Algo le pasa al primo entonces hay que visitarlo. La excusa soy yo.
“Tu primito te quiere ver”.
Está enfermo o se volvió loco. Creo que no va más al Mariano Moreno. El Tío Raúl ya no lo puede domar.
(¿Todavía existen los primos? El primo tiene una función familiar implícita e institucionalizada: instruir en la vida a sus primos menores.
Mi primo me llevaba diez años. En ese momento yo tenía 7. Era mi héroe.
-Federico dice que cuando sea grande quiere ser como el primo.
Otra cosa sobre los primos: de pequeños son nuestros hermanos ideales (a los verdaderos siempre les encontramos defectos o los queremos asesinar); cuando crecemos directamente desaparecen. Los cruzamos esporádicamente en la calle o en alguna reunión familiar y fuera de las frases hechas no hay nada para decir).
Nos tomamos el 532 y mamá me deja tocar el timbre. Mis tíos viven en un conglomerado de edificios por 180 e Ituzaingó. Desde el barrio Pueyrredón es como viajar a otro país.
Caminamos de la mano. Está repleto de banditas de chicos de mi edad y me da mucha vergüenza estar con ella.
-¿Qué te pasa?- pregunta.
-Nada.
-Te quiero- agrega y me da un beso en la mejilla.
-Mamá me dejás todo el rush marcado- digo.
La odio en ese momento. Mamá usa un lápiz labial rosa de olor nauseabundo.
Querés ver al primo, dice. Parece más una orden que una pregunta. Sí, contesto yo, débilmente. Porque vos lo querés al primo.
Cuando ingresamos al departamento me arde la cara y me pica todo el cuerpo, me siento muy nervioso ahí adentro.
-A Raúl no lo van a ver porque duerme la siesta.
Mamá comenta que siempre fue costumbre de su hermano dormir siestas. Cada vez más largas, agrega mi tía. Es que trabaja mucho, dice mamá. Pero son cada vez más largas, replica mi tía, un tanto preocupada.
-Pero, ¿me querés decir?, ¿cuánto está durmiendo?
-De tres a siete de la tarde no se te ocurra molestarlo.
Mamá se queda en silencio un rato y bebe el té que le sirvió mi tía.
-Pero es trabajador.
-Yo no dije que no trabaje, dije que duerme mucho.
La conversación toma un giro extraño, de absurda tensión.
-Y a la noche se desvela- dice mi tía, en un tono más calmo.
-Pero tiene el cable.
-Se sienta acá en el sillón y mira películas toda la santa madrugada.
-Porque tiene el cable- repite mi mamá.
-Si no lo tuviera no sé que haría.
-Pero lo tiene.
Creo que podrían haber navegado en ese raro contrapunto hasta morir.
Se escucha la puerta de la pieza de mi primo. Es un sonido característico que hace palpitar mi corazón.
Estamos sentados en la mesa del comedor. Desde ahí la única parte del pasillo que se divisa es la del baño. A los costados están las piezas. La figura de mi primo se traslada velozmente en la oscuridad.
Un objeto familiar no identificado.
A simple vista me parece mucho más alto y flaco. Se convirtió en un vampiro, pienso. Cuando sale no mira en nuestra dirección.
Antes de entrar en su pieza, mi tía le grita “saludá”. Pero el primo cierra de un portazo y mi tía queda repitiendo dramáticamente “saludá, saludá” hasta que exclama: “¡Saludá, hijo de puta!”. Al principio creí que se reía, pero no, eran lágrimas. Mi mamá le aconseja no dejarse llevar por la ira. No sé qué le hicimos, dice mi tía. Es la edad, responde mi mamá. No sé qué le hicimos, Raúl y yo somos buenos padres. Te digo que es la edad. Te quiero ver a vos, le dice mi tía y se pierde en la cocina. Mamá va detrás y cierra la puerta.
Me quedo solo en la gran mesa, oyendo el tic tac del reloj de madera. El tío Raúl sale de su habitación y, algo temeroso, merodea el pasillo. No se quiere cruzar con Nahuel, pienso, le tiene miedo, ya no lo puede domar. Su bata de seda brilla en la oscuridad. Entra al baño y sale casi al instante. “Federico”, dice, reconociéndome, no en forma de saludo, con los ojos perdidos. Regresa a la pieza. Escucho el ruido de su cuerpo acomodándose en la cama.
Vuelven. Mi tía me acaricia el pelo y dice que debemos hacer como si nada hubiese pasado.
-Si- digo yo.
-Fueron unas lagrimitas pero la tía ya está bien, ¿no?
-Si.
-El primo en el fondo es bueno, ¿no?
-Si, el primo es bueno- repito.
-¿Cómo te va en la escuela?
-Buenas notas- contesto. Debería haber dicho: “Tengo buenas notas”, pero cuando me siento incómodo no puedo elaborar frases enteras.
-Contale que sos el que mejor escribe y el que mejor hace dibujos- dice mamá, sonriendo.
-La señorita dice que soy el que mejor escribe y el que mejor hace dibujos.
-El otro día tenían que dibujar a la familia. Todos los nenes hicieron a los padres y a los hermanos con palitos y Federico los dibujó con formas, la señorita no lo podía creer, ¿no?
-No, dijo que no lo podía creer.
-¿Y quién te enseñó a dibujar?- dice mi mamá.
-El primo- contesto.
-La señorita me mandó una notita en el cuaderno de comunicaciones felicitándome ¿y vos qué le dijiste?
-Que felicite al primo- digo.
-El primo te quiere mucho- dice mi tía. Me acaricia otra vez la cabeza y me da un beso en la frente.
-Intelectual va a ser- dice, mirando a mi mamá.- ¿Qué querés ser cuando seas grande?
-Carnicero.
Mamá y mi tía se ríen un buen rato.
-Carnicero- repito, en voz baja.
-¿Te gusta la carne?
-Cortarla.
-Cuando vamos a la carnicería se queda como hipnotizado viendo la sierra- dice mamá.
-¿Y qué otra cosa te gustaría ser?
-Relator.
-Cuando cree que no lo escuchamos hace que relata partidos de fútbol, pero nosotros siempre lo estamos escuchando. Se sabe todos los jugadores porque junta las figuritas- dice mamá.
-Qué lindo- dice mi tía y me da otro beso.
-Y cuenta chistes- agrega mi mamá.
-¿Ah sí?, no sabía.
-Contale un chiste a la tía.
-Dice-que-eran-dos-gallegos-que-iban-por-la-calle-y-se-cruzan-y-se-saludan-y-uno-le-dice-a-otro-“¿araña?”-y-el-otro-contesta-“no, gato”.
Mi tía lanza una carcajada tan estruendosa como exagerada. La boca abierta es enorme y deja ver restos de comida y arreglos dentales. Su rostro queda suspendido en ese gesto brutal durante algunos segundos.
-Porque uno tenía un gato en la mano- dice mi mamá.- Federico, contalo bien.
-Dice-que-eran-dos-gallegos-que-iban-por-la-calle-y-se-cruzan-y-se-saludan-y-uno-tenía-un-gato-en-la-mano-y-el-otro-le-dice-“¿araña?”-y-el-otro-contesta-“no, gato”.
Ahora sí, ahora sí, dice mi mamá.
Es un plato, es un plato, repite mi tía, en brutal danza, mientras mueve las manos de izquierda a derecha, frenéticamente, con las palmas abiertas.
Tomo la segunda chocolatada. Puedo tomar diez seguidas si quiero, pero mamá no me deja. La conversación se estanca.
-Así que duerme mucho Raúl- dice mi mamá.
Mi tía asiente sin hablar.
-Por suerte tiene el cable porque a la noche…
Mi tía se levanta y entra al baño.
-Vamos- digo yo.
-Ni lo viste al primo, vos viniste a ver al primo.
-Vamos- repito.
Nosotros nos vamos, anuncia mamá. ¡Pero Federico ni lo vio a su primo!, se escandaliza la tía. Nahuel, dice la tía asomando la cabeza por el pasillo oscuro, Nahuel, hijo, vení a saludar al primo Federico. Llamalo vos, dice mi mamá. Nahuel, digo, sin ganas. Gritale, gritale al primo, dice mi tía. ¡Nahuel!, grito, ¡Nahuel vení! Más fuerte, Federico, más fuerte hay que gritarle al primo si no no escucha, dice mi mamá:
-¡Nahuel vení por favor!- grito.
Y se abre la puerta. Mi tía deviene en repentina azafata y hace una serie de expresiones y ademanes inentendibles. El avión es el primo. Ahí está, dice, cuando el primo ya se encuentra en la sala junto a nosotros. No lleva zapatillas, tiene puesto un jogging negro, al parecer nuevo, y una camisa escocesa de la que sobresale el cuello por arriba de un pulóver verde. Su semblante evoca el de alguien mucho mayor. Me mira y murmura algo parecido a un “hola”.
-El primo te vino a ver- dice la tía-, está preocupado el primo, como todos.
-Contale al primo lo de los dibujos- dice mi mamá.
-La señorita dice que soy el que mejor dibuja.
-Y le mandó una nota a la tía felicitándola.
-¿Y qué le dijiste vos a la señorita?
-Que mejor felicite al primo- contesto, señalándolo.
-“Qué mejor felicite al primo”- murmura él, amanerando la voz y, a su vez, señalándome.
-Está haciendo una broma- explica la tía.
-¡No!, ¿qué va a ser?- dice el primo.
Yo y mamá permanecemos callados e inmutables. La tía oficia de médium. La figura del primo sigue parada al pie de la mesa. La tía le dice que se siente.
-¿Seguís tomando la lechita?- me pregunta, arrastrando violentamente su dedo índice sobre mi patilla.
-Chocolatada- respondo.
-“Chocolatada”- repite él, nuevamente, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras deja sus ojos en blanco y tuerce la boca.
Finalmente se sienta en frente mío.
-¿Qué te anda pasando?- dice mi mamá.
-La vieja- responde mi primo.
-¿Qué vieja?
El primo señala a mi tía y levanta el brazo en línea recta, como si no tuviera articulaciones.
Te he dicho, dice mi tía, que no uses esa palabra.
-Vieja- repite mi primo, sonriente.
-Maleducado- dijo mi tía.
-Vieja, vieja- contesta mi primo.
-¿Y ella qué tiene que ver con todo esto?- dice mi mamá.
-Que es vieja.
-Tu mamá no es nada vieja.
-Viejas- responde nuevamente mi primo, señalando ahora con un brazo a mamá y con el otro a la tía.
Vos también vas a ser grande, Nahuel, dice mi mamá.
-Si me muero antes, no.
-¿Qué cosas dice?- pregunta mamá, mientras me tapa los oídos con las manos.
-De la muerte habla- responde la tía, solemne-, todo el día así.
-¿Qué es eso de estar muerto?
-Es cuando no estás vivo- responde el primo.
Mi mamá sigue con las manos sobre mis orejas pero yo escucho todo. Cerrá los ojos, me ordena.
-¿No te da vergüenza decir estas cosas adelante del primo que te quiere ver?
-Lo trajeron obligado, ¿qué se creen que no me doy cuenta? Son viejas.
Claramente mi primo divide al mundo entre el de él y el de las viejas. Ansío saber en qué bando me encuentro, pero antes de poder preguntarle se levanta e ingresa en su habitación mientras pronuncia su enigmático mantra: “viejas muertas, viejas muertas, viejas muertas”.
-Qué desastre- acota mi mamá-, ahora entiendo por qué duerme Raúl.
-Te dije que ya ni él puede domarlo a Nahuel.
Pobre hermano, dice mamá, y se hace la señal de la cruz.
Miramos un rato la tele. Es un show de preguntas y respuestas que gusta mucho a la tía. Cuando el locutor hace la pregunta, ella pulsa MUTE, cierra los ojos, se pone los dedos índices en la sien y contesta. ¿Capital de Turquía? Zurich. ¿Año de la llegada del hombre a la luna? 1979. ¿Nombre del presidente de facto durante la guerra de Malvinas? Onganía. Mamá se cansa y me dice que me ponga la campera y la bufanda. La tía quiere despertar a Raúl “para que se despida por lo menos” pero no hay caso. Lo imagino cerrando los ojos de improvisto cuando mi tía abre la puerta. Andá a saludar al primo, dice mi tía, él te quiere. Me dirijo al patíbulo. Golpeo la puerta dos veces y el primo emite un sonido onomatopéyico, gutural, así que entro.
-Cerrá la puerta- me ordena.
La cierro y miro el cuarto. Sólo queda la cama, la mesa de luz y el placard. Todo lo demás (libros, discos, revistas, una guitarra, la bicicleta) se esfumó.
-¿Dónde están las cosas?
No pensaba decir nada pero la sorpresa me pudo.
-Desaparecieron.
-¿Qué hacés acá todo el día?- pregunto.
-Estoy solo.
-¿Haciendo?
-Hablo- dijo mi primo.
-¿Por teléfono?
-Conmigo.
-¿Qué decís?
-Es un secreto.
-Sentate si querés- dice, señalándome la punta de su cama, él está acostado mirando el techo.- Pero no vamos a jugar ludo.
-Ya me voy, es muy tarde para ludo.
-Sentate igual, no me gusta que los enanos deambulen por ahí. Además para ludo nunca es tarde y lo tiré.
-¿Tiraste el ludo?
El primo no contesta nada. Me siento. Tengo ganas de llorar, siempre anhelé su ludo. La única luz es la del velador. Tengo la sensación de que algo se termina para siempre. No sé bien qué.
-Hablo con mi novia en realidad- dice el primo.
-Ah, entonces estás enamorado, ¿y quién es?
-Una cosa es tener novia, otra es estar enamorado.
El primo mete una mano en el bolsillo izquierdo del jogging y saca un papel arrugado doblado en cuatro partes. Lo extiende y me lo ofrece.
-Ésa, ésa es la mina- contesta.
Miro detenidamente: una mujer de pelo corto sobre un auto rojo. Es alta y flaca. Tiene puesta una camisa blanca anudada sobre el pecho y un short por arriba de las rodillas. La fotografía en realidad es un recorte de una revista.
-Araceli González- digo yo.
-¿De dónde la conocés?
-De La Banda del Golden Rocket.
-¿Ves eso?
-¿Vos no?
-Lo ven los maricones- contesta, ofuscado.
Bajo la cabeza y no digo nada.
-¿Sos maricón?
-No- contesto.
-¿Cómo sabés?
-Me gustan las tetas- digo yo.
-¿Cualquier tipo?
-Si.
-¿Las de mi mamá te gustan?
Todavía tengo a Araceli en la mano.
-Devolveme la foto, me la vas a arruinar- grita, sacándome el papel a la fuerza.
-Yo no arruino- contesto.
Salgo de la pieza. En un coro bestial, la tía y mamá preguntan qué me dijo el primo. Me tapo la cara, una mano para cada ojo, y empiezo a llorar.