martes 30 de agosto de 2011

El pop del download



Sin ánimo de sonar apocalíptico tan cerca del temido 2012, hay muchas costumbres que el avance de la tecnología, si no borró del todo, amenaza con dejar atrás definitivamente. La idea de estar en un lugar público sin el sonido permanente de ringtones. La comunicación diaria por fuera del messenger o el chat de facebook. Alquilar una película o ir al cine. Por suerte los libros siguen infranqueables al paso del tiempo. ¡Los apólogos de los e-books no se la creen ni ellos mismos! Sonríen para la foto con Rojo y Negro digitalizado y cuando se apaga el flash van a buscarlo a la biblioteca. Tal vez los blogs eran los encargados de acabar con el monopolio de las hojas impresas. Pero ser blogger, en un hipotético escalafón literario, es menos prestigioso que escribir libros de autoayuda o ganar el Premio Clarín de Novela. Lo bueno es que nadie te puede acusar de serlo. Te registrás y en cinco minutos los sos. Es blogger quien tiene una plantilla y publicó al menos un post. En cambio, si uno es poeta, no faltará el malpensado que advierta que por Siglo se recuerdan, a lo sumo, 10 de ellos y que no puede ser, estadísticamente, que en cada ciudad del mundo haya más de 200. Qué sé yo. En fin.


La experiencia perdida que nos convoca es otra: escuchar un disco entero. Ir a un local. Elegir el artista determinado. Pagar. Llegar a casa. Desenvolver el celofán y escuchar la nueva adquisición mientras leemos las letras con el librito interno como guía parece remitir a una actividad propia de cazadores y recolectores. El cartel de download no sólo acabó con una Industria sino con una cultura y una forma de concebir la música. Mientras tanto, las discográficas asumen el papel de víctimas y se esfuerzan tanto que a veces en vez de un disco, ¡parece que salió un packaging!


Quienes somos oyentes nos encontramos entonces ante una encrucijada: por un lado, agradecemos la bondad del dios Internet por permitirnos llenar nuestro disco C de miles de archivos de los que probablemente sólo escuchemos el 5 por ciento. Por otro, evocamos con nostalgia aquellas épocas en las que conseguir un disco era una aventura, tal vez no digna de Indiana Jones, pero emocionante para el carácter rutinario de nuestras vidas: ahorrar el dinero, fatigar disquerías, llegar a la casa de un amigo con una sorpresa. Ahora casi ya no existe la idea de desilusionarse con un álbum nuevo: siempre hay otro listo para escuchar. De allí la certeza de que no escuchamos un disco, ni un artista, sino varios a la vez. Los Campos Magnéticos remiten a esa impresión. Una banda argentina, conformada por tres cantautores que tienen sus propios proyectos paralelos y hacen versiones en castellano de Magnetic Fields, un grupo estadounidense de culto de la ciudad de Nueva York. Ya la presentación incurre en esa sobre-información tan propia de esta era Wikipedia. Alvy, Nacho y Rubin son los culpables de este delito posmoderno. Y les sale tan bien que así da gusto ser asesinado. El primero es el líder de Alvy Singer Band. El segundo toca en Onda Vaga y Los Caracoles. Rubin usualmente es acompañado por los Subtitulados.


Retomando una tradición no muy usual en el rock argentino, la de las asociaciones (PorSuiGieco, FlopaManzaMinimal y poco más), ya editaron dos discos de este arriesgado plan de adaptación que podría picar en punta en una hipotética competencia de traductología: Volumen 1 (2010) y Volumen 2 (2011). Las canciones de Stephin Merritt (compositor de Magnetic Fields) son reconocidas por tratar sobre cuestiones amorosas desde una estética ingeniosa: bordea la cursilería pero no escatima ironía ni cinismo. Los Campos Magnéticos seleccionan las canciones de su agrado y mantienen esa instrumentación original que añade al rock una vertiente poco frecuente (banjo, cello, ukelele). El resultado es un pop melódico que hace mucho no se escuchaba por acá. Piglia dijo que el mejor escritor argentino del Siglo XX era un polaco, Witold Gombrowicz. Y en la misma sintonía chicanera, tienta decir que el mejor pop argentino actual es el de una banda que hace covers de otra banda extranjera. Pero tampoco somos tan cancheros. Si alguno duda del fervor de este servidor, transcribo sólo una parte de la letra de “No me quiero olvidar de vos” (I Don’t Want Get Over You) para confirmar que la cosa es en serio:


“No quiero olvidar el amor/ Podría escuchar a mi psiquiatra y ver/ que no vas a volver/ y no soñar con tenerte otra vez/ Hacerle caso a mis amigos y/ tratar de ser feliz sin mirar hacia atrás/ O hacer de la tristeza una virtud/ Vestir de negro y escuchar The Cure/ Volver al vicio y tomarme un vermouth/ Eso sería genial pero en realidad/ No me quiero olvidar de vos”.


Apuesto a que Los Campos Magnéticos formarán parte de los Documentos Recientes de sus computadoras hasta que se encariñen con otro disco. Perdón, con otro archivo.


(Publicado en la Revista Power Music Agosto/Septiembre 2011)


jueves 25 de agosto de 2011

“Cambalache de lo viejo y lo nuevo”



Hace un par de semanas fui a GAP a ver a Babasónicos. Inconscientemente iba en busca de mi adolescencia. Pero me encontré con la adolescencia de los demás. La banda de Dárgelos se dedicó a tocar los hits de sus últimos discos. Bien por ellos. Ya no me preocupa que una banda, aparentemente, apele a una fórmula. La edad del pavo del rock sucede cuando le pedimos a un artista que haga lo que nosotros no nos animamos a hacer en nuestras vidas cotidianas: cambiar. ¿Por qué pedirle a una banda que cambie de sintonía si yo no puedo dejar de ser un idiota? ¿Por qué somos lapidarios con directores de cine, actores, futbolistas, guitarristas, técnicos, políticos, bloggers, mozos y cerrajeros y no nos preguntamos nunca cómo andamos por casa? ¿Por qué, por qué, por qué? Eso es lo que más quieren saber los nenes de 5 años: ¿Por qué? Nadie les responde y con el paso de los años se convierten en nosotros. En fin. Según me contaron, el núcleo del pogo estaba conformado por minitas muy perfumadas, con un promedio de 16 años y vestidas como para ir a un casamiento. Días atrás había ido a ver al Teatro Auditorium otro recital. Moris y Antonio Birabent presentando Familia Canción. El público estaba conformado, en su mayoría, por viejitos. Mi hermana reconoció a la tía abuela de no sé quién. Cuando salimos del Teatro vimos como unos micros escolares se los llevaban hacia destinos insondables. El concierto formó parte de una serie de shows organizados por la Provincia y sospechamos que habían regalado entradas a la tercera edad. Lo curioso es que me gustaron bastante las 10 canciones nuevas. Así que por lo pronto tenemos un epigrama interesante: canciones que resisten el contexto crepuscular de una noche de domingo marplatense. De invierno. De ésas en las que podés escribir La Náusea de atrás para delante, con los ojos cerrados y siendo analfabeto.


No sé qué buscarán ustedes de un disco. Durante muchos años creí que un buen disco me podía salvar la vida. O ayudarme a conseguir alguna minita. O convertirme en un genio. Ahora lo único que espero es que haya buenas canciones. Soy un adicto a las buenas canciones. No importa quién las haga. Ni de dónde vengan. Ni para quiénes son (allí me ven en un recital de Babasónicos, más desubicado que Luis Ventura hablando de Derechos Humanos). Y en Familia Canción las hay. Es un disco para escuchar mientras tomamos mate a la mañana. Con canciones para viajar por el extrarradio bonaerense. ¡Si fuera Andrés Calamaro, Familia Canción sería mi disco favorito! Démosle la bienvenida a la crítica contrafáctica, basada en supuestos potenciales e hipótesis trasnochadas. ¡Ah no, boludo, claro, eso ya es la crítica!


Ja, Ja, Ja. Jo, Jo, Jo. Ju, Ju, Ju.


Hay un punto en el que los extremos se chocan (1). Algo así sucede con el rock y el tango en Familia Canción. La aguja de los Birabent marca ese límite difuso en el que la lírica suburbana del rock se fusiona con el arrabal y ya no sabemos qué es lo que estamos escuchando. Y qué bueno, en la dictadura de las etiquetas, no saber distinguir qué carajo estamos escuchando. De esa forma, imbéciles como un servidor, que necesitan que la realidad venga en tuppers para sentirse tranquilos, se confunden. Es música. Los temas de Familia Canción hablan de barrios pobres, de calles, de ciudades, de lluvia, de linyeras, de fábricas al costado de la ruta. Y lo que en otro autor sería redundante y monótono, en Moris se resignifica. Es glorioso volver a oír su voz grave y su característico fraseo pronunciando cosas como "Hoy te vi en la esquina/ mina de rutina". O: "Conviven los mundos/ el viejo billar, el absurdo caminar/ las chatas y la chatura". Y Antonio Birabent, mal que les pese a algunos (entre los que me incluyo), tiene un registro de voz muy agradable y hace un contrapunto perfecto con el autor de "El Oso". La producción, que corre por su cuenta, se encarga de ubicar a Moris (que no sacaba un disco con canciones nuevas desde 1995) en el lugar preciso en el que está. Porque es muy fácil ubicar a una leyenda muerta: en un documental, en un póster, en una remera. Pero cuando está viva, nació en 1941 y tiene que ir a un estudio de grabación en el 2011: ¿qué hacemos? Familia Canción tiene esa respuesta. Y muchas preguntas. Por ejemplo la que elijo para terminar el texto y dejarlos hasta el cuello de metafísica urbana:


¿Quiénes fueron estas dos personas/ y por qué se juntan justo ahora/ en este cruce de asfalto y de ignorancia?/ ¿Qué refleja esta dura unión/ entre ruido y carros de cartón/ y policías de teléfono y de fútbol?


(1): Tenemos el caso del "macho" y el "marica". En ciertos círculos se acepta la desfloración ajena (o propia) como un signo de virilidad. En pocas palabras: El Macho es tan macho que se banca no ser macho. Tal vez esto se entienda mejor con un par de cervezas encima.


domingo 21 de agosto de 2011

Vindicación de David Lebón



En el año 2011 anunciar en voz alta que fuiste a ver un recital de David Lebón no es cool. Eso mismo, de por sí, justifica la asistencia al evento. Nos deja más tranquilos como seres humanos. Por lo menos sabemos que no estuvimos en un lugar en el cual reinan las apariencias. En el que es más importante el look que el swing. Al que uno va porque queda bien decirlo. De la misma forma que la llamada futbolización, en otro plano, nada fue más contraproducente para el rock que la estética coolness. Ésta aseveración podría extenderse a todas las disciplinas artísticas. Aclaro que no estoy muy seguro de que el rock y la estética coolnes no hayan nacido al mismo tiempo. O sean exactamente lo mismo. Tampoco sé del todo qué es la estética coolness. Y mucho menos qué es el rock, nena. Pero suponiendo que el hipotético lector entiende, cambio de párrafo.


("Yo no sé qué es el rock, nena", podría ser el título de un tema de David Lebón).


Ya pasaron 20 años, no de la despedida de Serú Girán, sino de su regreso. Esto indica que estamos viejos (o somos jóvenes y nacimos en el tiempo equivocado). Riesgos de no ser cool: estar rodeado de pelados. Soportar al insufrible público de "rock nacional". Ése que interrumpe al músico para elogiarlo. O pedirle un tema "de los 70" (sic). O ensaya el anacrónico "Oh oh oh oh", el canto que puede desterrar toda la mística y el bienestar de un recital de rock.


Repito algo que no dije pero que, si saben algo de la vida además de sus contraseñas de facebook, debe haber pasado velozmente sobre sus inconscientes cuando leyeron las primeras líneas del texto: David Lebón tocó en Pappo's Blues, Pescado Rabioso, Color Humano, Polifemo y Serú Girán. Corolario extremo pero esclarecedor: es casi seguro que un rasgueo de guitarra desafinada de David Lebón sea mejor que el 90 por ciento de los discos que te bajaste en el último año y medio.


(Podría haber sido más cruel, podría haber dicho que un pedo de David Lebón es mejor que la discografía completa de tu banda favorita actual, pero la crueldad es un ejercicio irrisorio luego de ver en vivo a Lebón).


Habitualmente, la carrera solista de David Lebón se descarta sin miramientos. Pero, a decir verdad, ¿quién la escuchó? Probablemente nadie. ¡Ni siquiera yo, que la vindico, le presté atención! Lo que sucede es que si perdemos de vista al mejor amigo del rock argentino (lugarteniente de Pappo, Spinetta y Charly, ídolo de Andrés Calamaro) nos salteamos sus polémicos discos ochentosos (hasta Bob y Paul derraparon en la década infame del rock), pero también una joya indiscutible como su debut solista. El disco homónimo, conforma junto a Melopea y Artaud, la trilogía memorable del año 1973. Un tema como “Hombre de mala sangre” puede resucitar a un muerto. Que tome nota Ricardito Alfonsín.


Con 40 años de carrera y a punto de cumplir 59, Lebón todavía canta bien y toca la guitarra como los dioses. El feeling de Lebón: ¡te lo regalo, papá! Ni una nota de más. La hace hablar y gemir y llegar al orgasmo y después le pide que le alcance un pucho y un vaso de agua. Y ella le hace caso. Como si fuera poco, tiene un repertorio imbatible porque compuso (en algunos casos junto a Charly García) por lo menos veinte de las mejores canciones del rock argentino. Y eludiendo la spinettosis (la enfermedad que hace que los músicos no toquen sus grandes éxitos por temor a ser despreciados), integra a varias de ellas a la lista de temas del recital. Allí están San Francisco y el lobo, Esperando Nacer, Copado por el diablo, Sueltate rock and roll, Cuánto tiempo más llevará, Seminare y Parado en el medio de la vida. Añade dos versiones pertinentes: una de Juntos a la par, de Pappo y otra de Avellaneda Blues, de Manal. Complementan algunos temas de su último disco solista, Deja Vú. Y no desentonan.


Es verdad, hay que estar preparado psicológicamente para atravesar "Mundo agradable": no se puede escuchar ese tema sin que el rostro de Romay aparezca en la pantalla de nuestra memoria. Las “t” pronunciadas como “ch” ya son un clásico que no molesta a nadie.


Lebón pregunta: "¿Saben cuántas casas hay en Springfield? Milhouse". Es un chiste malo, pero confirma que Lebón mira Los Simpsons, lo que nos hace admirarlo aun más. Si Lebón fuese un idiota diría que ve Padre de Familia.


Borges dice que otra hubiese sido la historia si en vez del Martín Fierro, se habría elegido a Facundo como libro canónico de las letras argentinas. Me permito decir que otra hubiese sido la historia si además de Charly, Spinetta, el Indio y Pappo, esos apólogos del demasiado ego, se habría permitido ingresar en el panteón sagrado del rock argentino, la simpatía, la humildad y el talento infinito de David Lebón. Sayonara.




martes 16 de agosto de 2011

Música para camaleones: Bonus Track I



Stratovarius: Música para fanáticos de Star Wars, gorilas, pálidos, que arman programas de mierda con el Pascal y que nunca tuvieron novia (y si tienen una, mira animé, se cree japonesa y todavía no deja que le toquen las tetas).


Onda Vaga: Música para jóvenes que viajaron al Norte dando a entender que eran mochileros pero en realidad fueron en avión, se arreglan dos horas en el baño para parecer sucios, su Lennon personal es Manu Chao y fuman porro paraguayo, dicen que son flores, no les pega y se hacen los colgados igual.


Pedro Aznar: Música para solterones de cualquier sexo que escucharon "Ya no hay forma de pedir perdón", creyeron que era de Pedro Aznar, lo van a ver en vivo y cuando lo escuchan tocar zambas hacen como que les gusta cuando en realidad se quieren pegar un tiro en las pelotas pero no las encuentran.


Oasis: Música para nenitos de colegio privado, con novias conchetas y mala onda, que aún feos hacen denodados esfuerzos económicos por parecer lindos y le tienen pánico a los que escuchan reggaeton en el colectivo (al que suben convencidos de que es un autobús londinense).


Carajo: Música para varones que todavía escuchan a Pergolini, que en las elecciones votan a la Izquierda pero en realidad son conservadores involuntarios, huelen a pata y desodorante Axe y empiezan a usar bermudas ni bien hace más de 12 grados.


Divididos: Música para hombres de cortes de pelo geométricos, que usan anillos plateados y con una personalidad a mitad de camino entre el chabón y el ser humano.


Sigur Ros: Música para nenes y nenas de familias con guita, que no saben expresar sus sentimientos, siempre le cortan a sus parejas y después se arrepienten y lloran con la cabeza abajo de la almohada (mientras escuchan Sigur Rós).


Juan Molina: Música para mujeres de cualquier edad, que donde se sientan (aunque sea verano) se tiran una frazada escocesa encima y tienen todas las variedades posibles de té (frutilla, tilo, vainilla, menta, maracuyá) menos el común.


Babasónicos: Música para mujeres despojadas de cualquier tipo de prejuicio sobre su total, absoluta e indudable condición de "minitas" (un hombre que escucha Babasónicos también es "minita").


Las Pelotas: Música para minitas que evolucionaron, con una personalidad a mitad de camino entre la hippie y el ser humano, que toman mucho mate, pueden cagar a piñas a los que escuchan a Oasis, desprecian a las que escuchan Babasónicos (de éstas pueden cagar a piñas de 3 a 4 a la vez) y tienen innumerables amigos a los que se garcharían de favor, pero ellos son sensibles, las quieren como novias y no da.


Las Pastillas del Abuelo: Música para adolescentes confundidos de cualquier sexo, con abundantes faltas de ortografía pero letra imprenta prolija, que creen que una canción es buena si dice “cocaína” (si alude y no la nombra es poesía) y que escriben pelotudeces en los colectivos con fibras negras o liquid paper.


Spinetta: Música para tipos que tienen una imagen de sí mismos superior a la real y creen que los demás no se dan cuenta (pero sí), a los que les gustaría formar parte del clan Pauls, que ya son o serán canosos (son canosos de alma), que se hacen los interesados en el budismo, se enorgullecen de no ver "mucha tele" como si fuera la gran cosa y leyeron a Artaud, íntimamente saben que no entendieron un choto, pero no se animan a decirlo en voz alta ni por puta.


miércoles 10 de agosto de 2011

Cuando Charly endureció la milanesa


Al llegar 1984, muchas cosas se sabían de García. Que era un compositor inspirado. Que tenía un bagaje que excedía al de la mayoría de los artistas del rock local (oído absoluto, manejo de partituras clásicas, etc). Que era capaz de asimilar las distintas tendencias que sucedían en el rock internacional (el folk, el progresivo, el jazz-rock) sin acceder al plagio o el epigonismo. Sin embargo, el "rock", en su sentido más esencial y básico, había estado ajeno a su carrera. Sui Generis fue primero la discreción acústica y luego la experimentación con los sintetizadores. La Máquina continuó el legado del último disco de su banda anterior. Serú Girán representó la sofisticación de cuatro músicos excepcionales, con pocos espacios para el desenfreno más visceral. El estigma del que "ablandó la milanesa" (Pappo dixit) era omnipresente. Alguna vez, para explicar por qué en su momento no le agradaba Sui Generis, ingenuamente, Spinetta comparó su música con la de María Elena Walsh. Piano Bar viene a llenar ese vacío que ocupaba (con creces) la personalidad dionisíaca de Charly, pero no su música. Desde los primeros golpes de batería de "Demoliendo Hoteles" hasta el riff de "Cerca de la revolución" se respira el espíritu de The Who, los Beatles de Hamburgo, la imagen iconográfica de los Stones sacando la lengua. Se trata del homenaje de Charly a los grandes inspiradores de su adolescencia. En No digas nada, la biografía escrita por Sergio Marchi, García explica sobre el método de grabación del disco: "Yo les daba (a los músicos) una brevísima guía de cómo era el tema, sin muchos datos. Me preguntaban en qué tono, y yo les decía que tocaran lo que quisieran (...) Ésa es, un poco, la forma de trabajar de Bob Dylan y John Lennon: ¿qué tocás? Lo que tenés que tocar". Luego de la frialdad tecnológica de Clics Modernos, decide sintonizar un rock pop en una frecuencia distinta a la que estaba en boga.


Los mediados de los 80 fueron el Imperio de las máquinas y en la Argentina uno de los responsables fue Charly. Sin embargo, bajo, guitarra, batería y teclados sostienen el andamiaje de las 10 canciones de Piano Bar. Se puede ver a la banda en acción en los emblemáticos playback’s en estudio que se filmaron una vez grabado el disco. Allí observamos a su banda: los GIT (Pablo Guyot, Alfredo Toth y Willy Iturri) acompañados por un joven tecladista de pelo largo: Fito Páez. Charly tirándose ketchup en “Raros Peinados Nuevos”, Páez con una remera de Perón y un sándwich, Charly equivocándose la letra y volviendo a grabar, el coro de “Demoliendo Hoteles” haciendo pogo. Son imágenes obligatorias para cualquiera que se esté formando en “Rock Nacional”.


Quien tres años después cantara "No voy en tren, voy en avión" (convirtiendo ese estribillo en una declaración de principios) realiza un disco que parece representar a todo un colectivo de individuos. Es que por fuera de ese "Yo" enorme que protagoniza algunas canciones, las voces de Piano Bar no son sólo las de García: allí también cantan, gritan y se angustian aquellos que regresan o son bienvenidos a la Democracia. Desde la dictadura. O desde el exilio. Signados por ese cambio institucional, como en una Comedia Humana ochentosa, deambulan los personajes del disco. Después de Yendo de la cama al living y Clics Modernos, tal vez sea Piano Bar, el último volumen de la Gran Novela Argentina de aquella década. La que ni Piglia ni Fogwill ni Osvaldo Soriano pudieron escribir. Porque García, además de un compositor sofisticado, siempre fue un gran narrador. ¡Su oído absoluto no sólo conectaba con las notas del pentagrama, sino también con las experiencias fundamentales de cada etapa histórica! Desde esa perspectiva, la letra del punkie-pop "Demoliendo hoteles", además de la mini autobiografía del rocker megalomaníaco, es el itinerario de toda una generación: crecer con Videla, luchar por la libertad, vivir entre fascistas, irse con los hippies. Son las diferentes pantallas del videojuego de la juventud setentista.


En el tema homónimo, se describe el paisaje idílico que ofrece el país luego de la dictadura: "Los chicos tienen un lugar/ donde viven esas cosas que asombran/ Las chicas tienen un lugar donde ir a conversar". "Cerca de la Revolución" habla sobre un amor no correspondido, pero también incluye frases que pueden ser interpretadas en clave política: "Y si mañana es como ayer otra vez/ lo que fue hermoso será horrible después/ No es sólo una cuestión de elecciones/ No elegí este mundo, pero aprendí a querer". En “Rap del exilio” la voz del cantante expresa en primera persona el derrotero de quienes regresan al país: ése que se fue a Madrid y después a New York sólo porque seguía a Perón, el que tenía un sólido futuro artístico y se comió el bajón, aquel con “tres libros y una foto del Che”. Cada una de las historias confluye en un estribillo sarcástico con respecto al destape democrático: “Vamo’ a bailar”. Son quienes ansiaban la democracia pero una vez alcanzada no saben qué hacer con ella. Esta última es una temática muy característica en las letras de Charly: la crisis que surge luego de poseer lo que queremos. En muchos casos se termina resolviendo mediante la ironía y el cinismo. Y en otros en joyas románticas como “Promesas sobre el bidet”. O dramas existenciales como los de “No te animás a despegar” o “Total interferencia”.


Las canciones de Piano Bar van de la esperanza al miedo y entre esos dos discursos antagónicos (que eran, casualmente, los que sentía "el pueblo" que pedía sangre) sucede la música. Que tiene algo de punk paródico. Y de rock and roll salvaje (“No se va a llamar mi amor”). Y de grito primal. Y de catarsis emocional en forma de balada perfecta. Y de rap demasiado cancionero para ser rap. En realidad el adn de la música de Charly García da para toda una problemática. A veces parece que su identidad consistiera en apropiarse de la identidad de los demás. No sólo sus discos solistas son distintos entre sí, sino también los de Sui Generis y Serú Girán. A él se le atribuye haber puesto en circulación una frase de Stravinsky luego de que Fito Páez, en una reconocida anécdota del rock argentino, le reprochara que el riff de “Cerca de la revolución” era igual a uno de The Monkees: "Los grandes artistas copian, los genios roban".


Por indies. Por punkies. Por muy rockeros. Por unders. Por metaleros. Por alternativos. Los oyentes maduros de "rock nacional" que no escuchan a García, lo niegan. Es imposible ser indiferente a su obra porque muchos de sus discos forman parte de un estándar cultural no elitista, clásico y moderno. Es como no estar al tanto de la existencia del sol o el mar. Tal vez esa impronta tan "mainstream" espante a algunos. Habría que avisar, entonces, a los apólogos de lo selecto, que también Lennon y Woody Allen y Borges y los más grandes artistas forman parte de la corriente canónica de sus determinadas disciplinas.


En fin. El "No voy en tren" de 1987 fue reemplazado en 1999 por "Si no te gusta, te podés matar", consigna un tanto más agresiva para sus viejos fans. Al nivel desparejo de sus discos (Filosofía barata y zapatos de goma, de 1990 es, probablemente, su último gran álbum) se sumaron los escándalos mediáticos, los vaivenes existenciales, el demasiado ego, las internaciones y los regresos. Todo transmitido en cadena nacional en una especie de "Gran Hermano Say No More". Sin embargo, ajena a los sucesos extra-musicales, su obra (de la que Piano Bar es el punto cúlmine) se mantiene inmutable al paso del tiempo. Como un viejo amigo que olvidamos y vemos cada tanto, Charly García perdurará por siempre en la rockola de nuestra educación sentimental. En cualquier momento vuelve.


El demo de “Total Interferencia”: “Los amo, pero son unos forros”


Además de los videos, otro complemento necesario para finalizar la Experiencia Piano Bar son los llamados “demos”. Hasta hace poco tal vez era complicado conseguirlos o había que hacerse una escapada al Parque Rivadavia, pero por obra y gracia de Internet aparecen hasta en YouTube. Entre esas maquetas, sobresale la versión de “Total Interferencia” (compuesta a dúo con Spinetta) que en la versión del disco dura 5 minutos y aquí se extiende casi a 9. La razón es una especie de improvisación de García que debe estar entre las grandes joyas ocultas del rock argentino. Claro que escucharla puede llegar a incomodar. Entre una remake de “De nada sirve” y el monólogo interior más desaforado, Charly desea la muerte del peronismo y de los radicales, se autodenomina “lo peor de lo mejor”, habla de la cocaína y de David Lebón, se imagina en el futuro en un hipotético “Grandes valores del Rock” con el hijo de Silvio Soldán como conductor, intercala versos de “Rap de las hormigas”, trata de “forros” a sus fans (“A ver si pueden hacer algo, estoy aburrido de verlos así, no me sigan más o háganme frente o díganme que no, no discutan acerca de mí, ¿no tienen otra cosa que hacer?”) y finaliza con un diálogo imperdible con Fito Páez a quién le pregunta “¿cuál es el sentido de todo esto?”. Se trata del eslabón perdido entre el Charly más clásico y quien luego sería secuestrado por un peligroso alter ego (otro): Say No More.




(Publicado en la Revista Power Music, Agosto/Septiembre 2011)



domingo 7 de agosto de 2011

Queremos tanto a Larry



¿En qué momento se jodió Perú?, pregunta Santiago Zavala en Conversación en la Catedral. En qué momento los dinosaurios sintieron que algo andaba mal, escribe Fabián Casas en un poema. Lo que da pie a otros interrogantes: ¿Cuándo dejaste de amar a tu novio? ¿Qué día específico los botones del control remoto perdieron sensibilidad? ¿En qué verano terminó tu adolescencia? ¿Desde que semana de qué año el Chavo del Ocho no te causó más gracia? A continuación, un poco de pesimismo pocket: tal vez lo único certero de la vida es que, llegado determinado punto, las cosas dejan de funcionar como antes. Y aunque agitemos la Coca Cola contra viento y marea, el gas no vuelve más. A no ser que te compres otra botella. Que ya lo dijo Nicanor Parra: "Sólo una cosa es clara: Que la carne se llena de gusanos". Todo tiende a degradarse y lo mejor es que durante un instante (que, según el caso, puede durar un año o una década o un mes o un día) creemos que no, que eso a lo que nos aferramos (River Plate, un amor, Néstor Kirchner, la música de Leo Mattioli) permanecerá inmaculado como el peinado de Steven Seagal.


Me estoy refiriendo, claramente, a la nueva y floja temporada de Curb Your Enthusiasm.


Tranquilos: el genio de Larry David es inagotable. Pero Curb Your Enthusiasm ya parece un disco rayado. Como no soy un apólogo del mito de la originalidad, tampoco creo que aferrarse a una fórmula sea tan despreciable como se piensa. "Cambiar por cambiar nomás" queda lindo en un tema de Fito Páez del año 1985, pero no siempre se puede generalizar de esa forma. Renovarse a veces significa mutar sin ton ni son: otro corte de pelo, mudarse de ciudad, juntarse con otras personas, elegir otra carrera y otro trabajo. ¡Y uno siempre es el mismo imbécil! No hay garantías. Existen grupos que cambian permanentemente: de un disco a otro se vuelven irreconocibles. ¡Y son una mierda! Además: ¿quién podría juzgar el gusto del fan de ACDC por el rock and roll cuadrado o al de Babasónicos por las baladas para garchar? Menos deploraría una fórmula si ésta produce risa y felicidad, como en el caso de Larry David y su serie sobre un Quijote neurótico enfrentado a los convencionalismos (psicológicos, éticos) que rigen la vida cotidiana. Lo que sucede en esta octava temporada es que esas situaciones inquietantes que ponían en guardia nuestros presupuestos morales e ideológicos ya no están tan pulidas para que parezcan espontáneas, sino que responden a un patrón narrativo muy marcado. Sabemos lo que va a pasar. Entonces la serie se vuelve predecible, el gag pierde efecto y lo que antes era carcajada, hoy es la sonrisa de compromiso que esbozamos por inercia ante el chiste conocido de un viejo y queridísimo amigo. Van cuatro capítulos de la octava temporada. En el primero, Larry ayuda a una púber a colocarse un tampón. En el segundo, reprende a un grupo de mujeres golpeadas. En el tercero, judío, se hace habitué de un restaurante de pollo palestino. En el cuarto, agoniza el padre de su secretaría y no sabe cómo decirle que debe volver al trabajo. La puesta en crisis del relato políticamente correcto también tiene un límite: el de la redundancia. Ahora se entiende la extraordinaria séptima temporada (sobre el regreso de Seinfeld) como el gesto del solista que reúne a su banda de más éxito.


Por otro lado, la pérdida de un porcentaje de la efectividad cómica obliga a dos planteos que están a muy poca distancia del resentimiento de clase y la inclinación antisemita. Pero con buena predisposición de parte del hipotético lector se entenderá que no lo son (o no). Curb Your Enthusiasm es una serie de judíos millonarios. Al descubrirse signos de decadencia en su sistema argumental, estas dos características sitúan al espectador en una posición incómoda. Hasta hace poco, una de las genialidades de la serie era que a pesar de ser profundamente elitista, fuera al mismo tiempo universal. Pero ahora tenemos un problema: da la impresión de que para reírse con una serie sobre los problemas cotidianos de individuos millonarios y judíos hay que ser millonario y judío. Y que la variedad del humor judío (que en temporadas anteriores tuvo episodios memorables) tiende al sectarismo y requiere de la identificación (1). Y que las vicisitudes de los millonarios poseen ciertas particularidades que pueden confundirse con la ostentación. Pero éstas no son causas, sino consecuencias de un guión desparejo, de escenas que parecen tiradas de los pelos, de, en resumidas cuentas, el paso del tiempo. Es que por momentos, ver la nueva temporada de Curb Your Enthusiasm es como ir a una fiesta a la que hemos sido invitados pero nadie creyó que asistiríamos. De ésas en las que fingimos pasarla bien al ritmo de la crème de la crème para no quedar como lo que en verdad somos: unos reverendos pelotudos. Que Dios me perdone.


(1): Del mismo modo que el humor cristiano o evangelista, en caso de que existan.




lunes 1 de agosto de 2011

Días felices con Fabián Casas y Charlie Feiling




En junio pasado aproveché un fin de semana largo y me fui de Luna de Miel a la ciudad de Macri. Fueron unos días maravillosos. Aunque sea subjetivamente, estuvo bueno Buenos Aires. Paramos en un Hotel re pobre porque somos muy rockeros y el Indio Solari dijo que el lujo es vulgaridad. Quedaba a media cuadra de Banchero y comimos pizza todas las noches. Durante el día nos dedicamos a pasear y perdernos por ahí en una remake involuntaria de La Maga y Oliveira. Fuimos a un Festival llamado Ciudad Emergente en el Centro Cultural Recoleta y el público era tan cool que cuando salía del recinto se esfumaba. Es que, claro, a veces la realidad no soporta tanta onda. Me compadezco de todos esos individuos. Qué triste debe ser salir a la calle y cruzarse con tipos feos como vos o como yo. Desde aquí mi asquerosa solidaridad con la Aristocracia Nacional del Look (incluidos sus representantes marplatenses). El cenit fue cuando confundí un tacho de basura con una obra de arte conceptual. Vi tocar dos bandas que me gustaron bastante: Los Peyotes y Toboganes A Marte. Y otra que se suponía era genial y me decepcionó: Guerra de almohadas. Aunque el error es mío por esperar algo del rock. Todos sabemos que el rock, como el cine, el teatro y la literatura, es un invento para no pensar en la muerte, asistir a eventos y conseguir alguien para tener sexo.

En una recorrida por librerías de saldo de la calle Corrientes vi una de las tantas representaciones de Dios en la Tierra. Se trataba de un libro inconseguible a un precio irrisorio: Con toda intención, un volumen del escritor Charlie Feiling en el cual se compilan algunos de sus mejores artículos. Yo había pispeado algunas cosas suyas en una página de Internet y mi impresión fue la de leer a Borges después del estallido del punk. Una prosa que desde la sintaxis y la utilización de cierto vocabulario, se escribe a través del amigo de Bioy. La elegancia anglófila para minimizar barbaridades. La ironía como estandarte ante la estupidez del mundo. ¡La inclemencia crítica como toda ética! Hasta le dedica una larga nota a Leopoldo Lugones. Todo eso después de la irrupción de Sid Vicious. (Para mi sorpresa, Feiling manifiesta en el libro que la mejor canción del siglo es el cover del líder de Sex Pistols de "My Way"). En una observación sobre las adaptaciones al cine de los libros de Jane Austen, describe su fórmula: ni elitismo ni populismo. Porque como aborrece el fútbol y la literatura de Osvaldo Soriano, Feiling también la emprende contra el gorilismo de izquierda y la lírica de Spinetta ("Un tipo que usa la palabra "tanino", hay que prohibirlo"). Uno de sus textos más conocidos es "Ja, Ja, Ja. Jo, Jo, Jo. Ju, Ju, Ju", sobre un libro escrito entre Arturo Carrera y Emeterio Cerro. Comienza transcribiendo un fragmento aborrecible del libro de los poetas ("CARRERA ENTREPRENDE CEMENTERIO PERRO HACIA GAUCHERÍAS..., etc.) y después se pregunta: "¿A quién le hace gracia?". Creo que actualmente una crítica de ese tenor no se podría publicar. La mirada de Feiling es tan sofisticada y entretenida que dan ganas de saber qué pensaría hoy de Bolaño, de Macri, de Filmus, de los blogs. Seguramente cosas malas. La cuestión es que hace unos días llegó a mis manos el nuevo libro de ensayos de Fabián Casas, Breves apuntes de autoayuda. Y cuando miré el índice, lo primero que me llamó la atención fue "Días felices con Charlie Feiling", artículo que, casualmente, versaba sobre el libro Con toda intención de nuestro nuevo amigo. El título parafrasea una novela de Daniel Guebel y Sergio Bizzio: El día feliz de Charlie Feiling. Las últimas líneas poseen tantas referencias y citas e intertextos que uno quisiera haber nacido en 1820 y no saber nada de la posmodernidad.





Los libros de Casas y Feiling tienen aspectos en común. Por un lado, nos interesan en forma y fondo. No podemos estar de acuerdo con todo lo que dicen, pero leerlos es una experiencia que provoca felicidad. Hacen brillar al lenguaje y al mismo tiempo dicen cosas interesantes, algo no muy usual en ensayistas (que a veces escriben muy bien pero dicen boludeces, o escriben como el culo y dicen cosas aparentemente serias). Con toda intención y Breves Apuntes podrían formar parte de una serie de la literatura argentina iniciada por Discusión. Por otro lado, como bien dijo Borges, una de las condiciones para realizar un clásico es no proponérselo ya que "el sentimiento de responsabilidad puede trabar o detener las operaciones estéticas". Sospecho que Feiling y Casas, justamente, escribieron sus respectivos libros sin proponérselo: se trata de sendas recolecciones de artículos periodísticos que aparecieron originalmente en revistas, suplementos culturales o blogs. La libertad que otorga no proponerse escribir grandes cosas, posibilita la escritura de grandes cosas. No me arriesgo si afirmo que en el porvenir (que es largo) serán lecturas indispensables para entender el zeitgeist cultural de nuestra época. Tal vez la noción de zeitgeist contenga en sí misma la de "cultural", pero hagamos como que no.


Atención: en este post se utilizan arbitrariamente los términos “nota”, “ensayo” y “artículo”. Muchas gracias.


En su nota sobre Feiling, Casas dice que durante varios días llevó Con toda intención de aquí para allá. No podía dejar de leerlo. Era un libro que le hacía compañía. Lo mismo me pasó a mí con Breves apuntes... Subí al facebook "Doble esclavo", un texto de trasfondo psico-filosófico sobre El curioso caso de Benjamin Button. Le di a mi viejo "El Gordismo", para que lea sobre Maradona y Messi. Le presté a mi novia "Gorriones", que habla sobre el regreso del grupo de Bochatón y el recital de las Bandas Eternas. Se trata de un libro para llevar a todos lados y compartir. Hay un ensayo para cada uno de nosotros y en ese zapping de la contratapa, que va Ricardo Fort a Roberto Bolaño, Casas sintoniza (conecta) con la esquizofrenia informática de cada día. Del twitter al mail. Del blog a un libro. De la tele al living. De la cama a Google. Toda esa sobre-estimulación que acorrala nuestro cerebro hasta quemarlo y hace que Thom Yorke baile así, es lo que Casas denota críticamente en el lector:


"Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!".


Breves apuntes... también incluye ensayos sobre Salinger, Carver, Borges (por supuesto), Giannuzzi y un largo etcétera de Grandes Héroes. Si lo juntamos en nuestra mesa de luz a Con toda intención, hasta podríamos pensar que se trata de libros que se complementan. Recomiendo leerlos al mismo tiempo, como quien mezcla dos comidas que le gustan mucho. Después me cuentan.