Black Swan. He aquí la historia de una bailarina (Natalie Portman) que debe protagonizar El lago de los cisnes y se vuelve loca. Pero los fantasmas que la atormentan (su propia imagen duplicada en un Otro siniestro) no son los de Scooby Doo, sino los de su sexualidad irresuelta. Estamos ante una extraordinaria película de terror sexual que, por momentos, parece guionada por el loco Altthuser de El porvenir es largo. Más allá de la efectividad de las diferentes partes en las que se introducen elementos fantásticos (espejos con vida propia, fotografías en movimiento, metamorfosis corporales), la escena memorable de Black Swan es cuando Nina se masturba en su habitación y abruptamente se detiene al advertir la presencia del Aparato Ideológico del Estado: su madre. Horror cotidiano. La neutralización del placer físico que sufre Nina se explicita en el contrapunto con su Némesis, Lily. Aronofsky acierta y elige para interpretar ese papel a Mila Kunis, alguien a quien el Indio Solari llamaría "una tipa rapaz", de ésas que provocan envidia en las mujeres porque a pesar de no ser perfectas, en un pestañeo, le pueden cooptar el novio a cualquiera. Con solo una noche de rave, pastillas y lesbianismo onírico, Lily se las arregla para mostrarle a Nina el lado oscuro de la luna. La tensión estética entre la belleza castrada de Nina y el erotismo puro y duro de Lily (Apolo y Dionisio siempre vuelven) se desarrolla en un crescendo dramático. Por otro lado, a pesar de su sordidez, el tono opaco y la ausencia axiomática de humor, Black Swan es una película hermosa que corre el riesgo pero jamás se pierde en el delirio sin ton ni son. El final sugiere toda una ética de vida y, contra todos los pronósticos, le sale muy bien, algo que en tiempos en los que impera el insufrible relativismo de una era en la que nadie se juega por nada, ya es demasiado.
Inception. La imagen duplicada de la ciudad ya es un hito del cine contemporáneo y plantea un inédito link hacia una posible versión digital de Xul Solar. Pero lo más interesante es que los laberintos arquitectónicos, a su vez, tienen su correlato en los laberintos cerebrales. Porque (al igual que Shutter Island, que también tuvo a Di Caprio como protagonista el año pasado), Inception es una película sobre el poder de la mente: basta con que algo "ocurra" allí para que se nos escape la tortuga. Así lo prueban el comportamiento de los participantes de Gran Hermano, el baile de Thom Yorke y las estadísticas sobre el consumo de Rivotril. Los dramas existenciales que nos acosan (la angustia, la depresión, los celos, los prejuicios) más que consecuencia de hechos comprobables, son obra y gracia del estado de nuestro trip en el bocho. En un discurso de graduación, el escritor norteamericano David Foster Wallace recordaba, con respecto a la mente, un dicho que señala que ésta puede ser un excelente siervo y, a su vez, un amo muy tirano. Para rematar su observación, comentaba:
"No es coincidencia que los adultos que cometen suicidio casi siempre lo hacen disparándose en la cabeza. Matan al terrible amo, y la verdad es que la mayoría de estos suicidas ya estaban muertos mucho antes de jalar el gatillo".
Lo mejor de todo es que Foster Wallace terminó colgado en una viga de su casa, pero ésa es otra historia. En fin, a diferencia de pretenciosos engendros del Mal como Mr. Nobody, aquí la pirotecnia visual y la idea de entrar en los sueños de los demás son el anzuelo tras el cual se esconde una profunda reflexión sobre las relaciones humanas. El vínculo de Dom Cobb y su esposa dice que primero debemos dejar ir a las personas y luego a los recuerdos que tenemos de esas personas. En caso contrario estamos condenados a ser estatuas de sal. Como "Naranjo en flor" pero con efectos especiales. La verdad es que cualquiera sabe que la mejor ciencia ficción no ocurre en los viajes intergalácticos, sino en las resonancias emocionales que activan los latidos del corazón.
127 Hours. "Estoy bien metido en esta mierda" dice Aron (James Franco), al promediar 127 Hours, atrapado entre una grieta y una roca en un cañón de Utah. Más o menos lo mismo que el protagonista podría afirmar el espectador al asistir a lo que, hasta allí, parece la película favorita de un oyente de Metro: música estridente y monótona, una cámara vertiginosa que le debe más al video-clip que al cine, un personaje principal omnipotente al borde del estereotipo. Pero después, milagrosamente, todo confluye en una historia de superación personal, de ésas que, aunque nos cueste reconocerlo, tanto nos gustan a los espíritus sensibles. Siempre es interesante ver cómo carajo se las arregla el hombre cuando está más solo que Kung Fu en el desierto. En realidad Danny Boyle nos hace tragar esa introducción insufrible porque sabe que tiene el swing necesario para alternar escatología (Aron bebe orina, se corta el antebrazo) con flashbacks lagrimógenos (los recuerdos familiares y afectivos del alpinista) que nos dejarán al borde del coma emocional. El epílogo es prácticamente orgásmico en su cóctel de aventura, viaje iniciático y moralina barata (hay que amar a los padres, hay que ser buenos con nuestras novias, hay que avisar adonde vamos antes de irnos). Podría decir de este film lo mismo que del peronismo o el rock o el amor: no sé si es bueno, pero funciona.