La hora de los magos (Jorge de la Vega)- Viajantes (con Andrés Calamaro, Litto Nebbia, Fito Páez, etc.) Es la hora de los magos,
Cada bruja con su escoba,
PD2: Un resumen arbitrario sobre el año Ilcorvino:
La hora de los magos (Jorge de la Vega)- Viajantes (con Andrés Calamaro, Litto Nebbia, Fito Páez, etc.)
La aparición de equipos manuales de filmación (en cualquiera de sus variantes) produjo, especialmente en la última década, una serie de consecuencias en la producción audiovisual. La mayor de éstas es un gusto del espectador por lo “espontáneo”, aquello que se supone por fuera de los límites de lo premeditado y el profesionalismo. Alimenta el fenómeno la ilusión de que con sólo tener una cámara, cualquiera puede ser director de su propia obra. Así, en la TV, las ficciones clásicas perdieron parte de su espacio a manos de personajes mediáticos que escenifican las mismas tramas de antaño pero en el marco de la “realidad”. Los programas periodísticos pasaron a reflejar, sin filtro alguno, el submundo a explorar, promoviendo al investigado como protagonista y potencial héroe. La noticia diaria, por otra parte, se vio invadida por “gente común”. Un espacio en el que se puede apreciar la dinámica (claramente morbosa) de esta vuelta de tuerca es en la pornografía. Hoy los grandes directores del género no son aquellos que poseen en sus filas a las grandes estrellas de la industria, sino los novios anónimos (y cornudos) que deciden vengarse exponiendo al onanista cibernético las imágenes (fotografiadas o filmadas) de sus ex. El receptor declara perimido el modo de construcción del Relato y reclama (inmerso en una era en que todo parece ir demasiado rápido), más que una buena historia, identificación instantánea con lo que está viendo. Podríamos afirmar que de esta forma se “desdibujan los límites entre lo público y lo privado” pero no lo vamos a decir porque se especula que esta frase es dicha 70.258 veces por minuto y por hoy se acabó su stock. Ahora bien, los amantes del terror están en problemas: los fantasmas no suelen ser tan poco cautelosos como las ex novias y, en caso de existir, todavía no hay pruebas fehacientes de que hayan sido tan estúpidos como para dejarse ver tras una cámara. Sin embargo, el truco del “documental falso con horror fuera de foco” lo está haciendo de nuevo. Que quede claro que no estamos hablando de los programas de Facundo Pastor. Primero fue hace 10 años (el tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos) con el hoy insufrible The Blair With Project, que mostraba las andanzas de un grupo de pelmazos en busca de una bruja. Hoy es más difícil de rever que una carrera de Turismo Carretera (repetida) o la jura de los diputados a cargo de Pinky. Ahora es el turno de Actividad Paranormal, elocuente desde su título. La idea de una entidad indiscernible inmiscuyéndose en la vida de una pareja puede rastrearse en “Casa Tomada”, el emblemático cuento que dio fama a Cortázar. La diferencia con el superclásico de la literatura argentina es que esta vez no se trata del peronismo (aunque habría que releer la reseña de Clarín Espectáculos), sino de un demonio hecho y derecho (¿el kirchnerismo?) que asedia la tranquilidad de unos novios recién juntados (el idiota Micah y la apetecible Katie). Para profundizar la “sensación de inseguridad” los personajes llevan los nombres de los actores. El muchacho decide filmar el dormitorio de noche para ver si el ente hace su show. Y eso mismo ocurre. Se puede decir, con excesiva tolerancia, que Actividad Paranormal “funciona” mientras se limita a reproducir el viejo gag de Edgar Allan Poe: oír golpes, cortes y quebradas de dudosa procedencia. Pero cuando de la sugerencia ominosa se pasa a la explicitación imperdonable de un espíritu invisible pisando talco, una tabla ouija auto-incendiándose, una sonámbula pechugona que da vueltitas alrededor de la cama y, especialmente, ¡un nabo en calzones preguntándole al fucking demonio que salga si es tan guapo!, caemos en una Scary Movie bastarda. La película se hizo con once mil dólares y ya recaudó 66 millones. Me pregunto en qué se habrán gastado esos once mil. Corolario: si usted necesita algo más que su vida para asustarse, diríjase a la ruta por donde pasa la vieja en bicicleta de En la boca del miedo. No lo defraudará. Sayonara.
No sólo tras un amor, una muchacha, un trabajo, una carrera, una casa con diez pinos que todavía no existen, sino también tras una campera. Como no sabrán los que no me conocen, yo soy un gran amante de las camisas Ombú. Tanto es así que durante la dictadura secundaria en la Media 2 (el colegio del flamante concejal Fernando Arroyo) lo único que me gustaba era que el uniforme exigía una camisa cualquiera y por consecuencia podía usar camisas Ombú. La primera que tuve pertenecía a mi padre y la segunda me la compré, creo en segundo o tercer año. Fue en un local denominado Inducai siempre repleto de viejos que compran pijamas. Está en Luro entre España y 20 de Septiembre y los viejos todavía siguen, pero no así las camisas Ombú. Aquella vez vislumbré el éxtasis (todo el mundo quiere éxtasis) ya que en uno de los percheros había una campera Ombú café con leche, un ejemplar parecido al de las camisas (el mismo tamaño, ni inflada ni larga) pero un poco más grueso y con cierre. Juré comprarla más adelante porque en ese momento era más pobre que una rata. La década de los ceros fue avanzando, se lanzaron al estrellato figuras destacadas como Miranda, Mike Amigorena y Narda Lepes, se pusieron de moda las babuchas y las flores en la cabeza, se podría decir que el mundo en su totalidad y muchas cosas en mi vida cambiaron (movimiento, las cosas tienen movimiento), pero mi amor por las camisas Ombú se mantuvo intacto (tan intacto como ayer). Cuando uno se calza una Ombú no puede dejar de pensar en el Señor Juan Carlos Ombú que las ideó, en ese fucking genio secreto del diseño que halló la síntesis perfecta entre la sobriedad y la absoluta nada. Oh, campera Ombú de junco y capulí, siento un deja vú y me pregunto dónde estarás, en qué aciago local del Planeta te venderán que ya no te encuentro en la Happy City. Ombú, la marca que usan los trabajadores, los que quieren hacer la revolución, los que portan barba. Te busco con la obstinación de Ahab, el trastornado que persiguió a Moby Dick por los mares del mundo. Mi fijación es tan profunda que ni siquiera necesito un intérprete para preguntar por ella. Es que yo evito comunicarme con los vendedores, cuando voy a comprar ropa necesito a alguien que hable por mí e informe cuáles son mis intenciones. Entro y me mando en improductivos diálogos con empleados que en algunos casos, oh pecado de los pecados, ni siquiera saben de una marca con ese nombre y me ofrecen camisuchas caras para niños de clase media alta esnobs que se hacen los labradores y en su vida martillaron un clavo o, como diría Padre: “agarraron una pala”. Cada tanto, una anciana con características físicas similares a las de Doña Tremebunda, la suegra de Condorito, aparece desde el fondo del local y dice oteando el horizonte:
No entiendo nada de twitter. Cuando veo el twitter de una persona (no sé si se dice así: “el twitter de una persona”, no sé si los que tienen twitter querrán ser llamados personas) no entiendo qué escribió el dueño del twitter, qué escribieron los que lo leen, quiénes lo pueden leer, si están respondiendo a alguien, si el mecanismo está más cercano al blog o al facebook, si me servirá de algo saber si el mecanismo está más cercano al blog o al facebook, si el twitter es un mecanismo, etc. No entiendo nada, en fin.
Con algunos días de retraso, leo la encuesta sobre literatura argentina de la última década de la revista Ñ. En cinco preguntas, los autores se esfuerzan en que no se note que quieren demostrar quiénes son. Lo más probable es que sean sinceros, pero impresas en el papel y en su contexto, cada palabra parece formar parte de una gran pose de superación e indiferencia. Lo mismo les debe suceder a ellos cuando se leen, imagino. Me pasa a mí cuando releo algún post de este puto blog (“Esto no lo escribo yo, esto lo escribe quien mi mente piensa que soy”), así que… Pablo Ramos siempre está enojado. Dice: “En esta década no hubo ni un solo libro significativo para mí”. Y cuando lo interrogan sobre la literatura y el mercado, grita: “No me detuve a pensar en esto ni una sola vez en mi vida. Tampoco lo voy a hacer ahora”. Me cae bien Ramos, intuyo que sus libros me harán muy buena compañía. Santiago Llach destila su prosa extraña, llena de guiños intraducibles y referencias disparatadas. Sobre los libros de la década, contesta: “Lost; filleputain.blogspot.com (ya no está colgado en Internet); Calle 13; Mucha poesía 1999-2009, Washington Cucurto”. ¿Un blog que ya no existe? ¿Calle 13? ¿Rock, sala de ensayo, situación de estupefacientes? También hay tiempo para el parricidio: “Lo caduco es César Aira. El viejo niño travieso encabeza la defensa de la seriedad literaria”. ¿Gonzalo Garcés ya no está solo en su carrera contra el autor de Cómo me hice monja? ¿Cómo podría saberlo? Es imposible saber si Llach habla en serio o en broma. Alberto Laiseca dice que es el Conde Drácula. Cucurto explica que “la literatura argentina al igual que el fútbol argentino, está atravesando una importante crisis de identidad. En pocas palabras, va rumbo a la decadencia total”. Luis Chitarroni encadena una serie de reflexiones tan enigmáticas como su literatura: “Para mí hay libros que (…) nos habitúan a pensar que un escritor argentino es mejor que un escritor a secas, internacional, porque no ahuyenta de la lengua esos sabores verdaderos que la habitan, algo distinto que ese deseo un poco desbocado que nos impuso da capo, menos provisorio y anhelante”. El mismo carril de complejidad semántica transita María Moreno: “Caduco es un adjetivo que suele endilgarse a los histórico que, lejos de caducar, se especializa en el trastorno de lo reprimido, travestismo de tragedia en sátira”. Están los que optan por el desprecio al blog como declaración de principios más o menos corrosiva: “no entro a blogs porque cuando entro se me rompe la computadora”, dice Hebe Uhart; “No sé qué es un blog y no por eso deja de existir u otorgar sus favores a vaya saber quién”, dice María Martoccia. Me causa gracia la incomodidad de los escritores frente a los blogs. Esto le sucede a las generaciones que nacieron, por lo menos, antes de 1970. Para alguien sub-35 ponerse a discutir sobre qué son los blogs es totalmente forzado. José Pablo Feinmann, en su conocido monólogo lleno de ruido y de furia, sintetizó bastante esa desconfianza ante lo desconocido, comparable al del provinciano que viaja a Capital y cree que lo van a estafar en cada cuadra. ¿Qué tal si entendemos que los blogs son un soporte de escritura y que allí se escriben cosas tan malas y buenas como en cualquier otro lugar? Fabián Casas coloca en el papel protagónico de la década de los ceros a un autor prácticamente desconocido (e incluso lo “acusa” de haber construido una “obra maestra”): Gustavo Ferreyra. Habrá que prestar atención, Casas tiene un sentido extra para descubrir autores. El gran elegido es César Aira (12 votos), autor del que algún día deberé tomar un curso intensivo para no quedar en off-side cada vez que se lo nombra. Su amigo, el poeta Arturo Carrera, también se cuenta en el top five (la idea de ranking en la literatura para ser tan absurda como inevitable para los suplementos culturales). Debe ser una de las lecturas que más padecí. Recuerdo versos como “se ha ahumado tu cabeza. sahumador tu cráneo” y siento un escalofrío. Ése es el problema y el prodigio de la poesía, ¿no es cierto?, lo que a mí me parece atroz, ahora mismo a otros les sugiere un gran placer y van directamente a hacerse con una edición de Potlatch. En general, de los seleccionados, leí el 0,8 por ciento: Los lemmings, de Casas, El Pasado, de Alan Pauls, El último lector, de Piglia. ¿Quién tiene tanto tiempo para/ tantas ganas de leer literatura actual? Me sorprende que nadie mencione (creo, tampoco le hice una autopsia efusiva a todo el cuerpo de la nota) a Samanta Schweblin. Después está lo típico: los autores amigos nombrándose entre sí, haciendo camarilla cual “halcones y palomas” boquenses, las respuestas ingeniosas. Me quedo con dos: Elvio Gandolfo afirmando que “lo actual es algo nuevo; lo caduco, algo viejo” y Angelica Gorodischer sobre la literatura y el mercado: “No las percibo ni de lejos. Y me importan un corno a la vela”. ¿Un corno a la vela? Nunca había escuchado esa expresión y si lo escuché, fue muchos años atrás en boca de alguna abuela. Funciona a muchos niveles. Me gusta cuando los escritores responden simplemente lo que les preguntan, descubriendo el sucio secreto de esta trama macabra: que conversar sobre literatura no tiene mucho sentido y lo único importante es leer y (si se tiene el tupé) escribir. La frase pertenece a uno de los capítulos más emblemáticos de Seinfeld. Por una serie de malentendidos, una periodista interpreta que Jerry y George son pareja. A partir de allí los dos intentan advertir que no lo son (luego George lo utiliza para deshacerse de una mujer), pero de forma tal que no se entienda que están en contra de la homosexualidad. De allí la muletilla que repiten todos los personajes luego de que se habla del tema: “¡Aunque no es nada malo!”. Una forma de decir: “Pero no soy un homofóbico”. Lo que el episodio refleja es la serie de cuestiones contextuales que uno debe tener en cuenta a la hora de referirse a las llamadas “minorías” en un entorno políticamente correcto. Cualquier reflexión sin justificativos puede significar tu crucifixión. La serie de Larry David, Curb your enthusiasm, explota más radicalmente este tema y lo extiende tanto hacia los negros como a los enfermos de cáncer. En una escena subversiva de la última temporada, Larry está en la antesala de un consultorio médico y sin querer rompe los anteojos de un conocido. Éste lo obliga a pagárselos. Como Larry se niega, el otro le responde si no sabe que tiene cáncer. Y se los termina garpando por eso. ¡Es genial! A no ser que sean amigos de Bergoglio, fíjense qué ocurre en la vida cotidiana si uno afirma que los desfiles del orgullo gay son una payasada. Instantáneamente se infiere que queremos “matar a los putos” y no que nos parece una idiotez alejada de cualquier tipo de reivindicación mostrar el culo por la calle en caravana, así uno sea de la condición sexual que fuere. Ahora bien:
“Yo estoy a favor del matrimonio gay”
“Sí al matrimonio gay (libertad e igualdad)”
De pronto, todos se convirtieron en apóstoles del… ¿matrimonio?, es decir, un acuerdo jurídico que institucionaliza lo que debería ser un vínculo sin ningún tipo de ataduras, que frecuentemente hace que una de las partes dependa económicamente de la otra. ¿Qué fucking cosa está pasando por sus mentes? ¿Qué es lo próximo? ¿Estar a favor de la burocracia, de los contratos? Por ejemplo ¿usted formaría parte de un grupo de facebook llamado “Sí al matrimonio”? Lo más probable, maldito bienpensante (esto dicho con cariño, por supuesto, Ilcorvino los ama), es que no, sería casi como formar parte de uno llamado: “Sí al sistema/a la iglesia/al status quo/a la esclavitud”. “No, pero es distinto”. ¿Qué es distinto? Claro, como son homosexuales es distinto, es decir, usted se cree muy progre por apoyar el matrimonio entre personas del mismo sexo pero en realidad discrimina a los homosexuales porque los advierte “distintos”. “Pero tienen que tener el mismo derecho de todos incluso a ser infelices”. Es un argumento bastante idiota, pero suena convincente. Ok, estoy de acuerdo con el matrimonio gay, pero de ahí a tener que reconocerlo públicamente para exculpar prejuicios ajenos a mi pensamiento, para diferenciarme del "vigilante medio argentino", hay un largo y sinuoso camino. La pregunta es: ¿acaso cualquier institución o medida o concepto evidentemente reaccionario se vuelve progresista cuando se le adhiere el término “gay”? No quiero imaginar si el día de mañana los gays piden la pena de muerte:
-Bueno, no estoy de acuerdo, me parece fascista, inmoral, salvaje, pero… “es diferente”, “no se les puede negar el derecho”, que se maten.
Sayonara.
Cinco de la tarde. Día caluroso de diciembre, comienza refrescar. Adelante mío caminan lento una chica de unos quince años y una señora, presumiblemente su abuela. No puedo pasarlas. En un momento de desesperación intento inmiscuirme por el medio, pero justo se mueven y me tapan. Hay personas que no tienen la más mínima idea sobre la correcta disposición de sus organismos en las veredas. Cierran el paso, se abren más de lo correspondiente, frenan de golpe. Si cuando me topo con alguno de estos especimenes tuviese un hacha, les corto la cabeza y sigo caminando como si nada. Lo calificaría como un acto de justicia. No me quedó otra que hacer el trayecto detrás de ellas. Falta sólo media cuadra para mi casa. De frente avanzan otras dos chicas de la misma edad que la que camina junto a su abuela. Son muy hermosas, están tostadas y tiene puestos uno de esos conjuntos que ahora usan las mujeres, que no sabría cómo denominarlos, pero se componen de un short abombado por arriba de la rodilla y una especie de musculosa sin breteles (strapless; grandes enseñanzas de mis ex novias) también abombada. Este tipo de vestimenta resalta la longitud de las piernas, el escote y la delgadez de las niñas. Imagino que debe ser muy incómodo caminar con eso pero les queda bien (a pesar de que en el universo de las vestimentas femeninas las ubico mentalmente dentro del grupo de ropas maléficas, como las babuchas o las poleras con cuellos caídos). Una vez pasadas las dos teen angels, la chica (“excedida de peso”, de aspecto tímido, poco llamativa) que camina con su abuela dice, indignada:
Requisitos mínimos para apreciar este post: tener más de 8 años.
Un día antes de asumir como Ministro de Educación de la ciudad de Buenos Aires y con un sentido de la circunstancia un tanto dudoso, el “escritor” Abel Posse publicó un artículo denominado “Criminalidad y cobardía”. Este tipo de texto es recurrente desde la irrupción de la aciaga dictadura montonera (2003) y lo podríamos encuadrar dentro de un corpus denominado “Autoayuda Republicana”. Suele estar firmado por hombres fatalmente íntegros, tanto que cuando tienen la oportunidad de estar delante de una cámara fruncen el ceño y miran seriamente demostrando sentimientos cercanos a la preocupación institucional, el compromiso civil y el temor, sí, el inédito temor ante los tiempos que se viven. Lo que los mueve en su carrera llena de obstáculos (víctimas de la censura, ¡a duras penas pueden expresarse y ser oídos!) es un irrefrenable amor por la libertad y envueltos en las garras de un Estado corrupto y autoritario, a pesar del peligro insondable, no les queda otra salida que luchar férreamente contra el Poder escribiendo duras replicas en matutinos de reconocida ejemplaridad humanitaria como… La Nación. Echemos un manto de piedad. Abel Posse forma parte de este selecto grupo de intelectualoides perturbados. Hasta hace poco su nombre podía ser intercambiable con el de Santiago Kovadloff o Marcos Aguinis (incluso el título de uno de sus últimos libros, La santa locura de los argentinos, recuerda el del best seller de quien se autodenominó el "intelectual más conspicuo de (su) ciudad" (!): El atroz encanto de ser argentino), pero su flamante cargo lo elevó al Olimpo anti-kirchnerista. En el artículo mencionado Posse hace referencia a:
El título indicado para una reseña de esta comedia podría ser “You can't always get what you want” (No siempre se consigue lo que se quiere), como el tema que cierra Let it bleed, el mejor disco de los Rolling Stone. O The pains of being pure at Herat (El dolor de ser puro de corazón), el nombre de la nueva banda alterno-depresiva de NYC que ya mismo deberías empezar a escuchar. O incluso “Yo no quiero media novia”, aquel hit pasatista de Palito Ortega. Es que 500 días con ella está tan abarrotada de referencias pop que, de buenas a primeras, prestando atención a sus primeros 10 o 15 minutos, hasta podría darse el lujo de competir con Alta Fidelidad y Vanilla Sky. Veamos:
PD: La de la foto es la verdadera banda eterna. De paso aprovecho para felicitar a Daniel Alberto Frassarella, nuevo Pete. de River. Cómo estaremos que el mejor candidato (por lejos al lado de cosas raras como D'Onofrio o Caselli, que como todos sabemos tiene de Borges a Macri, quien a su vez tiene de Borges a Berlusconi, que a su vez tiene de Borges a Mussolini) fue un enorme jugador de fútbol pero queeeeee: no quería homosexuales en sus equipos, tuvo problemas con un yate, no tuvo problemas con Mascardi, fue amigo de Menem, levantó copas al lado de Videla (nobleza obliga: al igual que la mayoría de los argentinos, inlcuidos jugadores de fútbol, panaderos, periodistas y carpinteros), estaba en contra del pelo largo (?), no lo puso a Gallardo de titular en el Mundial 98', ganó por 6 votos, le dicen "Kaiser", tiene como máxima propuesta "sudamericanizar las inferiores y europeizar la administración" que suena muy lindo pero nadie sabe qué carajo quiere decir (si es que quiere decir algo).
Para Marilina y Matías
Invisible. Mi banda preferida de toda la historia. Increíblemente (o no) no tengo mucho que decir, sólo que lo disfruté como pude. Fue una muestra soberbia de sofisticación musical, de camaradería entre los músicos, de inteligencia, de buen gusto, de atemporalidad y refinamiento. Ese jazz rock que por momentos se vuelve heavy no se parece a nada. Sonó como en los discos y como los dioses. Por si fuera poco, se escuchó más alto y la bendita pantalla dejó de moverse. Arrancaron con “Durazno sangrando”. Después vino “Jugo de lúcuma” y se me puso la piel de gallina: ¿cuántas veces en la adolescencia lo escuché con los auriculares y tirado en mi cama? Creo que cientos. “Niño condenado” podría formar parte de Ok Computer (1997), un tema con distintas melodías que suena tan actual como la buena nueva del NME. Pomo es probablemente el mejor baterista de la historia del rock y Machi (además de su ductilidad reconocida con el bajo) sorprendió con una calidad vocal inmejorable. También hubo tiempo para el rugido casi punkie de “Lo que nos ocupa es esa abuela (la conciencia que regula el mundo)” y una versión de “Amor de primavera”, de Tanguito (similar a la del disco Exactas, 1990). Duró poco, pero fue más intenso que el 95 por ciento de las experiencias artísticas de mi vida (y de las suyas también). Estaba convencido que iba a escuchar “Elementales leches”, pero ya lo dijo Jagger: You Can´t Always Get What You Want.
La vida es una serie continua de incertidumbres, pero hay algo seguro: el mundo está repleto de fans de Charly García, de Soda Stereo, de Los Redondos, mas no de Luis Alberto Spinetta. Me refiero, con el término “fan”, a aquel sujeto que sabe que Artaud está firmado como Pescado Rabioso por un problema contractual. Que sabe que “Pobre amor, llámenlo” está dedicada a Charly García. Que nunca se confundiría el orden de las bandas eternas (Almendra-Pescado Rabioso-Invisible) y si así lo hiciere que dios y la Patria se lo demanden. Que escuchó detenidamente Kamikaze, Pelusón of milk y Pan pero también A 18’ del sol, Fuego Gris, Camalotus y hasta el disco en inglés con “textos” de Vilas. Que jamás se atiborra del universo spinetteano y en sus ratos libres bucea en Color Humano y Aquelarre. Que se trenzó en discusiones de vida o muerte sobre el significado real de frases del tipo: “Ya te has ido de mí sicocisne/ amarrado a no sé qué caniche/ y un instante tendrás/ lo lejos que quedaba leve como un/ lugar de Australia”. Que nunca reconocerá en público que más de una vez ha bostezado en sus conciertos. Que en caso de tener menos de 30 años siente que nació en el tiempo equivocado sólo por no haber visto a Invisible. Que sabe de qué noticiero es cortina “Digital Ayatollah”. Que enterado del milagro del 4 de diciembre murmuró “Ahora puedo morir tranquilo” o sucedáneos. Que ante las adversidades de la vida afirma que “mañana es mejor” y que “un guerrero no detiene jamás su marcha”. Que en el hipotético compilado de canciones para alguna amada (nunca tanto como la música de Spinetta, claro) antes que nada incluye un tema de, valga la redundancia, Spinetta. Que cuando conoce a otro fan se siente hermanado y casi listo para iniciar una gran amistad o un romance. Porque, “con todo respeto”, no es lo mismo cantar “Devolvé la bolsa” que “Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca”. Porque en una era en la que todo tiene que estar a un link de distancia e inducir al baile, no es para nada desdeñable resistir escuchando a Spinetta y tener confianza en que su música sublime nos protegerá “cuando el arte ataque”.
Tenemo’ a Borges/ La Graciela y el Jorge/ Que es de novela/ Si te pones a leer- "Me fascina la parrilla", Virus