
... el blog sistematiza una dinámica textual regida por el Dios Ansiedad. Esto que estás leyendo ya no soy yo. Es el eco del eco del eco… La escritura es un hábito que se vincula profundamente con la consumación del deseo. Queremos ver materializado lo que pensamos en nuestros borradores.
Nótese que no me refiero al acto de "leer", sino de "ver", en la acepción más fetichista y voyeur del término. "Ver". No creo que haya otra. "Ver". Ah, bueno, el pibe de repente se transforma en la cruza ferpecta entre Susan Sontag y Gilles Lipovetsky.
Volvamos. ¡Como cuando buscás tu reflejo en el espejo del albergue transitorio (telo) y asistís a la escena pornográfica que estás protagonizando! No basta con sentir. Necesitamos que salgas en la fotografía para etiquetarte. Si es posible con la boca bien abierta y sonriente.
Advertencia: Este post posee lenguaje adulto y escenas de sexo. Se recomienda leer junto a una persona mayor acostumbrada al lenguaje y al sexo.
Decí la verdad, le preguntó X, ¿te gusta más que te la */?u5%& o ver cómo te la estoy */?u5%&ndo?
¿Pasaste de una relación complicada a una abierta? ¿Dejaste de estar soltero para estar más solo que un perro? Se necesita que aclares tu situación sentimental para que los demás la vean. Sino no me creo que salís conmigo. No importa que estemos casados hace 25 años y vivamos en el mismo departamento, de otro modo es una farsa.
En fin, la lógica actual (tal vez ancestral) exige que el sentimiento se complemente con la imagen.
Antes los escritores aspiraban al libro. Pero esa instancia es fruto de una paciencia para la que no estamos capacitados. En algunos casos se asemeja a la parábola de Aquiles y la tortuga, en la que, cada movimiento hacia adelante significa medio hacia atrás.
El blog, entonces, es un paso intermedio. Es el tipo que dirige a Independiente este fin de semana mientras esperan que llegue el sucesor de Garnero. Es lo que una chica me dijo se llama "colación" entre la merienda y la cena. Es la mina fea (probablemente a dieta) que te "agarrás" recién cuando te cansaste de gastarte todas las fichas en llamadas telefónicas que la otra no te devuelve.
Primero publicar y después escribir, reza el dogma de los jóvenes que leen a Osvaldo Lamborghini. Un autor de esos que dan más ganas de decir que lo leíste ante una tribuna que de leerlo en la soledad de tu habitación. Un autor para "hacer rostro" ante la muchachada distraída. Porque si antes no quemaste tus pestañas con las Obras Completas de Borges, ¿cómo mierda vas a entender por qué este desquiciado escribe así? ¿Me querés decir?
Ojo, el libro todavía flota en la nubecita de historieta de nuestros anhelos. Pero mientras tanto resulta que la fea bajó unos kilos, es simpática y cocina bien.
Ahora bien, si la periodicidad de un blog actualizado se vincula con el cóctel de deseo y ansiedad posmo (algo completamente perjudicial para el arte de narrar), el twitter es directamente Ansiedad.
A
La prueba está en la cantidad de discusiones subidas de tono. Individuos que no aprietan el freno de mano a tiempo y se entregan mansamente a la estupidez del insulto, la descalificación y la chicana barata. Todo discurso es boutade. El goce de la palabra queda suprimido por la velocidad del tipeo. Hasta el más atrevido de los comentaristas anónimos se sonrojaría ante las barbaridades que es capaz de decir un Jefe de Gabinete.
Frente a la pirotecnia mediática de twitter, el blog parece anacrónico, pasado de moda, porque, aun con la certeza de que no lo leerá nadie, el blogger temerario puede mandarse un post de 5 hojas de Word interlineado simple letra Arial 12. Es decir, algo que requiere cierta atención, incluso si lo leés por arriba y reparás sólo en los párrafos donde hay una palabra que te interesa.
El funcionamiento de twitter, en cambio, tiende una analogía perfecta con la paranoia institucionalizada por la masa cultural. Ésa que nos hace desconfiar de nuestra pareja si pasaron dos minutos y no respondió un mensaje de texto. La que nos obliga a revisar la casilla de mail quién sabe cuántas veces en una misma hora. La que nos planta frente a Google a punto de iniciar una búsqueda que conoceremos recién un microsegundo antes de pulsar "voy a tener suerte". Si, la voy a necesitar, hijo de puta.
Igual nadie presiona "Voy a tener suerte", era simplemente para contestar: "Si, la voy a necesitar, hijo de puta". En nuestras vidas necesitamos suerte, quiero decir, en nuestras vidas atrapadas como una mamushka terrorífica en otra que no es nada, sólo chatarra virtual. Ya no llegás a tu casa. Llegás a internet. No pasás un segundo desconectado. Segundo, ni siquiera digo minuto u hora, segundo.
Lo que se mantiene inalterable es el verso de la horizontalidad. Se vislumbra una clara dialéctica amo-esclavo entre el que sigue y no es seguido. Te amo, te odio, dame más… #FF.
Mientras tanto, dentro de 2 meses en un paraíso cibernético habitado por Egos:
-¿Blog? ¿Qué era eso? ¿Algo del siglo XIX, no?
-Sí, suena decimonónico.
-Mi abuelo tenía un blog.
-Creo que eran páginas web que podía abrir cualquiera y donde la gente "escribía"... o algo así.
Por eso me resulta cómico el que escribe un tweet y al final, entre paréntesis, añade “sigue”. ¿Para qué tenés twitter si querés escribir algo extenso? Es lo que el pensamiento contemporáneo denomina la paradoja de la bicimoto. La gracia de la bici es que no tiene motor. La gracia de la moto es que no hay que pedalear.
Es verdad. Fue Nabokov: "Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven: amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre".
Genial. Pero después agregó 241 páginas más.
Viene a cuento del tópico frecuente sobre cómo serían las grandes obras de la literatura si sus autores tuviesen twitter. Eso era Risa en la oscuridad. Ya hice mi aporte. Me siento un pez más en el cardumen de la generalidad. Uf, qué alivio.
Ni quiero imaginar el sistema nervioso de un niño de 15 años. En vez de cerebro deben tener un flipper abierto las 24 horas. Luces. Colores. Flashes. Eslóganes. Ruido sin música. Como nosotros pero multiplicado por mil. ¿Recuerdan a Maggie subida a la baranda de la ducha porque probó helado con cafeína? Bueno, algo así. Encima toda esa artillería con la que los atosigan. Hoy hice zapping y recalé un poco en Casi Ángeles. Son todos tan lindos y rubios y limpios y blancos que dan ganas de vomitar. Hablan de la desnutrición infantil. Miran a cámara. Compungidos. Re amorosos. Hacen gestos. Muecas. Levantan los hombros y mueven las cejas. Están muy tristes porque hay nenes que se mueren de hambre.
"Superman, dependemos de vos.
Superman, danos fe, ayúdanos".
Y termino con la (vieja) buena noticia en medio del Apocalipsis. Porque el auge de twitter permite advertir al blog en su verdadera esencia. Herramienta que (¡eureka!) no se define por el estatuto formal sino por su contenido.
Sin ir más lejos como: todo. Algo que perdimos de vista desde que empezó a cotizar más un rostro que un corazón. Publicar que escribir. Y así.
Hay tantos tipos de blogs como tipos que tienen blogs.
Sí, cualquier pelotudo pero también otro brillante y uno más o menos y aquel medio pirado.
Toda la ontología berreta de suplemento cultural de los últimos años desaparece ante la prepotencia de esos 140 caracteres que nos denuncian y nos determinan. Y aunque siempre lo supimos, el blog se define, finalmente, como un soporte de escritura. Era eso. Nada más y nada menos. Se terminó la discusión.
Antes de la obra al texto. Ahora del post al tweet. La historia se repite dos veces e intuyo que sabés cómo termina la frase. Y me muero de ganas por averiguar lo que vendrá. ¿Vos sabés qué es lo que viene? Si sabés por favor avisame. No te olvides de mí. Llamame, mandame un mail, conectate, firmame el muro. No creo que pueda soportar un puto segundo más.