jueves, 13 de julio de 2017

La historia sin fin


I

En el primer capítulo de su reciente libro 56, que se puede leer gratis en algunos sitios de Internet como gancho para comprarlo, Jorge Lanata se refiere al grupo que conformaba el dream team de la primera época de Página 12 y dice “incluso nos tocó un psicótico que —Argentina, Argentina— con los años se transformó en un escritor de culto”. Desconozco si en los capítulos posteriores Lanata revela el nombre del psicótico pero todo indica que se trata de Salvador Benesdra. Y si no lo es, porque es probable que en ese célebre dream team hubiese varios psicóticos, no importa.

II

Hoy Lanata es una de las estrellas de Canal 13. Más que de política, sus programas son de anti-política, tanto es así que se lo señala como uno de los artífices de la victoria de Cambiemos. Muchas de las muletillas que utilizan los comentaristas seriales de las redes sociales (que combinan odio de clase, individualismo y crueldad) parecen ser continuaciones de las partes más brutales del discurso de Lanata. Por supuesto, Lanata no inventó el desdén por las políticas inclusivas pero supo captar ese espíritu de los tiempos y plasmarlo en un show que se convirtió en un nicho de pertenencia de la clase media argentina moderna. Aunque el histrionismo y la teatralidad siempre fueron parte de su estilo, muy atractivo por cierto, ahora añadió a su stock estético el stand up y sketchs con imitadores que parecen salidos de las peores temporadas de Videomatch. Hay algo en el ritmo de la voz y en la respiración de Lanata que habría que estudiar bien para entender su éxito a través de los años. Algo relacionado a lo actoral. Incluso sus fracasos son exitosos.

III

Una vez le pregunté a mi viejo para qué veía Tiempo Nuevo si odiaba a Bernardo Neustadt. Para putearlo, me contestó. Yo tenía 8 o 9 años y no entendí. El otro día intenté ver el inicio de Periodismo para Todos y me acordé de esa escena noventosa.  

IV

Salvador Benesdra, por su parte, se suicidó en 1996 y es el autor de El Traductor, una novela que cuenta con la distinción y el lastre de ser literatura para escritores. Del mismo modo que Zappa o Prince cuentan con el lastre y la distinción de ser música para músicos. Elvio Gandolfo escribió el prólogo de la reedición que hizo Eterna Cadencia hace algunos años. Fabián Casas también se refirió a Benesdra. Una de las pocas cosas que sabemos en la vida es que si Gandolfo y Casas dicen que tenés que leer un libro, es probable que tengan razón. Piglia decía que Borges no necesitaba que alguien le diga que un libro era bueno, él ya lo sabía de antes. Algo similar se puede decir sobre Casas, sobre Gandolfo y sobre el mismo Piglia. Pero la expectativa que generan estos lectores-faro muchas veces es tan grande que al encontrarnos con el texto se produce un efecto negativo. Después de lo que dicen Casas y Gandolfo lo menos que se puede esperar del libro en cuestión es un viaje alucinado estilo La historia sin fin. Y algo de eso hay.

V

Desde hace varios días todos hablan del capítulo 8 de la nueva temporada de Twin Peaks. Probablemente para satisfacer las expectativas creadas deba ver ese capítulo dentro de treinta o cuarenta años cuando ya me haya olvidado que se trata de una obra maestra. Quiero decir: a las obras maestras mejor descubrirlas sin saber que lo son. Mejor que nadie te diga que son obras maestras. Es como si alguien te presentara a tu futura novix y te dice: “Acá está el amor de tu vida”. Salís corriendo. Y esta época es una cagada en ese sentido porque se anuncian discos y series nuevas que sabemos que van a marcar algún tipo de hito antes de que existan. El Traductor, por ejemplo, es una obra maestra pero si alguna vez me decidiera a escribir sobre ella nunca diría que lo es.

VI

Sin embargo las obras maestras tienen un plus, de otro modo no lo serían. Cuando las leés no encontrás exactamente eso que te habían contado sino algo totalmente diferente. Recuerdo mi sorpresa al leer Operación Masacre. Yo había leído mucho sobre esa novela pero ninguna monografía me había dicho que había unos tipos encerrados en una casa escuchando el relato de una pelea de boxeo. Ninguna monografía contaba que uno podía sentir la tensión, incluso el sudor, de todos esos tipos juntos. Es decir, aunque suene muy reseñador profesional: la obra maestra se resiste a ser clasificada y encuentra una nueva faceta con cada nueva lectura.

VII

Como varias de los grandes libros de la literatura argentina (pienso en Facundo, en Los 7 Locos, en Zama) El Traductor tiene un aroma profético que tal vez, más que a la clarividencia del autor, se deba a la dinámica cíclica de la historia. El protagonista es Ricardo Zevi, un intelectual brillante que todos vinculan como obvio alter ego de Benesdra. Zevi es alguien que, puesto en una hipotética conversación, no dejaría meter un bocado a Horacio Oliveira o Emilio Renzi. Trabaja como traductor en una editorial de izquierda, Turba, aparente sucedáneo de Página 12, aunque leerla en ese plano tan coyuntural sin dudas deserotiza el efecto de lectura. No sé, yo prefiero que las golondrinas de Plaza de Mayo sean golondrinas. Zevi está obsesionado con Brockner, un pensador de derecha que debe traducir y que refuta cada una de los ideales de su formación ideológica. El feedback deforme entre Zevi y el fucking Bruckner, a quien seguramente le gustaría vivir en nuestra neonazi Mar del Plata, es un poco el que tenemos a veces con figuras con Neustadt o Lanata. Nos confirman que estamos del lado correcto pero si nos pasamos de rosca tal vez terminemos pensando como ellos.

VIII

La novela está situada a principios de los 90 y el ruido de fondo es la caída del Muro de Berlín, el fin de las ideologías y el avance arrasador del neoliberalismo, que comienza a filtrarse en Turba por ciertas situaciones de precarización laboral que después concluyen en un conflicto dramático entre los dueños de la empresa y gran parte de los trabajadores. Al mismo tiempo Zevi, al filo de la locura, conoce a Romina, adventista salteña con la que inicia una relación enfermiza cuyo desarrollo incluye varias escenas que un escritor de la actualidad pensaría varias veces antes de publicar si no quiere aparecer fusilado mediáticamente en Twitter. Las confusiones básicas autor/narrador están a la orden del día. La novela, entonces, alterna la vida pública de Zevi (los conflictos gremiales, el vínculo pendular con sus compañeros de trabajo) con su vida privada (los conflictos sexuales con su pareja, la expansión del germen de la locura). Frente a la intensidad morbosa del binomio Zevi/Romina el detallismo neurótico con que se narran las discusiones gremiales puede parecer un plomo. Sin embargo, ese plomo es el que posibilita que las desventuras de la pareja adquieran mayor efecto. Una canción no puede ser puro estribillo. Eso es un jingle. Otra cosa que me gustó de El Traductor son los diálogos extensos, totalmente anacrónicos y poco pertinentes en el marco de una novela que no sea del siglo XIX. Esto nos dice que un tipo inspirado puede hacer casi cualquier cosa y le sale bien.      

IX


El Traductor no es un libro que tranquilice y a veces es un libro que te expulsa, que preferiríamos no leer. De hecho las personas que conozco y lo leyeron compartieron conmigo cierto sentimiento inquietante que se esparce por estas páginas de mierda, tan actuales. Con algunos libros, incluso muy buenos libros, uno siente que está perdiendo el tiempo, que la experiencia está allá afuera y hay algo del orden de lo inmoral en la idea de evadirse. El Traductor es un libro que provoca el efecto contrario. La “realidad” pierde densidad a medida que la novela cobra vida. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?        

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu viejo la tenia clara Corvino, de quien era quien...
Por lo que describis, creo que no se andaba con "tibiezas" politicas.

made atom dijo...

lo voy a leer.

saludos.

Anónimo dijo...

¿Hay algún PDF para bajar o para leer on line?

Capaz que al fucking Bruckner le gustaría vivir en la neonazi Caracas. (?)

Billy dijo...

creo que uno consume muchas cosas solo con el fin de indignarse, porque eso le produce un goce. ese goce de saber que estás del lado correcto. pensaba que era un signo de época, pero parece que existió siempre. el tema es que profesionales de la indignación como Lanata ya tienen el truco perfeccionado. te indignas si estás de acuerdo, y si no estás de acuerdo también. y ganan ellos, los que venden el pescado.

ana gramo dijo...

hace días que le vengo metiendo a pleno a este blog
ahora benesdra...leí el camino total y medio el traductor, llegue por casas
En ambos me paso lo mismo. A veces uno cuando flasha con algo le sale pensar "me hubiese gustado escribirlo". Acá no, por más que sean geniales, no aguantaría ni un ratito en esa cabeza

Pedro dijo...

El que gana siempre tiene razón, Billy. Al pescado hay que sacarlo del río.

gerardo vazquez dijo...

El gran mérito de El traductor es haber visto por encima
de la coyuntura. Describe en tiempo cual era la dinámica
socioeconómica que se empezaba instalar tras la caída
del muro. Escribir El traductor a principio de los
noventa es más difícil que escribir Los pichiciegos
en el 82. La novela la leí dos veces. La segunda vez
sentí que le sobraban 100 páginas, que llegaba a un
punto en que la trama caía en la misma neurosis que
el protagonista

Con respecto al gordo Lanata hay que reconocerle el
mérito de instalarse como el paladín del periodismo
independiente después de haberse ocupado de reclutar
fiscales para la oposición. No jodamos, merece un
aplauso.

Anónimo dijo...

Ni Lanata ni los correctores de la editorial (supongo que las editoriales mantienen un cuerpo de correctores, a diferencia de los diarios, que los reemplazaron por el corrector de Word) repararon en que el nombre de la calle donde J.L. dice haber vivido en su niñez está mal escrito. Y no es Billighurst, que no sabés cómo se escribe si no viviste ahí.
¿Lo habrá escrito él el libro, o simplemente lo habrá dictado?

Cine Braille dijo...

Benesdra escribió también un rarísimo libro de autoayuda, que a diferencia de toda la autoayuda no invita a evitar el dolor, sino adentrarse en él. "Adquirir la habilidad del faquir", decía. O del que practica jiu jitsu, que es el arte de caer y seguir. "Como el agua, que siempre cede y nunca es vencida".
No sé si deberemos juzgar tales consejos a partir del suicidio de Benesdra. O a lo mejor simplemente lo llevó a su extremo lógico. O tenía un sentido del humor que dejaría estupefacto a Groucho Marx.
Saludos

Pedro dijo...

Suicidarse no tiene nada de malo cheeee

Leandro dijo...

Prince músico para músicos... con 150 millones de discos vendidos.
curioso

Pedro dijo...

Algo sobre Nebbia

José A. García dijo...

Habrá que buscarlo, como para sentirse un poco más afuera del mundo.

Saludos,

J.

Lautaro dijo...

el capítulo 8 de Twin Peaks es una estafa o una burla a los propios seguidores, como diciendo "a ver cuánta verdura se bancan estos giles". una obra maestra sólo en el apartado "burlándose abiertamente del espectador y que sigan pensando que sos un genio"