martes, 28 de abril de 2009

Apuntes sobre un libro de César Aira

Aira sos cagón. Así rezaba el “asunto” del mail que un poeta mandó al escritor de Coronel Pringles para asegurarse que éste lo leyera. Se trataba de un pedido de traducción o reedición que Aira terminó aceptando, lo que habla bastante bien de él. Y eso es lo más importante que sé de Aira. Lo demás es una larga serie de desencuentros literarios sintetizados en la siguiente frase: nunca leí un libro entero de Aira. Empecé Cómo me hice monja, Yo era una niña de 7 años, La liebre, La costurera y el viento. No pasé las primeras 10 páginas. Me respondieron que se trataba de obras menores, que intentara con otras aunque no era seguro que me agradara. Recuerdo una edición de La luz argentina (para muchos uno de sus mejores libros) a cinco pesos en todas las mesas de saldo. Ese libro me seguía, pero yo lo esquivé con la obstinación de un carrilero por la izquierda. Mientras tanto, se acrecentaba una perturbación en mi cerebro de estudiante de Letras: no gustar de Aira en los oprobiosos sitios donde nos movemos, no es simplemente una cuestión de preferencias, sino algo mucho más inquietante: no entenderlo. Leí entrevistas, miles de reseñas de sus miles de libros y múltiples referencias en las que indistintamente podía ser calificado como un farsante o como el mejor escritor argentino de los últimos tiempos (¿lo mismo?). “Aira es un excéntrico, pero también es uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española”, afirma Bolaño en Entre paréntesis, con esa manía por los rankings sin argumentación que tenía el chileno para expresar sus inclinaciones literarias. “Ahora Aira, la verdad, es el típico niño olfa, ¿no?, como el monitor de la escuela (…) Voy a parodiar algo que Macedonio decía sobre Gálvez: Aira no existe, es un seudónimo; todos los escritores malos de la Argentina le envían sus novelas y él las firma”, disparó Piglia, con la misma postura vanidosa que lo escandalizara al leer los diarios de Bioy Casares.

Sin embargo, por cuestiones azarosas de la vida, conseguí su Historia universal de la infamia, el famoso Diccionario de Autores latinoamericanos (la edición data del año 2001, pero fue escrito en la década de los 80’), un recorrido descomunal por la literatura de América Latina, tan arbitrario como seductor. La evocación borgeana no es un reduccionismo injustificado: leí pocos libros que deban tanto a Borges en estilo y resolución textual. No el de Otras inquisiciones o Discusión, sino el que aparece en Textos Cautivos, proclive (por circunstancias contingentes: el espacio, por ejemplo) a la brevedad y a los juicios lapidarios. Sus críticas sobre cine echan luz al respecto y explicitan un mecanismo distintivo en que una afirmación inicial da paso a una torsión lúdica que la exagera o la deconstruye. De la versión fílmica de “Crimen y Castigo” espeta: “Sternberg, en este film, ha renunciado a sus habituales marottes: hecho que puede ser de muy buen augurio. Desgraciadamente, no las ha reemplazado con nada (…) Antes parecía loco, lo cual es algo; ahora, meramente tilingo”. De “Los muchachos de antes no usaban gomina” desgrana una frase inolvidable: “Este (…) es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo”. Hay en estas observaciones una densidad humorística ajena al paso del tiempo que Aira resignifica en el Diccionario de autores latinoamericanos:

“A Desenlace de Endimión (novela de Vicente Barbieri) se la ha calificado repetidamente de “novela onírica”; es cierto que tiene una introducción onírica (hasta ahí han llegado los lectores, lo que es disculpable porque el avance se torna difícil), pero no lo son los veintiséis capítulos que siguen

“(Mastronardi) Era lentísimo y concienzudo en su trabajo literario: en cierta ocasión un editor le encargó la traducción de los Poemas en prosa de Mallarmé; cuando Mastronardi terminó el trabajo, la editorial había desaparecido hacía décadas

En otros casos, realiza una aseveración entre paréntesis que desautoriza lo inmediatamente posterior:

“El mismo Olivari (y casi nadie más que él) daba gran importancia en su bibliografía a la novela El almacén (1959), extensa saga sobre el tema de la inmigración”

Dirigido al lector y, “dentro de esta especie”, a “los buscadores de tesoros ocultos”, rescata incunables y se ahorra la ingratitud general de sus colegas más próximos ya que no incluye autores surgidos en los últimos 20 años (1965 en adelante). Por consecuencia de este dato resulta curiosa la ausencia de algunos escritores relevantes (Andrés Rivera, Abelardo Castillo, Marco Denevi, Isidoro Blaisten, Sara Gallardo, Copi), más si tenemos en cuenta que muchos de los incluidos no suscitan la admiración de Aira, sino todo lo contrario. En su apartado sobre Sabato podemos hallar la animadversión general de todo un campo intelectual, del que Aira, quizás, sea su máximo representante: “(Sobre El túnel) Aquí se manifiesta la falla central de Sabato: una inadecuación entre su personalidad y sus intenciones estéticas. Sobre su robusto sentido común, sobre sus ideas convencionales y políticamente correctas (…) era imposible ajustar pretensiones de escritor maldito o endemoniado, o tan siquiera angustiado; no tuvo más remedio que crear un personaje que se dice malo, atormentado y sombrío, con una insistencia francamente infantil”. Con el tiempo, este rechazo a la figura del autor de Sobre héroes y tumbas se volvió un lugar común tan “insostenible” como la postura del mismo Sabato, quien pasó a ser algo así como el agujero negro de la literatura argentina (el comodín de todo escritor con ganas de despotricar). Sobre Cortázar, parece devanearse en su adoración juvenil (confesada por su amigo Arturo Carrera en la Revista Inrockuptibles) y su desencanto posterior: “No hubo maduración visible en Cortázar; un aire de perenne juventud baña toda su obra, indiscutida favorita de los jóvenes, lectura de iniciación y descubrimiento de la literatura”; “Con sus altos y bajos (nunca llegan a los extremos de lo uno y lo otro), su centenar largo de cuentos constituye un viaje por la ficción que vale la pena hacer”. Sus elogios a Bioy Casares son mínimos: “La invención de Morel, laboriosa invención fantástica, con una atractiva idea argumental (…) y una explicación demasiado prolongada”. De Mallea repite la broma de Borges (“fue un autor siempre feliz en la elección de títulos”). Su apreciación de Rodolfo Walsh es ambigua: “…creó un género novedoso (lo que después se llamaría non-fiction novel), suerte de reportajes organizados literariamente”. El reconocimiento por la invención de un género es concreto, pero la explicación impasible que hace de éste (“suerte de reportajes organizados literariamente”) enturbia el panorama. Respeta a Alejo Carpentier (como así también a gran parte de la literatura cubana), pero se molesta con su fanfarronería. Caracterizando sus ensayos, afirma: “Por cierto hay que (…) resignarse (…) a los frecuentísimos recordatorios de sus amistades prestigiosas, del tipo “yo hablaba justamente de esto con Graham Greene”, “como Antonioni decía recientemente a un amigo mío”. A Leopoldo Lugones le toca la peor parte. Probablemente se trate del escritor que representa cabalmente lo que Aira repele de la literatura, el Anti-Aira: “La guerra gaucha (…) la insensibilidad literaria de Lugones se manifiesta, definitiva e irremediable, en este libro”; “De 1911 es Historia de Sarmiento, libro gracianesco, lleno de frases tonantes desprovistas casi por entero de significado”. Con la excepción de Roa Bastos (a quien elogia Yo, el supremo) es contrario o más bien indiferente al boom. Las descripciones cuentan con una monótona síntesis biográfica, pero en casi todas se hallan observaciones inusuales y muestras de una comicidad sofisticada. Inabarcable en su extensión (y erudición sobre temáticas herméticas para el gran público, como la literatura brasilera), el diccionario también es un fabuloso recopilatorio de citas y anécdotas. De las primeras se destaca Augusto Monterroso aclarando que “Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista”. De las segundas, se lleva el primer puesto la biografía de Pablo de Rokha, un ejercicio que Aira hacer lindar con la genialidad, donde se explicita el rencor del poeta chileno hacia Pablo Neruda a quien acusaba de haberle robado el nombre y ser “el cantor de las viscosidades útero-genitales de la decadencia burguesa” que “cuando canta a Stalingrado, parece que lo canta meando”. Quienes sacian su voracidad literaria, entre muchos otros, son Augusto Monterroso, Manuel Puig, Enirque Lihn, Lezama Lima, Silvina Ocampo, Onetti, Nicanor Parra, Arlt, Horacio Quiroga, etc. Elogia las novelas de Saer (especialmente Nadie nada nunca), de quien luego se distanciaría. Previsiblemente, dedica a Borges los halagos más encendidos del diccionario, un mamotreto imprescindible y heterodoxo para ingresar en ese mundo (a veces inaccesible o con tantas entradas como salidas) que conforma su vasta colección de libros.

jueves, 2 de abril de 2009

RA

Meses atrás (exactamente el 31 de octubre del año pasado) comentamos la naturaleza ambigua de la canonización en vida de Raúl Alfonsín: por un lado, a pesar de las contradicciones que caracterizaron su itinerario político (tal vez ejemplificadas en modo supremo en el vaivén ideológico que sufrió su postura en el transcurso de tiempo que fue del primer al segundo discurso de la jornada de Pascuas de 1987), tal reconocimiento masivo sonaba adecuado; por otro, parecía, más que enaltecer las virtudes del líder radical, servir como fachada para que distintos actores contrarios al gobierno (e inclusive contrarios, en su momento, al mismo Alfonsín) tuvieran otra razón para castigar a éste subidos al repentino caballo de la “institucionalidad” y la “República”. El fallecimiento del ex presidente confirmó estas sospechas. No hace falta decir que es deleznable el modo en que algunos aprovecharon su muerte con el sólo objetivo de contraponer sus aparentes virtudes (total mesura, diálogo, ausencia confrontación) con las del oficialismo. Digo “aparentes” porque cualquiera que haya oído el discurso que Alfonsín pronunció en la Sociedad Rural en agosto de 1988 sabe que, cuando la situación lo requería (la puja con el sector agropecuario adquiere actualmente un gran significado), se trataba del individuo menos mesurado con el que se podía contar. Me pregunto cuál es la gran diferencia entre ese enojo en medio de la silbatina rural (magistral muestra de coraje y altura ante el sector más reaccionario de la Argentina) y los “piquetes de la abundancia” de Cristina. Por no recordar su clásico contra la Iglesia o los adjetivos con que describió a Ubaldini: “mantequita y llorón”. En “El mejor Alfonso”, un excelente texto publicado en Crítica (1/04/09), Eduardo Blaustein comete el “desliz” de reconocer que una de las críticas que se le hacían a Alfonsín era “pelearse con todos al mismo tiempo”. Con posicionamientos discursivos de la envergadura de estos últimos dos días (resumidos en frases marca TN como “Murió Alfonsín, murió un demócrata”; traducción: “No como Kirchner”) se hace cada vez más fácil advertir el patético manejo de la entelequia denominada “realidad” llevada a cabo por los medios de comunicación. La sociedad, por otro lado, parece sufrir una esquizofrenia de dimensiones colosales: a pesar de que Alfonsín mantuvo cierta legitimidad a través del tiempo basada en su bonhomía de “hombre de bien” y su incorruptibilidad, no tengo dudas de que muchos de los que lo honraron hoy, fueron los que ayer lo echaron por la ventana. Aunque parezca morboso, sólo imaginemos qué hubiesen dicho los mismos canales, diarios y “ciudadanos acongojados” si hubiera muerto a mediados de los 90’, cuando la prepotencia triunfal de Menem había borrado del mapa los Juicios a las Juntas y se lo recordaba simplemente como ese otro radical que llevó al país a la hiperinflación.

Al mismo tiempo, la insufrible ola de endiosamiento (con la derrota 6 a 1 del Seleccionado, Maradona habría pasado su calidad de Dios al oriundo de Chascomús; por un momento creí que en vez de haber muerto de cáncer, lo habían matado o se había inmolado por la Patria a la Gran Torino) supone dos consecuencias negativas. En primer lugar, a mayor número de repeticiones de calificativos grandilocuentes (“La democracia está de luto”, “Un estadista con fuerte liderazgo moral”), disminuye la comprensión del valor histórico real de su mandato y sus medidas más felices. En segundo lugar, la proximidad de la muerte, inhibe (¿inocentemente?) de comentar aspectos, por lo menos, imprecisos. En las últimas horas se mencionó con insistencia que Alfonsín fue, durante el “Proceso de Reorganización Nacional”, el fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y abogado defensor de presos políticos. En una nota del 6/01/07, Osvaldo Bayer (quien probablemente tenga una recriminación ética para hacerle a cada ser humano del Planeta Tierra) apunta: “Alfonsín, durante la dictadura se fue a vivir a Chascomús. A mí me han contado las Madres de Plaza de Mayo que fueron a verlo en los peores momentos de la dictadura; él estaba pescando en la laguna. No quiso ni recibirlas”… También se evocan como muestras de civilidad las manifestaciones multitudinarias que acompañaron a Alfonsín durante su campaña electoral. Confiesa el proveedor de iniquidades Fogwill (Revista Adn Cultura, marzo 2008): “Nunca fui peronista. No, perdón, me hice peronista el 30 de octubre de 1983, el día que ganó Alfonsín, ante la explosión de racismo antinegro que llenó la Avenida 9 de Julio con los radicales”. Esta última consideración habla más de los defectos de parte de los seguidores de Alfonsín, que de las virtudes del dirigente, único en su especie radical no-gorila. Tal vez ése sea uno de los aspectos que lo convirtieron en alguien tan apreciado como denostado y que causa impresiones ambivalentes en la opinión pública (y privada): el amalgamiento de posturas que habitualmente se repelen. Sayonara.