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domingo, 5 de febrero de 2012

La playa como un ajedrez

Finalmente Charly García tocó en Arena Beach. Se trató de un recital largamente anunciado pero que muchos creíamos irrealizable. Todavía hay gente en Pinamar esperando a Richard Ashcroft… Antes de ir al grano, quiero declararme impávido ante el estremecedor desconocimiento del público sobre el repertorio de Charly. ¿Tanto escándalo por la ley S.O.P.A y nadie se bajó la discografía completa de Charly García? ¿A dónde fueron a parar todos esos links de Megaupload? ¿A quién escuchan estos ñatos cuando están desorientados y no saben qué bondi hay que tomar (al 511 sube menos gente que en el 221)? Por lo menos el 80 por ciento del público no conocía "Instituciones" ni "Plateado sobre plateado" ni "Canción de dos por tres" ni "Piano Bar" ni "No te animás a despegar" ni las versiones instrumentales de "La grasa de las capitales" y "Tango en segunda". La diferencia que sentí con respecto a los Gran Rex de noviembre fue la que hay entre un partido de River o Boca y uno de la Selección. Fueron a ver al mito, que poco tiene que ver con la música. Se encontraron con un artista que ofreció un recital de dos horas y media, con un "setlist" que eludió los lugares comunes y llegó a momentos extraordinarios. Ver a Charly García tocando "Eiti Leda" mientras cae el sol no tiene precio. Incluso fue gratis. Al principio, el viento atentó contra el sonido de una banda bastante inusual (ensamble de cuerdas, bandoneón más dos guitarras, bajo, batería y teclados). Son los riesgos que se corren al llevar un show para Teatro a un espacio abierto en el que entran 40.000 personas (y la bandera de Libres del Sur, que provocó el vuelco hacia la derecha del 50 por ciento del público). Luego el viento se calmó en coordinación perfecta con una mejoría en la voz de Charly, que se soltó un poco más.


Antes del intervalo y la proyección de “Perro Andaluz”, Charly preguntó al público si conocían a Dalí. La respuesta de Arena Beach fue un “Si” instantáneo y general. “Público culto”, dijo Charly. Después el Negro García López tomó el micrófono para decir que era muy lindo estar frente a un “mar de gente”. “Un filósofo”, replicó Charly.


En el transcurso del show. En el camino de vuelta. En el colectivo. Había gente feliz, pero también se quejaban. Y no del sonido. O la elección de temas. Muchos fans le piden a Charly que viva en la oscuridad para que les ilumine la vida. Lo condenan a ser el reventado del poster mientras se comen un choripán. En un post bastante emblemático, Pablo Ramos cuenta que asistió a uno de los recitales del año pasado en el Gran Rex. De pronto se desploma en su butaca y está llorando. Le duele observar en lo que se ha convertido su ídolo. El relato es muy bueno y representa fielmente una de las sensaciones que puede causar ver a Charly después de “la venganza de Palito” (como dice Fabián Casas). Podría ingresar en la serie del ¿Ubi Sunt?, un tópico literario que se pregunta dónde mierda está todo lo que ya no existe. Termina así:


“Me fui luego de “No soy un extraño”, por la mitad del Show. Me fui con lágrimas en los ojos. Rogándole a Dios que él no se diera cuenta de nada, que no se le ocurriera nunca jamás mirarse en alguno de los videos capturados por los enceguecidos fans.


Adiós Charly, sos una de las personas más importantes de mi vida, y eso no lo va a cambiar ningún psiquiatra ni con un arsenal de perversos psico-fármacos”.


Sin dudas hubo una metamorfosis que puede causar incomodidad. Lo injusto es que el espejo retrospectivo sólo se utilice para escudriñar a Charly. Antes yo también lo hice, pero luego comprendí que tal vez a cualquiera que se mire en el pasado y se compare con quién es hoy, le den ganas de llorar. Esto no invalida ninguna crítica, sólo advierte que, actualmente, para ver a García hay que ser más realista que Balzac. No se pueden esperar milagros. ¿No tiene voz? Bueno, a no ser que el tiempo se detenga, con los años perderá más. ¿Parece un poco anestesiado? Probablemente sea el precio que tiene que pagar una persona que se tiró de un noveno piso. A partir de estas premisas (nada originales) se puede disfrutar mucho de esta versión de Charly. Concentrándose en los temas. En ciertas ocurrencias clásicas de su repentismo (musical y discursivo). En la buena noticia de que ese artista genial (a la altura de Lennon o Dylan) sea argentino y lo podamos disfrutar en nuestro propio idioma, en vivo y en directo.


Otro hit de la hinchada Say No More (es decir, quienes nacimos en los 80' y le hicimos el aguante durante los 90' y 2000) es que éste no es el "verdadero Charly". El verdadero llegaba 2 horas después de lo anunciado. El verdadero rompía instrumentos y equipos. El verdadero no se molestaba en cantar la letra de los temas. Coincido en algo: antes los shows de García contaban con la adrenalina de lo imprevisto. Eso que te hacía sentir parte de algo único y mirar a los desconocidos del público con cierta complicidad. Ojo, lo imprevisto, a veces, puede ser un gran bochorno. Pero sí, sin mediar palabras, advertíamos que lo que sucedía en esos conciertos caóticos era el rock. Sin embargo, intuyo que vimos muchas películas. Que idealizamos demasiado. El rock, entre otras cosas. El "verdadero Charly". No olvidemos que para alguien que lo vio en su esplendor ochentoso, el "verdadero Charly" difiere completamente del imaginario Say No More. Ese tipo con un brazalete y la cara plateada es tan desconocido para ellos como para nosotros el zombie que fue a Susana. Por otro lado, a quienes se pusieron nostálgicos les pregunto si hubiese estado tan bueno que Charly saliera a tocar dos horas después con 32 grados de temperatura…


En el pogo de Arena Beach había adolescentes. Al pasar junto a ellos, recordé sus caras. ¡Los conocía a todos! Éramos nosotros hace diez años. Extrañamos al viejo Charly. Extrañamos no estar tan cerca de los 30. El tiempo no pasa sólo para él.