encuentre un arma de erradicación efectiva. Ella le decía que había algo peor que él: él remixado, volviendo ya no se sabe de dónde, pero volviendo para cagarle la vida con sus estúpidos flashbacks del amor. ¿Y por qué usás esas calzas metidas en la raya del ojete?, preguntó el pibe, ¿es porque según los mayas el fin del mundo ya pasó o porque sos una trola de mierda? No sé ni para que nos volvimos a ver, estábamos mejor lejos, contestó ella.
-Yo te veo todos los días. Veo tu cara, que es tan parecida a tu culo, en todos lados. Veo tu cara cuando asesino mis lagañas y repito cinco veces tu nombre frente al espejo. Y aparecés atrás, como Candyman, el jefe de las abejas. Pero hace una semana te vi de verdad- dijo él, ya sin flow-. No te saludé porque tuve miedo de que el día se partiera en mil pedazos. Como un cristal muy finito. Así de frágil es mi día. Ibas adelante, un par de pasos. Entonces aminoré la marcha y te vi caminar hasta el final del horizonte. Cuando te metiste en el sol retomé la marcha y te imaginé prendida fuego pero tranquila. Es que no quise hablar. Porque en el gran teatro de la vida cumplimos un papel y cruzarse con gente importante es para improvisar y mandarse cagadas.

Subí antes de que se dieran cuenta de que los estaba escuchando y convertía su tragedia en entretenimiento. Además la cosa se había puesto muy lírica. El pibe había recitado sus últimas palabras acompañado por una mandolina y ella se puso a zapatear. Dediqué tres últimas consideraciones:
Consideración particular: ambos son lo bastante estúpidos como para amarse toda la vida.
Consideración general: las personas que más amás son las que más daño te van a hacer, así que mejor no amar a nadie. O amar a personas que te aman más que vos a ellas.
Consideración universal: mientras exista una sola pareja que siga peleando en la puerta de un edificio, la rotación y traslación del mundo están aseguradas.
 
IV

Cuando finalmente entré al departamento tuve pánico. Había olvidado las ventanas abiertas. Y aunque hoy fue un día de mucho calor y recién corre viento a esta hora y sería mejor que se ventile, en esta zona los murciélagos rules. Todos creen que es una leyenda o un mito urbano, pero un amigo se durmió con las persianas abiertas y le pasó algo horrible. Entraron cuatro murciélagos y se comieron a su mujer, a sus hijos y a su perro. Los bichos son chiquitos y elásticos, como bailarinas, y se adaptan a la forma de quienes se comieron. Y él no quiere entrar en razón. “¿No te das cuenta que ésa no es Sofía? ¿No te das cuenta que ahora tiene piel marrón y cara de rata?”. Para él es lo mismo que la nada: está enamorado.

Julia, la más chica, es también la más murciélaga: duerme boca abajo suspendida en el aire, pegada a uno de los vértices del techo de la cocina. A veces me parece que él también fue comido por un murciélago. Pero el hijo de puta siempre fue tan feo que no me doy cuenta.

Igual yo no me puedo quejar: soy un vampiro. Pero por lo menos lo asumo. Soy de surcar el cielo buscando víctimas, soy de los que se toman toda la sangre hasta quebrar, soy de los que muerden cuellos sin culpas, soy de los que en las madrugadas de verano, para matar el rato, salen a caminar por las paredes. Eso sí: para no espantar a las visitas guardo la sangre en latas de Coca Cola.

Pobrecitos: ellos creen que soy adicto a la Coca, no saben que en realidad no dejo de ascender puestos en la gloriosa aristocracia de los vampiros. Cuando ellos sean el alimento balanceado de los gusanos, yo estaré, ni más ni menos, en plena Eternidad, jugando golf con diablos. Conversando con monstruos sobre el atardecer. Navegando el Atlántico con entidades y ánimas de ese tipo.         

V

Me tiré en la cama con las luces apagadas. La pantalla del televisor era la única fuente de luz y empecé a pensar. De fondo escuchaba las sirenas, los gritos de los adolescentes, los motores, los sonidos indescifrables de la ciudad en plena temporada. Y también entraba por los orificios de la persiana el olor particular del verano: una mezcla de bronceador, fritura y mar. Me parece que la psico-adrenalina que sufrimos en el verano no es consecuencia de la estación sino de esa droga letal que anda dando vueltas por el aire.

Me gustaría conocer chicas con tetas grandes, pensé. No importa que sean feas o psicópatas o que tengan faltas de ortografía, importan las tetas: la felicidad es una chica que te trata bien y tiene tetas grandes. Y no estoy siendo metafórico, me dije a mí mismo, muy extrañamente, porque era obvio que me estaba hablando a mí puesto que lo que pensaba no salía por mi boca en forma de palabras y puesto que no había una puta persona alrededor. Quiero ir a una ciudad con taxis de otros colores, pensé, esas ciudades de la costa, los satélites de Mar del Plata. Y quiero viajar en un colectivo de larga distancia, ver el campo, las vacas, sentir que me alejo de todo y sentir el aire acondicionado hasta tener frío, entablar complicidades mudas con los demás pasajeros (¡oh, son tan gentiles!, ¡oh, tienen tetas tan grandes!). Quiero llegar adónde sea, alquilar una habitación en un hotel en un piso alto y escribir una novelita de cien páginas, con la lucidez que te da mirar todo desde arriba y desde afuera. Ganar el Nobel. Y no recibirlo porque me convertí al budismo y me fui a vivir a un monasterio en la cima de una colina.  Lo bueno es que tengo tiempo: para los vampiros el porvenir es largo. Recorría esos pasillos existenciales cuando se cortó la luz.

VI

El silencio fue absoluto. Dios le puso MUTE a Mar del Plata. Y le sacó todo el Brillo, toda la Definición, todo el Contraste. ¡Y los axiomas en respuesta a Dios, como es usual, surgieron en forma automática!:
-El silencio es la ausencia de sonido.
-El sonido es la ausencia de silencio.
-La combinación del silencio y el sonido es la música.
-Chupate esa mandarina.
-O mejor no, Dios, mejor chupate ésta.

Subí la persiana y el corte era general. Los edificios a oscuras parecían montañas, las ramas de los árboles se mecían y me aterrorizaron, las personas que deambulaban por la calle tranquilamente podían ser hombres lobos. O zombies. O estudiantes de Letras. ¡Estamos a un paso de ser unos salvajes pero no nos damos cuenta porque están las luces prendidas! Un tipo de esos que andan en un auto tuneado, con las ventanillas bajas y la música a todo volumen, se bajó, sacó un chumbo y se disparó en la cabeza. Se lo comieron entre varios vecinos. Uno me descubrió espiando y me gritó: "¿Qué mirás, flaco?". Y me tiró un antebrazo ensangrentado por la cabeza. Me pegó en la frente y caí.  

¿Cuál es el terror que sobrevuela los cortes de luz?, me pregunté, boca arriba y en el piso, tomando sangre desde el pico de una arteria especialmente jugosa. Nos acostumbraron a creer que el problema era quedarse sin Internet o perderte tu programa favorito. Existen otros problemas indecibles como justo estar cagando mientras se corta la luz y no saber si tenés o no el culo limpio. Para eso hay una solución: un hombre digno siempre sabe si tiene el culo limpio. El problema real de los cortes de luz es que perduren más allá de los cuatro minutos que podemos soportar solos con nuestras mentes y comprobar que no tenemos a nadie a quien llamar. En una ciudad de 800.000 habitantes, en un país de 40 millones, en un mundo de 6000 millones, en un Sistema Solar con demasiados planetas, en una galaxia infinita, en una ensalada cósmica absoluta, hay un vampiro que lo único que tiene es la animación que forman las luces de los autos que pasan por la calle y se reflejan en el techo de su departamento. Amén.

20 comentarios:

Anónimo dijo...

que pelotudez.

Anónimo dijo...

¿Vos te mirás el culo con un espejo después de cagar, que necesitás luz?

Arrimá un dedo y olelo, es más práctico.

Billy dijo...

Muy bueno.

W. dijo...

Recontra excelente.

W. dijo...

Recontra excelente.

Anónimo dijo...

Joya!
JP

Hombre Polilla dijo...

Barrilete cósmico.

Anónimo dijo...

Una pregunta.. Los cogollos que estuviste pitando estos días tenían pelitos blancos o rojos?

Anónimo dijo...

"Soy Jesús ordenando en qué hueso quiero los clavos" - ferpecto -
jp

La Momia dijo...

me encanta. y me gusta porque está bien escrito, porque está bueno el argumento, porque es gracioso y triste a la vez pero más me gusta porque los que no te conocen creen que esto es ficción en cambio yo sé que esto es verdad.

Anónimo dijo...

Es tan malo el post que tiene que salir a bancarte tu hermanita...

Billy dijo...

Jajaja; perdón, ese último anónimo me causo mucha gracia.

Caradeaceitunanegra dijo...

me gusto, Es gracioso como los comentarios dicen que es excelente o cagada

Anónimo dijo...

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WAL dijo...

Dedicate a otra cosa. Por ejemplo, laburar

Anónimo dijo...

¡Cómo me gusta este Corvino levrerístico!

Ana dijo...

Muy bueno Corvino, alto nivel de gastas.

Anónimo dijo...

Este Post es un garzo en la frente.

Gabriel Nombre dijo...

Muy buena incursión en ese género que el futuro denominará "realismo marplatense".
Coincido con JP al alabar la frase sobre Jesús y los clavos, y con el spambot anónimo que místicamente ordena, en un inglés google-corvinense: "Take misled your gaming with you and be a conqueror".

Flor dijo...

Sos una masa.
Me hizo emocionar.