domingo, 4 de noviembre de 2018

Apocalipsis en el “VAR”



1) El hincha cree que no arriesgar posibles resultados es signo de racionalidad. Todo lo contrario: es indicio de esoterismo. En realidad cree que un vaticinio positivo incidirá en el partido de manera negativa, confiere a su palabra un estatuto mágico-religioso, como en la Antigua Grecia. Si dice que gana Boca y es boquense, temerá que por su culpa gane River y viceversa. El hincha autoconsciente siempre dirá lo contrario a lo que realmente desea que vaya a suceder.

2) El endiosamiento de Gallardo por parte de los hinchas de River es entendible y justificado: personifica en sí mismo la resurrección de una identidad amenazada. Que los medios repliquen ese endiosamiento, aún sin ser partidarios, es sospechoso. ¿Por qué lo hacen? Les gusta elevar el plato lo más alto posible de modo tal que el balazo que lo convertirá en esquirlas sea lo suficientemente espectacular. (Dinámica similar se da en la difusión de encuestas que dan como ganadora a Cristina desde medios antikirchneristas: preparan el terreno para una victoria épica del oficialismo).

3) El Boca de Guillermo salió campeón un par de veces y le ganó por el torneo local a River en el Monumental en otras tantas ocasiones, pero recibe críticas impiadosas de parte de sus hinchas. El excesivo fastidio por la forma en que arma el equipo es el eufemismo para no decir en voz alta lo que les causa pavor: la supremacía del River de Gallardo condiciona cualquiera de sus triunfos. La final supone la revancha perfecta a los últimos años de sinsabores como así también su reverso: la comprobación de un paradigma en declive que caducó definitivamente.

4) La ausencia de algún factor que resignifique la derrota (a excepción que se repita en la posteridad, hecho improbable) sostiene el dramatismo apocalíptico que rodea a la serie. El discurso de los memes, artefactos de sentido que dan cuenta de cómo asimila la época la subjetividad imperante, entiende la serie como una hipótesis del fin del mundo. Para River es, por un lado, el innecesario plebiscito de la era Gallardo (atravesada por triunfos históricos sobre el clásico rival) y, por otro, el escenario utópico, tantas veces soñado: la posibilidad tangible de un partido con la carga simbólica necesaria para relativizar el paso por la B de una vez por todas.

5) El River vs. Boca de marzo fue promocionado como “el partido del siglo”. ¿Por qué un partido sería el más importante de un siglo al que le restan ochenta y dos años? La serie ida y vuelta que se viene, al haberse gastado apresuradamente el siglo, es ahora “la más importante de la historia”. Definir de antemano un hecho futuro es lo propio de la era (series, discos y películas son geniales antes de salir). La grandilocuencia de los títulos quita verosimilitud al evento. ¿Por qué? Porque se le asigna a su resultado un poder totalizador. No se define sólo el ganador de la Copa Libertadores, sino quién es el mejor equipo de la historia del fútbol argentino. En ese contexto el presidente Macri impulsa, desde twitter, la idea de que se juegue con visitantes. Cualquier hecho de violencia se le adjudicará entonces a la notable inoperancia de su gestión. Después, como acostumbra, da marcha atrás. Otra perla en el collar de la ideología GIF. Corolario: el tweet de Macri, además de una estrategia de distracción del plano económico/social y una ridícula efusión de demagogia, es el pedido desesperado de su inconsciente para que su mandato sea interrumpido de una vez por todas.  

6) El fútbol replica los modos de la política y se judicializa. Las chicanas entre hinchas de River y Boca ya no son por victorias o derrotas en partidos, sino por la capacidad de negociación de sus dirigentes en la Conmebol: cuántas fechas suspendieron a Gallardo, cuántas a Boca después del gas pimienta, etc. Esta triste modalidad se complementa con la creación del VAR, un mecanismo de control que sostiene la demanda televisiva de que árbitros o jueces de líneas puedan asimilar el juego no en su velocidad real, sino en cámara lenta. El fútbol ya no sucede en una cancha, sino en un monitor de características cercanas al panóptico. Se le quita entonces al fútbol la imperfección, la espontaneidad, lo azaroso, en conclusión: la humanidad. El resultado es que los partidos de fútbol se han vuelto más aburridos, artificiales y grotescos: los jugadores exacerban su tendencia a la protesta y la teatralización (se los obliga, incluso, a reclamar las faltas); los árbitros han ganado una centralidad que va en desmedro de los verdaderos protagonistas; los relatores y comentaristas profundizan su gusto por la sobre-interpretación. Lo inquietante es la docilidad con que los hinchas han sido convencidos de que este nuevo deporte sigue siendo el fútbol.   


jueves, 1 de noviembre de 2018

Media hora de escritura automática sobre Gustavo Cerati



Es verdad eso que dice Gustavo Cerati de que cuando uno no ama, compra. Pero ¿qué pasa cuando uno no ama pero no tiene plata para comprar? Ahí está el límite de la cosmovisión de Cerati.  

Yo pensaba que Fukuyama podía llegar a tener un póster de Cerati. Por eso de Siempre es hoy. Su reverso es “Ahora es nunca”, de Amor Amarillo. Podemos decir que Cerati manejaba muy bien los adverbios de tiempo. 

El día que cumplí 11 años me levanté y al lado del café con leche mi vieja me había dejado un regalo. Era una bolsita de Musimundo, cuyo contenido era el casette de Sueño Stereo, disco que había salido pocos meses atrás, después de un periodo en que la banda amagó con separarse por primera vez. Soda había entrado en crisis desde principios de los 90. Como esas parejas que no se separan de una noche a la otra, sino que vienen arrastrando problemas a la vista de todos sus conocidos.  Los parlantes de la tapa de Sueño Stereo son muy parecidos a los del video de "The universal", de Blur. No sé qué habrá salido antes y qué después. 

Por esa época me compré mi primer libro sobre rock. Era, claro, sobre Soda Stereo, La Historia, de Guillermo y Martín Cuccioletta. El libro tiene una reseña de cada disco, las letras de las canciones, una cronología con alusiones a las presentaciones en vivo y apartados escritos desde la perspectiva de un fan. Y también hay muchas declaraciones, principalmente de Cerati. Cerati es un hábil declarante de rock. Por ejemplo, Cerati diciendo que lo de Kurt Cobain le pegó duró. No pudo ser REM, dice Cerati. Se lo lee consubstanciado con la tragedia. Él también se siente un Kurt, un Michael Stipe. Él sabe que pertenece a esa estirpe.

A partir de Rex Mix Soda dejó de ocupar el lugar de privilegio que tuvo durante buena parte de los 80. Me refiero a la respuesta del público masivo. El que no necesariamente es público de rock. Soda eligió, como describía Cerati (autoconsciente total) correrse del centro. No ir tan seguido a lo de Susana. ¿No hay en ese movimiento de Cerati un resguardo de lógica genial? Cerati, en algún momento, decidió no ser Charly. Lo cierto es que ese momento donde la estrella masiva empezó a dejar de brillar no corresponde, como sucede a casi todas las bandas, con una suerte de decadencia estética. Cerati editó sus mejores discos durante esa etapa. Lo que va de Dynamo Bocanada. Percibir ese cambio del Cerati de los 80 con el de los 90 es glorioso. La voz le cambia. Había algo demasiado épico en ese tono de “Prófugos”. Una sobreactuación estilo Bunbury si se quiere. En los 80 canta como un duro. En los 90 como si estuviera en ácido.

Cuando Cerati cayó enfermo en Venezuela, Spinetta le escribió un poema al que, la verdad, nunca le quise prestar atención. Creí que no era necesario leer algo tan íntimo. Porque supuse que Spinetta no iba a escribir cualquier cosa. Y que esa “cualquier cosa” me emocionaría o algo así. Y no quise leerlo. Pero ahora lo leí. Conclusión: hay que leerlo más allá de las palabras cargadas de amor y veneración con que Spinetta prácticamente bendice a Cerati. Spinetta, cual Papa Francisco, escribe una carta pública. El Indio Solari también escribió cartas públicas. Charly también escribió cartas públicas. ¿Qué mierda está queriendo decir que los rockeros se comuniquen con la sociedad vía carta? ¿Son fanáticos del código postal? ¿Qué carajo está pasando? ¿Tiene que ver Macri en todo esto?

En fin. En esa carta Spinetta da en el clavo de la música de Cerati 91-99. “Tu luz es iridiscente y altamente psicodélica”. Lo que llama la atención, o no tanto, es como la pegó Spinetta al hablar de la música de Cerati. Casi siempre cuando un músico pesado habla de otro músico pesado dice lugares comunes. En más de una ocasión lo único que queda claro es que son buenos amigos. La luz de Cerati es su música. Y la palabra “luz”, como algún día me dijo mi amigo Matías Nicolaci, es una de las que más aparece en las letras de Spinetta. Pues bien la música de Cerati se pone iridiscente y psicodélica a partir de 1991. Fue ese momento en el que pareció que Cerati, cansado de serlo, ahora quería ser Melero. El primo raro. Cerati en cambio es el hermano mayor odiado. ¿Quién sería Marciano Cantero? ¿Y Miguel Mateos? ¿Y Trixy de los Maniáticos?

Volvamos: Colores Santos, año 1992. Cerati presidente, Melero al poder. La fórmula Cerati-Melero es lo más parecido a una organización política del pop. Cerati se quería salir de Soda. Esto no lo leí. Esto lo interpreto porque siempre fui fan de la banda. Fue una vuelta de tuerca lennoniana la de escapar con una mujer a Chile. ¿O nerudiana? ¿O vicentehuidobriana? Es decir: I don’t believe in Soda. Sin embargo el vínculo con sus compañeros de banda seguía presente. Lo llama a Zeta y co-producen Amor amarillo.

La misma banda aludía a problemas internos en más de una ocasión. Cerati llegaba a la instancia típica: el conflicto del líder, que puede ser resumido en esta deducción: “Si soy yo quien compone y canta y toca los temas, ¿para qué necesito una banda?”. El movimiento significa liberación y culpa. Casi siempre los líderes que se van de una banda son vistos como traidores en el folclore futbolístico del rock. Es como el padre que abandona a sus hijos. No fue el caso de Cerati, de todas formas. Creo que la separación de Soda fue diferente porque desde siempre se sabía,  por lo menos desde Signos, que Cerati iba a ser solista, que se iba a soltar, que se iba a ir a la mierda, que iba a recorrer el periplo del héroe, al que es tan afecto el rock.

Recuerdo que al entrar al Industrial me di cuenta de que algo andaba mal con Cerati y las nuevas generaciones. Esto era el año 1998. Bueno, en conclusión: casi no había oyentes de Cerati de trece a dieciocho años. Cerati era cheto, careta y un sinfín de calificativos que no vale la pena reproducir. Cerati era visto como el River del rock (antes de irse al “descenso”). No sé qué pasaría en colegios privados. Si, soy un resentido de mierda. 

Del lado de la “civilización”, en el primer lustro de la década de los 2000, Cerati protagonizaba un caso de bulliyng algo inquietante, hoy olvidado: en Capital aparecieron stencils con su cara y leyendas del tipo “Papadas totales” y “Viejo choto”.  Los stencils eran los memes de principios de siglo. Todavía podías ir corriendo a ver qué escribía en tu pared la tribu de tu barrio. Digamos que a Cerati le daban de su lado y del otro (“que se muera Cerati la puta madre que los parió”). Era como Pichetto: había logrado el odio de dos sectores antagónicos. Fuera del grupo que siempre lo bancó, claro, grupo que podía llenar cinco veces el estadio de River (cuando se presentaba como Soda Stereo), es decir, un grupo nutrido.

Yo lo fui a ver en vivo en el 2002 cuando presentaba Siempre es hoy acá en la Ciudad Infeliz. En el tema “Camuflaje” Cerati prendía un cigarrillo y exhalaba. Y un tipo dijo: “Es como si tuviera un orgasmo”. A mí el recital no me convenció. Me pareció que todo estaba en su lugar, de una manera excesiva. Había mucho olor a desodorante Axe Zero. Es ese tema, creo, el que dice “estoy romántico y repleto de clichés”. Es una frase para decir por lo menos una vez en la vida.

-Hola, ¿cómo estás?     
-Estoy romántico y repleto de clichés.

También fui a ver el regreso de Soda a River. Uno de los mejores recitales que vi en mi vida. Con pantallas de video pasando a Peter Capusotto. Parecido a estar en el bunker del PRO también. En “De música ligera” sucedía “el pogo más prolijo del mundo”. Antes de empezar el concierto sonaba el cover de Queen, "Algún día", que la banda se apropió a la perfección para despedirse en forma ambigua. Gracias al libro me enteré de que Kiss quiso que Soda participara de un disco homenaje pero justo estaban separados.  

Cosas a las que les prestaba atención de Soda Stereo (de Cerati, principalmente): el verso “Cerrá la escotilla, nena, aquí no hay gravedad” de “Moiré” es “Cantata”; la mujer que usaba su cabeza como revólver ya había aparecido en una canción de T-Rex, “Planet Queen”; en el unplugged tocan una versión de “Ángel eléctrico” que es completamente diferente a la que había salido el año anterior y Cerati usa la guitarra como instrumento de percusión, a la no wave, no sé si eso fue ensayado, supongo que sí, pero parece que no y queda genial; el breve pasaje en que una acústica maniobra sobre “Nuestra fe”, que por alguna extraña razón debe ser la canción más conmovedora de Soda Stereo; el murmullo de una conversación que se oye al final de “Texturas”, siempre me pareció que Cerati decía “ahora estoy muy cansado después de todo esto”, es bueno que los rockeros dejen esas conversaciones inaudibles: dejar esas conversaciones y que parezca espontáneo es lo que diferencia a un rockero de un no rockero.

Hasta hace poco nunca le había prestado atención al final del video de “De Música ligera” en la despedida de 1997: Cerati toca su solo mirándole los ojos a un fan y cuando la canción termina Zeta y Charly se van por un lado y él, que parece El Principito, se queda solo en medio del escenario y de repente se lleva las manos a la cara y camina rápido hasta que la cámara lo pierde de vista. Hoy dirían: “Se quebró Cerati”.

Creo que el último concierto de Soda (el de 1997, no el de 2007 que fue regreso y despedida a la vez) es un punto alto en su carrera. Días antes River jugó de local, con el escenario ya armado. Víctor Hugo Morales relató el partido haciendo analogías con temas de Soda Stereo. Analogías del tipo: "Celso Ayala despejó la pelota para que pase el temblor. No es nada personal, querido Celso". De verdad, no lo soñé.

Ferro 1996 es reconocido como el peor recital de Soda Stereo. El Festival Alternativo. ¿Alternativo a qué?  ¿Por qué sé que en ese recital tocaron un cover de Avant Press, “Cibersirena”? Porque soy un chico que leyó demasiadas revistas de rock y sufro las consecuencias. Es un momento dramático para la banda: Cerati luce avejentado, hay una desconexión clara entre él y lo que ahora sería el binomio Zeta/Alberti. Después del parate 93/94 (Cerati decidió bajarse en medio de la gira de Dynamo) las cosas habían cambiado muchísimo. ¿En qué momentos nos empezamos a ver menos con las personas que no vemos más? En los parates tipo 93/94. Vengo de una época donde ser pop no era un insulto, dijo Cerati en el Suplemento de Clarín. Supongo que era el año 2001 o 2002. Un diario arrugado en cuatro partes en algún rincón de la casa de mis viejos (probablemente en el ropero de mi ex habitación) tiene la respuesta. ¿Lo habrán tirado?  


lunes, 1 de octubre de 2018

1988. El fin de la ilusión


Hoy sale a la venta  por Sudamericana 1988. El fin de la ilusión. Como lo indica su título el libro traza un recorrido arbitrario por el año 1988, centrándose en el rock argentino (Tester de violencia, Doble Vida, Un baión para el ojo idiota, Por mirarte, Ey, El ritmo Mundial, Amnesty, Federico Moura) y en algunos hitos insoslayables de la vida política y social del país (Alfonsín vs. La Sociedad Rural, la muerte de Olmedo, el femicidio de Alicia Muñiz). Pero además de eso también escribí sobre muchas otras cosas y la verdad es que uno no sabe bien sobre lo que escribe. Me encanta la foto de la tapa, con Fito, Spinetta y Alfonsín sonrientes. El libro no existiría de no ser por Mariano del Mazo (editor y quien propuso la idea), Juan Ignacio Boido, Mariano Kairuz y toda la gente de Penguin Random House Grupo Editorial. El prólogo es de Pablo Perantuono. El diseño de tapa es de Rompo. La foto esa en la que hago alarde de mi cara de boludo es del gran Daniel Truchi. A todos ellos, y a quienes leen o leyeron el blog todos estos años (ya que sin personas que leen el blog probablemente a nadie se le hubiese ocurrido publicarme libros): gracias totales. En fin, esto es lo que estuve escribiendo durante gran parte de este año. Se consigue en todas las librerías. Es un año jodido para comprar libros así que espero de todo corazón que si alguien se lo compra, lo disfrute. Abrazo. 


lunes, 20 de agosto de 2018

Qué vida violenta, the fucking setenta



-No me digás: te molesta que ahora todos sean fans de Pappo´s Blues.
-Por supuesto.
-Ni siquiera vos podés ser considerado fan de Pappo. Te enojaste cuando se murió Spinetta y todos se volvieron spinetteanos, te enojaste cuando se murió Néstor y todos se volvieron kirchneristas -hasta Mirtha Legrand lloró en cámara-, ahora te molesta que un chico de quince años vaya a ver El ángel y busqué en Youtube “Adónde está la libertad”, sos un ser despreciable.
-Por supuesto.
-O sea que para vos el arte debería estar dirigido a 73 esnobs o 73 tipos que estuvieron vivos en el 73. A mí me parece una forma genuina de llegar a un artista: ves una película, te gusta una canción, la buscás por ahí, conocés una obra. ¿Algunos de tus discos favoritos no son las bandas de sonido de Magnolia y de... Perdidos en Tokio? Ja, ja.  
-¿De qué te reís? Vos sos la parte de mi cerebro que me odia pero seguís siendo yo. Fuera de broma, no me molesta, me parece indignante nada más que la gente tenga que esperar a un hit del cine argentino para saber quién es Billy Bond.
-¿Y vos cuántos discos enteros de La Pesada del Rock and Roll escuchaste? Lo único que te gusta es "La marcha de San Lorenzo". ¿Y qué querés? ¿Que un trapero se interese por algo que pasó en 1969? Igual me parece que a vos también te molesta la mescolanza conceptual de combinar a La Joven Guardia con Billy Bond.
-Nada que ver, no es a los traperos a quienes está dirigida mi sucia diatriba, sino a las personas adultas, con todas sus necesidades básicas satisfechas, que pasaron toda su vida siendo contemporáneas, por ejemplo, de Spinetta y recién cuando se muere dicen, mirando al horizonte mientras una lágrima corre por sus mejillas izquierdas: "era", justamente, "un ángel"; mientras tanto Spinetta sacaba Silver Sorgo y ¿cuántos discos te creés que vendió?
-¿Cinco mil trescientos ochenta y cuatro?
-No tengo idea, es una forma de decir, pero en cuanto a unir La Joven Guardia con Billy Bond me parece una de las apuestas más notables de la película: sacar a las canciones del nicho de sus géneros y largarlas al espacio sideral de la música popular argentina. Esa subdivisión, que escondía ciertos prejuicios de clase (música para grasas/ música para gente cool), arruinó bastante el ecosistema de la juventud. Y además sabemos que los viejos rockeros escuchaban a escondidas "Trigal". Me gusta que haya una canción de Palito pegada a “Cada día somos más”. El Ángel te plantea un nuevo canon. La nunca del todo existente MPA.
-Pará Harold Bloom, además los rockeros también eran tratados de "mersas", ¿no escuchaste Pedro y Pablo?, la cosa es que ahora te gusta Palito Ortega.
-No es lo que escucho mientras lavo los platos -ahí se define todo: en qué música escuchás cuando lavás los platos- pero ¿sabés de quién era el primer tema que cantó Spinetta en la tele?
-¿Palito Ortega?
-Si, “Sabor a nada".
-Ah, ése es un temazo.
-Igual mi favorito de los melódicos sigue y seguirá siendo Leonardo Favio.
-Otra vez el esnobismo: te gustan sus canciones por Soñar, Soñar o El dependiente, si las hubiese hecho el mismo Palito no dirías lo mismo.
-Ni en pedo, me gustan sus canciones porque dice cosas como “Mi tristeza es mía y nada más”, que es una verdad irrefutable o “Me siento hermano del viento y si un niño llora me pongo a llorar” o “Si ella dice que Los Gatos/ yo digo Pintura Fresca/ Si ella dice mejor Favio/ yo digo Palito Ortega”.
-"Ding Dong Ding Dong"… andá a cagar.
-Y después manda “Si ella dice que The Beatles/ Yo digo The  Rolling Stone”.
-¿O sea que la grieta existe hace décadas, no empezó en Intratables?
-Igual volviendo a Palito, o saliendo de Palito, la mejor versión de "La casa del sol naciente" es la de Gregory Issacs. E, igual II, de todas las canciones olvidadas que el predominio del rock borró del mapa la que más me gusta es-.
-Si, ya sé, “La avenida de los Tilos”, le estás rompiendo las pelotas con ese tema a todo el mundo desde hace años.
-No entiendo por qué nadie hace una nueva versión de ese tema, Hilda Lizarazu o Rosario Bléfari por ejemplo.
-Hacelo vos si te gusta tanto.
-Además hay toda una mitología sobre ese tema, probablemente falsa pero nunca del todo aclarada, como lo requiere cualquier mitología: que estuvo prohibida en la dictadura, que la autora -una poeta que vivió en Mar del Plata, se llamaba María Wernike pero firmaba como “María de la O”- se la hizo a un desaparecido.
-Todas las canciones compuestas en Argentina durante los 60 y los 70’ fueron alguna vez interpretadas como alegorías sobre la vida política de esos años. Es re fácil hacerlo: "las olas y el viento", por ejemplo, son la resistencia peronista; "el frío del mar", las Fuerzas Armadas; "el frío de tu alma", la clase media argentina, la "ola pronta a romper", la Revolución, y así. "Sucundum sucundum" puede ser Perón en Puerta de Hierro. Todo es factible de ser convertido en "El fiord" con un poco de esfuerzo.   
-Pero volviendo a tu odiada “La avenida de los tilos”: es lo más. La melodía, el bajo, una armónica a la Dylan y la letra, emotiva y empática.
-¡Qué chauvinista que sos! Te gusta porque alude a la Diagonal Puerredón, que ni siquiera llegaste a ver cómo era realmente.
-Ah, ¿era diferente? La verdad es que nunca entendí dónde mierda empieza y termina la Diagonal Pueyrredón, lo único que sé es que si algún día me atropella un auto, va a ser ahí, no se entiende un carajo la dinámica de los semáforos.
-Es ahí en frente del Shopping Diagonal, boludo.   
-Pero empieza antes, para mí empieza en Independencia y Moreno.
-Puede ser, es cuando al que hizo Mar del Plata le pintó La Plata.
-Malísimo.
-Bueno, pero estábamos hablando de El ángel.
-Me tienen podrido con El ángel: está buena la película, es entretenida, es incómoda, tiene buenas canciones, buenas actuaciones, pero ¿es necesario que todos digamos que la vimos?, ¿tenemos miedo a no ver una película o una serie?, ¿a eso hemos llegado?, ¿siglos de evolución nos convirtieron en esto?, ¿si no la vemos viene el cuco y nos pega?  
-Al parecer sí, es más, te diría que el objetivo de este texto es que sepan que la viste.
-De eso se trata, de elevar la contradicción hasta anularse a uno mismo. Es esa tendencia de La Casa de papel o de la serie de Luis Miguel, esa necesidad de formar parte todo el tiempo del hecho colectivo, no alcanza con mirarlo, hay que publicitarlo, ¿ya nadie quiere no pertenecer a nada?
-No, eso era en los 90.
-Bueno, yo crecí en los 90, por más que entienda que los 90 en términos generales fueron una mierda, todavía tengo el chip insertado, no te creo si cambiaste de un día para otro, es mentira, estás intentando adaptarte a los nuevos tiempos a la fuerza, a un pibe de 20 se lo creo, a uno de 33 no.
-Bueno, empecemos por el hecho de que el de 33 dejó de ser un pibe. Ya terminaron los 90, chabón: CQC no le parece copado a nadie, Soñora y Berti se perdieron en un bucle temporal, nadie se acuerda de Nacha Guevara escribiendo en el espejo con lápiz labial: "Me gusta ser mujer". Superalo. Los 90 fueron hace veinte años.  
-Veinte años no es nada.
-Bueno, quédate con tu nostalgia de una era que para vos mismo fue una mierda, volviendo a El ángel -porque yo no tengo esos problemas de actualización temporal que me contás, me parece obvio que se hable de una película o de una serie cuando sale, ¿cuándo querés que se hable?, ¿en el 2095?- creo que lo bueno de la película es mostrar los hechos, ficcionalizados a lo Luis Ortega por supuesto, esa onda Lamborghini, Osvaldo filtrada por Leonardo Favio, pero despojados de moral: “inútil es que intentes entender o interpretar quizás sus actos”. O por lo menos la moral la pone o no el espectador.
-No sé si es tan así, lo que subyace detrás de sus acciones, mirá la palabra que te mando: “subyace”, ¿sabés qué es? 
-¿Palito Ortega? 
-No, gil, que la “normalidad” represiva de la familia pequeño burguesa engendra asesinos.
-Pará Goya.
-Claro, el padre empleado y decente, la madre y sus milanesas con puré, todo ese exceso de costumbrismo que la cultura local asoció al paroxismo de la argentinidad bienhechora, en realidad es la trampa: no son la “vida violenta, the fucking 70”, peronistas o radicales, Cristina o Macri las causas sino los efectos: el mal argentino atraviesa todas las capas sociales, está inoculado en la sobremesa familiar de los domingos, ahí arranca la peste.
-Me dejás pensando... Increíble, loco, ¿sabés lo que deberías hacer vos?: escribir libros. 
-Andá a cagar.      

sábado, 14 de julio de 2018

This is estar en el horno




1- Cuando empecé el Secundario, en 1998, el rock ya empezaba a perder cierto predominio como banda de sonido de la vida adolescente. De esta forma, incluso formando parte de tribus diferentes, quienes escuchábamos rock, sólo por oposición a la dictadura de la cumbia y el pop, estábamos condenados a una amistad que duraría hasta el momento en el que alguno repitiera, dejara la escuela o fuera expulsado. Este tipo de cruces impredecibles ampliaba el gusto del joven fan de rock de fines de siglo pasado. 

2- En el curso había dos que escuchaban ñu metal y se vestían como los músicos de Korn. También los infaltables fanáticos de los Redondos y de Flema. Otro que no escuchaba hip hop pero tenía una estética hiphopera lo que ya era bastante y lo hacía merecedor de nuestra simpatía. Estaban también los típicos fans del heavy, con sus remeras negras de Metallica, que lucían incluso poniéndoselas por arriba de buzos y pulóveres.

3- Yo formaba parte de un pequeño grupo anacrónico y algo vilipendiado: por influencia familiar, nos gustaba el viejo rock nacional. Pero más allá de Charly y Spinetta tendía más hacia lo que se denominaba rock alternativo, indie, cheto si querés: Peligrosos Gorriones, El otro yo, Juana La Loca, Santos Inocentes, Babasónicos. Quien obturara esta predilección era el compañero de curso rolinga, que me decía “puto” por escuchar a Cerati (eran las épocas de Bocanada). Obviamente todo era dicho en el marco del bardeo incesante de las crueles amistades adolescentes. No recuerdo qué le contestaba yo pero probablemente sea mejor que no lo recuerde. El rolinga (así le decíamos) iba vestido siempre, bajo el calor de noviembre o la lluvia helada de junio, con un pañuelo al cuello, una campera de jean y una remera de Viejas Locas con el ojo irritado y la chala.        

4- Gracias a estos tipos que como buenos amigos de la Secundaria nunca volví a ver en mi vida (a excepción de protocolares encuentros por la calle en los que la omnipresencia del pasado funcionó como una carga difícil de soportar) mi acercamiento al rock fue menos polarizado y con los años pude entender que si un artista conmueve a una persona yo no soy nadie para decirle que no lo debe escuchar. Esto parece una boludez pero por paradojal que suene el rock forma personas que pueden saber quiénes son Frank Zappa y Rimbaud pero que suelen hacer gala de un prejuicio casi fascista hacia cualquier manifestación musical que no les agrade. Yo fui una de esas personas y a veces todavía lo soy.     

5- Así fue que el crisol de razas de la escuela pública argentina me permitió escuchar a Babasóncos y a Viejas Locas cuando hacer las dos cosas a la vez era por lo menos raro o poco habitual. Por eso cuando en algún Quilmes o Pepsi Rock Dargelos y Pity hicieron una versión de “Patinador sagrado” (con la intro del estribillo de “Rezo por vos”) sentí que no estaba equivocado. Toda mi hermosa, horrible, estúpida y sensible adolescencia estaba ahí.

6- Pity sintetizaba cierta metabolización creativa del resentimiento propio de quienes nacimos en barrios con calles de piedra y no fuimos a escuelas privadas (“Lo artesanal”) con el carisma necesario para enternecer a nuestras abuelas. Era un Jesucristo rolinga cuyo look conformaba un estereotipo barrial reconocible que marcó época. Un fucking icono. Recuerdo una serie de Polka en la que Mariano Martínez se vestía como él.

7- Las líricas de los tres primeros discos de Viejas Locas remiten a la trilogía básica: sexo, droga y rock and roll. “A nadie importa si yo cuido mi flor, yo la protejo contra el viento, la riego un poco y la pongo al sol, y con su fruto intoxicado estoy”. “La lancha para y vos con la cosa encima”. “Eva no te vayas con Adán, Eva, mi serpiente vale más”. Esta monotonía temática se veía interrumpida por verdaderas joyas como “Chico de ciudad oculta”, “Cuando ya a nadie le importe”, “El árbol de la vida” o ese himno de la clase trabajadora argentina llamado “Homero”. En el video de “La ciudad de la furia”, diez años atrás, se utilizaba el blanco y negro para captar una imagen estilizada del centro de Buenos Aires y la soledad existencial de sus habitantes. En “Homero” el blanco y negro remitía a la estética del Nuevo Cine Argentino de los 90 y la postal retrataba la vida cotidiana de un barrio de clase baja. Los dos videos y las dos canciones son aguafuertes porteñas pero la de Pity ya se corre a la periferia. Este movimiento generó una reacción clasista contra el rock barrial. Hay cosas que para entenderlas tenés que ejercer la empatía o haberlas vivido. “Homero” es un filtro.

8- Terminado el ciclo de Viejas Locas (“agotado” sería el término exacto), Pity formó Intoxicados. Profundizó su gusto por las baladas (“Se fue al cielo”, “Nunca quise”, “No tengo ganas”, "Don Electrón") y asimiló el estilo cancionero de Andrés Calamaro, que participó en el tema “Fuego”, un clásico instantáneo, uno de los últimos hits del rock argentino que atravesó todas las radios (cuando sonar en la radio era importante) y citaba “Pecados para dos” de Virus. En los discos del grupo hay guiños a ACDC, Pink Floyd (escuchar “Felicidad depresión”, el “Brain damage” de Pity), el hip hop, la música electrónica, el reggae, el funk. “Otro día en el Planeta Tierra” (2005) fue el momento de máximo esplendor creativo de Pity, lo que se vio traducido en una gran popularidad que lo convirtió en un personaje de orden televisivo. Pity comiendo hongos, Pity hablando de sus problemas con la pasta base, Pity dándole mensajes a la Humanidad tirado en el piso, Pity con una remera que decía “This is estar en el horno”, Pity, en fin.

9- El tema “Transan” sonó alguna vez en un capítulo de CSI Miami. Pity se apropiaba de las líricas gangsta del hip hop y en sus canciones cada vez había más “fierros”. En algún momento los “fierros” se trasladaron de su poética a sus manos. Empezó un crescendo policial que incluyó robos a remises, denuncias por violencia de género, tiroteos. En vez de Daniel Riera o Pablo Strozza, a Pity ya lo analizaba Chiche Gelblung.

10- Como muchos le perdí el rastro musical a Pity cuando Intoxicados editó El exilio de las especies (2008), cuarto y último disco de la banda, de tipo conceptual, algo errático, con un par de buenos temas (ahora recuerdo el desgarro de “Quien soy”) y cuyo corte fue “Pila pila”, probablemente unas de las peores canciones que compuso Pity Álvarez en su vida.

11- El regreso de Viejas Locas en 2009 fue un movimiento regresivo porque no continuó con la búsqueda de Intoxicados sino que retomó casi en forma literal el rocanrol de las primeras épocas de Viejas Locas, algo inesperado si se tenía en cuenta la amplitud creativa de Pity. Las canciones del único disco que rubrica este regreso (Contra la pared, 2011) son elocuentes en este sentido. Ninguna se convirtió en un hit o un himno clandestino, más bien pasaron desapercibidas.

12- Las personas atormentadas transforman sus demonios internos en poemas, cuentos, pinturas, muebles, pulseras o collares. De esta forma el ser humano sublima sus incontables mierdas y zafa de la cárcel o un hospital psiquiátrico. No puede ser casual que el declive personal de Pity haya estado asociado a una época (casi diez años) en la que no sacó discos ni canciones y sus recitales en vivo se hicieron cada vez más ocasionales y problemáticos. En mayo de este año fue al programa de Bebe Contempomi en Radio Mega para aclarar lo que había ocurrido, según su punto de vista, en el show suspendido de Viejas Locas en Tucumán. Ahí presentó un tema nuevo llamado “Te entiendo”, un regreso agónico a las baladas calamarescas que lo hicieron famoso en Intoxicados.  Es necesario aclarar que mucho antes de la confesión del asesinato que hoy espanta a los mismos medios que alentaron la conversión de Jekyll en Hyde (nunca jamás vi en televisión abierta que se hable de su música) Pity se había ganado el cariño del público no por fumar pasta base sino por hacer canciones sencillas y conmovedoras. El problema de quienes ven en la admiración hacia Pity una apología de la autodestrucción argentina es que llegaron primero al personaje mediático y después a su obra. O tal vez no sepan conmoverse con una canción. 



martes, 29 de mayo de 2018

Instrucciones para subir un Philip Roth




Cortázar podría hacer un cuento corto y surrealista en la senda de “Instrucciones para cuando muere un autor que no leíste”. Yo no. 

El motivo del texto no deja de ser dramático: días atrás murió Philip Roth y yo nunca lo había leído. Supongo que debe ser peor para la familia y para sus lectores pero siendo yo un sujeto ajeno a Roth lo que me apenó es no poder participar, siquiera virtual o mentalmente, en la frecuencia de las personas que lo leyeron y por su muerte viven sumidas en un momento de profunda conexión cósmica no exenta de cierta superioridad moral que otorga haber leído a un muerto en una sociedad de vivos. Como verán, esto se trata de uno. Así de individualista me está volviendo el neoliberalismo. En realidad yo era así antes del neoliberalismo pero ¿cuándo empezó el neoliberalismo? ¿Y cuándo terminó? ¿Y cuándo empezó de nuevo? Supongo que ahí se esconden, agazapados, los grandes secretos de la Patria pero no es de eso que quiero hablar.  

A continuación paso a someterme al Tribunal de mi mente:

-Hace unos años te compraste El lamento de Portnoy, ¿por qué no lo leíste?
-Lo empecé una vez…
-¿Lo empecé una vez y qué? ¿Cuántas veces te dije que no dejes libros por la mitad o, lo que es peor, en la página 18? ¿Qué tenés en contra de Philip Roth? ¿Es por qué es judío? Maldito antisemita.
-Yo no soy antisemita, eso sí, condeno a Israel por las bombas a Palestina.
-¿Sos antisionista? 
-Creo que no.  
-No sabés un carajo entonces. No tenés la más puta idea, te prendés a la postura que te parecería bien si el tema te importara pero no te importa, sino te interesarías. 
-En fin. Había un blog que se llamaba El lamento de Portnoy. Yo leía ese blog entonces cuando vi un libro llamado El lamento de Portnoy me lo compré. Ni sabía que era de Philip Roth, sabía que era una novela pero no de él.
-Bueno, ya entendimos. Quiero que esta misma noche lo leas.
-...
-Bueno, entonces leé el otro.
-¿Cuál otro?
-No te hagas el boludo, turrito, tenés un libro de Philip Roth de conversaciones con escritores. Si, ya sé que no conocés ni a la mitad y por eso nunca lo leíste pero estás en falta, así que leé ese libro de mierda y cerrá la boca.

El Tribunal de mi mente se comporta con un nivel de violencia que sólo alcanzaría un personaje de Scorsese que leyó a Roberto Arlt y a mí me gustan los libros de entrevistas. Por ejemplo el libro de Nando Varela Pagliaro, Sólo se trata de escribir. Por ejemplo ese de Caja Negra de Ballard. Por ejemplo el libro de conversaciones entre Pablo Silva Olazabal con Levrero. O Crítica y ficción de Piglia. O Borges verbal, Borges oral y no descarto que haya algún Borges bucal por ahí. Pero El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, el de Roth, que recuerda desde su título no sólo lo difícil que es ponerle título a un libro sino lo difícil que es traducir un título, nunca me había llamado la atención. El severo y polémico Tribunal de mi mente está en lo cierto cuando dice que vi la lista de autores y sólo conocía a tres: Primo Levi, Kundera y Saul Bellow. Así que en estos días leí esos tres reportajes (no el de Bellow) y partes de los demás (muy pequeñas y aleatorias) y me di cuenta (en realidad percibí) que el libro es muy bueno, sólo que toca un tema que desconozco pero que a partir de ahora me interesa. ¿Cuál es ese tema? Si hubiese leído el libro entero lo sabría, de eso estoy seguro. Por ahora lo atrapante es que Roth entrevista a algunos escritores europeos y es incómodo leer cómo interactúan los yanquis con los intelectuales de los países comunistas o ex comunistas, por más disidentes que sean hay una zona de la conversación que consiste en no decir lo más importante.

En el libro Roth charla con un escritor checo llamado Klíma. Roth le pregunta a Klíma por qué no quieren a Kundera y sobre Havel, el presidente que estuvo antes, durante y después de la transición. La entrevista es de 1990 y el comunismo está retrocediendo. Roth habla de Havel con cierta distancia irónica: "Tuvo que haber mucha gente que lo considerara un verdadero fastidio o un chiflado". Klíma lo conoce y lo defiende. Dice que Havel era un referente del teatro del absurdo. ¿El Klíma será como el de Mar del Plata? No lo sabemos, lo que sí sabemos es que dice dos cosas. Una que el 2 de agosto de 1914 Kafka anotó en su diario:

“Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, escuela de natación”.

La frase es tan buena que ni hace falta interpretarla. Tal vez esa frase sea un clásico en el mundo de los estudiosos de los diarios de Kafka. Tal vez se reúnan en bares y digan: "¿Te acordás cuando Franz igualó la guerra con la natación?". Porque los tipos están verdaderamente sumergidos en los diarios de Kafka y hablan de lo que se cuenta ahí como si lo hubieran visto. 

Después Roth se pone un poco condescendiente (aunque aclara que no quiere parecerlo). El tono con el que Roth trata a Klíma en un principio es chocante. Y justamente es chocante porque no es condescendiente: le pregunta todo aquello que importa sin ninguna clase de filtro. Para hacerlo a veces recurre a una posición paternalista de la que es consciente y que no le genera el menor conflicto, incluso frente a Primo Levi, que era gerente de una fábrica de pinturas, dato con el que Roth está fascinado y con el que el lector queda fascinado gracias a la fascinación de Roth. Pero ¿quién es ese lector? Al final Roth le dice a Klíma que no se emocione mucho con la libertad post Caída del Muro de Berlín porque ahora los escritores van a dejar de vivir de subsidios para enfrentar las leyes del mercado y que, además, en las sociedades capitalistas/liberales existe algo que le quita lectores a la literatura: “la televisión comercial”. Por la introducción que hace creí que iba a hablar sobre extraterrestres. Y entonces (porque todo este párrafo concluye en esta nimiedad) nuestro amigo Klíma dice (copio la respuesta desde el principio para que se note cierto fastidio y no hago alusión al "fastidio" como algo necesariamente malo para la entrevista, casi diría todo lo contrario): 

“Como alguien que, al fin y al cabo, ha vivido cierto tiempo en Estados Unidos y cuyas obras llevan veinte años publicándose en Occidente, soy consciente del “peligro” que la sociedad libre y, más aún, los mecanismos del mercado, suponen para la cultura. Soy consciente, por supuesto, de que casi todo el mundo prefiere cualquier basura a Cortázar o Hrabal".    

Yo no sabía que los checos leían a Cortázar. Tampoco sé si lo que dijo un escritor checo en 1990 puede tomarse como una muestra real sobre autores que se leen en la República Checa. De hecho en ese momento todavía era Checoslovaquía.

miércoles, 23 de mayo de 2018

El libro negro de la tercera tiranía


1- Cuanto mayor es el tamaño de la biblioteca mayor es el vacío. A veces me paro adelante de mi biblioteca y digo: ¡Qué vacío! Y no uno al horno con papas. Al horno con papas estamos nosotres (yo no sabía que un día la "e" me iba hacer extrañar la "x", yo no sabía que Marcos Peña me iba hacer extrañar a Alberto Fernández, yo no sabía que Sampaoli me iba hacer extrañar a Martino; yo no sabía un carajo en conclusión).

2- Acumular libros que no vamos a leer, estar pendiente del último disco de Arctic Monkeys, mirar un documental sobre Osho, emocionarse por el line up de un festival hipster, discutir sobre si Armani o Romero es una forma capitalista de vivir porque impide que hagamos el amor, la revolución o las dos cosas juntas. 

3- En mi postura de progre culposo de clase media la única revolución posible es una en la que terminaría fusilado aunque lo más probable sería que ni se enteren de que existo porque estoy durmiendo la siesta. En el amor más o menos lo mismo. 

4- En nuestra mejores fantasías de progres culposos de clase media quisiéramos que los males del gobierno de Macri nos alcancen hasta destrozarnos, como a los tipos que vemos todos los días pidiendo comida en la calle, pero no: de otro modo no podríamos estar viendo y sublimando una serie distópica sobre mujeres fértiles apropiadas por personas muy similares a los líderes de Cambiemos. De otro modo no usaríamos pantalones rotos que otra gente se rompe porque está trabajando en una obra en construcción. Aclaro que yo nunca usé pantalones rotos, que Maradona baila cada vez mejor (su cadera se acerca cada vez más al piso) y que no sé qué estoy escribiendo.

5- Hace poco me di cuenta que desde que asumió Macri fui descartando "lujos", como cuando en una película un grupo de sobrevivientes tira cosas del bote que los aleja de la isla y los acerca a la civilización: saqué el cable, dejé de comprarme tres libros (usados) por semana, dejé de comprarme ropa. ¿Pero de qué isla me estoy alejando? ¿Y dónde queda la civilización? O sea que el gobierno de Macri es como un gran dominó en el que vemos cómo los que están atrás van cayendo mientras miramos Netflix. Y eso que en los años K yo ni viajé al Norte, como hicieron todos. Yo soy spinetteano entonces fui al norte de nada. Si todo sigue así en dos años voy a estar viviendo en la Plaza Rocha, la misma en la que me compré la mayor parte de los libros que tengo acá. Por ejemplo El libro negro de la segunda tiranía, la biblia de los gorilas.

6-  La primera tiranía, por supuesto, fue la de Rosas. Es curioso, por no decir peligroso, que las ideas de este libro confeccionado por el aparato ideológico de la Revolución Libertadora hoy estén de moda nuevamente.

7- Cuando asumió Néstor Kirchner yo tenía 18 años y mi ideología consistía en estar en la vereda opuesta del ñu metal. Esos eran mis principios, por eso me cayeron bien Los Strokes, a pesar de su apariencia de niños lindos y ricos. Todavía no sabía, aunque lo intuía mientras me bajaba la discografía entera de Frank Zappa en la casa de mi hermana que tenía Internet, que los gobiernos instalan una línea ideológica a la que una masa dubitativa se pliega para darle sentido a su vida. Hoy, no entiendo bien por qué, los chicos volvieron a usar remeras largas como los de Limp Bizkit. 

8- Durante el kirchnerato, como dice Nelson Castro y nadie más, personas que hasta hace unos días o ese mismo día querían ver muertos a todos los negros del país, utilizando bombas en lugares cerrados, se conmovían con Televisión por la Identidad. Hoy esa misma gente dice que hay que hay que achicar el gasto público, que el problema del país son los sindicatos, que hay que despedir a miles de empleados del Estado. Todo lo que no entienden es "de peronchos". Se generó una nueva hegemonía cool que como toda hegemonía cool no entiende nada según mi punto de vista o entiende mucho y yo no me di cuenta. Pero ¿qué es la gente? Qué carajo sé lo que es la gente, usted señalemelo. Ah: nuevamente habría que matar a los negros pero se esperan soluciones finales más sofisticadas que una bomba. De la cámara de gas a la boleta del gas. De Sarmiento a la boleta de gas, diría David Viñas. 

9- Los economistas que aparecen en la tele son la confirmación del fracaso de la política. Una bandita indie de La Plata (así se llaman, abuele) escribe un tema llamado "Javier Milei el último punk" y yo compruebo que soy viejo porque por primera vez en mi vida no me doy cuenta si la letra de una canción de rock es paródica o no y si no es paródica paso a enojarme con la juventud de manera indefectible. ¿Volverá el rock a sorprendernos sin recurrir a las denuncias por abuso? Ayer lo vi a Cristian Aldana en Clarín y parecía Charles Manson.

10- Volviendo al Libro negro de la segunda tiranía: se encargaban, entre otras cosas, de escrachar cómo habían crecido los patrimonios de los funcionarios del 43 a la fecha, eran el PPT de la época. Cámpora, según ellos y por ejemplo, entró con 30.000 pesos y salió con 2 millones. Roberto Santoro, un poeta desaparecido que escribía atravesado por su conciencia social pero sin recurrir a la cámara lenta y la música emotiva de fondo, decía:

el país está hecho mierda
¿quién lo desmierdará?
el que lo desmierde
buen desenmierdador será.  

martes, 30 de enero de 2018

Green eyes


Compré Deshoras a ocho pesos en una librería que ya no existe y quedaba justo en el medio de la galería San Martín.

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

El local de la librería era muy luminoso. A veces afuera ubicaban mesitas con pilas de libros. Predominaba literatura argentina de la década del 60 y el 70. Tal vez lo idealizo. Seguro lo idealizo pero para mí, ahora mismo, mientras escribo, tenían toda la colección de Jorge Álvarez.

Compré Deshoras en el verano del 2003, cuando tuve mi segundo o tercer trabajo de temporada. Me pagaban ciento cincuenta pesos por semana y los gastaba en libros, cds y un trago denominado Séptimo Regimiento, el hidromiel para los jóvenes losers de clase trabajadora argentina de todas las épocas, cuyo único sentido era tomarlo de un saque y quedar completamente intoxicado. 

Además de Deshoras ese verano me compré A Rush of Blood To the Head, de Coldplay. Así que la lectura de Deshoras para mí está asociada a Coldplay, que en ese momento era la banda del momento, la banda de la que los críticos de rock hablaban bien aunque hoy nadie lo confiese y que de alguna manera significaba un antídoto cancionero para quienes no estábamos muy entusiasmados con el rumbo excesivamente avant garde que había tomado Radiohead. 

El tema que más me gustaba del disco de Coldplay no fue alguno de los muchos hits sino “Green eyes”, un tema religioso pero no religioso como deben ser los temas de rock, es decir, místicos, esotéricos, espirituales, eróticos, sino un tema que se podría cantar en una iglesia sin ninguna clase de problemas. Es similar a "Songbird", de Oasis, ese del video en que aparecía Liam cantando en un gran parque, otro tema simple e inolvidable.  

¿Pero por qué estoy escribiendo sobre Deshoras y qué tiene que ver Coldplay? Porque llegué a un punto de conflicto con un texto, no se me ocurría cómo seguirlo y para distraerme releí un par de cuentos de Deshoras que me llevaron directamente a todo eso que acabo de contar. Después de varios libros de cuentos que no están a la altura Deshoras es un buen adiós. Cortázar repunta antes de morir. En cuanto a la galería San Martín: podría hacer este tipo de mierdas autorreferenciales sobre todos los libros que tengo. Los libros dicen muchas cosas. A veces encuentro boletos de colectivo, calendarios del 2008 con osos cursis que dicen “Te amo”, hojas secas, una vaquita de San Antonio petrificada, tickets de estaciones de servicio, papelitos con anotaciones propias o ajenas, dedicatorias, recortes de diarios, números de teléfono.

Deshoras le rompí el lomo y varias fajas de hojas están desprendidas. Lo destrocé. Desconfío de la gente que trata con mucho cuidado a sus libros. La gente que trata con mucho cuidado a sus libros, decía mi abuelo, trata con poco cuidado a las personas. Mentira, lo digo yo, se me acaba de ocurrir.  

Tampoco es que no cuido los libros, no soy de los desprendidos cool que hacen una apología de regalar sus libros, porque no les importan, porque están más allá de todo. Ni ahí. A excepción de amigos ni siquiera los presto, no soy de esos que recién te conocen y te prestan un libro. También desconfío de estas personas: son personas que quieren que les debas algo. También hay formas sutiles y perfectas a través de las que uno puede prestar un libro, me refiero a cuando en vez de prestarlo, te lo encajan. Lo que significa: tomá este libro, tomá mis frustraciones, tomá mi vacío existencial, tomá la Nada, tomá la Muerte. Tal vez esté exagerando.   
  
La cuestión es que leía “Segundo viaje”, uno de los cuentos de Deshoras, sobre un boxeador malísimo que de repente es poseído por una entidad inexplicable y empieza a ganar peleas y nadie entiende nada. Siempre que leo, en algún momento de la lectura y esto me pasa desde que tengo ocho años, me pregunto: ¿habrá alguien en el mundo en este mismo instante que esté leyendo lo mismo que yo? No me refiero al mismo libro, ni siquiera al mismo cuento o al mismo poema o al mismo ensayo, sino a las mismas oraciones, las mismas palabras, las mismas letras. Ayer tuve la certeza de que era la única persona en todo el mundo que estaba leyendo Deshoras.     

martes, 16 de enero de 2018

En diagonal


No sé antes, pero en los 90 El Gráfico salía los martes. A Mar del Plata tal vez llegaba los miércoles. Salía tres con noventa o cuatro con cincuenta. Mi viejo no la compraba todas las semanas pero cada tanto la traía y la sacaba de adentro de su campera como un mago que saca una paloma del sombrero o de dónde sea que los magos sacan palomas. Lo hacía para mí, porque yo tenía siete u ocho años y en vez de jugar al fútbol, leía sobre fútbol, lo que explica las mejores y las peores cosas de mi vida.  

Lo que más me gustaba de El Gráfico era la fragancia que despedían sus páginas. El olor, bah. El olor a tinta de los diarios y las revistas es algo que las nuevas generaciones no van a conocer. En la era digital esto suena a nostalgia berreta pero la verdad es que ese olor era casi una droga.

En ese tiempo El Gráfico era totalmente oficialista. Cada tanto aparecían notas a Menem. Menem gritando goles de River. Menem jugando al básquet. Menem con Passarella. Y recuerdo una encuesta entre jugadores antes de la reelección del 95 en la que, por supuesto, ganaba Menem.

Otra cosa que recuerdo es las reseñas de los partidos. Todas juntas, uno al lado del otro, en dos páginas sucesivas. Reseñaban partidos como si fueran discos de rock. Un Mandiyú vs. Platense como si fuera Alta Suciedad. Los calificativos eran algo así como “Mediocre”, “Discreto”, “Muy bueno”, “Excelente”. Debo decir que en ese momento si me hubiesen preguntado qué querés ser cuando seas grande no hubiese dicho astronauta o jugador de fútbol sino “Reseñador de partidos de fútbol de El Gráfico”.     

Después no sé qué pasó con El Gráfico, empezó a salir en forma mensual, cambió el logo y la textura del papel, pero en su momento era obligatorio comprárselo cuando River ganaba un campeonato o cuando a Maradona le pasaba algo conflictivo o la Selección perdía cinco a cero con Colombia. Tal vez ya a fines de los 90, con los canales de cable, ni siquiera Internet, el concepto de El Gráfico era algo antiguo. Creo que lo mató Olé, que cuando salió costaba cuarenta centavos y los sábados venía con la revista Mística, que traía notas desacartonadas a Ángel Cappa y posters de chicas que indefectiblemente estaban en tanga.

Siempre me quedó esa fascinación un poco idiota por El Gráfico pero no sé adónde habrán ido a parar los que coleccioné en los 90, deben estar en la casa de mis viejos, con las Conozca Más y Muy Interesante que me pasaba un tío. Repito que todo esto parece demasiado nostálgico y tal vez lo sea. Incluso alguna vez fui al Parque Rivadavia y me compré El Gráfico de la chilena de Enzo.

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. No sé tampoco muy bien qué significaba eso de ir en diagonal, supongo que es como cortar camino, como cuando convertimos cuatro cuadras en dos cruzando por el medio de una plaza, como cuando salimos de un pozo por el lado menos pensado, pero yo interpreté la idea en forma existencial, y tal vez ése era el sentido de la nota, que en la vida hay que ir en diagonal.


Cuando una charla se pone un poco filosófica yo suelo decir esto y todos se quedan callados. Cada uno la entiende como quiere. Eso es lo bueno de la frase. Hagan la prueba y díganlo: “En la vida hay que ir en diagonal”. Sayonara.