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martes, 19 de abril de 2011

Sensatez y Sentimientos




Porque lo que necesitamos es identificarnos. O conmovernos. El arte debe ser como ese espejo/ que nos revela nuestra propia cara. No me refiero al golpe bajo, a la demagogia emocional, al sentimentalismo, a Campanella, es decir, al hecho de acordarle a una cosa más ternura de la que Dios le otorgó, sino a reconocer la presencia de Dios. Sencillamente. No Dios como aparato ideológico del Estado o Agente Represor. Por el contrario, en sentido figurado, como personaje, como pájaro fabuloso que aterriza en la Tierra, armoniza el caos imperante y produce Poesía.




Poesía: aterrizaje de Dios en la Tierra.




Oh, desfalleceré en pocos segundos, oh. Ni todos los hipsters del mundo podrán con la conmoción de vivir en un mundo sin sentido. No vas a poder desarticular el desamor y la atávica angustia existencial con un buen look. No lo intentes, como dice el epitafio de Bukowski (lo mejor de su obra). No te entusiasmes tanto, agrega Larry David. Quiero que me hables desde tu puto corazón, clama Borges. ¿O ese fue Bill Hicks refiriéndose a las estrellas de rock pasteurizadas? Es lo mismo. En realidad nada que ver, pero no importa. Repito: Quiero que me hables desde tu puto corazón, ¿ok? Después vemos si lo que tiene para decir ese músculo cursi y pasado de moda es digno de ser escuchado. Es que, cual grasa de las capitales, el cinismo apático y monótono de la era digital no se banca más. Más que nada porque para cinismo apático y monótono tenemos jornadas laborales de ocho horas. Viajes incómodos en transportes públicos. Un despertador sonando a las siete de la mañana. Un mundo demasiado real para significar algo medianamente bueno. ¡Y sin embargo, oh, sin embargo, tal vez allí, en las fotografías rutinarias de la vida cotidiana se halle la poesía, el amor, el odio, el vómito, el pánico, los yuppies negociando, el ticket to ride para escapar y llegar a Itaca! ¿Y qué hacemos cuando llegamos a Itaca? Llamamos a un 0800 para que instalen Internet.




Oh.




Presiento que Derek Cianfrance piensa más o menos eso. Eso de la poesía en las pequeñas escenas de la vida cotidiana. Eso que escribí recién. Supongo que habrán leído, maldición. Bueno, ahora deberíamos volcarlo en Blue Valentine, película que dirige, justamente, nuestro amigo Derek Cianfrance.




¿Qué es Blue Valentine además de un disco de Tom Waits? Una película de amor sin estridencias. Pero con sensatez y sentimientos. En ese sentido se vincula, en primer lugar, a Alle Anderen (Entre nosotros), la excelente película alemana sobre una pareja al borde del precipicio. Claro que mientras los alemanes (gracias a tipos como Hegel y Thomas Mann) se saben lo bastante inteligentes como para aburrir y no necesitar del ritmo y el humor y los guiños, Blue Valentine, al tener la dosis justa de amor y sordidez, no te deja levantar de la silla. Como un thriller sobre la angustia. Por otro lado, en su apuesta por la ruptura de la linealidad, podríamos hablar de una versión adulta de 500 Days of Summer sin la iconografía esnob. La historia de Cindy (Michelle Williams) y Dean (Ryan Gosling) puede que esté sucediendo a la vuelta de tu casa. Ayudan a esta impresión de verosimilitud (sin los excesos del costumbrismo) las actuaciones sublimes de los dos protagonistas, especialmente en las escenas de sexo, esa prueba de fuego en la que pueden hacer agua los mejores actores. Pero estos dos parece que desde hace años se ven desnudos. Hay que lograr eso. En fin. El paisaje urbano y triste en el que deambulan cual zombies es el conformado por telos ridículos, supermercados, geriátricos, hospitales. Para entenderlo habrá que mirarla, pero creo que Cianfrance hizo algo así como una pequeña obra maestra sobre las peleas de pareja. Esos diálogos de sordos, esos silencios pesados, esas bromas que terminan en tragedias, esos gestos y esos tics que explicitan el paso del tiempo, aparecen de tal modo en Blue Valentine que más de uno (es decir dos, tal vez vos y tu novia/o) se querrá tapar los ojos.




¿Y no son acaso las películas que nos obligan a taparnos los ojos las que dejan una huella significativa en nuestra vida?




lunes, 14 de marzo de 2011

Mi rock perdido y The Strokes

Varias cosas me distancian de The Strokes. Hasta se podría decir que este mundo fue creado para que The Strokes y yo no tengamos nada que ver. Por ejemplo, ellos son neoyorquinos y yo soy marplatense. Ellos son lindos y yo soy feo. Ellos marcan tendencia en moda y yo me compro ropa en Leuthe. Ellos son ricos y yo soy pobre. Ellos tienen groupies y yo tengo… ¿tías-abuelas? Incluso podríamos asegurar que los integrantes de The Strokes no se hacen los rulos por la reelección de Cristina ni son hinchas de River ni leen a Mario Levrero. Pero más allá de esas diferencias superficiales, algo nos acerca y eso es ¡el rock! Voy a repetir esta última frase pero deben leerla con el tono de Jack Black en High Fidelity:

Pero más allá de esas diferencias superficiales, algo nos acerca y eso es ¡el rock!

Pero no el rock, el género musical que nadie sabe definir, pero no el rock, el movimiento cultural del que habla a menudo el Indio Solari ante la estupefacción del país. Porque decir "rock", como decir "Chichizola" o "Ernesto Sanz", actualmente, no significa nada. Me refiero al concepto de rock. Ustedes preguntarán cuál es ese concepto y yo responderé a los gritos: ¡no sé cuál es ese concepto, el rock no necesita concepto, no me hablen de conceptos, maldita sea, la vida ya es muy dura para vincular el rock a un puto concepto! Debería existir una orden judicial para que el rock se mantenga a más de mil kilómetros de los conceptos. Es más: el rock la caga cuando busca un concepto. Bajo el término “concepto” hago referencia a un campo semántico tan vasto que no me alcanza el lenguaje para definirlo. Pero supongo que se entiende. The Strokes y yo sabemos que los problemas comienzan cuando el rock quiere cagar más alto que su propio culo. ¿Alguien quiere que Julian Casablancas nos explique algo? ¿Alguien quiere que Julian Casablancas salve al mundo? ¿Qué puede saber el querido Casablancas de cosas inteligentes, de salvar el mundo? Nada. Julian Casablancas sabe de chicas, de drogas duras, de noches de amor descartable, de las pequeñas y sinceras emociones que acosan la conciencia del joven moderno. ¡Que los rockeros canten sobre eso! Para todo lo demás está Roland Barthes, que lo hace mucho mejor. ¿Alguien se imagina lo ridículo que sería ver a Roland Barthes haciendo rock? Tanto como Dargelos hablando de Althusser. Maldita era del vacío, sé que eso también está permitido, que nada sería más "cool" que Barthes en el lugar de Mick Jagger, pero, por favor, pensemos bien un momento, dejemos a un lado el "cualquierismo" relativista de los atroces 2000 y acordemos que, como preferimos que un zapatero arregle nuestros zapatos, elegimos que Barthes nos hable de semiología y Julian Casablancas de coger porque sabemos que en determinado punto, si lo hacen bien, si la cosa funciona, sin necesidad de ninguna impostación, ¡Barthes terminará hablando de coger y Julian Casablancas de semiología!

Estoy tan poseído por Jack Black, no sé ni lo que digo, creo que no tengo nada para decir en realidad, i've got nothing to say, i've got nothing to give, got no reason to live.

Las parejas que hacen hermenéutica de su relación, se separan. Los políticos que repiten las bondades de su honestidad, son corruptos. La gente que se manda una declaración de principios cada dos status de facebook, no tiene principios. Los rockeros que nos explican la profundidad, el ancho y el largo de su inteligencia en extensas entrevistas, son boludos. O por lo menos tienen un complejo de inferioridad. Una de las condiciones indispensables para que sucedan grandes cosas es no proponérselo. Y mientras Thom Yorke siga bailando así, un nuevo disco de The Strokes es la mejor noticia que nos puede ofrecer el rock. Hace 10 años acabaron con el Imperio de Limp Bizkit. Espero que por un tiempo no tengamos que escuchar más Arcade Fire, no porque no me guste Arcade Fire, todo lo contrario, me gusta Arcade Fire. Pero espero que no tengamos que escucharlos por unos meses.

Sí, The Strokes, todos los lugares comunes que se dijeron mil veces: la voz que parece cantar a través de un portero eléctrico, las guitarras trepidantes, las melodías pegadizas y garageras. ¡La new wave de fines de los 70' después del estallido del rock alternativo de los 90' y la caída de las Torres Gemelas! Ahora con una vertiente más ochentosa, consecuencia del coqueteo tecno del primer y único trabajo solista de Casablancas. The Strokes. Llegaron a un punto de algo que si somos unos reverendos hijos de puta podríamos llamar “intermusicalidad” y en sus discos pueden contener las mejores corrientes del rock de los últimos 30 años sin mayores dilemas. En Angles a veces parecen una cruza perfecta entre Television y... ¿The Smiths? o ¿The Cure? Presten atención a las intro de "Games" o "Two Kinds Of Happiness". Hace bastante no escuchaba canciones que, por su híbrido de melancolía y despreocupación, son aptas para cualquier estado de ánimo. Eso ocurre con "Call Me Back" o "Life Is Simple In The Moonlight" (probablemente las dos mejores). "You're So Right" empieza como "Revolution" y de repente se convierte en un tema de Radiohead que ya no me acuerdo cómo se llama.

“Antes del fin”, como diría Black Sabato, tengo una última cosa re rockera para declarar: si The Strokes fueran argentinos, en la disyuntiva absurda entre Serú Girán e Invisible, se quedarían con Pappo's Blues.