martes, 1 de diciembre de 2015

La niña que aterrorizaba a todos


Hoy pasó algo muy extraño en el colectivo. Los colectivos y sus dinámicas de sucesos. Durante muchos meses no sucede nada. Mismas caras. Mismos gestos. ¡Mismos asientos! Mismos muchachos con pantalones sucios de la clase trabajadora argentina. Mismos empleados sexagenarios, con cuerpos de rinocerontes, vestidos con camisa y corbata. Mismas chicas cada más vez más bellas en su actitud "chicas bellas que suben al colectivo y no miran a nadie" que es la actitud que yo tendría si fuera una chica bella. Nada fuera de su sitio. Hasta que sucede algo. A saber:

Una vieja tiene problemas/ con la tarjeta y empieza a gritarle al colectivero y se enoja consigo misma y con todos.

La tarjeta de un docente o alguien que tiene un pase gratis no es reconocida por la máquina y comienza una larga discusión.

Colectivero chiflado y pasajero chiflado se cagan a piñas por alguna razón nunca del todo entendida. 

Esta mañana me tomé el colectivo y me senté en el asiento del medio de los del fondo. En un extremo de los cinco asientos, en el extremo derecho para ser exactos, había una mujer policía. En el extremo izquierdo una niña que no debería tener más de catorce o quince años. No pude deducir su edad. Tampoco estoy seguro. Tal vez tenía más (veinte) y tal vez tenía menos (doce). Yo tengo los auriculares puestos así que no escucho nada pero veo que la niña habla con la policía. Estoy viendo en vivo y en directo la teoría de la comunicación de Roman Jakobson y resulta tan aburrida como en la Secundaria. La policía le responde y la niña se le sienta al lado. Yo paso entonces a ocupar el lugar de la niña, el del extremo izquierdo.

Debo reconocer que me gusta escuchar a la gente hablar en el colectivo pero probablemente me guste porque no la escucho nunca producto del uso constante de auriculares. En fin: como no las escucho, debo idealizar las charlas de la gente en los colectivos. Tal vez soy muy creyente de cierta idea de epifanía que me hace pensar que en el colectivo hay diálogos de Manuel Puig o John Cheever. De todas formas, las pocas veces que escucho esos diálogos me parece muy interesante distinguir la variedad de problemas que tiene la gente. Porque en el colectivo la gente habla de problemas. Eso es lo único que sé de la gente que habla en el colectivo.

Sigue el viaje. Atravesamos la Avenida Independencia. Son las siete y media de la mañana. El colectivo avanza y en Mar del Plata se puede oler el verano. Es esa inminencia del tsunami que sintieron los animales que escaparon en manada. El otro día leí a Borges y encontré una frase genial: “la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera”. Pero después la reformula y reemplaza "una fiera" por "los hombres". Esa frase me hace acordar a lo que pasó en el colectivo. 

Avanzada Independencia, llegando a Juan B. Justo, sube otra policía que se sienta en donde yo me senté al principio, en el medio. Y después, a las pocas paradas, sube otro policía y se me sienta al lado. O sea que los asientos del fondo del colectivo están conformados así (leer como formación de equipo con línea de cinco):

Yo - policía 3 hombre- policía 2 mujer - niña - policía 1 mujer

La niña habla continuamente con los tres policías y a medida que avanza la conversación los policías comienzan a mirar las pantallas de sus celulares. O por la ventana. O hacia el techo. A dar muestras de una indiferencia impostada con respecto a lo que esta niña les dice. Noto, ahora con alarma, que el que peor la está pasando es el policía que tengo al lado. El tipo ni siquiera puede mirarla, su frente brilla por el sudor frío que le corre por todo el cuerpo, no soporta lo que la niña le está diciendo.

¿Acaso tengo miedo de una niña de catorce o quince años? Bueno, tal vez sí. Tengamos en cuenta que es una niña que amedrenta a los policías. Los hace vulnerables. Si puede amedrentar policías, hombres mayores con armas y chalecos antibalas, por qué no podría amedrentarme a mí. 

La atmósfera del colectivo mutó. Todos los notamos. Algo en ese colectivo no está funcionando bien. Hay una disparidad, hay un desfase, un pequeño cortocircuito. Y eso crea una sensación colectiva, valga la redundancia, de incomodidad en los pasajeros. 

La situación ya es tan atractiva y aterrorizante que decido bajar el volumen de la música y escuchar. La niña ahora se para y le habla a otra mujer. La mujer habla por teléfono a los gritos y la niña espera su turno. Mira alrededor y sonríe. 

Recién cuando la niña le habló a un viejito pude entender el parámetro de su discurso. Lo que ella hacía es tan inocente como perturbador, lo que ella preguntaba era simplemente "¿Vos te acordás de mí?". Y a continuación describía un recuerdo en el que la niña y su interlocutor habían estado juntos. Eso era lo que había hecho con los policías. Eso era lo que los policías no habían podido soportar. Y ahora también se lo decía a personas de civil. Y tampoco las personas de civil lo podían soportar.

Entonces lo que durante un segundo fue el esbozo de una situación trágica, problemática, infeliz, absurda, se volvió la situación misma, con todo su peso dramático. La niña empezó a preguntar, en modo aleatorio, a cada pasajero del colectivo si se acordaba de ella. Al principio podía haber posibilidades de que la niña conociera a dos, a tres, a cuatro de las personas de ese colectivo. Pero cuando los receptores de su pregunta pasaron a ser todos los pasajeros del colectivo, las coordenadas de la realidad desaparecieron.

Ahí estábamos todos, aferrándonos a nuestro mundo interior para no tener que inventar o seguirle el juego o decirle la verdad o actuar como lo haría un maldito ser humano ante la niña que aterrorizaba a todos.

En un momento volví a escuchar música porque la situación era asfixiante. Pero era como leer sin leer. Pasa más seguido con la lectura, pero a veces también se nos bloquean los oídos para percibir estéticamente la música, para no considerarla un ruido. Bueno, yo en ese momento escuché ruido pero era música. Mientras tanto la niña iba de un lado a otro. No tengo idea sobre qué es lo que le pasaba por la cabeza. Sé que podía sufrir algún tipo de enfermedad mental, que estábamos viendo algo dramático y que nadie podía hacerse cargo de esa desesperación.

Es que esa niña no sólo incomodaba con su pregunta sino que nos iba a mantener incómodos después de que esa pregunta fuera formulada. Subió al colectivo y plantó un gran interrogante en nuestras cabezas. 

En un momento la niña se sentó y siguió hablando con la gente. Los que estaban a su alrededor se corrían y ella seguía hablando. Después se paró y una mujer de unos cuarenta años con delantal azul ocupó su asiento. La niña volvió, le tocó el hombro y le dijo: "Perdón pero me acaba de afanar el asiento". La mujer no se tomó a mal el comentario, más bien pareció curiosa por la ocurrencia y entabló una conversación con la niña; antes se levantó y le devolvió el asiento y después le habló con mucha amabilidad y respeto. Yo ya no podía escuchar la conversación, todo eso me empezó a parecer penoso y mi conducta durante el suceso me avergonzaba.

La mujer que le habló a la niña que aterrorizaba a todos no sabe que es Dios o algo parecido.      

8 comentarios:

Jo Goyeneche dijo...

Querías Puig o Cheever, y te ganaste un Samuel Beckett!

Leiste el cuento El Asesino de Santa Claus? De Spencer Holst, está en El idioma de los gatos.
Esa niña podría ser esta otra niña.

Anónimo dijo...

Hay dos variantes de desenlace; en la primera, la nena recuerda en falso; en la segunda, los locos son ustedes, que no pueden recordar

Gabriel Nombre dijo...

Buenísimo!

Anónimo dijo...

Excelente!

Grito de Dolores dijo...

muy bueno///mientras lo leía la música q estoy escuchando se hizo ruido...

guillermo bacchini dijo...

Chicos podrían comunicarme con alguno de los autores del blog?
soy el autor de "El ducto"
gracias
mail:hayqueverloquehayqueoir@gmail.com

Anónimo dijo...

Ya te comunico

Pedro dijo...

Corvino escribite algo sobre el traspaso, dale que ya juega River (?)

Google te ama