sábado, 14 de julio de 2018

This is estar en el horno




1- Cuando empecé el Secundario, en 1998, el rock ya empezaba a perder cierto predominio como banda de sonido de la vida adolescente. De esta forma, incluso formando parte de tribus diferentes, quienes escuchábamos rock, sólo por oposición a la dictadura de la cumbia y el pop, estábamos condenados a una amistad que duraría hasta el momento en el que alguno repitiera, dejara la escuela o fuera expulsado. Este tipo de cruces impredecibles ampliaba el gusto del joven fan de rock de fines de siglo pasado. 

2- En el curso había dos que escuchaban ñu metal y se vestían como los músicos de Korn. También los infaltables fanáticos de los Redondos y de Flema. Otro que no escuchaba hip hop pero tenía una estética hiphopera lo que ya era bastante y lo hacía merecedor de nuestra simpatía. Estaban también los típicos fans del heavy, con sus remeras negras de Metallica, que lucían incluso poniéndoselas por arriba de buzos y pulóveres.

3- Yo formaba parte de un pequeño grupo anacrónico y algo vilipendiado: por influencia familiar, nos gustaba el viejo rock nacional. Pero más allá de Charly y Spinetta tendía más hacia lo que se denominaba rock alternativo, indie, cheto si querés: Peligrosos Gorriones, El otro yo, Juana La Loca, Santos Inocentes, Babasónicos. Quien obturara esta predilección era el compañero de curso rolinga, que me decía “puto” por escuchar a Cerati (eran las épocas de Bocanada). Obviamente todo era dicho en el marco del bardeo incesante de las crueles amistades adolescentes. No recuerdo qué le contestaba yo pero probablemente sea mejor que no lo recuerde. El rolinga (así le decíamos) iba vestido siempre, bajo el calor de noviembre o la lluvia helada de junio, con un pañuelo al cuello, una campera de jean y una remera de Viejas Locas con el ojo irritado y la chala.        

4- Gracias a estos tipos que como buenos amigos de la Secundaria nunca volví a ver en mi vida (a excepción de protocolares encuentros por la calle en los que la omnipresencia del pasado funcionó como una carga difícil de soportar) mi acercamiento al rock fue menos polarizado y con los años pude entender que si un artista conmueve a una persona yo no soy nadie para decirle que no lo debe escuchar. Esto parece una boludez pero por paradojal que suene el rock forma personas que pueden saber quiénes son Frank Zappa y Rimbaud pero que suelen hacer gala de un prejuicio casi fascista hacia cualquier manifestación musical que no les agrade. Yo fui una de esas personas y a veces todavía lo soy.     

5- Así fue que el crisol de razas de la escuela pública argentina me permitió escuchar a Babasóncos y a Viejas Locas cuando hacer las dos cosas a la vez era por lo menos raro o poco habitual. Por eso cuando en algún Quilmes o Pepsi Rock Dargelos y Pity hicieron una versión de “Patinador sagrado” (con la intro del estribillo de “Rezo por vos”) sentí que no estaba equivocado. Toda mi hermosa, horrible, estúpida y sensible adolescencia estaba ahí.

6- Pity sintetizaba cierta metabolización creativa del resentimiento propio de quienes nacimos en barrios con calles de piedra y no fuimos a escuelas privadas (“Lo artesanal”) con el carisma necesario para enternecer a nuestras abuelas. Era un Jesucristo rolinga cuyo look conformaba un estereotipo barrial reconocible que marcó época. Un fucking icono. Recuerdo una serie de Polka en la que Mariano Martínez se vestía como él.

7- Las líricas de los tres primeros discos de Viejas Locas remiten a la trilogía básica: sexo, droga y rock and roll. “A nadie importa si yo cuido mi flor, yo la protejo contra el viento, la riego un poco y la pongo al sol, y con su fruto intoxicado estoy”. “La lancha para y vos con la cosa encima”. “Eva no te vayas con Adán, Eva, mi serpiente vale más”. Esta monotonía temática se veía interrumpida por verdaderas joyas como “Chico de ciudad oculta”, “Cuando ya a nadie le importe”, “El árbol de la vida” o ese himno de la clase trabajadora argentina llamado “Homero”. En el video de “La ciudad de la furia”, diez años atrás, se utilizaba el blanco y negro para captar una imagen estilizada del centro de Buenos Aires y la soledad existencial de sus habitantes. En “Homero” el blanco y negro remitía a la estética del Nuevo Cine Argentino de los 90 y la postal retrataba la vida cotidiana de un barrio de clase baja. Los dos videos y las dos canciones son aguafuertes porteñas pero la de Pity ya se corre a la periferia. Este movimiento generó una reacción clasista contra el rock barrial. Hay cosas que para entenderlas tenés que ejercer la empatía o haberlas vivido. “Homero” es un filtro.

8- Terminado el ciclo de Viejas Locas (“agotado” sería el término exacto), Pity formó Intoxicados. Profundizó su gusto por las baladas (“Se fue al cielo”, “Nunca quise”, “No tengo ganas”, "Don Electrón") y asimiló el estilo cancionero de Andrés Calamaro, que participó en el tema “Fuego”, un clásico instantáneo, uno de los últimos hits del rock argentino que atravesó todas las radios (cuando sonar en la radio era importante) y citaba “Pecados para dos” de Virus. En los discos del grupo hay guiños a ACDC, Pink Floyd (escuchar “Felicidad depresión”, el “Brain damage” de Pity), el hip hop, la música electrónica, el reggae, el funk. “Otro día en el Planeta Tierra” (2005) fue el momento de máximo esplendor creativo de Pity, lo que se vio traducido en una gran popularidad que lo convirtió en un personaje de orden televisivo. Pity comiendo hongos, Pity hablando de sus problemas con la pasta base, Pity dándole mensajes a la Humanidad tirado en el piso, Pity con una remera que decía “This is estar en el horno”, Pity, en fin.

9- El tema “Transan” sonó alguna vez en un capítulo de CSI Miami. Pity se apropiaba de las líricas gangsta del hip hop y en sus canciones cada vez había más “fierros”. En algún momento los “fierros” se trasladaron de su poética a sus manos. Empezó un crescendo policial que incluyó robos a remises, denuncias por violencia de género, tiroteos. En vez de Daniel Riera o Pablo Strozza, a Pity ya lo analizaba Chiche Gelblung.

10- Como muchos le perdí el rastro musical a Pity cuando Intoxicados editó El exilio de las especies (2008), cuarto y último disco de la banda, de tipo conceptual, algo errático, con un par de buenos temas (ahora recuerdo el desgarro de “Quien soy”) y cuyo corte fue “Pila pila”, probablemente unas de las peores canciones que compuso Pity Álvarez en su vida.

11- El regreso de Viejas Locas en 2009 fue un movimiento regresivo porque no continuó con la búsqueda de Intoxicados sino que retomó casi en forma literal el rocanrol de las primeras épocas de Viejas Locas, algo inesperado si se tenía en cuenta la amplitud creativa de Pity. Las canciones del único disco que rubrica este regreso (Contra la pared, 2011) son elocuentes en este sentido. Ninguna se convirtió en un hit o un himno clandestino, más bien pasaron desapercibidas.

12- Las personas atormentadas transforman sus demonios internos en poemas, cuentos, pinturas, muebles, pulseras o collares. De esta forma el ser humano sublima sus incontables mierdas y zafa de la cárcel o un hospital psiquiátrico. No puede ser casual que el declive personal de Pity haya estado asociado a una época (casi diez años) en la que no sacó discos ni canciones y sus recitales en vivo se hicieron cada vez más ocasionales y problemáticos. En mayo de este año fue al programa de Bebe Contempomi en Radio Mega para aclarar lo que había ocurrido, según su punto de vista, en el show suspendido de Viejas Locas en Tucumán. Ahí presentó un tema nuevo llamado “Te entiendo”, un regreso agónico a las baladas calamarescas que lo hicieron famoso en Intoxicados.  Es necesario aclarar que mucho antes de la confesión del asesinato que hoy espanta a los mismos medios que alentaron la conversión de Jekyll en Hyde (nunca jamás vi en televisión abierta que se hable de su música) Pity se había ganado el cariño del público no por fumar pasta base sino por hacer canciones sencillas y conmovedoras. El problema de quienes ven en la admiración hacia Pity una apología de la autodestrucción argentina es que llegaron primero al personaje mediático y después a su obra. O tal vez no sepan conmoverse con una canción. 



martes, 29 de mayo de 2018

Instrucciones para subir un Philip Roth




Cortázar podría hacer un cuento corto y surrealista en la senda de “Instrucciones para cuando muere un autor que no leíste”. Yo no. 

El motivo del texto no deja de ser dramático: días atrás murió Philip Roth y yo nunca lo había leído. Supongo que debe ser peor para la familia y para sus lectores pero siendo yo un sujeto ajeno a Roth lo que me apenó es no poder participar, siquiera virtual o mentalmente, en la frecuencia de las personas que lo leyeron y por su muerte viven sumidas en un momento de profunda conexión cósmica no exenta de cierta superioridad moral que otorga haber leído a un muerto en una sociedad de vivos. Como verán, esto se trata de uno. Así de individualista me está volviendo el neoliberalismo. En realidad yo era así antes del neoliberalismo pero ¿cuándo empezó el neoliberalismo? ¿Y cuándo terminó? ¿Y cuándo empezó de nuevo? Supongo que ahí se esconden, agazapados, los grandes secretos de la Patria pero no es de eso que quiero hablar.  

A continuación paso a someterme al Tribunal de mi mente:

-Hace unos años te compraste El lamento de Portnoy, ¿por qué no lo leíste?
-Lo empecé una vez…
-¿Lo empecé una vez y qué? ¿Cuántas veces te dije que no dejes libros por la mitad o, lo que es peor, en la página 18? ¿Qué tenés en contra de Philip Roth? ¿Es por qué es judío? Maldito antisemita.
-Yo no soy antisemita, eso sí, condeno a Israel por las bombas a Palestina.
-¿Sos antisionista? 
-Creo que no.  
-No sabés un carajo entonces. No tenés la más puta idea, te prendés a la postura que te parecería bien si el tema te importara pero no te importa, sino te interesarías. 
-En fin. Había un blog que se llamaba El lamento de Portnoy. Yo leía ese blog entonces cuando vi un libro llamado El lamento de Portnoy me lo compré. Ni sabía que era de Philip Roth, sabía que era una novela pero no de él.
-Bueno, ya entendimos. Quiero que esta misma noche lo leas.
-...
-Bueno, entonces leé el otro.
-¿Cuál otro?
-No te hagas el boludo, turrito, tenés un libro de Philip Roth de conversaciones con escritores. Si, ya sé que no conocés ni a la mitad y por eso nunca lo leíste pero estás en falta, así que leé ese libro de mierda y cerrá la boca.

El Tribunal de mi mente se comporta con un nivel de violencia que sólo alcanzaría un personaje de Scorsese que leyó a Roberto Arlt y a mí me gustan los libros de entrevistas. Por ejemplo el libro de Nando Varela Pagliaro, Sólo se trata de escribir. Por ejemplo ese de Caja Negra de Ballard. Por ejemplo el libro de conversaciones entre Pablo Silva Olazabal con Levrero. O Crítica y ficción de Piglia. O Borges verbal, Borges oral y no descarto que haya algún Borges bucal por ahí. Pero El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, el de Roth, que recuerda desde su título no sólo lo difícil que es ponerle título a un libro sino lo difícil que es traducir un título, nunca me había llamado la atención. El severo y polémico Tribunal de mi mente está en lo cierto cuando dice que vi la lista de autores y sólo conocía a tres: Primo Levi, Kundera y Saul Bellow. Así que en estos días leí esos tres reportajes (no el de Bellow) y partes de los demás (muy pequeñas y aleatorias) y me di cuenta (en realidad percibí) que el libro es muy bueno, sólo que toca un tema que desconozco pero que a partir de ahora me interesa. ¿Cuál es ese tema? Si hubiese leído el libro entero lo sabría, de eso estoy seguro. Por ahora lo atrapante es que Roth entrevista a algunos escritores europeos y es incómodo leer cómo interactúan los yanquis con los intelectuales de los países comunistas o ex comunistas, por más disidentes que sean hay una zona de la conversación que consiste en no decir lo más importante.

En el libro Roth charla con un escritor checo llamado Klíma. Roth le pregunta a Klíma por qué no quieren a Kundera y sobre Havel, el presidente que estuvo antes, durante y después de la transición. La entrevista es de 1990 y el comunismo está retrocediendo. Roth habla de Havel con cierta distancia irónica: "Tuvo que haber mucha gente que lo considerara un verdadero fastidio o un chiflado". Klíma lo conoce y lo defiende. Dice que Havel era un referente del teatro del absurdo. ¿El Klíma será como el de Mar del Plata? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que dice dos cosas. Una que el 2 de agosto de 1914 Kafka anotó en su diario:

“Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación”.

La frase es tan buena que ni hace falta interpretarla. Tal vez esa frase sea un clásico en el mundo de los estudiosos de los diarios de Kafka. Tal vez se reúnan en bares y digan: "¿Te acordás cuando Franz igualó la guerra con la natación?". Porque los tipos están verdaderamente sumergidos en los diarios de Kafka y hablan de lo que se cuenta ahí como si lo hubieran visto. 

Después Roth se pone un poco condescendiente (aunque aclara que no quiere parecerlo). El tono con el que Roth trata a Klíma en un principio es chocante. Y justamente es chocante porque no es condescendiente: le pregunta todo aquello que importa sin ninguna clase de filtro. Para hacerlo a veces recurre a una posición paternalista de la que es consciente y que no le genera el menor conflicto, incluso frente a Primo Levi, que era gerente de una fábrica de pinturas, dato con el que Roth está fascinado y con el que el lector queda fascinado gracias a la fascinación de Roth. Pero ¿quién es ese lector? Al final Roth le dice a Klíma que no se emocione mucho con la libertad post Caída del Muro de Berlín porque ahora los escritores van a dejar de vivir de subsidios para enfrentar las leyes del mercado y que, además, en las sociedades capitalistas/liberales existe algo que le quita lectores a la literatura: “la televisión comercial”. Por la introducción que hace creí que iba a hablar sobre extraterrestres. Y entonces (porque todo este párrafo concluye en esta nimiedad) nuestro amigo Klíma dice (copio la respuesta desde el principio para que se note cierto fastidio y no hago alusión al "fastidio" como algo necesariamente malo para la entrevista, casi diría todo lo contrario): 

“Como alguien que, al fin y al cabo, ha vivido cierto tiempo en Estados Unidos y cuyas obras llevan veinte años publicándose en Occidente, soy consciente del “peligro” que la sociedad libre y, más aún, los mecanismos del mercado, suponen para la cultura. Soy consciente, por supuesto, de que casi todo el mundo prefiere cualquier basura a Cortázar o Hrabal".    

Yo no sabía que los checos leían a Cortázar. Tampoco sé si lo que dijo un escritor checo en 1990 puede tomarse como una muestra real sobre autores que se leen en la República Checa. De hecho en ese momento todavía era Checoslovaquía.

miércoles, 23 de mayo de 2018

El libro negro de la tercera tiranía


1- Cuanto mayor es el tamaño de la biblioteca mayor es el vacío. A veces me paro adelante de mi biblioteca y digo: ¡Qué vacío! Y no uno al horno con papas. Al horno con papas estamos nosotres (yo no sabía que un día la "e" me iba hacer extrañar la "x", yo no sabía que Marcos Peña me iba hacer extrañar a Alberto Fernández, yo no sabía que Sampaoli me iba hacer extrañar a Martino; yo no sabía un carajo en conclusión).

2- Acumular libros que no vamos a leer, estar pendiente del último disco de Arctic Monkeys, mirar un documental sobre Osho, emocionarse por el line up de un festival hipster, discutir sobre si Armani o Romero es una forma capitalista de vivir porque impide que hagamos el amor, la revolución o las dos cosas juntas. 

3- En mi postura de progre culposo de clase media la única revolución posible es una en la que terminaría fusilado aunque lo más probable sería que ni se enteren de que existo porque estoy durmiendo la siesta. En el amor más o menos lo mismo. 

4- En nuestra mejores fantasías de progres culposos de clase media quisiéramos que los males del gobierno de Macri nos alcancen hasta destrozarnos, como a los tipos que vemos todos los días pidiendo comida en la calle, pero no: de otro modo no podríamos estar viendo y sublimando una serie distópica sobre mujeres fértiles apropiadas por personas muy similares a los líderes de Cambiemos. De otro modo no usaríamos pantalones rotos que otra gente se rompe porque está trabajando en una obra en construcción. Aclaro que yo nunca usé pantalones rotos, que Maradona baila cada vez mejor (su cadera se acerca cada vez más al piso) y que no sé qué estoy escribiendo.

5- Hace poco me di cuenta que desde que asumió Macri fui descartando "lujos", como cuando en una película un grupo de sobrevivientes tira cosas del bote que los aleja de la isla y los acerca a la civilización: saqué el cable, dejé de comprarme tres libros (usados) por semana, dejé de comprarme ropa. ¿Pero de qué isla me estoy alejando? ¿Y dónde queda la civilización? O sea que el gobierno de Macri es como un gran dominó en el que vemos cómo los que están atrás van cayendo mientras miramos Netflix. Y eso que en los años K yo ni viajé al Norte, como hicieron todos. Yo soy spinetteano entonces fui al norte de nada. Si todo sigue así en dos años voy a estar viviendo en la Plaza Rocha, la misma en la que me compré la mayor parte de los libros que tengo acá. Por ejemplo El libro negro de la segunda tiranía, la biblia de los gorilas.

6-  La primera tiranía, por supuesto, fue la de Rosas. Es curioso, por no decir peligroso, que las ideas de este libro confeccionado por el aparato ideológico de la Revolución Libertadora hoy estén de moda nuevamente.

7- Cuando asumió Néstor Kirchner yo tenía 18 años y mi ideología consistía en estar en la vereda opuesta del ñu metal. Esos eran mis principios, por eso me cayeron bien Los Strokes, a pesar de su apariencia de niños lindos y ricos. Todavía no sabía, aunque lo intuía mientras me bajaba la discografía entera de Frank Zappa en la casa de mi hermana que tenía Internet, que los gobiernos instalan una línea ideológica a la que una masa dubitativa se pliega para darle sentido a su vida. Hoy, no entiendo bien por qué, los chicos volvieron a usar remeras largas como los de Limp Bizkit. 

8- Durante el kirchnerato, como dice Nelson Castro y nadie más, personas que hasta hace unos días o ese mismo día querían ver muertos a todos los negros del país, utilizando bombas en lugares cerrados, se conmovían con Televisión por la Identidad. Hoy esa misma gente dice que hay que hay que achicar el gasto público, que el problema del país son los sindicatos, que hay que despedir a miles de empleados del Estado. Todo lo que no entienden es "de peronchos". Se generó una nueva hegemonía cool que como toda hegemonía cool no entiende nada según mi punto de vista o entiende mucho y yo no me di cuenta. Pero ¿qué es la gente? Qué carajo sé lo que es la gente, usted señalemelo. Ah: nuevamente habría que matar a los negros pero se esperan soluciones finales más sofisticadas que una bomba. De la cámara de gas a la boleta del gas. De Sarmiento a la boleta de gas, diría David Viñas. 

9- Los economistas que aparecen en la tele son la confirmación del fracaso de la política. Una bandita indie de La Plata (así se llaman, abuele) escribe un tema llamado "Javier Milei el último punk" y yo compruebo que soy viejo porque por primera vez en mi vida no me doy cuenta si la letra de una canción de rock es paródica o no y si no es paródica paso a enojarme con la juventud de manera indefectible. ¿Volverá el rock a sorprendernos sin recurrir a las denuncias por abuso? Ayer lo vi a Cristian Aldana en Clarín y parecía Charles Manson.

10- Volviendo al Libro negro de la segunda tiranía: se encargaban, entre otras cosas, de escrachar cómo habían crecido los patrimonios de los funcionarios del 43 a la fecha, eran el PPT de la época. Cámpora, según ellos y por ejemplo, entró con 30.000 pesos y salió con 2 millones. Roberto Santoro, un poeta desaparecido que escribía atravesado por su conciencia social pero sin recurrir a la cámara lenta y la música emotiva de fondo, decía:

el país está hecho mierda
¿quién lo desmierdará?
el que lo desmierde
buen desenmierdador será.  

martes, 30 de enero de 2018

Green eyes


Compré Deshoras a ocho pesos en una librería que ya no existe y quedaba justo en el medio de la galería San Martín.

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

El local de la librería era muy luminoso. A veces afuera ubicaban mesitas con pilas de libros. Predominaba literatura argentina de la década del 60 y el 70. Tal vez lo idealizo. Seguro lo idealizo pero para mí, ahora mismo, mientras escribo, tenían toda la colección de Jorge Álvarez.

Compré Deshoras en el verano del 2003, cuando tuve mi segundo o tercer trabajo de temporada. Me pagaban ciento cincuenta pesos por semana y los gastaba en libros, cds y un trago denominado Séptimo Regimiento, el hidromiel para los jóvenes losers de clase trabajadora argentina de todas las épocas, cuyo único sentido era tomarlo de un saque y quedar completamente intoxicado. 

Además de Deshoras ese verano me compré A Rush of Blood To the Head, de Coldplay. Así que la lectura de Deshoras para mí está asociada a Coldplay, que en ese momento era la banda del momento, la banda de la que los críticos de rock hablaban bien aunque hoy nadie lo confiese y que de alguna manera significaba un antídoto cancionero para quienes no estábamos muy entusiasmados con el rumbo excesivamente avant garde que había tomado Radiohead. 

El tema que más me gustaba del disco de Coldplay no fue alguno de los muchos hits sino “Green eyes”, un tema religioso pero no religioso como deben ser los temas de rock, es decir, místicos, esotéricos, espirituales, eróticos, sino un tema que se podría cantar en una iglesia sin ninguna clase de problemas. Es similar a "Songbird", de Oasis, ese del video en que aparecía Liam cantando en un gran parque, otro tema simple e inolvidable.  

¿Pero por qué estoy escribiendo sobre Deshoras y qué tiene que ver Coldplay? Porque llegué a un punto de conflicto con un texto, no se me ocurría cómo seguirlo y para distraerme releí un par de cuentos de Deshoras que me llevaron directamente a todo eso que acabo de contar. Después de varios libros de cuentos que no están a la altura Deshoras es un buen adiós. Cortázar repunta antes de morir. En cuanto a la galería San Martín: podría hacer este tipo de mierdas autorreferenciales sobre todos los libros que tengo. Los libros dicen muchas cosas. A veces encuentro boletos de colectivo, calendarios del 2008 con osos cursis que dicen “Te amo”, hojas secas, una vaquita de San Antonio petrificada, tickets de estaciones de servicio, papelitos con anotaciones propias o ajenas, dedicatorias, recortes de diarios, números de teléfono.

Deshoras le rompí el lomo y varias fajas de hojas están desprendidas. Lo destrocé. Desconfío de la gente que trata con mucho cuidado a sus libros. La gente que trata con mucho cuidado a sus libros, decía mi abuelo, trata con poco cuidado a las personas. Mentira, lo digo yo, se me acaba de ocurrir.  

Tampoco es que no cuido los libros, no soy de los desprendidos cool que hacen una apología de regalar sus libros, porque no les importan, porque están más allá de todo. Ni ahí. A excepción de amigos ni siquiera los presto, no soy de esos que recién te conocen y te prestan un libro. También desconfío de estas personas: son personas que quieren que les debas algo. También hay formas sutiles y perfectas a través de las que uno puede prestar un libro, me refiero a cuando en vez de prestarlo, te lo encajan. Lo que significa: tomá este libro, tomá mis frustraciones, tomá mi vacío existencial, tomá la Nada, tomá la Muerte. Tal vez esté exagerando.   
  
La cuestión es que leía “Segundo viaje”, uno de los cuentos de Deshoras, sobre un boxeador malísimo que de repente es poseído por una entidad inexplicable y empieza a ganar peleas y nadie entiende nada. Siempre que leo, en algún momento de la lectura y esto me pasa desde que tengo ocho años, me pregunto: ¿habrá alguien en el mundo en este mismo instante que esté leyendo lo mismo que yo? No me refiero al mismo libro, ni siquiera al mismo cuento o al mismo poema o al mismo ensayo, sino a las mismas oraciones, las mismas palabras, las mismas letras. Ayer tuve la certeza de que era la única persona en todo el mundo que estaba leyendo Deshoras.     

martes, 16 de enero de 2018

En diagonal


No sé antes, pero en los 90 El Gráfico salía los martes. A Mar del Plata tal vez llegaba los miércoles. Salía tres con noventa o cuatro con cincuenta. Mi viejo no la compraba todas las semanas pero cada tanto la traía y la sacaba de adentro de su campera como un mago que saca una paloma del sombrero o de dónde sea que los magos sacan palomas. Lo hacía para mí, porque yo tenía siete u ocho años y en vez de jugar al fútbol, leía sobre fútbol, lo que explica las mejores y las peores cosas de mi vida.  

Lo que más me gustaba de El Gráfico era la fragancia que despedían sus páginas. El olor, bah. El olor a tinta de los diarios y las revistas es algo que las nuevas generaciones no van a conocer. En la era digital esto suena a nostalgia berreta pero la verdad es que ese olor era casi una droga.

En ese tiempo El Gráfico era totalmente oficialista. Cada tanto aparecían notas a Menem. Menem gritando goles de River. Menem jugando al básquet. Menem con Passarella. Y recuerdo una encuesta entre jugadores antes de la reelección del 95 en la que, por supuesto, ganaba Menem.

Otra cosa que recuerdo es las reseñas de los partidos. Todas juntas, uno al lado del otro, en dos páginas sucesivas. Reseñaban partidos como si fueran discos de rock. Un Mandiyú vs. Platense como si fuera Alta Suciedad. Los calificativos eran algo así como “Mediocre”, “Discreto”, “Muy bueno”, “Excelente”. Debo decir que en ese momento si me hubiesen preguntado qué querés ser cuando seas grande no hubiese dicho astronauta o jugador de fútbol sino “Reseñador de partidos de fútbol de El Gráfico”.     

Después no sé qué pasó con El Gráfico, empezó a salir en forma mensual, cambió el logo y la textura del papel, pero en su momento era obligatorio comprárselo cuando River ganaba un campeonato o cuando a Maradona le pasaba algo conflictivo o la Selección perdía cinco a cero con Colombia. Tal vez ya a fines de los 90, con los canales de cable, ni siquiera Internet, el concepto de El Gráfico era algo antiguo. Creo que lo mató Olé, que cuando salió costaba cuarenta centavos y los sábados venía con la revista Mística, que traía notas desacartonadas a Ángel Cappa y posters de chicas que indefectiblemente estaban en tanga.

Siempre me quedó esa fascinación un poco idiota por El Gráfico pero no sé adónde habrán ido a parar los que coleccioné en los 90, deben estar en la casa de mis viejos, con las Conozca Más y Muy Interesante que me pasaba un tío. Repito que todo esto parece demasiado nostálgico y tal vez lo sea. Incluso alguna vez fui al Parque Rivadavia y me compré El Gráfico de la chilena de Enzo.

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. No sé tampoco muy bien qué significaba eso de ir en diagonal, supongo que es como cortar camino, como cuando convertimos cuatro cuadras en dos cruzando por el medio de una plaza, como cuando salimos de un pozo por el lado menos pensado, pero yo interpreté la idea en forma existencial, y tal vez ése era el sentido de la nota, que en la vida hay que ir en diagonal.


Cuando una charla se pone un poco filosófica yo suelo decir esto y todos se quedan callados. Cada uno la entiende como quiere. Eso es lo bueno de la frase. Hagan la prueba y díganlo: “En la vida hay que ir en diagonal”. Sayonara.  

miércoles, 27 de diciembre de 2017

2017


Enero 


Lo más interesante de Barton Fink es que, casi sin querer (porque la historia termina convirtiéndose en un thriller lisérgico), aborda todas las pequeñas y estúpidas épicas del escritor en formación: el miedo a venderse a una corporación que no lo representa en absoluto; el miedo a venderse a una estética que no lo representa en absoluto; la relación tensa con la industria; la relación tensa con los colegas de su generación; la relación tensa con los colegas de otras generaciones; la relación tensa o inexistente con la crítica; el vínculo desigual e incómodo con el hombre común (es decir, todos aquellos que no son escritores y que Barton, en apariencia, supo representar en sus obras neoyorquinas); la habitación de Hotel como espacio idealizado donde sucede la ceremonia secreta del artista; el pánico ante la inminencia del bloqueo creativo; la lucha contra el bloqueo creativo ya desatado; el pánico a no estar a la altura de un nuevo proyecto; la disyuntiva entre seguir una fórmula y seguir el instinto; la necesaria y forzada convivencia (por momentos connivencia) con mediadores que deforman y cauterizan el texto; la oposición vida/literatura; la sensación de irrealidad, no exenta de paranoias y delirios persecutorios, que rodea a todo aquel que escribe (trabajar con materiales abstractos, es decir, inexistentes, es decir, que no se pueden tocar, genera una atmósfera extraña); la posibilidad o realidad de ser un fraude; el penoso vínculo con el dinero; el amor (sublimado en la figura de la mujer, la del cuadro o la de otro tipo) como única salvación de un mundo opresivo y monótono que el propio escritor se ha encargado de construir; el penoso vínculo con el mundo.   


En cuanto a sus canciones canónicas (“Cosmik Debris”, “I'm the Slim”, “Don't eat the yellow snok/Nanook rubs it”, “Camarillo Brillo”; bueno, las del compilado de Rosso) están de uno y a otro lado del filo del millón de reproducciones, lo que revela por qué la mayor parte de los fans de Zappa son pelados o se están por morir o son Pettinato. No sería raro que si cada vez nos cuesta más leer el Ulises de Joyce o Guerra y Paz de Tolstoi (dijo el mosquito), a las nuevas generaciones les cueste cada vez más escuchar un disco entero de Frank Zappa. De ese nivel de dificultad hablamos. Bueno, tal vez esté exagerando: Joyce no era tan ambicioso como Zappa.


-Entonces empecé a escuchar a Carole King, a ver videos. Es la de "Jazzman".
-¿El tema que canta Lisa cuando muere o se está por morir o conoce a Encías Sangrantes?
-Exactamente el que cantan cuando se encuentran en el Hospital y al final del capítulo cuando muere y aparece en la nube.
-Yo me confundía con "Baker Street".
-Sí, ese parece un solo de saxo de un tema de Los Redondos. La cosa es que me fui yendo hacia Joni Mitchell, Dusty Springfield y caí en Janis Joplin. ¿A vos te gusta Janis Joplin?
-Nunca la escuché con detenimiento pero no hace ni falta.
-¿Eso es a favor?
-Si, no de su música, en tanto organismo vivo que necesita que lo escuchen para retroalimentarse aunque tengo entendido que la música no es un organismo que necesita retroalimentarse, sino a ella como personalidad de la cultura rock. Es una de las Jesucristo del rock and roll.
-Ella, Jimi Hendrix y Jim Morrison.
-Igual el Jesucristo del rock, del rock como cultura, es Lennon.
-Es el único hippie con consenso. Charly debería ser así.
-No es así porque está vivo. Si Charly se hubiese muerto en el 96 este país hoy se llamaría "Anhedonia".

Febrero 


Con respecto a la melodía y a la letra no son pocos los que han comentado que al minuto de escuchar “La máquina de ser feliz” ya estaban tarareando o silbando el tema. Y eso siempre es bueno si se trata de García. Se trata de una versión muy libre de “Miracle of love” de Eurythmics. Más que de un cover se puede tratar de una canción inspirada en otra (su cadencia, su delicadeza, la sensación de cámara lenta). “Hay tanta gente sola/ Hoy tanta gente llora” son versos simples, es cierto, pero no deberían escandalizar a quienes escucharon “Nace una flor, todos los días sale el sol” o “De tanto darte amor te hice feliz”. Dejen que García se exprese y probablemente con el tiempo se sientan expresados a través de él. 


Una cosa más: me encanta cuando llueve en las canciones de Spinetta.


Eso de que "la vida sigue" es verdad pero a veces estoy fumando y mientras miro por la ventana cómo los turistas intentan escapar de la lluvia me acuerdo del revólver. No podría explicar exactamente la sensación pero es parecido a ser una piedra en el mar o un cartel de Stop en una ruta vacía. Supongo que desde cierto punto de vista guardar un secreto durante tantos años es emocionante y siniestro a la vez.  


Lo que encontré es un libro estilo ladrillo con sus cuatro novelas: El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas y El amor brujo. El prólogo lo escribe David Viñas. Por supuesto lo primero que hace es relacionar a Arlt con Sarmiento. Si David Viñas viviera estaría escribiendo un libro llamado De Sarmiento a Macri. (Casualmente Los siete locos también se llama el programa en el que Viñas realiza un monólogo de una brillantez extrema y violenta).

Marzo 


La esencia del discurso hegemónico de los medios y las redes sociales parece hallarse en una necesidad imperiosa para señalar culpables. Como sabemos, juzgar a los demás es la mejor manera que tenemos de no hacernos cargo de nada y dormir tranquilos. Incluso sentimientos tan profundos como la tristeza por una tragedia tan dolorosa son desactivados en el afán de encontrar a los culpables y arrojarlos al cadalso mediático.  


Charly, no sin su habitual cuota de clasismo (¡incluso varias veces habló de la tan odiada "meritocracia"!), alguna vez se refirió a la buena educación de su público en comparación con el de otros artistas. Ese prejuicio hacia el Otro, por supuesto, no es patrimonio exclusivo de Charly (2) sino de buena parte de la opinión pública del rock argentino, que, si es necesario, de un sábado a un domingo te replica la bajada de línea de un Fantino o un Baby Etchecopar sin sonrojarse. El desprecio con el que hoy se está hablando del público del Indio Solari en los medios revela una lamentable falta de empatía y la confusión semántica de que el "marginado" en realidad es "marginal". Habría que ver televisión sabiendo que toda confusión semántica conlleva una elección ideológica.


El tratamiento mediático del tema "piquetes" es elocuente. Desde los medios hegemónicos existe una clara proyección en la que los piqueteros serían "los dueños de la calle" y el resto de la sociedad sus rehenes. No escuché todavía decir que las personas que cortan las calles generalmente no cuentan con ninguno de los signos de pertenencia que nos hacen formar parte de determinado status social (autos, casas, trabajo).

Abril


-¿Pogo? Qué asco. Mucha represión psicológica, sin ninguna vía de expresión sana, cuya conclusión es gente golpeándose y frotándose entre sí por no animarse a decir "te amo".
-Pará Rolón. Yo conocí gente valiosa en medio de un pogo.
-Ser adulto es empezar a ver los recitales cada vez más atrás. Hasta que los ves desde atrás de un monitor en streaming.
-Yo no los veo ni en streaming. Y es cierto, no podés ver el rock desde afuera, automáticamente te parece una pelotudez. 
-Recuerdo ese momento en el que todos se pararon y lo único que pensé es “¿para qué mierda vine?”. Ahí es cuando tenés que empezar a escuchar jazz o Piazzolla.
-Ahí te bajás todos los discos de Herbie Hancock. 
-Y los escuchás tomando un Dadá. Y te querés pegar un tiro en las bolas pero no las encontrás.

Mayo


En el imaginario colectivo se comenta que Macri ganó por dos cuestiones:

1- Para transferirle a los ricos y a los fachos lo que tenían los pobres y los progres; 2- Para que el rock argentino vuelva a tener sentido.

Todo no se puede.


-Hay tres maneras conocidas de saber sobre fútbol. Una es haber jugado bien y mirar el partido como hacen Latorre o mi amigo Lucas. Ellos saben cuándo un jugador ocupa el espacio equivocado, cuándo un técnico acierta con un cambio antes de que se produzca, miran un tiro de esquina y te marcan quién tiene más posibilidades de hacer un gol. Eso no se adquiere, para tenerlo tenés que haber estado adentro de una cancha y entender qué mierda estaba pasando. Yo siempre que jugué al fútbol me sentí en una película de David Fincher, todo iba a mucho velocidad y cada vez que la tocaba (cosa que no pasaba muy seguido porque los que saben jugar al fútbol también saben distinguir al que no sabe jugar al fútbol y no se la pasan) me sentía desbordado por la situación y cuando me quería dar cuenta un rival se dirigía hacia el arco con pelota dominada.
-Qué vida horrible.

Junio


Otra de Alfonsín: igual de mítica, revelada por Duhalde tal vez en el afán de acallar versiones de pactos y conspiraciones siniestras, en el 2001, cuando todo explotaba Alfonsín lo llama y le dice: “¿Vos también vas a sacar el culo de la jeringa?”. En fin, Macri por ahora no pudo capitalizar en forma positiva lo negativo. Sacó el culo de la jeringa. Simplemente se dedicó a ubicar al Gato en el rincón más oscuro del sótano, como hacemos con fantasmas que no sabemos si los inventamos o en realidad existen.  


-No sé, fue en el 2002. Recuerdo flashes. Mucho respeto por Spinetta que por supuesto no tocó un solo tema rockero a excepción de "Ana no duerme", a la que le infiltraba una parte rapeada para que canten sus hijos. Recuerdo una spinetteana que estaba por ahí, sola, treintañera, con una mochila grande en la que yo creía que se encontraban todos los misterios del mundo femenino. Un auténtico "Bolsodios". Todo esto me lo decía Pergolini en mi mente pero con la prosa poética de Kevin, creciendo con amor. Y había un tipo que creo que ahora escrachan por Facebook pero que en ese momento no sabíamos que podía llegar a ser interpretado como un acosador. Hablaba con unas minas y les contaba que Aquelarre era una banda llena de pelados. Y las minas decían "Ah, mirá vos". No tenían idea de qué era Aquelarre.  
-Qué recuerdos raros tenés vos. 
-Si, es que eso del rock and roll le mete a uno muchas cosas raras en la cabeza.

Julio


 ¡De hecho ahora hay hinchas que se filman a sí mismos mirando partidos y lo suben a Youtube! El resultado es espeluznante. Tipos gritando, insultando, sacando a relucir los peores prejuicios que activa el fútbol (xenofobia, homofobia, exitismo, machismo) como si putear a un arquero se tratara de un hecho estético. Ya creer que el fútbol es una de las bellas artes siempre me pareció un exceso. Ahora parecería que ser hincha también lo es.


Una vez le pregunté a mi viejo para qué veía Tiempo Nuevo si odiaba a Bernardo Neustadt. Para putearlo, me contestó. Yo tenía 8 o 9 años y no entendí. El otro día intenté ver el inicio de Periodismo para Todos y me acordé de esa escena noventosa.  


En otro capítulo una familia estaba encerrada en su casa pero no porque del otro lado hubiese ladrillos sino porque se acercaba un gran monstruo. Al parecer todo en esta serie tenía que ver con el encierro. Tapiaban las puertas y las ventanas y se reunían alrededor de la mesa y comían a la luz de unas velas y nadie decía nada sobre el monstruo que estaba por llegar pero se escuchaba un murmullo en la noche, un murmullo cada vez más cercano, que podía ser la respiración del monstruo, o el aleteo del monstruo. Tal vez había más de un monstruo. Lo único que sé es que el éxito de ese capítulo estaba basado en no mostrar el monstruo. "Si usted quiere asustar, no muestre al monstruo". Es un buen consejo para directores de películas de terror.  

Agosto


El problema es cuando no hay nada que hacer. Recuerdo otro trabajo en el que cuando no había nada que hacer, el encargado, temeroso de que el jefe nos viera, imploraba: "hagan que están haciendo algo". Era un caso laboral heterodoxo, como esa película de Lars Von Trier, una de las pocas en la que los personajes no se amputan extremidades ni se hacen pasar por retrasados mentales. En esa película, un tipo no soporta ser el jefe de una oficina y contrata a un actor para que desempeñe ese rol. Y después el actor contrata a otro, porque tampoco lo soporta.


La confusión entre “politizar” y “partidizar” a esta altura ya es consuetudinaria pero no por eso menos dolorosa. En principio nada puede ser politizado porque todo es político pero en caso de que haya resquicios de la vida humana que queden por fuera de lo político, ¿cómo si no es a través de lo político que debe asimilarse el caso de una persona que desaparece en medio de una represión de Gendarmería? ¿Qué disciplina debería hacerse cargo? ¿La gastronomía? ¿El ballet? ¿Animales Sueltos?

Septiembre


Una escena de treinta y cinco segundos de En la boca del miedo, de John Carpenter, emerge como breve comentario de la teoría que adjudica a la historia argentina una dinámica circular (David Viñas decía que para salir de ese circulo había que hacer un triángulo). En ella, el personaje de Sam Neill (un detective contratado para buscar a un escritor perdido) se encuentra en medio de un callejón y observa como un tipo es descuartizado por una turba de zombies armados de hachas. Cuando se da vuelta un policía-zombie está por pegarle un garrotazo hasta que se despierta en su sillón y dice las palabras mágicas: “Fue sólo un sueño”. En las películas de terror esta frase determina la situación antagónica: cuando mira hacia la derecha tiene al policía zombie sentado al lado. Y se despierta otra vez. Así en loop hasta el infinito.      


A no ser que uno sea hijo del Marqués de Sade generalmente se llega a ese cuento después de leer a Sabato y a Cortázar, sin saber que alguien puede escribir de esa manera. De hecho después de ese cuento no se sabe bien qué pasó en la literatura argentina. Osvaldo Lamborghini les dio a los escritores argentinos licencia para matar pero nadie volvió a matar como él. 

Octubre


Otro mito de It es el de la posibilidad de que, por una vez, funcione la contraofensiva, que aquellos traumas no resueltos en el pasado sean vengados en el presente de una manera definitiva y grandilocuente. Las reuniones de ex compañeros de primaria se pusieron de moda otra vez gracias a Facebook pero tengo entendido que más allá de conversar con gente con la que no tenés nada que ver nadie pudo derrotar a los payasos asesinos que los mortificaron en la larga noche de la infancia. Generalmente en el infierno no se puede solucionar lo que no pudiste resolver en la Tierra.


Al mismo tiempo, el realismo mágico fascista (y berreta) que parece predominar en el actual zeitgeist argentino también habla de “cuerpo plantado” pero por organizaciones mapuche-kirchneristas que con el objetivo de sacar un rédito partidario habrían planeado asesinar a un mochilero… Versiones de este tipo, cuya sola mención sugiere cierta perversión mental, son las que se oyen mayoritariamente en taxis, sobremesas familiares y tweets del país. A la vez, en su típica declamación despótica, en voz alta, en tono de verdad revelada, delatan al que no está de acuerdo.

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jueves, 19 de octubre de 2017

Santiago Maldonado


Detrás de la teoría del “cuerpo plantado” subyace el lugar común, no por eso menos cierto, de la Argentina como país necrófilo en el que los cadáveres son portadores de mensajes políticos concretos pero cuya significado varía de acuerdo a la ideología de quien lo interpreta. No hace falta ser perito para sospechar de la ubicación y la fecha en que se halló el cuerpo del río Chubut. Que el DNI en el bolsillo sea un dato que en vez de aclarar oscurece es elocuente en este sentido. Como en la bibliografía básica sobre el relato policial el crimen, una vez más, le saca la ficha a la subjetividad de una época.

(Tal vez el símbolo de esta antología histórica de cadáveres perlongheanos se encuentre en el intercambio Evita/Aramburu entre Montoneros y el Ejército, episodio famoso pero no del todo dimensionado en su carácter emblemático).  

Al mismo tiempo, el realismo mágico fascista (y berreta) que parece predominar en el actual zeitgeist argentino también habla de “cuerpo plantado” pero por organizaciones mapuche-kirchneristas que con el objetivo de sacar un rédito partidario habrían planeado asesinar a un mochilero… Versiones de este tipo, cuya sola mención sugiere cierta perversión mental, son las que se oyen mayoritariamente en taxis, sobremesas familiares y tweets del país. A la vez, en su típica declamación despótica, en voz alta, en tono de verdad revelada, delatan al que no está de acuerdo.

La analogía Maldonado/Walt Disney, que con forzada inocencia fue calificada como un exabrupto, no debería ser entendida como un simple comentario de Carrió sino como el emergente de una cosmovisión que el domingo próximo, salvo un milagro, será ratificada en las urnas. Más que un distanciamiento con el electorado cautivo, como algunos se apresuraron a señalar, el “exabrupto” tal vez signifique un afianzamiento. La oposición al macrismo (que no se agota sólo en el kirchnerismo, como quieren hacer creer los medios) sigue pensando la coyuntura en base a expresiones de deseo sin saber realmente a qué se está enfrentando: un sector de la sociedad cuyos valores e ideales son diametralmente opuestos a los propios. De otro modo no se entienden los chistes sobre Maldonado, las fotografías del cuerpo viralizadas en grupos de WhatsApp, los “Me divierte” en Facebook ante las notas que registran el minuto a minuto del caso. En fin: la crueldad.

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“Historia de la guerra sucia en la Argentina” es el título de un texto que Rodolfo Walsh escribió a pocos meses de comenzada la última dictadura, una especie de mini Operación Masacre pero en tiempo real que circuló por razones obvias en forma clandestina y que probablemente no tuvo mayor repercusión  por el grado de resonancia histórica que alcanzó su posterior “Carta abierta a la Junta Militar” de marzo de 1977. En este texto Walsh describía detalladamente métodos, internas, víctimas y responsables de la represión que se estaba llevando a cabo. Trazar un vínculo lineal entre la dictadura y la actualidad es por lo menos irresponsable, acaso un signo de mal gusto que banaliza el genocidio, pero no por eso deben subestimarse como sobre-interpretaciones ciertas continuidades subterráneas (y no tanto) en el accionar de las fuerzas represivas del Estado. Hoy no puede dejar de ser inquietante que Walsh comience su “Historia” refiriéndose a “los cadáveres de tres hombres jóvenes, maniatados y mutilados” que el 6 de septiembre de 1976 (cuando se cumplían 46 años del golpe de Uriburu) “el río de La Plata arrojó sobre las costas uruguayas”.


“Usualmente sólo flotan cuerpos a esta hora” cantó Spinetta para cerrar con un anticlímax brutal su “Resumen porteño”. “Los cadáveres se guardan o se esconden en el río” afirmaba Páez en “La casa desaparecida”. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Eso eso eso

En 1980 Charly García se preguntaba por qué olvidamos y volvemos a amar. Aunque no sea el caso, se trata de una nueva versión del libro, no de la miniserie, con It podemos hacernos (casi) la misma pregunta: ¿por qué olvidamos y vemos la remake? Mejor volver a ver el original.

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Como otras ficciones de Stephen King llevadas a la pantalla a través del cine o la tv, It alimenta una concepción falsa de la infancia consistente en creer que los perdedores sociales (el tartamudo, el gay, la mujer sumisa, el gordo, el negro, el judío, el pelirrojo gracioso) forman grupos de amigos cuya fortaleza termina por destruir los ataques recibidos, ya sea por parte de la pandilla que hace bulliyng o de los monstruos que te asesinan. En la vida real los que se unen son los fuertes, los populares, los lindos, los caretas hijos de yuta que no te invitan a sus cumpleaños pero procuran decir adelante tuyo qué día y a qué hora es el asalto. Los losers, salvo rarísimas y honrosas excepciones, están condenados a sentarse solos adelante de todo, exponiéndose, en una actitud estoica y a la vez masoquista, a la permanente lluvia de papeles mojados con saliva que salen a toda velocidad de peligrosas silbatanas, mientras sus orejas se hacen cada vez más grandes y rojas.    

Otro mito de It es el de la posibilidad de que, por una vez, funcione la contraofensiva, que aquellos traumas no resueltos en el pasado sean vengados en el presente de una manera definitiva y grandilocuente. Las reuniones de ex compañeros de primaria se pusieron de moda otra vez gracias a Facebook pero tengo entendido que más allá de conversar con gente con la que no tenés nada que ver nadie pudo derrotar a los payasos asesinos que los mortificaron en la larga noche de la infancia. Generalmente en el infierno no se puede solucionar lo que no pudiste resolver en la Tierra.

Es decir que más allá del regodeo morboso en el payaso asesino también regresamos a It porque nos propone, al menos en el terreno de la fantasía, lo que ningún psicólogo podrá lograr: cerrar el círculo, vislumbrar de cerca la épica/ de la justicia poética.

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A la distancia, la miniserie de 1990 (inmortalizada en un VHS doble que nos hizo creer no sólo que era una película sino La Película) no gana por puntos sino por el nocaut de algunas escenas emblemáticas, de una efectividad demoledora. El payaso, cual Durán Barba, ofreciendo un globo amarillo a un niño en medio de la lluvia. El payaso saliendo del desagüe de la ducha. El payaso animando fotografías. El payaso tragándose por un tubo a un rude boy. Imágenes con la fuerza de un cross a la mandíbula que sólo pueden compararse con el terror que produce la parálisis del sueño, esas visiones alucinadas que se desarrollan cuando nuestra mente está consciente, el cuerpo no responde y sentimos, vemos u oímos algo que no puede estar sucediendo a no ser que estemos completamente locos. Eso es It en la vida real. Eso es eso.   

Tampoco debería dejarse de lado otro detalle terrorífico, algo silenciado por sus implicancias, y es la configuración “humana” que subyace detrás del personaje de Pennywise: el color amarillento de los dientes, la calvicie, las arrugas, sus movimientos de fantoche, como un rockero glam del Tercer Mundo. Pennywise es un tipo que acecha niños y los atrae hacia lugares solitarios (un sótano, los márgenes de un parque, una esquina perdida en un día de lluvia). O directamente se filtra en el baño o la habitación. Profana situaciones de intimidad y después asesina. Nada que no leamos en los policiales del diario. Como sucede siempre, los villanos sobrenaturales del terror replican en forma de alegoría o metáfora los miedos de la vida cotidiana.   
  
Como un todo, It es de una linealidad narrativa didáctica (en los flashbacks los personajes adultos recuerdan sus encuentros con el payaso en la niñez a través de tics gestuales) y abunda en escenas cursis, empalagosas, de un romanticismo que bordea la comicidad involuntaria. El Club de los perdedores funciona en 1960, una época idealizada en el imaginario yanqui por su presunto carácter pre-ideológico, cuando el rock y las drogas todavía no habían separado a los padres de los hijos, antes de Vietnam y del Verano del Amor, del asesinato de Kennedy. Cuando los 60 todavía eran los 50. En ese punto It le pincha el globo al Sueño Americano señalando al núcleo familiar (repleto de padres maltratadores, ausentes o muertos en Corea) como parte indivisible del crimen. Más allá de las escenas que nos condenaron a correr la cortina de la ducha más de lo que podemos reconocer en público, en realidad lo ominoso de It es el clima familiar opresivo, la alianza implícita entre los padres y el monstruo. Tal vez no nos dio tanto miedo It -que termina siendo una araña gigante ridícula a la que, como si fuera un chiste, terminan cagando a patadas un comediante, una diseñadora, un escritor y un arquitecto- sino los padres de los chicos que bailaron el pogo del payaso asesino, que preferían callarse la boca mientras se ensuciaban las manos con la sangre que emanaba de la pileta del baño o de viejos álbumes de fotos.    

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A los nacidos en los 80 nuestros padres nos prohibieron muchas cosas. Algunas son tradicionales, otras responden al espíritu de la época. A saber: probar drogas, ir al mar sin hacer la digestión, servirnos más de dos vasos de Coca Cola en la casa de nuestros tíos, seguir jugando al Family Game cuando se ponía caliente, aceptar caramelos de desconocidos, mirar Peor es nada, meternos los dedos en la nariz, rascarnos los genitales en público, eructar, hablar con la boca llena, señalar freaks, refregarnos los ojos cuando teníamos conjuntivitis, ir en bici más allá de la 47. Sin embargo hay algo que no entiendo: ¿cómo nos dejaron ver una película sobre un payaso que asesina niños cuando teníamos menos de diez años? Me dan ganas de no devolver los tuppers. 

sábado, 23 de septiembre de 2017

El equipo proletario


“Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada”. Así empieza “El niño proletario”, cuento de  Osvaldo Lamborghini que ejerce una fascinación terrible desde la primera vez que se lo lee. Relata la violación seguida de muerte de un niño de clase trabajadora por parte de tres fantoches de la alta burguesía argentina y al tiempo que establece una denuncia sobre las injusticias del sistema también expresa un regodeo morboso en su funcionamiento. A no ser que uno sea hijo del Marqués de Sade generalmente se llega a ese cuento después de leer a Sabato y a Cortázar, sin saber que alguien puede escribir de esa manera. De hecho después de ese cuento no se sabe bien qué pasó en la literatura argentina. Osvaldo Lamborghini les dio a los escritores argentinos licencia para matar pero nadie volvió a matar como él. 

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Desde la noche del jueves algo me hace ruido con respecto a la histórica goleada 8 a 0 que River Plate le propinó a Jorge Wilstermann, un equipo de Bolivia que había ganado la ida 3 a 0 y se preparaba para vivir su momento de gloria. En todo esto, por supuesto, el fútbol queda en segundo plano, lo peligroso es lo que genera bajo el eufemismo del "folclore". Es ahí donde conexiones aparentemente trasnochadas pueden tener sentido. 

Como si fuera una premonición, antes de que comience el encuentro, un grupo de barras de River le había desfigurado la cara a un par de hinchas del Wilstermann, noticia que tuvo una repercusión casi nula para la gravedad del caso. Además, en la semana se había difundido un video en el que antes de salir a jugar el partido en Cochabamba los jugadores locales se arengaban entre ellos definiendo a los argentinos como “gauchos de mierda”, definición inocente, casi risible para los niveles de desprecio que existen en la sociedad argentina hacia la comunidad boliviana, que sin embargo propagó un sinnúmero de reacciones, en el sentido ideológico de la palabra, no sólo de parte de los hinchas de River sino de los argentinos en general. 

“Bostero, bostero, bostero/ Bostero no te lo digo más/ Andate a vivir a Bolivia/ Toda tu familia está allá”. Es pertinente recordar este cántico de aliento riverplantense, hoy prohibido, del que sólo transcribo un fragmento para no abundar en detalles, como forma de terminar de configurar el mapa psicológico instalado en las horas previas al partido. En un sentido simbólico, no muy difícil de interpretar, cuando River se enfrenta a un equipo boliviano (o paraguayo) el significado implícito es, por un lado, que está jugando también contra Boca y, por otro, que Argentina, cual Norteamerica del Sur, se enfrenta a sus vecinos "inferiores". Después el argentino medio, que cree pertenecer a una raza superior, viaja a España y se enoja porque le dicen "sudaca"... 

“RIVER PLATE 8 VS WILSTERMAN 0 - VIOLACION EN LA COPA LIBERTADORES - VUELTA – AUDIO” es el título de un video de Youtube. Un periodista partidario de River vomitó: “Lloran los bolivianos de Cochabamba (…) Lloran los bolivianos del barrio de La Boca”. A confesión de partes, relevo de pruebas. Sería obtuso indicar que la xenofobia sólo involucra a River, amplios sectores de la sociedad y del fútbol argentino en particular la ejercen con orgullo, lo que es ineludible es que River es el Club que más ha profundizado en ella. 

Que quede claro: no estoy diciendo que Enzo Pérez corrió sesenta metros pasando rivales como si fueran infinitos carteles que no dicen nada con el deseo manifiesto de estigmatizar un país o porque leyó a Lamborghini pero lo cierto es que la trascendencia social del fútbol lo asemeja a la continuación de la política por otros medios. A mucha gente le resulta más interesante saber qué hace el presidente de Afa que el de la Argentina. El fútbol entonces actúa no sólo como factor de distracción sino también como sustitución de lo que realmente debería importar. Nada de lo que estoy diciendo es nuevo, lo que me parece extraño es que por ser viejo no se diga más seguido.


En fin. Soy hincha de River pero no me deja de incomodar su rama clasista, el vínculo directo que el Club ha mantenido por siempre con la tradición más conservadora del país. El 8 a 0 destapó nuevamente la cloaca. A la vez también me incomoda señalarlo, lo que confirma que para el hincha de River se trata de un tema tabú, como si nuestro Súper Yo nos fuera a reprimir por decirlo en voz alta, como si por decirlo fuésemos menos hinchas que aquellos que naturalizan o subestiman este tipo de comportamientos. En este plano subrayar las estrategias geniales de Gallardo, los cinco goles de Scocco y el Monumental repleto es por demás anecdótico al lado de lo que este cóctel explosivo produce en la psiquis de ciertas personas: ¿no será hora de que emerja en el imaginario riverplatense un nuevo estereotipo de hincha? La única manera de inventarlo es que quienes lo somos no nos hagamos los boludos. Ustedes saben: el que calla otorga.