martes, 13 de abril de 2010

Dead and Lovely

En fin, si no existiera el indie (eufemismo bajo el cual denominamos el compendio de actividades artísticas -o ligadas al arte- que se promocionan por fuera del mainstream e incluye también a sus productores y seguidores) todo sería mejor. No habría distinciones entre gente grasa y con onda. No existirían músicos ni directores de cine ni escritores obstinados en la originalidad cuando no son más que meras construcciones epigonales de algo que sucedió hace mucho tiempo en un lugar lejano de cuyo nombre nadie quiere acordarse (no exactamente el Canal de la Mancha, sino Nueva York o Londres o París).

El indie es el reino de la patraña y, aunque sus integrantes se jacten de despreciar lo masivo, podemos afirmar que en un reducto en boga se encuentra el mismo porcentaje de idiotas que en una cancha de fútbol, con el agravante de que estos últimos no se creen a la vanguardia de nada (a no ser de un paraavalanchas). Usted dirá que las barras bravas son violentas, yo le diré que la impostura también puede llegar a dañarnos. No se trata de una agresión corporal como lo pueden ser un cross a la mandíbula o un tiro en la sien, sino más bien de orden metafísico. Después de tratar o meramente ver a un pelmazo que se cree genio, uno no puede evitar preguntarse quién es, para qué vino a este mundo, qué nos diferencia de los animales. El indie, lo alternativo, la subcultura con sus respectivos enjambres de esnobs con vestimentas raras, you knows, el espacio aquel en el que las imprecisiones artísticas de un niño rico con tristeza, “a fuerza de eludir un significado, pueden significar cualquier cosa” (1).

Y sin embargo: cuánto nos perderíamos sin el indie. No siempre, pero básicamente, lo “comercial” apesta. Así que, por ejemplo, las bandas buenas usualmente emergen de círculos de producción posicionados en el lugar opuesto al eje imperativo de la Industria. A continuación dejo un espacio en blanco para recibir los tomatazos del lector, indignado por la dinámica de un texto que inmediatamente aprueba lo que defenestró en el párrafo anterior:


Ahora bien, probablemente, la mejor película de la década que terminó sin que supiéramos cómo denominarla (¿los ceros?, ¿los 2000?, pasaron diez años y nadie se puso de acuerdo), pertenezca al cine indie norteamericano. Hace poco, cuando leí Los Suicidas, el pahtos melanco-absurdo de la maravillosa novela de Di Benedetto me recordó al ambiente que del pueblito y los personajes de Wristcutters: a love story, la susodicha. Y la volví a ver.

Con los años (y el encadenamiento cronológico de experiencias vividas) nuestras pobres cabezas se transforman en cócteles malditos de sentidos y momentos. Los cócteles se activan consecuencia de una situación determinada o cuando uno menos lo espera y proyectan un videoclip mental de imágenes y sensaciones que nos puede dejar en vía muerta. En un mal día, estos videoclips pueden tener más efectos colaterales que tomarse un Johnnie Walker Black Label de un saque. Es que la conmoción que nos provoca la vastedad del pasado es muy profunda. Allí, como en un museo autobiográfico, está todo lo que alguna vez amamos, pero no lo podemos tocar. Las drogas y el alcohol son artilugios a los que nos aferramos para soportar la ausencia de aquellos que no existe más. (Nos hicieron creer que tomar es una forma de diversión cuando en realidad es algo mucho mejor: una forma de olvidar). Resultan, pero usarlos en exceso, en el mejor de los casos, te convierte en un idiota. Y en el peor, en un cadáver. Y ser un cadáver es aburrido. Así que lo único que te queda, little boy, es intentar pasarla bien (o sufrir porque no lo conseguís) y esperar el amor como al mismísimo Godot en un círculo cíclico de ribetes absurdos. Todo el resto, eso pegajoso que ni siquiera daría para asignarle un nombre y pasa en el medio, es lo que tanto temíamos: la vida.

Elipsis.

Wristcutters: a love story versa sobre esos estados. En resumidas cuentas, sobre un joven que se mata porque lo deja la novia.

(“Si no venís, me mato” o sucedáneos es una frase muy fácil de decir pero muy difícil de llevar a cabo. La respuesta a este pedido puede ser problemática porque nadie está preparado para que, como sucede a veces, le contesten: “Matate”. De todos modos de la teoría a la práctica aquí hay un largo y sinuoso camino. Aunque parezca irrisorio, la gente no tiene la más puta idea de cómo matarse, la prueba es que de lo contrario estaríamos todos muertos: miren por la ventana y presten atención, ¿quién quiere vivir en un mundo de mierda como éste? Absolutamente nadie. Claro, a no ser que tengas eso que Leonard Cohen denomina “el único motor de superviviencia”, ¿cómo se llamaba?, ah sí, otra vez, el amor).

Ahora bien, la historia de Zia (ése es el nombre del joven suicida interpretado por Patrick Fugit, el periodista inexperto de Casi Famosos) no se termina cuando se corta las muñecas. Ahí recién empieza ya que cae en un purgatorio extraño y melancólico, cual domingo otoñal de lluvia a las 7 de la tarde. Sin embargo, el resultado final (si hubiese tamaña estupidez en una película) es lo que usualmente llamamos una comedia negra, un melodrama cómico. Algo así como una novela de Camus llevada al cine con guión de Leo Masliah.

El concepto de un pueblito donde van a parar todos los amantes suicidas es de por sí muy atrayente y tiene resonancias poéticas. La forma en que Goran Dukic (el director) construyó ese lado B del mundo lo convierte en su primer (y tal vez principal) acierto. Son detalles, insignificantes en su mayoría, pero que brevemente (no se trata de una serie de varios capítulos) dan cuenta de un imaginario totalmente identificable:

-los espejos bifurcan las imágenes de los rostros.
-nadie se puede reír.
-la ropa de los protagonistas está agujereada y arrugada.
-todo está sucio.
-las calles están casi siempre vacías.
-hace mucho calor.
-no hay estrellas.
-los suicidas mantienen en el submundo las cicatrices de su muerte.

Al decir de Zia: “Todo es igual, pero un poco peor”. Su no-vida consiste en trabajar en una pizzería de mala muerte (valga la redundancia), vivir junto a un tipo insoportable y extrañar a Desiree, su ex. Nada que no suceda en la esquina de tu casa. El tedio es interrumpido cuando conoce a Eugene, un ex rockero ruso que inyecta el tono de comedia (cuando Zia no quiere salir le pregunta si se va a suicidar) y vive soltando máximas misóginas del tipo:

Cuando una chica dice “Vuelvo enseguida”, olvidate. Siempre terminan yéndose con un grandote retardado.

O:

El que va en el asiento de atrás del auto no tiene pene.

La road movie mágica y misteriosa arranca cuando Zia se entera de que su ex también se ha suicidado y decide salir a buscarla “sin timón y en el delirio”. Lo acompaña Eugene y su auto, que posee un agujero negro abajo del asiento del acompañante. Como si la escenografía hubiese estado a cargo de James Ballard, al costado de las carreteras se amontona la chatarra de la sociedad moderna: autos hundidos en arena, edificaciones a medio terminar, sillones. En el medio de ese paisaje desolado conocen a Mikal (la hermosísima Shannyn Sossamon), una muchacha que está haciendo dedo porque busca a Las Personas Responsables del lugar para que la saquen de allí: considera que su suicidio fue un error. Lo que viene después es genial. Wristcutters: a love story se convierte en el epítome del delirio y la tristeza: los personajes conversan sobre la manera en que extrañan la vida, aparece Tom Waits durmiendo en el medio de la ruta, una esquimal muda y un sinfín de imágenes oníricas que se quedarán en nuestra retina por mucho tiempo. Quítele kilos de hipérbole a Kusturika y hallará un Dukic (de todos modos su torsión surrealista le debe mucho a esa otra película hermosa, Arizona Dream).

En uno de sus itinerarios desprovistos de certeza, Zia y Mikal van a parar a una playa repleta de jeringas y preservativos. A pesar del contexto, por el grado de intimidad que alcanza, se trata de una de las escenas románticas más logradas de los últimos años (comparable a cuando Clementine y Joel comen pollo en Eternal Sunshine Of The Spotless Mind).

Por último, la filosofía de la película me parece atinada y totalmente cierta. Kneller (el personaje que interpreta Waits) le dice a Zia: “Cuanto más lo desees no sucederá. La única manera de que funcione es si no le das importancia”. Zia finalmente encuentra a Desiree pero resulta que “es/ se convirtió/ siempre fue y no se dio cuenta/ a él le parece” una tarada, es mucho mejor Mikal que le cambia los mensajes a los carteles para que el mundo sea menos depresivo (“Prohibido fumar… A menos que usted lo desee”). Ése es el problema de buscar en el pasado lo que no tenés en el presente: que te pase la gran “Como dos extraños”. Y salvo contadas excepciones, el tanto la re pega. En un tema titulado “Suicida” (¡plop!), Charly García elabora una de esas deducciones sociológicas típicas de su época de apogeo. Fuera de contexto parecen bastante vulgares, pero en una canción pop de tres minutos adquieren mucha relevancia. En una estrofa dice:

Quisiera ver ese mar al amanecer
Preciso tiempo para crecer
Quisiera ver ese mar
Y veo esta pared
Yo ya no sé qué hacer.


Pero después, refuta:

Pero si vas hacia el mar al amanecer
Quizás extrañes a la pared
Somos estatuas de sal
Queremos volver
Yo ya no miro atrás
Ya no queda mucho más.


Pensar que convencidísimos de que estamos en busca de lo que más deseamos podemos encontrar otra cosa que nos interese mucho más. Entender que nuestros mayores anhelos pueden volverse banales moviéndonos apenas un ápice de nuestro egomaníaco punto de vista. Aprender que los milagros y las revelaciones suceden cuando no estamos ni siquiera enterados de que existen. Son ideas atractivas, que hacen que la vida sea menos rígida y mucho más tolerable. Todas ellas sobrevuelan el cielo sin estrellas de Wristcutters: a love story.

(1): La cita en su totalidad dice: “No se trata, entiéndase bien, de la pura vaguedad de los simbolistas, cuyas imprecisiones, a fuerza de eludir un significado, pueden significar cualquier cosa”. Hubo una sola persona en la historia de la Humanidad capaz de elaborar este tipo de frases que desde su orden sintáctico y su condición asertiva parecen imposibles de refutar. En caso de que el amable lector no sepa de quién se trata, le recomiendo dejar el facebook y otras yerbas posmodernas durante unos días, que los libros no muerden.

11 comentarios:

Inmanente dijo...

me encanta el cine indie yankee, la veo y te digo, espero que no sea como la que recomendaste con Zooey Deschanel.

Leni dijo...

qué película genial!!!!!!!!!!!!!! y esa foto es hermosa, casi casi tan hermosa como esa de los amantes del círculo polar en la que se dan un beso abajo de la cama.

Billy dijo...

che estaba leyendo y me dio miedo de que cuentes todo...

dejo de leer y me la bajo

Anónimo dijo...

La vI hace unos años porque la recomendaste y no sé si esl a mejor de la década pero es genial.

Santiago Segura dijo...

No vi la peli así que no sé.

Y el indie puede ser tan malo como lo popular, de eso no tengo dudas. Hay cosas verdaderamente insoportables...

Eso, no me sale decir más nada.

Buenas noches, adiós.

Che Guevara dijo...

Avanza la derecha y vos hablando boludeces del amor.

Martín Zariello dijo...

Mientras avance mi depresión (?) poco me importa el avance de la derecha. Ojalá asuman y nos maten a todos los barbudos con olor a porro.

Hiciste Billy, casi, casi la cuento toda, me faltó sólo la vuelta de tuerca del final.


Inma: es buena esta, te lo prometo (?).

Santiago: ese "Buenas noches, adiós" en el contexto del post sonó a suicidio inminente.

Chau, aguante Leonardo Favio.

Cine Braille dijo...

¡Che, el purgatorio es como Mar del Plata en invierno! Ya me parecía que yo estaba pagando alguna culpa previa...

Andrés dijo...

La estoy bajando, faltan 7 horas y 59 minutos.

No sé si me la voy a bancar toda, acabo de ser dejado hace escasa semana y media después de tres años


"¿quién quiere vivir en un mundo de mierda como éste? Absolutamente nadie. Claro, a no ser que tengas eso que Leonard Cohen denomina “el único motor de superviviencia”" (de que planeta saliste barrilete cósmico)


después te cuento.

Martín Zariello dijo...

Es la peli exacta para tocar fondo. Después de esto lo que viene sólo puede ser mejor. Y no me afloje, muchacho, ya vendrán tiempos mejores (la solidaridad entre losers se da naturalmente).

Inmanente dijo...

corvi, No la pude terminar, creo que es una expresión mediocre y monocorde de la comedia indie, los personajes son clichés ambulantes (lo de la minita lookeada a lo Amelié es demasiado). Para experimentos en el mismo registro comedia-sensible-fantástica me quedo con I Love Huckabees mil veces por ej