sábado, 19 de enero de 2019

Rap, soda y bohemia



-Ya cuando viviste dos revivals de la misma banda es hora de que te sientas viejo.
-Preparate para el re-revival de The Doors.
-Lo bueno de Zappa es que nunca van a poder hacer un revival porque nunca tuvo un “vival”. Además ¿cómo harían para que Zappa quede como un muchacho sensible que dejaba de lado la vida loca porque lo visitaba una ex que le hablaba de los niños hambrientos de África?
-¿Mintiendo?
-Seguramente. La cosa es que a principios de los 90, en el primer lustro, ya habíamos vivido un revival de Queen. Entre la muerte de Freddie, la canción de Barcelona 92 y la escena mítica de El mundo según Wayne, en toda casa de clase media argentina había un disco con los Greatest Hits de Queen. Incluso algunos decían que era la mejor banda de la historia.  
-El fan de Queen está convencido de que son mejores que Los Beatles. Y no te olvides de las reediciones en cd, hasta ese momento no era tan fácil escuchar a Bob Marley, después del cd todo el mundo tenía su Legend, se emocionaba con “Redemption Song” y flasheaba rastas.

***

-¿Y qué te pareció la película?
-Que el mundo es horrible es una verdad que no necesita ser comprobada, escribió Sabato, en su mejor frase. Lo mismo se puede decir de la película de Queen reemplazando “el mundo” por “película de Queen”. Han logrado la hazaña de hacer una película mala con las canciones de Queen, es casi un gesto de vanguardia.
-Acá lo importante es que las nuevas generaciones…
-¡Me cago en las nuevas generaciones! ¡Que escuchen música por sí mismos!
-¿Que agarren la pala?
 -Si, no sé, depende qué pala, pero no me vengas con que todas las manipulaciones cronológicas y emocionales de la película valen si un chico de quince o cuarenta y ocho ahora escucha Queen. El chico de quince y el de cuarenta y ocho que escucha Queen hace tres meses escuchó Luis Miguel y dentro de seis va a escuchar Pancho y la Sonora Colorada si Netflix así lo quiere.
-Sos como esos tipos que dicen que nunca les regalaron nada y que por eso el Estado no debería hacerse cargo de darle una vida digna a la gente humilde. Sos el Olmedo de la cultura rock.  
-Andá a cagar. Esos tipos hacen una apología del sufrimiento, yo hago una apología del descubrimiento de una educación sentimental. Ahora todo sucede como en ese cuento de Felisberto Hernández…
-… en el que a un pasajero del tranvía le inyectan una publicidad mientras viaja. Sí, literalmente, con una jeringa, escena que nunca te tomaste el tiempo de reeler, por lo tanto estás manipulando la obra de Felisberto Hernández.

***

-Además, no rompas las bolas, si vos no sos fanático de Queen, ¿qué te interesa si hay incongruencias cronológicas?
-Lo de las incongruencias cronológicas es lo de menos, la cuestión es que esta película hasta hace unos años sería un telefilm berreta y ahora es la más taquillero de la galaxia. Me hizo acordar a una que pasaban en Space a las tres de la mañana sobre una reunión entre Lennon y McCartney. Esos diálogos de novela de Andrea del Boca, esas escenas de amor bajo la lluvia, la actuación malísima de Mr. Robot, que más que actuación es imitación, todo impostado y artificial. Esa visión pecaminosa de la homosexualidad (camioneros guiñando ojos). Antes no dejábamos pasar esas cosas. Hay un declive marcado de la ficción y nadie hace nada.
-Hay un declive marcado de la realidad y nadie hace nada, boludo, y a vos te interesan los diálogos malos de una película de Queen.
-Todo tiene que ver con todo. Por otro lado, ¿y si el día de mañana hacen una película de Spinetta (Spinetta no lo permita) y dicen que “La bengala perdida” la compuso por Cromañón? Esta película da piedra libre para la farsa.
-Eso ya pasó con Tango Feroz más o menos por la misma época del primer revival de Queen. Estás desbordado, calmate un poco. 

***

-Bajo el subterfugio de “es una película, no está obligada a contar la verdad” se puede manipular la historia a niveles peligrosos.  Además no es que falseando la historia lograron hacer una película mejor, más bien todo lo contrario. Y no me mandés a ver un documental, porque los documentales también mienten.
-Brian May y Roger Taylor estuvieron de acuerdo.
-Brian May y Roger Taylor salieron de gira con un pibe de American Idol. Se puede esperar cualquier cosa de Brian y Roger. Brian May y Roger Taylor deberían odiar a Freddie Mercury y no los juzgo: todo guitarrista, baterista y bajista tienen derecho a odiar al líder genial y ególatra. Freddie, como todo gran artista, debería ser insoportable. Es más, después de ver la película es lo único que me quedó claro. ¿Y qué son todas esas partes en las que se subraya que tal tema es del bajista? Me parece bien reconocer a John Deacon, es un tipo macanudo, no se mete con nadie, pero de la manera en que lo hacen en la película es como: “bueno, te dejamos arafue de la película pero no te chivés”.
-¿No te gustó nada de la película?
-El chiste que le hacen a Roger Taylor sobre la canción del auto. Y hasta eso desgastan. Y la performance del concierto de Live Aid aunque habría evitado la escena ecuménica, propia de un spot de Canal 9, y los teléfonos sonando justo cuando aparece Queen.

***

-Ok, está muy clara tu postura: imposibilitado de disfrutar, anhelás que nadie disfrute nada.   
-Pero imagínate, posta, si el día de mañana hacen una película sobre Spinetta y…
-¡La tenés con Spinetta! ¡Andá a escuchar trap, el ojo que mira al magma de tu madre!
-Pero es lo que se viene, somos un país periférico que copia lo peor. Ahora Spinetta aparece al final de una propaganda de Coca Cola. En fin, te decía, hacen una película sobre Spinetta y muestran que antes del concierto de Las Bandas Eternas les dice a todos los músicos que participan que está enfermo.
-Eso ya se sabía.
-(Piña)         
 -¿Qué hacés, imbécil?
-Le pego una piña simbólica a mi otro yo. ¿Quién lo sabía? Es una presuposición nunca aclarada. El recital de las Bandas Eternas fue el 4 de diciembre de 2009 y Spinetta murió el 8 de febrero de 2012. Nadie que haya ido a ese concierto pensó que era una despedida, era una celebración. Tal vez los músicos lo sabían, tal vez Spinetta lo sabía, eso no se puede asegurar, pero nadie nunca lo confirmó. Es más, Spinetta siguió tocando pero muchos creen que se despidió con ese recital.
-¿Y?
-¿Y? Que estamos en una época espantosa en la que hasta la emoción está prestidigitada, palabra que busqué en un diccionario después de escucharla en un tema de…
-Spinetta, claro. ¿Todo esto por lo del Live Aid y el Aids?  
-Claro, me parece genial emocionarse y llorar por una película, por un libro, por una familia que encuentra a su perro perdido, pero cuando esa emoción necesita de la mentira y de la manipulación (“Intenta mirar este video sin reírte/sin llorar/sin cagarte encima”), eso ya no se llama “emoción”, se llama “chantaje emocional”.
-La emoción siempre estuvo "prestidigitada", palabra que no existe, por otro lado. Bueno, me cansé, yo me voy a la playa, ¿querés venir?
-No, estoy muy indignado por una hipotética película sobre Spinetta que tal vez nunca exista, andá vos.


jueves, 27 de diciembre de 2018

2018



Enero 

En diagonal 

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. 

Green eyes 

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

Mayo 

El libro negro de la tercería tiranía 

Los economistas que aparecen en la tele son la confirmación del fracaso de la política. Una bandita indie de La Plata (así se llaman, abuele) escribe un tema llamado "Javier Milei el último punk" y yo compruebo que soy viejo porque por primera vez en mi vida no me doy cuenta si la letra de una canción de rock es paródica o no y si no es paródica paso a enojarme con la juventud de manera indefectible. ¿Volverá el rock a sorprendernos sin recurrir a las denuncias por abuso? Ayer lo vi a Cristian Aldana en Clarín y parecía Charles Manson.

Instrucciones para subir un Philip Roth 

El motivo del texto no deja de ser dramático: días atrás murió Philip Roth y yo nunca lo había leído. Supongo que debe ser peor para la familia y para sus lectores pero siendo yo un sujeto ajeno a Roth lo que me apenó es no poder participar, siquiera virtual o mentalmente, en la frecuencia de las personas que lo leyeron y por su muerte viven sumidas en un momento de profunda conexión cósmica no exenta de cierta superioridad moral que otorga haber leído a un muerto en una sociedad de vivos.

Julio 

This is estar en el horno 

En el video de “La ciudad de la furia”, diez años atrás, se utilizaba el blanco y negro para captar una imagen estilizada del centro de Buenos Aires y la soledad existencial de sus habitantes. En “Homero” el blanco y negro remitía a la estética del Nuevo Cine Argentino de los 90 y la postal retrataba la vida cotidiana de un barrio de clase baja. Los dos videos y las dos canciones son aguafuertes porteñas pero la de Pity ya se corre a la periferia. Este movimiento generó una reacción clasista contra el rock barrial.

Agosto 

Qué vida violenta, the fuckin setenta 

Todas las canciones compuestas en Argentina durante los 60 y los 70’ fueron alguna vez interpretadas como alegorías sobre la vida política de esos años. Es re fácil hacerlo: "las olas y el viento", por ejemplo, son la resistencia peronista; "el frío del mar", las Fuerzas Armadas; "el frío de tu alma", la clase media argentina, la "ola pronta a romper", la Revolución, y así. "Sucundum sucundum" puede ser Perón en Puerta de Hierro. Todo es factible de ser convertido en "El fiord" con un poco de esfuerzo. 

Octubre

1988. El fin de la ilusión 



No tan distintos, Rock Salta
Un libro dedicado a un año clave en la cultura popular argentina, Diario Popular
El libro que revisita un año bisagra en el rock nacional,Rolling Stone 
1988, el año que se terminaron las sonrisas, Tiempo Argentino
Diez libros que van a quedar, La Agenda
10 Libros de música recomendados que dejó el 2018, Eterna Cadencia
Los 18 mejores libros del año, La Nación
El año en que vivimos en ebullición, La Voz

Noviembre 

Media hora de escritura automática sobre Gustavo Cerati 

Creo que el último concierto de Soda (el de 1997, no el de 2007 que fue regreso y despedida a la vez) es un punto alto en su carrera. Días antes River jugó de local, con el escenario ya armado. Víctor Hugo Morales relató el partido haciendo analogías con temas de Soda Stereo. Analogías del tipo: "Celso Ayala despejó la pelota para que pase el temblor. No es nada personal, querido Celso". De verdad, no lo soñé.

Apocalipsis en el VAR

El fútbol replica los modos de la política y se judicializa. Las chicanas entre hinchas de River y Boca ya no son por victorias o derrotas en partidos, sino por la capacidad de negociación de sus dirigentes en la Conmebol: cuántas fechas suspendieron a Gallardo, cuántas a Boca después del gas pimienta, etc.

La pregunta es 

Maipú, Las Armas, General Pirán, Coronel Vidal.  Sensación de quietud, soledad y misterio que vuelve mítica a la llanura pampeana. Cuando muera quiero que me entierren en General Pirán. Nunca pasé tanto tiempo en un lugar y en movimiento. Siempre que miro por la ventana los carteles dicen “GRAL. PIRÁN”.

Diciembre 

Media hora de escritura automática sobre River vs. Boca

Sin embargo ¿ese mismo hincha no sabía de la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos? Al parecer sí, porque nadie se sorprendió demasiado con lo que pasó y “la violencia en el fútbol” es de público conocimiento. Por lo que la frase entera podría ser la siguiente, con el pensamiento inconsciente y reprimido entre paréntesis: “(Ahora que compruebo que el partido genera ganas de matar e hipotéticas muertes, me interesa más pero como esto es inaceptable moralmente, diré todo lo contrario, es decir, que) El partido no me interesa más”. 

¿Hay alguien ahí? 

También hay personas que, además de pagar o reclamar algo, quieren hablar. Con el cana de la puerta, con los de informes, con todos. En fin: personas solas que tal vez no tienen a nadie y sólo pueden hablar cuando van a pagar algo a Edea. ¿Quién asegura que no nos vamos a convertir en esas personas? Nadie.

Rodrigo Sabio 

A la altura del Casino, Rodrigo paró el auto, me miró a los ojos y, cagándose de risa pero con la solemnidad de una lección que iba a perdurar en el tiempo, me dijo: "Fede, te cuento algo: los críticos a veces son amigos de los directores".    

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos 

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  


domingo, 9 de diciembre de 2018

La corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos



Para F.F

No me podía dormir  y soñé que Gallardo inventaba una táctica insuperable. Era un 3-3-3-3. Me desperté feliz pero al segundo me di cuenta que no se puede salir a la cancha con trece jugadores.

Al mediodía tengo asado en la casa de mis viejos. No tengo apetito. Pruebo un pedazo de vacío y es como si me hubiese comido un extraterrestre. Mi viejo me da una pastilla y me siento en el sillón. Parezco Diego en el entretiempo de Argentina y Nigeria. Cambio de canal porque la previa es insoportable: están hablando de qué shampoo usa Wanchope. En el contexto de la mesa de Mirtha Legrand, Brenda Asnicar es Eva Perón.

Empieza el partido. Desde el principio me doy cuenta que no es una buena tarde/noche para River. No hace pie en el mediocampo. Ponzio y Enzo Pérez se equivocan en los pases. Pratto está muy aislado. El Pity intenta desbordar y no puede. Boca se dedica a esperar, consciente de que es inferior a nivel equipo pero que tiene mejores jugadores de ataque.

Llega el gol de Boca. Ahí algo se rompe en mi forma de asimilar el mundo. Todo es confuso y caótico, como una novela de Faulkner. No sé lo que sucede pero lo que sucede es espantoso. Para coronar, Benedetto festeja con cara de velociraptor.

Termina el primer tiempo y decido volver a mi departamento. Mi vieja no entiende nada. Yo tampoco. ¿Te llamo un remis?, me dice (vivo a treinta cuadras). No, voy  caminando, miento, pensando que voy a conseguir un taxi.

Salgo a la calle. Llovió y me resbalo porque me puse unas zapatillas que me compré en el 2015 y tienen la suela gastada. Empiezo a caminar por la calle y casi me pisa un auto. Adentro reconozco camisetas de Boca y quienes las llevan me miran con la cara de velociraptor de Benedetto. Es como esa escena del bebé diabólico de La pasión de Cristo de Mel Gibson.

Decido cruzar por el medio la Plaza Mitre para llegar más rápido. No hay nadie. Solo una madre y su hijo jugando en las hamacas. Me gustaría ser ese niño. O esa madre. Me gustaría no estar protagonizando este cuento de un mal imitador de Fontanarrosa. Entro a un kiosco y compro dos latas de Coca Cola. La señora que atiende hace todo con una calma zen que comienza a desesperarme.  Le dejo cien pesos arriba del mostrador y salgo. Está loco, escucho que murmura.

Sigo por Falucho, veo la hora: ya son las cinco y media, empezó el segundo tiempo. Empiezo a caminar con más velocidad pero las piernas no me responden. Estoy contracturado. Soy un idiota. Escucho que alguien grita “Gol”. Llamo a mi novia preguntando quién hizo el gol. Al parecer nadie hizo el gol, fue un forro que me vio caminando rápido y quería que sufriera más.

Lentamente, sin quererlo, empiezo a trotar. Unos viejitos desde la vidriera de un geriátrico me miran con tristeza. Recuerdo la cara de Benedetto y corro. Siempre fue gracioso que un tipo alto, flaco y sedentario corra pero hoy lo es más que nunca. Pasan unos amigos con la camiseta de Boca. Se ríen. Llevan bizcochos y facturas para ver el segundo tiempo. Tengo ganas de putearlos, porque además deben haber votado a Macri, pero por suerte me reprimo: eran de esos tipos con corte de pelo a la moda, tatuajes y músculos de gimnasio. Me iban a cagar a trompadas. Además no me habían dicho nada, sólo eran felices y yo no.    

Llegando a Tucumán detengo mi corrida patética y decido no ver el partido. Ya está, me digo. No puede ser que el fútbol me convierta en un ser tan despreciable. Si el género es una construcción cultural, me digo, ¿qué mierda significa ser hincha de un Club? No vale la pena sufrir por 22 multimillonarios. No quiero ser hablado por el capitalismo. Camino lento un par de pasos pero en vez de recordar la cara de Benedetto, me acuerdo de Astrada y Hernán Díaz. De Medina Bello y de la Bruja Berti. Me acuerdo de cosas que no viví: de La Máquina, de los 18 años sin salir campeones. Me acuerdo de cuando nos fuimos a la B, de Enzo Francescoli, el jugador más spinetteano, de Aimar y de Orteguita. Hasta me acuerdo de Ramón Díaz, al que nunca quise, y empiezo a correr otra vez, ahora desesperadamente, como Forrest Gump, película que estaban pasando en Canal 13 después de Mirtha. Nunca sabés qué te va a tocar en la caja de bombones, ¿no, Forrest?, capaz que se lo damos vuelta.   

Llego casi sin fuerzas al ascensor. Diez pisos. ¿Para qué mierda me mudé a un décimo piso? Tarda una eternidad en pasar del cuarto al quinto. Si me estuviese cagando hubiese sido menos dramático.

Al entrar al departamento recuerdo por qué me quedé a ver el partido en lo de mis viejos, si a mí me gusta ver los partidos solo como loco malo: no tengo cable. Surfeo en los laberintos llenos de spam de Internet.

Consigo un streaming en HD. Me perdí los primeros quince minutos. Parece Rayo Vallecano vs. Boca de Galicia: es una transmisión de la televisión española. De pronto escucho un acento conocido. Es Valdano. Es el fucking Valdano, el intelectual más grande que salió de una cancha de fútbol, el tipo que antes de Argentina vs. Inglaterra en el 86 dijo: “Este es el partido para que se confundan los imbéciles”. Y siento en carne propia cómo es ser un imbécil que se confundió.

La narrativa española me tranquiliza. Se ríen de la rusticidad del juego. Valdano cada tanto manda genialidades:

“Hay partidos que duran días, hay partidos que duran meses, hay partidos que duran años. Éste es uno de esos partidos”

Valdano entiende la carga histórica del partido en tiempo real. Es Borges. Es Jorge Luis Valdano. Quintero, que (creo) entró por Ponzio y la está rompiendo, le pega de media distancia y la manda a la tribuna. Valdano explica: “Respeto a los jugadores que hacen cosas extrañas en los últimos veinticinco metros de la cancha”. Yo también, le respondo al monitor. 

Si los justificados anti fútbol supieran que, además del negocio, los barrabravas, la xenofobia y la homofobia, existe Valdano, no odiarían tanto este deporte de mierda.  

De repente hace el gol Pratto. Es una jugada de otro partido. Lo grito al borde del desmayo. Empiezo a toser, casi vomito el extraterrestre que me comí a las dos de la tarde. River se planta bien en la cancha. Es el equipo de Gallardo. Un equipo de lujo que combina el buen gusto tradicional de la banda roja con una personalidad para afrontar partidos difíciles pocas veces vista en este Club.

Pero River se queda y Boca, con más entusiasmo que ideas, vuelve a equilibrar el partido. Tevez en el banco me recuerda al 2004 y me tapo la cara y los oídos, no sólo porque imagino escenas de terror en los próximos minutos, sino porque el gol de Pratto me lo anunciaron con un par de segundos de anterioridad mis vecinos: el streaming viene con delay y si hay gol de Boca, no quiero morir dos veces.

El suplementario es algo que sin dudas sucede en el plano metafísico. Los jugadores están entre desbordados y hechos mierda. La pelota vuela por los aires. River tiene más claridad pero en frente está Boca que, por decirlo de una manera sofisticada, está acostumbrado a ganar clásicos con el orto más que con las piernas. Puede pasar cualquiera cosa. Los relatores españoles siguen cagándose de risa pero ya no me calman. Valdano lanza carcajadas histéricas, impropias de él, debe sentir lo que Borges cuando vio el Aleph, pero éste es el Aleph engordado.  

Lo echan a Barrios al toque. No hay nada más improductivo que tener un jugador de más en un clásico: te dejan la épica servida. El superclásico más bizarro de la historia se convierte en la lucha simbólica eterna: River, enarbolando las banderas de Apolo, intentando jugar por abajo con Enzo Pérez, Quintero y Pity a la vanguardia; y Boca, el equipo de Dioniso, haciendo todo bien menos jugar al fútbol, por supuesto.

Después del golazo de Quintero pierdo la linealidad temporal. No sé bien si fue antes o después de que se rompiera el pobre Gago. La emoción me lleva a ser piadoso. El arquero de Boca se la juega antes de tiempo y River se pierde el tercero tantas veces que se impone esa vieja máxima que atraviesa las décadas: “Los goles que no se hacen en el arco rival, se pagan en el propio”. Y a punto está de cumplirse la ley cuando Jara, sí, creo que es Jara, encuentra una pelota boyando en el borde del área, pero pega en el palo. Y ahí, recién ahí, cuando entiendo que además de jugar mejor, tenemos la suerte que tuvo Boca desde que Latorre nos dio vuelta un 3-1 en 1991, siento que River va a ganar la Copa Libertadores.   

El Pity marca el tres a uno con el arco solo. Termina el partido. Busco en Youtube el himno de River de Copani y lo canto a viva voz, como un demente. Tengo las ventanas abiertas y se escuchan bocinazos. La vecina sube la persiana y me mira. “Disculpe”, le digo. No sé si me disculpa, creo que estaba durmiendo.

En la cancha le hacen una nota a Francescoli, está emocionado. Enzo Francescoli está emocionado y yo también me emociono con él. En el Santiago Bernabéu suena la parte de “Dale alegría a mi corazón” cantado por el hincha de River más hermoso del mundo: Luis Alberto Spinetta. Llamo a mi viejo, de quien no me despedí cuando salí de mi casa en la corrida más estúpida y memorable de todos los tiempos. No sé bien qué decirle, no tiene sentido comentar el partido ni explicar por qué me fui cuando terminó el primer tiempo, así que recurro al lugar común y a la literatura barata, que tantas veces se parece a la vida: “Che, pa, gracias por hacerme de River”.    

viernes, 7 de diciembre de 2018

Rodrigo Sabio



La primera vez que supe de Rodrigo Sabio fue por La Fuga, una revista marplatense de fines de los 90. No recuerdo bien qué escribía, seguramente sobre cine, pero sus textos demostraban un caudal de información y un desparpajo para expresarse que no eran habituales en la ciudad.

Durante buena parte de la adolescencia me la pasé escuchando la Rock and Pop Beach, repetidora marplatense de la radio porteña. Escuchaba todo, desde Cuál es (recuerdo ir al Industrial en colectivo con los auriculares porque no quería perderme un ranking de canciones históricas de rock nacional) hasta Buenos Aires Blues, que lo pasaban los sábados a la noche. Incluso escuchaba Tiempos violentos, un programa de Gustavo Olmedo sobre heavy, trash, una música con la que nunca pude empatizar. También escuchaba los programas marplatenses, como Perros de la calle (se llamaba así antes del de Andy K), con Martín Echevarría y Fabián Montaruli. No había muchos más.

Después Rodrigo Sabio apareció en un programa llamado Batidos no revueltos. Creo que lo pasaban los sábados a la mañana, un horario imposible. Había algo ahí que me gustaba, cierta anarquía que concordaba con mi visión del mundo a los quince años.

En 1999 (¿o fue antes?) empezó Barrilete Cósmico, el programa más emblemático que haya existido alguna vez en la radio marplatense. Acostumbrado al profesionalismo de la Rock and Pop oficial, creo que al principio me pareció malísimo. Después me di cuenta que ésa era la gracia del asunto. Rodrigo empezaba los programas con monólogos existenciales y urbanos. Estas palabras de introducción revelaban una perspectiva algo desesperanzada y brutal sobre la vida. La tendencia a no tomarse nada en serio, más los sketches escatológicos y bizarros que conformaban el programa, servían de contrapeso. Después venía una introducción genial, con el relato de Víctor Hugo y un collage con frases y escenas de cine, típicas del imaginario transcultural de Rodrigo.

Creo que la mayor parte de las cosas que pasaban en Barrilete Cósmico hoy no se podrían decir al aire. Después pasaron el programa a la tarde porque desembarcó Fernando Peña a la noche, con un gran programa llamado Cucuruchos en la frente (lo empecé a escuchar con odio, porque me había sacado la ceremonia ritual de Barrilete). Después volvieron a la noche y terminó el 30 de diciembre del año 2004, la noche de Cromañón. A partir de ese momento la pregunta “¿Cuándo vuelve Barrilete?” pasó a ser un hit. Rodrigo era sin dudas el cerebro del grupo pero no el que más se lucía, eso se lo dejaba a sus compañeros: Pablo Vasco, Nacho Sacchi, Luciano Carrera, Esteban Salinas y Javier Polich. El programa llenó el Auditorium un par de veces. Yo fui una vez, en la que invitaron al Cholo Ciano, periodista legendario de la radio y tv marplatense. Barrilete Cósmico es de esos pocos productos culturales de la ciudad que generaron una identificación que los marplatenses solemos tener sólo con programas, bandas o escritores de Buenos Aires. Preguntar “¿Vo’ so’ Aprile?” es una contraseña cultural inexplicable.

Por contingencias de la vida conocí a Rodrigo justo en esa etapa de esplendor de Barrilete: era el novio de mi hermana. No iba mucho a casa ni a fiestas familiares. Rodrigo era, como muchos de nosotros, un precursor de los hikikomoris y de los hábitos culturales de este siglo, podía pasarse horas y horas mirando series y películas encerrado. Una vez fue a un casamiento o una fiesta de quince de la familia. Cuando venía alguien a sacar fotos o filmar, Rodrigo levantaba su copa (de agua o Coca Cola Light, porque no tomaba alcohol) y decía: “Viva Perón”. Era como un surrealista incrustado en el medio del hecho familiar. 

Sabía que me gustaba Charly y que no tenía plata para comprarme los cds. Un día me dijo: “Creo que esto te va a gustar”. Me había grabado Clics Modernos, Piano Bar, Parte de la religión, Cómo conseguir chicas, Filosofía barata y La hija de la lágrima. No lo hacía para caerle bien al hermano más chico de su novia: ¡Rodrigo desconocía por completo ese tipo de protocolos caretas! Lo hacía porque le gustaba compartir su mundo con los demás.

Más tarde me invitó a participar en un programa para que hablara de libros. La sección se llamaba “Monólogos de la pagina” (sin acento). Yo tenía 21 años, era muy introvertido. Creo que Rodrigo se daba cuenta y quería que saliera de mi enfrascamiento. Ir a la radio para mí era como acceder a otro mundo. Recuerdo una vez que llegué y le estaba haciendo una entrevista a Daniel Katz, intendente de la ciudad. Rodrigo hablaba con Katz como si fuera un tipo cualquiera de la calle. Un día, con su clásico humor chocante, estilo Zappa (a quien me hizo escuchar), hizo una cortina musical llamada “El puto de los libros”. Yo me enojé y decidí no ir más. Recuerdo esos mails en los que Rodrigo no podía entender que yo me hubiese enojado por algo así y me causa mucha gracia. A los pocos meses me contactó otra vez y estuvo todo bien, pero la radio no era lo mío.

Ahí le perdí el rastro pero cada tanto lo escuchaba haciendo entrevistas impensables para el contexto de la radio marplatense (y argentina): David Cronenberg, Carlos Alomar, Joe Blaney, Stewart Copeland. Espero que alguien haya guardado esas entrevistas porque eran realmente increíbles. Creo que Rodrigo siempre tuvo una proyección nacional que, por causas que desconozco, quedó trunca. Por otro lado que se haya quedado en Mar del Plata, ciudad de la que todos se van, es una declaración de principios. Es como decir: “Hey, acá también se pueden hacer cosas, no hace falta irse a otro lado”.

Más que participar del programa, me gustaba volver, porque Rodrigo me llevaba a mi casa en su auto y yo disfrutaba mucho conversar con él. Siempre hablábamos de cine y rock en el auto, nada de cuestiones de la vida personal. Podríamos haber sido amigos pero creo que ninguno de los dos sabía muy bien cómo cultivar una amistad. Recuerdo una vez en particular. Año 2005. Era una tarde-noche de invierno marplatense ortodoxo: tristeza existencial, frío antártico, luces de neón, nadie en la calle. En este caso yo le decía que una película argentina, que ni siquiera me había gustado, no podía ser mala porque había leído "reseñas elogiosas". Así estuvimos un rato: él me instaba a que respete mis propios gustos (mi subjetividad, mi cosmovisión, mi sensibilidad, en fin), yo insistía con que no podía ser mala si un par de tipos decían que era una genialidad. A la altura del Casino, Rodrigo paró el auto, me miró a los ojos y, cagándose de risa pero con la solemnidad de una lección que iba a perdurar en el tiempo, me dijo: "Fede, te cuento algo: los críticos a veces son amigos de los directores".    

En su novela La familia Fortuna, ambientada en Mar del Plata, Tulio Stella dice que ésta es una ciudad en la que está todo por hacerse y en la que se hizo todo mal. En ese contexto, Rodrigo no dejó nada por hacer e hizo las cosas bien. Murió el martes a los cincuenta años, el mismo día que Frank Zappa.



martes, 4 de diciembre de 2018

¿Hay alguien ahí?


¿Es demasiado soberbio/ dar la espalda a la calle/ donde rugen los automóviles terroristas/ y la policía rebosa de actualidad?” (Invitación a la dalia, Joaquín Giannuzzi)

Hoy tuve que pagar una factura vencida en Edea. Tenía que ir y pagar pero antes actualizar la factura en la mesa de informes, cuya cola ocupaba media cuadra.

Hay que tener una gran capacidad de frustración para asimilar con tranquilidad que algo en lo que creías que ibas a gastar quince minutos, te va a llevar dos horas. El tipo de adelante se dio vuelta y me dijo: "Antes pagaba dos, ahora pago treinta, ¿cómo puede ser?". No supe qué contestarle. Es decir, sabía por qué ahora pagaba treinta y antes dos pero me pareció que no era indicado decírselo.

Antes me gustaban esas escenas costumbristas, me servían para intentar sacarle la ficha a ciertos comportamientos sociales. En los suplementos culturales uno aprende que este tipo de cosas son "kafkianas". Es una manera de otorgarle una poética a la vida cotidiana. Para mí, más que kafkianas, estas escenas son una mierda.

¿Qué ves cuando vas a Edea? Casi todos tenemos una cara que denota que la vida no era lo que pensamos cuando teníamos ocho años. Hay muchas personas mayores acompañadas por hijos de treinta a cincuenta años. Estas personas mayores de pronto se han convertido en los hijos de sus hijos. Los hijos casi siempre intentan que los padres no hagan la cola y parecen apurados. Deben pedir la mañana libre en el trabajo para este tipo de cosas. No deben haber pensado que algún día sus padres se transformarían en sus hijos y eso les debe causar incomodidad y violencia.

También hay personas que, además de pagar o reclamar algo, quieren hablar. Con el cana de la puerta, con los de informes, con todos. En fin: personas solas que tal vez no tienen a nadie y sólo pueden hablar cuando van a pagar algo a Edea. ¿Quién asegura que no nos vamos a convertir en esas personas? Nadie.

Pero quienes más se ven son viejitas. Pequeñas y arrugadas mujeres de más de ochenta años, señoras bonsai que deambulan por Edea con bastones, grandes sombreros, sacos holgados y carteras en las que podrían meterse y dormir. No tienen hijos o nietos que funcionen como tutores de un mundo posmoderno que no entienden. No hablan mucho, preguntan algo cada tanto, sonríen cuando se les da el paso o se les responde con amabilidad. Señoras bonsai que me hacen acordar a mi abuela, que poco antes de morir, cuando se le preguntaba por algún conocido de su generación, respondía con indiferencia: "No sé, nene, debe estar muerto". ¿Cómo será que todas las personas que conociste estén muertas? 


Cerca de la puerta de entrada hay un sector llamado "Telegestión", en el que los clientes de Edea pueden llamar por teléfono y cambiar la titularidad de las cuentas o ese tipo de cosas. Cuando me fui vi a una de estas señoras bonsai con el tubo en la mano. Preguntaba una y otra vez: "¿Hay alguien ahí?".

domingo, 2 de diciembre de 2018

Media hora de escritura automática sobre River vs. Boca



“Soñé que River y Boca jugaban la final de la Copa Libertadores en el Santiago Bernabeu”. El superclásico tiene la estructura de un sueño ininteligible.

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La matriz “paranoica” del hincha de River ante los sucesos que produjeron la suspensión del partido no se explica sólo por el color de la camiseta. En la semana previa al superclásico de vuelta, el Mundo Boca intervino los medios: una charla motivacional con un sobreviviente de la tragedia de Los Andes, un entrenamiento a puertas abiertas, una comida en casa de Tevez con foto grupal acorde. Mientras tanto, en el Mundo River se hablaba de si Scocco llegaba o no, de si Gallardo jugaría con un solo delantero o incluiría a Mora. Es decir, River, con todos sus problemas, sigue siendo un equipo de fútbol y no sólo una excelente campaña de marketing de tintes duranbarbescos.

La ciencia ficción nos ha enseñado que en el futuro todo iba a estar arreglado. Desde la década del 40 Orwell leyó la semántica de 1984 como un año donde el Estado iba a decir que dos más dos era cinco. Esto lo entendieron muy bien Thom Yorke y los gobiernos del mundo. Me pregunto hasta qué punto el fútbol es un deporte y no la continuación de la guerra por otros medios. Y resulta que en estos años, con todo el tema de la “posverdad”, un buen eufemismo para referirse a la “mentira”, existe una guerrilla de medios. Una noticia es vista de manera totalmente diferente en TN y C5N. Esto vuelve la interpretación de lo que dicen los medios un trabajo mental que muchas veces escapa a la respuesta unidimensional (fue acción de un genio maquiavélico: Macri, Angelici, D’Onofrío, Gallardo, La Conmebol, la Seguridad de la ciudad, los servicios, y de paso pensemos en la diferente gravedad de estos nombres y sus posibilidades ciertas de incidir en el hecho social argentino) o ecuménica (fuimos todos, somos una sociedad enferma, somos la peor mierda de la especie, merecemos morir, morir suavemente mientras una serie de catástrofes socio económicas nos ofrecen paradigmas de autodestrucción hasta explotar). Por otro lado hay una fobia social a decir “no sé” o “la verdad no llego a concluir en una expresión coherente con todo lo que vi y escuché”.

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"River" modificó su imaginario cultural después del paso por la B. Tal vez "Boca" deba repensarse a sí mismo. Por eso escuchar a Tevez ensayar una dura crítica contra River sonó grotesco. Supongamos que Tevez tiene razón, que la Conmebol es de River, que hay una especie de conspiración para que River gane la Copa, que nadie de River se acercó a hablar (en la Bombonera la Policía revisó el vestuario de River). Así y todo Boca es el Club de Macri y Angelici. Obviamente no se le puede pedir a Tevez que se convierta en el Che Guevara. Lo que tampoco se debería es aceptar sus dichos sin darles una connotación política (inconsciente quizá para Tevez) teniendo en cuenta que el Presidente argentino es ex presidente de Boca, hincha confeso del Club, que suele hablar de ese Club incluso para romper el hielo de una visita en Colombia, que se instaló en la política gracias a su paso por ese Club, que cuando se supo del superclásico intervino decididamente (pero sin virtudes) en la organización del partido: le dio a la serie el marco que se le otorga a una cuestión de Estado y el segundo partido se va a jugar en Madrid. Durante los 90 la omnipresencia de Menem también impregnó el imaginario riverplatense. Así es la vida. 

Aludo a las declaraciones de Tevez porque son las que marcaron una especie de límite moral para referirse al clásico: lo que pasó es igual al 2015, por eso hay que suspender el partido y darle la Copa a Boca. Me parece, seguro me equivoco, que se habla de River como un ente homogéneo, donde coinciden dirigencia, cuerpo técnico, barra brava, hinchada desperdiga en el mundo. Bueno, tengo una noticia: eso no existe. Estoy de acuerdo con que el partido se haya suspendido, con que las heridas causadas al plantel de Boca afectaban el desarrollo natural del juego y con que darle la Copa a Boca hubiese sido una injusticia para un hincha de River medio, ni siquiera fanático, y una respuesta entre oportunista y razonable para todos los demás. Es decir, puedo ver la distancia entre mi subjetividad parcial y cierto consenso objetivo ideal. Pero de ahí a decir: River Malo/Boca Bueno, como se instaló desde usinas de opinión, hay un largo y sinuoso camino.

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Las comparaciones sobre los dos episodios son inevitables. Sobre el Panadero también recayeron acusaciones de “infiltrado”. Estamos en la era de los infiltrados. Después, como ahora, se determinó que era una interna de los barras. Lo cierto es que hinchas agredieron a jugadores del equipo contrario. Ahora bien, la teoría de que la esquina en la que hieren a varios jugadores antes de que comience “el segundo partido de una serie en la que empataste el primero en tu cancha” pertenece a la jurisdicción de River y por eso es lo mismo que te tiren gas pimienta “en la salida del túnel del segundo tiempo adentro de la cancha de tu clásico rival en el segundo partido de una serie que vas a ganando” suena como reducir el legalismo al absurdo. Sin embargo esta visión es demasiada incorrecta para ser dicha en voz alta por falta de humanismo. Algo de eso hay pero, claro, el humanismo hace agua en todos lados: cuando se habla de las heridas y los daños psicológicos que sufrieron los integrantes del plantel de Boca no se aclara que también los hinchas de River, y no exactamente los que tiraron las piedras (a los que hacerlos cobrar físicamente tampoco me parece la respuesta más civilizada), fueron reprimidos y, además, manipulados de una manera por lo menos extraña a quedarse durante horas en un Estadio en un clima enrarecido, no sólo por los barras sino también por la policía. Es decir, las víctimas no sólo fueron los jugadores de Boca sino también buena parte de los que asistieron al Estadio.

El episodio del “gas pimienta” no se resolvió nunca. Se hablaba de los desmanes del sábado pasado como “la marcha del orgullo heterosexual”. Desde la era queer podríamos decir que el gas pimienta rompió la sororidad entre los hinchas de River y Boca: uno no se recibe de hincha si no puede admirar a Riquelme siendo de River y viceversa con Ortega y Boca. Tengo malas noticias: ya Riquelme y Ortega no dictan el imaginario del River vs. Boca. Lo dictan Macri/Angelici, D’Onofrío, los relatores partidarios, la Conmebol.

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Día a día, los medios sumaron pequeñas noticias contradictorias alrededor del superclásico: el ahora ex Ministro de Seguridad porteño Ocampo es “compadre” de Angelici e hincha de River; el médico que revisó a Pablo Pérez es vocal de Boca; la hermana del presidente de la Conmebol estaba en la cancha de River alentando al equipo; días antes del superclásico detuvieron a un capo de la barra de River con entradas de reventa; un brasileño que iba a votar a favor de la descalificación de River fue dejado afuera de la votación por el Tribunal de Disciplina.  Este tipo de noticias son ofrecidas por los medios en forma aislada, le dejan al lector la posibilidad de unirlas o no. Por lo que se puede sacar una conclusión: iría en contra de la naturaleza de los medios que se sepa con exactitud lo que pasó.  

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Volviendo a ese deporte extinto, el fútbol: ¿cuál fue la impresión que dejó el partido en la Bombonera? ¿Qué River estaba muerto de miedo y no quería jugar la revancha? ¿O que una parte de la hinchada de River, tal vez explicitando en forma poco productiva lo que todos pensábamos, sentía ese empate como un triunfo camuflado? Que River pierda puede ser entendido como una catástrofe mental, que pierda Boca puede ser entendido como una catástrofe política. No termino de darme cuenta qué es peor y si una y otra no se incluyen o son lo mismo.  Mientras tanto River perdió la localía, en el medio jugó un partido y fue eliminado de la Copa Argentina. De ese triunfalismo peligroso no quedan ni las cenizas. Es decir, más allá del empate 2-2, la suspensión igualó la serie en todos los órdenes.

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Hinchas de River y de Boca coinciden en una frase, que es pronunciada mientras se mira al infinito con gesto resignado y con la esperanza de que genere aplausos y loas: “El partido no me interesa más”. Al revelarse ante sus ojos la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos, el hincha (casi discepoliano) no puede hacer más que abjurar del fútbol. Sin embargo ¿ese mismo hincha no sabía de la connivencia entre barras y dirigentes, entre policía y barras, entre política y fútbol, entre dinero y fútbol, entre política, fútbol y dinero, entre pasión y violencia, entre piedrazos y jugadores agredidos? Al parecer sí, porque nadie se sorprendió demasiado con lo que pasó y “la violencia en el fútbol” es de público conocimiento. Por lo que la frase entera podría ser la siguiente, con el pensamiento inconsciente y reprimido entre paréntesis: “(Ahora que compruebo que el partido genera ganas de matar e hipotéticas muertes, me interesa más pero como esto es inaceptable moralmente, diré todo lo contrario, es decir, que) El partido no me interesa más”. 

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¿Y? ¿Quién gana? ¿River o Boca? Gana el capitalismo.   

jueves, 22 de noviembre de 2018

La pregunta es



Creo que mi mente quedó detenida en algún momento del kirchnerismo. No puedo determinar un año sino un contexto cultural. Lo que sé es que diez años atrás se parece ya más a 1998 que al 2008. Quienes vivimos el fin de la era analógica y el comienzo de la era digital estamos inmersos en un jet lag que tal vez dure el resto de nuestras vidas.

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Durante la última década asimilamos una cultura hegemónica como quien se traga una pastilla de cianuro envuelta como un Butter Toffee de dulce de leche. Esa cultura imperante condujo a una acumulación de “descargas” de contenido audiovisual: películas, discos. Algo que está a mano para neutralizar la coyuntura: una descarga. Como revancha de una vida económica inestable muchos nos dedicamos a bajar películas y discos que no escuchamos nunca. Netflix reemplazó ese consumo personal caótico, vehiculizó la demanda de una generación a la que otra vez le interesó que le digan qué tiene que ver y cuándo.

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Las noticias de los últimos días dan cuenta de bombas. Bombas de anarquistas. ¿No podría ser Bombas de anarquistas una novela best seller de un autor español con un padre que ejerció algún tipo de rol en la Guerra Civil?

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¿A qué género pertenece la historia de los hermanos con presuntos vínculos con Hezbolá? ¿Cómo se entiende una noticia de ese tipo en el año 2018? ¿Cómo saber, en principio, si esos hermanos que muestran no son actores o robots?

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Ahora recuerdo la serie Homeland, con Carrie Mathison, la detective que movía su pera cuando lloraba. Gran actriz. Y Saul Berenson, un tipo tranquilo, hasta podría haber sido diputado del primer kirchnerismo (2003-2007). Sin embargo estos queridos personajes decidían si había que tirar o no misiles en puntos claves de Medio Oriente. La serie también mostraba la vida íntima de los protagonistas, con una estructura novelesca (conflictos de lazos; infidelidad; matrimonio; deseo), tendiente a la humanización, tan necesaria como relativa (la profundidad psicológica puede explicar a Hitler y volverlo simpático). La primera temporada de la serie era protagonizada por un soldado del ejército yanqui que, después que se lo diera por muerto, reaparecía. Sobre él se empiezan a tejer sospechas porque en su cautiverio se convirtió al Islam. Después vi una o dos temporadas en las que el soldado ya no está y la protagonista es Carrie. Debe ser el único caso en el que la muerte de su personaje principal mejora la serie. Después dejé de verla, al igual que The Americans, otra serie sobre espías de la KGB, con rock de los 80 para adultos. Son series sobre la sospecha. Homeland y The Americans aseguran que en el futuro se leerá esta época en clave de serie.

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Es imposible no ingresar a Mar del Plata a las ocho de la noche de un lunes feriado y no notar que esta ciudad se detuvo en el tiempo. Demasiado neón que, además de iluminar, profundiza la oscuridad, de innegable tinte lyncheano. Hay una tristeza intolerable en los márgenes de las ciudades, especialmente y en proporción negativa si esa ciudad es apodada “La Feliz”.

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Maipú, Las Armas, General Pirán, Coronel Vidal.  Sensación de quietud, soledad y misterio que vuelve mítica a la llanura pampeana. Cuando muera quiero que me entierren en General Pirán. Nunca pasé tanto tiempo en un lugar y en movimiento. Siempre que miro por la ventana los carteles dicen “GRAL. PIRÁN”.

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“Martes, 30 de julio (1957). (…) BORGES: “Quizás provenga la tristeza de la conciencia del horror de la vida, de tener que emprender una nueva jornada. Algo que también entristece es hacer cosas que uno sabe que no dejarán ningún recuerdo. Uno va en tren al Rosario. El tren se detiene: uno mira el letrero de la estación y lee Maschwitz. ¿Para qué?”.

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“El amor en tiempo de ibuprofeno tiene cobertura pero no tiene relleno”. Eso dice Calamaro en un tema de su último disco, “Las rimas”. El hallazgo del ibuprofeno como término adaptable a la poesía-rock es formal (rima) y de contenido: mucho más obvio hubiera sido hablar de “cocaína”, “paco”, drogas demonizadas por ilegales; Calamaro elige el ibuprofeno, que está en la cartera, en el cajón, en el botiquín, en una alacena de la cocina, arriba de la heladera, en un bolsillo. “¿Tenés un ibuprofeno?”. "Tomá un ibuprofeno". "¿Vos qué ibuprofeno tomás?".

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Para el peronismo la pregunta siempre es: ¿cómo mierda hacemos para entrar todos y todas en el mismo colectivo? Después supongo que se hará otro tipo de preguntas.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Apocalipsis en el “VAR”



1) El hincha cree que no arriesgar posibles resultados es signo de racionalidad. Todo lo contrario: es indicio de esoterismo. En realidad cree que un vaticinio positivo incidirá en el partido de manera negativa, confiere a su palabra un estatuto mágico-religioso, como en la Antigua Grecia. Si dice que gana Boca y es boquense, temerá que por su culpa gane River y viceversa. El hincha autoconsciente siempre dirá lo contrario a lo que realmente desea que vaya a suceder.

2) El endiosamiento de Gallardo por parte de los hinchas de River es entendible y justificado: personifica en sí mismo la resurrección de una identidad amenazada. Que los medios repliquen ese endiosamiento, aún sin ser partidarios, es sospechoso. ¿Por qué lo hacen? Les gusta elevar el plato lo más alto posible de modo tal que el balazo que lo convertirá en esquirlas sea lo suficientemente espectacular. (Dinámica similar se da en la difusión de encuestas que dan como ganadora a Cristina desde medios antikirchneristas: preparan el terreno para una victoria épica del oficialismo).

3) El Boca de Guillermo salió campeón un par de veces y le ganó por el torneo local a River en el Monumental en otras tantas ocasiones, pero recibe críticas impiadosas de parte de sus hinchas. El excesivo fastidio por la forma en que arma el equipo es el eufemismo para no decir en voz alta lo que les causa pavor: la supremacía del River de Gallardo condiciona cualquiera de sus triunfos. La final supone la revancha perfecta a los últimos años de sinsabores como así también su reverso: la comprobación de un paradigma en declive que caducó definitivamente.

4) La ausencia de algún factor que resignifique la derrota (a excepción que se repita en la posteridad, hecho improbable) sostiene el dramatismo apocalíptico que rodea a la serie. El discurso de los memes, artefactos de sentido que dan cuenta de cómo asimila la época la subjetividad imperante, entiende la serie como una hipótesis del fin del mundo. Para River es, por un lado, el innecesario plebiscito de la era Gallardo (atravesada por triunfos históricos sobre el clásico rival) y, por otro, el escenario utópico, tantas veces soñado: la posibilidad tangible de un partido con la carga simbólica necesaria para relativizar el paso por la B de una vez por todas.

5) El River vs. Boca de marzo fue promocionado como “el partido del siglo”. ¿Por qué un partido sería el más importante de un siglo al que le restan ochenta y dos años? La serie ida y vuelta que se viene, al haberse gastado apresuradamente el siglo, es ahora “la más importante de la historia”. Definir de antemano un hecho futuro es lo propio de la era (series, discos y películas son geniales antes de salir). La grandilocuencia de los títulos quita verosimilitud al evento. ¿Por qué? Porque se le asigna a su resultado un poder totalizador. No se define sólo el ganador de la Copa Libertadores, sino quién es el mejor equipo de la historia del fútbol argentino. En ese contexto el presidente Macri impulsa, desde twitter, la idea de que se juegue con visitantes. Cualquier hecho de violencia se le adjudicará entonces a la notable inoperancia de su gestión. Después, como acostumbra, da marcha atrás. Otra perla en el collar de la ideología GIF. Corolario: el tweet de Macri, además de una estrategia de distracción del plano económico/social y una ridícula efusión de demagogia, es el pedido desesperado de su inconsciente para que su mandato sea interrumpido de una vez por todas.  

6) El fútbol replica los modos de la política y se judicializa. Las chicanas entre hinchas de River y Boca ya no son por victorias o derrotas en partidos, sino por la capacidad de negociación de sus dirigentes en la Conmebol: cuántas fechas suspendieron a Gallardo, cuántas a Boca después del gas pimienta, etc. Esta triste modalidad se complementa con la creación del VAR, un mecanismo de control que sostiene la demanda televisiva de que árbitros o jueces de líneas puedan asimilar el juego no en su velocidad real, sino en cámara lenta. El fútbol ya no sucede en una cancha, sino en un monitor de características cercanas al panóptico. Se le quita entonces al fútbol la imperfección, la espontaneidad, lo azaroso, en conclusión: la humanidad. El resultado es que los partidos de fútbol se han vuelto más aburridos, artificiales y grotescos: los jugadores exacerban su tendencia a la protesta y la teatralización (se los obliga, incluso, a reclamar las faltas); los árbitros han ganado una centralidad que va en desmedro de los verdaderos protagonistas; los relatores y comentaristas profundizan su gusto por la sobre-interpretación. Lo inquietante es la docilidad con que los hinchas han sido convencidos de que este nuevo deporte sigue siendo el fútbol.   


jueves, 1 de noviembre de 2018

Media hora de escritura automática sobre Gustavo Cerati



Es verdad eso que dice Gustavo Cerati de que cuando uno no ama, compra. Pero ¿qué pasa cuando uno no ama pero no tiene plata para comprar? Ahí está el límite de la cosmovisión de Cerati.  

Yo pensaba que Fukuyama podía llegar a tener un póster de Cerati. Por eso de Siempre es hoy. Su reverso es “Ahora es nunca”, de Amor Amarillo. Podemos decir que Cerati manejaba muy bien los adverbios de tiempo. 

El día que cumplí 11 años me levanté y al lado del café con leche mi vieja me había dejado un regalo. Era una bolsita de Musimundo, cuyo contenido era el casette de Sueño Stereo, disco que había salido pocos meses atrás, después de un periodo en que la banda amagó con separarse por primera vez. Soda había entrado en crisis desde principios de los 90. Como esas parejas que no se separan de una noche a la otra, sino que vienen arrastrando problemas a la vista de todos sus conocidos.  Los parlantes de la tapa de Sueño Stereo son muy parecidos a los del video de "The universal", de Blur. No sé qué habrá salido antes y qué después. 

Por esa época me compré mi primer libro sobre rock. Era, claro, sobre Soda Stereo, La Historia, de Guillermo y Martín Cuccioletta. El libro tiene una reseña de cada disco, las letras de las canciones, una cronología con alusiones a las presentaciones en vivo y apartados escritos desde la perspectiva de un fan. Y también hay muchas declaraciones, principalmente de Cerati. Cerati es un hábil declarante de rock. Por ejemplo, Cerati diciendo que lo de Kurt Cobain le pegó duró. No pudo ser REM, dice Cerati. Se lo lee consubstanciado con la tragedia. Él también se siente un Kurt, un Michael Stipe. Él sabe que pertenece a esa estirpe.

A partir de Rex Mix Soda dejó de ocupar el lugar de privilegio que tuvo durante buena parte de los 80. Me refiero a la respuesta del público masivo. El que no necesariamente es público de rock. Soda eligió, como describía Cerati (autoconsciente total) correrse del centro. No ir tan seguido a lo de Susana. ¿No hay en ese movimiento de Cerati un resguardo de lógica genial? Cerati, en algún momento, decidió no ser Charly. Lo cierto es que ese momento donde la estrella masiva empezó a dejar de brillar no corresponde, como sucede a casi todas las bandas, con una suerte de decadencia estética. Cerati editó sus mejores discos durante esa etapa. Lo que va de Dynamo Bocanada. Percibir ese cambio del Cerati de los 80 con el de los 90 es glorioso. La voz le cambia. Había algo demasiado épico en ese tono de “Prófugos”. Una sobreactuación estilo Bunbury si se quiere. En los 80 canta como un duro. En los 90 como si estuviera en ácido.

Cuando Cerati cayó enfermo en Venezuela, Spinetta le escribió un poema al que, la verdad, nunca le quise prestar atención. Creí que no era necesario leer algo tan íntimo. Porque supuse que Spinetta no iba a escribir cualquier cosa. Y que esa “cualquier cosa” me emocionaría o algo así. Y no quise leerlo. Pero ahora lo leí. Conclusión: hay que leerlo más allá de las palabras cargadas de amor y veneración con que Spinetta prácticamente bendice a Cerati. Spinetta, cual Papa Francisco, escribe una carta pública. El Indio Solari también escribió cartas públicas. Charly también escribió cartas públicas. ¿Qué mierda está queriendo decir que los rockeros se comuniquen con la sociedad vía carta? ¿Son fanáticos del código postal? ¿Qué carajo está pasando? ¿Tiene que ver Macri en todo esto?

En fin. En esa carta Spinetta da en el clavo de la música de Cerati 91-99. “Tu luz es iridiscente y altamente psicodélica”. Lo que llama la atención, o no tanto, es como la pegó Spinetta al hablar de la música de Cerati. Casi siempre cuando un músico pesado habla de otro músico pesado dice lugares comunes. En más de una ocasión lo único que queda claro es que son buenos amigos. La luz de Cerati es su música. Y la palabra “luz”, como algún día me dijo mi amigo Matías Nicolaci, es una de las que más aparece en las letras de Spinetta. Pues bien la música de Cerati se pone iridiscente y psicodélica a partir de 1991. Fue ese momento en el que pareció que Cerati, cansado de serlo, ahora quería ser Melero. El primo raro. Cerati en cambio es el hermano mayor odiado. ¿Quién sería Marciano Cantero? ¿Y Miguel Mateos? ¿Y Trixy de los Maniáticos?

Volvamos: Colores Santos, año 1992. Cerati presidente, Melero al poder. La fórmula Cerati-Melero es lo más parecido a una organización política del pop. Cerati se quería salir de Soda. Esto no lo leí. Esto lo interpreto porque siempre fui fan de la banda. Fue una vuelta de tuerca lennoniana la de escapar con una mujer a Chile. ¿O nerudiana? ¿O vicentehuidobriana? Es decir: I don’t believe in Soda. Sin embargo el vínculo con sus compañeros de banda seguía presente. Lo llama a Zeta y co-producen Amor amarillo.

La misma banda aludía a problemas internos en más de una ocasión. Cerati llegaba a la instancia típica: el conflicto del líder, que puede ser resumido en esta deducción: “Si soy yo quien compone y canta y toca los temas, ¿para qué necesito una banda?”. El movimiento significa liberación y culpa. Casi siempre los líderes que se van de una banda son vistos como traidores en el folclore futbolístico del rock. Es como el padre que abandona a sus hijos. No fue el caso de Cerati, de todas formas. Creo que la separación de Soda fue diferente porque desde siempre se sabía,  por lo menos desde Signos, que Cerati iba a ser solista, que se iba a soltar, que se iba a ir a la mierda, que iba a recorrer el periplo del héroe, al que es tan afecto el rock.

Recuerdo que al entrar al Industrial me di cuenta de que algo andaba mal con Cerati y las nuevas generaciones. Esto era el año 1998. Bueno, en conclusión: casi no había oyentes de Cerati de trece a dieciocho años. Cerati era cheto, careta y un sinfín de calificativos que no vale la pena reproducir. Cerati era visto como el River del rock (antes de irse al “descenso”). No sé qué pasaría en colegios privados. Si, soy un resentido de mierda. 

Del lado de la “civilización”, en el primer lustro de la década de los 2000, Cerati protagonizaba un caso de bulliyng algo inquietante, hoy olvidado: en Capital aparecieron stencils con su cara y leyendas del tipo “Papadas totales” y “Viejo choto”.  Los stencils eran los memes de principios de siglo. Todavía podías ir corriendo a ver qué escribía en tu pared la tribu de tu barrio. Digamos que a Cerati le daban de su lado y del otro (“que se muera Cerati la puta madre que los parió”). Era como Pichetto: había logrado el odio de dos sectores antagónicos. Fuera del grupo que siempre lo bancó, claro, grupo que podía llenar cinco veces el estadio de River (cuando se presentaba como Soda Stereo), es decir, un grupo nutrido.

Yo lo fui a ver en vivo en el 2002 cuando presentaba Siempre es hoy acá en la Ciudad Infeliz. En el tema “Camuflaje” Cerati prendía un cigarrillo y exhalaba. Y un tipo dijo: “Es como si tuviera un orgasmo”. A mí el recital no me convenció. Me pareció que todo estaba en su lugar, de una manera excesiva. Había mucho olor a desodorante Axe Zero. Es ese tema, creo, el que dice “estoy romántico y repleto de clichés”. Es una frase para decir por lo menos una vez en la vida.

-Hola, ¿cómo estás?     
-Estoy romántico y repleto de clichés.

También fui a ver el regreso de Soda a River. Uno de los mejores recitales que vi en mi vida. Con pantallas de video pasando a Peter Capusotto. Parecido a estar en el bunker del PRO también. En “De música ligera” sucedía “el pogo más prolijo del mundo”. Antes de empezar el concierto sonaba el cover de Queen, "Algún día", que la banda se apropió a la perfección para despedirse en forma ambigua. Gracias al libro me enteré de que Kiss quiso que Soda participara de un disco homenaje pero justo estaban separados.  

Cosas a las que les prestaba atención de Soda Stereo (de Cerati, principalmente): el verso “Cerrá la escotilla, nena, aquí no hay gravedad” de “Moiré” es “Cantata”; la mujer que usaba su cabeza como revólver ya había aparecido en una canción de T-Rex, “Planet Queen”; en el unplugged tocan una versión de “Ángel eléctrico” que es completamente diferente a la que había salido el año anterior y Cerati usa la guitarra como instrumento de percusión, a la no wave, no sé si eso fue ensayado, supongo que sí, pero parece que no y queda genial; el breve pasaje en que una acústica maniobra sobre “Nuestra fe”, que por alguna extraña razón debe ser la canción más conmovedora de Soda Stereo; el murmullo de una conversación que se oye al final de “Texturas”, siempre me pareció que Cerati decía “ahora estoy muy cansado después de todo esto”, es bueno que los rockeros dejen esas conversaciones inaudibles: dejar esas conversaciones y que parezca espontáneo es lo que diferencia a un rockero de un no rockero.

Hasta hace poco nunca le había prestado atención al final del video de “De Música ligera” en la despedida de 1997: Cerati toca su solo mirándole los ojos a un fan y cuando la canción termina Zeta y Charly se van por un lado y él, que parece El Principito, se queda solo en medio del escenario y de repente se lleva las manos a la cara y camina rápido hasta que la cámara lo pierde de vista. Hoy dirían: “Se quebró Cerati”.

Creo que el último concierto de Soda (el de 1997, no el de 2007 que fue regreso y despedida a la vez) es un punto alto en su carrera. Días antes River jugó de local, con el escenario ya armado. Víctor Hugo Morales relató el partido haciendo analogías con temas de Soda Stereo. Analogías del tipo: "Celso Ayala despejó la pelota para que pase el temblor. No es nada personal, querido Celso". De verdad, no lo soñé.

Ferro 1996 es reconocido como el peor recital de Soda Stereo. El Festival Alternativo. ¿Alternativo a qué?  ¿Por qué sé que en ese recital tocaron un cover de Avant Press, “Cibersirena”? Porque soy un chico que leyó demasiadas revistas de rock y sufro las consecuencias. Es un momento dramático para la banda: Cerati luce avejentado, hay una desconexión clara entre él y lo que ahora sería el binomio Zeta/Alberti. Después del parate 93/94 (Cerati decidió bajarse en medio de la gira de Dynamo) las cosas habían cambiado muchísimo. ¿En qué momentos nos empezamos a ver menos con las personas que no vemos más? En los parates tipo 93/94. Vengo de una época donde ser pop no era un insulto, dijo Cerati en el Suplemento de Clarín. Supongo que era el año 2001 o 2002. Un diario arrugado en cuatro partes en algún rincón de la casa de mis viejos (probablemente en el ropero de mi ex habitación) tiene la respuesta. ¿Lo habrán tirado?