Siempre que muere un rockero me impacta lo que poco que saben los que conducen programas en medios de tv, radio y stream. No importa que se trate de Spinetta, de Cerati, del Indio, ellos no saben absolutamente nada. Ni siquiera pueden diferenciar un disco de una canción. No saben en qué año, ni cuándo, ni por qué. Entrevistan allegados de estos músicos y tampoco saben quiénes son.
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Esta falta de saciedad por el repertorio de la banda (después de todo tienen sólo 9 discos, uno doble) la canonizó aún más. Los discos solistas del Indio no alcanzaron a suplir la falta. Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar. El Indio y Skay ya estaban unidos más allá de que ellos pudieran decidir separarse.
"Pool, averna y papusa" tal vez haya sido la última obra maestra de esta dupla de tipos más parecidos a guerreros de una dinastía bizarra que a músicos de rock nacional. La pelea -todavía inesperada, todavía dolorosa- es un grano en el culo del mito.
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A la distancia veo que hay algo demasiado crepuscular en toda su discografía solista, no sólo en el último disco. El sueño había terminado y el Indio bebe de las copas más lindas, festeja la derrota que sólo él tenía en su mente. Hay canciones muy logradas, pero la música ha perdido frescura en pos de un sonido implacable, denso, industrial. Temas como "La pajarita pechiblanca" o "El charro chino" -donde el Indio se permite la genialidad de preguntarse "qué hace que abandona a su mujer, por fea, un ciego"- son recreos en muros de conceptos insondables. Este movimiento en la música de Solari ya se vislumbra desde Último bondi a Finisterre (1998) y especialmente en Momo Sampler (2000), los últimos trabajos de Los Redondos, recibidos con frialdad por la audiencia.
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Se limita al Indio cuando se lo quiere encapsular en la figura del artista militante. De hecho a partir de su adscripción explícita al kirchnerismo se volvió mucho más previsible. Fue una decisión ultra arriesgada que consumados los hechos tampoco le restó tanto: su peso compositivo es una trompada de Tyson, imposible de ignorar. Que haya gente clasista y racista no es problema del Indio.
Con respecto a su fama de “erudito” siempre me pareció que era menos que su reputación. Es decir, nunca ligué su inteligencia a los libros que había leído, sino a una singularísima subjetividad, pre-existente. Conozco personas que leyeron a Kerouac pero ninguna escribió "Canción para naufragios". Otro gran acierto de su parte fue lograr que lo analizaran desde el encuadre que él elegía. Si afirmaba que sus bandas habían sido "de combate", ya se daba por hecho que lo eran.
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Hay algo entrañable en la relación del Indio con los ricoteros. La magnitud del vínculo lo asemeja por momentos a un gran malentendido. El Indio había sido el encargado de un asilo de chicos hasta la época de Oktubre (1986) y un poco más. Después se tuvo que hacer cargo de la vuelta del malón. Por alguna causa, sus letras, su voz, sus melodías, encantaron los sentidos de los más barderos del curso. El Indio reaccionó a esa devoción bajando las persianas de su vida pública, pero sin renunciar del todo a algo muy parecido a una responsabilidad social.
Las grandes polémicas a su alrededor tratan sobre esta pesada responsabilidad. El caso Bulacio es clave para entender la tragedia detrás del consabido "fenómeno sociológico".
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Había respeto hacia el Indio en los noventa, antes de Internet y las redes sociales. Ahí todavía existía el misterio en la vida humana y el Indio era excesivamente misterioso. Todo en él era extraño, hasta su forma de vestirse. Cuando leí la primera entrevista directamente ingresé en otro mundo.
Recuerdo cuando llegó a mis manos el casete virgen con temas varios de Los Redondos que todos alguna vez tuvimos si nacimos en los ochenta y crecimos en un barrio sin asfalto. Estos objetos arqueológicos se pasaban entre primos, amigos, hermanos y parejas. Sostuvieron la psiquis de toda una generación.
Ensayo general
para la farsa actual,
teatro
anti-disturbio.
Todavía pienso lo mismo.
