martes 28 de abril de 2009

Apuntes sobre un libro de César Aira

Aira sos cagón. Así rezaba el “asunto” del mail que un poeta mandó al escritor de Coronel Pringles para asegurarse que éste lo leyera. Se trataba de un pedido de traducción o reedición que Aira terminó aceptando, lo que habla bastante bien de él. Y eso es lo más importante que sé de Aira. Lo demás es una larga serie de desencuentros literarios sintetizados en la siguiente frase: nunca leí un libro entero de Aira. Empecé Cómo me hice monja, Yo era una niña de 7 años, La liebre, La costurera y el viento. No pasé las primeras 10 páginas. Me respondieron que se trataba de obras menores, que intentara con otras aunque no era seguro que me agradara. Recuerdo una edición de La luz argentina (para muchos uno de sus mejores libros) a cinco pesos en todas las mesas de saldo. Ese libro me seguía, pero yo lo esquivé con la obstinación de un carrilero por la izquierda. Mientras tanto, se acrecentaba una perturbación en mi cerebro de estudiante de Letras: no gustar de Aira en los oprobiosos sitios donde nos movemos, no es simplemente una cuestión de preferencias, sino algo mucho más inquietante: no entenderlo. Leí entrevistas, miles de reseñas de sus miles de libros y múltiples referencias en las que indistintamente podía ser calificado como un farsante o como el mejor escritor argentino de los últimos tiempos (¿lo mismo?). “Aira es un excéntrico, pero también es uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española”, afirma Bolaño en Entre paréntesis, con esa manía por los rankings sin argumentación que tenía el chileno para expresar sus inclinaciones literarias. “Ahora Aira, la verdad, es el típico niño olfa, ¿no?, como el monitor de la escuela (…) Voy a parodiar algo que Macedonio decía sobre Gálvez: Aira no existe, es un seudónimo; todos los escritores malos de la Argentina le envían sus novelas y él las firma”, disparó Piglia, con la misma postura vanidosa que lo escandalizara al leer los diarios de Bioy Casares.

Sin embargo, por cuestiones azarosas de la vida, conseguí su Historia universal de la infamia, el famoso Diccionario de Autores latinoamericanos (la edición data del año 2001, pero fue escrito en la década de los 80’), un recorrido descomunal por la literatura de América Latina, tan arbitrario como seductor. La evocación borgeana no es un reduccionismo injustificado: leí pocos libros que deban tanto a Borges en estilo y resolución textual. No el de Otras inquisiciones o Discusión, sino el que aparece en Textos Cautivos, proclive (por circunstancias contingentes: el espacio, por ejemplo) a la brevedad y a los juicios lapidarios. Sus críticas sobre cine echan luz al respecto y explicitan un mecanismo distintivo en que una afirmación inicial da paso a una torsión lúdica que la exagera o la deconstruye. De la versión fílmica de “Crimen y Castigo” espeta: “Sternberg, en este film, ha renunciado a sus habituales marottes: hecho que puede ser de muy buen augurio. Desgraciadamente, no las ha reemplazado con nada (…) Antes parecía loco, lo cual es algo; ahora, meramente tilingo”. De “Los muchachos de antes no usaban gomina” desgrana una frase inolvidable: “Este (…) es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo”. Hay en estas observaciones una densidad humorística ajena al paso del tiempo que Aira resignifica en el Diccionario de autores latinoamericanos:

“A Desenlace de Endimión (novela de Vicente Barbieri) se la ha calificado repetidamente de “novela onírica”; es cierto que tiene una introducción onírica (hasta ahí han llegado los lectores, lo que es disculpable porque el avance se torna difícil), pero no lo son los veintiséis capítulos que siguen

“(Mastronardi) Era lentísimo y concienzudo en su trabajo literario: en cierta ocasión un editor le encargó la traducción de los Poemas en prosa de Mallarmé; cuando Mastronardi terminó el trabajo, la editorial había desaparecido hacía décadas

En otros casos, realiza una aseveración entre paréntesis que desautoriza lo inmediatamente posterior:

“El mismo Olivari (y casi nadie más que él) daba gran importancia en su bibliografía a la novela El almacén (1959), extensa saga sobre el tema de la inmigración”

Dirigido al lector y, “dentro de esta especie”, a “los buscadores de tesoros ocultos”, rescata incunables y se ahorra la ingratitud general de sus colegas más próximos ya que no incluye autores surgidos en los últimos 20 años (1965 en adelante). Por consecuencia de este dato resulta curiosa la ausencia de algunos escritores relevantes (Andrés Rivera, Abelardo Castillo, Marco Denevi, Isidoro Blaisten, Sara Gallardo, Copi), más si tenemos en cuenta que muchos de los incluidos no suscitan la admiración de Aira, sino todo lo contrario. En su apartado sobre Sabato podemos hallar la animadversión general de todo un campo intelectual, del que Aira, quizás, sea su máximo representante: “(Sobre El túnel) Aquí se manifiesta la falla central de Sabato: una inadecuación entre su personalidad y sus intenciones estéticas. Sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas (…) era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado; no tuvo más remedio que crear un personaje que se dice malo, atormentado y sombrío, con una insistencia francamente infantil”. Con el tiempo, este rechazo a la figura del autor de Sobre héroes y tumbas se volvió un lugar común tan “insostenible” como la postura del mismo Sabato, quien pasó a ser algo así como el agujero negro de la literatura argentina (el comodín de todo escritor con ganas de despotricar). Sobre Cortázar, parece devanearse en su adoración juvenil (confesada por su amigo Arturo Carrera en la Revista Inrockuptibles) y su desencanto posterior: “No hubo maduración visible en Cortázar; un aire de perenne juventud baña toda su obra, indiscutida favorita de los jóvenes, lectura de iniciación y descubrimiento de la literatura”; “Con sus altos y bajos (nunca llegan a los extremos de lo uno y lo otro), su centenar largo de cuentos constituye un viaje por la ficción que vale la pena hacer”. Sus elogios a Bioy Casares son mínimos: “La invención de Morel, laboriosa invención fantástica, con una atractiva idea argumental (…) y una explicación demasiado prolongada”. De Mallea repite la broma de Borges (“fue un autor siempre feliz en la elección de títulos”). Su apreciación de Rodolfo Walsh es ambigua: “…creó un género novedoso (lo que después se llamaría non-fiction novel), suerte de reportajes organizados literariamente”. El reconocimiento por la invención de un género es concreto, pero la explicación impasible que hace de éste (“suerte de reportajes organizados literariamente”) enturbia el panorama. Respeta a Alejo Carpentier (como así también a gran parte de la literatura cubana), pero se molesta con su fanfarronería. Caracterizando sus ensayos, afirma: “Por cierto hay que (…) resignarse (…) a los frecuentísimos recordatorios de sus amistades prestigiosas, del tipo “yo hablaba justamente de esto con Graham Greene”, “como Antonioni decía recientemente a un amigo mío”. A Leopoldo Lugones le toca la peor parte. Probablemente se trate del escritor que representa cabalmente lo que Aira repele de la literatura, el Anti-Aira: “La guerra gaucha (…) la insensibilidad literaria de Lugones se manifiesta, definitiva e irremediable, en este libro”; “De 1911 es Historia de Sarmiento, libro gracianesco, lleno de frases tonantes desprovistas casi por entero de significado”. Con la excepción de Roa Bastos (a quien elogia Yo, el supremo) es contrario o más bien indiferente al boom. Las descripciones cuentan con una monótona síntesis biográfica, pero en casi todas se hallan observaciones inusuales y muestras de una comicidad sofisticada. Inabarcable en su extensión (y erudición sobre temáticas herméticas para el gran público, como la literatura brasilera), el diccionario también es un fabuloso recopilatorio de citas y anécdotas. De las primeras se destaca Augusto Monterroso aclarando que “Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”. De las segundas, se lleva el primer puesto la biografía de Pablo de Rokha, un ejercicio que Aira hacer lindar con la genialidad, donde se explicita el rencor del poeta chileno hacia Pablo Neruda a quien acusaba de haberle robado el nombre y ser “el cantor de las viscosidades útero-genitales de la decadencia burguesa” que “cuando canta a Stalingrado, parece que lo canta meando”. Quienes sacian su voracidad literaria, entre muchos otros, son Augusto Monterroso, Manuel Puig, Enirque Lihn, Lezama Lima, Silvina Ocampo, Onetti, Nicanor Parra, Arlt, Horacio Quiroga, etc. Elogia las novelas de Saer (especialmente Nadie nada nunca), de quien luego se distanciaría. Previsiblemente, dedica a Borges los halagos más encendidos del diccionario, un mamotreto imprescindible y heterodoxo para ingresar en ese mundo (a veces inaccesible o con tantas entradas como salidas) que conforma su vasta colección de libros.

lunes 27 de abril de 2009

viernes 24 de abril de 2009

Un verdadero Mazacotte

Una nueva eliminación de River en la celebración del post 500.

O “La exhibición de atrocidades”, en homenaje a Ballard. O “The Torture never stops”, como el tema de Zappa y ejemplificando la frecuencia casi patológica con que River sufre disfunciones futbolísticas de esas que no tienen vuelta atrás. O “¿Qué te pasa River?”, parafraseando al inefable K en su afrenta contra Clarín (ahora hermanado con la barra de River, quienes, en los ratos libres que les deja la mafia, consideran al fútbol, suprise suprise, una pasión y no un curro: esto no debiera escandalizar a nadie, hasta la bosta sirve a la hora de preparar cal y viva la pepa). O “Gorositesco”, como alguna vez me aconsejaron denominar el ciclo de Pipo. Antes de empezar esta nueva inquisición contra el Club de Nuñez, una digresión: con amor y sordidez, mi más sentido pésame a los hinchas de San Lorenzo. El muerto se ríe del degollado but yo sé lo que les digo, se vienen épocas de desconcierto, escenas inenarrables que ni siquiera Lovecraft atisbaría escribir, Casas, por un tiempo recomiendo elegir un club simpático (¿por qué no el Huracán progre de Cappa?, ¿qué importa que sea el eterno rival?, yo hasta me hice amigo del Boca de Riquelme en tiempos aciagos, que volvieron con la rapidez de Lugo en el “uno-dos-uno-dos”) y desviar la vista del nuevo club del Cholo Simeone, según Kaspar Houses (para quien el del “chuchillo entre los dientes” es el “Choto” y Tinelli el “dengue”), “una broma del guionista”.

¿Alguna vez vieron esa sofisticada comedia noventosa llamada “El día de la marmota” o en su defecto castellanizada “Hechizo del tiempo”? Trata sobre un periodista egoísta (un Bill Murray descomunal sin aptitud alguna para las relaciones humanas) que debe despertarse miles de veces el mismo día hasta encontrarle sentido a la insoportable “red sonora” en que está atrapado para aprender a ser bondadoso, dar sin recibir y entablar la amistad con el prójimo. Bueno, yo soy ese tipo. Y una de las razones que tengo para comprobarlo es que lo de hoy a la noche ya lo viví. Hace 3 años contra Libertad (el de la plancha esa vez fue el pobre Gallardo y yo también tenía una gripe, como ahora, y miré el partido, temeroso, debajo de un cubrecamas). Hace 2 con Caracas. Un año atrás con San Lorenzo. ¡Y lo peor de todo es que sigue empeorando, esto no para! ¡Auxilio! Ya soy como esas viejas escandalizadas que gritan: “¡Nos están matando como a moscas!”.

Desde el primer y único partido mal ganado de la Copa contra el mismo Nacional no comentaba. Y las cosas no han cambiado mucho. Incluso la clasificación no se perdió contra los paraguayos sino con los orientales del mismo nombre, en ese partido tan triste que terminó 0 a 0 sepultando cualquier ilusión de sensibilidad deportiva. Ya se advertía el sufrimiento. En el camino, los jugadores creyeron encontrar una salida elegante a este perpetuo derroche de mediocridad: declaraciones auto flagelantes al final de los partidos. “Somos un desastre”. “Hoy dimos vergüenza”. “No soy digno de esta camiseta”. “No me dieron las piernas”. “Merezco ser fusilado en la Plaza de Mayo”. “Soy un adefesio caminante, escupidme”. Esto demuestra a las claras lo fácil que es, en comparación con otros oficios, trabajar de futbolista: ¿se imaginan ser un albañil y todos los días antes de irse de la obra en construcción gritar a los cuatro vientos: “hoy levanté una pared torcida, le martillé el dedo a un compañero e hice la mezcla de cemento para el culo” y aun así cobrar una fortuna? Si esa honestidad brutal sirviera de algo vaya y pase, pero sólo es el obvio reconocimiento de un mal sin posibilidad alguna de recuperación. Como De Narváez cambiando “todo lo malo” por “todo lo bueno”: ¿y cómo vas a hacer eso: vas a traer “todo lo bueno” en una caja?, ¿en un flete?, ¿en un vuelo charter desde “Buenolandia”? Pero el problema de River es que no es River. Sus jugadores son efigies sin significado. Fabbiani es el significante más exorbitante (más aún que Alexis Sánchez o el último Marcelo Salas) de la historia del Club: un ídolo que todavía no hizo nada. Un tipo que se cree tan ídolo que asume las derrotas como propias y que, por ahora, no le hace un gol ni al arco iris. Falcao, el fabuloso goleador que nunca saldrá goleador de un Torneo. Buonanotte, un buen actor de propagandas. Ahumada, el capitán que deja todo en la cancha pero debería jugar en Boca. El curioso caso de Gustavo Cabral, que a diferencia de Gerlo, ni siquiera tiene carisma, un invento siméonico. Barrado, Nico Domingo, Sambueza (que tiene, creo, un tatuaje de Viejas Locas en la pierna), actores secundarios que nunca pudieron conseguir un papel y vuelven cada tanto protagonizando esos capítulos de relleno circa Lost que nadie quiere ver. Matías “Es la pelota. Tendré que ocultarme o huir” Abelairas. El artista antes conocido como Gallardo, al 11, 75 % de sus posibilidades, probablemente el mejor, enseñando el gesto del cuadro más famoso de Munch cuando la cámara no lo enfoca. Y una tríada de arqueros que no da pie con bola, del que el mejor es Daniel Vega, sin dudas, algo que Gorosito se dio cuenta último que todos, mientras experimentaba peligrosamente con Barbosa. Vega, por su parte, tiene el perfil más bajo que una hormiga. En ese sentido es el negativo de Migliore, el arquero al que todos los hechos exceden. El arquero que no puede comprender la dinámica de la realidad y se queda sin palabras mientras gesticula alocadamente o ataja una pelota imitando en su pose la crucifixión de Cristo o llora o vomita o se caga encima en plena cancha. No se entiende qué le pasa a Migliore en la cancha, es un personaje de Salinger, un tipo inmutable y trastornado. Insoportable. Lamentablemente, eliminados de la primera ronda, nos perdimos la posibilidad de observar en el verde césped a Edgar Davids (dicen que quiere jugar en River, probablemente crea que todavía está Francescoli). Sin dudas hubiera ayudado muchísimo la presencia de un jugador en pleno ocaso de su carrera (en realidad ya pasó por el ocaso, el estadio actual es indecible), que no conoce el idioma y con 8 meses de inactividad. Lo mismo podría decirse de Rosales, ¿no? Cambio y fuera.

PD: El presente post fue escrito bajo los efectos de una emoción violenta y una gripe oprobiosa. En realidad el fútbol es de una vulgaridad tal que no habría que hacerse el más mínimo problema por él. Lo único importante en la vida es el amor. Por eso mismo ilustro el post con una fotografía de Victoria Vanucci, nueva enamorada del Ogro Fabbiani. A los dos les deseamos mucha suerte y los felicitamos por lo bien que están llevando adelante sus respectivas carreras.

lunes 20 de abril de 2009

Parerga y paralipómena

El viernes por la noche, Jorge Lanata (figura indiscutida de este blog en los últimos días) reunió en un mismo estudio a Luis D’Elía y Fernando Peña. Experimento sociológico-televisivo de rating asegurado para el canal de Pierri (los dos suelen ser aludidos con términos que denotan súper archi discusión como “Polémico” o “Controvertido” o “Transgresor”). El afamado actor logró algo extraordinario: dejar muy bien parado al dirigente oficialista. Creo que hasta el más ferviente anti K debe haberse dado cuenta. Siempre me pareció desmesurado el aborrecimiento masivo hacia D’Elía. El único matiz que le reprocho (además de los usuales que se le pueden adjudicar a todo el espectro político, claro: contradicciones, declaraciones desafortunadas, estupidez) es que en determinado punto de las entrevistas no deja hablar a sus interlocutores y comienza a entonar un rap monocorde (El rap de la justicia social) no apto para seres irritables. Lo demás es pura reacción circa “vigilante medio argentino” (sólo basta comparar el efecto que produjo su piña a un energúmeno y la paliza que le propinaron a un fiscal en la última semana). En este caso, lamenté que no haya formulado su rap con mayor asiduidad porque las expresiones de Peña colmaron mi caudal de vergüenza ajena. Todo tiene un límite. Hacía mucho que no veía en una persona toda la andanada de lugares comunes y prejuicios de la clase media-alta (a la que D’Elía, en un anacronismo, llama oligarquía). Descontando que intentó por todos los medios ser denigrado por su condición sexual o recibir un sopapo para erigirse como víctima. Por un momento creí que estaba leyendo los chistes que hace el pensador de derecha Nick en el diario La Nación. Así de bajo fue el nivel. Queriendo hacer alarde de una supuesta inteligencia personal (estrategia banal para demostrar superioridad intelectual que terminó expresando una clara perspectiva clasista), interrumpió a D’Elía puntualizando los aparentes errores sintácticos o semánticos que éste cometía en sus argumentaciones. Erráticamente, lo reprendió por decir “enterar de que” en lugar de “enterar que”, no explicar la diferencia entre “trucho” y “de poca monta” (¿?) o confundir el término “televidentes” con “radioescuchas”, detalles insignificantes (conocidos en el marco de una discusión como chicanas) en una discusión en la que el propio Peña no pudo mantener cohesión verbal durante más de 30 segundos. Cuando lo hizo fue para acusar a su contendiente de “no trabajar” o tener a su cargo “salvajes” o un hijo “descerebrado”, todo con el mismo hedor reaccionario que se huele en la sociedad argentina desde que el conflicto con el campo y el pedido continuo de seguridad destapó las cloacas del fascismo autóctono. Incluso llegó a reconocer que había maltratado al aire al hijo de D’Elía llamándolo “negro de mierda” porque esta era una expresión usual en la Argentina (¿?). Luego aclaró que no tenía nada contra los negros, que incluso su hermano estaba casado con una mulata. Y yo tengo un amigo judío, debió haberle contestado D’Elía, acusado de antisemitismo por sus frecuentes ataques a la derecha israelí. Con la misma lógica paranoica de quienes creen ver en el gobierno un accionar genocida (allí está Fontevecchia en su reportaje a Guillermo O’Donnell del domingo comparando a Kirchner con Videla “sin querer queriendo” y cada vuelo de mosca), advirtió en un inofensivo saludo del piquetero una enigmática “seña” de corte mafioso destinada a matarlo. D’Elía, por su parte, se mostró nervioso (no tanto como su antagonista) pero brutalmente honesto, tanto es así que llegó a derrapar y reconocer un brindis el día del asesinato de Aramburu. Lo de Peña fue tan grosero que hasta llegó a argumentar que Cristina, en caso de estar con los pobres, no debería vestirse con trajes costosos. Esta es una observación apta para la peluquería o el café y entre dos seres humanos que no entienden que la presidenta de un país no puede salir en ruleros y con jogging en la Cumbre de las Américas, pero no para que alguien discuta seriamente una postura ideológica. Tal vez persuadido del desconcierto de su amigo (que en un instante de sublime patetismo dijo conocer a los pobres porque había hecho “informes” con ellos para su programa y se sorprendió de que la idea de “amor” englobe la de “odio”), Lanata embistió contra D’Elía subrayando lo inadecuado del “odio visceral” que siente hacia la oligarquía. D’Elía (entre otras cosas) se equivoca al dramatizar tal resentimiento, pero ni siquiera sus más grandilocuentes afrentas pueden simbolizar más odio que el desprecio al que es sometido por Peña y gran parte del gran pueblo argentino salud. Por último, mostró su título de profesor en cámara, ya que Lanata, en una entrega de los Martín Fierro (ante el aplauso de otras perseguidas políticas como Susana Giménez y Moria Casán) lo había acusado de impostor. La esperanza de un debate de ideas quedó para otro día. La expresión de un país dividido se pareció demasiado a un talk show. Se ofrece recompensa por el paradero del ángel artístico de Peña.

James Ballard (1930-2009)

James Ballard: Peligros de la vida moderna

La poesía de James Ballard

jueves 16 de abril de 2009

La tv atraca

“Tratame bien”. Así se llama la nueva serie de Canal 13 producida por Adrián Suar. Hace por lo menos una década (cuando encontré mi sensibilidad social pocket en algún libro de Cortázar) que le perdí el rastro a este tipo de programas que apunta a desarrollar los problemas que le suceden a la gente elegante, a la gente que no es como nosotros (aunque sea como yo y algunos de ustedes). Se trata de productos que marcan pautas sociales estrictas. Para que (si se me permite un resumen trasnochado) la clase alta se entretenga, la media-alta se identifique y la baja (por lo menos) vea cómo es la civilización. Así le gustaría a “Clarín, Qué te pasa” que fuesen todas las personas que lo consumen: con cocinas blancas y amplias, botiquines repletos de pastillas posmodernas, hijos disfuncionales. Los personajes están vestidos como María Laura Santillán o algunas de esos seres despreocupadas que, mientras leen Viva, toman café con medialunas en los bares más selectos de los centros urbanos del país. Son jodidos, pero en el fondo tienen un buen corazón. No pueden dar un paso sin recurrir al terapeuta (la vieja escena del paciente desesperado que llama por teléfono a cualquier hora se repite una y otra vez). Y se regocijan en ello (el creador de la serie suele hacer hincapié en este tema, he allí un reflejo fiel de la sociedad contemporánea; no importa que el psicoanálisis exista desde hace dos siglos). Hablan en forma apresurada y nunca tienen tiempo para nada (“me tengo que ir, estoy apurado”, es la frase predilecta). Tienen trabajos limpios, nunca se ensucian en el trabajo, pueden irse del mismo cuando se les da la gana (sean dueños o empleados). Están pasando por una crisis relacionada con la edad que detentan (la de los 30, los 40, los 50, ese tipo de cosas que nunca les pasaría por la cabeza a la gente preocupada por sobrevivir). “Tratame bien” está protagonizada por dos buenos actores: Cecilia Roth y Julio Chávez. Sin embargo, parecería que todo lo que envuelve Canal 13 se “canaltrecea”. Y canaltrecearse (o clarinecearse o tncearse) es muy peligroso. Sino pregúntenle a Tenembaum, que pasó de ser un periodista respetado al más odiado de todos. Cuando suena el tema de apertura, pienso varias cosas: 1) Fito Páez siempre compone la misma canción; 2) Cecilia Roth siempre hace el mismo papel (la mina histérica y malhumorada que putea y de a ratos es dulce; probablemente ella o no, vaya uno a saber); 3) Esto, por lo menos, atrasa 15 años. Chávez parece una mezcla de Francella y Kevin Spacey. Creo (no estoy muy seguro) que eso es bueno. Norman Brisky, el terapeuta, hace de Norman Brisky. Hay una creencia errónea en los directores argentinos: que la sola presencia de Brisky asegura calidad. Como es de prever, Chávez engaña a Roth. Y no tiene mejor idea que contárselo en el medio de un restaurante mostrándole un msj de su “amante”. Roth estalla y tira una silla. Se refugia en sus amigas conchetas y, cuándo no, en su terapeuta. Tiene una conversación inverosímil con un barman en un pub que parece salido de una serie norteamericana. Hay un tío gordo, una hija semi-lesbiana y un hijo alienado con la nada salido de una película de “Nuevo Cine Argentino” de 1998. Al promediar el capítulo se suceden algunas buenas escenas gracias a Chávez: la llegada a una sesión de terapia cargada de nerviosismo, una súbita pelea con un taxista de paro. Voy a seguir viendo “Tratame bien”, tal vez con mucha concentración logre convertirme en alguna de esas personas tan interesantes.

El nuevo programa de Lanata se llama “Después de todo”. El título, más que la hora de emisión (21:30) testimonia perfectamente su situación. La verdad (y esto no es necesariamente malo, incluso él parece expresarlo) es que se lo nota de vuelta. De otro modo no habría aceptado esa pequeña y endeble escenografía. Estar después de Mauro (paradigma del periodismo berreta). Se lo ve falto de timing (siempre apuntaló sus monólogos leyendo, pero en las dos primeras ediciones se advirtió cierta falta de cohesión discursiva) y especialmente resentido con un medio que en los últimos tiempos le ha dado más palos que rosas. Esta actitud ofensiva se trasladó a los espectadores (los que le dieron la espalda en el Maipo, los que no lo siguieron ni en Crítica ni en la película “Deuda”, los que se rieron de su casco en la tapa de Perfil, los que lo criticamos desde la comodidad e inexperiencia de los blogs) en la editorial del segundo envío. El sólo hecho de que algunos observaran cierta complacencia en la entrevista (muy buena, por cierto) que le hiciera a Aníbal Fernández, lo llevó a disparar munición gruesa y realizar declaraciones de principios inadecuadas. Hablo de que no iba a luchar en el barro. Aclaró que quería la menor cantidad posible de boludos por metro cuadrado. Invitó a cambiar de canal si lo que veían no les gustaba. Una respuesta a todas luces desmesurada. Lanata (restándole importancia a su profesión) repite que el gobierno se preocupa demasiado en lo que dicen los medios. Exactamente lo mismo podría decirse de él, proclive a responder minuciosamente cada una de las críticas que se le hace por más imperceptible que sea el emisor y absurdo su argumento. Remember Teto Medina. Se siente perseguido por el gobierno K, pero no duda en aceptar publicidad oficial en la tanda de su programa. En su constante canto a sí mismo, por momentos parece mimetizarse con la fauna farandulesca. Con oficio, actitud, casi de taquito (¿tiene ganas de estar en Canal 26?), seguramente más por lo que significó que por su presente, logra desmarcarse del resto. “En la televisión uno se da cuenta de todo”, suele repetir en los reportajes. Y es cierto.

PD: Este post contiene la primera imagen de, como suele decirse, una mina en tetas en la historia del blog (entre Capristo y Lanata, al fondo).

lunes 13 de abril de 2009

Ética

El viernes, el Tribunal Nacional de Ética de la UCR levantó la sanción de septiembre de 2007 que expulsaba de por vida al actual vicepresidente Julio Cobos por “inconducta y (valga la redundancia) falta de ética”. Este hecho presupone comentarios, preguntas y afirmaciones (de esas que llevarían a exclamar al probo Marcos Ah!guinis, mientras realiza atinadas comparaciones entre Hitler y Kirchner: “¡Pobre Patria Mía!”): 1) Los fantasmas existen; 2) Desarrollo del tema: la existencia de un Tribunal de Ética de la UCR me recuerda a esas parejas que, por inercia o hipocresía o la costumbre o las tres cosas juntas, siguen asistiendo juntas a reuniones familiares cuando todos ya saben que están separadas; 3) ¿En qué recóndito lugar reside la “ética” de un Tribunal de Ética que echa de por vida a un sujeto (en realidad dudo de que lo sea, pero de alguna forma hay que llamarlo) de un partido político y, un año y medio después, por cuestiones tan vulgares como “imagen positiva en encuestas” o “funerales con mensajes subliminales de la sociedad”, lo vuelve a amparar?; 4) Los escandalizados periodistas que se preguntan incansablemente por el legado de Alfonsín sin obtener respuestas (ya que todavía nadie se puso de acuerdo en saber qué vendría a significar tal entelequia: ¿la democracia?, ¿la obediencia debida y el punto final?, ¿la confrontación con la Sociedad Rural?, ¿la rapidez para contestarle a gorditos que insultan?, ¿el divorcio?, ¿el Juicio a las Juntas?, ¿el Juicio a los “subversivos”?, ¿no saber elegir reemplazantes?) y el efecto que éste debiera tener en el espectro político todo, con resoluciones como las del Tribunal de Ética (a quien no volveré a mencionar: soy muy joven para morir a causa de un ataque de risas), ¿no advierten la inoperancia supina e inmediata de tal legado?; 5) Esto en caso de que no haya sido el mismo Alfonsín el que desde su lecho de muerte pidiera que el Tribunal de Ética de la UCR (y aquí me despido porque las carcajadas están formando una especie de coágulo mortal en mi garganta) levantará la sanción contra Cobos; 6) Por consecuencia de esto, el legado de Alfonsín (por si alguien no lo sabía, ya bastante contradictorio y manoseado y desgastado) sería la absoluta nada vagando en el vacío; 7) Es decir, la UCR.

El kirchnerismo, torsión heterodoxa del peronismo, demostró, desde sus inicios, una postura a favor de los derechos humanos expresada, principalmente, en la reapertura de juicios a represores de la última dictadura militar. Por consecuencia de tales medidas, los K fueron acusados de oportunismo y demagogia. Sin embargo el oportunismo y la demagogia son utilizados desde el Estado cuando se adquieren medidas que generan adhesiones mayoritarias en el electorado y no en un grupo por demás minoritario de la sociedad (como lo es el conformado por los Organismos de Derechos Humanos y la gente sensible a esta problemática). Extraño populismo el de un gobierno convencido de que es mejor tener de su lado a José Pablo Feinmann y Horacio González que a la clase media-alta argentina. Con los años, tal posicionamiento retórico comenzó a declinar. Hay varios ejemplos (sólo con uno bastaría para ensombrecer el panorama): la repentina alianza con Aldo Rico, el apoyo estructural en la CGT de Hugo Moyano (acusado por Hebe de Bonafini de formar parte de la Triple A), etc. Ahora se conoció la noticia de que el intendente de Rauch (oficialista, seguramente por contingencia y no por convicción ideológica) es compinche de Jorge Rafael Videla. Sin proveerse de frases de Perón sobre cemento y bosta que sólo ayudan a enturbiar el tema (de todos modos, el refranero peronista justifica desde actitudes autoritarias hasta revoluciones del proletariado), sería interesante que alguien explique este tipo de bifurcaciones.

Propongo erradicar del vocabulario el término “ética”, a excepción, claro, de que éste sea formulado con argumentos y algún tipo de razonamiento. Sayonara.

miércoles 8 de abril de 2009

Escribir mal

Invitado en el programa de Alfredo Leuco “Le doy mi palabra”, Jorge Lanata fustigó duramente contra Horacio González. Acusó al mentor del grupo de intelectuales “Carta Abierta” de “escribir mal” y no tener llegada en la “gente” (por la complejidad de sus textos). “No se le entiende un carajo”, comentó jocosamente. En otro momento podríamos interpretar (si así usted lo quiere, en los comentarios de este post) la creciente incomodidad, el escándalo que causa en el periodismo local el grupo de intelectuales K (promovedores de hits kirchneristas ya vaciados de significado por su constante repetición como “nueva derecha” y ánimo “destituyente” que la mayor parte de los medio desecharon en tono de burla y sin el menor estudio). Lejos estoy de defender a González (a pesar de que coincido mayormente con sus críticas al grupo Perfil) e incluso lo que más recuerdo del encargado de la Biblioteca Nacional es la incomprensión que me causó una nota suya publicada en Ñ en diciembre de 2007 sobre la proliferación de blogs. González es dueño de una prosa barroca, ornamentada en exceso y por momentos de un anacronismo disparatado. Se encuentra en las antípodas de mis preferencias como lector. Por momentos parece regodearse en su complejidad y accede a frases (no es mi intención realizar un análisis general, sino detenerme en ciertos detalles para ofrecer una idea concreta sobre la temática) como la siguiente: “la responsabilidad del multi-secular sujeto escribiente” (22/12/07, Revista Ñ). Claramente existen otras formas más sencillas de nombrar (también de articular sintácticamente) al “multi-secular sujeto escribiente”, González las elude. Ahora bien, nadie puede recriminarle que lo haga. Los dichos de Lanata (a menudo y, “después de todo”, con razón, presentado como referente ineludible de los medios locales y guía de las nuevas generaciones) son paradigmáticos y señalan cierto estado del periodismo argentino (“subdesarrollado”, diría Eliaschev, con otro objetivo) al confundir “escribir mal” con ilegibilidad: luego de su afirmación argumentó que él leía a Bertrand Russell y lo entendía y no creía que éste fuera menos inteligente que González. La ecuación que propone Lanata es de una ingenuidad descomunal e inconscientemente termina por hacer una apología de la pauperización discursiva: soy legible, escribo bien; soy enrevesado, escribo mal. Por otro lado, cae en la demagogia de apuntar que a González no lo entiende “la gente”: ¿qué gente?, ¿la que lo entiende a él y lo fue a ver al Maipo?, ¿siempre es meritorio ser entendido por la “gente”? Teniendo en cuenta esta escala de valores se advierte por qué Lanata nunca criticó el modo de escribir de Nelson Castro, quien es muy claro en su textos, por supuesto, y escribe en forma desastrosa (en reiteradas ocasiones hemos tratado tal cúmulo de utilización de sinónimos, repetición de palabras y multiplicación de frases hechas para rellenar espacio). Los ensayos canónicos de Borges (Otras inquisiciones, Discusión) son absolutamente legibles y están escritos en base a una sintaxis que roza la perfección (no es casual que allí se termine de fundar el lenguaje castellano contemporáneo); lo que los vuelve complejos son sus razonamientos. Foucault conjuga en Las palabras y las cosas complejidad argumental y sintáctica; también es un coloso de la lengua. Vargas Llosa es clásico (no estamos hablando de ficción, sino de ensayos), pulcro, ordenado; nadie podría acusarlo de facilismo porque su prosa es magnífica. La verdad es que la legibilidad es un avatar contingente en la suma de propiedades que hacen que un autor escriba “bien” o “mal” y cambia su naturaleza (deja de existir) según la recepción del lector. Por último, sin caer en relativismos posmodernos que anulan todo tipo de debate, en el tintero quedaría otra discusión: más allá del ejemplo de Nelson Castro, ¿qué es escribir “mal”? No vale reproducir éste o alguno de mis garabatos. Como diría el ¿Santo/Dios/Demócrata? de Chascomús, estoy “persuadido”. Sayonara.

PD: Para más adelante prometo algún tipo de post sobre Carta Abierta. Qué tipo divertido soy, ¿no?

jueves 2 de abril de 2009

RA

Meses atrás (exactamente el 31 de octubre del año pasado) comentamos la naturaleza ambigua de la canonización en vida de Raúl Alfonsín: por un lado, a pesar de las contradicciones que caracterizaron su itinerario político (tal vez ejemplificadas en modo supremo en el vaivén ideológico que sufrió su postura en el transcurso de tiempo que fue del primer al segundo discurso de la jornada de Pascuas de 1987), tal reconocimiento masivo sonaba adecuado; por otro, parecía, más que enaltecer las virtudes del líder radical, servir como fachada para que distintos actores contrarios al gobierno (e inclusive contrarios, en su momento, al mismo Alfonsín) tuvieran otra razón para castigar a éste subidos al repentino caballo de la “institucionalidad” y la “República”. El fallecimiento del ex presidente confirmó estas sospechas. No hace falta decir que es deleznable el modo en que algunos aprovecharon su muerte con el sólo objetivo de contraponer sus aparentes virtudes (total mesura, diálogo, ausencia confrontación) con las del oficialismo. Digo “aparentes” porque cualquiera que haya oído el discurso que Alfonsín pronunció en la Sociedad Rural en agosto de 1988 sabe que, cuando la situación lo requería (la puja con el sector agropecuario adquiere actualmente un gran significado), se trataba del individuo menos mesurado con el que se podía contar. Me pregunto cuál es la gran diferencia entre ese enojo en medio de la silbatina rural (magistral muestra de coraje y altura ante el sector más reaccionario de la Argentina) y los “piquetes de la abundancia” de Cristina. Por no recordar su clásico contra la Iglesia o los adjetivos con que describió a Ubaldini: “mantequita y llorón”. En “El mejor Alfonso”, un excelente texto publicado en Crítica (1/04/09), Eduardo Blaustein comete el “desliz” de reconocer que una de las críticas que se le hacían a Alfonsín era “pelearse con todos al mismo tiempo”. Con posicionamientos discursivos de la envergadura de estos últimos dos días (resumidos en frases marca TN como “Murió Alfonsín, murió un demócrata”; traducción: “No como Kirchner”) se hace cada vez más fácil advertir el patético manejo de la entelequia denominada “realidad” llevada a cabo por los medios de comunicación. La sociedad, por otro lado, parece sufrir una esquizofrenia de dimensiones colosales: a pesar de que Alfonsín mantuvo cierta legitimidad a través del tiempo basada en su bonhomía de “hombre de bien” y su incorruptibilidad, no tengo dudas de que muchos de los que lo honraron hoy, fueron los que ayer lo echaron por la ventana. Aunque parezca morboso, sólo imaginemos qué hubiesen dicho los mismos canales, diarios y “ciudadanos acongojados” si hubiera muerto a mediados de los 90’, cuando la prepotencia triunfal de Menem había borrado del mapa los Juicios a las Juntas y se lo recordaba simplemente como ese otro radical que llevó al país a la hiperinflación.

Al mismo tiempo, la insufrible ola de endiosamiento (con la derrota 6 a 1 del Seleccionado, Maradona habría pasado su calidad de Dios al oriundo de Chascomús; por un momento creí que en vez de haber muerto de cáncer, lo habían matado o se había inmolado por la Patria a la Gran Torino) supone dos consecuencias negativas. En primer lugar, a mayor número de repeticiones de calificativos grandilocuentes (“La democracia está de luto”, “Un estadista con fuerte liderazgo moral”), disminuye la comprensión del valor histórico real de su mandato y sus medidas más felices. En segundo lugar, la proximidad de la muerte, inhibe (¿inocentemente?) de comentar aspectos, por lo menos, imprecisos. En las últimas horas se mencionó con insistencia que Alfonsín fue, durante el “Proceso de Reorganización Nacional”, el fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y abogado defensor de presos políticos. En una nota del 6/01/07, Osvaldo Bayer (quien probablemente tenga una recriminación ética para hacerle a cada ser humano del Planeta Tierra) apunta: “Alfonsín, durante la dictadura se fue a vivir a Chascomús. A mí me han contado las Madres de Plaza de Mayo que fueron a verlo en los peores momentos de la dictadura; él estaba pescando en la laguna. No quiso ni recibirlas”… También se evocan como muestras de civilidad las manifestaciones multitudinarias que acompañaron a Alfonsín durante su campaña electoral. Confiesa el proveedor de iniquidades Fogwill (Revista Adn Cultura, marzo 2008): “Nunca fui peronista. No, perdón, me hice peronista el 30 de octubre de 1983, el día que ganó Alfonsín, ante la explosión de racismo antinegro que llenó la Avenida 9 de Julio con los radicales”. Esta última consideración habla más de los defectos de parte de los seguidores de Alfonsín, que de las virtudes del dirigente, único en su especie radical no-gorila. Tal vez ése sea uno de los aspectos que lo convirtieron en alguien tan apreciado como denostado y que causa impresiones ambivalentes en la opinión pública (y privada): el amalgamiento de posturas que habitualmente se repelen. Sayonara.