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martes, 11 de noviembre de 2014

La pausa más larga de la historia



Renuncié a Catecismo a la tercera clase. Básicamente me pareció que el cristianismo era una secta peligrosa. No podía creer que todos siguieran como si nada.

Me incomodaban las canciones que teníamos que cantar y que al final del día nos obligaran a abrazarnos (eso recuerdo yo aunque no estoy muy seguro, tal vez fue una sola vez).

Un día fuimos a la Iglesia con mi mamá y nos hicieron dar besos entre todos y casi tuve un paro cardiaco. Además me parecía inhumano levantarse a la mañana un sábado. Al principio dudé un poco porque cuando tomás la Comunión te regalan plata, pero me duró cinco minutos. 

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Cuando tenía ocho o nueve años me mandaron a jugar al fútbol. Odio la vida por lo tanto siempre viví a reglamento, es decir, hago lo mínimo y necesario para subsistir. Cuando me tocó estudiar iba a la escuela. Y después a la facultad. Desde hace varios años tengo que tener plata porque se supone que soy adulto. Entonces trabajo. Pero no hago nada extra curricular ni tengo ganas de hacerlo.

Supongo que en ese momento a mis padres les preocupaba mi tendencia al ocio improductivo y me mandaron a jugar al fútbol a un Club.

Fui a Kimberley pero rápidamente me bajaron a una filial que se llamaba (y todavía se llama) El Cañón.

Yo siempre supe que jugaba mal al fútbol, pero ahí me di cuenta que directamente no sabía jugar. Los pibes de El Cañón jugaban en clubes desde los 3 o 4 años y tenían movimientos automáticos incorporados. A mí, cada vez que alguien me pasaba la pelota me costaba mucho decidir cuál era el paso a seguir y cuando me decidía, ya me la habían sacado. 

Funcionaba mucho mejor en el Soccer del Family Game. El placer que me provocaba el fútbol era intelectual, no físico. 

A la distancia entiendo que yo quería ser un jugador de Autor, con un concepto distinto para cada jugada, pero esto era contraproducente con la velocidad y el ritmo del juego.

Mis compañeros se burlaban de mis botines y de mi forma de correr (daría la sensación de que es muy gracioso ver correr a un idiota). 

No jugaba con ellos, jugaba contra ellos.

Había un negrito, el más habilidoso de todos, al que le caía bien o me tenía mucha lástima. Intentaba integrarme al grupo y se reía de mis chistes malos. Intentaba tirar paredes conmigo. Él me daba flores y yo se las devolvía con maceta y todo.

Un día pude devolverle una pared y me dejó solo frente al arco. Fue el mejor momento de mi carrera como futbolista. Antes de patear la pelota pensé en el significado de ese gol, pensé en la amistad interracial que se estaba forjando con el negrito, pensé que tal vez no era tan malo, que sólo me faltaba práctica. 

Pensé tanto que agarré la pelota de abajo y la mandé a las nubes.

Un día el técnico dijo que éramos demasiados pibes y que en la práctica siguiente iba a realizar una selección de los que veía con más posibilidades de jugar o por lo menos ir al banco en el equipo titular. 

Traducción: iba a descartar a algunos jugadores, como Homero Simpson. Mientras decía esto me miraba particularmente a mí, así que ese día, como Redondo y Riquelme años más tarde, decidí renunciar a la Selección.   

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Renuncié a trabajar en un Balneario que quedaba en el Sur. Fue uno de mis primeros trabajos. Era muy cool (tenía una entrada con árboles muy atractiva) pero me hacían trabajar desde las siete y media de la mañana a las diez de la noche.

Cuando llegaba a mi casa y cenaba estaba tan cansado que me pasaba algo increíble: me parecía que la mesa estaba inclinada y que se iban a caer todos los platos. 

Yo estaba en el Estacionamiento y tenía que indicarle a los autos cómo se tenían que estacionar. Era un desastre. A veces metía tantos en un mismo lugar que para salir se armaba una guerra civil entre los conductores.

Me hacían cortar el pasto con una máquina a nafta que pesaba mil kilos. Además había un tipo más grande que se robaba mis propinas. 

Con la poca plata que ganaba me compraba cd's y libros de Cortázar, que era el único autor que leía en ese momento. Ese verano leí Rayuela dos veces seguidas.

Un día se levantó viento y empezó a llover. El de Seguridad me dijo si quería meterme en su auto hasta que pasara la tormenta y yo acepté.

Adentro del auto (que tenía alrededor de tres litros de  desodorante de ambiente encima) empezamos a mirar a las mujeres semidesnudas y mojadas que escapaban de la playa. Tal vez no estaban semidesnudas ni mojadas, pero yo las recuerdo así.

Pero el tipo les encontraba defectos a todas las minas. Y no eran los típicos defectos que marcan los hombres ("muy gorda", "le falta carne") sino cuestiones algo borrosas como la forma en que estaban vestidas o el modo de caminar.

Le dije que una morocha que había pasado era muy linda. Él contestó: "Será muy linda pero no tiene garbo, ¿sabés lo que es el garbo?".

Yo no sabía lo que era el garbo.

En determinado punto me di cuenta que el de Seguridad me decía "Bebé", que en vez de hablar susurraba y que había puesto un disco de Air Supply. Cuando me preguntó si podíamos intercambiar remeras ya todo se volvió demasiado raro. Fue la única vez que sentí que alguien me quería garchar. 

Por suerte paró de llover y escapé a tiempo.

Poco después de este episodio renuncié. Llegué y fui directamente a la oficina del Encargado (los Balnearios siempre tienen encargados, los Dueños nunca se dejan ver y llevan una vida excéntrica como Howard Hughes).

Le dije que no quería trabajar más ahí y me hizo sacar la remera del lugar (por alguna razón todos querían mi fucking remera). Así que me volví en campera en un día de treinta y cinco grados. 

Me tomé el 221, bajé en el centro y fui a Locuras a comprarme una remera de Charly García. Era roja, atrás decía bien grande Say No More y en la parte de adelante tenía a Charly agarrándose la cara plateada con las dos manos.  

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La renuncia a la Facultad no fue de un día para otro pero sí me acuerdo el día en que me fui y no volví más.

Estaba en un Seminario. En las primeras clases habíamos visto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de Juan Carlos Mariátegui y me había gustado mucho. Pero en la segunda parte empezamos con El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Y fue demasiado ancho y ajeno para mi gusto.

Creo que debo haber leído tres páginas de esa novela pero mientras las leía tenía sentimientos suicidas muy profundos.

Como en los Seminarios los estudiantes suelen faltar bastante, un día éramos tres o cuatro. La profesora anunció una pausa y dijo que después teníamos que hablar nosotros. Yo no había leído ni un capítulo y no tenía nada que decir.

Fue la pausa más larga de la historia. De hecho dura hasta hoy.  

lunes, 3 de noviembre de 2014

Las tres verdades de la cerradura


El otro día llegué a mi casa y se me trabó la llave en la cerradura. Media hora después, mientras miraba al cerrajero abrir la puerta sin ninguna clase de dificultad pensé que ese tipo de profesión debe ser ejercida por personas de alto nivel ético: si quisieran, en vez de dedicarse a recibir dinero por abrir puertas, podrían dirigirse a cualquier casa, abrir la puerta y robarse el dinero que a ellos se les cante. 

En un capítulo de Los Simpsons, Ralph le roba la llave maestra de la ciudad a su padre, el Jefe Gorgory, con la que se puede abrir cualquier puerta de Springfield. Los cerrajeros tienen la llave maestra en su cerebro. Pensar en estas cosas nos demuestra lo sobrevalorado que esta el conocimiento intelectual y lo subestimado que está el conocimiento práctico, el de los hombres que saben hacer cosas con sus manos.

Un par de días después conocí a otro cerrajero, ya que el que me destrabó la cerradura me había aconsejado mandarla al médico. Cuando me la devolvió (totalmente arreglada, como nueva), sin que yo se lo pidiera, el cerrajero pasó a indicarme las tres verdades de la cerradura. Y es que sólo de ese modo se deben conocer las grandes verdades. Cuando uno busca la verdad o algo importante es posible que la ansiedad anule todo tipo de revelación. El grupo que busca el hit, no lo consigue. El escritor que quiere ser el autor de la gran novela, no la escribe. A las personas que buscan desesperadamente una pareja, nadie les da bola.

Ahora bien, cuando uno se encuentra en una situación tan cotidiana y vulgar como que te arreglen la cerradura es probable que consigas una y hasta tres verdades sin que ni siquiera necesites pedirlas. 

Mientras el viejo cerrajero me decía las verdades me pareció que estaba asistiendo a un momento clave de mi vida. Empecé a ver todo en cámara lenta y los sonidos del roce de llaves y herramientas de los ayudantes del cerrajero recreaban canciones emotivas de Phil Collins.

El día anterior había cumplido 30 años así que pensé que a partir de ahora la vida sería así: verdades, secretos, descubrimientos, ¡velos que se corren, persianas que se abren, cerraduras que se destraban!

Lo más increíble es que estaba tan fascinado con la situación que no pude prestar atención a lo que me decía el cerrajero, que hablaba rápido y con una síntesis conceptual sorprendente. El cerrajero era uno de esos tipos desenvueltos que crean intimidad y complicidad con sólo decirte “Hola”, que te hacen sentir parte de la Historia aunque las cosas significativas siempre ocurran a miles de kilómetros de distancia.

Sólo recuerdo algo así como que las cerraduras tenían dos componentes, la llave, claro, y la cerradura, por supuesto, que eran como el pegamento, que no había que aceitarlas, que además de la cerradura reparada me hacía entrega de dos llaves nuevas, que todo me salía cien pesos. En un acto de interpretación automática adapté cada una de las verdades de la cerradura a la existencia y advertí que las tres verdades de la cerradura en realidad eran las tres verdades de la vida.


Frente al cerrajero me sentí como cuando iba a Letras y una Profesora nos dio una clase magistral sobre Mallarmé y el simbolismo. En realidad fue igual, tanto que al salir de la cerrajería, de la misma forma que cuando salí de la Facultad, lo único que me quedó en claro es que no había entendido nada.  

miércoles, 29 de octubre de 2014

El tráfico de monos


El electricista contó que se fue a Córdoba a participar de una carrera de bicicletas y paseó por una reserva de monos.

Los monos de la reserva son recuperados del oscuro mundo del tráfico ilegal de monos. Estos monos han pasado por situaciones graves y en la reserva pueden andar libremente entre las personas. 

Los traficantes de monos drogan o emborrachan a los animales y se los ofrecen a sujetos desprevenidos propensos a comprar monos. 

Para anestesiar a los monos, los traficantes utilizan vino tinto Carcassonne y porro paraguayo. 

Los sujetos desprevenidos compran el mono creyendo que es un animal cariñoso, diligente y educado. Sueñan con que el mono les haga las tareas del hogar durante la semana y los divierta con piruetas aprendidas en el circo los domingos aburridos y lluviosos.

Cuando el mono sale del letargo narcótico y entiende que se encuentra en cautiverio empieza a cometer diversas atrocidades: escupe a los invitados, se masturba frente a las vecinas más distinguidas del barrio, hace sus necesidades sobre manteles y sábanas de seda, agrede a los niños, rompe platos, vasos y tazas, se toma el whisky más añejo, mete al gato en el lavarropas, se prueba los trajes del padre de familia, cambia la página de inicio de Google Chrome y rompe la cortina de la ducha. 

Los dueños, desesperados, intentan deshacerse del mono rabioso, pero nadie se quiere hacer cargo, por lo tanto intentan devolverlo a quien se los vendió. El traficante de monos lo acepta sólo si, además del mono, le dan la misma suma de dinero por la que se lo compraron.

Con solo tener un mono, un traficante puede vivir toda la vida, ya que el mono le retribuye dinero ida y vuelta infinitamente. Hay traficantes de monos que han llegado a vender tres veces en una semana al mismo mono. Quienes han querido denunciar la práctica se han encontrado con una gran red que encubre y promueve secretamente el tráfico ilegal de monos.

Un mono puede llegar a costar entre 6000 y 10000 pesos. Aunque los hay también más caros o más baratos (en algunos casos los venden moribundos o con enfermedades terminales), en dólares o reales (el mono brasilero es más prestigioso que el argentino).

Además de los sujetos desprevenidos propensos a comprar monos, los traficantes de monos se aprovechan especialmente de las personas: a) solitarias; b) inservibles; c) que durante los 80 gustaron de ver películas con monos inteligentes o simplemente pícaros, que viajaban al espacio o jugaban al básquetbol; d) que son de Boca y tuvieron un póster en el que un mono acompañaba o sustituía a Navarro Montoya; e) que desean abrir un pequeño zoológico; f) que no distinguen mascotas de animales salvajes; g) que se encuentran aburridas, no saben qué hacer y de repente dicen "me voy a comprar un mono"; h) que fantasean con comerse un mono a la parrilla o al horno.  

El electricista contó que en la reserva prohíben que los visitantes se acerquen demasiado a los monos, ya que estos se encuentran resentidos y decepcionados con los seres humanos. Una turista desoyó la orden y comenzó a sacarle fotos con el celular a un mono diminuto y simpático. El mono soportó los flashes un rato hasta que tomó el celular y se lo llevó a la cima de un árbol. Una vez arriba, sentado en una rama, empezó a golpear el celular contra el tronco hasta romperlo en mil pedazos. La turista empezó a llorar y a pedir auxilio. Para recuperar el chip los reservistas tuvieron que darle al mono media docena de bananas de alta calidad.    


miércoles, 22 de octubre de 2014

Seguridad Industrial



Ahora que volvió a instalarse el tema de la "inseguridad" (el efecto lógico y aterrador de un sistema desigual y cínico) los debates sobre cómo se tiene que frenar están a la orden del día. El miedo a que nos maten o hagan lo propio con un ser querido nos hace pensar que existe una solución ideal, ya sea súper progre (limpiar la policía) o de derecha (limpiar las villas).

Desde hace años hay gente que dice que tiene que volver el servicio militar. Como esa idea finalmente no se la creyó casi nadie, en algunos debates recientes se habló de una medida un poco más suave pero en la misma dirección: que debían abrirse más colegios industriales para que los marginados no se conviertan en pibes chorros y, en vez de robar por ahí, se dediquen a pasar sus días haciendo banquitos chuecos en los que no se puede sentar nadie.

Cuando escuché por segunda o tercera vez esta idea Industrial para acabar con la Inseguridad me reí mucho.

Yo fui tres años al Industrial, desde los 13 a los 16 años, hasta que por suerte repetí y me cambié de Escuela. Aunque la pasé bien, conocí amigos copados y creo que asimilar oficios desde chicos es importante, puedo asegurar que nunca sentí tanta Inseguridad como adentro del fucking Industrial.

Como siempre fui introvertido era un número puesto para que me mataran (más o menos literalmente). El Industrial al que fui era como una pequeña cárcel, con sus kapangas merodeando los recreos (los temibles repetidores) a los que si no les gustaba tu cara, te la rompían en diez pedazos. El patio era como el Estadio Azteca y a veces atravesarlo de punta a punta era como meterse en una Plaza peligrosa a las doce de la noche.

En el Industrial vi pibes metidos adentro de un tacho de basura con los pantalones bajos, vi profesores escupidos en la cara, otros que escapaban llorando, vi chicas más manoseadas que Isabel Sarli en Carne, vi todo un colegio cagar a patadas a un pibe al que le habían hecho caño con una lata de Coca Cola aplastada. Pero nada de eso se compara con el terror psicológico que creaban los que tenían la batuta. Era como una película yanqui sobre grandulones que le quitan la comida a los más chiquitos, pero sin final feliz. Es verdad que todos los colegios secundarios tienen más o menos esa dinámica, pero les puedo asegurar que el Industrial, con mayoría de proto-hombres aislados de las mujeres y en ebullición hormonal permanente, todo esa violencia contenida es una olla a presión que explota todos los días.

Afortunadamente me acoplé a un grupo de personas similares a mí pero más populares y pude pasar desapercibido. En el Industrial, como los personajes de Walking Dead que se enfrentan a zombies hambrientos, aprendí que la única posibilidad de que no te coman es convertirte vos mismo en un cazador. Así que durante esos años aprendí a humillar a los débiles, a referirme a las mujeres como si fueran objetos, a cagarme a trompadas para matar el ocio, a sentirme avergonzado por tener sentimientos, a intentar no destacarme en ninguna materia, a denigrar a los homosexuales, a los nerds, a los que no eran como se suponía que tenían que ser. Y lo peor de todo es que todavía tengo insertado ese chip: a veces pienso que fue una experiencia necesaria para desenvolverme mejor en la jungla urbana.    

Recuerdo que durante un par de meses de algún año llegó un pibe al que lo habían echado del Arturo Illia por no querer darle la mano a Elio Aprile en un acto. La situación era extraña y nadie quería decir exactamente qué había pasado. Además él se negaba a hablar, lo que le otorgaba todavía más misterio al episodio. Por ese entonces, Aprile era el Intendente de la ciudad, un poeta cursi y radical que después terminó volando por la época de los cacerolazos. El Arturo Illia es el colegio modelo de Mar del Plata, un lugar diseñado para que sus alumnos se transformen en adultos brillantes e insoportables. Para nosotros, un pibe del Illia era un ganso sofisticado, alguien propenso al Teatro, los tallarines y la educación cívica. Como era más inteligente que todos, le aplicaron un bullying tremendo hasta que se fue (probablemente se cambió a una escuela mejor). Yo no le hacía nada pero debido a mi cobardía actuaba como cómplice: me callaba la boca y en algunas ocasiones le festejaba los chistes a los que lo aturdían. En el fondo lo admiraba por su presunto desacato. 

¡Imaginen un tecladista de rock progresivo que cae en un nido infecto de sucios punkies! Bueno, eso era el pibe del Illia en el Industrial.


Había algo que me llamaba la atención del chico nuevo: se quejaba de las burlas de un modo paternal, sin rabia ni angustia. Era como un abuelo retando a sus nietos. Hasta que un día tuve una revelación. Él estaba sentado solo adelante y, siguiendo la tradición de los alumnos del Illia, le indicaba al profesor cómo debía seguir la clase. Mientras, soportaba estoicamente los arrebatos de la barbarie. De pronto se dio vuelta y en vez de decir algo, hizo un gesto con su cara, un híbrido de resignación y lástima. Ahí me di cuenta: más que las escupidas y los papeles que le rebotaban en la cabeza continuamente, lo que le molestaba de nosotros era la estupidez.

viernes, 15 de abril de 2011

Confesiones, teorías, reglas y comentarios


Regla del Amor


En una pareja, el origen oculto de todos los conflictos se reduce a que una de las partes quiere menos y la otra quiere más. Ésta es una verdad dolorosa, de tortuosa asimilación. He aquí la alétheia del amor. El que quiere menos se esfuerza por querer más y no puede. El que quiere más desea que el otro aunque sea se lo reconozca y no lo logra. Conclusión: en el amor, lo único garantizado es el sufrimiento. Ahora lo único que resta es saber de qué lado se encuentra usted.


Última persona perfectamente normal del mundo


En la sociedad actual todo individuo cuenta con un trastorno. Obsesivo Compulsivo. Bipolar. Somatoforme. Psicótico Breve. Psicótico Compartido. Bipolar II. Me enorgullezco de haber hecho terapia y que el psicólogo no me haya diagnosticado ninguno. Sólo me indicó cierta tendencia a la soberbia, la ira, el pesimismo, la avaricia, el egoísmo, la autodestrucción, el resentimiento, la paranoia, el asesinato y el autoritarismo. Es por eso que a veces me miro al espejo y pienso: "tal vez yo sea la última persona perfectamente normal del mundo, qué mal la deben pasar los trastornados".


Teoría de la vida justificada


Justifica su vida el individuo que logra que otro, al momento de morir, en lo último que piense sea en él. Tenemos a X y a Y. X muere y en lo último que piensa es en Y. Resultado: Y ha tenido una vida justificada, alguien pensó en él antes de morir. En caso contrario, fue todo puro espamento. Se aconseja a las personas que ya cumplieron cuarenta años y todavía no han dejado su huella en ningún lugar, comprarse un revólver y acabar de una vez con esta farsa.


Teoría del mal día


Un transeúnte que en un mismo día camina por la calle y se encuentra dos o más veces en la situación de enfrentarse con otros transeúntes sin que ninguno deje pasar al otro, no debe tomar decisiones importantes durante una semana: es indudable que está equivocado.


Teoría del que entendió la teoría anterior


Tiene una alta capacidad de comprensión.


Mensajes de texto proyectados en algún mundo de una galaxia lejana


Hace un par de años, cuando El Artista antes conocido como el Amor de mi vida decidió abandonarme, me volví un poco loco e inicié un raid de mensajes de texto repletos de ruido y de furia. Tiempo después me enteré que a los pocos días ella dio de baja su número, de modo tal que mis mensajes nunca llegaron a destino. Sin embargo, a veces intuyo que, como en una novela de Kurt Vonnegut, por uno de esos desperfectos de las estructuras de la telefonía celular, los mensajes fueron a parar a un satélite, rebotaron misteriosamente y todavía se proyectan como gigantescos hologramas en algún mundo de una galaxia lejana. Así es que los extraterrestres observan con estupefacción aquellos fragmentos de mi discurso amoroso: "Te extraño", "Volvé", "Por favor contestame", "Aunque sea devolveme la última temporada de Lost", "No hagas que mis mensajes terminen típicamente rebotando en un mundo de una galaxia lejana", etc.


Hipótesis del que sube al colectivo


De ninguna manera se puede confiar en una persona que recién arriba del colectivo se acuerda de buscar la tarjeta o las monedas para pagar el viaje.


La gente no se quiere ni enterar de la muerte


En el enigma insondable de la noche, mi abuela muere mientras duerme. Creo que si hubiese sido posible, los asistentes al velorio habrían ubicado en la puerta de la funeraria un puesto de merchandising (remeras, vinchas y gorros) con la leyenda "A mí también me gustaría morir mientras duermo".


Idea para un grupo de Facebook


Esnobs que no se ríen de un chiste a menos que lo cuente Tarantino



viernes, 8 de abril de 2011

Seis observaciones sencillas

La Conspiración Mundial


Después de asistir a un velorio, observar el rostro muerto de un ser querido, fundirse con los lugares comunes que suceden a este tipo de acontecimientos, todo se entiende como una gran broma pesada. O un enorme juego de simulacro. El acto de leer y escribir, los trabajos, las relaciones sexuales, las carreras universitarias. La vida no es más que una Conspiración Mundial para no pensar demasiado en que el final es un cuadro por lo menos polémico: nuestros familiares y amigos frente a un ataúd, indecisos por saber a quiénes les toca llevar las manijas.


Síntesis maravillosa


Los sábados por la noche, cada un mes, el peluquero se ubica en el asiento de sus clientes y, solo frente al espejo, se corta el pelo. Los transeúntes pueden verlo mientras pasan por la vereda porque él no baja la persiana. Muchos se preguntan cómo a Edward Hopper no se le ocurrió esa imagen, síntesis maravillosa de la soledad del ser humano en el Planeta.


Mi memorable amiga La China


Mi memorable amiga La China dice que esperamos demasiado del amor porque vimos muchas películas. Su teoría sostiene que las historias de la pantalla grande (en las que el amor siempre es la instancia superadora de la vida) formatearon nuestros cerebros de tal forma que, cual Aquiles y la tortuga, no podemos dejar de correr detrás de él. Sin alcanzarlo jamás. Porque el truco del amor es que cuando uno lo alcanza, ya no es amor: se convirtió en algo espantoso llamado noviazgo o, aun peor, matrimonio.


Le hablo mal de mí al espejo


Los animales tienen problemas para diferenciar las representaciones de la realidad. Hace muchos años, una mañana, el gato de mi hermana buscaba atrás del televisor pájaros que pasaban volando en la pantalla. La perrita del trabajo le ladra a su propia imagen reflejada en un nylon. Cuando me afeito no me reconozco y le hablo mal de mí al espejo.


Esto suponiendo que existe alguien que nos espera


Yo era un niño muy romántico y vivía en un barrio en el que se podía ver perfectamente el cielo. En las noches de verano, observaba las estrellas y la luna y no podía comprender cómo esa misma imagen que miraba podía ser compartida por el resto del mundo. En Rusia. En Australia. Y después pensaba: si existe otra persona, en algún rincón del Planeta, que a esta misma hora piensa lo mismo que yo, es mi alma gemela. Conclusión: habitualmente buscamos el amor en los límites de nuestra propia ciudad, pero tal vez quien nos espere no esté en donde vivimos (¿por qué habría de estarlo?), sino en Barcelona o Berlín o Córdoba. Esto suponiendo que existe alguien que nos espera.


Pero la vida tampoco tiene sentido


Ésta es una escena que se repite: estoy enfrascado en la lectura de un libro, de pronto me detengo y reflexiono: ¿existirá alguien en algún rincón del mundo que lea esta misma línea de este mismo libro a esta misma hora? La respuesta afirmativa de tal pregunta podría probar la existencia de Dios, pero en verdad no tiene ningún sentido. Pero ya la vida tampoco tiene sentido. Así que voy a seguir haciéndome este tipo de preguntas.

viernes, 1 de octubre de 2010

"No voy a soportar un Golpe de Estado en Ecuador"

Una familia cena. Está compuesta por un hombre adulto, una mujer de su misma edad y un hijo adolescente. Cada uno concentra su atención en tomar una sopa a través de la ingesta de matemáticos sorbos. En el televisor, el periodista de un canal de noticias informa sobre la crisis institucional de un país latinoamericano. De pronto, el joven tira el plato al piso, se para y con la cuchara en la mano, estalla en un alarido:

-¡No voy a soportar un golpe de Estado en Ecuador!

Los padres se miran confundidos.

-¡Ustedes me dan vergüenza: siguen comiendo como si nada mientras la democracia ecuatoriana corre un gran riesgo de ser desmantelada! Hipócritas.

-Hijo, nosotros no...

-Nosotros nada, hay muchas cosas que aprendí a soportar en la vida, gente durmiendo en la calle, niños que se mueren de hambre, pero eso sí, en ésta no me agarran.

-Pero...

-Les informo que me uní a un grupo de facebook...

-¿Qué hiciste qué?- pregunta el padre.

-¡Hijo, eso es muy peligroso!- alerta la madre.

-Nada es peligroso cuando se tienen convicciones. "No voy a soportar un golpe de Estado en Ecuador". Así se llama.

El padre se desvanece. La madre arrodillada a sus pies, comienza a llorar y exclama:

-Hijo, por favor, por favor, no lo hagas, eso es...

-Ahora mismo me voy a la computadora.

-Hijo, por lo que más quieras, te pido que...

-Voy a entrar a facebook y me voy a unir a todos los grupos a favor de Correa, a todos los grupos a favor de la democracia, a todos los grupos en contra de la policía...

-¡Es una locura, hijo, te puede pasar cualquier cosa!

El joven habla con la mirada en un punto perdido. A la vista de su madre, su cara se recorta de perfil épicamente:

-Voy a invitar a todos mis contactos a que se unan en mi lucha.

La madre mira al techo, que hace las veces de cielo, y pregunta: “¿Qué hicimos para que nos haga algo así?”. El joven no escucha y prosigue con su monólogo:

-En cada muro que vea una publicación a favor de la democracia en Ecuador, voy a pulsar "Me gusta".

-¡Por favor!- solloza la madre en un grito desgarrador, mientras el esposo despierta y al escuchar lo que dice su vástago revolucionario, cae desmayado nuevamente.

-Y en cada muro que vea una publicación en contra de la democracia en Ecuador...

-¡No, hijo, no se te ocurra eso!

-Eso sí que no- agrega el padre, recuperando el conocimiento repentinamente para, al segundo, perderlo otra vez.

-¡¡¡Voy a exigir la opción "No me gusta"!!!

La madre murmura algo inentendible y se derrumba sobre el cuerpo de su esposo. El joven se dirige a su habitación eludiendo a sus progenitores, que, uno arriba del otro, han quedado tirados en el suelo entorpeciendo el camino. Cierra la puerta, enciende la computadora y entra a facebook.

lunes, 2 de agosto de 2010

Acá afuera

No sé cómo ocurrió, pero desactivé la cuenta. El primer sentimiento fue de espanto, muchas veces me habían hablado de aquello y el terror a lo desconocido, a lo que viene después y nadie sabe qué es, despertó mi incertidumbre. Poco a poco pude tranquilizarme y, algo estupefacto, me di cuenta de que respiraba con normalidad. Por fin, abrí la puerta. Lo que sucedió a partir de ahí en adelante fue totalmente inesperado y todavía me cuesta entenderlo. Allí afuera había seres humanos, ¿cómo decirlo?, moviéndose. Eso fue lo primero que me llamó la atención, saber que los individuos se mueven, no están estancados en una pose, sino que si quieren, por ejemplo, pueden estirar los brazos, doblarlos, saltar, bailar. Hay algunos que están sentados y de repente se paran. Básicamente pueden mover la mayoría de sus articulaciones cuando quieren. No se puede explicar con palabras, es necesario verlo porque dicho de esta forma todo parece pura imaginación. Otro dato estremecedor que me maravilló es que los seres humanos ¡no son imágenes proyectadas! Esas imágenes que nosotros vemos todos los días pertenecen a “cuerpos” y estos llamados cuerpos tienen su propio soporte sólido. Por lo que pude aprender se trata de un esqueleto revestido de algo llamado “piel”. La piel es algo fascinante que responde a estímulos (la temperatura, una sensación determinada) y puede estar fría o caliente. Incluso se puede tocar y parece que a los seres humanos les gusta mucho porque vi a varios de ellos tomados de la mano entre sí, ¡sin caerse!, coordinando perfectamente sus “movimientos” en pareja. Todavía no sé bien cómo se da esa lógica pero también sé de conjuntos de individuos que no estaban tomados de la mano, sino en “compañía”, produciendo sonidos con sus bocas e intercambiando “comunicación” entre ellos. Es verdaderamente de locos, pero sé que existe y no estoy mintiendo porque después de practicar ¡hasta yo pude hacerlo varias veces! Una vez que uno es parte de esta asombrosa dinámica comienzan a suceder acontecimientos inenarrables. Voy a esforzarme para que, aunque sea, se entienda mínimamente: acá afuera la gente… hace cosas. Se trata de “realizar actos”, no sólo enunciarlos. ¡Aun no lo puedo asir!, pero no sólo se trata de “decir”, de “escribir”, de dar a entender, sino de plasmar materialmente lo que se emite o piensa. Acá hay personas que se toman entre sí los cuerpos como salvajes. Y a eso se lo llama “abrazo” y parece que es bueno porque se ríen o incluso lloran cuando los hacen. Para que exista uno de ellos tiene que haber dos personas presentes, ¡no se concebe de otra forma! Es algo bestial, muy cruel que uno no pueda crear abrazos individualmente. También puede pasar que una persona lleve su boca a cualquier parte del cuerpo de otra. Y eso es un “beso”. Se puede dar entre personas que se tienen “cariño” o “amor”. Todavía no alcanzo a entender de qué se trata esto último, estoy seguro de que me tendieron una broma porque no creo que pueda existir algo tan bueno, es casi utópico lo que me dijeron cuando pregunté de qué se trataba eso del “amor”. Me da vergüenza decirlo, no puedo evitar sonrojarme, pero parece que acá afuera existen personas que… se quieren realmente, que no se conforman con aclararlo actualizando su situación sentimental, como todos estamos acostumbrados desde siempre, sino que además de eso pasan tiempo juntos ¡y hasta cohabitan en un mismo espacio! Yo sé que es algo irracional, pero están muy convencidos e incluso orgullosos. Es que esto de “hacer” me es casi inabordable. Por ejemplo acá también existen eventos, fiestas, recitales y las personas, descaradas, en vez de confirmar su asistencia (esto no lo van a creer pero juro que es verdad), directamente van y asisten, ¡a veces sin que nadie se entere! Es que la forma de enterarse de las cosas también es distinta: ¡uno, incluso, no se entera de todo!, se entera sólo de lo que quiere saber o de lo que le cuentan. Parece que las personas consideran un tanto “idiota” (así lo llamaron varios de ellos ante mi fastidio) contar y mostrar todo el tiempo qué es lo que uno está haciendo porque, ya lo dije (pero creo que es ineludible repetirlo), van y lo hacen, no necesitan promocionarlo. Es más, uno me preguntó: “¿y por qué todos deberían enterarse de todo?, ¿a mí qué me importa lo que estás haciendo vos?”. No supe qué contestarle, ¡pero sé que tiene que haber una respuesta porque darle la razón sería admitir que vivimos una gran farsa y yo sé que millones alrededor del mundo no pueden confundirse de tal forma! Los equivocados son ellos. Y para demostrarlo voy a dar un ejemplo: acá, cuando están a favor o en contra de determinada idea política o que afecta a la sociedad, no se unen a un grupo virtual, lo que se hace es marchar, concentrarse de a miles, manifestarse, a veces gritando y pidiendo por lo que se cree es justo. ¿Se dan cuenta lo revolucionario que puede llegar a ser si este tipo de cosas se transforman en algo habitual? ¿Lo mucho que pueden cambiar las cosas si estos descerebrados a los que les parece normal “hacer cosas” y no “hacer de cuenta que” se salen con la suya? Pienso quedarme un poco más sólo para tener más información de lo que están tramando, no por gusto. Creo que se puede volver.

Me olvidaba, los que están acá afuera, todos estos tipos tan raros, denominan a lo que hacen, “vida”. ¿Alguna vez escucharon una palabra más ridícula?

lunes, 8 de febrero de 2010

Hipótesis sobre un grafiti

La fotografía pertenece al blog “Mar del Plata, mi Nikon y yo”. Se capta una imagen usual de la cotidianeidad urbana: un grafiti. Hay muchos tipos de éstos. De seguro deben existir categorías que los definan por género, actualmente hay especialistas de cada cosa existente y los grafitis no pueden estar exentos. Se me ocurren los grafitis deportivos que califican negativa o positivamente una entidad: “Peña puto”, “Alva Capo”, etc. Los grafitis políticos, que explicitan su apoyo o rechazo al proyecto de determinada personalidad: “En el 2011, Kirchner presidente”, “Cobos, saludos a Vandor”, etc. La lista podría ser interminable y de hecho lo es: ahora mismo podemos comprar un aerosol y garabatear en una pared lo que se nos venga en mente inaugurando una nueva temática. Sin dudas, los grafitis más sugestivos son los del tipo amoroso. En primer lugar, nos dicen que allí afuera hay una persona que todavía ama y tiene ganas de que todo el mundo se entere. Por otro lado, en tiempos de teléfonos celulares, correos electrónicos y facebook, el grafiti advierte una inobjetable distancia o lejanía entre el autor del mismo y la persona a la que se lo ofrece. Es decir que por debajo de la superficie asoma el drama (a excepción de que el mensaje del grafiti diga enunciados del tipo “Nos vemos a las 11 en el baldío de la esquina, me quedé sin mensajes, no te pude avisar” que comprueban una evidente cercanía entre los dos involucrados y, en este caso, una ausencia de síntesis alarmante): por motivos tan variados como enigmáticos, ya no hay formas de que los enamorados (o los protagonistas de la historia de amor: uno de los dos ni siquiera puede estar enterado de que es el personaje principal de una) se encuentren y la única forma de comunicación es la escritura de una frase en un paredón. Dios sabe que la vida puede ser muy triste. En la imagen de Matha Burroughs (titulada “Palabras de amor”) el grafiti está escrito sobre una pared que posee dos ventanas enrejadas (una de ellas tapada por un árbol). El cuadro alcanza a reflejar la mitad de un auto y el nacimiento de otro (parte del paragolpes y las luces traseras). El mensaje dice (en azul): “16 años te busqué Paola”, “(corazón dibujado con rostro) Te amo” y (en verde): “Te busqué toda mi vida”. “Te am… Ma…”, “A…o”. Las hipótesis obvias del caso:

I used to love her. “16 años te busqué”, el tono acusatorio de la frase no deja lugar a dudas: X reprocha a Paola no haberse movido un milímetro para buscarlo. Tal vez ni siquiera tuvieron algo juntos, sólo X estuvo enamorado de Paola. El inicio de la búsqueda, sin dudas, fue motorizado por el amor. Conforme avanzan los años, comienza a latir en X el resentimiento y el deseo de venganza por esa mujer a la que tanto ama y nada hace para verlo. Ya furioso, contrata a un detective privado. La frase escindida “Te Am… Ma…”, dice en su totalidad: “Te Amo, Mas ahora tendré que matarte”.

Tarde para cambiar. X tiene 16 años. Proveniente de una familia desmembrada, desde niño deseo algún tipo de amor, tanto es así que cree haber nacido buscando a alguien que lo comprenda. Conoce a Paola. Es un amor adolescente, apasionado y algo ingenuo, destinado a terminar rápidamente pero dejar una huella profunda, por eso el romanticismo de las frases, el gesto entusiasta del corazón.

Puta desagradecida. X tiene más de 16 años, conoció a Paola recientemente, la frase “toda mi vida” significa que desde que su cerebro tiene uso racional busca a alguien como Paola. Son muchos los que se disputan su amor y decide ser original. Comienzan una relación pero al poco tiempo ocurre algo usual: Paola lo deja por otro. El grafiti es testimonio de un amor fugaz sin pena ni gloria.

Te recuerdo invierno. X y Paola fueron novios en la juventud. Un romance breve pero intenso. Probablemente hayan perdido la virginidad juntos. Probablemente el destino los haya separado terminada la secundaria o cuando alguno de los dos cambió de carrera universitaria o se mudó a otra ciudad. Durante algunos meses, X se entristece ya que quería a Paola, pero pasan los años y con llega el olvido. X tiene diferentes relaciones y ninguna funciona. Luego de romper con A o B o C, renace el recuerdo de Paola. El tiempo la ha idealizado. A partir de se momento, X comienza a buscar a Paola incansablemente. Finalmente la encuentra, caminando por la calle, un día de invierno. Está igual, más hermosa que antes. No se anima a decirle nada pero escribe un grafiti.

El corazón sobre todo.
X busca a Paola, su primer amor. Ella fue obligada a casarse con alguien despótico que no ama. X es el verdadero amor de su vida. La busca, claro está, incansablemente (la única manera de buscar algo durante 16 años es incansablemente). La encuentra. Con solo mirarlo, Paola advierte que X viene a rescatarla. Tienen un par de encuentros furtivos donde se agita la pasión por años reprimida. Paola lo ama todavía más que antes. El tercer encuentro es el de la fuga. Todo ha sido preparado por X a la perfección, pero algo falla. El marido de Paola los descubre. Mata a Paola. Deja vivo a X para que sienta la culpa de haber sido el causante indirecto de la muerte de quien tanto buscó. La pared con ventanas enrejadas es una funeraria. El rostro del corazón (bizco, con una mueca estupefacta) ejemplifica el absurdo de la vida.

Tangled up in blue. Un noviazgo que se termina. Paola se siente sofocada por X, pero todavía lo ama. Le promete, para tranquilizarlo, que pasado el tiempo volverán a estar juntos. X sufre, pero acepta el pacto resignado. La justificación de sus días es el destino remoto que le aseguró una mujer a la que no vio nunca más. Paola fue honesta, pero entre los 16 años que pasan entre el adiós y el reencuentro conoce a un hombre bueno que la ama tanto como ella a él. X, mientras tanto, deambuló y la buscó y pensó constantemente en cada lugar que estuvo (países, ciudades, trabajos, calles). Se encuentran. Paola tarda en reconocerlo, X debe dar algunas explicaciones que al poco rato le parecen patéticas. Ella es la misma, pero nada queda de aquel juramento. Por dignidad, X ni siquiera se lo recuerda. Se despide amargamente. Borracho, escribe un grafiti en una calle cualquiera (¿qué importa que Paola lo vea o no?, ama a otro): “16 años te busqué”, “Te amo”. No hay recriminación alguna en sus palabras, sino el tono resignado de un amor no correspondido. Después, como es usual en estos casos, se suicida. Paola se entera a través del diario. Llora durante días, sin que su marido sepa las causas. Cuando se reencontró con X esperó a que él dijera algo, a punto estuvo de recordarle lo prometido, pero la extraña indiferencia de éste la obligó a callar. Ya en su casa y en la intimidad del cuarto matrimonial a oscuras, cae en la cuenta: la justificación de sus días siempre fue el potencial reencuentro con X, el verdadero amor de su vida.

She said she said. Quien escribe el grafiti no es X, sino Paola. “16 años te busqué (firmado:) Paola”. Es ella quien busca incansablemente. Se suicida, mata, vive un amor sin pena ni gloria, forma parte de una familia desmembrada, etc. “Te Am… Ma…” significa “Te Amo Mariano, Te amo María, Te Amo Martín, Te Amo Marisol, etc.”.

Otros puntos inexplorados:

-Si los dos colores del aerosol tienen algún significado.

-Si por la forma del corazón (que no cierra) es factible una interpretación de tipo freudiana.

-Si los automóviles son de los dos protagonistas de la historia (acaso se estacionaron cada uno con un aerosol de color diferente para declarar mutuamente su amor).

-Si la duplicidad de colores no infiere la existencia de un triángulo amoroso, dos personas disputándose el amor de Paola o de X o de Ma...

-Si la pared con ventanas enrejadas no es una cárcel o un internado y el grafiti se dirige a alguien que está allí encerrado.

-Si la pared corresponde a la casa de alguno de los involucrados, lo que convertiría la declaración de amor en un agravio a la propiedad privada capitalista.

-Si el hecho de que el enamorado escriba sin problemas en la pared de la casa del otro no nos esté diciendo que se trata de un amor entre comunistas; o quizás el hacedor del grafiti es comunista y el receptor capitalista y por consecuencia el mensaje estaría diciendo explícitamente “te amo” e implícitamente “te odio”; en caso contrario, es decir, que el hacedor del grafiti fuese capitalista y el receptor comunista, se podría pensar que la declaración también estuviese pensada como una forma de derribar las barreras ideológicas: “soy capitalista, pero por tu amor no dudo en escribir sobre la pared de tu casa/de mi casa aunque eso implique una violación a la propiedad privada, con la cual estoy de acuerdo”.

-Si “busque” está bien escrito así, sin acento, y no se refiere a una búsqueda pasada (como lo implica el pretérito perfecto simple), sino a una que recién empieza en el presente. Los 16 años todavía no transcurrieron, es un lapso cualquiera que X/Paola ponen para buscar a su amado.

-Si hacer este tipo de deducciones sobre una fotografía no implica algún tipo de problema mental en el hacedor de las mismas.

lunes, 19 de octubre de 2009

Ron Mueck

I had a dream about you, pero no eras la reina de un cuento de hadas, soñé que te morías.

Los sueños son así, traen, sin hacerse cargo, un arsenal de recuerdos difícil de tolerar a determinada hora de la noche. Hay que tener cuidado para que el shock no te deje repasando incesantemente un video-clip de imágenes y datos sensoriales editado por tu cerebro en exclusiva para vos.

Era tu hermana la que me llamaba y me informaba la noticia. Todo era demasiado real: su voz, mi reacción, el sentimiento, mezcla de angustia y de culpa, que me provocaba.

Pero lo que más me impresionó fue tu cara en el ataúd. Eras vos pero verde y con los rasgos avejentados, como la figura terrorífica de Ron Mueck que vimos juntos en una revista de arte cuando recién nos conocimos.

Eso pensé mientras te miraba (y no me decidía a sacarte un mechón de pelo que se introducía en tu ojo), hasta que caí en la cuenta de que le tenía mucho miedo a ese cuerpo ingrávido (tu boca torcida, el gesto inmutable; era terrible) y que todo debía ser indudablemente un sueño porque desde una realidad paralela me recordaba buscando figuras de Ron Mueck en una tarde lluviosa y reciente. Me veía en tercera persona: yo alumbrado por la luz del monitor desde la oscuridad de mi habitación.

(Había sido la misma tarde del sueño y evidentemente quedé un poco trastornado).

Ok, todo era un sueño, pero ¿cómo hacer para irme de allí? Era tu velatorio, no me podía escapar sin una buena excusa.

Quise explicárselo a las personas que tenía alrededor pero no entendían nada, no me dejaban hablar, sólo me abrazaban o me palmeaban la espalda y me decían tantas cosas hermosas sobre nuestro amor que me obligaban a aclararles que ya no estábamos juntos al momento de tu deceso, que todo había terminado tiempo atrás y que ni siquiera nos dirigíamos la palabra.

De pronto, una señora que dice ser tu madre pero que no tiene ni su rostro ni su voz, me presenta a quien era tu esposo "al momento de fallecer" (esto me hizo pensar que habías tenido muchos y que habían pasado años), un tipo enorme que sale desde atrás de unos arreglos florales (como si todo fuese una cámara sorpresa) y que de tan alto se da la nuca contra la pared.

"Ella me habló de ti", me dice, con un acento venezolano y metálico. No puedo creer, pienso yo, absurdamente, se casó con un caribeño.

"¿Sos Martín, no?". Si, contesto y sin saber qué decirle a ese tipo compungido, pregunto, por cortesía nomás, cómo es que se llama.

"Mueck", responde, "Ron Mueck".

Me desperté. Todavía no había amanecido y afuera seguía lloviendo. Los relámpagos iluminaban la cocina intermitentemente, así que no prendí la luz y me senté sobre la mesada, observando una taza de café con leche dar vueltas en el microoondas.

Días atrás estuve soñando con una chica. Nos conocemos (de nombre, de por ahí) pero nunca nos dijimos una sola palabra. En el sueño éramos novios (o esposos), vivíamos juntos, nunca nos peleábamos, hacíamos esgrima con unos trajes negros, teníamos los mismos gustos y una mascota (ni gato ni perro, era una muy bella, híbrido entre jerbo y zorrino, hecha especialmente para nosotros por Dios; esta es información que yo ya conocía una vez ingresado al sueño). Congeniábamos a la perfección. Tanto que pensé que la próxima vez que me la cruzara, debía detenerla, y, de buenas a primeras, proponerle casamiento. La sorpresa de la situación tal vez la indujera a decir que sí, aunque no creo que sea una persona que se deje inducir (por lo menos no era así en el sueño).

Si por esas casualidades de la vida llegás a leer esto, un día cualquiera, haceme sonar el celular (yo sé que nunca va a suceder pero no importa). No voy a atender, es para saber que estás viva y bien y que el velatorio sólo transcurrió en el lado oscuro de mi mente. Yo te llamaría, pero el día del no-va-más borré tu número. En cuatro años ni siquiera me aprendí de memoria el mío.

lunes, 6 de julio de 2009

Para F.A, con amor y sordidez

Recapitulemos.

En el año 2001, por razones de orden existencial, repetí primer año de Polimodal en el Colegio Industrial. Mis padres, todavía atribulados en la sobremesa de los domingos, acusan como causa principal de este accidente al efecto de un inconveniente familiar que me habría condicionado gravemente (mi hermana fue sometida a una operación comprometida). Yo opino que la razón reside en el hecho sustancial de que no estudiaba, pero como bien dijo alguien con el que no querría discutir: no hay hechos, hay interpretaciones. Esto significó un duro revés, ya que durante la primaria fui uno de los mejores alumnos. Al ingresar en la Secundaria, automáticamente, mis notas tuvieron más declinaciones que el latín, pero nunca imaginé repetir. Eso, como el divorcio de nuestros padres o desaprobar educación física, era algo que les ocurría a Los Otros. The Others. Esos muchachos peligrosos que se sentaban “atrás” y reían maquiavélicamente, como si conocieran algo inasible para el resto. O esas chicas que nunca pasaban al pizarrón, demasiado generosas en curvas para pertenecer a octavo año, con novios barbudos que las esperaban en la puerta del colegio y se las llevaban hacia destinos aciagos en motos o bicicletas despintadas.

Pero tarde o temprano (y esto es la pura vedad, anótenlo) todo aquello espantoso que creemos no nos pasará, acontece.

Nunca falla: uno teme a X y X toma entidad en el mundo real y nos patea el culo.

Pronosticando un destino seguro en el campo de las Humanidades (y haciendo las veces de test de Inclinación Vocacional), me llevé, como quien no quiere la cosa, Matemáticas, Física, Química y Algoritmo. En un exceso de autoindulgencia, las quise rendir todas juntas en febrero, poco antes del comienzo del ciclo lectivo. Perdí por goleada. Sin posibilidad de elegir colegio por la inminencia del comienzo de clases, recalé (gracias a una tía profesora) en la Media Número 2, Institución Educativa a cargo del doctor F.A (las iniciales son las de su nombre, pero podrían aludir a Fuerzas Armadas), reconocido por su severidad cuando fue el encargado del Transporte y Tránsito en la ciudad durante un fugaz tramo de la última dictadura militar. Un prontuario de este tipo activó todas las alarmas de mi parte.

Yo todavía no sabía nada de la vida. Pero algo intuía.

Pasar del Industrial (un colegio vinculado al más explosivo de los quilombos y donde te hacías hombre aunque fueras Bruno Gelber) a la Media 2 era como ser confinado a un Convento. F.A entrevistaba a los alumnos para certificar personalmente que eran aptos para el establecimiento. Como ya habían comenzado las clases, la situación era aterradora (si F.A no daba el visto bueno, te quedabas sin escuela), por lo que me tocó hacer una fila, junto a otros chicos y padres tan preocupados como yo. La revisión de La lista de Schindler podrá ofrecerles un retrato atinado. Una chica hermosa lloraba y decía que no quería entrar de ninguna manera. Era rubia y le brotaban lágrimas violentas, como si tuviera un sistema de riegos en los ojos. Después fue compañera mía y se esfumó al mes.

Cuando ingresé (junto a mi padre) el cuadro era dantesco (con los años no me costó mucho trazar otro vínculo cinematográfico: el bunker de La caída): una oficina repleta de papeles, F.A con los anteojos torcidos, barba de dos días, emulando con sus pocos pelos y en forma grotesca el corte media americana que exigía para sus alumnos. Cada tanto entraba una secretaría (que por poco salía del recinto arrodillada y haciendo reverencias a la Moonwalk) informando sobre una circunstancia problemática para que F.A, acto seguido, efectuara soluciones que sólo admitían el siguiente término: tajantes. Sí, tajantes soluciones, de vida o muerte, que debían ser cumplidas a la perfección para que el Planeta Tierra no sufriera un cataclismo o algo semejante.

Finalmente F.A me aceptó pero al enterarse de que era repetidor y a sabiendas de que en su institución no se recibían esta clase de individuos, comenzó a cranear una historia que supuestamente yo debía repetir cuando alguien (no sé muy bien quién, puesto que la máxima autoridad era él) me cuestionara de dónde venía y por qué y para qué, cosa que, por supuesto, nunca sucedió. Tal vez quería que se la repitiera en el futuro para asegurarse de que sus directivas se cumplían incluso cuando él las dejaba a un lado. No lo sé. Habría sido una escena beckettiana, por lo menos y muy divertida, pero nunca tuve la oportunidad.

Los requerimientos fisonómicos eran estrictos. Las mujeres debían resignarse a terminar el secundario para serlo: no se les permitía pintarse, ni usar aros, ni teñirse ni utilizar un guardapolvos que mostrara una parte de aquello que entre ceja y ceja tienen los pervertidos del sexo opuesto: culos. Las mujeres no tenían culo en la Media 2 y a excepción de algunas compañeras atrevidas, se asemejaban a un ejército de fantasmas. Y como sabemos, a excepción de la fantasía nortemaricana de la enfermera sexy, los guardapolvos son los mayores enemigos de las tetas. Hay algo ahí abajo, pero ¿quién puede asegurar que eso es un seno? No digo, ni mucho menos, que ser mujer sea pintarse y mostrar el culo, pero a cierta edad de ebullición anatómica no se podrá negar que estas prácticas representan un signo de expresión que configuran la personalidad femenina (propia de una sociedad patriarcal y retrógrada, pero ésa es otra historia).

Los varones tampoco la llevábamos fácil. Debíamos usar camisa y corbata (algo que ahora me parece genial, pero en su momento era depresivo). Cortarnos el pelo como un aviador norteamericano de la Segunda Guerra Mundial. Afeitarnos religiosamente. ¡Y yo quería estar fuera de la ley! Yo quería ser un Strokes. En realidad quería ser lindo como alguno de los integrantes de los Strokes (mi banda preferida de ese momento), pero a falta de gracia alguna, me conformaba con tener el pelo desprolijo, vestirme como un zarrapastroso y escuchar rock. Nada de eso podía suceder asistiendo a una escuela dirigida por la mano férrea de F.A.

En consecuencia, decidí hacer todo lo contrario. No me cortaba el pelo hasta que escribían un comunicado desesperado a mis padres. No me afeitaba. En vez de camisa, usaba chomba y en la mayoría de los casos remera. La corbata me parecía un elemento de la derecha reaccionaria. Se sumó a mi peligrosa Rebelión, mi amigo L y las preceptoras (siempre con esos nombres diminutivos del tipo Lalita, Tatita, Pepita, Chotita) nos pedían que por favor nos cortáramos los pelos como si en eso se les fuera la vida. Y efectivamente, ahora que lo pienso, en eso se les iba la vida ya que ése era su trabajo: persuadir al alumnado de que hagan lo que dijera “El doctor F.A” (esta frase era pronunciada con la solemnidad de un velorio presidencial). Y lo hacían bastante bien, porque casi nadie enfrentaba tales normas. Y la verdad eran muy buenas, o quizás ante la maldad del director (maldad concreta nunca comprobada, siempre aludida en anécdotas aleccionadoras de dudosa procedencia) lo parecían.

También llegaba tarde. Esto se debe a dos cosas. En primer lugar, por esa época me había convencido de que llegar tarde era una filosofía de vida. Yo no sé cómo, pero, por lo que me dictan los recuerdos, alguna vez fui aún más idiota que ahora. En fin, llegar tarde era ser despreocupado, indiferente al cauce del mundo, un loco bárbaro. En segundo lugar, me negaba a recitar la maléfica “Oración a la bandera”, un rap nacionalista bastante bélico que empezaba con aterradoras frases: “Bandera de la patria/ Celeste y blanca/ Símbolo de la unión y de la fuerza/ Con que nuestros padres/ Nos dieron independencia y libertad”. Yo lo había odiado durante toda la primaria y al llegar la secundaria me había acostumbrado a la épica de “Aurora” sonando en el sempiterno patio del Industrial, donde miles de jóvenes corrieron por sus vidas al escuchar el grito primal: “Caño y volea”.

Pero lo que me molestaba de sobremanera al punto de no poder soportarlo, era que al finalizar el rap, F.A decía “Buenos Días” y todos los “ñatos” contestaban a los gritos: “¡Buenos días, Señor!”. Era una clara alucinación militarista de F.A, quien cerraba los ojos imaginando que estaba ante su tropa. Por lo tanto, llegaba entre 15 o 20 minutos más tarde de lo debido, coleccionando de ese modo un sinnúmero de medias faltas que siempre me dejaban al borde de la expulsión.

Sobre la maldad de F.A hay que añadir una salvedad: de tan malo terminaba pareciendo bueno. Y hasta uno podía llegar a quererlo (por supuesto, nunca llegué a ese nivel, pero conozco mucha gente que lo aprecia). El mecanismo era obvio: uno siempre esperaba lo peor de F.A. Sus aparentes características denotaban autoritarismo, conservadurismo y todos los ismos que quepan y sean anti-izquierdas. Uno esperaba, por “lo que se contaba”, que F.A asesinase a los alumnos que hicieran algo fuera de la pauta (fumar en el baño, tener el pelo largo, mostrar el orto). Pero como esto, evidentemente no estaba permitido, nos conformábamos y en medio de tal contexto formulábamos al unísono, con las preceptoras diminutivas, la siguiente frase: “Y, al final F.A no es tan malo”.

No sé cómo, pero nos habían sugestionado al punto de pensar que podía ser peor.

Para completar la fórmula de la ruina adolescente, mi curso era señalado como el más aburrido de todos. Los demás nos tenían lástima. Y encima nos hicieron estudiar durante tres años la “Ley de Radiodifusión” del “Proceso de Reorganización Nacional”. Hace unos días volví a ver a una compañera y la conclusión (un poco hiperbólica, por cierto) fue que nuestra función en la escuela era ver cómo se divertían los demás. Éramos sólo 4 varones entre 30 chicas peleadas entre sí en facciones de diversas preferencias culturales (en un anticipo profético de las mal llamadas Tribus Urbanas). Hubo algunas fluctuaciones, gente divertida que venía, pero o se iban enfermos de tanto hastío o repetían o desaparecían. No nos fuimos de viaje de egresados, ni organizamos fiesta. ¡Ni siquiera tuvimos campera! No recuerdo un noviazgo entre nadie. Encima me “enamoré” de una mina que tenía novio y me volvió loco, siempre comportándose con una ambigüedad sublime. Ahora, pasados los años, me llama para decirme que tiene hijos. Ya no me produce locura, sino más bien la certeza de que las personas están indefectiblemente chifladas y nuestra tarea en el mundo es llegar a un estadio de chifladura que no nos permita enterarnos de tal cosa.

Finalmente, me encontré con F.A. No se hacía ver demasiado. Su presencia debía estar latente, implícita en las paredes, para lograr mayor efecto. A lo sumo, cuando el recreo terminaba y nos quedábamos hablando más de la cuenta, salía con un silbato y un gorro de cazador (con el mismo piloto largo que usa actualmente), para que entráramos cual jerbos amaestrados. Y es que éramos jerbos amaestrados. No sé si lo del gorro de cazador lo imaginé, pero lo del silbato es real. Muchos lo pueden atestiguar. El temor que inspiraba el anuncio de una visita suya era apoteósico. F.A se convertía en sinónimo de “Juicio Final”. Cada tanto las preceptores informaban sobre una nueva y estricta orden del mandamás. De no cumplirse, ocurrirían eventos atroces. Pero con los días todo se iba desarticulando.

La siniestra táctica era ejercitar la disciplina que inspira el temor.

Y por otro lado, el tipo amaba (y ama) a su escuela y, presumo, la vida de sus alumnos. Probablemente más que a nada en el mundo. Así era F.A, como esos tíos fachos que postulan en la noche navideña, entre garrapiñadas y sidra, “paredón para todo los grones”. Y al mismo tiempo son los mismos que nos hicieron vivir los mejores momentos en nuestra infancia. Hay recovecos, amigos, adonde esa puta sencilla, la ideología, nunca va a poder llegar.

Lo cierto es que ya en tercer año, llegué tarde, muy tarde y con la mala suerte de que F.A moraba por los pasillos. Yo tenía barba y bigotes. El pelo largo. Una remera. Unos pantalones inadecuados (con bolsillos a los costados, eso tampoco se podía). Y sin cuaderno de comunicaciones. Me dejaron esperando solo frente a la dirección (mientras, como dice mi amigo E, “el culo se me llenaba de preguntas”) hasta que salió. Me miró de arriba abajo, como aquella vez en la primera entrevista. Ya no estaba la chica rubia llorando ni yo era el mismo. Incluso mis padres se habían separado y me había llevado educación física. El aire se cortaba con el filo de un cuchillo. Se acercó a mi rostro lo bastante como para perturbarme. Olía a jabón y tabaco. Su cabeza parecía un balón de plomo. Era más bajo que yo, pero se asemejaba a un maldito gigante. Asintió un par de veces en señal de reflexión mientras yo miraba hacia cualquier lugar: la puerta de calle, una maceta con una planta artificial, un cuadro triste con los rostros de los muertos de Malvinas. Pensé que no sobreviviría a ese momento, hasta que pronunció la sentencia: “Alumno, parece un hippie”.

Después dio media vuelta, indicó algunas directivas a una preceptora y volvió al bunker.

viernes, 22 de mayo de 2009

El autobombo never stops!

Andrea Paula Garfunkel, del blog Lo mío es amateur, me pidió un copete (simpática palabra) para uno de sus cuentos. Yo escribí algo, que no sé si es un copete pero que es algo, sin dudas. Aquí mismo pueden leer la reseña y el bello cuento, titulado "Necrológica de una relación". Sayonara.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Doble Post + 3 Descartes

A los dos posts inmediatamente contemporáneos en el espacio temporal (LA REPÚBLICA DE LOS SABIOS, FÓRMULA) agrego otros 3 (EL TIPO DEL MALETÍN , SUEÑOS, VIEJO CARCASSONNE ) que descarté en el último par de años por considerarlos aburridos, monótonos, muy mal escritos, innecesarios, redundantes, artificiales, deleznables, ilegibles. Aquí puede comentar, gracias.

EL TIPO DEL MALETÍN (junio 2008)

Estamos de acuerdo. Ok. No hay que explicar. Esa obsesión por explicar cada cosa que uno escribe y negarse a los delirios semánticos. Como: Artefacto lumínico en la pared verde amengua. O: Caja rectangular de canguros con vincha. O, mejor: Una vez tropezó con la laucha trigueña y salió por la ventana. Estamos en la dictadura de la racionabilidad, no hay dudas. Estas cosas pienso mientras camino. Es viernes. Ah, todo lo que voy a contar es real, pasó fehacientemente hace un par de días. No, en realidad ya es sábado. Habrán pasado 10 o 20 minutos del sábado. En el aire, la humedad poderosa de un día extremadamente lluvioso. Me dirijo a la casa de mi novia, que no es una casa sino un edificio, hecho de varios departamentos. Llovizna: ¿hay alguien que no deteste ver gotas de lluvia en el cabello de los demás? Como sé que debería estar estudiando, planteo mis pensamientos por fuera del objeto de estudio. Lo más lejos que pueda. Pero no quiero que esto se convierta en una narración lineal, razonable y legible. Entonces, nuevamente, practiquemos: fascículo color amarillo manifiesta la inanición indómita. O: Parvas de luz se multiplican en la altiplanicie desnuda. Esto parece una letra de Spinetta. Además, qué ingenuo creer que la escritura automática deba ser anunciada. Sigo caminando. De las enigmáticas tapas circulares que se encuentran en todas las esquinas, salen formas de humo. Cuidado con el perro. En Bolívar y Jujuy. No, en Bolívar y España hay un perro negro que te muerde. Hay que tener cuidado. Pero ya mismo estoy pasando por allí y no está. Ahora, lo predecible: gente que me pide cosas. Yo debo ser el tipo (no en la acepción del término “tipo” como hombre, sino como extracto sociológico) indicado para que desconocidos de la calle le pidan cosas. O le hablen de cosas. O lo confundan con otro. Es muy raro. Yo debo hablar más con gente desconocida de la calle que con gente conocida que veo a menudo. Hasta la esquina de Independencia y Colón (donde en verdad, comienza la historia con el tipo gris y su maletín) me paran, me chistan, me miran, cuatro personajes salidos, respectivamente de: un cuento de Charles Dickens, una novela de Juan Carlos Onetti, una de esas películas objetivistas del cine independiente norteamericano y un cómic de Crumb. Uno me pide monedas. Otro si conozco la dirección de algún “kiosquillo” (esa es la palabra que utiliza) donde vendan “licorillos o cervecillas”. Otro, nuevamente, si no sería tan amable de darle una monedas. Otro simplemente me mira y con un dedo señala su muñeca izquierda. Al primero le digo que no tengo. Al segundo le digo (no sin la estupefacción intrínseca de escuchar a alguien que termina cada palabra con el morfema “illo” o “illa”) que no conozco. Al tercero le doy un peso. Al cuarto, de buena gana le habría dado la hora, pero su actitud arrogante (una actitud en la que-noté-que-él-creía-que-yo estaba obligado a darle la hora) me sugirió esbozar un: “No tengo”. O también podría haberlo dejado pagando. Decirle “si, tengo hora” pero no dársela. Estar en pareja es desactivar una bomba todos los días. Hay veces en que la bomba no es desactivada a tiempo y explota y hay muertos y las plumas de los almohadones vuelan por el living. Cuando camino se me ocurren inicios de relatos que nunca escribo. No sé si les pasará a ustedes.

Antes de llegar a Independencia, dos perros corren hacia mí en dirección contraria. Ladran y de sus hocicos sale una baba blanca que denota rabia o demasiada algarabía. No puedo evitarlo, es un movimiento que dura menos de un segundo: los esquivo, me salgo de la vereda y camino por la calle unos pasos mientras los perros corren por la vereda. En la de enfrente, dos tipos (¿jóvenes?, ¿viejos?, no se ve muy bien, ha comenzado a llover pesadamente), creo, se ríen de mi reacción. Pienso en encararlos y pegarles. Así nomás, pegarles, ¿por qué se tienen que reír de mí?, yo hago esfuerzos para no faltarle el respeto a la gente hilarante que veo por la calle. Pienso también en ir hacia dónde están (en realidad no están en un lugar preciso, a medida que caminan, claro, se van corriendo del lugar en el que yo creo haberlos visto reír) y decirles, sin previa introducción, que ellos también hubiesen reaccionado así. Pienso también en correrlos y asustarlos de alguna manera, no sé cuál. Pienso en gritarles: “¡Yo no me asusté por los perros, simplemente me corrí, hice lo que cualquier hubiese hecho!”. Yo nunca les tuve miedo a los perros. Esas cosas pienso, los tipos ya doblaron por Salta y yo cruzo Independencia (ni un solo auto, ni una sola persona caminando) y me dirijo hasta Colón. Y ahí lo veo (él no me ve, claro, quién sabe qué hubiese hecho en ese caso): un tipo de barba y bigotes, un tipo gris (su piloto es gris, sus pelos son grises, sus ojos tal vez sean grises) que entra en el Colegio de Escribanos. Quiero aclarar que es viernes (en realidad es sábado) por la noche. Viernes, día de esparcimiento, día en el que nadie entra en un Colegio de Escribanos. Viernes, día en el que los hombres grises con maletines no tienen otra cosa que hacer que estar con sus familias (con sus esposas, con sus hijas que deben estar por casarse). O ir a un puterío, quizás, o juntarse en una peña con viejos compañeros de la colimba a recordar el día en que se le escapó un tiro al Chacho Nosécuánto (siempre me llamó la atención cómo la gente que fue al Servicio Militar recuerda las escenas más sórdidas con una sonrisa en la cara), pero (y de eso estamos seguros), nadie un viernes por la noche (es sábado, en realidad), un viernes de llovizna, entra al Colegio de Escribanos. Arbustos y pequeñas paredes de ladrillos a la vista rodean la puerta central de vidrios del Colegio de Escribanos. Todo el edificio está oscuro (es una gran masa kafkiana de burocracia en la más pura de las soledades), menos la entrada principal, donde se nota una luz tenue. No hay sereno, ni algún empleado terminando un trabajo a las apuradas. El tipo gris empuja la primera puerta (la primera puerta de vidrio) y, cuando se va a enfrentar a otra puerta igual, saca una llave y abre. Yo observo todo escondido en un arbusto. No pasa nadie. Antes de perderse en los recovecos del Colegio de Escribanos, el tipo gris mira atrás y un poco se vuelve. Sí, quizás me haya visto. Pero decide llevar a cabo su complot. Porque es claro que todo lo que va a realizar (a ejecutar) ese hombre gris, que todo lo que puede hacer un hombre gris un viernes (un sábado, en realidad) de llovizna en el edificio inescrutable y oscuro del Colegio de Escribanos, es el punto final de una memorable serie de conspiraciones, de transacciones enigmáticas que prefiguran El Complot. Y tengo malas noticias porque ese complot, sin dudas, nos arruinará aún más la vida a cada uno de nosotros. Y soy yo, justamente yo (¿por qué yo?) quien debe evitar ese complot, quien debe introducirse en el Colegio de Escribanos, interrumpir al hombre gris, desactivar El Complot. Entonces, sin mirar atrás, sin pensarlo, paso las dos puertas (el hombre gris ha dejado abierta la segunda) e ingreso al inescrutable complejo donde se trama El Complot que el hombre gris llevará hasta su punto más álgido. ¿Cuánta gente habrá matado el hombre gris hasta llegar a ésta, la noche final? ¿Cuántos años de trabajo conspirativo arruinaré al interrumpir su tarea? Lo que lleva en su maletín, sin dudas, es la fortuna, la fortuna que debe entregarle al Jefe y el Jefe se encuentra en el más alto piso del Colegio de Escribanos. Lo espera quizás tomando coñac. El sonido maquinal del tubo fluorescente me inquieta. Comienzo a subir las escaleras. Observo las oficinas y entreveo: 1) la tristeza que poseen las cosas cuando al ser abandonadas por los individuos y 2) el discurso subliminal del Complot, que decodifico en los papeles, en la posición de las biromes, nada está allí por casualidad. Recuerdo gestos ambiguos, frases que nunca logré comprender, omisiones, aquel día en que me crucé cuatro veces con la misma mujer, todo forma parte de la trama secreta. Pero no debo distraerme, el hombre gris está por finalizar su plan implacable, la serie de conspiraciones llega a su fin y en ella, ocurrirá la prosperidad de unos pocos (sin dudas, la del Jefe, quizás no la del hombre gris, a quien el Jefe matará una vez asido el maletín) y la perdición de todos. Si, el Jefe matará al hombre gris. La misión que se me ha encomendado (pienso que la conspiración también presuponía la presencia de un transeúnte lúcido enterado en el acto del Complot) es convencer al hombre gris para no entregar el maletín, para avisarle que el Jefe piensa matarlo. Pero de seguro el hombre gris me preguntará qué jefe, qué conspiración, qué plan mortal.
-Si lo único que tengo en este maletín –dirá, abriéndolo- es esto.
Un arma. Debo decirlo: nunca antes había visto un revólver. Es negro, parece pesarle en las manos, brilla en la tenue oscuridad. Debo decirlo: me he equivocado, tal vez el hombre gris va a matar al Jefe. O quizás se enfrentarán en un duelo del que la crónica policial nada informará.
-Ahora debería matarte.
-Prefiero estar muerto antes que vivir en un mundo preso de la Conspiración.
El hombre lanza una risita, apenas audible. “Qué solemne”, murmura.
-¿Alguna pregunta, algún deseo antes de despedirte?
-Quiero saber la historia, la historia de la conspiración.
-Es muy larga para contar un viernes por la noche. Sólo te puedo decir que todo es una gran farsa: presidentes, dirigentes, actores, conflictos, guerras. Nuestras vidas, tal como las concebimos, no existen, somos el sueño del sueño de un psicópata que jamás nunca vamos a conocer. Cada una de las entidades que forma parte de lo que vos creés es la realidad es una más de las puestas en escenas que trama la Conspiración. Todos los años, en una habitación inasible, los Jefes se juntan a jugar al Poker, quien gana, será el dueño del mundo por un año. Pero los demás Jefes no se contentan y quieren arruinarle el Plan al Jefe supremo. Por eso yo acá con este maletín, entre las sombras.
-¿Quiénes son los Jefes?
-No son muchos, ni siquiera puedo decirte quiénes son. Tal vez el que dentro de unos minutos voy a encontrar subiendo por estas escaleras y espera en su oficina tomando alcohol es un Jefe apócrifo, de los tantos que pululan en el mundo. Tal vez yo sea el Jefe.
-¿Cuál es el fin del Complot?
-Dominar al mundo a través de una cadena incesante de distracciones. Todo es tramado, incluso los temas profundos que parecen superar a los frívolos, incluso la idea de la Conspiración, incluso la idea de que la Conspiración es una fábula creada por paranoicos, incluso los perros que acabás de cruzar y los personajes que te han pedido monedas, incluso esta esquina desierta de Mar del Plata por la que sólo vos caminabas, incluso vos y yo en este viernes lluvioso.
-¿Con qué fin?, ¿para qué?
-Para que la verdad nunca se sepa.
-¿Y cuál es la verdad?
-¿La verdad? Es mejor que no la conozcas- dijo el hombre, con el dedo índice en el gatillo.
De pronto, la lluvia se detiene. Veo, desde la vereda, que el hombre gris se sienta en un mísero banquito desplegable y abre su maletín. De su interior, saca un diario y lee, pacientemente, uno de los suplementos. Es el de Deportes de Popular porque en la contratapa alcanzo a divisar las formas exuberantes de una muchacha. Mejor camino por Colón, pienso, mi novia debe estar preocupada.