Sin ánimo de sonar apocalíptico tan cerca del temido 2012, hay muchas costumbres que el avance de la tecnología, si no borró del todo, amenaza con dejar atrás definitivamente. La idea de estar en un lugar público sin el sonido permanente de ringtones. La comunicación diaria por fuera del messenger o el chat de facebook. Alquilar una película o ir al cine. Por suerte los libros siguen infranqueables al paso del tiempo. ¡Los apólogos de los e-books no se la creen ni ellos mismos! Sonríen para la foto con Rojo y Negro digitalizado y cuando se apaga el flash van a buscarlo a la biblioteca. Tal vez los blogs eran los encargados de acabar con el monopolio de las hojas impresas. Pero ser blogger, en un hipotético escalafón literario, es menos prestigioso que escribir libros de autoayuda o ganar el Premio Clarín de Novela. Lo bueno es que nadie te puede acusar de serlo. Te registrás y en cinco minutos los sos. Es blogger quien tiene una plantilla y publicó al menos un post. En cambio, si uno es poeta, no faltará el malpensado que advierta que por Siglo se recuerdan, a lo sumo, 10 de ellos y que no puede ser, estadísticamente, que en cada ciudad del mundo haya más de 200. Qué sé yo. En fin.
La experiencia perdida que nos convoca es otra: escuchar un disco entero. Ir a un local. Elegir el artista determinado. Pagar. Llegar a casa. Desenvolver el celofán y escuchar la nueva adquisición mientras leemos las letras con el librito interno como guía parece remitir a una actividad propia de cazadores y recolectores. El cartel de download no sólo acabó con una Industria sino con una cultura y una forma de concebir la música. Mientras tanto, las discográficas asumen el papel de víctimas y se esfuerzan tanto que a veces en vez de un disco, ¡parece que salió un packaging!
Quienes somos oyentes nos encontramos entonces ante una encrucijada: por un lado, agradecemos la bondad del dios Internet por permitirnos llenar nuestro disco C de miles de archivos de los que probablemente sólo escuchemos el 5 por ciento. Por otro, evocamos con nostalgia aquellas épocas en las que conseguir un disco era una aventura, tal vez no digna de Indiana Jones, pero emocionante para el carácter rutinario de nuestras vidas: ahorrar el dinero, fatigar disquerías, llegar a la casa de un amigo con una sorpresa. Ahora casi ya no existe la idea de desilusionarse con un álbum nuevo: siempre hay otro listo para escuchar. De allí la certeza de que no escuchamos un disco, ni un artista, sino varios a la vez. Los Campos Magnéticos remiten a esa impresión. Una banda argentina, conformada por tres cantautores que tienen sus propios proyectos paralelos y hacen versiones en castellano de Magnetic Fields, un grupo estadounidense de culto de la ciudad de Nueva York. Ya la presentación incurre en esa sobre-información tan propia de esta era Wikipedia. Alvy, Nacho y Rubin son los culpables de este delito posmoderno. Y les sale tan bien que así da gusto ser asesinado. El primero es el líder de Alvy Singer Band. El segundo toca en Onda Vaga y Los Caracoles. Rubin usualmente es acompañado por los Subtitulados.
Retomando una tradición no muy usual en el rock argentino, la de las asociaciones (PorSuiGieco, FlopaManzaMinimal y poco más), ya editaron dos discos de este arriesgado plan de adaptación que podría picar en punta en una hipotética competencia de traductología: Volumen 1 (2010) y Volumen 2 (2011). Las canciones de Stephin Merritt (compositor de Magnetic Fields) son reconocidas por tratar sobre cuestiones amorosas desde una estética ingeniosa: bordea la cursilería pero no escatima ironía ni cinismo. Los Campos Magnéticos seleccionan las canciones de su agrado y mantienen esa instrumentación original que añade al rock una vertiente poco frecuente (banjo, cello, ukelele). El resultado es un pop melódico que hace mucho no se escuchaba por acá. Piglia dijo que el mejor escritor argentino del Siglo XX era un polaco, Witold Gombrowicz. Y en la misma sintonía chicanera, tienta decir que el mejor pop argentino actual es el de una banda que hace covers de otra banda extranjera. Pero tampoco somos tan cancheros. Si alguno duda del fervor de este servidor, transcribo sólo una parte de la letra de “No me quiero olvidar de vos” (I Don’t Want Get Over You) para confirmar que la cosa es en serio:
“No quiero olvidar el amor/ Podría escuchar a mi psiquiatra y ver/ que no vas a volver/ y no soñar con tenerte otra vez/ Hacerle caso a mis amigos y/ tratar de ser feliz sin mirar hacia atrás/ O hacer de la tristeza una virtud/ Vestir de negro y escuchar The Cure/ Volver al vicio y tomarme un vermouth/ Eso sería genial pero en realidad/ No me quiero olvidar de vos”.
Apuesto a que Los Campos Magnéticos formarán parte de los Documentos Recientes de sus computadoras hasta que se encariñen con otro disco. Perdón, con otro archivo.
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