Aira sos cagón. Así rezaba el “asunto” del mail que un poeta mandó al escritor de Coronel Pringles para asegurarse que éste lo leyera. Se trataba de un pedido de traducción o reedición que Aira terminó aceptando, lo que habla bastante bien de él. Y eso es lo más importante que sé de Aira. Lo demás es una larga serie de desencuentros literarios sintetizados en la siguiente frase: nunca leí un libro entero de Aira. Empecé Cómo me hice monja, Yo era una niña de 7 años, La liebre, La costurera y el viento. No pasé las primeras 10 páginas. Me respondieron que se trataba de obras menores, que intentara con otras aunque no era seguro que me agradara. Recuerdo una edición de La luz argentina (para muchos uno de sus mejores libros) a cinco pesos en todas las mesas de saldo. Ese libro me seguía, pero yo lo esquivé con la obstinación de un carrilero por la izquierda. Mientras tanto, se acrecentaba una perturbación en mi cerebro de estudiante de Letras: no gustar de Aira en los oprobiosos sitios donde nos movemos, no es simplemente una cuestión de preferencias, sino algo mucho más inquietante: no entenderlo. Leí entrevistas, miles de reseñas de sus miles de libros y múltiples referencias en las que indistintamente podía ser calificado como un farsante o como el mejor escritor argentino de los últimos tiempos (¿lo mismo?). “Aira es un excéntrico, pero también es uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española”, afirma Bolaño en Entre paréntesis, con esa manía por los rankings sin argumentación que tenía el chileno para expresar sus inclinaciones literarias. “Ahora Aira, la verdad, es el típico niño olfa, ¿no?, como el monitor de la escuela (…) Voy a parodiar algo que Macedonio decía sobre Gálvez: Aira no existe, es un seudónimo; todos los escritores malos de
Sin embargo, por cuestiones azarosas de la vida, conseguí su Historia universal de la infamia, el famoso Diccionario de Autores latinoamericanos (la edición data del año 2001, pero fue escrito en la década de los 80’), un recorrido descomunal por la literatura de América Latina, tan arbitrario como seductor. La evocación borgeana no es un reduccionismo injustificado: leí pocos libros que deban tanto a Borges en estilo y resolución textual. No el de Otras inquisiciones o Discusión, sino el que aparece en Textos Cautivos, proclive (por circunstancias contingentes: el espacio, por ejemplo) a la brevedad y a los juicios lapidarios. Sus críticas sobre cine echan luz al respecto y explicitan un mecanismo distintivo en que una afirmación inicial da paso a una torsión lúdica que la exagera o la deconstruye. De la versión fílmica de “Crimen y Castigo” espeta: “Sternberg, en este film, ha renunciado a sus habituales marottes: hecho que puede ser de muy buen augurio. Desgraciadamente, no las ha reemplazado con nada (…) Antes parecía loco, lo cual es algo; ahora, meramente tilingo”. De “Los muchachos de antes no usaban gomina” desgrana una frase inolvidable: “Este (…) es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo”. Hay en estas observaciones una densidad humorística ajena al paso del tiempo que Aira resignifica en el Diccionario de autores latinoamericanos:
“A Desenlace de Endimión (novela de Vicente Barbieri) se la ha calificado repetidamente de “novela onírica”; es cierto que tiene una introducción onírica (hasta ahí han llegado los lectores, lo que es disculpable porque el avance se torna difícil), pero no lo son los veintiséis capítulos que siguen”
“(Mastronardi) Era lentísimo y concienzudo en su trabajo literario: en cierta ocasión un editor le encargó la traducción de los Poemas en prosa de Mallarmé; cuando Mastronardi terminó el trabajo, la editorial había desaparecido hacía décadas”
En otros casos, realiza una aseveración entre paréntesis que desautoriza lo inmediatamente posterior:
“El mismo Olivari (y casi nadie más que él) daba gran importancia en su bibliografía a la novela El almacén (1959), extensa saga sobre el tema de la inmigración”
Dirigido al lector y, “dentro de esta especie”, a “los buscadores de tesoros ocultos”, rescata incunables y se ahorra la ingratitud general de sus colegas más próximos ya que no incluye autores surgidos en los últimos 20 años (1965 en adelante). Por consecuencia de este dato resulta curiosa la ausencia de algunos escritores relevantes (Andrés Rivera, Abelardo Castillo, Marco Denevi, Isidoro Blaisten, Sara Gallardo, Copi), más si tenemos en cuenta que muchos de los incluidos no suscitan la admiración de Aira, sino todo lo contrario. En su apartado sobre Sabato podemos hallar la animadversión general de todo un campo intelectual, del que Aira, quizás, sea su máximo representante: “(Sobre El túnel) Aquí se manifiesta la falla central de Sabato: una inadecuación entre su personalidad y sus intenciones estéticas. Sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas (…) era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado; no tuvo más remedio que crear un personaje que se dice malo, atormentado y sombrío, con una insistencia francamente infantil”. Con el tiempo, este rechazo a la figura del autor de Sobre héroes y tumbas se volvió un lugar común tan “insostenible” como la postura del mismo Sabato, quien pasó a ser algo así como el agujero negro de la literatura argentina (el comodín de todo escritor con ganas de despotricar). Sobre Cortázar, parece devanearse en su adoración juvenil (confesada por su amigo Arturo Carrera en la Revista Inrockuptibles) y su desencanto posterior: “No hubo maduración visible en Cortázar; un aire de perenne juventud baña toda su obra, indiscutida favorita de los jóvenes, lectura de iniciación y descubrimiento de la literatura”; “Con sus altos y bajos (nunca llegan a los extremos de lo uno y lo otro), su centenar largo de cuentos constituye un viaje por la ficción que vale la pena hacer”. Sus elogios a Bioy Casares son mínimos: “La invención de Morel, laboriosa invención fantástica, con una atractiva idea argumental (…) y una explicación demasiado prolongada”. De Mallea repite la broma de Borges (“fue un autor siempre feliz en la elección de títulos”). Su apreciación de Rodolfo Walsh es ambigua: “…creó un género novedoso (lo que después se llamaría non-fiction novel), suerte de reportajes organizados literariamente”. El reconocimiento por la invención de un género es concreto, pero la explicación impasible que hace de éste (“suerte de reportajes organizados literariamente”) enturbia el panorama. Respeta a Alejo Carpentier (como así también a gran parte de la literatura cubana), pero se molesta con su fanfarronería. Caracterizando sus ensayos, afirma: “Por cierto hay que (…) resignarse (…) a los frecuentísimos recordatorios de sus amistades prestigiosas, del tipo “yo hablaba justamente de esto con Graham Greene”, “como Antonioni decía recientemente a un amigo mío”. A Leopoldo Lugones le toca la peor parte. Probablemente se trate del escritor que representa cabalmente lo que Aira repele de la literatura, el Anti-Aira: “La guerra gaucha (…) la insensibilidad literaria de Lugones se manifiesta, definitiva e irremediable, en este libro”; “De 1911 es Historia de Sarmiento, libro gracianesco, lleno de frases tonantes desprovistas casi por entero de significado”. Con la excepción de Roa Bastos (a quien elogia Yo, el supremo) es contrario o más bien indiferente al boom. Las descripciones cuentan con una monótona síntesis biográfica, pero en casi todas se hallan observaciones inusuales y muestras de una comicidad sofisticada. Inabarcable en su extensión (y erudición sobre temáticas herméticas para el gran público, como la literatura brasilera), el diccionario también es un fabuloso recopilatorio de citas y anécdotas. De las primeras se destaca Augusto Monterroso aclarando que “Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”. De las segundas, se lleva el primer puesto la biografía de Pablo de Rokha, un ejercicio que Aira hacer lindar con la genialidad, donde se explicita el rencor del poeta chileno hacia Pablo Neruda a quien acusaba de haberle robado el nombre y ser “el cantor de las viscosidades útero-genitales de la decadencia burguesa” que “cuando canta a Stalingrado, parece que lo canta meando”. Quienes sacian su voracidad literaria, entre muchos otros, son Augusto Monterroso, Manuel Puig, Enirque Lihn, Lezama Lima, Silvina Ocampo, Onetti, Nicanor Parra, Arlt, Horacio Quiroga, etc. Elogia las novelas de Saer (especialmente Nadie nada nunca), de quien luego se distanciaría. Previsiblemente, dedica a Borges los halagos más encendidos del diccionario, un mamotreto imprescindible y heterodoxo para ingresar en ese mundo (a veces inaccesible o con tantas entradas como salidas) que conforma su vasta colección de libros.





