martes, 21 de julio de 2015

Hablemos de Noah Baumbach


Supongo que la idea de “consumo irónico” se refiere a las personas que escuchan a Miguel Mateos o ven la versión argentina de Casados con hijos pero saben que la inteligentzia determinó que escuchar o ver eso está mal. La sola idea de un individuo que consume algo irónicamente me parece detestable.

Personalmente me avergüenza otro tipo de consumo y es algo así como el “consumo obvio”. Es decir lo que la inteligentzia determinó que estaba bien escuchar o ver. En música es muy fácil de señalar: Arcade Fire, Tame Impala, Daft Punk. Mi director favorito vivo forma parte de ese imaginario cool. Se llama Noah Baumbach y hace películas muy buenas. Incluso las que son menores tienen algo interesante.

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Todas las películas de Baumbach están protagonizadas por artistas (principalmente escritores, pero también hay músicos, documentalistas, actores, etc) lo que a simple vista convierte a su cine en un espectáculo para elites. No es que para ver una película haya que empatizar con sus personajes pero cierta intelectualidad neoyorquina superada hace doler los ojos. Sin embargo, a diferencia de Sofía Coppola, cuyos protagonistas viven experiencias que sólo le suceden a multimillonarios aburridos, a los personajes de Baumbach les pasan las mismas cosas que a todo el mundo. El tipo es un observador implacable de aquellas pequeñeces (miserables y adorables) que conforman la vida cotidiana. En su trabajo está muy presente la literatura, a través de las consabidas referencias a libros y escritores reales, pero también en la forma en que todo está pensado, con esos diálogos ingeniosos y esas escenas aparentemente digresivas que te hacen pensar que más que una película estamos ante una novela visual.

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Baumbach fue guionista de algunas películas de Wes Anderson y comparte con él cierto imaginario cultural evidente. Incluso hay quienes lo ven como una especie de continuador bobo de Anderson. Bueno, hay quienes ven a dos personas sentadas al lado y dan por sentado un montón de preconceptos. Tal vez los dos tipos estaban sentados al lado de pedo. Lo digo por quienes piensan que Bioy Casares es Borges. O que Fito Páez es Charly García.

La propuesta cinematográfica de Anderson hace muchísimo hincapié en lo estético y sus películas, más que novelas, son maravillosos cuadros donde la artificialidad, directamente, cumple el papel de la verosimilitud. Si a los demás directores les puede fallar el verosímil, a Anderson, en todo caso, le puede fallar el artificio. Todo lo contrario sucede con Baumbach que en sus mejores películas ejerce un realismo incómodo, al borde del feísmo. Sólo hace falta ver sus escenas de desnudos (el culo caído de Jack Black, las tetas naturales y la postura corporal de Greta Gerwig) para entender de qué estoy hablando.

Además lo de Anderson generalmente es bello, triste y un poco aburrido. Baumbach es sórdido, cínico y, aunque no te gusten, es muy difícil no entretenerse mirando sus películas. Lo que sí comparten es esa sensación de que sus películas a veces son pretextos para pasar buena música.

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Las dos últimas películas de Baumbach (Frances Ha, Mientras seamos jóvenes) actúan casi como frescos de época y profundizan en la sensibilidad deforme de los hipsters del nuevo milenio. De hecho su primera película, Kicking and Screaming (1995), hacía lo mismo pero con los hipsters de los 90. Claro que si antes la película no era más que un grupo de noventosos extremos deambulando por ahí ahora Baumbach sabe cómo dotar de movimientos y reacciones a personajes que antes sólo sabían hablar. ¡Hasta en esa evolución narrativa parece más un novelista que un director de cine formal!

Frances Ha parecía una ligera celebración del guetto hipster pero en realidad quería hablar de otra cosa. Es como si Baumbach captara ciertas patologías actuales, socialmente aceptadas, y las ubicara en sus películas con el ánimo de mostrarlas tal cual son para que terminen impactando, no por su rareza, sino por su cercanía. En ese caso se trataba de las amistades femeninas que hacen un culto de la personalidad excéntrica y de determinados ritos culturales. Coquetean con el lesbianismo (por supuesto sin practicarlo) hasta que una de las dos amigas consigue novio y la otra queda en Pampa y la vía. Baumbach es lapidario con sus personajes pero también los adora, por eso (y en esto sí se parece a Wes Anderson) a veces recuerda a Salinger.

Mientras seamos jóvenes ya es otra historia porque los protagonistas son una pareja de cuarentones modernos (Ben Stiller y Naomi Watts) que se están haciendo viejos. Sus mejores amigos tienen hijos y de repente se cruzan con una parejita de hipsters aparentemente divinos (Adam Driver y Amanda Seyfried). Andan en bici, coleccionan vinilos y hacen helado casero. Baumbach aprovecha para reírse del mundo geek pero también de la retromanía. Si en Frances Ha el estereotipo hipster era un boludo lookeado con información de último momento, acá Baumbach le hace mostrar los colmillos. En su crítica hacia las nuevas generaciones (por relativistas y esnobs) y la autocrítica hacia su propia generación X (por moralista y anacrónica) parecería que Baumbach se anula a sí mismo. Supongo que es el problema de la autoconsciencia: pasada de rosca desemboca en un nihilismo improductivo.

Un autoconsciente nihilista e improductivo preguntaría qué problema hay si algo es nihilista e improductivo.

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De las tres primeras películas de Baumbach sólo vi una, la mencionada Kicking and Screaming. Las otras dos son inconseguibles o no tienen subtítulos. De hecho es como si la carrera de Baumbach arrancara con la celebrada y genial Historias de Brooklyn (2005). (Otra vez la costumbre de los escritores de pensar su obra publicada no desde la primera sino por la que más les conviene). Margot y la boda es del 2007. A la distancia Greenberg (2010) se ve como una película de transición, el eslabón perdido entre la primera época y lo que vendría después. La utilización de Ben Stiller es similar a la que hizo Paul Thomas Anderson con Adam Sandler en Embriagado de amor.

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Pero ahora vayamos a la mejor película de Baumbach que, inexplicablemente, tardé ocho años en ver entera: Margot y la boda. Siempre la agarraba por la mitad en I-Sat pero no alcanzaba a entender muy bien lo que pasaba.

Entre paréntesis: tal vez la mejor sea Historias de Brooklyn, pero Margot y la boda es la que más me gusta. En sus mejores momentos verla es tan inquietante como espiar a través de la cerradura del baño. La estética de la intimidad que Baumbach ya había esbozado en Historias de Brooklyn funciona a la perfección.

Margot es Nicole Kidman, una escritora atormentada que viaja con su hijo púber-adolescente a la boda de su hermana Pauline, que se está por casar con su nuevo novio, interpretado por Jack Black. Lo que hace Nicole Kidman en esta película es escalofriante. Es una hija de puta tan monstruosa que uno se pregunta si Nicole no será así en la vida real. Empastillada y dura, va por ahí diciendo todo lo que no tiene que decir y mandándose cualquiera. Pero lo más atractivo es la fragilidad psicológica del personaje, que contradice su aparente crueldad. En una escena trepa a un árbol y después no sabe cómo mierda bajar. Es como Talita subida al tablón pasándole yerba al boludo de Oliveira.  

En este caso Baumbach parece interesado en esas relaciones enfermizas, al borde del incesto simbólico, entre madre e hijo. Hay una película mexicana reciente que se llama Club Sandwich y también trata de eso. De hecho algunas escenas son muy parecidas a las de Margot y la boda. En fin. Jack Black está perfecto en su rol de diletante deprimido porque a través de sus típicas payasadas descomprime la atmósfera tensa de la familia disfuncional.

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No tengo idea si será así o no, pero serviría al sentido del texto afirmar que Margot y la boda es la última película en la que Nicole Kidman puede expresarse naturalmente a través de sus facciones. Después su cara fue intervenida por ciertas cirugías plásticas que le dejaron el semblante detenido en el tiempo pero carente de vida. A pesar del auge del concepto de milf, Hollywood suele ser muy cruel con las actrices que envejecen e incluso aquellas que son muy bellas y talentosas sucumben a las cirugías. Supuestamente están mejorando su estética pero en realidad están atrofiando los instrumentos principales de un actor: la cara y el cuerpo. 

En Margot y la boda, gracias a su cara y a su cuerpo, Nicole Kidman logra algo extraordinario: el espectador no ve a un personaje sino a una mujer. 

10 comentarios:

Mariano dijo...

No comento tanto, pero ahora estoy al pedo así que hay equipo. No me gusta Baumbach - en general. Sí creo que su historia de los escritores en proceso de divorcio es una genialidad; 'Greenberg', en cambio, me pareció más un ejercicio megalómano del Adrián Suar estadounidense que otra cosa.

Es curioso, no sé por qué, pero me viene Herzog a la cabeza, cuando agarró a Nicholas Cage (otro paquete si los hay) y lo hizo reinterpretar 'Bad Cop' en Nueva Orléans. Con la diferencia que (para mí, eh!) logró sacar el conejo de la galera.

cavernícola dijo...

Recomiendo fervientemente "Mientras éramos jóvenes" como tratamiento contra el insomnio. Tendré que darle otra oportunidad a ver si detecto esas maravillas que enumerás.

Pedro dijo...

Para cuando ese post de river corvi

Anónimo dijo...

A quien carajo le importan estas mariconadas snobs hippster porongas!!! Me chupan tres huevos estos chetitos neoyorquinos con crisis de los 30 y vacio existencial. Habla de futbol papa y dejate de joder con estas pelotudeces que no le importan a nadie.

Billy dijo...

no me puedo bajar ninguna de estas películas. me está costando mucho encontrarlas.

Corvino dijo...

Torrent es la respuesta.

Anónimo dijo...

Acá...
While we're young: https://yts.to/movie/while-were-young-2014
Greenberg: https://yts.to/movie/greenberg-2010

Anónimo dijo...

Qué buena está Shyla Jennings

Billy dijo...

no las encuentro en torrent, no las encuentro.

Alma vacía dijo...

Mmm... no, no. Baumbach no está bueno.
Aguante Haneke, siempre.