Las acusaciones contra El dueño, el libro de Luis Majul, están a la orden del día. Posee la prosa lavada e impersonal de los libros que más que escritos parecen fabricados. Presentado como una obra de “investigación periodística” se pierde en datos banales (en la mayoría de los casos referidos a la intimidad de la pareja presidencial) que ni siquiera están confirmados. En la presentación, Víctor Hugo Morales remarcó esta utilización desmedida de supuestos (a su lado oía un risueño Nelson Castro, de quien nadie pudo explicar las risas ya que desde sus inverosímiles columnas en Perfil es el máximo exponente de esta vertiente periodística) y la insoportable autovictimización del conductor de La Cornisa como estrategia de marketing (quien escucha o lee sus reportajes puede pensar repentinamente que estamos antes Roberto Saviano, el periodista italiano amenazado por la mafia). También se lo puede acusar de oportunismo (la existencia de toda la serie de libros escritos por Jorge Asís mucho antes del conflicto con el campo y las elecciones del 28/6 convierten en oportunista cualquier publicación anti K). De vender pescado podrido (pasar información difundida por inédita: los negociados del juego ya son tema de debate hasta en las peluquerías; la aparente presión de Kirchner para que Cristina renuncie la mañana posterior al voto no positivo apareció en todos los diarios… al otro día). De abrumar con información innecesaria: “El día que Daniel “Mono” Barrista, es secretario de Gobierno de Santa Cruz, embistió contra una manifestación docente lo hizo con una camioneta Grand Cherokee, patente DTX 280, propiedad de la empresa SIMASA” (P. 19, las cursivas son mías). De describir obras de Shakespeare a través de medios dudosos. De catalogar como “dueño” de un país a alguien que tiene en contra (entre otras áreas) al mayor multimedios del mismo, el sector productivo de mayor envergadura y el 70 por ciento de la población.Pero si hay algo que convierte al libro de Majul en un esperpento es su condición miserable. Cualquiera que tenga dos dedos de frente sabe que, a esta altura, a Néstor Kirchner se le puede entrar por cualquier lado: creo que (a excepción de Diana Conti, que lo considera necesario para luchar contra el Poder) hasta al más irredento ultrakirchnerista le gustaría que su patrimonio fuera otro o que no haya comprado 2 millones de dólares o que no se haya intervenido el Indec (y me olvido de Moyano y de que el gobernador aliado sea Scioli porque se supone que en política te tenés que embarrar, ¿o no?). Un buen periodista puede destrozar a Kirchner solamente desde el análisis político, desde la crónica detallada de manejos turbios. Pero claro, Majul no es un buen periodista, y sabe que a la platea que comprará su libro le importa tres pitos una buena argumentación. Sólo hace falta repasar los comentarios de los foristas de Perfil (el paradigma del individuo de clase media-alta que consume este tipo de productos y luego comenta anécdotas escabrosas en la sobremesa familiar) para comprender que el objetivo del antikirchnerista es ver al supuesto “dueño” humillado. “Los quiero ver de rodillas” fue la frase más difundida y menos escuchada de la historia Argentina reciente. Ese furibundo deseo referido al “campo” en plena batalla por las retenciones fue hábilmente esgrimido por la corporación mediática hasta instalarse en el inconsciente colectivo de buena parte de la sociedad argentina. “Van por todo”. No sólo por quijotes del sistema como De Ángeli (que, recatado, confesó que no quiso voltear a Cristina porque en el futuro sus hijos serían acusados como los hijos de los que hicieron el golpe: gran deducción), sino por vos también espectador bacán de Telenoche que no perdiste tu trabajo, te fuiste de vacaciones y seguís mandando a tu hijo a un colegio privado pero se supone que estás en bancarrota. ¿Quién no escuchó en una reunión familiar o en declaraciones televisivas eso de que los K quieren aniquilar a todo sector productivo de clase media? ¿Quién no soportó el rap inconcebible de que “en este país se respetan los derechos humanos de los delincuentes y no los de los que pagamos nuestros impuestos”? ¿Quién no recibió una cadena de mails quejándose de la “asignación universal por hijo” como un criadero de vagos?
El objetivo de Majul, entonces, para que su proyecto se convirtiera en el “boom editorial del verano”, el “best seller”, fue poner de rodillas a Kirchner (aunque sea a través de las páginas de un libro) para hacer llegar al orgasmo opositor al gorila medio, imbuido por un odio irracional que sólo puede compararse al que tuvieron los antiperonistas cuando Eva Perón enfermó de gravedad. De allí la serie de anécdotas superficiales y golpes bajos varios que pueblan las páginas de El dueño. El precedente de este bullying antikirchnerista puede rastrearse en aquella tapa de Noticias que anunciaba un “Informe psicológico de Kirchner” matizando la nota con una fotografía en la que se mostraba al ex presidente de niño, con la mirada penetrante, el pelo rapado y las orejas sobresalidas. Típica técnica fontevecchiana de fusilamiento mediático (por otro lado, conmovedora la perturbación de los apóstoles del republicanismo pocket al darse cuenta de quién es en verdad Fontevecchia recién cuando le dice “poronga” Carrió: ¿WTF?).
El análisis textual del primer capítulo de la primera parte del libro hecha luz sobre este tema. Para que todo quede claro desde el principio se titula “La venganza del boludo”. El boludo, por si quedan dudas, no es el periodista al que Kirchner nunca le concedió un reportaje y trabaja para De Narváez, sino el mismo Kirchner. La venganza, por si quedan dudas, no sería el libro El dueño, sino la de quien “usó su resentimiento original para colocarse por encima de todos” (P. 21). La sed de humillación de Majul es grande: ya a las 5 páginas de comenzado el capítulo, que comienza refiriéndose a una coima denunciada por Eduardo Arnold (que dicho sea de paso, ya había aparecido en todos lados), anota que:
-“Néstor fue un niño con problemas de salud y un adolescente que vivió traumatizado por las burlas de sus compañeros de colegio secundario”.
-“Nació (…) con una fisura y perforación en el paladar causa de un trastorno del habla que con el tiempo se haría cada vez más evidente”.
-“Antes de los 7 años contrajo tos convulsa. También conocida como pertusis (…). La consecuencia habría sido el estrabismo”.
Al siguiente párrafo, por si no fue suficiente:
-“El estrabismo es la desviación de los ojos. Ahora lo sufre el cuatro por ciento de los niños (¿?) y, si no se lo corrige a tiempo, la desviación se hace crónica” (los signos de interrogación son míos).
A continuación se detalla el “calvario” que sufría Néstor en el Colegio Secundario a través del testimonio de uno de sus profesores: “Cuando pasaba al frente, le hacían de todo, desde correrle el banco para que se cayera hasta atacarlo a tizazos. Pobre, lo tenían para el cachetazo…” (P. 22). El lector gorila refulge de felicidad y más cuando lee que una “ex compañera” afirma que Kirchner: “Era el “Pan Triste” de la clase. En los recreos tiraba trompadas al aire, pero no le acertaba a ninguno”. La imagen de un Kirchner niño martirizado por sus compañeros en el medio de un patio es casi todo lo que un antikirchnerista le pide a la vida. Esta misma compañera compara a Kirchner con Ricardo III, sí, otro personaje de Shakespeare, en una hipótesis que según Majul ha sido “compartida por profesionales de la psiquiatría y amantes del teatro” (P.22, lluvia de “?”). Tal comparación es realizada porque en Ricardo III, “los problemas físicos constituyen uno de los dos grandes ejes de la historia. El otro es la búsqueda desmesurada de poder por cualquier medio, la traición, la mentira y hasta el asesinato” (P. 22). ¿A quién habrá asesinado Kirchner?
Majul sigue esgrimiendo datos importantísimos pero un tanto parciales (según lo que se desprende del texto, todo lo que hizo Kirchner durante su adolescencia fue desastroso):
-El Dueño quiso cursar segundo año en la Escuela Técnica Salesiana pero terminó volviendo a los tres meses.
-El Dueño quedó undécimo en el orden de mérito entre catorce compañeros.
-El Dueño se llevó seis materias a diciembre en tercer año (¡!).
-El Dueño se llevó seis materias a diciembre y “dos más a marzo” en cuarto (era tan malo que se llevó 6 a diciembre pero en marzo le agregaron “dos más”).
-El Dueño fue rechazado de la escuela de Magisterio.
-El Dueño ingresó a Derecho, se levantó a la mina más linda pero, eso sí, “seguía siendo suplente en todos los equipos de básquet de la universidad” (P. 24)
Luego (la cohesión no es un fuerte de Majul) se explica cómo fue la detención de Kirchner junto a Flores durante la dictadura (definitivamente la pasaron bárbaro). El mismo Flores asegura que en una ocasión Cristina le dijo que querían hacer política y que “para hacer política en serio se necesita platita”. Este inestimable dato es reforzado por una conclusión trascendental de Majul sobre los K (que de ninguna manera se puede extender al resto de la población humana): “La platita en efectivo sería una de las obsesiones más notables de Kirchner” (P.27)…
También un colaborador de la época en que Kirchner gobernaba Santa Cruz aporta “datos valiosos, porque anticipan el Kirchner actual”. Algunos de ellos son los siguientes:
-El Dueño leía diarios de punta a punta y no se los prestaba a nadie.
-El Dueño “no sabía hacerse ni el nudo de la corbata” (sic), se la hacía su asistente personal, Valerio Martínez.
-El Dueño jugaba a la ruleta.
-El Dueño “para no gastar, se hacía cortar el cabello en la peluquería de Congreso”, donde el servicio no se paga.
-El Dueño “se sentía incómodo en lugares donde él no era el centro de atención”.
-El Dueño le pegó una trompada en el estómago a su asistente.
Otra escena memorable sucede cuando durante un viaje a España en el 2003, Kirchner “le dio una fuerte patada en el traste a Rubén Zacarías, responsable de Protocolo y Ceremonial” (P. 31). Según Majul, esto puede ser verificado por una personalidad de la talla de Abel Posse, que en ese momento era embajador, pero durante las agresiones “permaneció escondido, detrás de las cortinas, por temor a que la furia de Kirchner también lo afectara a él”. STOP.
¿Abel Posse escondido tras unas cortinas mientras Kirchner le pega patadas a un colaborador? ¿Este es el gran libro de “periodismo de investigación” o un sketch de Benny Hill?
“Alguien que vio la escena” (Majul es un gran discípulo del estilo Nelson Castro) dice que “Parecían Batman y Robin (…) Cada tanto quedaban frente a frente, con las rodillas flexionadas. Entonces todo volvía a empezar” (P. 32). El resto del capítulo repasa brevemente hechos de corrupción, pero además de que son moneda corriente en todos los medios opositores al gobierno y no aportan absolutamente nada, pierden su valor testimonial por estar acompañados de anécdotas banales como las mencionadas (aunque haya otras, por ejemplo cuando Kirchner camina por las calles de New York sin mirar vidrieras, entendiéndose esto como un claro ejemplo de locura o vaya a saber qué). Por otro lado, se le atribuyen pensamientos a terceros que difícilmente alguna vez sean confirmados (confirmados o no, no es recomendable atribuir pensamientos a terceros, claro):
-“Nunca lo dirá en público, pero Bielsa piensa que Kirchner tiene la patología de un psicópata político: alguien que puede hacer mucho daño” (P.37).
Por último, también se puede advertir la naturaleza del libro (y quizás también la de su autor) a través del segundo capítulo, llamado “Metamorfosis”. Según esta conjetura (cumbre del periodismo contemporáneo), el gran cambio en la personalidad de Kirchner se debe a una operación de hemorroides:
“Néstor Kirchner fumaba Jockey Club, tomaba whisky Criadores, apostaba en la ruleta al número 29 -Majul me apasiona- (…) fue operado, con urgencia, de hemorroides. Y a las pocas horas pretendió ir a trabajar como si nada hubiese ocurrido” (P. 41).
Pero lo mejor está por llegar. Por si el lector no sabe, se aclara:
“Las hemorroides son una afección consistente en la dilatación de las venas que se encuentran en la ampolla del recto y que llegan hasta el ano. Cuando las venas hemorroidales se dilatan, se pierde la capacidad de hacer retornar sangre por ellas. Las hemorroides pueden ser internas o externas según se produzcan dentro o fuera del ano”.
Señoras y señores, seré pornográfico, seré atrevido, pero no tengo otra salida: ¿qué otro objetivo sino el de que el lector imagine el culo lleno de hemorroides de Néstor Kirchner tiene esta delectación morbosa en la descripción de una afección conocida por todos? Pero Majul va por más cuando informa que Kirchner ya padecía de “colón irritable” y se entrega al placer inconfesable de describirlo:
“Al colón irritable también se lo llama intestino irritable y afecta al dieciséis por ciento de la población mundial adulta (gracias Majul, verdaderamente estás aportando datos nunca escuchados y que ayudarán mucho a los nutricionistas del mundo). Sus síntomas son fuertes dolores, gases e hinchazón del abdomen. También, diarrea y constipación intermitentes” (P. 41).
Contra mi voluntad, ingresaré nuevamente en las filas de la pornografía: ¿qué otro objetivo sino el de que el lector imagine a Kirchner con diarrea y gases tiene esta otra delectación morbosa en la descripción del colón irritable? No es la investigación ni el análisis la principal estrategia de Majul para retratar a Kirchner, sino la exposición detallada de sus debilidades, exposición que le asegura congraciarse con el gorilaje ávido de morbo que agota su libro una y otra vez. Llegado ese nivel de sensacionalismo se me hizo imposible seguir leyendo un adefesio que mancillara en forma tan burda un género que enalteció, entre otros, Rodolfo Walsh. No creo poder ser acusado por tal desidia.