lunes 29 de noviembre de 2010

Leslie Nielsen (1926-2010)

Me acabo de enterar de la muerte de Leslie Nielsen, uno de los ídolos de mi infancia. La cantidad de veces que vi alguna de las tres partes de Naked Gun (más conocida en América Latina como La pistola desnuda) son incontables. El teniente Frank Drebin es uno de los personajes cómicos más logrados de la historia del cine. Con solo una mueca era capaz de provocar carcajadas. Su papel en Y dónde está el piloto también es muy recordado, todas sus apariciones en esa película son hits. Nielsen tenía la virtud de decir las idioteces más grandes con el gesto más adusto posible. Aunque no era director ni guionista, este tipo tiene mucho que ver con el adn de lo que actualmente consideramos humorístico. Que God, en caso de existir, lo tenga en la gloria o en algún sector copado de allá arriba. Es como si se me hubiese muerto un tío. Inexplicablemente, parece que quería mucho a este tipo. Increíble lo que puede lograr la risa.

viernes 26 de noviembre de 2010

Axolotl

Ustedes las conocen. Esas personas que viven pendientes de las desventuras de sus ex. O, peor, de las parejas de sus ex. O más aún: de las ex de sus parejas actuales. Ni siquiera están enamorados, aparentemente los odian, pero allí están, navegando en las proximidades de sus facebooks, en los chats de un conocido en común, a la espera de algún dato escabroso que les compruebe que ellos son mejores personas. Mientras, de tanto gastar energía en aquello que desprecian les puede ocurrir lo que al personaje de Cortázar, ése que entra al Acuario/ y se queda embobado mirando el Axolotl/ y cuando sale del Acuario/ ya no es un tipo/ sino un Axolotl inmóvil/ mirando un tipo/ que se va de un Acuario. Cualquiera puede caer en este tipo de juegos de la mente. Hacia el final de The Social Network, encontramos al joven multimillonario enviando una solicitud de amistad a su ex novia, mientras actualiza frenéticamente la pantalla a la espera de una aceptación. Paradojas de la vida. "I don't like you/ But I love you". Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.

Todo esto porque hoy escuché el programa de Víctor Hugo Morales. Eso debe ser lo que llaman "periodismo militante". Una tendencia política explícita de 9 a 13 hs. sólo eludida cuando el conductor llamó a Luis Juez para preguntarle si no se estarían equivocando con Ricardo Jaime... Después, el resto del envío estuvo dedicado íntegramente a repasar extensas declaraciones de Mirtha Legrand. El público se comunicaba indignado y repetía el rap de que ellos no eran la "gente" que la diva caída en desgracia dice representar. Gracias por avisar, nunca se me hubiese ocurrido. Otros decían "Bienvenida la Ley de Medios", como si la aplicación de la misma terminase para siempre con los fachos, como si actualmente no hubiese posibilidad alguna de ponerse a escuchar un disco de Los Beatles en vez de torturarse con la cantinela del almuerzo ancestral. La misma dinámica se extiende al sector kirchnerista. Esto es algo así como un macartismo al revés. Mirthalegrandismo progre. Un macartismo de izquierda. Bueno, el concepto es bastante obvio no sé qué hago dando tantas explicaciones. Individuos que la tienen re clara (como Federico Luppi), saben con exactitud qué hay que decir y qué no y desde el púlpito de esa inteligentzia ideológica (por enigmáticos designios, a salvo de cualquier error) nos explican de qué va la cosa. Durante 30 o 20 o 10 años comieron (real o simbólicamente) con "la Chiqui", le festejaron los chistes malos, los comentarios desmedidos y su egolatría a prueba de balas, pero de repente el satori, la impensada epifanía: Mirtha Legrand es reaccionaria, es fascista y es conservadora. Y hay más: en algunas fotografías sonríe junto al dream team de la última dictadura militar. Y las fotografías, a no ser cuando muestran al principal sospechoso de asesinar a Mariano Ferreyra con el "payaso liberal" o una panelista de 678, siempre dicen la verdad. ¿No vieron El secreto de sus ojos? (Y ya que el archivo nos provoca orgasmos, por qué nadie recuerda qué dijo el cantante de Calle 13 de Cristina en la entrega de los Premios MTV el año pasado en vez de defender a Chávez del temible Alejandro Sánz).

Más que a las convicciones, esta deserción tardía se vincula al oportunismo. Recién ahora, cuando asistir a la mesa es un "quemo", los "artistas" entienden que el asesino era el mayordomo. Y no saciados en su demagogia, se dedican a lo mismo que hizo Mirtha Legrand desde siempre: abrir la boca y decir boludeces. No fue suficiente el kirchnerismo, ¡fue necesario que muera Néstor para que caigan de la palmera! El televidente, por su parte, también se siente cómodo en este plan: es más aliviador investigar qué hizo la “diva” en la dictadura y no qué hizo él mientras se mataban y torturaban personas. Menos mal que las canchas del Mundial 78’ estaban vacías, en caso contrario uno tendería a pensar que la dictadura fue cívico-militar. Mejor así, la culpa de todo la tiene Mirtha.

Elipsis.

¿Será desde que no tengo una fotografía en la billetera, desde que interpreto semiológicamente el sentido de un beso, desde que las neurosis y las patalogías del fucking amor me calcinaron el cerebro, desde que mi corazón no sabe/ no contesta, desde que prefiero leer al Turco Asís antes que a José Pablo Feinmann que: soy un cínico? Yo hago todos los intentos y cada tanto se muere Néstor Kirchner y me conmuevo. Pero ¿no habré crecido en los 90'? ¿O será, como cree el Mark Zuckerberg de ficción, todo culpa de mi ex? Voy a ver qué dibujo animado puso en su perfil de Facebook. Tal vez allí esté la respuesta de esta crisis, pero todo empieza y termina en que intuyo que el objetivo de los que quieren militar en realidad es conseguir una novia, muchachos. Y lo peor de todo es que este detalle me parece perfecto, no lo cuestiono, porque si me dijeran que quieren salvar el mundo, ni siquiera el mundo, el país, ni siquiera el país, su ciudad, ni siquiera su ciudad, su cuadra, ni siquiera su cuadra, su casa... De última, es mucho más productivo preocuparse por hacer cucharita con una joven nac and pop que buscar los subtítulos de una película rumana o el último disco de Arcade Fire en MiniNova. Pero por favor, hasta que los años no nos otorguen la perspectiva necesaria, córtenla con lo de la “juventud maravillosa” porque mi paso a la inmortalidad no es atentar contra cristinistas barbudos (lo que implicaría mi suicidio) sino algo más o menos sangriento ligado a la "cooltura" y a los niños ricos con tristeza y los esnobs con ropas estridentes.

A veces me parece que somos parte de una remake dirigida por el Señor Spielbergo. Debería haber escrito eso nada más. Recordemos siempre que todo discurso es boutade. Sayonara.


lunes 22 de noviembre de 2010

Algunas películas del Festival de Cine

The Book of Life. Perteneciente a la retrospectiva sobre Hal Hartley. La posmodernidad, nadie puede afirmar que existe, pero si vieras esta película no dudarías un solo segundo que estamos hundidos hasta el cuello en ella. El segundo nombre de Hartley es "Pionero/Leyenda del cine indie" así que de antemano estamos preparados para recibir algo excéntrico (en el sentido literal del término, no para calificar a alguien que combina mal la ropa). La estrategia que se utiliza en este film para causar un efecto de extrañamiento es adaptar un relato ancestral a la idiosincrasia urbana actual. The Book of Life data de 1998 y está ambientada en el último día del siglo pasado. La anécdota es simple: Jesucristo (acompañado por María Magdalena, interpretada por la gloriosa PJ Harvey) baja a la Tierra para desencadenar el Apocalipsis. En el medio se cruzan con un borracho perdido, el Diablo, quien prefiere que todo siga igual, pues de suceder lo contrario, perdería su trabajo. El fin del mundo yace en los archivos de una notebook. Jesucristo es un yuppie. Después de un comienzo que bordea la ridiculez, la película gana densidad narrativa a medida que se desarrolla, con monólogos bastante logrados. El registro, irónico-filosófico, es más propio del teatro. La estética es deliberadamente primitiva y elude los convencionalismos, aunque tal vez 12 años atrás, todos esos "trucos" propios del video clip ya se encontraban perimidos.


Conclusión: Una película original, que provoca, al mismo tiempo, estupefacción y inquietud. Como el fugaz paso de Borghi por Boca.


Nunca me abandones (Never Let Me Go). Basada en una novela de Kazuo Ishiguro que no leí, así que este dato bien podría haber sido desechado. En realidad sólo sirve para completar la reseña de una película de la que se puede decir muy poco. A lo sumo un "Uhm". O "Exijo una explicación". O directamente un "¡Plop!". Nunca me abandones repasa el itinerario de tres jóvenes que crecen en un internado. El mismo es opresivo, sofocante, tortuoso. Más o menos lo que se espera de un internado. Al promediar la película nos enteramos que el propósito de sus autoridades es formar adultos dadores de órganos. Luego, a través de unas escenas que rozan el crimen de lesa humanidad en su enternecedor didactismo, advertimos que los protagonistas son clones. Pero lo que tenemos en frente no es una película de ciencia ficción o una comedia, más bien se trata de un drama bastante sensiblero, repleto de golpes bajos, llantos, twist and shout. Y para hacer un drama de una situación improbable hay que tener algo, no sé bien qué, pero le falta a Mark Romanek. Quizá lo tenga y en esta película le faltó. Incluso podemos elucubrar que Mark Romanek está lleno de ese algo, que Mark Romanek es en sí mismo ese algo, ese plus de virtuosidad que diferencia a un gran director de otro mediocre. Pero son todas especulaciones, ¡amargas y grises especulaciones, maldita sea! Aplausos para Carey Mulligan y Keira Knightley, no necesariamente por sus actuaciones.


Conclusión: Una película para preguntarse por ese "algo" y recalar en la incertidumbre existencial atávica, aquella que llevó a Ángel Cappa a decir: "¡Foul del 3, hijo de puta!".


Tuesday, After Christmas. Oh, 109 minutos ininterrumpidos de maravilloso cine rumano, ¿qué más se le puede pedir a la vida? Oh, qué inteligentes pareceremos a los ojos de nuestros conocidos cuando se enteren de que fuimos a ver esta película. Oh, qué envidia sentirán los cinéfilos del mundo cuando sepan que vimos en un Festival tamaña obra de arte. Oh, qué gusto da coincidir con la inteligentzia. Oh, qué tremenda cagada si la película nos parece aburrida, lenta y larga, que es casi lo peor que se puede decir de una película. Oh, de todos modos hagamos mucha fuerza para que nos guste. Oh sí, oh sí, tú puedes mentir que Tuesday, After Christmas te pareció un estupendo ejemplar de Radu Muntean que se inmiscuye en los laberintos rutinarios de la vida cotidiana y termina conformando un fresco sobre la sociedad actual. Oh sí, si hasta parece un cuento de Raymond Carver. Oh, qué particular esa historia sobre un hombre casado que engaña a su esposa con una más joven. Oh, nunca se me hubiese ocurrido. Oh, oh, oh.


Conclusión: "Ah, por cierto, estaba siendo sarcástico".


Yo maté a mi madre (J'ai tué ma mère). Es muy fácil ser sarcástico, ¿no?, lo difícil, como diría Leonard Cohen, es disparar antes de que el otro desenfunde. Démosle la bienvenida a "(?)" y también a Xavier Dolan, el joven canadiense, director y protagonista de Yo maté a mi madre. El título es explícito desde el punto de vista simbólico ya que no se trata de un policial sino de un melodrama que profundiza en la relación conflictiva entre una madre separada y un hijo de 17 años que quiere vivir "sin timón y en el delirio" pero no se sabe hacer la cama. La película está muy bien envuelta (fotografía, soundtrack, etc) y puede ubicarse junto a Tarnation en la colección personal. Los diálogos son creíbles, se estancan en esa insoportable levedad de las discusiones vulgares que pueden dar paso al drama de un segundo a otro. Por momentos, sin embargo, la actuación de Dolan parece demasiado afectada y los contrapuntos entre él y su madre se pierden en un juego bastante monótono. Mucho ruido y pocas nueces, aunque el resultado final es favorable.


Conclusión: Pero qué lindos son los franceses, carajo, incluso cuando son canadienses.


Iván Zulueta, Programa 4 de cortos: Tea for Two, La Taquillera, Párpados, Ritesti. Tal vez la única forma de conocer a Iván Zulueta sea sacar mal la entrada. La idea era ver, a esa misma hora, cortos de la competencia oficial, pero una serie de desperfectos nos lleva a la sala equivocada. Podríamos incinerar públicamente a la culpable de este accidente... pero echemos un manto de piedad, puesto que es una vampira y no tengo intenciones de meterme en problemas con este tipo de personajes tan peligrosos. Ahora vayamos a Zulueta, reconocido cineasta español, quien durante su vida filmó dos películas (una de ellas, Arrebato, legendaria) y muchos cortometrajes que le permitieron ganarse el mote de artista experimental, carnet que posibilita a sus dueños a mandar fruta mientras de los 8 espectadores del cine, 3 se van y los restantes se rascan la cabeza en señal de inédita incertidumbre existencial. Surrealismo en la década del 80'... Trips oníricos perfectamente inentendibles. Viendo estos cuatro cortos y leyendo algunas nota sobre su vida, podemos sospechar que el aporte de Zulueta está más relacionado con su existencia en el panorama cultural español, que con su filmografía. Aunque no descarto que Tea for Two o Párpados fueran obras maestras. Un hombre travestido que baila mientras desayuna. Una taquillera hablando por teléfono. Una serie de pintores con problemas "simbióticos". El sonido de un claxon. Repostería y descuartizamientos. En fin. Como diría Borges: esas cosas demasiado inconspicuas para un "corto".


Conclusión: Igual estamos a mano por Social Network.

viernes 19 de noviembre de 2010

Un amor de Carbonell

Durante siete años Carbonell es novio de Laura. Se trata de un amor insostenible, repleto de problemas y situaciones complejas de resolver. Tanto es así que la mayoría de ellas no se solucionan y, para peor, aumentan la desazón emocional de los dos novios. Como se quieren y no tienen nada que hacer además de estar juntos, toleran sus diferencias con una capacidad inaudita hasta que Laura decide acabar con el noviazgo. Para hacerlo, aprovecha una discusión nimia un mediodía de noviembre. A partir de ese momento, Carbonell y Laura pasan algunos meses intentando sobrellevar con la mayor elegancia la ruptura. Laura se sienta aliviada. Carbonell se siente morir. Deambula por los lugares por donde caminaban juntos. Enciende la computadora y se queda observando fotografías viejas hasta que los ojos se le llenan de lágrimas. A altas horas de la madrugada llama a Laura y le dedica extensos monólogos llenos de ruido y de furia. Se arrepiente una y mil veces de actitudes que, a su entender, provocaron el final de la pareja.

Una noche, luego de estar una semana alejados sin saber nada del otro, vuelven a reencontrarse. Carbonell advierte que Laura lo ve por lástima y, al instante, se larga a llorar. Al principio, ella lo abraza, pero, conforme avanza el tiempo y el llanto y las palabras y los reproches insoportables, comienza a sentir una seria aversión hacia él. En determinado momento, toma sus cosas (ella ahora vive en otra ciudad y ha venido a visitarlo) y se va, no sin antes sufrir los pesados pedidos de auxilio de Carbonell, quien se encuentra en un estado sepulcral. Antes de irse, Laura mira hacia atrás: Carbonell llora en un sillón y afirma que se va a morir. Cierra la puerta y se dirige a la Terminal. Ha decidido no verlo nunca más.

Carbonell pasa los próximos días tirado en su cama mirando el techo y pensando algunas cosas malas. Todas ellas lo conducen a Laura. A veces se levanta y mira por la ventana el cielo naranja. A nadie dice nada de su ruptura definitiva con Laura. Incluso miente. Miente alegando que han decidido darse un tiempo. Y miente más: afirma a quienes lo escuchan que él es el encargado de llevar las riendas de la separación y que Laura es la que se siente morir. Se consuela pensando en la gente mutilada. En los indigentes que duermen en las calles. En los sidosos. En los que no tienen gusto para escuchar música. En los que, por estrechez cerebral, nunca van a poder vivir un amor en plenitud. Ellos, se miente ahora a sí mismo Carbonell en un círculo de ribetes absurdos, la pasan peor que yo. Por las noches, llama a Laura a su celular. A veces se pasa horas presionando los números y antes de marcar el último desiste. Cada tanto, ella atiende el teléfono envuelta en ambientes ruidosos que a Carbonell le provocan una sensación parecida a lo que Freud denominó lo siniestro o lo ominoso. Le dice que tiene que cortar porque está “apurada”, que es una de las mejores cosas que se le puede decir a alguien enamorado para se hunda en la mierda.

Un día, Carbonell se levanta, compra el diario y consigue trabajo lavando copas. Es uno de esos trabajos ruines y mal pagados de temporada de verano, sin opción de ascenso ni perspectiva alguna. Es, entonces, el trabajo que sólo una persona como el desahuciado Carbonell puede aceptar gustoso. Refregar vasos y platos es lo único que puede ponerle la mente en blanco. Es tanta su inclinación por el trabajo que, en muchas ocasiones, el jefe de la cocina tiene que decirle que se vaya porque ya se terminó su horario. Cuando llega a casa, abre una cerveza y mira los resúmenes deportivos del día. Una o dos horas después, cae en una nueva depresión.

Carbonell a veces quiere leer algo, pero no puede llegar a la página tres de ningún libro. Los párrafos le parecen ininteligibles. Necesita una novela o un relato que cuente su historia, eso es lo único que le interesa en este momento. Piensa a veces en Juana, un amor anterior, una chica indecisa que él mismo decidió dejar. A veces cree estar seguro de que Juana todavía piensa en él, de que le está mandando ondas telepáticas para que la llame. Otras veces piensa que Juana ya no debe vivir en la ciudad o que Juana debe estar casada o que Juana debe haber muerto en las vías del tren. Estos pensamientos son fugaces, en realidad, la mayor parte del tiempo Carbonell reflexiona sobre su amor con Laura y espera que ésta lo llame, milagrosamente, de un momento a otro, para decirle que quiere volver con él. Mira entonces el último mensaje de texto que Laura le mandó el 31 de diciembre a la tarde: Feliz año. Aunque ha pasado un mes y medio todavía no lo borra. Lo mira y lo interpreta. Y llega siempre a la misma conclusión. Ya hace semanas que no la llama y no piensa volver a hacerlo. Sin embargo, la tentación es grande. Para sacarse la idea de la cabeza, se dirige al baño y, hasta la hora en que ingresa a lavar los platos, se queda debajo de la ducha.

Las personas que lo ven le manifiestan su preocupación. Parece que su rostro se volvió cadavérico y que su paso está defectuoso. Parece que sus ojeras cubren la mitad de sus mejillas y que tartamudea al hablar. Parece que cada vez está más callado y no se junta con nadie. Incómodo ante tales consideraciones, Carbonell actúa un estado de ánimo diametralmente opuesto para que nadie tenga dudas de que la está pasando muy bien desde que se alejó de Laura. Cuando se despide de las visitas o los conocidos que lo cruzan por la calle, tiene la sensación de que poco a poco se ha ido despegando de las personas hasta no tener nada en común con ellas, como si estuviese arrojado al espacio exterior en una capsula. Si me cruzará a Laura ahora mismo, no sabría que decirle, piensa.

Sin que se dé cuenta, una camarera comienza a frecuentarlo. No sabe muy bien por qué, pero lo trata mejor que al resto. Tiene el pelo muy negro, le llega a la altura de los hombros y cuando fuma le tira el humo de los cigarrillos directamente a la cara. Un sábado, Carbonell invita a la camarera a tomar algo. No lo hace porque la quiera, por supuesto. Incluso sospechamos que Carbonell aborrece a la camarera y ni siquiera derramaría una lágrima en caso de que muera. Ella acepta gustosa y le da un beso en la mejilla. Caminan desde el restaurante a un bar del centro entre una multitud de turistas. La noche es calurosa y, por primera vez en mucho tiempo, Carbonell siente que su cabeza está despejada. Hasta ahí no había dejado de drogarse con las imágenes de su desolación ni un solo segundo. Su mente se había convertido en un video clip patético. Carbonell se pregunta si otra persona en el mundo pudo haber sentido algo así. La camarera le habla de cosas que él apenas entiende. Durante un instante Carbonell está seguro de que ella maneja otro idioma. El ruso por ejemplo. Se sientan en una mesa al aire libre y empiezan a tomar cerveza. A la tercera él decide contar su situación. Habla mucho y, por momento advierte que la camarera se espanta o se aburre o bosteza, pero eso es lo que menos le importa. Toman unos tragos más y se dan un beso teatral, moviendo las lenguas a la velocidad de la luz. Van a un Hotel. El cuarto parece un horno y abren las ventanas. La camarera fantasea entonces con que otros los están mirando y abre el envoltorio de los preservativos con los dientes. Después camina en cuatro patas por la cama, desnuda. Parece unos de esos perritos a pila que tienen los taxistas o la versión porno soft de Regan MacNeil. Carbonell piensa, risueño: Es la imagen viva de la alteración sexual. Nada hace sin una cuota de espectáculo. Al lado suyo, Laura es una niña inocente y tonta. Carbonell se siente intimidado por los efectos especiales de la camarera y todo le cuesta el doble o el triple. Finalmente se resigna a un papel penoso, desmentido por los gemidos de la camarera, que evidentemente protagoniza una película distinta a la de nuestro amigo. Cuando terminan, Carbonell se queda tirado en la cama de dos plazas mirando cómo se ducha la camarera. Se ducha seria, como si hacerlo le demandara un esfuerzo intelectual insoportable. Cada tanto lo observa y le dedica una sonrisa y después vuelve a su ostracismo y más tarde sonríe otra vez.

Al llegar el fin de la temporada, los dos han conformado una relación basada estrictamente en el sexo, aunque él no está persuadido de que ella lo sepa. Carbonell en verdad todavía llora o piensa o implora a Dios la vuelta de Laura y, cada tanto, la de Juana. Una tarde de franco, deciden pasarla juntos. Pasean. La camarera le da la mano. Carbonell siente una especie de puntada en el pecho, por poco tiene que dejar de caminar, necesita una máscara de oxígeno si quiere seguir avanzando. Después, mientras espera que la camarera salga de un local de carteras, ve a Laura caminando hacia él. No es la Laura final, desganada y harta del amor, ni la vital del año en que la conoció, sino otra. La nota desencajada y con varios kilos de más. No está pintada ni tiene el pelo atado. De alguna manera, parece que ha pasado por una guerra y ha vuelto a la ciudad a narrar sus testimonios, a filmar un documental sobre su experiencia en el campo de batalla. Le da un beso y advierte que no lleva perfume. Laura se ha convertido en un puto musgo, piensa Carbonell. Los meses que llevan separados han hecho mucho daño en el aspecto físico de Laura. Parece arrepentida. Le pregunta qué ha hecho. Le cuenta sus cosas. Cursos, talleres, actividades de recreación. Al principio quiere provocar una imagen de suficiencia pero a los pocos minutos le informa que piensa volver con él. Al decir esto, la camarera sale del local. Carbonell las presenta en modo solemne. Brotan lágrimas de los ojos de Laura, quien se va caminando con paso apurado en dirección desconocida. La camarera estalla en un ataque de furia. Insulta a Carbonell y a su familia y sus desempeños sexuales. Le pregunta por qué no le dijo que seguía viendo “a la otra”. Carbonell pensaba que la camarera se sabía “la otra”. Le pregunta quién se cree que es. Carbonell no tiene ganas de responder y ni siquiera lo sabe, ya que está agobiado por la imagen de Laura, y la deja ir.

En los próximos días, Carbonell llama constantemente al celular de Laura. Una noche ella lo atiende. Hablo desde un baño, dice. ¿Qué baño?, pregunta él. Uno, dice ella. Silencio. Carbonell vuelve a requerir características geográficas del baño y Laura sigue con las imprecisiones. Carbonell le dice que su voz parece metálica. Laura dice que no sabe a qué se refiere con eso, que no lo atendió para hablarle de baños. Carbonell le dice que tampoco la llamó por eso. Laura entonces le explica lo duro que ha sido estar sin él los meses anteriores (lo dice como si fuera él quien la dejó). Le dice que viajó a su ciudad al poco tiempo de cortar pero que no quería llamarlo: prefería encontrárselo espontáneamente por la calle. ¿Por qué?, pregunta Carbonell. Quería que fuese el destino el que nos uniera, responde ella. Carbonell cree que Laura se volvió loca. Así y todo quiere estar con ella. No por lo que es ahora, sino porque el Pasado es un lugar al que algún tipo de gente estúpida siempre quiere volver. Cueste lo que cueste. Y Carbonell es de ese tipo de gente. Pero la trastornada Laura se ha desencantado completamente. Verlo con otra le ha dado pena, asco, bronca y una larga serie de sentimientos horribles. Se le han borrado las ganas de estar con él, de verlo, de escucharlo, siquiera de recordarlo. ¿Qué querías que hiciera?, pregunta Carbonell. Laura corta. Carbonell entonces hace algo: se queda oyendo el sonido del tono. Un rato largo.

lunes 15 de noviembre de 2010

En el fondo es bueno

Algo le pasa al primo entonces hay que visitarlo. La excusa soy yo.

“Tu primito te quiere ver”.

Está enfermo o se volvió loco. Creo que no va más al Mariano Moreno. El Tío Raúl ya no lo puede domar.

(¿Todavía existen los primos? El primo tiene una función familiar implícita e institucionalizada: instruir en la vida a sus primos menores.

Mi primo me llevaba diez años. En ese momento yo tenía 7. Era mi héroe.

-Federico dice que cuando sea grande quiere ser como el primo.

Otra cosa sobre los primos: de pequeños son nuestros hermanos ideales (a los verdaderos siempre les encontramos defectos o los queremos asesinar); cuando crecemos directamente desaparecen. Los cruzamos esporádicamente en la calle o en alguna reunión familiar y fuera de las frases hechas no hay nada para decir).

Nos tomamos el 532 y mamá me deja tocar el timbre. Mis tíos viven en un conglomerado de edificios por 180 e Ituzaingó. Desde el barrio Pueyrredón es como viajar a otro país.

Caminamos de la mano. Está repleto de banditas de chicos de mi edad y me da mucha vergüenza estar con ella.

-¿Qué te pasa?- pregunta.

-Nada.

-Te quiero- agrega y me da un beso en la mejilla.

-Mamá me dejás todo el rush marcado- digo.

La odio en ese momento. Mamá usa un lápiz labial rosa de olor nauseabundo.

Querés ver al primo, dice. Parece más una orden que una pregunta. Sí, contesto yo, débilmente. Porque vos lo querés al primo.

Cuando ingresamos al departamento me arde la cara y me pica todo el cuerpo, me siento muy nervioso ahí adentro.

-A Raúl no lo van a ver porque duerme la siesta.

Mamá comenta que siempre fue costumbre de su hermano dormir siestas. Cada vez más largas, agrega mi tía. Es que trabaja mucho, dice mamá. Pero son cada vez más largas, replica mi tía, un tanto preocupada.

-Pero, ¿me querés decir?, ¿cuánto está durmiendo?

-De tres a siete de la tarde no se te ocurra molestarlo.

Mamá se queda en silencio un rato y bebe el té que le sirvió mi tía.

-Pero es trabajador.

-Yo no dije que no trabaje, dije que duerme mucho.

La conversación toma un giro extraño, de absurda tensión.

-Y a la noche se desvela- dice mi tía, en un tono más calmo.

-Pero tiene el cable.

-Se sienta acá en el sillón y mira películas toda la santa madrugada.

-Porque tiene el cable- repite mi mamá.

-Si no lo tuviera no sé que haría.

-Pero lo tiene.

Creo que podrían haber navegado en ese raro contrapunto hasta morir.

Se escucha la puerta de la pieza de mi primo. Es un sonido característico que hace palpitar mi corazón.

Estamos sentados en la mesa del comedor. Desde ahí la única parte del pasillo que se divisa es la del baño. A los costados están las piezas. La figura de mi primo se traslada velozmente en la oscuridad.

Un objeto familiar no identificado.

A simple vista me parece mucho más alto y flaco. Se convirtió en un vampiro, pienso. Cuando sale no mira en nuestra dirección.

Antes de entrar en su pieza, mi tía le grita “saludá”. Pero el primo cierra de un portazo y mi tía queda repitiendo dramáticamente “saludá, saludá” hasta que exclama: “¡Saludá, hijo de puta!”. Al principio creí que se reía, pero no, eran lágrimas. Mi mamá le aconseja no dejarse llevar por la ira. No sé qué le hicimos, dice mi tía. Es la edad, responde mi mamá. No sé qué le hicimos, Raúl y yo somos buenos padres. Te digo que es la edad. Te quiero ver a vos, le dice mi tía y se pierde en la cocina. Mamá va detrás y cierra la puerta.

Me quedo solo en la gran mesa, oyendo el tic tac del reloj de madera. El tío Raúl sale de su habitación y, algo temeroso, merodea el pasillo. No se quiere cruzar con Nahuel, pienso, le tiene miedo, ya no lo puede domar. Su bata de seda brilla en la oscuridad. Entra al baño y sale casi al instante. “Federico”, dice, reconociéndome, no en forma de saludo, con los ojos perdidos. Regresa a la pieza. Escucho el ruido de su cuerpo acomodándose en la cama.

Vuelven. Mi tía me acaricia el pelo y dice que debemos hacer como si nada hubiese pasado.

-Si- digo yo.

-Fueron unas lagrimitas pero la tía ya está bien, ¿no?

-Si.

-El primo en el fondo es bueno, ¿no?

-Si, el primo es bueno- repito.

-¿Cómo te va en la escuela?

-Buenas notas- contesto. Debería haber dicho: “Tengo buenas notas”, pero cuando me siento incómodo no puedo elaborar frases enteras.

-Contale que sos el que mejor escribe y el que mejor hace dibujos- dice mamá, sonriendo.

-La señorita dice que soy el que mejor escribe y el que mejor hace dibujos.

-El otro día tenían que dibujar a la familia. Todos los nenes hicieron a los padres y a los hermanos con palitos y Federico los dibujó con formas, la señorita no lo podía creer, ¿no?

-No, dijo que no lo podía creer.

-¿Y quién te enseñó a dibujar?- dice mi mamá.

-El primo- contesto.

-La señorita me mandó una notita en el cuaderno de comunicaciones felicitándome ¿y vos qué le dijiste?

-Que felicite al primo- digo.

-El primo te quiere mucho- dice mi tía. Me acaricia otra vez la cabeza y me da un beso en la frente.

-Intelectual va a ser- dice, mirando a mi mamá.- ¿Qué querés ser cuando seas grande?

-Carnicero.

Mamá y mi tía se ríen un buen rato.

-Carnicero- repito, en voz baja.

-¿Te gusta la carne?

-Cortarla.

-Cuando vamos a la carnicería se queda como hipnotizado viendo la sierra- dice mamá.

-¿Y qué otra cosa te gustaría ser?

-Relator.

-Cuando cree que no lo escuchamos hace que relata partidos de fútbol, pero nosotros siempre lo estamos escuchando. Se sabe todos los jugadores porque junta las figuritas- dice mamá.

-Qué lindo- dice mi tía y me da otro beso.

-Y cuenta chistes- agrega mi mamá.

-¿Ah sí?, no sabía.

-Contale un chiste a la tía.

-Dice-que-eran-dos-gallegos-que-iban-por-la-calle-y-se-cruzan-y-se-saludan-y-uno-le-dice-a-otro-“¿araña?”-y-el-otro-contesta-“no, gato”.

Mi tía lanza una carcajada tan estruendosa como exagerada. La boca abierta es enorme y deja ver restos de comida y arreglos dentales. Su rostro queda suspendido en ese gesto brutal durante algunos segundos.

-Porque uno tenía un gato en la mano- dice mi mamá.- Federico, contalo bien.

-Dice-que-eran-dos-gallegos-que-iban-por-la-calle-y-se-cruzan-y-se-saludan-y-uno-tenía-un-gato-en-la-mano-y-el-otro-le-dice-“¿araña?”-y-el-otro-contesta-“no, gato”.

Ahora sí, ahora sí, dice mi mamá.

Es un plato, es un plato, repite mi tía, en brutal danza, mientras mueve las manos de izquierda a derecha, frenéticamente, con las palmas abiertas.

Tomo la segunda chocolatada. Puedo tomar diez seguidas si quiero, pero mamá no me deja. La conversación se estanca.

-Así que duerme mucho Raúl- dice mi mamá.

Mi tía asiente sin hablar.

-Por suerte tiene el cable porque a la noche…

Mi tía se levanta y entra al baño.

-Vamos- digo yo.

-Ni lo viste al primo, vos viniste a ver al primo.

-Vamos- repito.

Nosotros nos vamos, anuncia mamá. ¡Pero Federico ni lo vio a su primo!, se escandaliza la tía. Nahuel, dice la tía asomando la cabeza por el pasillo oscuro, Nahuel, hijo, vení a saludar al primo Federico. Llamalo vos, dice mi mamá. Nahuel, digo, sin ganas. Gritale, gritale al primo, dice mi tía. ¡Nahuel!, grito, ¡Nahuel vení! Más fuerte, Federico, más fuerte hay que gritarle al primo si no no escucha, dice mi mamá:

-¡Nahuel vení por favor!- grito.

Y se abre la puerta. Mi tía deviene en repentina azafata y hace una serie de expresiones y ademanes inentendibles. El avión es el primo. Ahí está, dice, cuando el primo ya se encuentra en la sala junto a nosotros. No lleva zapatillas, tiene puesto un jogging negro, al parecer nuevo, y una camisa escocesa de la que sobresale el cuello por arriba de un pulóver verde. Su semblante evoca el de alguien mucho mayor. Me mira y murmura algo parecido a un “hola”.

-El primo te vino a ver- dice la tía-, está preocupado el primo, como todos.

-Contale al primo lo de los dibujos- dice mi mamá.

-La señorita dice que soy el que mejor dibuja.

-Y le mandó una nota a la tía felicitándola.

-¿Y qué le dijiste vos a la señorita?

-Que mejor felicite al primo- contesto, señalándolo.

-“Qué mejor felicite al primo”- murmura él, amanerando la voz y, a su vez, señalándome.

-Está haciendo una broma- explica la tía.

-¡No!, ¿qué va a ser?- dice el primo.

Yo y mamá permanecemos callados e inmutables. La tía oficia de médium. La figura del primo sigue parada al pie de la mesa. La tía le dice que se siente.

-¿Seguís tomando la lechita?- me pregunta, arrastrando violentamente su dedo índice sobre mi patilla.

-Chocolatada- respondo.

-“Chocolatada”- repite él, nuevamente, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras deja sus ojos en blanco y tuerce la boca.

Finalmente se sienta en frente mío.

-¿Qué te anda pasando?- dice mi mamá.

-La vieja- responde mi primo.

-¿Qué vieja?

El primo señala a mi tía y levanta el brazo en línea recta, como si no tuviera articulaciones.

Te he dicho, dice mi tía, que no uses esa palabra.

-Vieja- repite mi primo, sonriente.

-Maleducado- dijo mi tía.

-Vieja, vieja- contesta mi primo.

-¿Y ella qué tiene que ver con todo esto?- dice mi mamá.

-Que es vieja.

-Tu mamá no es nada vieja.

-Viejas- responde nuevamente mi primo, señalando ahora con un brazo a mamá y con el otro a la tía.

Vos también vas a ser grande, Nahuel, dice mi mamá.

-Si me muero antes, no.

-¿Qué cosas dice?- pregunta mamá, mientras me tapa los oídos con las manos.

-De la muerte habla- responde la tía, solemne-, todo el día así.

-¿Qué es eso de estar muerto?

-Es cuando no estás vivo- responde el primo.

Mi mamá sigue con las manos sobre mis orejas pero yo escucho todo. Cerrá los ojos, me ordena.

-¿No te da vergüenza decir estas cosas adelante del primo que te quiere ver?

-Lo trajeron obligado, ¿qué se creen que no me doy cuenta? Son viejas.

Claramente mi primo divide al mundo entre el de él y el de las viejas. Ansío saber en qué bando me encuentro, pero antes de poder preguntarle se levanta e ingresa en su habitación mientras pronuncia su enigmático mantra: “viejas muertas, viejas muertas, viejas muertas”.

-Qué desastre- acota mi mamá-, ahora entiendo por qué duerme Raúl.

-Te dije que ya ni él puede domarlo a Nahuel.

Pobre hermano, dice mamá, y se hace la señal de la cruz.

Miramos un rato la tele. Es un show de preguntas y respuestas que gusta mucho a la tía. Cuando el locutor hace la pregunta, ella pulsa MUTE, cierra los ojos, se pone los dedos índices en la sien y contesta. ¿Capital de Turquía? Zurich. ¿Año de la llegada del hombre a la luna? 1979. ¿Nombre del presidente de facto durante la guerra de Malvinas? Onganía. Mamá se cansa y me dice que me ponga la campera y la bufanda. La tía quiere despertar a Raúl “para que se despida por lo menos” pero no hay caso. Lo imagino cerrando los ojos de improvisto cuando mi tía abre la puerta. Andá a saludar al primo, dice mi tía, él te quiere. Me dirijo al patíbulo. Golpeo la puerta dos veces y el primo emite un sonido onomatopéyico, gutural, así que entro.

-Cerrá la puerta- me ordena.

La cierro y miro el cuarto. Sólo queda la cama, la mesa de luz y el placard. Todo lo demás (libros, discos, revistas, una guitarra, la bicicleta) se esfumó.

-¿Dónde están las cosas?

No pensaba decir nada pero la sorpresa me pudo.

-Desaparecieron.

-¿Qué hacés acá todo el día?- pregunto.

-Estoy solo.

-¿Haciendo?

-Hablo- dijo mi primo.

-¿Por teléfono?

-Conmigo.

-¿Qué decís?

-Es un secreto.

-Sentate si querés- dice, señalándome la punta de su cama, él está acostado mirando el techo.- Pero no vamos a jugar ludo.

-Ya me voy, es muy tarde para ludo.

-Sentate igual, no me gusta que los enanos deambulen por ahí. Además para ludo nunca es tarde y lo tiré.

-¿Tiraste el ludo?

El primo no contesta nada. Me siento. Tengo ganas de llorar, siempre anhelé su ludo. La única luz es la del velador. Tengo la sensación de que algo se termina para siempre. No sé bien qué.

-Hablo con mi novia en realidad- dice el primo.

-Ah, entonces estás enamorado, ¿y quién es?

-Una cosa es tener novia, otra es estar enamorado.

El primo mete una mano en el bolsillo izquierdo del jogging y saca un papel arrugado doblado en cuatro partes. Lo extiende y me lo ofrece.

-Ésa, ésa es la mina- contesta.

Miro detenidamente: una mujer de pelo corto sobre un auto rojo. Es alta y flaca. Tiene puesta una camisa blanca anudada sobre el pecho y un short por arriba de las rodillas. La fotografía en realidad es un recorte de una revista.

-Araceli González- digo yo.

-¿De dónde la conocés?

-De La Banda del Golden Rocket.

-¿Ves eso?

-¿Vos no?

-Lo ven los maricones- contesta, ofuscado.

Bajo la cabeza y no digo nada.

-¿Sos maricón?

-No- contesto.

-¿Cómo sabés?

-Me gustan las tetas- digo yo.

-¿Cualquier tipo?

-Si.

-¿Las de mi mamá te gustan?

Todavía tengo a Araceli en la mano.

-Devolveme la foto, me la vas a arruinar- grita, sacándome el papel a la fuerza.

-Yo no arruino- contesto.

Salgo de la pieza. En un coro bestial, la tía y mamá preguntan qué me dijo el primo. Me tapo la cara, una mano para cada ojo, y empiezo a llorar.

viernes 12 de noviembre de 2010

Paul is Live

Para la China, per se

La actitud de Paul arriba del escenario es ambivalente. Por un lado, parece olvidar quien es (¡el fucking Paul McCartney!) y cede a los más grandiosos hits de la demagogia del show business para ganarse a un público que, ya de antemano, en su caso, más que con cualquier otro artista, tiene rendido a sus pies. Entonces repite frases en español ayudado por un papelito. Se pone la camiseta y juega a ser el Diego de la Gente. Hace flamear una bandera argentina en el escenario. Hay un exceso de simpatía que lo puede llevar a asemejarse demasiado a ese tío que en nuestra infancia nos parecía muy gracioso y al entrar en la pubertad comenzamos a evitar. Por otro lado, no posee ningún tipo de culposidad, no tiene dramas con su pasado. Es un Beatle y se hace cargo de la situación como ésta lo requiere. Se sabe un superhéroe del siglo XX. Si fuera Spinetta, tocaría siempre "Muchacha". Tiene todo fríamente calculado y, aunque parezca, no es ningún boludo. Quiere, simplemente, que cada una de las personas que se acercan al Monumental pase un buen momento. O más: una noche inolvidable. O incluso un tanto más ambicioso: la mejor noche de sus vidas. Y lo logra con creces. Paul, además de un fabuloso multiinstrumentista (le falta tocar la batería, en manos de un comediante), es un showman de puta madre, un prodigio pop, probablemente el que inventó lo que van a ver las niñas el domingo a la tarde en el mismo Estadio. Una especie de máquina perversa del entretenimiento a la que todos rendimos tributo.

Ayer leí que era el tipo que más guita había generado en la historia de la música. Lo tiene merecido. ¿Sabés la cantidad de vidas que salvó Paul McCartney? No te das una idea. Y no me refiero a un trasplante, eso es valioso pero lo puede hacer cualquier ñato que haya estudiado. Hablo, señores, de un salvataje espiritual, de un canal de expresión íntimo en una situación trágica, de la ceremonia pop del que escucha un disco para identificarse con una letra. Paul nos dio mucho. En ese contexto, está bien que sus entradas costaran tan caras, está bien que hayan pagado 6000 mangos para tocarle el culo. Es más, voy a transferir mis ahorros a la cuenta de Paul. "Tomá Paul, te mando 300 pesos por Getting Better, el mes que viene 150 por Martha My Dear". Y etc. Seguro que lo acepta el hijo de puta.

Del recital: "poco se puede decir que ya no se haya dicho". El que escuchó su reciente disco en vivo en New York y pispeó la lista de temas en los medios, sabía con que se iba a encontrar. Defectos de la nueva era. De la sobre información. Tal vez hubiese sido mejor no saber nada. Después del telonero imposible, la mayor sorpresa fue el comienzo con una versión (elija su adjetivo favorito: genial, perfecta, fantástica) de "Magical Mystery Tour" y tal vez la inclusión de “I`ve Just Seen a Face”. El resto del repertorio lo conforman un puñado de canciones de su etapa con los Wings (especialmente del gran disco "Band on the Run": se destacan el homónimo y el hermoso blues "Let me roll it"), alguna que otra pieza solista y una veintena de gemas de los fab four que tienen la potencia de un cross a la mandíbula. No hay nada qué hacer. No se puede explicar. Toda intelectualización posible, todo prejuicio sobre cierta melosidad desmedida (recordar sino "No More Lonely Nights" y su video), se destruye en mil pedazos cuando el tipo de tiradores y pantalón de tiro alto se sienta al piano y entona: "The long and winding road/ That leads to your door". Estamos ante alguien que comprende la sensibilidad humana. O la capta o la reproduce a través de versos simples con melodías irresistibles. Sólo restar callar o llorar o intentar acompañar. Como el tipo que estaba atrás mío, ése que desafinaba como un maldito perro, ése que evidentemente no sabía inglés y no tenía idea de lo que decía la letra pero probablemente la entendió muchos años atrás y mejor que yo.

"Highway", "Sing the Changes", "Mrs Vandebilt" quizás sean temas que desentonan en semejante repertorio pero nada es ferpecto. Tal vez se extrañó un "Hope of Deliverence". Algo de "Chaos and Creation in the Backyard (2005), entre los mejores 5 discos de su carrera solista. Un "Maybe i'm amazed" que, sí, es una "silly love song", pero de las más lindas que escuché en mi vida. Prefiero no entrar en el terreno de los temas de los Beatles que se tocaron y los que no. No estuvo "Penny Lane", pero tocó "Lady Madonna". No "Oh Darling", pero sí "I've Got a Feeling". Es linda, pero está con otro. Es inteligente, pero es feo. You Know Me. Es como en la vida: siempre te van a faltar 10 para el peso.

Los homenajes a Lennon y Harrison. Todo un palo. Al primero le dedica "Here Today", una carta lacrimógena sobre su conflictiva relación. Después arremete (en el caso de Paul el lugar común de este verbo es neutralizado) con "A Day in the Life" y "Give Peace a Chance". "Something", el clásico de Abbey Road, es tocado desde el comienzo con el acompañamiento de un ukelele y después se suma el resto de la banda. El resultado es altamente emotivo. A la gente le encanta corear "You're asking me will my love grow/ I don't know, I don't know/ You stick around now it may show/ I don't know, I don't know". Creí que era yo solo, pero no. Eran todos. Personas de distinto sexo, origen, servicio de internet, creencias religiosas, ideologías, partidos políticos, gritando eso, que no sabemos, no sabemos un choto y necesitamos decirlo a los gritos.

El final une "Yesterday" con "Helter Skelter". En el espacio que hay entre esos dos temas (imaginemos un enorme pentagrama) está todo lo que hizo Paul McCartney en la música contemporánea. Es decir: todo. La coda con "The End" y el aforismo sobre el amor (¿será verdad?) no podía ser más indicada para cerrar la noche. El tipo saludó, entonces, por enésima vez y se perdió por detrás del escenario. Y mientras salíamos, en medio del mar de gente que comentaba los "cuetes" de "Live and Let Die" y lo buen tipo que era el gordo que tocaba la batería, nos cayó la ficha, la poderosa ficha: habíamos visto a Paul McCartney en vivo. ¿Y ahora?


lunes 8 de noviembre de 2010

No te vayas subcampeón, quiero verte otra vez...

La misericordia extrema por los avatares del mundillo del fútbol es moneda corriente. Tal vez nos identificamos más con quien nos gustaría ser que con quienes somos en realidad: en vez de seres marginales, oscuros, rutinarios, estrellas, ídolos del deporte, héroes masivos. Por eso estamos más preocupados por cuidarle el culo a tipos remotos que al vecino de la esquina de tu casa. Se suele lamentar el protagonismo que tienen los resultados a la hora de evaluar la actuación de un D.T o un jugador, pero no se recuerda que lo mismo sucede con los empleados de panaderías. Algunos se escandalizan porque un partido se juegue a las 15:00 con 33º de temperatura; jamás se les ocurriría tener la misma compasión por los albañiles de una obra en construcción en pleno enero. Suspendamos la vida cuando hace calor, yo me prendo, pero (y a continuación démosle la bienvenida a mi frase favorita de los últimos tiempos, aquella que se impone como respuesta cuando pienso en mi carrera, en la chica que me gusta, en la vuelta de Radiohead a la Argentina): “algo me dice que eso nunca sucederá”.

Convengamos que sí: el fútbol es cruel, sólo sobreviven los más aptos. Ahora bien, cuando encuentren algo que forme parte de la vida cotidiana y no funcione a partir de esta dinámica, avisen. En consecuencia, mientras el capitalismo rija nuestras psiquis y nos sigamos sintiendo cómodos en esa lógica (que yo sepa nadie planea hacer la Revolución), pasemos a otro tema, no quiero hablar de eso.

Y todo esto, naturalmente, como ya advertirán, recala en el IV Festival de Poesía, de Acá, a desarrollarse en la ciudad de Mar del Plata. Muchos de los poetas que nos deleitarán con sus versos este fin de semana son deudores, entre otras corrientes, de lo que se llamó “Poesía de los 90”, aquella camada de autores argentinos que, entre otros, integraron Fabián Casas, Daniel Durand y Martín Gambarotta. Este último, en “Seudo”, dice cada uno fríe su pescado como más le gusta”. Dentro de la logia futbolística, este aforismo puede traducirse de la siguiente manera: “Cada técnico con su librito”. Sin embargo, en los últimos tiempos, es más habitual la superproducción serializada que el cine de autor. Es harto complejo diferenciar la propuesta de un D.T de otro. Muchos son el mismo tipo con máscara distinta (con Falcioni debo reconocer que los encargados de FX hicieron un trabajo de antología). Por eso cuando aparece alguien que logra imprimirle un enfoque personal al juego de un equipo, se roba todos los flashes. Sus triunfos serán exaltados hasta el infinito y sus fracasos no podrán escapar del patetismo. Cuando Dios te da un don, también te da un látigo, afirmó Truman Capote. No es echado, entonces, un técnico, sino una forma de jugar al fútbol, una escuela, una filosofía, una estética y hasta, afirman algunos, una ideología. Un emblema, un paradigma y así podría seguir, oh sí, oh sí, durante años.

Y de lo general, finalmente, aterrizamos en lo particular, Ángel Cappa. El caso de su salida es especialmente doloroso, tiene algo de enamoramiento efímero que ni siquiera es despreciado por acciones puntuales, sino por la suma de los días. No sólo es que River no gana desde hace 7 partidos, sino que se instaló en una meseta de intrascendencia llamativa incluso para el paupérrimo nivel de la banda roja. Y esto incluye tanto a Cappa (su paso por River será inmortalizado en el inconsciente colectivo por sus encendidas rabietas, un ejemplo de impotencia absoluta) como a los jugadores, que no pueden dar más de tres pases seguidos. La mala racha llega a tal punto que Ariel Ortega está jugando, probablemente, los peores partidos de su carrera. El resto del equipo no acompaña (a excepción de Carrizo y Pavone). Los movimientos constantes en el mediocampo y en la delantera (Lamela y Affranchino, dos de los "mejores" jugadores, quedaron afuera del equipo titular) no ayudaron. Nada funciona y no es hipérbole. El campeonato en el que River tenía un fixture más o menos accesible, apto para obtener los puntos necesarios y salir de la promoción, se convirtió en una pesadilla. Pero crucificar a Cappa es absurdo, desde hace tiempo River no tiene piso, no le gana a nadie, merece la B Nacional. Passarella, con su pose de macho alfa, es el Hombre que toma decisiones y se pone la Institución al hombro, pero por ahora no da pie con bola. (Se ofrece recompensa por la Auditoria de la gestión de Aguilar). La era Cappa terminó más rápido de lo que se pensaba y encima no hay un solo dato positivo que haya aportado al Club. Sólo el hit de los resignados: Nunca esperes nada de nadie, pero preparate para todo. Su alejamiento inducido provoca malestar, aunque nadie se sacrificará por su bandera. Ya lo dijo el ex Ministro de Duhalde: el cementerio está repleto de imprescindibles.

Y algún que otro hijo de puta también: Massera Q.E.P.D el H.D.P

Será cuestión de prepararse emocionalmente para jugar los sábados. Nos hemos acostumbrado a cosas peores.