miércoles, 12 de junio de 2019

El impostor inverosímil Miguel Ángel Pichetto



El año pasado Pichetto había logrado saltar la grieta. O caerse adentro. Lo odiaban todos, como a Iudica. Los oficialistas, porque no permitía el desafuero de Cristina, de hecho era el más insultado en las marchas anti corrupción. Los kirchneristas, porque desde su posición en el Senado acompañaba las medidas del gobierno (“traidor” era el calificativo más simpático que recibía). Y supongo que también lo odiaban los izquierdistas (por ser Pichetto) y los “liberales” (por ser peronista). Ahora lo siguen odiando todos, pero es el candidato a vice de Macri.

Creo que se equivocan quienes subestiman la importancia de Pichetto. Es cierto que no tiene votos (la anécdota dice que quedó tercero en Río Negro), que no es carismático, que probablemente gran parte de la población (esa que no pertenece ni al treinta por ciento macrista ni al treinta por ciento cristinista) no sepa bien quién es ni le interese. Ahora bien, con todo eso, está en el centro del poder de la Argentina desde hace casi veinte años. Por lo menos en el plano cínico de la realpolitik, glamourizada desde House of cards, eso es una virtud.

Se supone que Pichetto es fan de los oficialismos: estuvo con Menem, con Duhalde, con Néstor, con Cristina y ahora, en una versión superadora de su carácter, está con Macri. Pero todos esos gobiernos, además de ser argentinos, respondían a movimientos globales que los excedían: del neoliberalismo noventoso a la Patria Grande del siglo XXI. En todo caso, además de adaptarse al oficialismo, Pichetto tiene una debilidad por el rumbo que marca la geopolítica. Pichetto es como esas personas que ni bien sale una serie que todos miran, una banda que todos escuchan o un libro que todos están leyendo, ve la serie, escucha a la banda y lee el libro. Hace los deberes. Puede defenderte la 125, el aborto legal, seguro y gratuito, y el anti populismo sin solución de continuidad y, dada su extensa gimnasia parlamentaria y su calidad oratoria, resultar convincente. A sus monólogos suele adosarle una pátina de contextualización histórica que en el resto de sus colegas suele brillar por su ausencia. Al mismo tiempo, en caso de que gane su fórmula, es esperable que Macri tenga dudas hasta para ir al baño. Su imagen paradigmática lo encuentra indicándoles a Boudou y a Michetti, cual Maestro Ciruela, cómo debía actuar el presidente de un Senado. Él conocía las reglas, ellos no.

El shock de la elección de los candidatos sorpresivos parece más una jugada mediática para que se entretenga el círculo rojo durante un par de días, con sus insufribles devaneos ontológicos sobre qué es el peronismo, que una decisión que determine el voto del “ciudadano de a pie”. Ni Alberto ni Pichetto van a decidir el voto. El electorado indeciso votará finalmente por Cristina o por Macri por una cuestión epidérmica, porque detestan a la “Kretina” o no se bancan más al “boludo ese que está de presidente”. “Voto a X porque el Mercado lo acompaña” nunca nadie dijo. Que para intentar ganar las elecciones el gobierno deba congelar los precios y las tarifas, otorgar subsidios a la compra de autos, arremeter con el Ahora 12 y como frutilla del postre tener como vice a uno de los estandartes discursivos más importantes del kirchnerismo, es una paradoja que ya no vale la pena subrayar, tal es el tamaño del nonsense.  

Que Cambiemos, cuyo núcleo duro del electorado es gorila en serio (con tintes racistas y clasistas que actualizan en la figura del “choriplanero” al “cabecita negra”), deba ubicar de vice a Pichetto es productivo para bajar de un hondazo la teórica superioridad moral que siempre quiso tener el espacio. De pronto los éticos, los decentes, son pragmáticos, enchastran sus zapatos en “el fango” (ver al lingüista argentino Diego Armando Maradona refiriéndose a las diferencias semánticas entre este término y “barro”). Son obligados a tragarse el sapo en un sanguche de mortadela rancia. Otros protestan pero dicen que los votan igual en nombre de la democracia. Como no tienen un solo indicador social a favor, ningún logro para mostrar (a excepción de que Argentina ahora “es parte del mundo”, eufemismo con el que explican que el país perdió su soberanía en manos del FMI y Estados Unidos), se elevan al mesianismo republicano, esa admirable cruzada civil y espiritual que no admite la menor replica y no genera la menor convicción.

Mientras tanto los medios anti kirchneristas, que se perciben como imparciales, hasta ayer pasaban los virales de Alberto contra Cristina escandalizados, y hoy, ante el mismo archivo entre Macri y Pichetto, dicen que bueno, los políticos son así, qué le vamos a hacer. De todos modos se advierte una risita nerviosa, que indica que todo se fue a la mierda. Dicho esto, desde una perspectiva objetiva y fáctica, la digestión del sapo Pichetto es, además de una claudicación, un signo de  esa madurez verticalista que todo oficialismo debe tener para ganar elecciones y que a Cambiemos tanto le repugnaba.  

Con Massa ya unido a la ¿gloriosa? F/F, no se sabe si como candidato a presidente en una interna o en forma de fichas, el peronismo racional (¿desde cuándo gente que asume como gobierno y baila Gilda en el balcón de la Casa Rosada decide quién es racional y quién no?) se dividirá en la por demás deserotizante fórmula Lavagna/Urtubey o el que supongan el mal menor (ya sea Macri o Cristina). Espert y Gómez Centurión le quitarán votos a Macri pero es probable que en una segunda vuelta, voten por él. (La existencia de estos espacios embellece a Macri, hace creer que hay posibilidades de que accedan al poder opciones más trágicas). Son puntitos, pero que pueden definir una elección. Habrá que ver qué  hacen los que votan en blanco y los de la izquierda. Insultarlos vía redes sociales, hasta ahora, no resultó muy beneficioso.   



domingo, 9 de junio de 2019

Media hora de escritura automática sobre las elecciones


(No sé de quién será esta foto pero quiero decirle a quien la sacó que es genial)

La primera elección que recuerdo es la de 1995, tenía diez años. Poco antes había muerto Carlitos, el hijo de Menem. Mi maestra de quinto grado entró al aula diciendo que todos estábamos muy tristes. ¿En todos los países las muertes accidentales y los suicidios serán vistos como asesinatos encubiertos? Habría que vivir en otro país para saberlo.

Me acuerdo de la cara de Bordón. También de Massaccesi, el candidato radical que sacó un dígito, lo que en ese momento era shockeante. Hoy si googleás Massaccesi primero aparece el periodista, Mario. Dice que nunca se enamoró, que no sabe qué es el amor. 

Para mí la política en los profundos noventa es la cabina de las garrafas que había en el patio de mi casa. Y los ladridos de mi perra Gaucha en la noche invernal. Y Xuxa y Jazzy Mel y The Sacados.

De las elecciones legislativas del 97 no tengo recuerdos, probablemente ni supiera para qué servían. Vagas imágenes de Fernández Meijide. En el 99 había cierta algarabía por la victoria de De la Rúa y Chacho Álvarez, la sensación de que no habría más corrupción, que se terminaba una época fellinesca. Posta. A veces me parece que muchos anti menemistas lo eran por cuestiones estéticas. 

De la Rúa golpeó la mesa en el programa de Mariano Grondona para demostrar que era un presidente fuerte. El otro día Macri golpeó el pavimento de una calle para demostrar que lo suyo era real y lo otro es relato. Supongo que la gente que golpea cosas para dar a entender que es fuerte o real no es fuerte ni real. 

Leía la columna política, un poco chimentera, de Roberto Di Sandro en Crónica. Creo que guardé el diario del 21 de diciembre del 2001. Debe estar en el ropero de mi pieza en la casa de mis viejos. Había tipos en cuero, con la cara tapada con remeras, tirando molotovs contra los aparatos ideológicos del estado.

En el 2003 debería haber votado por primera vez pero se equivocaron en el segundo nombre de mi dni y tardaron un año en devolvérmelo. En los padrones sigo con el nombre equivocado: Francisco, como su Santidad. Iba a bailar con la fotocopia de una constancia en un bolsillo y cinco pesos para pagar la entrada y comprar un Séptimo Regimiento. Igual yo no bailaba.

¿En el 2005 habré votado a Cristina? Me parece que no, sino lo recordaría. Debo haber votado a lo que denominaba "la izquierda". Los fans de Chiche Duhalde le tiraron huevazos a Cristina. 

En el 2007 voté a Pino Solanas. Yo era un gorila de izquierda sin militancia y votaba a Pino Solanas, que entrevistaba a Perón en Puerta de Hierro. 

En el 2009 ayudé a que ganaran De Narvaez y Felipe Solá (en alianza con Macri): voté a Sabbatella. El boludo sueño de un kirchnerismo sin Kirchner. Me quedé esperando frente a la tele a que Néstor saliera a reconocer la derrota. Decían que en el bunker se cagó a piñas con Massa, que por eso salió tarde. Las mitologías anti peronistas dan cuenta de su morbo, con cierta tendencia voyeur, tal vez matizada con accesos onanistas: el peronismo se explicaría a través de sus secretos. Ahora te pasan las conversaciones telefónicas de Cristina en Prime Time, como quien no quiere la cosa. Ya en ese momento las encuestas hacían campaña por el otro candidato pero votaban por usted: daban ganador a Kirchner para que los indecisos no K pero tampoco tan anti K, terminaran votando por la opción Anti K. 

En el 2011 voté a Binner. Lo que en mi historia íntima denomino "el voto pecho frío". Lo defendía en sobremesas, pero en lo más íntimo de mi ser el kirchnerismo me había hartado. Y el segundo mandato de Cristina, hoy rechazado por ella misma (¿de qué otra manera se puede entender que haya puesto a su principal crítico como candidato a presidente?), me encontró bastante saturado de esa construcción del mito en tiempo real. La voz de Cris me seguía y no cesaba. Y lo más extraño y contradictorio es que en el 2013 voté a Insaurralde, es decir, voté por primera vez al kirchnerismo y por uno de los candidatos menos atractivos que recuerde. Supongo que a partir de ese momento empecé a entender que votar era complejo en serio, que la búsqueda de identificación total es un quimera y que los del otro lado siempre te van a ver como una lacra. Pero no pasa naranja: a veces hasta hablamos de fútbol y del clima. La verdad es que la guerrita civil virtual se volvió algo improductiva.   

En el 2015 vino el voto con angustia por Scioli, un sapo difícil de tragar pero en frente estaba Macri. O sea: mejor tragarse un sapo. En el 2017 voté por Cristina y fui presidente de mesa. Fue como poner una silla de wing izquierdo. No tenía nada que ver con les muchaches. Hasta ahí yo creía que mi formación política consistía en escuchar a Spinetta, ver películas de Cronenberg y leer a Bolaño. Ser un boludo es como ser una cebolla: uno nunca termina de sacarse las capas. Ahora me resigno al presente, añoro un pasado que no existió y no tengo esperanzas en el futuro. A las personas como yo, nos deberían prohibir el voto.

La referencia a Alberto Fernández hace pensar en un kirchnerismo que venía a joder pero no lo bastante como para tener a Clarín en contra. Reformismo sin veleidades revolucionarias, que no te promete que te va a cambiar la vida, pero de repente te la cambia. Alberto se va en julio del 2008, desgastado después del conflicto con el campo. Era el vocero amable del kirchnerismo componedor pre grieta. En Telenoche despidieron al guerrero adversario con un informe emotivo. Su ida es el fin de una era.

Se sintió la ausencia de Alberto en quienes salimos de tercer año del Polimodal con ese kirchnerismo nestorista. De buena oratoria, con una amabilidad gauchesca y culta, la gestualidad de Alberto obedece al canon que compartieron Rafael Bielsa, Ginés García, Daniel Filmus. Pienso en esa época y se me viene a la cabeza una era cultural. ¿Es posible traerla de vuelta, cuando ya en su última aparición se respaldaba en los setenta?

Desde el gobierno se lee el gesto como debilidad. ¿Qué van a decir? Al mismo tiempo aseguran que el poder lo va a seguir teniendo Cris. No se ponen de acuerdo. Festejar antes de tiempo nunca ayudó a ganar superclásicos. Cambiemos pierde en todos lados pero extrapolar las elecciones provinciales al plano nacional sería un error grave. Lo cierto es que Cristina elige un símbolo del primer kirchnerismo para encabezar lo que se intuye como un hipotético gobierno de transición. Alberto es la consecuencia de la imposibilidad de generar un heredero que acapare votos propios. Por detrás asoma la iniciativa de un pacto anti grieta bajo el paraguas conceptual del "contrato social de ciudadanía responsable". Se especula tanto con un acercamiento a Clarín (Alberto paseó a su perro con Malnatti) como con una Reforma Constitucional que acabaría con el orden republicano para siempre, suponiendo que existe algún orden republicano. Conclusión: podemos mandar frutas predictivas casi sin riesgos porque en realidad nadie sabe qué carajo va a pasar.


jueves, 23 de mayo de 2019

Historia personal de River Plate


La colección se llama "Quiero verte otra vez" y fue creada por Matías Bauso. Pertenece al catálogo digital de IndieLibros. El diseño de tapa es de Max Rompo. Se trata de pequeñas autobiografías centradas en el vínculo que tenemos con nuestros equipos. Bauso escribió sobre Racing, Silvina Giaganti sobre Independiente, Julieta Raffo sobre San Lorenzo; está a la espera el libro sobre Boca. A mí me tocó escribir sobre River y por eso le puse al libro "Historia personal de River Plate". Haciendo click en la foto de la tapa, aparece el link a través del cual pueden comprarlo y descargarlo. Gracias totales (especialmente a Matías Bauso, que me dio esta oportunidad).

martes, 12 de marzo de 2019

Balada para un murciélago



Ayer a eso de las cinco de la mañana supe que no me iba a dormir nunca, así que salí de la cama y me hice un té. La ventana de la cocina estaba abierta.

A esa hora el comedor de un dos ambientes adquiere una atmósfera extraña. Las cosas están exactamente como durante el resto del día, pero no parecen iguales.

De pronto, a mis espaldas, sentí un poco de viento. No me pareció tan raro que hubiera viento porque los agujeros del calefactor y de la cinta de la persiana tienen un diámetro considerable. En las películas pasan esas cosas: alguien escucha ruidos y no imagina que es Jason con una motosierra, piensa que es un amigo o una novia. Para que el terror funcione, la primera explicación debe ser racional.  

La segunda vez, la sensación fue acompañada por un escalofrío, porque además sentí una presencia. No me costó entender que lo sobrenatural debe suceder así: a las cinco de la mañana, en soledad, en silencio, tomando un té, con la mente en blanco, en un departamento de más de cincuenta años donde los fantasmas, en caso de existir, deben ser habitués. Mis experiencias con la parálisis del sueño ayudaron a configurar la inminencia de una escena macabra.

A continuación diviso a poco menos de un metro una mancha negra que se mueve a toda velocidad. No supe si era una polilla, un colibrí o un gorrión, pero estaba adentro del departamento y yo no lo había invitado. Es verdad eso que dicen de que todos son machos hasta que la cucaracha vuela. Pero yo nunca me consideré un macho y cuando desplegó del todo sus alas me di cuenta que lo que estaba viendo era un murciélago. El bicho se había equivocado de guarida y empezó a dar vueltas en círculo alrededor de la lámpara, mientras emitía unos quejidos similares a los de un gato en celo.     

Quién vivió en un edificio cercano a la ex Terminal sabe que por esa zona los murciélagos mandan. Su hábitat natural son los taparollos. Pero suelen colarse por una ventana abierta y provocar el pánico. Es natural que en el ascensor una señora con bolsas se nos acerque y nos cuente la historia del murciélago que entró a la pieza mientras dormía. "Nunca, pero nunca, dejes las ventanas abiertas" suelen terminar la historia estas señoras, mientras cierran el ascensor con cara de hechiceras y dicen "buenas tardes, amor".   

Mi primera reacción no fue muy decorosa. Previo a un grito ahogado, corrí a encerrarme en la cocina. Me senté en un banquito y pensé los pasos a seguir. De alguna forma, durante todos estos años, había esperado la aparición de los murciélagos, pero el hecho de que no te avisen cuando van a llegar, convierte todo en una secuencia ominosa.

Al rato salí armado con una escoba. Me resguardaba en las esquinas del departamento, que ya era territorio enemigo. Podía estar pegado a la pared, atrás de las bibliotecas, planeando sin ton ni son, colgado en el techo. Cualquiera que me hubiese visto habría pensado que me iba a enfrentar a un oso polar, pero se trataba de un bichito que entraba en una mano. El murciélago se había adueñado del dos ambientes sin pagar alquiler. Busqué en cada recoveco y no estaba, entonces supe que se escondía en la pieza a oscuras, que tenía la puerta abierta. La cerré y empecé a googlear.

Leí las historias más espeluznantes. Personas a las que se les había metido un murciélago y se veían obligadas a convivir durante días con el bicho, que salía del placard o de atrás de un mueble en el momento menos esperado. A otros se les prendían del pelo. A otros los mordían y a los pocos días estaban muertos.

En youtube un tipo agarra al murciélago de la cola y lo deja en el balcón. Ese tipo es mejor que yo.

Un uruguayo, especialista en murciélagos, aconsejaba atraparlos con una caja o un balde y pasarles un cartón por abajo, para que no se escaparan. Hablaba de las bondades del murciélago, de que algunos eran vampiros, pero que la mala fama que tenían estaba vinculada a la impresión que generaban, más que a su conducta. Una conducta ejemplar, por otra parte, ya que se comen mosquitos y todo tipo de insectos que pican y chupan más sangre que ellos. Sepan que el murciélago, decía este especialista mirando a cámara, que en realidad era un filósofo y no lo sabía, tiene más miedo que ustedes.

Agarré un balde. Rompí una caja y conseguí el cartón. Me puse una campera con capucha por si se trataba de un Drácula. Abrí la puerta de la pieza. Primero tiré algunas cosas para ver si el murciélago daba señales de vida: un cubo mágico, un cargador de celular viejo, un vaso de generala. Pero nada. Busqué y busqué durante un par de horas.

Lo encontré en la cortina de la ventana de la pieza, pero del lado de adentro. El balde y el cartón no tenían mucho que hacer. El bicho exhalaba e inhalaba como todos. Tal vez soñaba con un mundo mejor, donde su especie no se viera obligada a vivir en las sombras y espantar a los humanos, sólo por su apariencia de rata con alas.

Ya era de día y me di cuenta las similitudes que había entre los dos: vivíamos de noche, no nos gustaba el sol, éramos solitarios por naturaleza, espantábamos a la gente, nos acostumbramos a estar encerrados, éramos del mismo barrio. Dos murciélagos. Pero ya había decidido que el miedo a que se me apareciera de improvisto mientras me rascaba el ombligo era más grande que mi inexistente piedad. 

Agarré un secador de piso y entré nuevamente a la pieza. El murciélago seguía agarradito a la cortina. Lo miré de costado y pude ver su cara, sus ojos, su hocico. Era horrible, como yo. Le expliqué, sentado en la cama, lo que le iba a pasar. Me entendía pero no estaba de acuerdo. Si lo iba a matar, me explicó el bicho, en forma telepática, era mejor que lo hiciera y ya, sin toda esa sarta de ambigüedades.      

Moví las cortinas con el secador. Quería darle la posibilidad de que se escapara por una ventana. Pero el tipo seguía imperturbable: ¡estaba soñando! Después de un par de amagues ridículos, lo ejecuté.

Me fijé en el piso y ahí estaba. Parecía Batman aplastado por el camión de basura de Ciudad Gótica. Lo barrí junto a sus pequeños soretitos y mientras lo llevaba en la pala hasta el tacho, una de sus alas se movió por última vez, como dicen que a veces se mueven los cadáveres en la camilla de la autopista. Me gustó que hiciera eso, que lograra asustarme incluso después de muerto, que sostuviera su impronta hasta las últimas consecuencias, que me demostrara que aun así era más poderoso y digno que yo. Envolví la bolsa con otra. Y a esa otra, con otra. Después las metí en una caja y la sellé con cinta scotch. Tal vez tenía rabia y podía ser peligroso para los que revisan la basura en busca de algo para vender o comer. Pero el verdadero depredador, el verdadero animal, es el que entró al departamento y escribió este texto.  


miércoles, 27 de febrero de 2019

Profesores particulares



Esto sucedió en el verano del año 2001, previo a la catástrofe social.

Estaba cerca del descenso: se había llevado cuatro materias a marzo. Le organizaron un fixture semanal de profesores particulares.

En el Instituto donde, en vano, intentaron explicarle Física, le dio la sensación de que todos eran más pálidos que él, lo que era mucho decir. Los veía tensos, nerviosos, con una pulcritud forzada. Adolescentes que sin duda siempre habían vivido en edificios del centro, con cierto saberes que él anhelaba y ciertas ingenuidades que él detestaba. Entabló conversación con un pequeño rubio de anteojos, de esos que dan la sensación de que si se caen al piso se rompen y al mismo tiempo parecen más adultos que el resto. Lo primero que le contó era que sus padres se habían separado. Dedujo que todos estaban atravesando esa misma situación. Era el instituto adonde iban a parar los chicos con padres separados.  

Le caían bien esos chicos de cartílago, aunque a veces podían ser egoístas. La vida los había hecho así.

Del profesor de Química recuerda sus bermudas color caqui. Vivía con su madre en una casa enorme después de la loma de Colón. Nunca se había tomado el colectivo que llegaba hasta ahí. Estaba demasiado pendiente de las paradas pero disfrutaba el viaje. En la casa había biblioteca, tocadisco, alfombra, decenas de cuadros colgados en las paredes, floreros, platos hondos con frutas de plástico, un siamés gris. La madre era una flecha: cada tanto aparecía y cruzaba el living. Hablamos de una mujer de grandes aros, de maquillaje teatral, de miradas punzantes, de sonrisas enigmáticas a las que nunca pudo encontrar un referente preciso.

Para Matemáticas volvió a una profesora que lo había ayudado a preparar esa materia años atrás. Reunía a los alumnos en la mesa de su comedor. Les daba una clase distinta a cada uno. Era admirable. A veces se equivocaba los nombres y pedía disculpas. La casa: con olor a sahumerio y las ventanas siempre abiertas, en un barrio de ancianos, veredas rotas, almacenes y una avenida a dos cuadras.

Cuando se iban, la profesora los saludaba mientras fumaba en el porche. Era imposible verla fumar y no pensar en su día a día, en cómo pasaría sus horas esa profesora. Por su trabajo en clase era imposible darse cuenta, pero cuando fumaba, su vida tomaba una dimensión colosal.

Ese verano le prestó atención a una de sus alumnas. Su actitud era en sí misma un shock poético. Daba a entender que era una veterana de las repeticiones. Él tenía dieciséis años, ella quizá catorce. Su conducta en la clase particular era distante, irónica, cínica. El trato con la profesora era familiar pero no por su amenidad: se hablaban poco, casi ni se miraban, como una tía y una sobrina condenadas a vivir un año nuevo perpetuo. La chica daba a entender que si habían llegado al punto de llevarse tantas materias e ir a esa profesora, era obvio que no iban a aprobar. Su pensamiento paradójico lo fascinaba. Tenía un espejito y cada tanto lo usaba para mirarse las cejas. ¿Qué contingencias de la vida habían hecho que esa chica tuviese más experiencia que todos los que estaban sentados ahí? No lo sabía, pero le perturbaba. Un día lo señaló con el dedo y dijo: “Vos vas a repetir”. Sus palabras eran dardos. En ese momento sintió todo el peso de la ley.

Si fallaba en la primera, era difícil remontarla justamente con Física. Y así fue. El examen de Matemáticas fue rápido y fulminante. En su casa mantuvo una conducta hermética, deliberadamente ambigua; en forma implícita, intentaba convencer a sus padres de que no estaba repitiendo su hijo sino un artista de la repetición.

Al profesor de Física le escupían la campera cuando se daba vuelta. El tipo estaba cerca de la jubilación, había dedicado toda una vida a la Física y le pagaban con escupidas. Un día lo vieron llorando en el estacionamiento y uno de sus compañeros se le acercó y le empezó a acariciar la cabeza, diciéndole, como si fuera un bebé: "No llore, viejito".

Cuando llegó al examen de Algoritmo sabía que estaba condenado pero se presentó igual. A la distancia ese gesto absurdo le resulta significativo. Era como si se tuviese que despedir de un paradigma de educación, de una vida más estable, reglamentada, prolija. Como si su Yo de la Primaria hubiese tomado el control en forma muy tardía, sólo para ver las ruinas. Porque quien camino de la salida de la escuela a la parada del colectivo no fue él, sino el abanderado de séptimo grado cuatro años después. Todo esto suena dramático pero lo vivió como si no lo fuera. Muchos años después, al parecer, empieza el análisis estructural del relato.    

Tenía una remera negra con un gran estampado en la espalda. Los rayos del sol completan la escena. Sus compañeros ni siquiera se habían presentado. Las familias negociaban para hacerlos pasar de año en una privada o decidían mandarlos al mercado laboral sin anestesia. Repetir era un hecho furtivo. Esto sucedió en el verano del año 2001, previo a la catástrofe social.  

martes, 26 de febrero de 2019

Después del trap




El rock siempre necesitó sentirse muerto para poder resucitar. Pero cada vez que vuelve, el mercado es más chico, cambiaron las formas de distribución de la música, hay una ola de denuncias por abuso sexual, los viejos héroes se murieron o están por morir. La cultura rock, entonces, como la clase media, se repliega, se asusta y se vuelve conservadora, incluso cuando el trap parece tendiente a convertirse en el rock de los jóvenes centennials. 

¿Qué llega a ser Duki subido a la cima del trap? No hay que interpretar mucho, lo dice él mismo en una canción llamada, en forma elocuente, “Rockstar”. Charly García pidió la prohibición del autotune poco después de que Duki cantara ese tema en el escenario de los Premios Gardel. Se generó una disputa bizarra, documentada en los comentarios de Youtube, entre seguidores de Charly y de Duki. Pocos días después Duki sacó un tema llamado “Ferrari”, en colaboración con DICC, que incluye la frase “demoliendo hoteles como Charly”. Un tema reciente, de Zica/Zaramay, se llama, directamente, “Charly García”. El contenido de la letra tiende a la protesta. Los chicos son marplatenses, hay alusiones a las drogas, al puerto, a la injusticia social. Es un combo polémico, sin duda atractivo porque representa con exactitud e ingenio la violenta efervescencia social. Su protagonista es el hecho maldito del país burgués: el drugo urbano.

Más que la compartida misoginia (expresada con distintos niveles de sutileza), tal vez lo que incomode proviniendo de la cultura rock sea el vínculo en un principio ambiguo del trap con el poder. Si el rock propuso casi siempre una vía alternativa (ser un reventado, un loco, un duende, inmiscuido en un sistema ajeno), las letras de trap masivo van un paso más allá. Se trata de acceder a los bienes materiales del poder. Adoptar una cultura, vaciarla de significado hacia el referente, resignificarla y apropiársela como moraleja. “Mansiones”, “armas”, “drogas”, “putas”: en sus líricas, el trapero vive en el loop de una película de Scorsese. No está atravesado por una ideología sistemática, sino por su intuición, que también es política. Si las clases medias y altas se apropiaron de la cumbia villera, el trap se apropia de la clase alta. Y ésta es la interlocutora omnipresente del trap argentino más trash, una entelequia careta, que ronda los círculos de privilegio. Sombra terrible de Facundo vuelven a invocarte.

En un ensayo sobre Public Enemy incluido en Después del rock, Simon Reynold dijo: “El hip hop es un reflejo hiperbólico del sistema –capitalismo/patriarcado-. Inevitablemente, los excluidos de un status social pleno sólo desean de un modo más severo ese status y sus trampas materiales”. La definición es cierta, pero parece atravesada por una visión muy exigente de los demás. Alguien que no necesita hacer una revolución pidiéndole a alguien que sí, que la haga mejor. Después del supuesto fin de las ideologías, lo que deprime a Reynold es que el oprimido no reacciona con un sueño de fraternidad e igualdad, sino con una conducta cercana al nihilismo. En Jacksonismo, Steven Shapiro se ríe de lo escrito por Greil Marcus sobre Michael Jackson y el hip hop en general. “Para Marcus”, sintetiza, “evidentemente, los negros son, en el mejor de los casos, creadores primitivos e inconscientes, cuyas invenciones solo adquieren significado y se vuelven subversivas cuando los blancos las dotan de la conciencia crítica de la que carecen los negros en su conjunto”.

“Estos blancos ahora quieren matarnos porque no toleran vernos tan arriba” dice Duki en “Rockstar”. En un país donde la palabra “negro” es utilizada como un insulto pero quienes ejercen ese racismo no lo reconocen como tal, este tipo de trap adquiere un tenor político innegable y no del todo subrayado (quizá por la interferencia de la misoginia y la ostentación).

La contracara del trap estilo gangsta, es un cordobés llamado Paulo Londra. Este chico debe ser el artista argentino más exitoso del momento. “Forever alone”, el último tema que sacó, fue un suceso inmediato que en pocos días llegó a más de treinta millones de visitas en Youtube. Su letra puede ser entendida como una parodia feroz del trap canónico. Si el género tiende a una entronización del Ello, Paulo Londra cuenta con un Superyó más presente. El tema desarticula los conceptos básicos sobre el macho alfa trapero; acá escuchamos a un pibe aburrido, sin nada para opinar, perezoso y dormilón, que se tira en su cama y apaga el celular. Descripto así el tema parece un “dechado” de corrección política, pero no carece de picardía: pareciera que Londra, al tiempo que admite su dejadez, estuviera ridiculizando la hipérbole de los demás.

lunes, 25 de febrero de 2019

Wonder boys



Antes que Lady Gaga, diecinueve años antes para ser exactos, Bob Dylan ganó un Oscar por la canción original de una película llamada Wonder Boys (2000), "Things have changed". Y también tocó en vivo en la ceremonia, pero sin Bradley Cooper y sin estar ahí. (A Jorge Drexler le dio el Oscar Prince. Y su canción fue interpretada por Antonio Banderas, aunque él, en los agradecimientos, cantó un poco a capela).  

Wonder Boys parece muy deudora del drama epifánico estilo Belleza americana, que había ganado el Oscar un año atrás. Tal vez ahora no se recuerde tanto, pero en su momento Belleza americana sentó las bases de un tipo de película comercial con pretensiones artísticas (el objetivo era filtrar el universo de Cheever al cine). Tanto es así que generó un personaje arquetípico, el del joven apático, perverso y cautivador. ¿Qué es lo que pasa con los jóvenes después de la caída del Muro de Berlín, de Nirvana, del prozac y MTV? Estos personajes son la respuesta según Hollywood.

Si en Belleza americana es un consumidor de marihuana que filma cortometrajes de nuevo cine argentino, en Wonder Boys es un escritor precoz (James Leer, así en castellano, interpretado por Tobey Maguire, el de Spiderman) que asiste a las clases de escritura creativa de Grady Tripp (un Michael Douglas que poco a poco se convierte en el Beto Alonso). Grady es otro estereotipo del cine y la literatura yanqui: el escritor bloqueado, que tuvo un éxito hace varios años y ahora se encuentra inmiscuido en la escritura de una novela total que ya tiene 2611 páginas y no va ni para atrás ni para adelante. Su novela exitosa se llama “La hija del incendiario”. No se dice si también están involucradas las hijas del fletero y la lagrima. Wonder Boys, a su vez, está basada en una novela de Michael Chabon. Todo esto parece demasiado noventoso para ser cierto pero lo es.

“Things have changed” no es el único tema que suena de Dylan. También está “Not dark yet”. (Por momentos la película parece una excusa para que se escuchen esos temas). 

Otro personaje es el editor de Grady, Terry, que por supuesto es interpretado por Robert Downey Jr. A su vez la película empieza cuando Grady es abandonado por su esposa. Pero igual Grady está enamorado de la rectora de la universidad, Sara. ¿Quién hace de Sara? Frances McDormand. Katie Holmes es Hanna, una Lolita que también asiste al taller de Grady, que además de eso vive en una pieza de su casa (en The Squid and the Whale, una mejor película pero del 2005, pasa lo mismo, incluyendo el divorcio reciente, la novela exitosa, el bloqueo).  

La película registra la épica del escritor contemporáneo yanqui, con David Foster Wallace como Jesucristo. Esos grandes problemas de los escritores norteamericanos: volverse demasiado multimillonarios, no saber qué hacer con tanta inteligencia. Uno se pregunta hasta qué punto alguien se puede sentir interpelado con ese pequeño conflicto pequeño burgués. Da la sensación de que las películas sobre escritores se hacen para los escritores. Y que a los escritores no les gustan un carajo las películas sobre escritores.

Al final de la película Grady pierde las 2611 páginas de su novela y se lo muestra dándole los toques finales a un texto autobiográfico en primera persona. El mundo ya no soporta las ideas de Morelli, se venían los blogs.  

Wonder Boys fue un fracaso absoluto, es bastante forzada, cursi y al final puritana, pero de no existir no le hubieran dado el Oscar a Bob Dylan, cuya actuación, vía satélite desde Sydney, tal vez sea mejor que la película y mejor que la idea de dar premios a películas. Al no estar ahí, Dylan es aura pura. En principio genera un poco de morbo ver las reacciones de los actores ante su presencia. Se los nota incómodos pero risueños, a la expectativa. Nadie sabe lo que va a pasar en serio. El tema alude en forma irónica a  “The Times They Are a-Changin'”, Dylan hace caras raras y escupe las palabras como si realmente pensara todo lo que dice la letra.  La cámara alcanza a mostrar cuando Ed Harris entiende todo en un momento.

“Al componer una canción, uno expresa una visión del mundo, aunque a veces hay pocas probabilidades de que esa visión sea acertada. Y otras veces uno dice cosas que nada tienen que ver con la verdad de lo que se quiere expresar, o dice cosas que todos saben que son verdad. Por otro lado, al mismo tiempo uno piensa que la única verdad sobre la tierra es que no hay ninguna. Todo lo que uno dice, lo dice al voleo. Nunca hay tiempo para reflexionar. Uno echa un remiendo, plancha, hace las maletas y se larga a toda prisa” dice en Crónicas.


sábado, 19 de enero de 2019

Rap, soda y bohemia



-Ya cuando viviste dos revivals de la misma banda es hora de que te sientas viejo.
-Preparate para el re-revival de The Doors.
-Lo bueno de Zappa es que nunca van a poder hacer un revival porque nunca tuvo un “vival”. Además ¿cómo harían para que Zappa quede como un muchacho sensible que dejaba de lado la vida loca porque lo visitaba una ex que le hablaba de los niños hambrientos de África?
-¿Mintiendo?
-Seguramente. La cosa es que a principios de los 90, en el primer lustro, ya habíamos vivido un revival de Queen. Entre la muerte de Freddie, la canción de Barcelona 92 y la escena mítica de El mundo según Wayne, en toda casa de clase media argentina había un disco con los Greatest Hits de Queen. Incluso algunos decían que era la mejor banda de la historia.  
-El fan de Queen está convencido de que son mejores que Los Beatles. Y no te olvides de las reediciones en cd, hasta ese momento no era tan fácil escuchar a Bob Marley, después del cd todo el mundo tenía su Legend, se emocionaba con “Redemption Song” y flasheaba rastas.

***

-¿Y qué te pareció la película?
-Que el mundo es horrible es una verdad que no necesita ser comprobada, escribió Sabato, en su mejor frase. Lo mismo se puede decir de la película de Queen reemplazando “el mundo” por “película de Queen”. Han logrado la hazaña de hacer una película mala con las canciones de Queen, es casi un gesto de vanguardia.
-Acá lo importante es que las nuevas generaciones…
-¡Me cago en las nuevas generaciones! ¡Que escuchen música por sí mismos!
-¿Que agarren la pala?
 -Si, no sé, depende qué pala, pero no me vengas con que todas las manipulaciones cronológicas y emocionales de la película valen si un chico de quince o cuarenta y ocho ahora escucha Queen. El chico de quince y el de cuarenta y ocho que escucha Queen hace tres meses escuchó Luis Miguel y dentro de seis va a escuchar Pancho y la Sonora Colorada si Netflix así lo quiere.
-Sos como esos tipos que dicen que nunca les regalaron nada y que por eso el Estado no debería hacerse cargo de darle una vida digna a la gente humilde. Sos el Olmedo de la cultura rock.  
-Andá a cagar. Esos tipos hacen una apología del sufrimiento, yo hago una apología del descubrimiento de una educación sentimental. Ahora todo sucede como en ese cuento de Felisberto Hernández…
-… en el que a un pasajero del tranvía le inyectan una publicidad mientras viaja. Sí, literalmente, con una jeringa, escena que nunca te tomaste el tiempo de reeler, por lo tanto estás manipulando la obra de Felisberto Hernández.

***

-Además, no rompas las bolas, si vos no sos fanático de Queen, ¿qué te interesa si hay incongruencias cronológicas?
-Lo de las incongruencias cronológicas es lo de menos, la cuestión es que esta película hasta hace unos años sería un telefilm berreta y ahora es la más taquillero de la galaxia. Me hizo acordar a una que pasaban en Space a las tres de la mañana sobre una reunión entre Lennon y McCartney. Esos diálogos de novela de Andrea del Boca, esas escenas de amor bajo la lluvia, la actuación malísima de Mr. Robot, que más que actuación es imitación, todo impostado y artificial. Esa visión pecaminosa de la homosexualidad (camioneros guiñando ojos). Antes no dejábamos pasar esas cosas. Hay un declive marcado de la ficción y nadie hace nada.
-Hay un declive marcado de la realidad y nadie hace nada, boludo, y a vos te interesan los diálogos malos de una película de Queen.
-Todo tiene que ver con todo. Por otro lado, ¿y si el día de mañana hacen una película de Spinetta (Spinetta no lo permita) y dicen que “La bengala perdida” la compuso por Cromañón? Esta película da piedra libre para la farsa.
-Eso ya pasó con Tango Feroz más o menos por la misma época del primer revival de Queen. Estás desbordado, calmate un poco. 

***

-Bajo el subterfugio de “es una película, no está obligada a contar la verdad” se puede manipular la historia a niveles peligrosos.  Además no es que falseando la historia lograron hacer una película mejor, más bien todo lo contrario. Y no me mandés a ver un documental, porque los documentales también mienten.
-Brian May y Roger Taylor estuvieron de acuerdo.
-Brian May y Roger Taylor salieron de gira con un pibe de American Idol. Se puede esperar cualquier cosa de Brian y Roger. Brian May y Roger Taylor deberían odiar a Freddie Mercury y no los juzgo: todo guitarrista, baterista y bajista tienen derecho a odiar al líder genial y ególatra. Freddie, como todo gran artista, debería ser insoportable. Es más, después de ver la película es lo único que me quedó claro. ¿Y qué son todas esas partes en las que se subraya que tal tema es del bajista? Me parece bien reconocer a John Deacon, es un tipo macanudo, no se mete con nadie, pero de la manera en que lo hacen en la película es como: “bueno, te dejamos arafue de la película pero no te chivés”.
-¿No te gustó nada de la película?
-El chiste que le hacen a Roger Taylor sobre la canción del auto. Y hasta eso desgastan. Y la performance del concierto de Live Aid aunque habría evitado la escena ecuménica, propia de un spot de Canal 9, y los teléfonos sonando justo cuando aparece Queen.

***

-Ok, está muy clara tu postura: imposibilitado de disfrutar, anhelás que nadie disfrute nada.   
-Pero imagínate, posta, si el día de mañana hacen una película sobre Spinetta y…
-¡La tenés con Spinetta! ¡Andá a escuchar trap, el ojo que mira al magma de tu madre!
-Pero es lo que se viene, somos un país periférico que copia lo peor. Ahora Spinetta aparece al final de una propaganda de Coca Cola. En fin, te decía, hacen una película sobre Spinetta y muestran que antes del concierto de Las Bandas Eternas les dice a todos los músicos que participan que está enfermo.
-Eso ya se sabía.
-(Piña)         
 -¿Qué hacés, imbécil?
-Le pego una piña simbólica a mi otro yo. ¿Quién lo sabía? Es una presuposición nunca aclarada. El recital de las Bandas Eternas fue el 4 de diciembre de 2009 y Spinetta murió el 8 de febrero de 2012. Nadie que haya ido a ese concierto pensó que era una despedida, era una celebración. Tal vez los músicos lo sabían, tal vez Spinetta lo sabía, eso no se puede asegurar, pero nadie nunca lo confirmó. Es más, Spinetta siguió tocando pero muchos creen que se despidió con ese recital.
-¿Y?
-¿Y? Que estamos en una época espantosa en la que hasta la emoción está prestidigitada, palabra que busqué en un diccionario después de escucharla en un tema de…
-Spinetta, claro. ¿Todo esto por lo del Live Aid y el Aids?  
-Claro, me parece genial emocionarse y llorar por una película, por un libro, por una familia que encuentra a su perro perdido, pero cuando esa emoción necesita de la mentira y de la manipulación (“Intenta mirar este video sin reírte/sin llorar/sin cagarte encima”), eso ya no se llama “emoción”, se llama “chantaje emocional”.
-La emoción siempre estuvo "prestidigitada", palabra que no existe, por otro lado. Bueno, me cansé, yo me voy a la playa, ¿querés venir?
-No, estoy muy indignado por una hipotética película sobre Spinetta que tal vez nunca exista, andá vos.


jueves, 27 de diciembre de 2018

2018



Enero 

En diagonal 

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. 

Green eyes 

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

Mayo 

El libro negro de la tercería tiranía 

Los economistas que aparecen en la tele son la confirmación del fracaso de la política. Una bandita indie de La Plata (así se llaman, abuele) escribe un tema llamado "Javier Milei el último punk" y yo compruebo que soy viejo porque por primera vez en mi vida no me doy cuenta si la letra de una canción de rock es paródica o no y si no es paródica paso a enojarme con la juventud de manera indefectible. ¿Volverá el rock a sorprendernos sin recurrir a las denuncias por abuso? Ayer lo vi a Cristian Aldana en Clarín y parecía Charles Manson.

Instrucciones para subir un Philip Roth 

El motivo del texto no deja de ser dramático: días atrás murió Philip Roth y yo nunca lo había leído. Supongo que debe ser peor para la familia y para sus lectores pero siendo yo un sujeto ajeno a Roth lo que me apenó es no poder participar, siquiera virtual o mentalmente, en la frecuencia de las personas que lo leyeron y por su muerte viven sumidas en un momento de profunda conexión cósmica no exenta de cierta superioridad moral que otorga haber leído a un muerto en una sociedad de vivos.

Julio 

This is estar en el horno 

En el video de “La ciudad de la furia”, diez años atrás, se utilizaba el blanco y negro para captar una imagen estilizada del centro de Buenos Aires y la soledad existencial de sus habitantes. En “Homero” el blanco y negro remitía a la estética del Nuevo Cine Argentino de los 90 y la postal retrataba la vida cotidiana de un barrio de clase baja. Los dos videos y las dos canciones son aguafuertes porteñas pero la de Pity ya se corre a la periferia. Este movimiento generó una reacción clasista contra el rock barrial.

Agosto 

Qué vida violenta, the fuckin setenta 

Todas las canciones compuestas en Argentina durante los 60 y los 70’ fueron alguna vez interpretadas como alegorías sobre la vida política de esos años. Es re fácil hacerlo: "las olas y el viento", por ejemplo, son la resistencia peronista; "el frío del mar", las Fuerzas Armadas; "el frío de tu alma", la clase media argentina, la "ola pronta a romper", la Revolución, y así. "Sucundum sucundum" puede ser Perón en Puerta de Hierro. Todo es factible de ser convertido en "El fiord" con un poco de esfuerzo. 

Octubre

1988. El fin de la ilusión 



No tan distintos, Rock Salta
Un libro dedicado a un año clave en la cultura popular argentina, Diario Popular
El libro que revisita un año bisagra en el rock nacional,Rolling Stone 
1988, el año que se terminaron las sonrisas, Tiempo Argentino
Diez libros que van a quedar, La Agenda
10 Libros de música recomendados que dejó el 2018, Eterna Cadencia
Los 18 mejores libros del año, La Nación
El año en que vivimos en ebullición, La Voz

Noviembre 

Media hora de escritura automática sobre Gustavo Cerati 

Creo que el último concierto de Soda (el de 1997, no el de 2007 que fue regreso y despedida a la vez) es un punto alto en su carrera. Días antes River jugó de local, con el escenario ya armado. Víctor Hugo Morales relató el partido haciendo analogías con temas de Soda Stereo. Analogías del tipo: "Celso Ayala despejó la pelota para que pase el temblor. No es nada personal, querido Celso". De verdad, no lo soñé.

Apocalipsis en el VAR

El fútbol replica los modos de la política y se judicializa. Las chicanas entre hinchas de River y Boca ya no son por victorias o derrotas en partidos, sino por la capacidad de negociación de sus dirigentes en la Conmebol: cuántas fechas suspendieron a Gallardo, cuántas a Boca después del gas pimienta, etc.

La pregunta es 

Maipú, Las Armas, General Pirán, Coronel Vidal.  Sensación de quietud, soledad y misterio que vuelve mítica a la llanura pampeana. Cuando muera quiero que me entierren en General Pirán. Nunca pasé tanto tiempo en un lugar y en movimiento. Siempre que miro por la ventana los carteles dicen “GRAL. PIRÁN”.

Diciembre 

Media hora de escritura automática sobre River vs. Boca

Sin embargo ¿ese mismo hincha no sabía de la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos? Al parecer sí, porque nadie se sorprendió demasiado con lo que pasó y “la violencia en el fútbol” es de público conocimiento. Por lo que la frase entera podría ser la siguiente, con el pensamiento inconsciente y reprimido entre paréntesis: “(Ahora que compruebo que el partido genera ganas de matar e hipotéticas muertes, me interesa más pero como esto es inaceptable moralmente, diré todo lo contrario, es decir, que) El partido no me interesa más”. 

¿Hay alguien ahí? 

También hay personas que, además de pagar o reclamar algo, quieren hablar. Con el cana de la puerta, con los de informes, con todos. En fin: personas solas que tal vez no tienen a nadie y sólo pueden hablar cuando van a pagar algo a Edea. ¿Quién asegura que no nos vamos a convertir en esas personas? Nadie.

Rodrigo Sabio 

A la altura del Casino, Rodrigo paró el auto, me miró a los ojos y, cagándose de risa pero con la solemnidad de una lección que iba a perdurar en el tiempo, me dijo: "Fede, te cuento algo: los críticos a veces son amigos de los directores".    

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos 

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  


domingo, 9 de diciembre de 2018

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos



Para F.F

No me podía dormir  y soñé que Gallardo inventaba una táctica insuperable. Era un 3-3-3-3. Me desperté feliz pero al segundo me di cuenta que no se puede salir a la cancha con trece jugadores.

Al mediodía tengo asado en la casa de mis viejos. No tengo apetito. Pruebo un pedazo de vacío y es como si me hubiese comido un extraterrestre. Mi viejo me da una pastilla y me siento en el sillón. Parezco Diego en el entretiempo de Argentina y Nigeria. Cambio de canal porque la previa es insoportable: están hablando de qué shampoo usa Wanchope. En el contexto de la mesa de Mirtha Legrand, Brenda Asnicar es Eva Perón.

Empieza el partido. Desde el principio me doy cuenta que no es una buena tarde/noche para River. No hace pie en el mediocampo. Ponzio y Enzo Pérez se equivocan en los pases. Pratto está muy aislado. El Pity intenta desbordar y no puede. Boca se dedica a esperar, consciente de que es inferior a nivel equipo pero que tiene mejores jugadores de ataque.

Llega el gol de Boca. Ahí algo se rompe en mi forma de asimilar el mundo. Todo es confuso y caótico, como una novela de Faulkner. No sé lo que sucede pero lo que sucede es espantoso. Para coronar, Benedetto festeja con cara de velociraptor.

Termina el primer tiempo y decido volver a mi departamento. Mi vieja no entiende nada. Yo tampoco. ¿Te llamo un remis?, me dice (vivo a treinta cuadras). No, voy  caminando, miento, pensando que voy a conseguir un taxi.

Salgo a la calle. Llovió y me resbalo porque me puse unas zapatillas que me compré en el 2015 y tienen la suela gastada. Empiezo a caminar por la calle y casi me pisa un auto. Adentro reconozco camisetas de Boca y quienes las llevan me miran con la cara de velociraptor de Benedetto. Es como esa escena del bebé diabólico de La pasión de Cristo de Mel Gibson.

Decido cruzar por el medio la Plaza Mitre para llegar más rápido. No hay nadie. Solo una madre y su hijo jugando en las hamacas. Me gustaría ser ese niño. O esa madre. Me gustaría no estar protagonizando este cuento de un mal imitador de Fontanarrosa. Entro a un kiosco y compro dos latas de Coca Cola. La señora que atiende hace todo con una calma zen que comienza a desesperarme.  Le dejo cien pesos arriba del mostrador y salgo. Está loco, escucho que murmura.

Sigo por Falucho, veo la hora: ya son las cinco y media, empezó el segundo tiempo. Empiezo a caminar con más velocidad pero las piernas no me responden. Estoy contracturado. Soy un idiota. Escucho que alguien grita “Gol”. Llamo a mi novia preguntando quién hizo el gol. Al parecer nadie hizo el gol, fue un forro que me vio caminando rápido y quería que sufriera más.

Lentamente, sin quererlo, empiezo a trotar. Unos viejitos desde la vidriera de un geriátrico me miran con tristeza. Recuerdo la cara de Benedetto y corro. Siempre fue gracioso que un tipo alto, flaco y sedentario corra pero hoy lo es más que nunca. Pasan unos amigos con la camiseta de Boca. Se ríen. Llevan bizcochos y facturas para ver el segundo tiempo. Tengo ganas de putearlos, porque además deben haber votado a Macri, pero por suerte me reprimo: eran de esos tipos con corte de pelo a la moda, tatuajes y músculos de gimnasio. Me iban a cagar a trompadas. Además no me habían dicho nada, sólo eran felices y yo no.    

Llegando a Tucumán detengo mi corrida patética y decido no ver el partido. Ya está, me digo. No puede ser que el fútbol me convierta en un ser tan despreciable. Si el género es una construcción cultural, me digo, ¿qué mierda significa ser hincha de un Club? No vale la pena sufrir por 22 multimillonarios. No quiero ser hablado por el capitalismo. Camino lento un par de pasos pero en vez de recordar la cara de Benedetto, me acuerdo de Astrada y Hernán Díaz. De Medina Bello y de la Bruja Berti. Me acuerdo de cosas que no viví: de La Máquina, de los 18 años sin salir campeones. Me acuerdo de cuando nos fuimos a la B, de Enzo Francescoli, el jugador más spinetteano, de Aimar y de Orteguita. Hasta me acuerdo de Ramón Díaz, al que nunca quise, y empiezo a correr otra vez, ahora desesperadamente, como Forrest Gump, película que estaban pasando en Canal 13 después de Mirtha. Nunca sabés qué te va a tocar en la caja de bombones, ¿no, Forrest?, capaz que se lo damos vuelta.   

Llego casi sin fuerzas al ascensor. Diez pisos. ¿Para qué mierda me mudé a un décimo piso? Tarda una eternidad en pasar del cuarto al quinto. Si me estuviese cagando hubiese sido menos dramático.

Al entrar al departamento recuerdo por qué me quedé a ver el partido en lo de mis viejos, si a mí me gusta ver los partidos solo como loco malo: no tengo cable. Surfeo en los laberintos llenos de spam de Internet.

Consigo un streaming en HD. Me perdí los primeros quince minutos. Parece Rayo Vallecano vs. Boca de Galicia: es una transmisión de la televisión española. De pronto escucho un acento conocido. Es Valdano. Es el fucking Valdano, el intelectual más grande que salió de una cancha de fútbol, el tipo que antes de Argentina vs. Inglaterra en el 86 dijo: “Este es el partido para que se confundan los imbéciles”. Y siento en carne propia cómo es ser un imbécil que se confundió.

La narrativa española me tranquiliza. Se ríen de la rusticidad del juego. Valdano cada tanto manda genialidades:

“Hay partidos que duran días, hay partidos que duran meses, hay partidos que duran años. Éste es uno de esos partidos”

Valdano entiende la carga histórica del partido en tiempo real. Es Borges. Es Jorge Luis Valdano. Quintero, que (creo) entró por Ponzio y la está rompiendo, le pega de media distancia y la manda a la tribuna. Valdano explica: “Respeto a los jugadores que hacen cosas extrañas en los últimos veinticinco metros de la cancha”. Yo también, le respondo al monitor. 

Si los justificados anti fútbol supieran que, además del negocio, los barrabravas, la xenofobia y la homofobia, existe Valdano, no odiarían tanto este deporte de mierda.  

De repente hace el gol Pratto. Es una jugada de otro partido. Lo grito al borde del desmayo. Empiezo a toser, casi vomito el extraterrestre que me comí a las dos de la tarde. River se planta bien en la cancha. Es el equipo de Gallardo. Un equipo de lujo que combina el buen gusto tradicional de la banda roja con una personalidad para afrontar partidos difíciles pocas veces vista en este Club.

Pero River se queda y Boca, con más entusiasmo que ideas, vuelve a equilibrar el partido. Tevez en el banco me recuerda al 2004 y me tapo la cara y los oídos, no sólo porque imagino escenas de terror en los próximos minutos, sino porque el gol de Pratto me lo anunciaron con un par de segundos de anterioridad mis vecinos: el streaming viene con delay y si hay gol de Boca, no quiero morir dos veces.

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  

Lo echan a Barrios al toque. No hay nada más improductivo que tener un jugador de más en un clásico: te dejan la épica servida. El superclásico más bizarro de la historia se convierte en la lucha simbólica eterna: River, enarbolando las banderas de Apolo, intentando jugar por abajo con Enzo Pérez, Quintero y Pity a la vanguardia; y Boca, el equipo de Dioniso, haciendo todo bien menos jugar al fútbol, por supuesto.

Después del golazo de Quintero pierdo la linealidad temporal. No sé bien si fue antes o después de que se rompiera el pobre Gago. La emoción me lleva a ser piadoso. El arquero de Boca se la juega antes de tiempo y River se pierde el tercero tantas veces que se impone esa vieja máxima que atraviesa las décadas: “Los goles que no se hacen en el arco rival, se pagan en el propio”. Y a punto está de cumplirse la ley cuando Jara, sí, creo que es Jara, encuentra una pelota boyando en el borde del área, pero pega en el palo. Y ahí, recién ahí, cuando entiendo que además de jugar mejor, tenemos la suerte que tuvo Boca desde que Latorre nos dio vuelta un 3-1 en 1991, siento que River va a ganar la Copa Libertadores.   

El Pity marca el tres a uno con el arco solo. Termina el partido. Busco en Youtube el himno de River de Copani y lo canto a viva voz, como un demente. Tengo las ventanas abiertas y se escuchan bocinazos. La vecina sube la persiana y me mira. “Disculpe”, le digo. No sé si me disculpa, creo que estaba durmiendo.

En la cancha le hacen una nota a Francescoli, está emocionado. Enzo Francescoli está emocionado y yo también me emociono con él. En el Santiago Bernabéu suena la parte de “Dale alegría a mi corazón” cantado por el hincha de River más hermoso del mundo: Luis Alberto Spinetta. Llamo a mi viejo, de quien no me despedí cuando salí de mi casa en la corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos. No sé bien qué decirle, no tiene sentido comentar el partido ni explicar por qué me fui cuando terminó el primer tiempo, así que recurro al lugar común y a la literatura barata, que tantas veces se parece a la vida: “Che, pa, gracias por hacerme de River”.