Porque lo que necesitamos es identificarnos. O conmovernos. El arte debe ser como ese espejo/ que nos revela nuestra propia cara. No me refiero al golpe bajo, a la demagogia emocional, al sentimentalismo, a Campanella, es decir, al hecho de acordarle a una cosa más ternura de la que Dios le otorgó, sino a reconocer la presencia de Dios. Sencillamente. No Dios como aparato ideológico del Estado o Agente Represor. Por el contrario, en sentido figurado, como personaje, como pájaro fabuloso que aterriza en
Poesía: aterrizaje de Dios en
Oh, desfalleceré en pocos segundos, oh. Ni todos los hipsters del mundo podrán con la conmoción de vivir en un mundo sin sentido. No vas a poder desarticular el desamor y la atávica angustia existencial con un buen look. No lo intentes, como dice el epitafio de Bukowski (lo mejor de su obra). No te entusiasmes tanto, agrega Larry David. Quiero que me hables desde tu puto corazón, clama Borges. ¿O ese fue Bill Hicks refiriéndose a las estrellas de rock pasteurizadas? Es lo mismo. En realidad nada que ver, pero no importa. Repito: Quiero que me hables desde tu puto corazón, ¿ok? Después vemos si lo que tiene para decir ese músculo cursi y pasado de moda es digno de ser escuchado. Es que, cual grasa de las capitales, el cinismo apático y monótono de la era digital no se banca más. Más que nada porque para cinismo apático y monótono tenemos jornadas laborales de ocho horas. Viajes incómodos en transportes públicos. Un despertador sonando a las siete de la mañana. Un mundo demasiado real para significar algo medianamente bueno. ¡Y sin embargo, oh, sin embargo, tal vez allí, en las fotografías rutinarias de la vida cotidiana se halle la poesía, el amor, el odio, el vómito, el pánico, los yuppies negociando, el ticket to ride para escapar y llegar a Itaca! ¿Y qué hacemos cuando llegamos a Itaca? Llamamos a un 0800 para que instalen Internet.
Oh.
Presiento que Derek Cianfrance piensa más o menos eso. Eso de la poesía en las pequeñas escenas de la vida cotidiana. Eso que escribí recién. Supongo que habrán leído, maldición. Bueno, ahora deberíamos volcarlo en Blue Valentine, película que dirige, justamente, nuestro amigo Derek Cianfrance.
¿Qué es Blue Valentine además de un disco de Tom Waits? Una película de amor sin estridencias. Pero con sensatez y sentimientos. En ese sentido se vincula, en primer lugar, a Alle Anderen (Entre nosotros), la excelente película alemana sobre una pareja al borde del precipicio. Claro que mientras los alemanes (gracias a tipos como Hegel y Thomas Mann) se saben lo bastante inteligentes como para aburrir y no necesitar del ritmo y el humor y los guiños, Blue Valentine, al tener la dosis justa de amor y sordidez, no te deja levantar de la silla. Como un thriller sobre la angustia. Por otro lado, en su apuesta por la ruptura de la linealidad, podríamos hablar de una versión adulta de 500 Days of Summer sin la iconografía esnob. La historia de Cindy (Michelle Williams) y Dean (Ryan Gosling) puede que esté sucediendo a la vuelta de tu casa. Ayudan a esta impresión de verosimilitud (sin los excesos del costumbrismo) las actuaciones sublimes de los dos protagonistas, especialmente en las escenas de sexo, esa prueba de fuego en la que pueden hacer agua los mejores actores. Pero estos dos parece que desde hace años se ven desnudos. Hay que lograr eso. En fin. El paisaje urbano y triste en el que deambulan cual zombies es el conformado por telos ridículos, supermercados, geriátricos, hospitales. Para entenderlo habrá que mirarla, pero creo que Cianfrance hizo algo así como una pequeña obra maestra sobre las peleas de pareja. Esos diálogos de sordos, esos silencios pesados, esas bromas que terminan en tragedias, esos gestos y esos tics que explicitan el paso del tiempo, aparecen de tal modo en Blue Valentine que más de uno (es decir dos, tal vez vos y tu novia/o) se querrá tapar los ojos.
¿Y no son acaso las películas que nos obligan a taparnos los ojos las que dejan una huella significativa en nuestra vida?
