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lunes, 14 de abril de 2014

El lado oscuro del cuadrado


Del 10 al 13 de abril estuve en la ciudad de Azul invitado a participar en el FILBA Nacional. Una de las actividades que me encomendaron fue dar un paseo en bicicleta junto a Roque Larraquy por la famosa Ruta Salamone, que incluye alguna de las obras que el mítico arquitecto realizó en los años 30. El objetivo de la experiencia era escribir un texto que funcione a modo de bitácora para ser leído en la mesa de cierre del Festival.   

Durante buena parte del paseo, Azul parece el sitio en el que ocurren los poemas de Borges de los años 20.

Los proyectos edilicios de Salamone intervienen violentamente el espacio.

Es como si la ciudad fuese escrita por Borges y por Girondo al mismo tiempo.

La distancia simbólica que existe entre una y otra estética poética es la medida del extrañamiento que la ciudad le propone al visitante ocasional.

La imagen monumental del ángel que protege el cementerio provoca un shock, hay algo aterrador en esa imagen, como si estuviésemos ante el patovica total, uno que ya no te discrimina por negro o estar mal lookeado, sino que directamente deja afuera del boliche a todos los que están vivos.

No conocía la obra de Salamone, carezco de presupuestos intelectuales para describirla, y si los tuviese probablemente tampoco sabría qué decir.

Todos me dijeron que al no haber diagonales, es imposible perderse en Azul: “es un cuadrado”. Bien, creo que le encontré el lado oscuro al cuadrado, porque me perdí por lo menos dos veces por día.

Salamone provoca una subversión espacial, como si el solo hecho de ver las estatuas o el plano laberíntico de la Plaza tuviese un efecto narcótico que altera el eje de quien mira.

De esta manera intento responsabilizar a Salamone de mi absoluta falta de orientación en espacios reducidos.

Aunque se conocen las circunstancias políticas y sociales en las que Salamone craneó sus obras, las construcciones poseen un carácter inescrutable que hace pensar que detrás de todas las razones conocidas hay un secreto que se mantendrá oculto por el resto de la eternidad.

Pienso que todos los habitantes de Azul conocen el secreto pero se trata de esos conocimientos pre-empíricos, ineludibles para quienes los poseen pero imposibles de expresarse ante un recién llegado.

El paseo Salamone le otorga un plus de diferencia a la ciudad, aquí podría filmarse una película de David Lynch, esta ciudad también podría haber sido inventada por Roberto Bolaño.

Matías Jesús Almeyda es la celebridad deportiva más famosa de Azul y uno de los ídolos de mi infancia. Observando detenidamente la figura del ángel descubrí algo revelador: el ángel y Almeyda son exactamente idénticos. El físico bien trabajado, el mismo corte de pelo, en fin, ese aire de guerrero erótico a la Game Of Thrones que enamora a todas las mujeres. Pero hay una bonhomía en Almeyda que el ángel, tan temible, no representa. Y en ese punto ingresa la tradición cervantina de la ciudad: pocos jugadores más quijotescos que Almeyda.

Desde mi nacimiento nunca viví fuera de Mar del Plata. Una de las cuestiones que me inquietan cuando estoy de viaje es caminar y no encontrar el mar por ningún lado. El mar es el desintegrador más eficaz contra la vanidad, nadie que lo mire puede sentirse importante.


Luego de transitar la ruta Salamone se me ocurre que cuando los habitantes de Azul caminan por ciudades ajenas, lo que echan de menos no es la llanura, común a una extensa zona de la región pampeana, sino las irrupciones desconcertantes de Salamone. Entienden que sin esa escenografía sus vidas serían completamente diferentes. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Todo lo que querías saber sobre True Detective y ya te contaron 2666 veces en la última media hora


Bolaño se estaba muriendo, pero no estaba equivocado. Antes de irse al otro barrio, durante los últimos años de su vida, escribió un libro monumental que finalmente se publicó en forma póstuma y se llamó 2666. El libro está dividido en cinco partes y tiene 1100 páginas. Una de las partes es "la de los crímenes" y describe minuciosamente cientos de cadáveres de mujeres encontrados en Santa Teresa, ciudad mexicana abiertamente inspirada en Ciudad Juárez. Los cuerpos aparecen en el extrarradio, en zonas aledañas a los parques industriales y casi siempre se trata de mujeres obreras, niñas humildes o prostitutas. La tapa del libro, aunque sea en su versión original (desde entonces debe haber decenas de ediciones), tenía una ilustración que mostraba a una mujer de espaldas, sentada en una silla en medio de un desierto árido, ventoso y nublado. Pocas veces vi una tapa que encaje tanto con el libro en sí mismo y no sea pura decoración. Con ver la tapa uno ya empezaba a leer 2666, a sentir aquellas sensaciones abismales, esa especie de tristeza vertiginosa que nos da estar cerca del final de algo grande que ni siquiera sabemos bien qué es. “La parte de los crímenes” tiene varios momentos memorables. Recuerdo dos que me fascinaron bastante cuando los leí. El primero cuando una psiquiatra enumera todas las fobias existentes hasta llegar a la pantofobia (que es el miedo a todo) y la fobofobia (que es el miedo a los propios miedos). Son decenas de fobias, una detrás de la otra y cada vez más extrañas: la optofobia, miedo a abrir los ojos o la cromofobia, el miedo a ciertos colores. Otro momento genial es cuando un policía se transforma en una máquina de contar chistes machistas, mucho más allá del principio del placer, donde comienza el principio del horror, supongo.

Uno de los personajes de 2666 dice que detrás de esos crímenes "se esconde el secreto del mundo". En el libro de la muestra itinerante Archivo Bolaño es muy sugestivo ver el plano de Santa Teresa elaborado por el propio escritor, con sus Colonias, sus barrancos y basureros. Se nota que para escribir el libro Bolaño se fue a vivir a la ciudad que inventó, como el escritor de In The Mouth of Madness. Hubo una serie bastante floja libremente basada en “La Parte de los crímenes”, The Bridge, pero paradójicamente no fue la que mejor recreó esa subcultura de sordidez y misoginia que amenaza con adueñarse del mundo.

Los grandes genocidios de la historia fueron activados por grupos al mando de totalitarismos, cruzadas y colonizaciones culturales que, alienados en la embriaguez que propagaban sus dogmas, terminaban borrando del mapa a quienes se les ocurriera pensar distinto. El nuevo siglo ofrece una versión atomizada y caótica de aquellas matanzas. A simple vista no hay inquisiciones ni dictaduras ni campos de concentración, pero proliferan individuos que sólo pueden relacionarse a través de la muerte. Marginados del Sistema sin limitaciones morales. Freaks que ya no pudieron salir de su imaginario. Adversarios de la rutina pasados de rosca. Buenos vecinos a los que alguna vez les pediste que te cuidaran la casa. Algunos matan por creerse los guías de una vida alternativa. Otros porque están aburridos y no tienen otra cosa que hacer. Ya superados los fanatismos ideológicos y las avanzadas religiosas, el Estado se enfrenta a un enemigo invisible, que curte sus mambos a oscuras y ejecuta a espaldas del mundo con total discreción. La era de la híper comunicación llega a los lugares más recónditos, pero todavía no pudo infiltrarse en la mente. Antes el Enemigo era visible, se identificaba con colores, discursos y actos multitudinarios, dependía del Estado o alguna Institución de su misma fortaleza. Ahora la conducta del enemigo se rige en base a un cóctel de trastornos y patologías que se encuentran más allá de cualquier clase de control, el asesinato emerge como la perversa somatización de una dinámica social que promueve la oferta material para sus consumidores pero bloquea la demanda afectiva y emocional de solitarios y desesperados que no pueden satisfacer sus necesidades íntimas.   

Como las novelas del Siglo XIX le sacaban la ficha a la subjetividad de su tiempo, las series se regodean en este aspecto y los asesinos ahora son parte del engranaje estructural que intenta socavarlos. (Ya en Zama, el bandido Vicuña Porto es parte del grupo de hombres que lo busca) En Dexter, es el policía. En la tercera temporada de The Killing se trataba del Jefe de la división encargada de investigar los asesinatos. En The Fall, un psicólogo. En la versión de Hannibal, un psiquiatra forense. Estos casos, además de denunciar las obvias complicidades entre el delito y las altas esferas del Poder, vienen a exponer una sensación colectiva implícita y algo apocalíptica: en la actualidad, el centro neurálgico en el que se expresa el Mal se encuentra en esos crímenes siniestros en los que las víctimas, casi siempre niños o mujeres, pagan los platos rotos por una civilización que se cae a pedazos en cada esquina. True Detective une las líneas paralelas: el delito como ritual secreto de las Instituciones que supuestamente lo combaten (Policía, Iglesia) y el delito como trama macabra de un genocidio espontáneo pero igual de implacable que los del Siglo XX.

A pesar de su originalidad, la serie posee los elementos característicos de un policial televisivo hecho y derecho: los testigos recuerdan y tienen una crisis psicológica, los policías salen del laburo y escabian en un bar con una mesa de pool, los cuerpos aparecen en sitios abandonados o al costado de la ruta, los detectives fuman y toman café, etc. Como en las novelas de Chandler la atmósfera era tan o más importante que los personajes, en True Detective la idea de paisaje es netamente romántica, en el sentido de que el pueblito conservador, con su ambiente apagado de eterno domingo a la tarde, expresa claramente la psiquis y los deseos ocultos de sus habitantes. En una de sus deliradas y poéticas acotaciones, Rusty dice que el lugar le hace pensar que no está en el pueblo, sino en el recuerdo desvaneciente de alguien que recuerda ese mismo pueblo. Una de las grandes obsesiones de la paranoia posmoderna es pensarse dentro del sueño desquiciado de una mente enferma. Estas hipótesis se proponen como soluciones al problema, pero más bien son síntomas. True Detective prepara un cóctel que va de la conspiración al misticismo y como Bolaño con esos chistes sobre mujeres en una ciudad con miles de cadáveres de escenografía, te muestra lo cerca que están los rituales satánicos del catolicismo y los policías de narcóticos de los yonquis.

Piglia dice que en el policial negro los crímenes se cometen por dinero (estafas, secuestros, sobornos, etc.) y en el policial clásico los crímenes son gratuitos y esa gratuidad refuerza el enigma. True Detective es un híbrido entre esas dos vertientes: forma clásica, fondo negro. De todos modos, lo que uno espera de True Detective, apenas ve el primer episodio, son esas charlas filosóficas entre Marty y Rusty en el auto, pequeños ensayos que en medio de una serie masiva son tan desubicados como reparadores. Rusty es un pesimista arrogante, con una prédica existencial que descoloca a Marty, cavernícola rubio acostumbrado a hacerse el boludo para pasarla mejor. Valiéndose del contrapunto (tan viejo como las novelas de Jane Austen), la serie hace chocar dos mundos irreconciliables. Lo que muestra True Detective son las esquirlas de ese accidente.   


Diez años después de separar sus caminos, los dos compañeros ya son tipos enemistados a los que la vida les hizo jaque mate por diversas causas. Sin embargo Marty acepta volver a trabajar con Rusty. Y creo que en ese punto se encuentra una de las famosas "claves del éxito" de True Detective. Más allá de la complejidad narrativa (es magistral el momento en el que se empiezan a distanciar los testimonios de lo que sucedió realmente) y la sofisticación técnica (el celebrado plano-secuencia, materia en la que ahora todos somos expertos), lo que transforma a True Detective en un pequeño hito de la ficción actual es que conmueve. Traveler diciéndole a Oliveira que le ponga la traba ("la falleba") a la puerta porque van a entrar. El replicante rubio de Blade Runner ayudando a Rick Deckard en el borde del rascacielos. Tadeo Isidoro Cruz defendiendo a Martín Fierro. Una de las causas de empatía supremas para un espectador o lector es que dos personajes distanciados se reúnan, ubicando la amistad por encima de sus pobres individualismos. En un giro sentimental necesario después de tanto terror y oscuridad, ésa parece ser la sencilla sugerencia de la escena final de True Detective. Sayonara.  

martes, 10 de diciembre de 2013

El status quo de la elite acomodada

Desde hace un par de meses me mudé y vivo en un barrio que después de las ocho se pone complicado. Está más o menos lejos del centro, hay poca iluminación y en algunas esquinas se juntan muchachos a pasar la larga noche kirchnerista con botellas de fernet y cerveza. Así que cuando salgo a la noche a comprar algo, me pongo una capucha. Sí, una capucha. La capucha es el genial invento de mi mente para controlar la paranoia y tiene como fin mimetizarme con el enemigo. Exactamente así hacen los personajes de Walking Dead cuando se ponen un muerto de escudo y engañan a los zombies haciéndose pasar por ellos. Es decir que yo no formo parte de la casta de sujetos avanzados que escucharon un par de entrevistas a Zaffaroni y no temen a los robos ni a que maten un ser querido en un asalto al voleo. No, yo a veces tengo miedo y me convierto en un hombre miserable. Le digo a mi novia que se tome un taxi. En cualquier momento del día me mortifica la idea de que le pueda pasar algo a mi vieja.  Ciertas personas que manejan cierto discurso suelen hablar como si no le pusieran candado a la moto, como si no cerraran la puerta con llave, como si no cruzaran de vereda cuando ven tres pibes con gorras. Ese tipo de afectación de la sensibilidad social suele generarme tanto ruido como los que acusan de todos los males a "los negros".  

El domingo por la noche la policía marplatense se acuarteló exigiendo un aumento de sueldo y empezó a rumorearse en las redes sociales que habían comenzado los saqueos. Lo curioso fue que entre la ansiedad de los usuarios de Twitter y Facebook por dar a conocer noticias inexistentes, lo que hizo falta fue un medio tradicional, viejo, anacrónico, de esos con un conductor acartonado y un movilero que habla estirando las palabras mientras piensa qué decir y cuenta lo que pasa. La idea de que las redes sociales son el descubrimiento virtual perfecto que nos permite gambetear la verticalidad del Poder y el periodismo corporativo nunca fue tan falsa. Funcionará en la Primavera Árabe, pero no en la Feliz. En Mar del Plata, aunque sea esa noche (al otro día la noticia fue a nivel nacional), no hubo forma de saber qué era lo que pasaba. Se suele culpar de todos los males de la ciudad a Aldrey Iglesias, nuestro Magnetto, un empresario español, amigo de todos los gobiernos, acusado de ser el Intendente en las sombras y que cuenta con varios medios locales. La Capital, el diario más importante, es de él. Algunos dicen que El Atlántico, el otro diario histórico (ahora en plena crisis), también. La idea de atribuir la totalidad del Mal a un villano todopoderoso (en este caso Aldrey Iglesias) es interesante para un cómic o para 678, pero en cierto punto nos deja tranquilos al resto porque simplemente nos toca representar el papel de las víctimas de un plan diabólico para acabar con nuestra libertad. Yo creo que la culpa de esta desidia no es de un solo tipo, sino de los marplatenses en general, como ciudadanos y sujetos sociales ubicados en un espacio tiempo determinado.   

Tal vez el hecho de ser el balneario del país, el lugar de diversión y esparcimiento, nos divierta y nos esparza demasiado. En Mar del Plata hay dos corrientes de pensamiento. Están quienes ejercen una especie de chauvinismo local y creen que, por ejemplo, cualquier evento cultural, por el solo hecho de ser marplatense (y no por el solo hecho de ser bueno), debe ser apoyado. Para estas personas todo debería ser marplatense: los habanos de Cuba, el whisky escocés, los Rolling Stones, la salsa bolognesa, todo debe ser adquirido, procesado y transformado en marplatense. Por otro lado, están las personas que viven acá pero podrían estar en Acapulco o Nueva York. En vez de hablar de Pulti hablan de Macri, no son ni de Alvarado ni de Aldosivi, no van al Centro porque está lleno de gente. Creo que el Hombre Nuevo Marplatense debería encontrar un equilibrio entre las dos posturas. Ni la indiferencia absoluta de quien cree que la ciudad es muy poco para sus enormes pretensiones ni la interpretación de marplatense profesional que se queja a los gritos y con el puño cerrado porque en el Festival de Cine no hay películas marplatenses, como si fuésemos la fucking Bollywood de la Costa Atlántica con una industria cinematográfica en permanente ascenso. 
         
Por último, tanto el domingo por la noche como durante todo el lunes, se notaba una suerte de erotismo masoquista en las personas que aseguraban que sucedían saqueos y robos que nadie podía confirmar. Como si eso que más temen, la invasión a la propiedad privada, fuera en verdad un deseo oculto que les permitiera despojarse no sólo de sus pertenencias sino también de la gran estructura mental que los convirtió en monstruos verbales capaces de decir las más grandes bajezas con tal de afirmar su pertenencia simbólica a determinada clase. En fin. La verdad es que la policía es una fuerza que mantiene el status quo de la elite acomodada. Deberíamos atacar las raíces de los problemas sociales, en vez de atestar las cárceles del país.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

No te busques ya (en el umbral)

Habitualmente, los comentaristas de un blog le hacen recomendaciones al bloguero. Por ejemplo:
1) Morirse. El comentarista cree que el bloguero no debe existir más en la Tierra y debe morir.
2) Buscarse un trabajo. El comentarista cree que alguien que escribe en un blog es un vago sin remedio y ésa es la causa por la que tiene tanto tiempo para escribir un texto de tres párrafos una vez cada quince días.
3) Que deje de escribir estupideces. El comentarista cree que el bloguero es estúpido y por lo tanto escribe estupideces, por lo cual lo invita a dejar de escribir tales estupideces.

En otras ocasiones más agradables, el comentarista parece pertenecer a este mundo y recomienda películas, canciones o, en este caso, series. En la última semana varios comentaristas del blog me hablaron de una serie llamada Louie. Así que la vi. Y me pareció genial.

Habría que saber distinguir las cosas que no nos gustan de las que no entendemos. Cuando vi Louie por primera vez, recién salida del horno, creí que no me gustaba. Ahora me doy cuenta de que no entendí nada. Todas las características que hacen de la serie algo original a mí me resultaron ilegibles: la inconexión, la deformidad, la indefinición temática. Cada episodio dura 20 minutos pero no tiene núcleo: va de un monólogo sobre la paternidad a una escena en la que Louie intenta levantarse a una mina sin éxito, otra en la que canta a todo volumen un tema de los Who mientras sus hijitas se horrorizan y cierra con un encuentro con el psicólogo. O el odontólogo. O un doctor sádico. Cambia el formato: a veces la anécdota está contada como si fuese un cuento de estructura clásica (al estilo Canterbury o Decamerón; incluso con moraleja y todo) a veces muta a comedia romántica trash; a veces es una viñeta urbana en el subte, de las que aparecen en la contratapa de los diarios. En la mayor parte de los casos, el capítulo termina cuando te parece que recién está empezando. En ese plano Louies C.K maneja el anticlímax como un maestro y esa gambeta al remate se convierte en un estilo totalmente admirable a medida que pasan los capítulos. Louie es Seinfeld escrito por Harvey Pekar. El antihéroe judío y neoyorquino regresa, pero en este caso cambia el enfoque y mira el mundo desde la perspectiva del padre loser, divorciado, sexualmente hambriento y emocionalmente derrotado. Y es esa faceta dramática, ese nicho impensable (porque se atisba algo parecido a un compromiso con el prójimo), lo que hace a Louie más humano y cercano. Mucho más que Woody Allen o Seinfeld: ellos daban la impresión de no creer en la existencia de la vida, ni la que representaban en sus personajes autobiográficos ni la que vivían como actores del mundo "real", como si la idea subyacente fuese que de verdad todo era broma y no valía la pena gastar sentimientos en una macro farsa terrible como la vida. En Seinfeld, como quería Mallarmé, la realidad culmina en una serie. En Louie, como versionó Cortázar, la serie culmina en la realidad. Louie sube el voltaje de contenido revulsivo, pero en compensación baja el nivel de nihilismo e ironía social. Por momentos se permite la postal melancólica de la ciudad y las primeras luces de la mañana, la postal cursi del padre desayunando con sus dos hijas luego de una mala noche. Por último, otro dato que juega favor de la serie es el tema que suena en la presentación ("Brother Louie", de Stories): ahí te das cuenta lo necesaria que es la música y la forma en que te predispone a ser feliz (o más feliz).  
 
Transcribo dos situaciones de Louie tal como aparecen en la serie, sin análisis ni opinión:

1) Louie monologa. Dice que una de las cosas que más teme es que sus hijas desaparezcan. ¿Por qué? Porque habitualmente cuando un niño desaparece es porque un mayor los rapto y abuso sexualmente de ellos. Y la pedofilia está tan mal vista en la sociedad que el pedófilo decide matar y enterrar en un baldío a sus víctimas antes de ser descubierto. Entonces Louie propone que la pedofilia no esté tan mal vista así en caso de que un niño sea abusado en vez de asesinarlo, el pedófilo pueda devolverlo a su casa.
2) Louie tiene una cita con una mujer. Ingresa a un local de donas. Un grupo de adolescentes hace mucho ruido y Louie les dice que se callen. Uno de los adolescentes se acerca a la mesa donde está Louie (de 42 años) y le dice que si no le pide por favor que no le pegue, lo va a cagar a piñas adelante de la mujer con la que está saliendo. Louie le pide que por favor no le pegue. Los adolescentes se burlan y se van. La mujer le dice que lo perdone pero que después de ver eso no le tiene respeto.

Desde hace un tiempo existe la sensación de que el umbral del sexo está cada vez más alto. Es decir que cada vez ponemos más alta la vara de la excitación sexual. El tipo que hace 20 años se masturbaba con una Playboy, hoy busca en su página porno favorita "filipinas bailando el ula ula con un enano albino mirando a través de un caleidoscopio" y probablemente encuentra el video. La existencia de esa múltiple oferta de escenas específicas en las que casi cualquier fantasía sexual, por más retorcida y bizarra que sea, encuentra su representación, viene a explicitar una demanda creciente por parte del público. Del mismo modo, una serie como Louie informa que se ha extendido el umbral del humor, es decir que cada vez nos cuesta más reírnos. No ya en comparación a Los Tres Chiflados o El Chavo del Ocho, sino con respecto a Seinfeld o Friends (menciono estas dos series por ser famosas y modélicas del humor contemporáneo, no porque tengan algo que ver). El humor siempre estuvo ligado al dolor y la humillación, pero ahora aparece casi como algo indesligable del dolor y la humillación.

En cierto sentido, hemos llevado al límite todos los umbrales, no sólo los del sexo y el humor, sino también los de la tolerancia a la violencia. Por eso, hermanxs, lo único que nos queda es elevar el umbral del amor. Y que siga la melodía. 


martes, 26 de noviembre de 2013

Sobre Larry David, Woody Allen, Jerry Seinfeld, Batman, Robin y Tinelli


1) Hay dos tipos de duplas. En una de ellas el miembro principal es Batman y el otro cumple el papel de Robin, es decir, ser el testigo de la genialidad ajena. Sin Batman, Robin no existe. Sin Robin, Batman se cansó de hacer películas. Algunos casos muy claros son Charly García y Nito Mestre o Deleuze y Guattari. Robin ceba mate, tiene fuego cuando a Batman se le ocurre fumarse un pucho, va a la esquina a ver si llueve. El segundo tipo de dupla es la que se da entre dos personas que se retroalimentan y alternativamente se dominan entre sí, cuya asociación es una usina de conflicto y tensión, pero a causa de ese roce también es asombrosamente productiva. Tres casos emblemáticos (en orden revolucionario): Lennon y McCartney, Herzog y Kinski, Fidel y el Che.  

2) Si durante los 60 Fidel y el Che encarnaron la revolución del socialismo, durante los 90 Jerry Seinfeld y Larry David crearon Seinfeld, la revolución del nihilismo. La de Larry y Jerry fue de las duplas en las que cada uno de los integrantes tiene el mismo peso y se complementan entre sí. Larry aportaba el caos y la anarquía al humor apolíneo y algo naif de Jerry. Jerry aportaba una estructura contenedora al genio desbocado de Larry. Aunque sus personajes sufrían penurias existenciales y físicas, Seinfeld fue una de las pocas series que nunca apelaron al sentimentalismo. Seinfeld sólo tuvo el noble y cínico objetivo de hacer reír. En Seinfeld no importaba la acción (los hechos, muchas veces inadmisibles y grotescos, que desencadenaban el tópico principal de cada episodio) sino el caudal teórico que generaba en cada uno de los personajes, un conjunto de axiomas e hipótesis sobre el funcionamiento de la vida que terminaron atravesando el imaginario de toda una generación. No se podría decir que Seinfeld era una serie de derecha ya que usualmente parodiaba cualquier tic conservador de la fauna social norteamericana, sí que era conformista, absolutamente indiferente a cualquier tipo de cambio y profundamente escéptica.

3) Con su paso full-time a la actuación en la serie Curb Your Enthusiasm, Larry David se posicionó como el continuador natural y tardío de Woody Allen. Una mirada neoyorquina, orgullosamente neurótica, que se complace en descubrir y parodiar los códigos secretos del judaísmo, humor intelectual hecho por supuestos anti-intelectuales algo apolíticos, que profundiza en la amistad y las relaciones de pareja como hechos vulgares que finalmente ofrecen un pantallazo sobre la sociedad actual. Pero Larry David se diferencia de Woody Allen. Porque donde Woody estaciona el auto del nihilismo y baja línea, Larry traspasa la frontera de la censura de nuestras consciencias: se ríe de y con los enfermos de cáncer, los negros, los homosexuales, los inmigrantes. Aquí debería presentarse el famoso “pero sobre todo se ríe de sí mismo”. Y yo no sé si Larry David se ríe sobre todo de sí mismo. Como todo ser humano con un mínimo de lucidez, Larry David no se toma en serio, ¡pero sobre todo se ríe de la estupidez ajena! Siempre me pareció ridículo descartar el humor de cámaras ocultas de Tinelli en Videomatch porque “se reía de los demás”. Como si ésa no fuera la quintaescencia del cómico: cagarse en el mundo afirmando la individualidad propia como el único espacio de autonomía desde el que se puede señalar y dejar en evidencia el absurdo cotidiano cual Quijote contra los molinos de viento. En todo caso el humor de Videomatch era malo por su espíritu patotero, de tipos que le cuentan las costillas al perro manso con un palo a carcajadas, no porque se reía del Otro. ¿Quién quiere un humor solidario, inclusivo, ético, políticamente correcto? En un plano ideal Larry David no se ataja, carece de imperativos morales, no te deja tranquilo.      

4) La segunda diferencia entre Larry David y Woody Allen es la siguiente: “Woody siempre tenía problemas con sus mujeres. Pero todas esas mujeres eran guapas  e inteligentes y siempre tenían tiempo para dar largos paseos por el parque y cosas de ese tipo. Y Woody siempre tenía un trabajo bien pagado y, cuando había problemas con una mujer guapa e inteligente, simplemente se iba al teléfono y telefoneaba a otra mujer guapa e inteligente. Millones de hombres desearían tener los problemas de Woody Allen con las mujeres”. Esta genialidad la escribió un escritor subestimado, Charles Bukowski, en “Mala noche”, un cuento del libro Hijo de Satanás

5) La nueva película escrita por Larry David (y dirigida por Greg Mottola) tiene una escena memorable que comprueba el punto anterior. Cuando el personaje de Larry le da un beso a la rubia de turno (en este caso Kate Hudson), la rubia escupe y grita “¡Qué asco!”.   


6) Clear History es una película para televisión bancada por HBO. La última temporada de Curb Your Enthusiasm fue en el 2011. Exceptuando un par de capítulos (especialmente el de Michael Fox), el resultado fue muy flojo, se notó el desgaste y hasta cierta desidia en el armado de los capítulos. Tal vez porque su éxito depende mucho de la efectividad (sin ir más lejos, la risa), el crepúsculo de un programa de humor suele ser mucho más explícito que en un drama o un policial. Lo mismo pasó en la última temporada de Peter Capusotto. Tal vez consciente de que sus ocurrencias ya no podían cargar de sentido los diez capítulos de una temporada, Larry David decidió juntarse con Mottola y cranear Clear History. Aquí Larry es Natham y al principio aparece caracterizado como un hippie high tech al que echan de una compañía de autos por contradecir al dueño en el nombre de un nuevo modelo (que luego se convierte en un hito). La película avanza entre la sorpresa inicial de ver a Larry en un nuevo papel y la asimilación de que Natham es sólo una máscara: detrás se esconde el pelado amargo y querible que todos conocemos.  

miércoles, 16 de octubre de 2013

Vindicación de Carrie Mathison


"Le facce da pazza di Carrie Mathison". Así se llama un grupo de facebook que cuenta con 36 integrantes. Orgullosamente, soy uno de ellos. El título hace alusión a las caras de loca de Carrie Mathison, el personaje de serie más genial desde Benjamin Linus. La cara de Carrie Mathison es como un parque de diversiones del drama. Cara de sorpresa con los ojos más abiertos que Enzo Francescoli. Cara de amor mirando de costado y sonriendo apenas. Cara de concentración afilando cada una de sus facciones como un pájaro metálico. Y el hit: la cara de desesperación existencial de Carrie, una joya de las artes audiovisuales modernas en la que Claire Danes ejecuta una serie de movimientos faciales que hacen que todas las partes que conforman su cara queden comprimidas en su pera. No sabemos cómo lo hace. No sabemos si una persona cuerda podría hacerlo. Pero nos gusta.

Más o menos todos saben de qué trata Homeland, pero por las dudas ahí va un resumen: "Agente de la CIA bipolar" (Carrie Mathison) conoce a "Soldado que vuelve de estar en cautiverio en Irak" (Nicholas Brody) y se enamora. Es decir que si reemplazamos "chica" y "chico" por los apartados entrecomillados Homeland es la misma historia de siempre. Lo que cambia es el contexto. Hay un procedimiento visual simple que en Homeland tiene una efectividad terrible: cuando los personajes la pasan mal, la cámara deja de enfocarlos a la distancia y se les viene encima, como si en vez de un aparato, fuese la mismísima vida la que los asedia. Entonces uno los puede ver respirar, transpirar, pensar, paniquear. De ahí a la identificación hay un solo paso. Y en esta serie ese acontecimiento no es intrascendente porque se trata de identificarse con la idiosincrasia yanqui. Alguien que no nació en Estados Unidos y quiere entender esa pulsión nacionalista es como un tipo queriendo saber cómo es tener dolor de ovarios: aunque quiera y se lo expliquen, nunca lo va a entender.    

Qué hombre no quiso estar con una loca como Carrie. Y qué hombre no se fue corriendo cuando finalmente la conoció. Algo de eso le pasa a Nicholas Brody cuando compara su familia ABC (esposa atractiva que se encama con su mejor amigo; hija adolescente con despelote hormonal; hijo menor bobo y soso, si es que se puede ser bobo y soso al mismo tiempo) con el mundo de sensaciones que le propone Carrie. Pero cuando finalmente se da cuenta que la rubia no tiene los patitos en fila y encima le sacó la ficha, empieza a dar más vueltas que Riquelme. Y entre esas idas y vueltas narrativas avanza Homeland. La sobriedad de la mayoría de los personajes posibilita que la locura de Carrie se destaque en toda su dimensión: desde el zoquete de Brody hasta el taciturno, contradictorio e indudablemente peludo Saul Berenson ("fucking Saul"), parece que el elenco de Homeland se tomó un valium antes de salir a escena.

Convengamos que Carrie hace todo mal y que precisamente ésa es la razón principal por la que la queremos: se enamora del sospechoso de terrorismo que ella misma descubrió, deja de tomar las medicaciones, se la quiere chupar a Saul cuando las cosas andan mal, se garcha a Brody adelante de todos sus amigos de la CÍA, desprecia al Peter Quinn de la gente cuando es el único que la quiere ayudar. Detrás de su máscara border, es cortazariana ingenua, del capítulo 93 de Rayuela, ése que dice que uno no elige a quien ama porque el amor es un rayo que te parte desde el cielo en el momento menos inesperado. Por eso cada vez que dice una barbaridad sucede algo entrañable: no puede reprimir las ganas de llorar y su cara comienza a arrugarse hasta derivar en alguna de las variaciones ya mencionadas.     

En la era de los estudios de género y luego del esplendor de los machos alfa sensibles (Jack Shephard) o mafiosos (Tony Sorpano) o geniales (House) o químicos (Walter White), las series comenzaron a poner en el centro de los reflectores a las mujeres reales que dirigen el rumbo del Siglo XXI: las que tienen chongos, autos, vibradores, autonomía económica, las que desean ser amadas pero al mismo tiempo temen ser invadidas por hombres inseguros y paparulos que necesitan más cariño que sexo. La pantalla ahora muestra chicas frías y lindas, dotadas de sustancia emocional en base a la distancia que hay entre el éxito social y la soledad de sus vidas privadas. Es decir que el espectador las ve desenvolverse sin problemas ante un asesino serial y luego atrapadas en sus departamentos de solteras mirando el techo con un sentimiento muy parecido a la angustia. Allí está la colorada Linden de The Killing, obsesionada con su trabajo pero incapaz de cuidar a su hijo emo. En The Fall, Gillian Anderson regresó para interpretar a una especie de Scully recargada que ahora no deja títere con cabeza y come hamburguesas frente al monitor. The Americans (tal vez la mejor serie de este año) trata sobre una pareja de agentes de la KGB que se hace pasar por un matrimonio yanqui en plena guerra fría. Elizabeth (Keri Russell, con sus piernas cada vez más largas), durante el día una es madre acomplejada porque su hija adolescente no le da pelota pero a la noche se dedica a voltearse muñecos para sacarle información a la CIA. De todos esos personajes que dan cuenta de una nueva sensibilidad femenina que acabará con todos nosotros (muchachos, el único control que nos queda es el remoto) Carrie Mathison es el núcleo, la rockstar, la que prende y apaga la luz. Si en la primera temporada terminaba sometida a una terapia de electroshock, en el segundo episodio de la tercera ya la internaron. Esperemos que los guionistas no se abusen, todavía hay muchas caras de Carrie por descubrir.           

viernes, 13 de septiembre de 2013

Mi libro de cuentos



Mi segundo libro se llama La luna y la muralla china. La editorial que lo publica es La Bola Editora, que al mismo tiempo publica Interferencias, de Gonzalo Viñao. Quienes estén interesados en adquirir los libros deben dirigirse a la página de facebook de la editorial: La Bola Editora Facebook. Sayonara! 

martes, 10 de septiembre de 2013

La gran autopsia

Durante el conflicto con el campo y las legislativas del 2009, el deber ético de los argentinos decentes fue apoyar a un gobierno al que los medios le inclinaron la cancha en forma alevosa. Así nació la semiología de bolsillo y el archivismo, los dos recursos preferidos de la retórica K. Mientras tanto, Lanata aguantaba en la B jugando de local en Canal 26. Después, ¿cómo decirlo?, crecimos y nos fuimos del barrio. Hacia 2010, comenzaron a verse los hilos de un gobierno que, por momentos, craneaba políticas shockeantes con más impacto mediático que real. Es decir, causas monumentales (Malvinas, Papel Prensa, Fútbol para Todos, Aerolíneas), con las que casi nadie podía estar en desacuerdo por su valor simbólico y que finalmente no provocaban una mejora sustancial en la calidad de vida de la gente. 

Los días argentinos no tienen épica ni estética. Por eso el escritor más leído y que más identificación genera entre los jóvenes de este país es Bukowski. Un tipo que se dedicó a contar qué pasa cuando trabajás en un lugar en el que te pagan mal. Qué pasa cuando te cagás encima y no llegás al baño. Qué pasa cuando estás solo, aburrido y te emborrachás mirando el techo. Qué pasa, para ser más amplios y cursis, cuando levantarse a la mañana equivale a otro día en el que tus ideales y tus sueños y tus deseos son pisoteados. Muchos seres sensibles vieron en las súper-producciones clásicas del kirchnerismo algo más grande que esa cotidianeidad tan Bukowski. ¿Qué importancia tenía la inflación frente a los entretelones de Papel Prensa? ¿Qué necesidad había de hablar de alquileres costosos si lo que está en juego es la recuperación de Malvinas? ¿Qué me importan los chorros si ya vienen la recuperación de YPF, los goles secuestrados y, según la Ley de Medios, el Espacio Publicitario? Se trataba de remontar vuelo teórico frente a los reclamos aburridos y terrenales de la clase media, de sonreír con suficiencia ante cada cacerolazo, mirando el panorama desde las inconmensurables alturas del cielo de los iniciados. De paso bajaron la horizontalidad 2.0 al plano existencial y se sintieron parte de un Proyecto, un colectivo de individualidades dispersas que sólo llegaban a tener sentido una vez reunidas. Desde Cristina hasta el ciber K más ignoto encerrado en su cárcel virtual. De allí el alto nivel de pertenencia que lleva a una militante de 17 años que hasta el 2011 tenía una foto de Justin Bieber en el perfil del Face a hablar de Carlos Kunkel como si fuera su tío. Esto es muy fácil decirlo ahora, cuando sabemos que los grandes cuadros de La Cámpora se denominaban así porque estaban pintados. 

Descubrir signos ocultos por detrás de las persianas del discurso dominante es de buen semiólogo, pero también de gran esquizofrénico. La existencia de una temible conspiración nacional, internacional y planetaria fue la forma en que se intentó arreglar cualquier desperfecto.

Mientras la oposición se entretenía jugando un papel naif y exigía republicanismo pocket, el kirchnerismo directamente construyó una ética paralela que basa sus principios en la tradición consuetudinaria peronista, por momentos tan cercana a la mafia. Cuando se le reprochaba la alianza con personajes impresentables, que expresaban todo lo contrario a lo que postulaba el universo nac and pop, se indicaba que la casa también se construye con bosta. Cuando se señalaba que algún funcionario era corrupto o ineficaz o las dos cosas juntas u otra cosa peor, se aludía a que sin dudas era un hijo de puta, pero era "un hijo de puta nuestro". Quienes quedaban afuera de los límites de esa estructura de pensamiento, eran deportados de la inteligencia política argentina, a sentarse a la mesa con los chicos, carajo, mientras los grandes juegan al truco y toman vino tino. Se trataba de honestistas, denunciantes seriales, tontos, despistados, sin el GPS de la época, formateados por Lanata y Carrio en la larga noche apolítica de los 90'. "No entender de política", durante los 00' y los 10', fue tan grave como no saber usar el microondas en los 90', un motivo de estigmatización social que rápidamente pasó a ser moda. Se despreció la ensalada noventosa de nihilismo e indiferencia como el gran cáncer de las viejas juventudes. En su lugar se propagó un culto ciego por la militancia y un gusto por la opinología automática ante cualquier episodio político que transcurriera en el país o el mundo. Como si todos, de la noche a la mañana, hubiésemos sacado carnet de sociólogos.     

Tal vez porque en el plano dirigencial quienes tuvieron en contra eran peores que ellos, los kirchneristas siempre supieron hacerte sentir un boludo si no te gustaba el nuevo hit que pasaban por la radio. Pero después de Once y la canonización de Francisco I, por mencionar las dos primeras atrocidades que se me vienen a la cabeza, ya ni siquiera les sale. Quienes elogiaban el pragmatismo brutal como característica innata de la realpolitik pasaron a preguntarse de qué sirve bancar a un gobierno que cada dos por tres te deja en off side y se caga en sus propias banderas. Durante bastante tiempo explotaron quirúrgicamente esa distancia emocional entre lo que se supone que deberíamos pensar y lo que realmente pensamos, adornando cada iniciativa, por más liviana que sea, con múltiples sellos de distinción. Que el simpático pedido por PAKA PAKA haya sido elevado a la categoría de Grito Democrático contra los Corporaciones Diabólicas del Mal habla tanto de las habilidades discursivas del gobierno como de las debilidades interpretativas de quienes se subieron al bondi y se quedaron dormidos cinco minutos después de empezar el recorrido. A la larga, la bosta y los hijos de puta pasan factura.


Es verdad que el kirchnerismo resistió mil velorios, pero hoy parece que el propio kirchnerismo se está velando a sí mismo. Incluso un poco más: este mismo texto no me pertenece, está en el aire, no lo repiten gorilas ni anti K, sino más bien ex novias decepcionadas del Proyecto. Se está iniciando la gran autopsia de toda una época.  

martes, 2 de julio de 2013

Puntos de venta de Puente Aéreo Ediciones en Mar del Plata


Estas son las librerías de Mar del Plata en las que se pueden conseguir los dos libros de Puente Aéreo Ediciones¡Marc!, de Osvaldo Lamborghini-Gustavo Trigo y Sobre el rock, de El artista antes conocido como Martín Zariello.  

Fray Mocho Libros

Belgrano 2877
(7600) Mar del Plata
Buenos Aires
-
Polo Norte
Avda. Constitución 5843
(7600) Mar del Plata
Buenos Aires
-
Polo Norte (Centro)
San Luis 1745
(7600) Mar del Plata
Buenos Aires
-
Librería Puro Cuento
Alberti 2044
(7600) Mar del Plata
Buenos Aires
-
Librería Liberty
Além 3633
(7600) Mar del Plata
Buenos Aires


lunes, 3 de junio de 2013

Tweet and Shout

Tuve Twitter un par de veces. Abrí la cuenta y al día siguiente la borré. Las dos veces me sentí en uno de esos cumpleaños en los que no conocés a nadie, en uno de esos partidos en los que no te la pasan porque ni siquiera saben cómo te llamás. La industria de los blog reside en intentar parecer inteligente cada una semana, tal vez todos los días. Twitter es algo peor: el alarde de inteligencia segundo a segundo y en espacio reducido. No todos pueden brillar en una baldosa. Twitter es millones de personas queriendo ser Riquelme y jugando como Funes Mori. Y hasta a Riquelme, a veces, le atajan el penal.

Hay twitteros geniales, tipos que resuelven qué hacer con el lenguaje en muy pocas palabras. Pero esos tipos, generalmente, ya eran geniales antes de Twitter. En todo caso lo único que puede hacer Twitter es arruinar a las personas que creíamos inteligentes, sumergiéndolas en una ola de exposición innecesaria. Alguna vez dijeron que Facebook era el lugar donde estaban tus ex compañeros de la secundaria y Twitter donde estaban los que te gustaría haber tenido. Eso que a muchos les pareció una crítica lapidaria hacia Facebook, a mí me resultó positivo. Por eso mismo Mar del Plata es mejor que Cariló. Facebook es ese lugar donde la piba de barrio juega a ser una femme fatal pero no puede evitar que por detrás se vean las paredes sin revocar y una tanga usada colgada de una silla. Donde el chico cool no puede impedir que su madre lo etiquete en una temible foto de la infancia. Donde una debacle amoroso lleva al enamorado a una ridícula y no menos honesta catarata de fragmentos de canciones de Sabina. En Twitter hasta el dolor es barnizado con una fina capa de ironía y sarcasmo, como si en vez de ser estos boludos que leen a Verbitsky y se creen de la SIDE, fuésemos ejércitos de Oscar's Wilde's a los que la vida les parece más fácil que la tabla del 1. Aunque bajemos las persianas virtuales, en Facebook siempre existirá una grieta que se las arreglará para dejarnos en off side social. Y ésa es la mayor virtud del invento diabólico de Mark Zuckerberg: aunque no nos guste, tarde o temprano nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. 

El principal mérito de Manuel Puig fue inventar una literatura en la que se les daba voz a nuestras tías para que contaran sus amores prohibidos y dirimieran cuál es el mejor punto de costura. Muy bien, ahora nuestras verdaderas tías hacen su propia literatura en Facebook. En cambio, el centro de Twitter es el microclima palermitano. En Facebook ser cool es imposible: la estética, abarrotada de información y fotografías, impide cualquier tipo de elegancia. Como en el cajón de las remeras, está todo junto y desacomodado. En Twitter los usuarios eligen cuidadosamente imágenes sofisticadas de fondo para que combinen con el tono de sus tweets.        

La supuesta revolución de Twitter es que nos permite hablar con cualquiera. Por ejemplo Cristina. La idea es: nosotros, sujetos periféricos, sin la llave que abre las habitaciones oscuras en las que se reparte la torta, ¡en un mano a mano con los poderosos del mundo! Esto me provoca varias preguntas: ¿qué tenemos para decirle a Cristina en menos de 140 caracteres?, ¿por qué Cristina nos respondería?, ¿por qué no llamamos a nuestras madres en vez de intentar hablar con Cristina? Lo único que une a los K y los anti K es la ingenuidad. La idea de que unas palabras simbólicas dichas al viento van a servir siquiera como catarsis personal de sus deseos o enojos cotidianos. Por otro lado, manejar una cuenta de Twitter genera un evidente gatillo fácil de la discursividad: lo que se lee generalmente son personas insultándose, bloqueándose, bardeándose. Como la dinámica de uso hace que la pantalla se coma rápidamente todo lo que escribís, lo que dijiste hace dos minutos no importa ni cuando lo publicás. Por otro lado, la brecha de desigualdad en Twitter es peor que en el Planeta: los twitteros estrellas siempre se cuidan de no seguir a más personas de las que los siguen a ellos. De todos modos, por supuesto, Twitter y Facebook no se diferencian tanto en lo esencial: somos millones de personas intentando no sentirnos solos. Las fanpages y los TT recrean la sensación del hecho colectivo, la idea de que compartir un tema de conversación o el gusto por un artista bastará para que estar solo comiendo una hamburguesa frente al monitor se transforme en una experiencia trascendental.     

Las redes sociales, los blogs, las plataformas digitales en las que subimos o bajamos música, crearon el contexto perfecto para que nos convenciéramos de que todos tenemos algo interesante para decir. Nadie dijo que la autogestión está a un paso del autobombo. Nadie entendió que la ausencia de censura nos obligaba a la autocensura, a no contaminar nuestro capital expresivo con intimidades, pases de facturas implícitos, declaraciones de principios y quejas permanentes por el mal funcionamiento del transporte, el sistema educativo o el digestivo. Sin ir más lejos, esto que escribo es un fideo más en el guiso recalentado de todos los días.

miércoles, 17 de abril de 2013

Aguante la ficción


En el año 2010, con la explosión mediática del caso Papel Prensa (¿remember?), el gobierno logró algo impensado: que la figura de Magnetto (y en menor medida Ernestina Herrera de Noble) ingresara en el mapa político argentino. De allí hubo un solo paso hasta formar parte del imaginario nacional integrado por los hombres temibles de la oscura torre de marfil del poder. Con cierto delay, el grupo Clarín (a través de Periodismo para Todos) replicó el domingo pasado. El nombre de Lázaro Báez, de pronto, se instaló en los televisores de nuestras tías.

Desde hace mucho, la oposición necesitaba un Yabrán, un hijo de puta pesado y misterioso que, sin ser funcionario, reuniera simbólicamente el lado oscuro de la luna K. La idea que se vincula a estos personajes ligados a los códigos de la mafia es: "sólo este tipo de gobierno puede engendrar/permitir este tipo de antihéroes". La cosa -carpenteriana- (Lázaro Báez) y la causa (Gobierno). Como si de alguna manera los gobiernos (especialmente los peronistas) fueran los hacedores del Mal y el Mal (o su concepto) no estuviera presente en este barrio desde que Adán confundió lo que estaba bien con lo que le convenía. Llámese "Mal" a la corrupción, la mentira, la violencia y todos los ítems que separan la vida cotidiana de las proyecciones místicas del panel de 678. El problema del anti-kirchnerismo es que no encontraba la figura con suficiente glamour y seducción audiovisual. Los chanchullos de Lázaro Báez son un clásico del contra-relato: están desde hace varios años en la pluma de Jorge Asís, en el centro del majulismo, en las denuncias compulsivas de Carrió. De la misma forma que el lado B del grupo Clarín se encontraban en La Noble Ernestina (el libro de Pablo Llonto), el lanatismo pre-K y, again, cómo no, la pluma de Jorge Asís. Entonces Lanata tuvo tal vez la mejor idea en años. Si no pudo hacer de alguno de los Yabranes K una figura mediática, se decidió a buscar a su (aparente) mascota. La irrupción de Leonardo Fariña es casi gloriosa en su desmesura, porque hasta fisonómica y existencialmente sintetiza lo que está mal en la vida: rodete, camisa con más de 4 botones abiertos y esa locuacidad noventosa que se creía perdida para siempre.

Hace poco leí el último libro de Martín Rejtman, un escritor genial que a través de su obra pintó, sin el más mínimo énfasis, la década menemista. Lo extraño es que, por momentos, algunos cuentos del nuevo libro parecían suceder en el mismo paisaje. Se me ocurrió una idea meramente estética: tal vez los libros de historia del futuro no hagan una gran diferencia entre los 90' y esta época. Si los puntos de referencia siguen siendo similares en la literatura, tal vez también lo sean en la "realidad". Cambiamos Cabo Polonio por Miami. Cambiamos Lanata por Neustadt. Cambiamos Tinelli por... Tinelli. Y de pronto la batalla cultural es simplemente mediática. Extrapolando, la presencia de Fariña y Cía. nos ayuda a observar de qué forma el pathos menemista continuó subterráneamente. Las heridas de la dictadura todavía no cicatrizan. Esto es un lugar común, el problema es cuando el menemismo sigue latiendo en el corazón del kirchnerismo.

Hay otros factores interesantes en el informe de Lanata. En primer lugar generó incomodidad. Puso en escena una serie de personajes que ni el más ortodoxo de los kirchneristas se animaría a defender. Para la patria K, saltar por Moreno o Hebe, más que una obligación, es un gusto. Ahora bien: ¿en qué estante del parnaso Nac And Pop ubicamos a Leo, a Lázaro, a Cristóbal?, ¿cómo se relacionan estos muñecos con la distribución de la riqueza, la defensa de los derechos humanos y la ley de medios? Es muy gracioso ver gente afirmando que si las denuncias son verdaderas, se tiene que hacer cargo la justicia: ¿hace falta aclararlo? Uno de los peores supuestos implícitos que implantó el kirchnerismo fue que la existencia de la corrupción privada anulaba los daños de la estatal. Y ahora esa idea vuelve como un boomerang a toda velocidad. Quienes acusan a Lanata de operación de prensa tienen razón, pero deberían explicar qué noticia de los últimos años no lo fue. La calabrolización del caso no debe impedir pensar que Néstor tenía amigos con los que no quisiéramos tener ninguna clase de problemas. Ni siquiera en el consorcio de nuestro edificio por haber dejado la bici en el pasillo. Tantos avances técnicos, tanta reivindicación de la política y nadie encontró una mejor respuesta al off side ético que esa frase con gusto a poco: "todos los gobiernos tienen estas cosas".

Los casos anteriores de corrupción no engancharon a la opinión pública porque no tenían estribillo. El Lázarogate incluye una característica permanente de la ficción argentina: el grupo de vivos que cuando el resto de los mortales se levanta para laburar, se la pasa haciendo negociados, con sus ritos, su dialecto indescifrable y su cosmovisión amoral de la vida. Mientras nosotros paramos el colectivo, ellos curten un charter y conspiran. La indignación esconde la peor envidia. Entre otros datos más atendibles, se duda del caso porque Fariña es un boludo: ¡crecimos convencidos de que los garcas son tipos más inteligentes que el resto! Por eso la pregunta morbosa sobre el peso real de los billetes. El interrogante no es otra cosa que fetichismo, paja mental de millones de argentinos, de Ushuaia a la Quiaca: ¿cómo será tener un palo verde en la mano?      

lunes, 18 de marzo de 2013

Francisco I


Ni Maradona ni Borges ni Messi ni Perón. El argentino más importante de la historia es Bergoglio. Ese tipo que escuchabas decir giladas en el Tedeum y representaba a la institución más retrógrada y cuestionada de la Tierra es tal vez por lo único que nos van a recordar en un libro de Historia dentro de un par de Siglos. Corolario: hay que desconfiar de la Historia. Más que antes.

En el plano internacional, el boom latinoamericano de Bergoglio parece positivo: por primera vez no hay un Papa europeo, pertenece a la corriente jesuita y reemplaza a Ratzinger. Si añadimos sus primeros gestos, no quedan dudas: carisma, sonrisas y austeridad pocket para todos y todas. En el país, su repentino estrellato no podría ser más negativo. Desde un punto de vista simbólico, significa el triunfo del ideario político de la derecha diet, bajo el cual se ha cobijado casi toda la oposición (desde Binner hasta Macri). Más el desgaste del gobierno, es de esperar que las consecuencias concretas se comprueben en las elecciones legislativas.

Las acusaciones sobre El artista antes conocido como Jorge Bergoglio también son ambivalentes. Verbitsky afirma que entregó a dos sacerdotes. Si es así, más allá de su obvia ideología conservadora, no hay miramientos, en mi barrio a esos tipos les dicen de una sola manera: hijos de puta. Una cosa es ser de derecha. Es más, una cosa es querer que vuelvan los milicos desde el centro mismo del corazón de la ignorancia más cruel. Otra ser cómplice de asesinos. Pérez Esquivel, por su parte, dice que no fue cómplice pero le faltó coraje para defender a sus compañeros. Ese terreno ya es más complejo. En todo caso deberían juzgarlo sus coetáneos. Sospecho que nosotros somos muchachos de 20 o 30 años y que, por más discos escuchados y libros leídos, no somos de los 70'. Condenar a quienes no hicieron "lo que deberían haber hecho durante la dictadura" es, desde la tranquilidad democrática y el confort de la vida 2.0, absolutamente anti ético. Es fácil ser un héroe de la contra-fáctica.  

El impacto del nombramiento fue muy curioso, ni siquiera en el panel de 678, sino en los altos mandos kirchneristas. Hasta ese día, y con razón, Bergoglio tenía peor fama que las impresoras Hewlett Packard. De repente se convirtió en un Papa peronista. Incluso por sus primeras performances papales, Bergoglio parece un discípulo de Néstor: pogo con los feligreses, look casual, gambeta corta al protocolo. De "un flaco como cualquiera" a "un pelado como cualquiera". Por si hacía falta, uno puede afirmar nuevamente que los kirchneristas están locos, pero no son boludos. Podemos combatir a De Angeli, a Blumberg, a Cleto Cobos. Figuras mediáticas que acapararon la libido opositora pero que individualmente no pudieron capitalizar su auge psico-social en ninguna elección. Diferente es salirle con los tapones de punta al Papa. Esta actitud, que emocionalmente puede ser calificada como "veletismo" y políticamente como inteligencia, marca un pequeño conflicto en el seno de la vanguardia iluminada del kirchnerismo. Los que, antes de Francisco I, ya eran más papistas que el Papa. Esos tipos raros que quieren marcar la cancha desde una cuenta de twitter y, mientras hacen alarde de tener toda la información, le piden aborto a una presidenta católica.      

jueves, 28 de febrero de 2013

Si Jessica Hyde existiera, sería montonera


I

Para cada palabra hay una definición de Galeano que te podía servir para levantarte una mina en el 2004. La que se puso de moda en los últimos años es la de "utopía":
-¿Para qué sirve la utopía, Señor McClure?
-La utopía sirve para caminar: yo camino diez pasos, y ella se aleja diez pasos. Y así hasta convertirse en una dialéctica en la que el deseo es permanentemente neutralizado pero, al mismo tiempo, nos otorga las energías suficientes para seguir avanzando hacia la nada.
Bueno, Utopia no tiene nada que ver con eso. Es más, antes que seguir en busca de algo que nunca vamos a alcanzar, mejor sentarse frente a un monitor y ver algo que, también, nunca vamos a alcanzar, pero es entretenido. 

II

En El simple arte de escribir, Raymond Chandler dice que los ingleses son ese tipo de gente educada para decir las más grandes barbaridades en voz baja. En "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", Borges habla de las amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y muy pronto omiten el diálogo. En Utopia hay bastante de esa discreción lacónica y lógica anti-estridente. Donde el yanqui tira fuegos artificiales, el inglés subraya con un marcador negro. Se nota en los personajes principales, que eluden el estereotipo: el negro no es un macho alfa sino más bien un nerd histérico (Ian), el conspiranoico (Wilson Wilson) parece Sayid después de la Gripe, la chica linda definitivamente no es Kate (Becky) y el nenito tierno (Grant) es un hijo de puta. Y Jessica Hyde es Jessica Hyde, claro.    

III

Lost nos hizo creer que los grandes misterios no tienen explicación, que su esencia, de por sí, descarta cualquier justificativo. En 6 capítulos cargados de simbolismos visuales, contundencia estética y perfección narrativa, Utopia dice todo lo contrario. Tal vez Utopia marque el desengaño de los 2000. Es verdad que los 2000 fueron la época en la que las formas de acceso cultural y las relaciones interpersonales sufrieron un cambio irreversible. No por nada se puso de moda añadir un signo de interrogación entre paréntesis a cualquier tipo de afirmación tajante. Entre el ombliguismo y la retromanía, no hubo mucho espacio para la novedad. Después de todo para qué vamos a ser novedosos si somos gente de principios de Siglo.  ¡Estamos condenados a ser el hazmerreír de los jóvenes del 2084! Pero vivíamos felices en ese presente insustancial que sólo era un "fuck you" al pasado. Utopia es el kirchnerismo de las series. ¿Quién dijo que todo está perdido? Utopia viene a ofrecer su colon irritable. A riesgo de ser decepcionados, es volver a creer en una historia, en una lógica argumental. Claro: recién terminó la primera temporada y tuvo sólo 6 capítulos.

IV

La idea del villano físicamente inesperado ya es un cliché. Pero recién después de Utopia es probable que los creadores de series deban volver a los albinos gélidos o los ancianos multimillonarios o los mafiosos peinados con gomina. Su nombre es Arby, un gordito pálido con pinta de hikikomori. Uno de esos individuos que dan la inquietante sensación de que terminaron de masturbarse hace cinco minutos y ahora te dan la mano. Y que en cualquier momento pueden sacar un chumbo y empezar a bajar muñecos a la loco. Y eso es todo lo que hace Arby en Utopia. No le importa si sos hijo o madre o un pobre fan de historietas. El tipo va, te mata y si te he visto no me acuerdo. Arby es un optimista de la muerte.  

V

Leonardo Favio descubrió que los estribillos no sólo funcionan en las canciones. Sus mejores películas tienen frases que se repiten cual mantras e hipnotizan a los espectadores hasta llevarlos al paroxismo. Por ejemplo el "Carlitos se va a Buenos Airas para ser artista", de Soñar Soñar. O el "Qué bonita que sos, Griselda" en Nazareno Cruz y el lobo. Las series más emblemáticas también repiten esta fórmula pop. "¿Quién mató a Laura Palmer?" y "La verdad está afuera" son frases que se siguen escuchando en las verdulerías hipster de todos los países del mundo. El nuevo hit es categórico: "¿Dónde está Jessica Hyde?". Si alguien escucha la pregunta y no quiere saber la respuesta, puede considerarse un tipo duro.

VI

Pero ¿de qué trata Utopia?: violencia, conspiración, paranoia, amor, biología, política, historietas, amistad, poder, Sr. Conejo y Jessica Hyde. Y si esto funcionara, el hipotético lector ya debería estar bajándose Utopia para saber quién mierda es y dónde carajo está la tan mentada Jessica Hyde.

VII

Repito una vez más, por si no quedó claro: Jessica Hyde. Y que me parta un rayo si en alguna reseña no dicen “La serie que a Philip K. Dick le hubiese gustado escribir/ver/dirigir”. Borges y Dick deben ser los tipos a los que les atribuyen más gustos contra-fácticos. Ah: el problema no es ser paranoico, el problema es no ser lo suficientemente paranoico. 

VIII

Los que miramos series nos acostumbramos al formato breve porque fuimos criados en la dictadura del consumismo cultural pero al otro día tenemos que trabajar. Atrapados en una vida rutinaria. Desequilibrados: cuando no estamos desesperados nos aburrimos. Víctimas de un sistema psico-virtual que nadie estima en voz alta pero todos los días ayudamos a conservar, tal vez busquemos en las series la esperanza de que por lo menos en esa hora la vida no sea lo que evidentemente es. Utopia es eso e incluso nos hace sentir importantes: como toda serie de culto, sus espectadores creen que son cinco cuando en realidad son cinco millones. Se puede ver comiendo pochoclos o con un whisky y las persianas bajas. Exceptuando las Malvinas, ¿qué más les podemos pedir a los ingleses?     

jueves, 15 de noviembre de 2012

Si yo fuera kazajo


Todos los argentinos odian a los chilenos.

Yo no odio a los chilenos.

Yo no soy argentino.

Hace un tiempo Fernando Peña dijo que los chilenos eran feos. Genéticamente feos. Esta idiotez, que referida a los habitantes de cualquier otro país limítrofe hubiese provocado el escándalo de los bienpensantes, fue tomada como una humorada y hasta hubo quienes estuvieron de acuerdo y festejaron la ocurrencia. Era una "transgresión" más del "genial" artista. Pero genial fue Henry Miller. Y transgresor fue publicar Trópico de Cáncer en 1934.   

Cuando sucedió el terremoto en Chile y el Estado no alcanzaba a evacuar a todas las personas, hubo argentinos progres que se alegraron porque eso demostraba que en Chile no era todo tan perfecto como supone la derecha argentina. Tal vez en lo único que tenga razón la derecha argentina es en querer a los chilenos. Comparado con la izquierda, eso ya es bastante, ¿no? Uno a cero.   

Tal vez la mala fama de Chile se deba a que la clase alta argentina, y no otra, quiere ser como Chile. Mientras que la clase media quiere ser como Brasil y la clase baja quiere ser como... Argentina. Tal vez la mala fama de Chile se deba a que la gente suele confundir a los presidentes de los países con los países. Tal vez la mala fama de Chile se debe a que la gente quiere que su país tenga más territorios, no se sabe bien con qué sentido, porque nadie de Salta antes de dormir se acuerda de Tierra del Fuego y agradece que la ciudad más austral del Mundo forme parte del territorio nacional. Ni viceversa. Decía que los seres humanos suelen despreciar a los países que le disputan a su propia país ciertos territorios sin darse cuenta que las fronteras son un invento y que nacimos en Argentina de la misma forma que podríamos haber nacido en Kazajistán (si es que todavía existe y se escribe así) o Jamaica o Chile. Si yo fuera kazajo no desearía ser argentino. Es más: ni siquiera sabría qué es ser argentino.  

Pero claro que los argentinos de derecha y de clase alta quieren a Chile por motivos equivocados. En realidad uno debe querer a Chile principalmente por Marcelo Salas y Roberto Bolaño. Y los programas de la tarde-noche con chicas semidesnudas en juegos acuáticos. Aunque yo tengo algunas razones más.

Alguien dirá: conceptos como "clase alta", "derecha", "izquierda" están perimidos, ya no sirven para representar absolutamente nada en la sociedad actual (y probablemente "sociedad" tampoco sirva). Nunca se me hubiese ocurrido, ¿de verdad? Voy a llamar a un amigo para contarle esta maravillosa ocurrencia:
-Negro, acá dicen que ya no existen ni la izquierda ni la derecha, ni la clase alta ni la clase baja, ni la sociedad ni la gente, ni las personas ni los hombres, ni vos ni yo, ni pitos ni conchas, ni mi mamá ni tu papá, ni blanco ni negro. Somos todos una sustancia homogénea, una novedad ilimitada que no puede siquiera llegar a verificarse y el stock de significados se acaba cada medio minuto. Incluso ya mismo términos tales como "sustancia" y "novedad" no significan nada. ¡Incluso yo dejé de existir antes de nacer!

Estoy al tanto. La última moda de los seres evolucionados del Planeta Tierra consiste en despreciar los libros. Es cool tener libros y no darles importancia. Cada vez que alguien menciona la palabra "libros" los mencionados seres se amontonan para contar de qué forma llevan a la Humanidad hacia el Progreso:
-Yo a los libros los regalo.
-Yo los pierdo, no les doy bola.
-Yo los uso para el fuego del asado.
-Tener biblioteca es ser reaccionario.
-Yo ni sé dónde están mis libros, ja, ja, ji, ji, ju, ju, ni sé.

Raramente se encuentran personas tan inalcanzablemente inteligentes como ustedes. Cuando sea grande quiero ser así, quiero gastar la poca plata que tengo en cosas que no me interesan. Quiero ser despreocupado, indiferente y usar anteojos negros. De verdad: ¡los felicito, imbéciles! Mientras tanto sigo siendo un cavernícola, un fetichista hijo de puta, sigo queriendo a los libros porque muchas veces sentí que lo único que había a mí alrededor era eso: un libro de mierda. Le encuentro sentido a los libros. Más cuando están firmados. Cuando son primeras ediciones. De pequeñas tiradas. De grandes autores. Por ejemplo Camanchaca, de Diego Zúñiga.

Ah, Diego Zúñiga es otra razón para querer a los chilenos. Incluso es chileno. Aunque, llegado el caso, poco importa el gentilicio. 

De Camanchaca y de Diego Zúñiga usted oirá muchas cosas. Por ejemplo que el autor es muy joven (nació en 1987). Que su novela fue traducida al italiano. Que ahora es reeditada por Mondadori. Cosas, todas, interesantes, atendibles y positivas, pero que forman parte de la historia de la literatura, de la reseñología, no de la literatura propiamente dicha. Ahora bien: ¿yo sé qué es la literatura? No. Pero sé que Camanchaca es una novela brillante. Y que Diego Zúñiga es un escritor. "Chocolate por la noticia", dice un tipo en mi cabeza que, inexplicablemente, baila, "claro que es un escritor, si escribió un libro". No, no, no, no, no, no, amiguitos: Dios llenó el mundo de poetas pero hay muy poca poesía. Eso es algo que deberíamos escribir en un pizarrón cien veces todas las tardes.

Camanchaca es una novela. Podría haber sido un conjunto de relatos cortos con el mismo protagonista. Eso no sería tan raro si no fuera porque también podría haber sido un poema épico y estético (la ética viene por añadidura; perdón, me acaban de informar que no existe la "épica", tampoco la "estética", tampoco la "ética"). Un chico de veinte años viaja con su padre en auto. Ese viaje atraviesa el desierto de Atacama y su propia vida, pero también es el viaje legendario de la literatura. Es el viaje de Humbert Humbert con Lolita a lo largo de Estados Unidos. Es el viaje beat de Sal Paradise y Dean Moriarty. Es también el viaje del Che Guevara en moto por América Latina. En Camanchaca se puede leer el eco de la tradición, pero si en los otros viajes la aventura ocurría allá afuera, acá la aventura sucede en el orden simbólico. Porque en un mundo en el que ya no existen derecha ni izquierda ni pitos ni conchas, ya no es posible ni la revolución socialista ni la revolución de los sentidos ni la revolución sexual, sólo es posible la revolución introspectiva de quien mira hacia adentro y escarba en sus familiares hasta sentirlos unos completos desconocidos. En ese plano la de Zúñiga es una novela generacional. Ahí está el hijo de padres separados nacido en los 80’. Ahí está el chico que nace en medio de la guerra fría familiar, que se queda todo el día solo haciendo zapping. Si no sos ese chico, sos el mejor amigo de ese chico. O la novia de ese chico. O el novio. O la mascota. O el padre.

Camanchaca es una novela corta, se lee en un día y nos deja con ganas de más. Ahora la reeditó Mondadori. Diego Zúñiga me la mandó a mi casa en febrero del 2010, desde Chile. Nos conocimos hace bastante tiempo. Virtualmente, claro. Éramos parte de un blog sobre literatura en el que Luis Herrera, otro chileno, reclutaba blogueros de América Latina. En realidad eran todos chilenos menos Eduardo Varas Carvajal (ecuatoriano) y un servidor. Gracias a estas personas geniales y desconocidas leí a Bolaño. El blog se llamaba Club de Literatos Asesinos y Pornógrafos…  Después Zúñiga dirigió una página web (60 Watts) y me invitó a escribir unas cuantas veces. Recuerdo la envidia que tuve cuando leí la novela y la escena exacta en la que capté a Zúñiga como un escritor brillante. El chico que narra quiere ser comentarista de ESPN. Un día consigue ver nuevamente la final de la Champions League entre el Bayern Munich y el Manchester, un partido que específicamente lo emociona. Entonces le baja el volumen a la tele y empieza a relatar él, imitando el acento neutro de su comentarista favorito. Cuando sale Lothar Matthäus, se pone de pie y empieza a aplaudir, pero de pronto entra su madre a la pieza y lo ve. Es técnicamente imposible no querer leer Camanchaca después de conocer esa escena.