Todos los argentinos odian a los chilenos.
Yo no odio a los chilenos.
Yo no soy argentino.
Hace un tiempo Fernando Peña dijo que los chilenos eran feos.
Genéticamente feos. Esta idiotez, que referida a los habitantes de cualquier
otro país limítrofe hubiese provocado el escándalo de los bienpensantes, fue
tomada como una humorada y hasta hubo quienes estuvieron de acuerdo y
festejaron la ocurrencia. Era una "transgresión" más del
"genial" artista. Pero genial fue Henry Miller. Y transgresor fue
publicar Trópico de Cáncer en
1934.
Cuando sucedió el terremoto en Chile y el Estado no alcanzaba a
evacuar a todas las personas, hubo argentinos progres que se alegraron porque
eso demostraba que en Chile no era todo tan perfecto como supone la derecha
argentina. Tal vez en lo único que tenga razón la derecha argentina es en
querer a los chilenos. Comparado con la izquierda, eso ya es bastante, ¿no? Uno
a cero.
Tal vez la mala fama de Chile se deba a que la clase alta argentina, y
no otra, quiere ser como Chile. Mientras que la clase media quiere ser como
Brasil y la clase baja quiere ser como... Argentina. Tal vez la mala fama de
Chile se deba a que la gente suele confundir a los presidentes de los países
con los países. Tal vez la mala fama de Chile se debe a que la gente quiere que
su país tenga más territorios, no se sabe bien con qué sentido, porque nadie de
Salta antes de dormir se acuerda de Tierra del Fuego y agradece que la ciudad
más austral del Mundo forme parte del territorio nacional. Ni viceversa. Decía
que los seres humanos suelen despreciar a los países que le disputan a su
propia país ciertos territorios sin darse cuenta que las fronteras son un
invento y que nacimos en Argentina de la misma forma que podríamos haber nacido
en Kazajistán (si es que todavía existe y se escribe así) o Jamaica o Chile. Si
yo fuera kazajo no desearía ser argentino. Es más: ni siquiera sabría qué es
ser argentino.
Pero claro que los argentinos de derecha y de clase alta quieren a
Chile por motivos equivocados. En realidad uno debe querer a Chile principalmente
por Marcelo Salas y Roberto Bolaño. Y los programas de la tarde-noche con
chicas semidesnudas en juegos acuáticos. Aunque yo tengo algunas razones más.
Alguien dirá: conceptos como "clase alta",
"derecha", "izquierda" están perimidos, ya no sirven para
representar absolutamente nada en la sociedad actual (y probablemente
"sociedad" tampoco sirva). Nunca se me hubiese ocurrido, ¿de verdad?
Voy a llamar a un amigo para contarle esta maravillosa ocurrencia:
-Negro, acá dicen que ya no existen ni la izquierda ni la derecha, ni
la clase alta ni la clase baja, ni la sociedad ni la gente, ni las personas ni
los hombres, ni vos ni yo, ni pitos ni conchas, ni mi mamá ni tu papá, ni
blanco ni negro. Somos todos una sustancia homogénea, una novedad ilimitada que
no puede siquiera llegar a verificarse y el stock de significados se acaba cada
medio minuto. Incluso ya mismo términos tales como "sustancia" y
"novedad" no significan nada. ¡Incluso yo dejé de existir antes de
nacer!
Estoy al tanto. La última moda de los seres evolucionados del Planeta
Tierra consiste en despreciar los libros. Es cool tener libros y no darles
importancia. Cada vez que alguien menciona la palabra "libros" los
mencionados seres se amontonan para contar de qué forma llevan a la Humanidad
hacia el Progreso:
-Yo a los libros los regalo.
-Yo los pierdo, no les doy bola.
-Yo los uso para el fuego del asado.
-Tener biblioteca es ser reaccionario.
-Yo ni sé dónde están mis libros, ja, ja, ji, ji, ju, ju, ni sé.
Raramente se encuentran personas tan inalcanzablemente inteligentes
como ustedes. Cuando sea grande quiero ser así, quiero gastar la poca plata que
tengo en cosas que no me interesan. Quiero ser despreocupado, indiferente y
usar anteojos negros. De verdad: ¡los felicito, imbéciles! Mientras tanto sigo
siendo un cavernícola, un fetichista hijo de puta, sigo queriendo a los libros
porque muchas veces sentí que lo único que había a mí alrededor era eso: un
libro de mierda. Le encuentro sentido a los libros. Más cuando están firmados.
Cuando son primeras ediciones. De pequeñas tiradas. De grandes autores. Por
ejemplo Camanchaca, de Diego Zúñiga.
Ah, Diego Zúñiga es otra razón para querer a los chilenos. Incluso es
chileno. Aunque, llegado el caso, poco importa el gentilicio.
De Camanchaca y de Diego
Zúñiga usted oirá muchas cosas. Por ejemplo que el autor es muy joven (nació en
1987). Que su novela fue traducida al italiano. Que ahora es reeditada por Mondadori. Cosas, todas, interesantes,
atendibles y positivas, pero que forman parte de la historia de la literatura,
de la reseñología, no de la
literatura propiamente dicha. Ahora bien: ¿yo sé qué es la literatura? No. Pero
sé que Camanchaca es una novela
brillante. Y que Diego Zúñiga es un escritor. "Chocolate por la noticia",
dice un tipo en mi cabeza que, inexplicablemente, baila, "claro que es un
escritor, si escribió un libro". No, no, no, no, no, no, amiguitos: Dios
llenó el mundo de poetas pero hay muy poca poesía. Eso es algo que deberíamos
escribir en un pizarrón cien veces todas las tardes.
Camanchaca es una novela.
Podría haber sido un conjunto de relatos cortos con el mismo protagonista. Eso no sería tan raro si no fuera porque también podría haber sido un poema épico y
estético (la ética viene por añadidura; perdón, me acaban de informar que no
existe la "épica", tampoco la "estética", tampoco la
"ética"). Un chico de veinte años viaja con su padre en auto. Ese
viaje atraviesa el desierto de Atacama y su propia vida, pero también es el
viaje legendario de la literatura. Es el viaje de Humbert Humbert con Lolita a
lo largo de Estados Unidos. Es el viaje beat de Sal Paradise y Dean Moriarty.
Es también el viaje del Che Guevara en moto por América Latina. En Camanchaca se puede leer el eco de la
tradición, pero si en los otros viajes la aventura ocurría allá afuera, acá la
aventura sucede en el orden simbólico. Porque en un mundo en el que ya no
existen derecha ni izquierda ni pitos ni conchas, ya no es posible ni la
revolución socialista ni la revolución de los sentidos ni la revolución sexual,
sólo es posible la revolución introspectiva de quien mira hacia adentro y
escarba en sus familiares hasta sentirlos unos completos desconocidos. En ese
plano la de Zúñiga es una novela generacional. Ahí está el hijo de padres separados
nacido en los 80’. Ahí está el chico que nace en medio de la guerra fría
familiar, que se queda todo el día solo haciendo zapping. Si no sos ese chico,
sos el mejor amigo de ese chico. O la novia de ese chico. O el novio. O la
mascota. O el padre.
Camanchaca es una novela
corta, se lee en un día y nos deja con ganas de más. Ahora la reeditó Mondadori. Diego Zúñiga me
la mandó a mi casa en febrero del 2010, desde Chile. Nos conocimos hace
bastante tiempo. Virtualmente, claro. Éramos parte de un blog sobre literatura
en el que Luis Herrera, otro chileno, reclutaba blogueros de América Latina. En
realidad eran todos chilenos menos Eduardo Varas Carvajal (ecuatoriano) y un
servidor. Gracias a estas personas geniales y desconocidas leí a Bolaño. El
blog se llamaba Club de Literatos
Asesinos y Pornógrafos… Después
Zúñiga dirigió una página web (60 Watts)
y me invitó a escribir unas cuantas veces. Recuerdo la envidia que tuve cuando
leí la novela y la escena exacta en la que capté a Zúñiga como un escritor
brillante. El chico que narra quiere ser comentarista de ESPN. Un día consigue
ver nuevamente la final de la Champions League entre el Bayern Munich y el
Manchester, un partido que específicamente lo emociona. Entonces le baja el
volumen a la tele y empieza a relatar él, imitando el acento neutro de su
comentarista favorito. Cuando sale Lothar Matthäus, se pone de pie y empieza a
aplaudir, pero de pronto entra su madre a la pieza y lo ve. Es técnicamente
imposible no querer leer Camanchaca
después de conocer esa escena.