martes, 12 de marzo de 2019

Balada para un murciélago



Ayer a eso de las cinco de la mañana supe que no me iba a dormir nunca, así que salí de la cama y me hice un té. La ventana de la cocina estaba abierta.

A esa hora el comedor de un dos ambientes adquiere una atmósfera extraña. Las cosas están exactamente como durante el resto del día, pero no parecen iguales.

De pronto, a mis espaldas, sentí un poco de viento. No me pareció tan raro que hubiera viento porque los agujeros del calefactor y de la cinta de la persiana tienen un diámetro considerable. En las películas pasan esas cosas: alguien escucha ruidos y no imagina que es Jason con una motosierra, piensa que es un amigo o una novia. Para que el terror funcione, la primera explicación debe ser racional.  

La segunda vez, la sensación fue acompañada por un escalofrío, porque además sentí una presencia. No me costó entender que lo sobrenatural debe suceder así: a las cinco de la mañana, en soledad, en silencio, tomando un té, con la mente en blanco, en un departamento de más de cincuenta años donde los fantasmas, en caso de existir, deben ser habitués. Mis experiencias con la parálisis del sueño ayudaron a configurar la inminencia de una escena macabra.

A continuación diviso a poco menos de un metro una mancha negra que se mueve a toda velocidad. No supe si era una polilla, un colibrí o un gorrión, pero estaba adentro del departamento y yo no lo había invitado. Es verdad eso que dicen de que todos son machos hasta que la cucaracha vuela. Pero yo nunca me consideré un macho y cuando desplegó del todo sus alas me di cuenta que lo que estaba viendo era un murciélago. El bicho se había equivocado de guarida y empezó a dar vueltas en círculo alrededor de la lámpara, mientras emitía unos quejidos similares a los de un gato en celo.     

Quién vivió en un edificio cercano a la ex Terminal sabe que por esa zona los murciélagos mandan. Su hábitat natural son los taparollos. Pero suelen colarse por una ventana abierta y provocar el pánico. Es natural que en el ascensor una señora con bolsas se nos acerque y nos cuente la historia del murciélago que entró a la pieza mientras dormía. "Nunca, pero nunca, dejes las ventanas abiertas" suelen terminar la historia estas señoras, mientras cierran el ascensor con cara de hechiceras y dicen "buenas tardes, amor".   

Mi primera reacción no fue muy decorosa. Previo a un grito ahogado, corrí a encerrarme en la cocina. Me senté en un banquito y pensé los pasos a seguir. De alguna forma, durante todos estos años, había esperado la aparición de los murciélagos, pero el hecho de que no te avisen cuando van a llegar, convierte todo en una secuencia ominosa.

Al rato salí armado con una escoba. Me resguardaba en las esquinas del departamento, que ya era territorio enemigo. Podía estar pegado a la pared, atrás de las bibliotecas, planeando sin ton ni son, colgado en el techo. Cualquiera que me hubiese visto habría pensado que me iba a enfrentar a un oso polar, pero se trataba de un bichito que entraba en una mano. El murciélago se había adueñado del dos ambientes sin pagar alquiler. Busqué en cada recoveco y no estaba, entonces supe que se escondía en la pieza a oscuras, que tenía la puerta abierta. La cerré y empecé a googlear.

Leí las historias más espeluznantes. Personas a las que se les había metido un murciélago y se veían obligadas a convivir durante días con el bicho, que salía del placard o de atrás de un mueble en el momento menos esperado. A otros se les prendían del pelo. A otros los mordían y a los pocos días estaban muertos.

En youtube un tipo agarra al murciélago de la cola y lo deja en el balcón. Ese tipo es mejor que yo.

Un uruguayo, especialista en murciélagos, aconsejaba atraparlos con una caja o un balde y pasarles un cartón por abajo, para que no se escaparan. Hablaba de las bondades del murciélago, de que algunos eran vampiros, pero que la mala fama que tenían estaba vinculada a la impresión que generaban, más que a su conducta. Una conducta ejemplar, por otra parte, ya que se comen mosquitos y todo tipo de insectos que pican y chupan más sangre que ellos. Sepan que el murciélago, decía este especialista mirando a cámara, que en realidad era un filósofo y no lo sabía, tiene más miedo que ustedes.

Agarré un balde. Rompí una caja y conseguí el cartón. Me puse una campera con capucha por si se trataba de un Drácula. Abrí la puerta de la pieza. Primero tiré algunas cosas para ver si el murciélago daba señales de vida: un cubo mágico, un cargador de celular viejo, un vaso de generala. Pero nada. Busqué y busqué durante un par de horas.

Lo encontré en la cortina de la ventana de la pieza, pero del lado de adentro. El balde y el cartón no tenían mucho que hacer. El bicho exhalaba e inhalaba como todos. Tal vez soñaba con un mundo mejor, donde su especie no se viera obligada a vivir en las sombras y espantar a los humanos, sólo por su apariencia de rata con alas.

Ya era de día y me di cuenta las similitudes que había entre los dos: vivíamos de noche, no nos gustaba el sol, éramos solitarios por naturaleza, espantábamos a la gente, nos acostumbramos a estar encerrados, éramos del mismo barrio. Dos murciélagos. Pero ya había decidido que el miedo a que se me apareciera de improvisto mientras me rascaba el ombligo era más grande que mi inexistente piedad. 

Agarré un secador de piso y entré nuevamente a la pieza. El murciélago seguía agarradito a la cortina. Lo miré de costado y pude ver su cara, sus ojos, su hocico. Era horrible, como yo. Le expliqué, sentado en la cama, lo que le iba a pasar. Me entendía pero no estaba de acuerdo. Si lo iba a matar, me explicó el bicho, en forma telepática, era mejor que lo hiciera y ya, sin toda esa sarta de ambigüedades.      

Moví las cortinas con el secador. Quería darle la posibilidad de que se escapara por una ventana. Pero el tipo seguía imperturbable: ¡estaba soñando! Después de un par de amagues ridículos, lo ejecuté.

Me fijé en el piso y ahí estaba. Parecía Batman aplastado por el camión de basura de Ciudad Gótica. Lo barrí junto a sus pequeños soretitos y mientras lo llevaba en la pala hasta el tacho, una de sus alas se movió por última vez, como dicen que a veces se mueven los cadáveres en la camilla de la autopista. Me gustó que hiciera eso, que logrará asustarme incluso después de muerto, que sostuviera su impronta hasta las últimas consecuencias, que me demostrara que aun así era más poderoso y digno que yo. Envolví la bolsa con otra. Y a esa otra, con otra. Después las metí en una caja y la sellé con cinta scotch. Tal vez tenía rabia y podía ser peligroso para los que revisan la basura en busca de algo para vender o comer. Pero el verdadero depredador, el verdadero animal, es el que entró al departamento y escribió este texto.  


miércoles, 27 de febrero de 2019

Profesores particulares



Esto sucedió en el verano del año 2001, previo a la catástrofe social.

Estaba cerca del descenso: se había llevado cuatro materias a marzo. Le organizaron un fixture semanal de profesores particulares.

En el Instituto donde, en vano, intentaron explicarle Física, le dio la sensación de que todos eran más pálidos que él, lo que era mucho decir. Los veía tensos, nerviosos, con una pulcritud forzada. Adolescentes que sin duda siempre habían vivido en edificios del centro, con cierto saberes que él anhelaba y ciertas ingenuidades que él detestaba. Entabló conversación con un pequeño rubio de anteojos, de esos que dan la sensación de que si se caen al piso se rompen y al mismo tiempo parecen más adultos que el resto. Lo primero que le contó era que sus padres se habían separado. Dedujo que todos estaban atravesando esa misma situación. Era el instituto adonde iban a parar los chicos con padres separados.  

Le caían bien esos chicos de cartílago, aunque a veces podían ser egoístas. La vida los había hecho así.

Del profesor de Química recuerda sus bermudas color caqui. Vivía con su madre en una casa enorme después de la loma de Colón. Nunca se había tomado el colectivo que llegaba hasta ahí. Estaba demasiado pendiente de las paradas pero disfrutaba el viaje. En la casa había biblioteca, tocadisco, alfombra, decenas de cuadros colgados en las paredes, floreros, platos hondos con frutas de plástico, un siamés gris. La madre era una flecha: cada tanto aparecía y cruzaba el living. Hablamos de una mujer de grandes aros, de maquillaje teatral, de miradas punzantes, de sonrisas enigmáticas a las que nunca pudo encontrar un referente preciso.

Para Matemáticas volvió a una profesora que lo había ayudado a preparar esa materia años atrás. Reunía a los alumnos en la mesa de su comedor. Les daba una clase distinta a cada uno. Era admirable. A veces se equivocaba los nombres y pedía disculpas. La casa: con olor a sahumerio y las ventanas siempre abiertas, en un barrio de ancianos, veredas rotas, almacenes y una avenida a dos cuadras.

Cuando se iban, la profesora los saludaba mientras fumaba en el porche. Era imposible verla fumar y no pensar en su día a día, en cómo pasaría sus horas esa profesora. Por su trabajo en clase era imposible darse cuenta, pero cuando fumaba, su vida tomaba una dimensión colosal.

Ese verano le prestó atención a una de sus alumnas. Su actitud era en sí misma un shock poético. Daba a entender que era una veterana de las repeticiones. Él tenía dieciséis años, ella quizá catorce. Su conducta en la clase particular era distante, irónica, cínica. El trato con la profesora era familiar pero no por su amenidad: se hablaban poco, casi ni se miraban, como una tía y una sobrina condenadas a vivir un año nuevo perpetuo. La chica daba a entender que si habían llegado al punto de llevarse tantas materias e ir a esa profesora, era obvio que no iban a aprobar. Su pensamiento paradójico lo fascinaba. Tenía un espejito y cada tanto lo usaba para mirarse las cejas. ¿Qué contingencias de la vida habían hecho que esa chica tuviese más experiencia que todos los que estaban sentados ahí? No lo sabía, pero le perturbaba. Un día lo señaló con el dedo y dijo: “Vos vas a repetir”. Sus palabras eran dardos. En ese momento sintió todo el peso de la ley.

Si fallaba en la primera, era difícil remontarla justamente con Física. Y así fue. El examen de Matemáticas fue rápido y fulminante. En su casa mantuvo una conducta hermética, deliberadamente ambigua; en forma implícita, intentaba convencer a sus padres de que no estaba repitiendo su hijo sino un artista de la repetición.

Al profesor de Física le escupían la campera cuando se daba vuelta. El tipo estaba cerca de la jubilación, había dedicado toda una vida a la Física y le pagaban con escupidas. Un día lo vieron llorando en el estacionamiento y uno de sus compañeros se le acercó y le empezó a acariciar la cabeza, diciéndole, como si fuera un bebé: "No llore, viejito".

Cuando llegó al examen de Algoritmo sabía que estaba condenado pero se presentó igual. A la distancia ese gesto absurdo le resulta significativo. Era como si se tuviese que despedir de un paradigma de educación, de una vida más estable, reglamentada, prolija. Como si su Yo de la Primaria hubiese tomado el control en forma muy tardía, sólo para ver las ruinas. Porque quien camino de la salida de la escuela a la parada del colectivo no fue él, sino el abanderado de séptimo grado cuatro años después. Todo esto suena dramático pero lo vivió como si no lo fuera. Muchos años después, al parecer, empieza el análisis estructural del relato.    

Tenía una remera negra con un gran estampado en la espalda. Los rayos del sol completan la escena. Sus compañeros ni siquiera se habían presentado. Las familias negociaban para hacerlos pasar de año en una privada o decidían mandarlos al mercado laboral sin anestesia. Repetir era un hecho furtivo. Esto sucedió en el verano del año 2001, previo a la catástrofe social.  

martes, 26 de febrero de 2019

Después del trap




El rock siempre necesitó sentirse muerto para poder resucitar. Pero cada vez que vuelve, el mercado es más chico, cambiaron las formas de distribución de la música, hay una ola de denuncias por abuso sexual, los viejos héroes se murieron o están por morir. La cultura rock, entonces, como la clase media, se repliega, se asusta y se vuelve conservadora, incluso cuando el trap parece tendiente a convertirse en el rock de los jóvenes centennials. 

¿Qué llega a ser Duki subido a la cima del trap? No hay que interpretar mucho, lo dice él mismo en una canción llamada, en forma elocuente, “Rockstar”. Charly García pidió la prohibición del autotune poco después de que Duki cantara ese tema en el escenario de los Premios Gardel. Se generó una disputa bizarra, documentada en los comentarios de Youtube, entre seguidores de Charly y de Duki. Pocos días después Duki sacó un tema llamado “Ferrari”, en colaboración con DICC, que incluye la frase “demoliendo hoteles como Charly”. Un tema reciente, de Zica/Zaramay, se llama, directamente, “Charly García”. El contenido de la letra tiende a la protesta. Los chicos son marplatenses, hay alusiones a las drogas, al puerto, a la injusticia social. Es un combo polémico, sin duda atractivo porque representa con exactitud e ingenio la violenta efervescencia social. Su protagonista es el hecho maldito del país burgués: el drugo urbano.

Más que la compartida misoginia (expresada con distintos niveles de sutileza), tal vez lo que incomode proviniendo de la cultura rock sea el vínculo en un principio ambiguo del trap con el poder. Si el rock propuso casi siempre una vía alternativa (ser un reventado, un loco, un duende, inmiscuido en un sistema ajeno), las letras de trap masivo van un paso más allá. Se trata de acceder a los bienes materiales del poder. Adoptar una cultura, vaciarla de significado hacia el referente, resignificarla y apropiársela como moraleja. “Mansiones”, “armas”, “drogas”, “putas”: en sus líricas, el trapero vive en el loop de una película de Scorsese. No está atravesado por una ideología sistemática, sino por su intuición, que también es política. Si las clases medias y altas se apropiaron de la cumbia villera, el trap se apropia de la clase alta. Y ésta es la interlocutora omnipresente del trap argentino más trash, una entelequia careta, que ronda los círculos de privilegio. Sombra terrible de Facundo vuelven a invocarte.

En un ensayo sobre Public Enemy incluido en Después del rock, Simon Reynold dijo: “El hip hop es un reflejo hiperbólico del sistema –capitalismo/patriarcado-. Inevitablemente, los excluidos de un status social pleno sólo desean de un modo más severo ese status y sus trampas materiales”. La definición es cierta, pero parece atravesada por una visión muy exigente de los demás. Alguien que no necesita hacer una revolución pidiéndole a alguien que sí, que la haga mejor. Después del supuesto fin de las ideologías, lo que deprime a Reynold es que el oprimido no reacciona con un sueño de fraternidad e igualdad, sino con una conducta cercana al nihilismo. En Jacksonismo, Steven Shapiro se ríe de lo escrito por Greil Marcus sobre Michael Jackson y el hip hop en general. “Para Marcus”, sintetiza, “evidentemente, los negros son, en el mejor de los casos, creadores primitivos e inconscientes, cuyas invenciones solo adquieren significado y se vuelven subversivas cuando los blancos las dotan de la conciencia crítica de la que carecen los negros en su conjunto”.

“Estos blancos ahora quieren matarnos porque no toleran vernos tan arriba” dice Duki en “Rockstar”. En un país donde la palabra “negro” es utilizada como un insulto pero quienes ejercen ese racismo no lo reconocen como tal, este tipo de trap adquiere un tenor político innegable y no del todo subrayado (quizá por la interferencia de la misoginia y la ostentación).

La contracara del trap estilo gangsta, es un cordobés llamado Paulo Londra. Este chico debe ser el artista argentino más exitoso del momento. “Forever alone”, el último tema que sacó, fue un suceso inmediato que en pocos días llegó a más de treinta millones de visitas en Youtube. Su letra puede ser entendida como una parodia feroz del trap canónico. Si el género tiende a una entronización del Ello, Paulo Londra cuenta con un Superyó más presente. El tema desarticula los conceptos básicos sobre el macho alfa trapero; acá escuchamos a un pibe aburrido, sin nada para opinar, perezoso y dormilón, que se tira en su cama y apaga el celular. Descripto así el tema parece un “dechado” de corrección política, pero no carece de picardía: pareciera que Londra, al tiempo que admite su dejadez, estuviera ridiculizando la hipérbole de los demás.

lunes, 25 de febrero de 2019

Wonder boys



Antes que Lady Gaga, diecinueve años antes para ser exactos, Bob Dylan ganó un Oscar por la canción original de una película llamada Wonder Boys (2000), "Things have changed". Y también tocó en vivo en la ceremonia, pero sin Bradley Cooper y sin estar ahí. (A Jorge Drexler le dio el Oscar Prince. Y su canción fue interpretada por Antonio Banderas, aunque él, en los agradecimientos, cantó un poco a capela).  

Wonder Boys parece muy deudora del drama epifánico estilo Belleza americana, que había ganado el Oscar un año atrás. Tal vez ahora no se recuerde tanto, pero en su momento Belleza americana sentó las bases de un tipo de película comercial con pretensiones artísticas (el objetivo era filtrar el universo de Cheever al cine). Tanto es así que generó un personaje arquetípico, el del joven apático, perverso y cautivador. ¿Qué es lo que pasa con los jóvenes después de la caída del Muro de Berlín, de Nirvana, del prozac y MTV? Estos personajes son la respuesta según Hollywood.

Si en Belleza americana es un consumidor de marihuana que filma cortometrajes de nuevo cine argentino, en Wonder Boys es un escritor precoz (James Leer, así en castellano, interpretado por Tobey Maguire, el de Spiderman) que asiste a las clases de escritura creativa de Grady Tripp (un Michael Douglas que poco a poco se convierte en el Beto Alonso). Grady es otro estereotipo del cine y la literatura yanqui: el escritor bloqueado, que tuvo un éxito hace varios años y ahora se encuentra inmiscuido en la escritura de una novela total que ya tiene 2611 páginas y no va ni para atrás ni para adelante. Su novela exitosa se llama “La hija del incendiario”. No se dice si también están involucradas las hijas del fletero y la lagrima. Wonder Boys, a su vez, está basada en una novela de Michael Chabon. Todo esto parece demasiado noventoso para ser cierto pero lo es.

“Things have changed” no es el único tema que suena de Dylan. También está “Not dark yet”. (Por momentos la película parece una excusa para que se escuchen esos temas). 

Otro personaje es el editor de Grady, Terry, que por supuesto es interpretado por Robert Downey Jr. A su vez la película empieza cuando Grady es abandonado por su esposa. Pero igual Grady está enamorado de la rectora de la universidad, Sara. ¿Quién hace de Sara? Frances McDormand. Katie Holmes es Hanna, una Lolita que también asiste al taller de Grady, que además de eso vive en una pieza de su casa (en The Squid and the Whale, una mejor película pero del 2005, pasa lo mismo, incluyendo el divorcio reciente, la novela exitosa, el bloqueo).  

La película registra la épica del escritor contemporáneo yanqui, con David Foster Wallace como Jesucristo. Esos grandes problemas de los escritores norteamericanos: volverse demasiado multimillonarios, no saber qué hacer con tanta inteligencia. Uno se pregunta hasta qué punto alguien se puede sentir interpelado con ese pequeño conflicto pequeño burgués. Da la sensación de que las películas sobre escritores se hacen para los escritores. Y que a los escritores no les gustan un carajo las películas sobre escritores.

Al final de la película Grady pierde las 2611 páginas de su novela y se lo muestra dándole los toques finales a un texto autobiográfico en primera persona. El mundo ya no soporta las ideas de Morelli, se venían los blogs.  

Wonder Boys fue un fracaso absoluto, es bastante forzada, cursi y al final puritana, pero de no existir no le hubieran dado el Oscar a Bob Dylan, cuya actuación, vía satélite desde Sydney, tal vez sea mejor que la película y mejor que la idea de dar premios a películas. Al no estar ahí, Dylan es aura pura. En principio genera un poco de morbo ver las reacciones de los actores ante su presencia. Se los nota incómodos pero risueños, a la expectativa. Nadie sabe lo que va a pasar en serio. El tema alude en forma irónica a  “The Times They Are a-Changin'”, Dylan hace caras raras y escupe las palabras como si realmente pensara todo lo que dice la letra.  La cámara alcanza a mostrar cuando Ed Harris entiende todo en un momento.

“Al componer una canción, uno expresa una visión del mundo, aunque a veces hay pocas probabilidades de que esa visión sea acertada. Y otras veces uno dice cosas que nada tienen que ver con la verdad de lo que se quiere expresar, o dice cosas que todos saben que son verdad. Por otro lado, al mismo tiempo uno piensa que la única verdad sobre la tierra es que no hay ninguna. Todo lo que uno dice, lo dice al voleo. Nunca hay tiempo para reflexionar. Uno echa un remiendo, plancha, hace las maletas y se larga a toda prisa” dice en Crónicas.


sábado, 19 de enero de 2019

Rap, soda y bohemia



-Ya cuando viviste dos revivals de la misma banda es hora de que te sientas viejo.
-Preparate para el re-revival de The Doors.
-Lo bueno de Zappa es que nunca van a poder hacer un revival porque nunca tuvo un “vival”. Además ¿cómo harían para que Zappa quede como un muchacho sensible que dejaba de lado la vida loca porque lo visitaba una ex que le hablaba de los niños hambrientos de África?
-¿Mintiendo?
-Seguramente. La cosa es que a principios de los 90, en el primer lustro, ya habíamos vivido un revival de Queen. Entre la muerte de Freddie, la canción de Barcelona 92 y la escena mítica de El mundo según Wayne, en toda casa de clase media argentina había un disco con los Greatest Hits de Queen. Incluso algunos decían que era la mejor banda de la historia.  
-El fan de Queen está convencido de que son mejores que Los Beatles. Y no te olvides de las reediciones en cd, hasta ese momento no era tan fácil escuchar a Bob Marley, después del cd todo el mundo tenía su Legend, se emocionaba con “Redemption Song” y flasheaba rastas.

***

-¿Y qué te pareció la película?
-Que el mundo es horrible es una verdad que no necesita ser comprobada, escribió Sabato, en su mejor frase. Lo mismo se puede decir de la película de Queen reemplazando “el mundo” por “película de Queen”. Han logrado la hazaña de hacer una película mala con las canciones de Queen, es casi un gesto de vanguardia.
-Acá lo importante es que las nuevas generaciones…
-¡Me cago en las nuevas generaciones! ¡Que escuchen música por sí mismos!
-¿Que agarren la pala?
 -Si, no sé, depende qué pala, pero no me vengas con que todas las manipulaciones cronológicas y emocionales de la película valen si un chico de quince o cuarenta y ocho ahora escucha Queen. El chico de quince y el de cuarenta y ocho que escucha Queen hace tres meses escuchó Luis Miguel y dentro de seis va a escuchar Pancho y la Sonora Colorada si Netflix así lo quiere.
-Sos como esos tipos que dicen que nunca les regalaron nada y que por eso el Estado no debería hacerse cargo de darle una vida digna a la gente humilde. Sos el Olmedo de la cultura rock.  
-Andá a cagar. Esos tipos hacen una apología del sufrimiento, yo hago una apología del descubrimiento de una educación sentimental. Ahora todo sucede como en ese cuento de Felisberto Hernández…
-… en el que a un pasajero del tranvía le inyectan una publicidad mientras viaja. Sí, literalmente, con una jeringa, escena que nunca te tomaste el tiempo de reeler, por lo tanto estás manipulando la obra de Felisberto Hernández.

***

-Además, no rompas las bolas, si vos no sos fanático de Queen, ¿qué te interesa si hay incongruencias cronológicas?
-Lo de las incongruencias cronológicas es lo de menos, la cuestión es que esta película hasta hace unos años sería un telefilm berreta y ahora es la más taquillero de la galaxia. Me hizo acordar a una que pasaban en Space a las tres de la mañana sobre una reunión entre Lennon y McCartney. Esos diálogos de novela de Andrea del Boca, esas escenas de amor bajo la lluvia, la actuación malísima de Mr. Robot, que más que actuación es imitación, todo impostado y artificial. Esa visión pecaminosa de la homosexualidad (camioneros guiñando ojos). Antes no dejábamos pasar esas cosas. Hay un declive marcado de la ficción y nadie hace nada.
-Hay un declive marcado de la realidad y nadie hace nada, boludo, y a vos te interesan los diálogos malos de una película de Queen.
-Todo tiene que ver con todo. Por otro lado, ¿y si el día de mañana hacen una película de Spinetta (Spinetta no lo permita) y dicen que “La bengala perdida” la compuso por Cromañón? Esta película da piedra libre para la farsa.
-Eso ya pasó con Tango Feroz más o menos por la misma época del primer revival de Queen. Estás desbordado, calmate un poco. 

***

-Bajo el subterfugio de “es una película, no está obligada a contar la verdad” se puede manipular la historia a niveles peligrosos.  Además no es que falseando la historia lograron hacer una película mejor, más bien todo lo contrario. Y no me mandés a ver un documental, porque los documentales también mienten.
-Brian May y Roger Taylor estuvieron de acuerdo.
-Brian May y Roger Taylor salieron de gira con un pibe de American Idol. Se puede esperar cualquier cosa de Brian y Roger. Brian May y Roger Taylor deberían odiar a Freddie Mercury y no los juzgo: todo guitarrista, baterista y bajista tienen derecho a odiar al líder genial y ególatra. Freddie, como todo gran artista, debería ser insoportable. Es más, después de ver la película es lo único que me quedó claro. ¿Y qué son todas esas partes en las que se subraya que tal tema es del bajista? Me parece bien reconocer a John Deacon, es un tipo macanudo, no se mete con nadie, pero de la manera en que lo hacen en la película es como: “bueno, te dejamos arafue de la película pero no te chivés”.
-¿No te gustó nada de la película?
-El chiste que le hacen a Roger Taylor sobre la canción del auto. Y hasta eso desgastan. Y la performance del concierto de Live Aid aunque habría evitado la escena ecuménica, propia de un spot de Canal 9, y los teléfonos sonando justo cuando aparece Queen.

***

-Ok, está muy clara tu postura: imposibilitado de disfrutar, anhelás que nadie disfrute nada.   
-Pero imagínate, posta, si el día de mañana hacen una película sobre Spinetta y…
-¡La tenés con Spinetta! ¡Andá a escuchar trap, el ojo que mira al magma de tu madre!
-Pero es lo que se viene, somos un país periférico que copia lo peor. Ahora Spinetta aparece al final de una propaganda de Coca Cola. En fin, te decía, hacen una película sobre Spinetta y muestran que antes del concierto de Las Bandas Eternas les dice a todos los músicos que participan que está enfermo.
-Eso ya se sabía.
-(Piña)         
 -¿Qué hacés, imbécil?
-Le pego una piña simbólica a mi otro yo. ¿Quién lo sabía? Es una presuposición nunca aclarada. El recital de las Bandas Eternas fue el 4 de diciembre de 2009 y Spinetta murió el 8 de febrero de 2012. Nadie que haya ido a ese concierto pensó que era una despedida, era una celebración. Tal vez los músicos lo sabían, tal vez Spinetta lo sabía, eso no se puede asegurar, pero nadie nunca lo confirmó. Es más, Spinetta siguió tocando pero muchos creen que se despidió con ese recital.
-¿Y?
-¿Y? Que estamos en una época espantosa en la que hasta la emoción está prestidigitada, palabra que busqué en un diccionario después de escucharla en un tema de…
-Spinetta, claro. ¿Todo esto por lo del Live Aid y el Aids?  
-Claro, me parece genial emocionarse y llorar por una película, por un libro, por una familia que encuentra a su perro perdido, pero cuando esa emoción necesita de la mentira y de la manipulación (“Intenta mirar este video sin reírte/sin llorar/sin cagarte encima”), eso ya no se llama “emoción”, se llama “chantaje emocional”.
-La emoción siempre estuvo "prestidigitada", palabra que no existe, por otro lado. Bueno, me cansé, yo me voy a la playa, ¿querés venir?
-No, estoy muy indignado por una hipotética película sobre Spinetta que tal vez nunca exista, andá vos.


jueves, 27 de diciembre de 2018

2018



Enero 

En diagonal 

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. 

Green eyes 

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

Mayo 

El libro negro de la tercería tiranía 

Los economistas que aparecen en la tele son la confirmación del fracaso de la política. Una bandita indie de La Plata (así se llaman, abuele) escribe un tema llamado "Javier Milei el último punk" y yo compruebo que soy viejo porque por primera vez en mi vida no me doy cuenta si la letra de una canción de rock es paródica o no y si no es paródica paso a enojarme con la juventud de manera indefectible. ¿Volverá el rock a sorprendernos sin recurrir a las denuncias por abuso? Ayer lo vi a Cristian Aldana en Clarín y parecía Charles Manson.

Instrucciones para subir un Philip Roth 

El motivo del texto no deja de ser dramático: días atrás murió Philip Roth y yo nunca lo había leído. Supongo que debe ser peor para la familia y para sus lectores pero siendo yo un sujeto ajeno a Roth lo que me apenó es no poder participar, siquiera virtual o mentalmente, en la frecuencia de las personas que lo leyeron y por su muerte viven sumidas en un momento de profunda conexión cósmica no exenta de cierta superioridad moral que otorga haber leído a un muerto en una sociedad de vivos.

Julio 

This is estar en el horno 

En el video de “La ciudad de la furia”, diez años atrás, se utilizaba el blanco y negro para captar una imagen estilizada del centro de Buenos Aires y la soledad existencial de sus habitantes. En “Homero” el blanco y negro remitía a la estética del Nuevo Cine Argentino de los 90 y la postal retrataba la vida cotidiana de un barrio de clase baja. Los dos videos y las dos canciones son aguafuertes porteñas pero la de Pity ya se corre a la periferia. Este movimiento generó una reacción clasista contra el rock barrial.

Agosto 

Qué vida violenta, the fuckin setenta 

Todas las canciones compuestas en Argentina durante los 60 y los 70’ fueron alguna vez interpretadas como alegorías sobre la vida política de esos años. Es re fácil hacerlo: "las olas y el viento", por ejemplo, son la resistencia peronista; "el frío del mar", las Fuerzas Armadas; "el frío de tu alma", la clase media argentina, la "ola pronta a romper", la Revolución, y así. "Sucundum sucundum" puede ser Perón en Puerta de Hierro. Todo es factible de ser convertido en "El fiord" con un poco de esfuerzo. 

Octubre

1988. El fin de la ilusión 



No tan distintos, Rock Salta
Un libro dedicado a un año clave en la cultura popular argentina, Diario Popular
El libro que revisita un año bisagra en el rock nacional,Rolling Stone 
1988, el año que se terminaron las sonrisas, Tiempo Argentino
Diez libros que van a quedar, La Agenda
10 Libros de música recomendados que dejó el 2018, Eterna Cadencia
Los 18 mejores libros del año, La Nación
El año en que vivimos en ebullición, La Voz

Noviembre 

Media hora de escritura automática sobre Gustavo Cerati 

Creo que el último concierto de Soda (el de 1997, no el de 2007 que fue regreso y despedida a la vez) es un punto alto en su carrera. Días antes River jugó de local, con el escenario ya armado. Víctor Hugo Morales relató el partido haciendo analogías con temas de Soda Stereo. Analogías del tipo: "Celso Ayala despejó la pelota para que pase el temblor. No es nada personal, querido Celso". De verdad, no lo soñé.

Apocalipsis en el VAR

El fútbol replica los modos de la política y se judicializa. Las chicanas entre hinchas de River y Boca ya no son por victorias o derrotas en partidos, sino por la capacidad de negociación de sus dirigentes en la Conmebol: cuántas fechas suspendieron a Gallardo, cuántas a Boca después del gas pimienta, etc.

La pregunta es 

Maipú, Las Armas, General Pirán, Coronel Vidal.  Sensación de quietud, soledad y misterio que vuelve mítica a la llanura pampeana. Cuando muera quiero que me entierren en General Pirán. Nunca pasé tanto tiempo en un lugar y en movimiento. Siempre que miro por la ventana los carteles dicen “GRAL. PIRÁN”.

Diciembre 

Media hora de escritura automática sobre River vs. Boca

Sin embargo ¿ese mismo hincha no sabía de la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos? Al parecer sí, porque nadie se sorprendió demasiado con lo que pasó y “la violencia en el fútbol” es de público conocimiento. Por lo que la frase entera podría ser la siguiente, con el pensamiento inconsciente y reprimido entre paréntesis: “(Ahora que compruebo que el partido genera ganas de matar e hipotéticas muertes, me interesa más pero como esto es inaceptable moralmente, diré todo lo contrario, es decir, que) El partido no me interesa más”. 

¿Hay alguien ahí? 

También hay personas que, además de pagar o reclamar algo, quieren hablar. Con el cana de la puerta, con los de informes, con todos. En fin: personas solas que tal vez no tienen a nadie y sólo pueden hablar cuando van a pagar algo a Edea. ¿Quién asegura que no nos vamos a convertir en esas personas? Nadie.

Rodrigo Sabio 

A la altura del Casino, Rodrigo paró el auto, me miró a los ojos y, cagándose de risa pero con la solemnidad de una lección que iba a perdurar en el tiempo, me dijo: "Fede, te cuento algo: los críticos a veces son amigos de los directores".    

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos 

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  


domingo, 9 de diciembre de 2018

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos



Para F.F

No me podía dormir  y soñé que Gallardo inventaba una táctica insuperable. Era un 3-3-3-3. Me desperté feliz pero al segundo me di cuenta que no se puede salir a la cancha con trece jugadores.

Al mediodía tengo asado en la casa de mis viejos. No tengo apetito. Pruebo un pedazo de vacío y es como si me hubiese comido un extraterrestre. Mi viejo me da una pastilla y me siento en el sillón. Parezco Diego en el entretiempo de Argentina y Nigeria. Cambio de canal porque la previa es insoportable: están hablando de qué shampoo usa Wanchope. En el contexto de la mesa de Mirtha Legrand, Brenda Asnicar es Eva Perón.

Empieza el partido. Desde el principio me doy cuenta que no es una buena tarde/noche para River. No hace pie en el mediocampo. Ponzio y Enzo Pérez se equivocan en los pases. Pratto está muy aislado. El Pity intenta desbordar y no puede. Boca se dedica a esperar, consciente de que es inferior a nivel equipo pero que tiene mejores jugadores de ataque.

Llega el gol de Boca. Ahí algo se rompe en mi forma de asimilar el mundo. Todo es confuso y caótico, como una novela de Faulkner. No sé lo que sucede pero lo que sucede es espantoso. Para coronar, Benedetto festeja con cara de velociraptor.

Termina el primer tiempo y decido volver a mi departamento. Mi vieja no entiende nada. Yo tampoco. ¿Te llamo un remis?, me dice (vivo a treinta cuadras). No, voy  caminando, miento, pensando que voy a conseguir un taxi.

Salgo a la calle. Llovió y me resbalo porque me puse unas zapatillas que me compré en el 2015 y tienen la suela gastada. Empiezo a caminar por la calle y casi me pisa un auto. Adentro reconozco camisetas de Boca y quienes las llevan me miran con la cara de velociraptor de Benedetto. Es como esa escena del bebé diabólico de La pasión de Cristo de Mel Gibson.

Decido cruzar por el medio la Plaza Mitre para llegar más rápido. No hay nadie. Solo una madre y su hijo jugando en las hamacas. Me gustaría ser ese niño. O esa madre. Me gustaría no estar protagonizando este cuento de un mal imitador de Fontanarrosa. Entro a un kiosco y compro dos latas de Coca Cola. La señora que atiende hace todo con una calma zen que comienza a desesperarme.  Le dejo cien pesos arriba del mostrador y salgo. Está loco, escucho que murmura.

Sigo por Falucho, veo la hora: ya son las cinco y media, empezó el segundo tiempo. Empiezo a caminar con más velocidad pero las piernas no me responden. Estoy contracturado. Soy un idiota. Escucho que alguien grita “Gol”. Llamo a mi novia preguntando quién hizo el gol. Al parecer nadie hizo el gol, fue un forro que me vio caminando rápido y quería que sufriera más.

Lentamente, sin quererlo, empiezo a trotar. Unos viejitos desde la vidriera de un geriátrico me miran con tristeza. Recuerdo la cara de Benedetto y corro. Siempre fue gracioso que un tipo alto, flaco y sedentario corra pero hoy lo es más que nunca. Pasan unos amigos con la camiseta de Boca. Se ríen. Llevan bizcochos y facturas para ver el segundo tiempo. Tengo ganas de putearlos, porque además deben haber votado a Macri, pero por suerte me reprimo: eran de esos tipos con corte de pelo a la moda, tatuajes y músculos de gimnasio. Me iban a cagar a trompadas. Además no me habían dicho nada, sólo eran felices y yo no.    

Llegando a Tucumán detengo mi corrida patética y decido no ver el partido. Ya está, me digo. No puede ser que el fútbol me convierta en un ser tan despreciable. Si el género es una construcción cultural, me digo, ¿qué mierda significa ser hincha de un Club? No vale la pena sufrir por 22 multimillonarios. No quiero ser hablado por el capitalismo. Camino lento un par de pasos pero en vez de recordar la cara de Benedetto, me acuerdo de Astrada y Hernán Díaz. De Medina Bello y de la Bruja Berti. Me acuerdo de cosas que no viví: de La Máquina, de los 18 años sin salir campeones. Me acuerdo de cuando nos fuimos a la B, de Enzo Francescoli, el jugador más spinetteano, de Aimar y de Orteguita. Hasta me acuerdo de Ramón Díaz, al que nunca quise, y empiezo a correr otra vez, ahora desesperadamente, como Forrest Gump, película que estaban pasando en Canal 13 después de Mirtha. Nunca sabés qué te va a tocar en la caja de bombones, ¿no, Forrest?, capaz que se lo damos vuelta.   

Llego casi sin fuerzas al ascensor. Diez pisos. ¿Para qué mierda me mudé a un décimo piso? Tarda una eternidad en pasar del cuarto al quinto. Si me estuviese cagando hubiese sido menos dramático.

Al entrar al departamento recuerdo por qué me quedé a ver el partido en lo de mis viejos, si a mí me gusta ver los partidos solo como loco malo: no tengo cable. Surfeo en los laberintos llenos de spam de Internet.

Consigo un streaming en HD. Me perdí los primeros quince minutos. Parece Rayo Vallecano vs. Boca de Galicia: es una transmisión de la televisión española. De pronto escucho un acento conocido. Es Valdano. Es el fucking Valdano, el intelectual más grande que salió de una cancha de fútbol, el tipo que antes de Argentina vs. Inglaterra en el 86 dijo: “Este es el partido para que se confundan los imbéciles”. Y siento en carne propia cómo es ser un imbécil que se confundió.

La narrativa española me tranquiliza. Se ríen de la rusticidad del juego. Valdano cada tanto manda genialidades:

“Hay partidos que duran días, hay partidos que duran meses, hay partidos que duran años. Éste es uno de esos partidos”

Valdano entiende la carga histórica del partido en tiempo real. Es Borges. Es Jorge Luis Valdano. Quintero, que (creo) entró por Ponzio y la está rompiendo, le pega de media distancia y la manda a la tribuna. Valdano explica: “Respeto a los jugadores que hacen cosas extrañas en los últimos veinticinco metros de la cancha”. Yo también, le respondo al monitor. 

Si los justificados anti fútbol supieran que, además del negocio, los barrabravas, la xenofobia y la homofobia, existe Valdano, no odiarían tanto este deporte de mierda.  

De repente hace el gol Pratto. Es una jugada de otro partido. Lo grito al borde del desmayo. Empiezo a toser, casi vomito el extraterrestre que me comí a las dos de la tarde. River se planta bien en la cancha. Es el equipo de Gallardo. Un equipo de lujo que combina el buen gusto tradicional de la banda roja con una personalidad para afrontar partidos difíciles pocas veces vista en este Club.

Pero River se queda y Boca, con más entusiasmo que ideas, vuelve a equilibrar el partido. Tevez en el banco me recuerda al 2004 y me tapo la cara y los oídos, no sólo porque imagino escenas de terror en los próximos minutos, sino porque el gol de Pratto me lo anunciaron con un par de segundos de anterioridad mis vecinos: el streaming viene con delay y si hay gol de Boca, no quiero morir dos veces.

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  

Lo echan a Barrios al toque. No hay nada más improductivo que tener un jugador de más en un clásico: te dejan la épica servida. El superclásico más bizarro de la historia se convierte en la lucha simbólica eterna: River, enarbolando las banderas de Apolo, intentando jugar por abajo con Enzo Pérez, Quintero y Pity a la vanguardia; y Boca, el equipo de Dioniso, haciendo todo bien menos jugar al fútbol, por supuesto.

Después del golazo de Quintero pierdo la linealidad temporal. No sé bien si fue antes o después de que se rompiera el pobre Gago. La emoción me lleva a ser piadoso. El arquero de Boca se la juega antes de tiempo y River se pierde el tercero tantas veces que se impone esa vieja máxima que atraviesa las décadas: “Los goles que no se hacen en el arco rival, se pagan en el propio”. Y a punto está de cumplirse la ley cuando Jara, sí, creo que es Jara, encuentra una pelota boyando en el borde del área, pero pega en el palo. Y ahí, recién ahí, cuando entiendo que además de jugar mejor, tenemos la suerte que tuvo Boca desde que Latorre nos dio vuelta un 3-1 en 1991, siento que River va a ganar la Copa Libertadores.   

El Pity marca el tres a uno con el arco solo. Termina el partido. Busco en Youtube el himno de River de Copani y lo canto a viva voz, como un demente. Tengo las ventanas abiertas y se escuchan bocinazos. La vecina sube la persiana y me mira. “Disculpe”, le digo. No sé si me disculpa, creo que estaba durmiendo.

En la cancha le hacen una nota a Francescoli, está emocionado. Enzo Francescoli está emocionado y yo también me emociono con él. En el Santiago Bernabéu suena la parte de “Dale alegría a mi corazón” cantado por el hincha de River más hermoso del mundo: Luis Alberto Spinetta. Llamo a mi viejo, de quien no me despedí cuando salí de mi casa en la corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos. No sé bien qué decirle, no tiene sentido comentar el partido ni explicar por qué me fui cuando terminó el primer tiempo, así que recurro al lugar común y a la literatura barata, que tantas veces se parece a la vida: “Che, pa, gracias por hacerme de River”.    

viernes, 7 de diciembre de 2018

Rodrigo Sabio



La primera vez que supe de Rodrigo Sabio fue por La Fuga, una revista marplatense de fines de los 90. No recuerdo bien qué escribía, seguramente sobre cine, pero sus textos demostraban un caudal de información y un desparpajo para expresarse que no eran habituales en la ciudad.

Durante buena parte de la adolescencia me la pasé escuchando la Rock and Pop Beach, repetidora marplatense de la radio porteña. Escuchaba todo, desde Cuál es (recuerdo ir al Industrial en colectivo con los auriculares porque no quería perderme un ranking de canciones históricas de rock nacional) hasta Buenos Aires Blues, que lo pasaban los sábados a la noche. Incluso escuchaba Tiempos violentos, un programa de Gustavo Olmedo sobre heavy, trash, una música con la que nunca pude empatizar. También escuchaba los programas marplatenses, como Perros de la calle (se llamaba así antes del de Andy K), con Martín Echevarría y Fabián Montaruli. No había muchos más.

Después Rodrigo Sabio apareció en un programa llamado Batidos no revueltos. Creo que lo pasaban los sábados a la mañana, un horario imposible. Había algo ahí que me gustaba, cierta anarquía que concordaba con mi visión del mundo a los quince años.

En 1999 (¿o fue antes?) empezó Barrilete Cósmico, el programa más emblemático que haya existido alguna vez en la radio marplatense. Acostumbrado al profesionalismo de la Rock and Pop oficial, creo que al principio me pareció malísimo. Después me di cuenta que ésa era la gracia del asunto. Rodrigo empezaba los programas con monólogos existenciales y urbanos. Estas palabras de introducción revelaban una perspectiva algo desesperanzada y brutal sobre la vida. La tendencia a no tomarse nada en serio, más los sketches escatológicos y bizarros que conformaban el programa, servían de contrapeso. Después venía una introducción genial, con el relato de Víctor Hugo y un collage con frases y escenas de cine, típicas del imaginario transcultural de Rodrigo.

Creo que la mayor parte de las cosas que pasaban en Barrilete Cósmico hoy no se podrían decir al aire. Después pasaron el programa a la tarde porque desembarcó Fernando Peña a la noche, con un gran programa llamado Cucuruchos en la frente (lo empecé a escuchar con odio, porque me había sacado la ceremonia ritual de Barrilete). Después volvieron a la noche y terminó el 30 de diciembre del año 2004, la noche de Cromañón. A partir de ese momento la pregunta “¿Cuándo vuelve Barrilete?” pasó a ser un hit. Rodrigo era sin dudas el cerebro del grupo pero no el que más se lucía, eso se lo dejaba a sus compañeros: Pablo Vasco, Nacho Sacchi, Luciano Carrera, Esteban Salinas y Javier Polich. El programa llenó el Auditorium un par de veces. Yo fui una vez, en la que invitaron al Cholo Ciano, periodista legendario de la radio y tv marplatense. Barrilete Cósmico es de esos pocos productos culturales de la ciudad que generaron una identificación que los marplatenses solemos tener sólo con programas, bandas o escritores de Buenos Aires. Preguntar “¿Vo’ so’ Aprile?” es una contraseña cultural inexplicable.

Por contingencias de la vida conocí a Rodrigo justo en esa etapa de esplendor de Barrilete: era el novio de mi hermana. No iba mucho a casa ni a fiestas familiares. Rodrigo era, como muchos de nosotros, un precursor de los hikikomoris y de los hábitos culturales de este siglo, podía pasarse horas y horas mirando series y películas encerrado. Una vez fue a un casamiento o una fiesta de quince de la familia. Cuando venía alguien a sacar fotos o filmar, Rodrigo levantaba su copa (de agua o Coca Cola Light, porque no tomaba alcohol) y decía: “Viva Perón”. Era como un surrealista incrustado en el medio del hecho familiar. 

Sabía que me gustaba Charly y que no tenía plata para comprarme los cds. Un día me dijo: “Creo que esto te va a gustar”. Me había grabado Clics Modernos, Piano Bar, Parte de la religión, Cómo conseguir chicas, Filosofía barata y La hija de la lágrima. No lo hacía para caerle bien al hermano más chico de su novia: ¡Rodrigo desconocía por completo ese tipo de protocolos caretas! Lo hacía porque le gustaba compartir su mundo con los demás.

Más tarde me invitó a participar en un programa para que hablara de libros. La sección se llamaba “Monólogos de la pagina” (sin acento). Yo tenía 21 años, era muy introvertido. Creo que Rodrigo se daba cuenta y quería que saliera de mi enfrascamiento. Ir a la radio para mí era como acceder a otro mundo. Recuerdo una vez que llegué y le estaba haciendo una entrevista a Daniel Katz, intendente de la ciudad. Rodrigo hablaba con Katz como si fuera un tipo cualquiera de la calle. Un día, con su clásico humor chocante, estilo Zappa (a quien me hizo escuchar), hizo una cortina musical llamada “El puto de los libros”. Yo me enojé y decidí no ir más. Recuerdo esos mails en los que Rodrigo no podía entender que yo me hubiese enojado por algo así y me causa mucha gracia. A los pocos meses me contactó otra vez y estuvo todo bien, pero la radio no era lo mío.

Ahí le perdí el rastro pero cada tanto lo escuchaba haciendo entrevistas impensables para el contexto de la radio marplatense (y argentina): David Cronenberg, Carlos Alomar, Joe Blaney, Stewart Copeland. Espero que alguien haya guardado esas entrevistas porque eran realmente increíbles. Creo que Rodrigo siempre tuvo una proyección nacional que, por causas que desconozco, quedó trunca. Por otro lado que se haya quedado en Mar del Plata, ciudad de la que todos se van, es una declaración de principios. Es como decir: “Hey, acá también se pueden hacer cosas, no hace falta irse a otro lado”.

Más que participar del programa, me gustaba volver, porque Rodrigo me llevaba a mi casa en su auto y yo disfrutaba mucho conversar con él. Siempre hablábamos de cine y rock en el auto, nada de cuestiones de la vida personal. Podríamos haber sido amigos pero creo que ninguno de los dos sabía muy bien cómo cultivar una amistad. Recuerdo una vez en particular. Año 2005. Era una tarde-noche de invierno marplatense ortodoxo: tristeza existencial, frío antártico, luces de neón, nadie en la calle. En este caso yo le decía que una película argentina, que ni siquiera me había gustado, no podía ser mala porque había leído "reseñas elogiosas". Así estuvimos un rato: él me instaba a que respete mis propios gustos (mi subjetividad, mi cosmovisión, mi sensibilidad, en fin), yo insistía con que no podía ser mala si un par de tipos decían que era una genialidad. A la altura del Casino, Rodrigo paró el auto, me miró a los ojos y, cagándose de risa pero con la solemnidad de una lección que iba a perdurar en el tiempo, me dijo: "Fede, te cuento algo: los críticos a veces son amigos de los directores".    

En su novela La familia Fortuna, ambientada en Mar del Plata, Tulio Stella dice que ésta es una ciudad en la que está todo por hacerse y en la que se hizo todo mal. En ese contexto, Rodrigo no dejó nada por hacer e hizo las cosas bien. Murió el martes a los cincuenta años, el mismo día que Frank Zappa.



martes, 4 de diciembre de 2018

¿Hay alguien ahí?


¿Es demasiado soberbio/ dar la espalda a la calle/ donde rugen los automóviles terroristas/ y la policía rebosa de actualidad?” (Invitación a la dalia, Joaquín Giannuzzi)

Hoy tuve que pagar una factura vencida en Edea. Tenía que ir y pagar pero antes actualizar la factura en la mesa de informes, cuya cola ocupaba media cuadra.

Hay que tener una gran capacidad de frustración para asimilar con tranquilidad que algo en lo que creías que ibas a gastar quince minutos, te va a llevar dos horas. El tipo de adelante se dio vuelta y me dijo: "Antes pagaba dos, ahora pago treinta, ¿cómo puede ser?". No supe qué contestarle. Es decir, sabía por qué ahora pagaba treinta y antes dos pero me pareció que no era indicado decírselo.

Antes me gustaban esas escenas costumbristas, me servían para intentar sacarle la ficha a ciertos comportamientos sociales. En los suplementos culturales uno aprende que este tipo de cosas son "kafkianas". Es una manera de otorgarle una poética a la vida cotidiana. Para mí, más que kafkianas, estas escenas son una mierda.

¿Qué ves cuando vas a Edea? Casi todos tenemos una cara que denota que la vida no era lo que pensamos cuando teníamos ocho años. Hay muchas personas mayores acompañadas por hijos de treinta a cincuenta años. Estas personas mayores de pronto se han convertido en los hijos de sus hijos. Los hijos casi siempre intentan que los padres no hagan la cola y parecen apurados. Deben pedir la mañana libre en el trabajo para este tipo de cosas. No deben haber pensado que algún día sus padres se transformarían en sus hijos y eso les debe causar incomodidad y violencia.

También hay personas que, además de pagar o reclamar algo, quieren hablar. Con el cana de la puerta, con los de informes, con todos. En fin: personas solas que tal vez no tienen a nadie y sólo pueden hablar cuando van a pagar algo a Edea. ¿Quién asegura que no nos vamos a convertir en esas personas? Nadie.

Pero quienes más se ven son viejitas. Pequeñas y arrugadas mujeres de más de ochenta años, señoras bonsai que deambulan por Edea con bastones, grandes sombreros, sacos holgados y carteras en las que podrían meterse y dormir. No tienen hijos o nietos que funcionen como tutores de un mundo posmoderno que no entienden. No hablan mucho, preguntan algo cada tanto, sonríen cuando se les da el paso o se les responde con amabilidad. Señoras bonsai que me hacen acordar a mi abuela, que poco antes de morir, cuando se le preguntaba por algún conocido de su generación, respondía con indiferencia: "No sé, nene, debe estar muerto". ¿Cómo será que todas las personas que conociste estén muertas? 


Cerca de la puerta de entrada hay un sector llamado "Telegestión", en el que los clientes de Edea pueden llamar por teléfono y cambiar la titularidad de las cuentas o ese tipo de cosas. Cuando me fui vi a una de estas señoras bonsai con el tubo en la mano. Preguntaba una y otra vez: "¿Hay alguien ahí?".

domingo, 2 de diciembre de 2018

Media hora de escritura automática sobre River vs. Boca



“Soñé que River y Boca jugaban la final de la Copa Libertadores en el Santiago Bernabeu”. El superclásico tiene la estructura de un sueño ininteligible.

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La matriz “paranoica” del hincha de River ante los sucesos que produjeron la suspensión del partido no se explica sólo por el color de la camiseta. En la semana previa al superclásico de vuelta, el Mundo Boca intervino los medios: una charla motivacional con un sobreviviente de la tragedia de Los Andes, un entrenamiento a puertas abiertas, una comida en casa de Tevez con foto grupal acorde. Mientras tanto, en el Mundo River se hablaba de si Scocco llegaba o no, de si Gallardo jugaría con un solo delantero o incluiría a Mora. Es decir, River, con todos sus problemas, sigue siendo un equipo de fútbol y no sólo una excelente campaña de marketing de tintes duranbarbescos.

La ciencia ficción nos ha enseñado que en el futuro todo iba a estar arreglado. Desde la década del 40 Orwell leyó la semántica de 1984 como un año donde el Estado iba a decir que dos más dos era cinco. Esto lo entendieron muy bien Thom Yorke y los gobiernos del mundo. Me pregunto hasta qué punto el fútbol es un deporte y no la continuación de la guerra por otros medios. Y resulta que en estos años, con todo el tema de la “posverdad”, un buen eufemismo para referirse a la “mentira”, existe una guerrilla de medios. Una noticia es vista de manera totalmente diferente en TN y C5N. Esto vuelve la interpretación de lo que dicen los medios un trabajo mental que muchas veces escapa a la respuesta unidimensional (fue acción de un genio maquiavélico: Macri, Angelici, D’Onofrío, Gallardo, La Conmebol, la Seguridad de la ciudad, los servicios, y de paso pensemos en la diferente gravedad de estos nombres y sus posibilidades ciertas de incidir en el hecho social argentino) o ecuménica (fuimos todos, somos una sociedad enferma, somos la peor mierda de la especie, merecemos morir, morir suavemente mientras una serie de catástrofes socio económicas nos ofrecen paradigmas de autodestrucción hasta explotar). Por otro lado hay una fobia social a decir “no sé” o “la verdad no llego a concluir en una expresión coherente con todo lo que vi y escuché”.

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"River" modificó su imaginario cultural después del paso por la B. Tal vez "Boca" deba repensarse a sí mismo. Por eso escuchar a Tevez ensayar una dura crítica contra River sonó grotesco. Supongamos que Tevez tiene razón, que la Conmebol es de River, que hay una especie de conspiración para que River gane la Copa, que nadie de River se acercó a hablar (en la Bombonera la Policía revisó el vestuario de River). Así y todo Boca es el Club de Macri y Angelici. Obviamente no se le puede pedir a Tevez que se convierta en el Che Guevara. Lo que tampoco se debería es aceptar sus dichos sin darles una connotación política (inconsciente quizá para Tevez) teniendo en cuenta que el Presidente argentino es ex presidente de Boca, hincha confeso del Club, que suele hablar de ese Club incluso para romper el hielo de una visita en Colombia, que se instaló en la política gracias a su paso por ese Club, que cuando se supo del superclásico intervino decididamente (pero sin virtudes) en la organización del partido: le dio a la serie el marco que se le otorga a una cuestión de Estado y el segundo partido se va a jugar en Madrid. Durante los 90 la omnipresencia de Menem también impregnó el imaginario riverplatense. Así es la vida. 

Aludo a las declaraciones de Tevez porque son las que marcaron una especie de límite moral para referirse al clásico: lo que pasó es igual al 2015, por eso hay que suspender el partido y darle la Copa a Boca. Me parece, seguro me equivoco, que se habla de River como un ente homogéneo, donde coinciden dirigencia, cuerpo técnico, barra brava, hinchada desperdiga en el mundo. Bueno, tengo una noticia: eso no existe. Estoy de acuerdo con que el partido se haya suspendido, con que las heridas causadas al plantel de Boca afectaban el desarrollo natural del juego y con que darle la Copa a Boca hubiese sido una injusticia para un hincha de River medio, ni siquiera fanático, y una respuesta entre oportunista y razonable para todos los demás. Es decir, puedo ver la distancia entre mi subjetividad parcial y cierto consenso objetivo ideal. Pero de ahí a decir: River Malo/Boca Bueno, como se instaló desde usinas de opinión, hay un largo y sinuoso camino.

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Las comparaciones sobre los dos episodios son inevitables. Sobre el Panadero también recayeron acusaciones de “infiltrado”. Estamos en la era de los infiltrados. Después, como ahora, se determinó que era una interna de los barras. Lo cierto es que hinchas agredieron a jugadores del equipo contrario. Ahora bien, la teoría de que la esquina en la que hieren a varios jugadores antes de que comience “el segundo partido de una serie en la que empataste el primero en tu cancha” pertenece a la jurisdicción de River y por eso es lo mismo que te tiren gas pimienta “en la salida del túnel del segundo tiempo adentro de la cancha de tu clásico rival en el segundo partido de una serie que vas a ganando” suena como reducir el legalismo al absurdo. Sin embargo esta visión es demasiada incorrecta para ser dicha en voz alta por falta de humanismo. Algo de eso hay pero, claro, el humanismo hace agua en todos lados: cuando se habla de las heridas y los daños psicológicos que sufrieron los integrantes del plantel de Boca no se aclara que también los hinchas de River, y no exactamente los que tiraron las piedras (a los que hacerlos cobrar físicamente tampoco me parece la respuesta más civilizada), fueron reprimidos y, además, manipulados de una manera por lo menos extraña a quedarse durante horas en un Estadio en un clima enrarecido, no sólo por los barras sino también por la policía. Es decir, las víctimas no sólo fueron los jugadores de Boca sino también buena parte de los que asistieron al Estadio.

El episodio del “gas pimienta” no se resolvió nunca. Se hablaba de los desmanes del sábado pasado como “la marcha del orgullo heterosexual”. Desde la era queer podríamos decir que el gas pimienta rompió la sororidad entre los hinchas de River y Boca: uno no se recibe de hincha si no puede admirar a Riquelme siendo de River y viceversa con Ortega y Boca. Tengo malas noticias: ya Riquelme y Ortega no dictan el imaginario del River vs. Boca. Lo dictan Macri/Angelici, D’Onofrío, los relatores partidarios, la Conmebol.

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Día a día, los medios sumaron pequeñas noticias contradictorias alrededor del superclásico: el ahora ex Ministro de Seguridad porteño Ocampo es “compadre” de Angelici e hincha de River; el médico que revisó a Pablo Pérez es vocal de Boca; la hermana del presidente de la Conmebol estaba en la cancha de River alentando al equipo; días antes del superclásico detuvieron a un capo de la barra de River con entradas de reventa; un brasileño que iba a votar a favor de la descalificación de River fue dejado afuera de la votación por el Tribunal de Disciplina.  Este tipo de noticias son ofrecidas por los medios en forma aislada, le dejan al lector la posibilidad de unirlas o no. Por lo que se puede sacar una conclusión: iría en contra de la naturaleza de los medios que se sepa con exactitud lo que pasó.  

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Volviendo a ese deporte extinto, el fútbol: ¿cuál fue la impresión que dejó el partido en la Bombonera? ¿Qué River estaba muerto de miedo y no quería jugar la revancha? ¿O que una parte de la hinchada de River, tal vez explicitando en forma poco productiva lo que todos pensábamos, sentía ese empate como un triunfo camuflado? Que River pierda puede ser entendido como una catástrofe mental, que pierda Boca puede ser entendido como una catástrofe política. No termino de darme cuenta qué es peor y si una y otra no se incluyen o son lo mismo.  Mientras tanto River perdió la localía, en el medio jugó un partido y fue eliminado de la Copa Argentina. De ese triunfalismo peligroso no quedan ni las cenizas. Es decir, más allá del empate 2-2, la suspensión igualó la serie en todos los órdenes.

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Hinchas de River y de Boca coinciden en una frase, que es pronunciada mientras se mira al infinito con gesto resignado y con la esperanza de que genere aplausos y loas: “El partido no me interesa más”. Al revelarse ante sus ojos la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos, el hincha (casi discepoliano) no puede hacer más que abjurar del fútbol. Sin embargo ¿ese mismo hincha no sabía de la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos? Al parecer sí, porque nadie se sorprendió demasiado con lo que pasó y “la violencia en el fútbol” es de público conocimiento. Por lo que la frase entera podría ser la siguiente, con el pensamiento inconsciente y reprimido entre paréntesis: “(Ahora que compruebo que el partido genera ganas de matar e hipotéticas muertes, me interesa más pero como esto es inaceptable moralmente, diré todo lo contrario, es decir, que) El partido no me interesa más”. 

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¿Y? ¿Quién gana? ¿River o Boca? Gana el capitalismo.