
La salida del box set del histórico concierto de las Bandas Eternas activó mi fervor spinetteano. Hace 4 días que no dejo de escuchar los 3 cds. El material es extraordinario. Un spinetteano de
El spinetteano es un personaje bastante insufrible, ¿no? En primer término está convencido de que es superior por escuchar a Spinetta. En discusiones musicales se calla y sólo al final, cual jugador de truco que tiene el ancho de espadas, explicita su favoritismo por Spinetta como el non plus ultra del Universo. El spinetteano cree que tiene una sensibilidad superior al resto. El spinetteano cree que las mujeres lo deben amar porque escucha a Spinetta. En todo caso las mujeres deben amar a Spinetta por ser Spinetta, pero ¿por qué un spinetteano cree que va a seducir a alguien porque escucha a Spinetta? El spinetteano nunca pensó que una mujer le iba a decir que no le gusta Spinetta. Un 80 por ciento del vínculo que pretendía establecer se desmantela: "Nosotros y nuestro amor por el Flaco". Desconfía y arremete con frases del tipo "Lo que pasa es que no lo escuchaste bien" (subestimación), "¿Querés que te grabe un compilado?" (colonización cultural masculina), etc. El spinetteano ortodoxo, más o menos literalmente, cree que Spinetta es Dios. El spinetteano que lo llama “Luis Alberto” merece una patada en el culo. El spinetteano sobrevalora la lírica spinetteana que en más de una ocasión no es más que un surrealismo pocket, surrealismo para principiantes de Longseller: "Jugo de lúcuma chorreando en mí/ Patas de mueble de bronce caminan ya". El spinetteano atribuye genialidad a todo lo que haga Spinetta, incluso un 75 por ciento más que el fanático de Charly García o el Indio Solari. El spinetteano jamás reconocerá que Pan o Silver Sorgo lo aburrió o que la voz de Spinetta ya no es la misma que antes y en algunos temas viejos suena mal o que le rompe las bolas la prédica sobre "Conduciendo a conciencia". El dogmatismo del spinetteano, en fin, es peor que el de un estalinista en 1950. Un fan normal se permite criticar a su ídolo porque cree que su devoción le da derecho, el spinetteano sólo critica cuando Spinetta le agarró los dedos con la puerta o le garcó a la mujer o tardó un año en sacar unos dvds y la distribución de los mismos resultó ser un desastre. Un spinetteano siente escalofríos de todo tipo y color cuando lee lo que Gustavo Escanlar (escritor y periodista uruguayo recientemente fallecido que pasado mañana se convierte en el nuevo Bolaño) opinaba: "Suelo ser de los pocos tipos rioplatenses que no están convencidos de que Spinetta es un poeta genial. Es más: me aburre, me duerme, me pone de mal humor, me parece soberbio, pedante, incomprensible, inaguantable. Pero los fanáticos de Spinetta siguen pensando que es un Dios. Y el mismo Spinetta cree ser Dios. Un tipo capaz de usar la palabra "farabute" no debería ser tomado en serio".
Recuerdo cuando sonó el acorde inicial de "Cementerio Club". Ahí sentí que estaba viviendo un momento histórico. Fue como si bajara un ovni de sofisticación musical, como si se instalara entre todos los presentes una mística palpable. No sé por qué me gusta tanto ese tema. Es un blues y a mí ese género ni me va ni me viene, pero "Cementerio Club" tiene una letra sensacional, es como si cada palabra hubiese sido tallada con la habilidad de un orfebre.
"Qué calor hará sin vos en verano".
"Oye dime nena, ¿adónde ves ahora algo en mí que no detestes?".
“Sólo sé que no soy yo a quién duerme”.
En esta versión se equivoca y repite un verso, pero eso le otorga aun más poder al tema. Incluso uno accede al disco en vivo y quiere que haya errores, pifies, desafinaciones. En caso contrario escuchamos las versiones originales. Por eso nunca me gustó Cerati en vivo como solista (no así con Soda o como invitado, donde adquiere cierta necesaria espontaneidad; es como si representarse a sí mismo lo limitara). Es demasiado perfecto. Prácticamente como escucharlo en el living de tu casa, sólo que rodeado de tipos con gel, muy bien perfumados y que saltan (con la precaución de no rozarse entre sí) al grito de "Hey, hey, hey" (ése es el raro fonema que distingue al ceratiano, el llamado que los une y los congrega).
En el caso del recital de las Bandas Eternas uno debe aguzar bastante el oído para darse cuenta que se trata de un Estadio. Es verdad que el público se mantuvo en estremecedor silencio durante buena parte del concierto, pero hubo lapsos de gran estruendo, de cósmicos y masivos orgasmos, que en el audio oficial casi ni se oyen o brillan por su ausencia. Por ejemplo en el primer punteo de "Cementerio Club" y en su riff-estribillo. Cuando luego de la introducción con sintetizadores marca Juan del Barrio empieza "Alma de diamante". Y especialmente cuando Charly García canta su parte en "Rezo por vos". Esto último se gritó como un gol, como un triunfo de la vida sobre la muerte y a más de uno se nos hizo un nudo en la garganta porque siempre es bueno para
Fito Páez debería ser exonerado de todas las críticas que ya conocemos de memoria, ni siquiera por sus grandes discos, sino por haber compuesto un tema tan hermoso como "Las cosas tienen movimiento". Entre tantos puntos altos, la versión de Spinetta de "Filosofía barata y zapatos de goma" no ha sido destacada como se debería. La performance de Juanse (a quien el público reprendió con un hiriente: "Pomelo, Pomelo") en "¿Adónde está la libertad?" es muy buena. Parece a punto de tener un ataque de epilepsia de hard rock. Mi teoría (no muy original ni descabellada) es que Spinetta cuidó y reguló su voz a lo largo del concierto, de otro modo no se puede entender que haya cantado tan bien los tres temas de Almendra, casi al final del show, llegando a resignificar "Muchacha ojos de papel" por la enorme calidad de su interpretación. Algo así como que el Himno o "Imagine" te provoquen un efecto de extrañamiento. De la ansiedad que tenía por ver a las Bandas Eternas tal vez no le presté mucha atención a ciertos medley’s. El que une “Era de uranio”, “Vida siempre” y “Maribel se durmió” es imprescindible para caminar por el mundo. Lo de Invisible, Pescado y Almendra, finalmente, sí, fue tan asombroso como lo notamos aquella noche.
Recuerdo cuando tenía 7 u 8 años y fui al cumpleaños de un compañero de la escuela. Mientras todos estaban viendo una película horrible me metí abajo de la mesa con una nenita que me gustaba. Comimos papas fritas y hablamos cosas de grandes. En ese momento no me di cuenta, claro: era el descubrimiento del mundo femenino. Pero mis viejos se equivocaron de horario y me vinieron a buscar antes de tiempo. El sentimiento de desconsuelo que me invadió cuando los vi fue demoledor. Todavía recuerdo la mirada de mi amada en la oscuridad, debajo de la mesa y con un plato de papas en la mano. No hablo de extrañar a alguien, sino de echar de menos un microcosmos y angustiarse. Esto me volvió a ocurrir muchas veces en la vida. No sólo con personas, sino con libros o películas. Y una de ellas fue cuando se terminó el recital de Spinetta y las Bandas Eternas. Mucha gente se fue antes de tiempo. Yo no, yo quería seguir ahí para siempre, viendo al Flaco Spinetta cantar:
“Sin darme cuenta voy cayendo en cruz hacia el cenit,
el cielo ya no tiene mis pies.
Y la espiral que me habrá de llevar no es mejor
que todas esas vueltas que dí,
buscando un amanecer,
buscando un amanecer,
buscando un amanecer”.