domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cuento de Navidad


En los días previos al 24 fui tanteando a mi vieja para saber si el regalo que deseaba estaba más o menos cerca del que me habían comprado. No recuerdo exactamente cuáles eran las señas con las que ella calibraba mi ilusión, pero sé, por un lado, que mi vieja era muy certera, que nunca prometía de más y, por otro lado, que yo siempre fui un niño exageradamente racional, consciente de una situación económica de clase media baja que no permitía los grandes lujos.

Lo curioso es que yo creía en la existencia de Papa Noel y al mismo tiempo sabía que el regalo me lo compraban mis viejos. Detrás del regalo sospechaba un acuerdo o pacto financiero en el que Papa Noel depositaba el dinero (según cómo me había portado en el año) y mis padres lo usaban a su criterio.  

De cualquier forma yo estaba casi convencido de que el regalo era la gran caja con el barco y los playmobil’s piratas. Cerraba los ojos y podía imaginar un verano repleto de aventuras con los piratas navegando la pileta de fibra de vidrio del patio. Cerraba los ojos y casi podía tocar a los muñequitos: el 1979 tallado en los pies, sus articulaciones, sus trajes especiales y las pelucas con corte taza que se podían sacar y poner.

La gran virtud de los Playmobil era la variedad de temas que recreaban. Se trataba de un espectro de representación que, además de atravesar todas las capas sociales, excedía los límites del espacio-tiempo: astronautas, obreros, piratas, indios, oficinistas, despachantes de nafta de una estación de servicio, cowboys, trabajadores portuarios. De ahí mi aversión a los Pinipons, carentes de esa cuota de realismo que convertía a los Playmobil en una verdadera comedia humana.

Otra característica especial de los Playmobil era que también se vendían en cajas individuales: un solo muñequito recreando algún tema específico. Estas cajas eran más baratas que las más grandes (si no recuerdo mal salían alrededor de 10 pesos) y servían a mis padres como opción de regalo sorpresivo entre el día del niño y mi cumpleaños o mi cumpleaños y Navidad. Esto ocurría menos de lo que yo quería.

***

El primer dato inquietante fue cuando llegamos a la casa de mi abuelo y mi vieja ubicó los regalos. El regalo que decía “Fede” no era una caja sino un evidente conglomerado de piezas amorfas que no podía identificar.

¿Mi vieja había comprado los Playmobil y los había sacado de la caja? ¿Los Playmobil ya no venían en una caja? ¿Mi vieja había comprado los Playmobil más baratos en la Triple Frontera y habían venido sueltos? Pero ¿desde cuándo mi vieja iba a la Triple Frontera? Y en caso de que estuviera yendo ¿por qué lo ocultaba?

A partir de ese momento todo se volvió impreciso.  

***

Cenábamos en el garaje de la casa y éramos alrededor de treinta o cuarenta familiares. Probablemente éramos diez o quince, pero a la distancia flasheo que éramos cientos, miles de familiares.

Pasé la cena, con las horribles y frías comidas navideñas llenas de mayonesa, en silencio, buscando los ojos de mi vieja para que me diera alguna pista sin obtener nada a cambio, ofuscado sin saber todavía muy bien por qué, básicamente negando mi condición de niño, de niño que debe estar feliz porque es Navidad y hay regalos, petardos y familiares a los que considerás auténticos superhéroes.  

Cuando somos adultos llegan las doce sin que nos demos cuenta. Alguien dice “Ya son las doce”, otro dice “Poné Crónica” y un tío se apura para abrir una botella de sidra a tiempo. Pero cuando somos niños el lapso que hay entre la cena y las doce es inenarrable. Pasan años, décadas, siglos y uno sigue esperando.

Hay momentos en los que el niño, desconsolado, llora, expulsando un repugnante pus a través de todos los orificios de su cuerpo, retorciéndose en dramáticas convulsiones porque cree que las doce no van a llegar jamás.

Bueno, tal vez esté exagerando un poco.

Lo concreto es que esa Navidad en especial el tiempo se estiró de una manera intolerable. Cuando llegaron las doce yo era un hombre viejo, una masa hirviente de carne y órganos que pugnaba por llegar al árbol. Tardé muchísimo. En el camino mis primas grandes me daban besos, mis tíos me alzaban en el aire, los vecinos me daban abrazos y me confundían con otros nenes del barrio, mi abuelo me hacía bromas que requerían mucho ingenio para ser interpretadas sin detenerse a pensar un poco.

***

Durante la cena las únicas luces que iluminaban el comedor eran las del árbol. A veces me gustaba retirarme del bullicio del garaje, recostarme en el sillón y convivir un rato con el silencio del comedor. Me sentía desfasado. Con el tiempo entendí que el vértigo melancólico que me generaba esa situación se relacionaba con que, sin saberlo, estaba viviendo una escena del futuro: a medida que pasa el tiempo la Navidad se convierte en un indicador brutal de las ausencias. Por esa misma razón existe tanta gente en el Planeta que ese día se deprime y quiere suicidarse.  

En la Navidad del futuro siempre estamos más solos. Primero falta un tío. Después una abuela. Todos van desapareciendo hasta que finalmente falta la familia entera. Esto sonará demasiado pesimista pero es lo que suele ocurrir a no ser que uno tenga la suerte de ser pariente de Highlander o un tipo que curta un súperpoder de esa clase. 

***

Finalmente llegué al árbol. Para crear más misterio abrí antes los regalos que me habían hecho los Papa Noel de los demás familiares: un par de medias, una colonia, una calculadora que se cargaba con la luz del sol. Casi todos ya habían abierto sus regalos y habían gritado de emoción porque era justo lo que ellos querían. Ahora estaban en la vereda y miraban los fuegos artificiales con copas de sidra en la mano.

Quedé solo frente al árbol y abrí mi paquete lentamente.

Se trataba de un balde acompañado de unas palas y unos moldes para jugar en la playa.

Juro que todavía siento la puntada en el pecho. Después sobrevino el profundo dolor, las sensaciones abismales, de mareo, de pérdida del conocimiento, de que la vida era complicada, pero no complicada como una tarea de matemáticas complicada, sino más complicada.

Me quedé mirando el regalo y el árbol como si estuviera analizando la escena de un crimen horrendo. Todo mi verano se había derrumbado. Si en Navidad me regalaron esto, especulé, en Reyes probablemente me traigan unos pañuelos o un calzoncillo. Pensaba deambular por la casa, tomarme todas las sobras de sidra y morir, pero cuando me di vuelta estaban mis viejos, mis viejos que en realidad todavía eran mis papás, hermosos y expectantes, los dos juntos a la espera del veredicto.  

Les dije que me encantaba.     



8 comentarios:

Emiliano dijo...

Muy bueno Corvino.

Anónimo dijo...

Boludo, me hiciste reír a carcajadas y llorar de tristeza en simultáneo. Gracias.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Ocultar la desilusión y fingir que gustó. No es fácil.

Cine Braille dijo...

¡Feliz Día de la Angustia Existencial!

Hernan Dardes dijo...

Gran relato. Y maléficamente actual. Porque esos baldecitos se siguen vendiendo y reemplazando regalos posta.

entrega en medias dijo...

Muy emotivo. el barco pirata sin duda trazaba la linea de clase por aquellos años....

Nico dijo...

Yo recuerdo que más de una vez, sino me equivoco, me he ido a dormir a la cama de la Nonna en pos que las doce llegaran más rápido.

¡Salud!

flor dijo...

Qué manera de llorar! me fascinó el término "vértigo melancólico". Lo voy a empezar a usar. Me emocionó mucho, gracias. Me hiciste recordar y vivir montones de sensaciones