domingo, 10 de agosto de 2014

Por qué Truman Capote es un genio y nosotros todo lo contrario


Siempre me llamaron la atención las fotos de Truman Capote. Hay que tener cuidado, porque cuando uno piensa en Truman Capote, casi siempre se imagina a Philip Seymour Hoffman. En fin. Quiero decir que hasta que lo leí la única relación que tuve con Capote fueron sus fotos. Lo primero que dicen las fotos de Capote es que fue un tipo que vivió mucho, lo segundo es que le dio mucha bola a las fotos (en muchas aparece con vestuarios extravagantes y haciendo poses raras) y lo tercero que, entre otras cosas, bailó con Marilyn Monroe.

La foto en la que baila con Marilyn probablemente pertenezca al periodo de oro de Capote. Marilyn está sonriendo, no a la cámara, sino para otra persona fuera de foco. Parece una mirada cómplice sobre Capote o sobre el estado de Capote, que es casi el reverso de la belleza celestial y sexual de Marilyn: despeinado, sudoroso, un tanto obeso y tomando a Marilyn de la muñeca, en un gesto atropellado del que, al mismo tiempo, se desprende torpeza e indiferencia. Lo curioso es que Capote también fue un joven atractivo, como lo muestra otra foto, la que ilustra su volumen de Cuentos Completos de Anagrama. Ahí Capote tiene 23 años y se encuentra en su ciudad natal, Nueva Orleans, está sentado sobre un banco y de fondo se ven unas hojas gigantes. Tiene la remera arrugada y el cuello le queda grande (casi llega a uno de sus hombros), pero ese detalle le agrega un toque de rebeldía, de insurrección juvenil, y lo asemeja a un galán de cine o a una súper estrella de la Generación Beat. Después, las fotos de la vejez muestran a Capote como una especie de Ante Garmaz o Bergara Leumann, una loca entrada en años con sombrero, condenado a añorar con melancolía y resentimiento los días en los que era bello y talentoso.      

De A Sangre Fría se pueden decir muy pocas cosas. Es muy raro llegar a una famosa obra maestra y que la famosa obra maestra cumpla con todos los requisitos de su prontuario. Casi siempre, las obras maestras, por más maestras que sean, no pueden superar el obstáculo de nuestras expectativas. Tal vez la etiqueta insípida de la no-ficción (¿quién carajo quiere leer no-ficción?, es como preferir el no-sexo al sexo, el anti-fútbol al fútbol), de antemano, nos haga pensar que A sangre fría es un buen libro y nada más. Pero una vez sumergidos en los entretelones que llevaron al asesinato de la familia Clutter por parte de los dos psicópatas mejor retratados de la historia (Dick y Perry), A sangre fría es la novela morbosa y perfecta de la que jamás queremos salir.

Leyéndola ahora, con el auge de las series sobre crímenes (The Killing, True Detective) es imposible no ver su precursor en el relato coral de Capote, en ese narrador omnisciente que alterna perspectivas con la facilidad que uno nunca va a tener para dar vuelta un panqueque. Y cuando hablamos ligeramente de “alternar perspectivas” me refiero a que conocemos los laberintos mentales de Perry Smith, sí, pero también las escalofriantes pesadillas de Marie, la esposa del sheriff Al Dawey, en las que Bonnie Clutter, ensimismada y tétrica, murmura que lo peor de todo es ser asesinado. Se puede hablar de la sangre fría de los asesinos. Pero también de la sangre fría de Capote para escribir de una manera tan clara y racional una obra tan demente. Porque si hay algo que vuelve a A sangre fría una novela que atraviesa las décadas y las generaciones es que, sin recurrir a elementos fantásticos, sin que explícitamente sucede algo fuera de los límites del "realismo", con esos paisajes deshumanizados en contradicción permanente con el murmullo del pueblo, lo que termina por materializarse claramente es una atmósfera enrarecida, propia de otro Planeta. Y si algo nos enseñó la vida es que quien tiene una atmósfera, tiene el 90 por ciento de una historia inolvidable.        

Sus cuentos se dividen claramente entre los de trasfondo urbano y los de “vida sureña” (generalmente protagonizados por niños: “La botella de plata” tal vez sea uno de los más hermosos). Todos, en mayor o menos medida, hablan de la soledad. La soledad de los que no tienen a nadie, de los que son diferentes y de los que aún rodeados de personas se sienten solos. En los diálogos compaginados por Orlando Barone, Sabato le habla a Borges de la nueva música que está surgiendo en el Oeste de los Estados Unidos, específicamente de Bob Dylan. Borges responde algo que no tienen mucho que ver con lo que dice Sabato y tal vez no tenga mucho que ver con Capote, pero es genial: “Si, la influencia de la soledad en las grandes llanuras”. Esta frase enigmática se puede aplicar a la obra de Carson McCullers y también a la de Capote.

En algunos de sus cuentos tempranos (“Cierra la última puerta”, por ejemplo) Capote inventa el personaje que aparecerá en varios tramos de su carrera, el joven provinciano recién llegado a la gran ciudad, obsesionado con el éxito y confidente de las grandes mujeres de la época (actrices, escritoras, viudas de renombre), que finalmente fracasa en su intento por llegar (nunca se sabe exactamente adonde) pero que tiene el humor suficiente para que su desesperación, en vez de llevarlo al existencialismo, lo convierta en un borracho. En su ejercicio constante del sexo sin amor (con hombres y mujeres) prefigura ciertas características del hombre posmoderno, que, como un turista de la vida, camina por la superficie de las sensaciones, sin pisar nunca las profundidades. Pero esto no sucede en toda la obra de Capote. Por ejemplo no sucede en Desayuno en Tiffany's, novela exquisita, donde el narrador está enamorado pero no puede ni se siente a la par de la mujer que ama (la deslumbrante Holly Golightly) El narrador de Desayuno en Tiffany's, como el de El Gran Gatsby, es un narrador testigo. Con la narración de "la gran historia" estos personajes parecen querer protegerse por el pecado de no haber vivido en plenitud. Por la fidelidad que mantienen con los protagonistas, los narradores testigos (aunque sea los de El Gran Gatsby y Desayuno en Tiffany's) son personajes muy entrañables y lamentablemente condenados al olvido. Siempre me pareció conmovedor cuando Nick Carraway le dice a Gatsby que él vale más que todos los ricachones juntos.

Los estudiosos de la obra de Capote dicen que Música para camaleones (1980) no está a la altura de sus obras canónicas (Joseph M. Fox, su editor, por ejemplo). Después de leer Música para camaleones uno supone que en realidad el rechazo por ese libro es moral y se debe más a la forma en que vivía Capote cuando lo escribió: reventado por los fármacos y el alcohol, Capote se convirtió en un yonqui insoportable capaz de arruinar cualquier reunión. Antes, como lo demuestran el par de películas que se hicieron sobre el momento en que escribió A sangre fría, Capote era un tipo excéntrico y carismático que, por su lengua afilada y su capacidad para traficar información, se robaba el protagonismo en cualquier lugar. Dotson Rader, uno de sus amigos, cuenta que en su último encuentro, en febrero del 84, Capote le dijo que rezaba para morirse lo más rápido posible. Ya nadie lo reconocía por la calle (en los 60 fue una figura híper mediática), el bar en el que se juntaban había cerrado y sus viejas amigas le habían cortado el rostro. Eso por un lado.

Por el otro, Música para camaleones tal vez sea de los libros más hermosos que vayamos a leer en nuestras vidas. Un libro clásico, como esos discos en los que cada tema tiene el potencial para ser un gran hit. El libro abre y cierra con Capote hablando de sí mismo. Michael Jackson fue un genio del pop y un par de sus discos son legendarios. Y también posee la vida zigzagueante de los grandes iconos: Elvis, Lennon. Sin llegar al extremo de Jacksonismo (un libro en el que varios autores escriben sobre Jackson y llegan a la conclusión de que incluso era un mal bailarín: parece que sus pasos eran muy “angulosos”) uno tiene la sensación de que la herencia de Michael es la de los productos de la industria pop que, hablando mal y pronto, acabaron con la buena música. Es decir: uno tiene la sensación de que a veces los grandes artistas sólo dejan una herencia que arruina el mundo, miles de imitadores sin un gramo de talento. Mientras leemos a Capote hablar de sí mismo (el último texto es un reportaje a sí mismo en el que dice su famoso eslogan: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”) es imposible no preguntarse si no habrá sido Capote uno de los creadores del discurso actual, es decir, si no se encontrarán allí, en esos textos autorreferentes al mango, el germen de esta era en la que referirse a uno y los vulgares vaivenes de su vida privada, pasó a ser fundamental para formar parte del mundo. Ustedes saben: si lo hace él, ¿por qué no puedo hacerlo yo? El problema es que él es Capote y nosotros somos unos idiotas. Como decía Bolaño, extralimitado, yéndose a la mierda:

"Una literatura del yo, de la subjetividad extrema, claro que tiene que existir y debe existir. Pero si sólo existieran literatos solipsistas toda la literatura terminaría convirtiéndose en un servicio militar obligatorio del mini-yo o en un río de autobiografías, de libros de memorias, de diarios personales, que no tardarían en devenir cloaca, y la literatura también entonces dejaría de existir (...) Ojo: no tengo nada en contra de las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros. Siempre y cuando la escritora haya sido una puta y a la vejez sea moderadamente rica".

En fin: Capote sigue siendo un autor contemporáneo, que nos habla de esta época aunque se refiera a hechos sucedidos en el pasado, tanto es así que leerlo es sospechar seriamente si dos o tres de los hitos que regulan la estructura de nuestra cotidianeidad no fueron inventos maquiavélicos de él.

Música para camaleones, mientras tanto, tal vez pueda elevar el techo (y el piso y las paredes) de lo que habitualmente se denomina un libro de misceláneas. Capote mezcla la crónica con el relato, transcribe conversaciones en extraños textos amorfos y adictivos y se mueve siempre por el pasaje ambivalente que conecta el cinismo con la ternura. En realidad Capote demuestra que un escritor talentoso, esencialmente, es alguien que se caga de risa de los géneros. Acá el genio andaba en una crisis creativa de la que nunca pudo recuperarse, rumiando sobre dones que sólo eran látigos que servían para autoflagelarse, es decir, acá Truman (y le digo Truman, porque decir "Acá Capote" queda para el ojete) ya estaba descendiendo a los últimos círculos del infierno y tal vez esa certeza, la de que el General Truman Capote iba en coche al muere, amplifique todavía más el valor de Música para camaleones. Pocas veces encontraremos tanta exuberancia estilística, tanto amor por el acto de escribir y tanto respeto por las palabras. Como en un cajón desordenado con sus ropas favoritas, podemos ver a Capote actuando sus mejores papeles (porque se debe tratar de uno de los escritores más teatrales, más cinematográficos de la teatral y cinematográfica literatura yanqui del siglo XX):

-En "Una adorable criatura" sublima su devoción por las grandes divas (tan similar a la que tenía Manuel Puig) y lo vemos paseando por ahí con Marilyn Monroe, hablando sobre tamaños de pijas y chismes de la farándula, aunque lo que queda es la imagen frágil y encantadora de Marilyn, una imagen que no vamos a ver en las películas ni en las biografías ni en las fotos, una imagen que sólo pudo desentrañar Capote en el muelle de South Street. Es extraordinario como un texto tan conocido y leído como “Una adorable criatura” sigue recreando tal sensación de intimidad cada vez que lo leemos.

-"Ataúdes tallados a mano" parece un intento por volver al policial macabro, al fulgor creativo de A sangre fría y el resultado es otro hito narrativo. Capote no necesita recurrir a fantasmas para provocar pánico.

-"Una luz en la ventana" es un cuentito corto que podría pertenecer a aquellos primeros escritos de la década del 40. Capote escapa de un coche y va a parar a la casa de una anciana que lo abriga y lo alimenta en medio del frío del campo. Siempre la figura protectora de la mujer, que nunca es amante sino madre postiza. Pero cuando se despierta el sueño en realidad fue una pesadilla: la anciana es una loca, una freak propia de un cuento de McCullers, que guarda gatitos muertos en el congelador porque "sencillamente, no puedo soportar el hecho de perderlos". 

Durante los últimos años de su vida Truman Capote estuvo trabajando en Plegarias Atendidas, una novela demasiado inconclusa que se publicó en forma póstuma. El título tiene su origen en la frase atribuida a Santa Teresa: "Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas". En esos años repletos de internaciones y escándalos, Capote se la pasaba prometiendo a sus editores capítulos nuevos que jamás escribió. Los dos capítulos que aparecieron de Plegarias Atendidas con el autor vivo ("Monstruos perfectos", "Kate McCloud" en la revista Esquire, en 1976) provocaron gran consternación. Capote se había tomado la licencia de convertir personas reales en personajes. Y no dejaba títere con cabeza. Desde Salinger hasta Katherine Anne Porter, nadie se salvaba del bardeo compulsivo de Capote, que se encontraba en pleno derrape.  


El libro al final sólo cuenta con tres capítulos y, como el mismo Capote en aquellos tiempos, es una luz cegadora que poco a poco se va apagando. Cuando le recriminaron contar infidencias de sus supuestos amigos, una vez más, Capote hizo gala de su origen sureño y dejó una frase histórica. Como si durante los años de esplendor americano sólo hubiese sido un infiltrado entre la elite de la alta y esnob sociedad neoyorquina, respondió: "¿Qué se esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo. ¿Es qué esa gente pensaba que me tenían ahí para entretenerlos?".  

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Capote es un escritor mediocre dentro de la tradicion literaria del s xx norteamericano. Es para adolescentes, pasajero.. sus cuentos completos de anagrama son un bodrio. La de tiffany facipmente olvidable... una diva que quiso estar mas alto de lo q le daba. Eso si un personaje encantador en algun momento, como lo pintas corvino.

Anónimo dijo...

Marilyn Monroe y la lectura de Corvino son, en sentidos diagonales, una paja placentera.
Sobre todo después de un mes terrible desde que Corvino contrajo el virus del Ébola en Nigeria. (La Gobernación de Scioli lo traslado de urgencia en un avión sanitario hasta Camet por la gestión solidaria de Gringo Viejo, La Bola Editora y Fabian Casas) Después lo internaron en el Ave Pulmo de la calle Alvear).
Respiraba por un tubo en una cápsula hermética que recién abrieron ayer, una vez retraído el virus.
Entre sus pesadillas febriles leyó a Capote, porque ya había leído todo lo demás y confió en el poder sanador de la buena literatura.
Una noche de 40ºC se le aparecieron Piro y Sabella, entonces empezó a gritar -Marilyn, Marilyn - y ella lo trajo de nuevo al blog.
La “rubia tonta” de Arthur Miller, fué lectora voraz de Shaw y Wilde, Balzac y Pushkin, Flaubert y Dostoievsky, recitaba de memoria a Chéjov y leía a Joyce, Freud, Proust, Gibran, Russell, Poe, Lewiss Caroll , Lawrence, y por supuesto, a su amigo Truman Capote, considerado por todos (menos el anónimo que encabeza estos comentarios) uno de los mejores escritores y pensadores de Estados Unidos del siglo XX, junto con Gore Vidal y Norman Mailer. Un renovador de las letras y el periodismo norteamericanos.
Cuando la impresionante biblioteca personal de Marilyn fue a remate apareció también un libro de autoayuda “‘La impotencia sexual en el hombre” de Leonard P. Wershub. Entre sueños y dopado, con el virus en retirada, Corvi le preguntó ¿Porqué Wershub? y Marilyn confesó que para leer tanto necesitaba coger bien.
Lo mismo vale para disfrutar de Corvino. Bienvenido.
Suerte y salú.
JP

Anónimo dijo...

El primer comentario sólo se entiende si el que lo escribió es Norman Mailer O Gore Vidal.

cecilia dijo...

pese a todo lo que se dijo para mí "Plegarias atendidas" es uno de sus libros más lindos. La Côte Basque me parece un relato genial, igual que Kate Mc Cloud. Los releo siempre.
"A sangre fría" es indiscutiblemente bueno, "Ataúdes tallados a mano es" obvio, es una sombra de "A sangre fría".
"Desayuno en Tiffany´s" fue lo primero que leí suyo y le guardo especial cariño.
Nunca pude con sus primeras dos novelas, "Otras voces, otros ámbitos" y "El arpa de hierba".
Sus cuentos, como los de casi todos, son desparejos. Hay bodrios y hay genialidades como "Mojave".

Corvino dijo...

El primer capítulo, Monstruos perfectos, es el mejor para mí, después se pierde todo se pierde en una serie de conversaciones y chismes que empiezan divertidos y terminan intrascendentes.

Los cuentos son desparejos, de ahí a decir que es mediocre, escritor para adolescentes... Con A sangre fría y Música para camaleones tiene para pelearle a cualquiera.

Saludos.

Anonimo I dijo...

A mi me gusta más Foster Wallace, o Cheever o Carver o Salter. Hemingway Faulker y Fitzgerald son S XX...

Ricardo dijo...

Un placer la lectura del post.
Sobre Capote, la primera sensación fuerte que tuve al leer A Sangre Fría fue la de soledad, y esa angustia que la acompaña. La atmósfera del libro, sobre todo al retratar el miedo que se apodera de los vecinos, está lograda con una maestría que hace muy difícil discutir a su autor. Por momentos se tornaba hasta sobrenatural o alienante.
Voy a agarrar Música para camaleones.
Ah, ¿y en serio leía mucho y bien Marilyn? Qué manera de pretender sepultar a una diva y figura erótica por excelencia. Desatino sólo comparable a la necesidad de los nerds de mirar fotos de minones terribles jugando al World of Warcraft. Sublimadores compulsivos (?).

Saludos.

Arthur Miller dijo...

Para mi siempre fue una mentira lo de la reina Marilyn lectora. Sí, obvio que leía, pero la superlectora de los siete tomos de Proust y los ladrillos de Dosto... Sabés como te queda el culo JP, no precisamente con la forma de MM...