viernes, 22 de octubre de 2010

Justicia por Mariano Ferreyra

¿Pedraza hace un año se reunió con Duahlde, no? Pero dos días atrás salió en una foto con Schiavi. Ok, ok. Tal vez el Secretario de Transporte también esté en la Gran Conspiración tramada desde las páginas del diario El Cronista, de Francisco De Narváez. Junto a Magnetto y sus comensales, claro, como dieron a entender hoy en 678.

Cuando asesinan a un militante del PO y antes de pedir justicia, te preocupás en aclarar que Moyano no está implicado, siquiera tangencialmente, es el momento de pedir cita con el psicoanalista. O directamente podés ir y encerrarte en un manicomio. Nada más triste que buscarle las piezas perdidas del rompecabezas a la CGT.

Seguimos con la semiología de bolsillo, indignados con la tapa de Clarín, con la información que aparece en las páginas pares, ¿cómo van a decir que fue un "asesinato" si en el 2002 titularon "muertes" y le echaron la culpa a la “crisis”?

La vida es aquello que sucede mientras estamos concentrados en otro plan: leer la biografía de Magnetto en Miradas al Sur.

Entonces, la Federal se convierte en una entidad autónoma, que excede cualquier jerarquía. Se trazan vínculos insospechados que intentan explicar la realidad como si fuera la última peli de Roman Polanski, cuando fue justamente en estos últimos años que aprendimos que eso que se llama "realidad" hay que escribirlo así, entre comillas y con mucho cuidado. Es prácticamente imposible entender lo que pasó (aunque sea en forma general) si no decodificaste la noticia minuto a minuto mientras surfeabas entre las olas del mar mediático. Ya no le creemos ni al blogger de al lado. La era de la sospecha llegó a tu barrio.

Multiplicar es la tarea, es la tarea, es la tarea. Eso sí, nadie avisó que lo que se multiplicaban eran boludos sin el mínimo sentido de la interpretación. Perdón pero de otra manera no se pueden denominar a aquellos que automáticamente compran la fórmula "Proyecto de participación de las ganancias = Asesinato de Mariano Ferreyra". El ejemplo de Florencia Peña no fue lo bastante gráfico. 678 ha incubado en sus adeptos un imaginario social en el que las representaciones colectivas que regulan la sociedad (las instituciones) aparecen divididas por la línea que separa el Bien del Mal. Una confrontación de tintes mesiánicos absurda en un mundo que se caracteriza por estar repleto de hijos de puta. De un lado y del otro. Resultado: el Gobierno no otorga el 82 por ciento móvil a los jubilados y sus seguidores, en vez de exigírselo, lo justifican.

Los titulares en TN expresan la consternación del asesinato, la aparente identificación de los culpables, la multitudinaria marcha y el caos vehicular. De repente, comienza a sonar una cumbia. ¡La del Kun Aguero! Volvió y le hizo un gol al Rosenborg de Trondheim. Y mañana el Prende y Apaga va a estar en las cavernosas profundidades de la Concha de tu Madre. No te lo pierdas.

En medio de todo, el cadáver de un chico de 23 años.

La fantasía recurrente de la clase media argentina finalmente fue consumada por la Unión Ferroviaria. ¿Quién lo diría?

Mientras, sin saberlo, Mirtha Legrand hace semiosis social con Pino Solanas. En Telenoche se solidarizan con el PO. El discurso hegemónico neutraliza el (aparente) valor subversivo de sus oponentes a través de la apropiación.

El silogismo berreta del analista político del establishment relaciona el asesinato con la crispación K. Teoría descabellada, pero hasta cierto punto, en la escala de miserabilidad, unos puntos por debajo de la de Gvirtz y compañía.

No es difícil advertir, en las penumbras, una sala en la que los intereses en pugna patean el ataúd, que se desliza lentamente de un lado a otro. Nadie se quiere hacer cargo del muerto.

Cristina twittea sus impresiones segundo a segundo, pero no se digna a recibir a los dirigentes del PO. No faltará el que diga que está bien, si son unos troskos asquerosos funcionales a la derecha. Y Altamira es un borracho. Eso es la izquierda para el kirchnerismo. Y viceversa. ¿Por qué? Bueno, ya saben, la acción está en los extremos y nadie quiere ser un tibio, un imbécil que no se decide por un lado ni por el otro. Eso es lo que dice Barone todas las noches cuando hace la analogía del colectivo que algunos se molestan en empujar y otros miran cómo se hunde. Mientras, Barragán se ríe de sus propios chistes antes de terminar de contarlos.

"¿En qué momento se había jodido la Argentina?". Seguramente desde hace mucho, pero en la historia reciente y la que nos toca de cerca, tengo una pista: desde que empezamos a creer que Aníbal Fernández es un tipo con onda.

Pero el dolor no será televisado. Ni posteado. Ni retwitteado hasta el infinito. ¿Vieron? Ni siquiera dudamos en manipular la muerte al servicio de nuestro punto de vista, para ver si podemos sacar una tajada simbólica en el campo de la cotidiana paja virtual. Somos campeones mundiales del cinismo. Buenos días.

jueves, 21 de octubre de 2010

Show de Poesía

Mañana viernes, en Fábula (Moreno 2964, Mar del Plata) leen Verónica Goldenberg, Flavia Garione, Matías Moscardi, Luciana Caamaño, Emiliano Adelgani, Nicolás Pedretti y Martín Zariello (?).

viernes, 15 de octubre de 2010

Entradas para Paul McCartney en River: ¿Cuál te conviene?

General $200. El rock and roll se aburguesó, perdió su vertiente subversiva. Es una experiencia cada vez más vacua. Nos revela nuestra patética pertenencia a la pequeña burguesía, ¡responsable inconsciente de las mayores atrocidades de la historia de nuestro país! Para todos aquellos cansados del lujo y el confort de una vida rutinaria, se impone la opción de la entrada general. Lo que a simple vista parece miserable… puede que en verdad lo sea. Nada de buen trato por parte de la organización, nada de tenerlo a Paul cerca, nada de apreciar las resonancias del legendario bajo, nada de esperar el inicio del concierto en una aterciopelada butaca. En fin, nada de nada. Los expertos aseguran que el espectador siente lo mismo que si fuese a sentarse en la puerta del estadio. Más 200 pesos. Las condiciones de sobrevivencia, amenamente, recrean un clásico de la catástrofe latinoamericana: los 33 mineros de Chile. ¿Está tocando Paul o es una de las tantas ancianas con su mismo corte de pelo? ¿Estamos adentro del Monumental o es el estacionamiento? ¿Terminó el recital o estos son los Jonas Brothers? Todas esas incertidumbres inadmisibles en el proceso alienante de la cotidianeidad desde un sector tan alejado de la comodidad pequeño burguesa… como del recital mismo. Durante dos horas usted volverá a creer que lo que hace falta es una Revolución.

Palabra clave: Hamburguesa.

Platea Cabecera $280. La opción de la Platea Cabecera es un gran avance con respecto a la general. Es cierto que no se escucha un choto, no te sentís parte del momento histórico ni en pedo, te avergüenza decir que fuiste y conservás el mismo resentimiento de los indigentes hacia los oligarcas de los vips, pero, eso sí, podés distinguir (casi) nítidamente si es Paul que se sentó a tocar el piano o era el Burrito Ortega a punto de tirar un centro.

Palabra clave: Visible.

Platea Alta $350. No sos tan pobre como para contentarte con la miserable General ni tan clase media acomodada como para acariciar un Vip. Un sector para los que no son ni fu ni fa. Ni chicha ni limonada. Para todos aquellos que están siempre en la disyuntiva y al final no se deciden. Y por esa condición ambivalente se merecen pagar más que los de la Platea Cabecera y la General e, igual que ellos, no ver una mierda.

Palabra clave: Mierda.

Vip $450. El vip que frente a la ostentación de pases y packs de excepción de los otros, se traduce en un infinito rencor. El Vip de los que no les da el cuero. El Vip que deja ver la condición trágica de la existencia, pero muy poco del concierto. El Vip de los que aparentan lo que no son. El Vip más choto, sí, puede ser, pero Vip al fin.

Palabra clave: Lamela.

Platea $500. Estabas más cerca de la Platea Cabecera que de la Platea Preferencial e hiciste un esfuerzo. Llegaste arañando. Pediste plata prestada a tu viejo. Tuviste que dejar a tu novia afuera, que ahora sabe que tu amor eterno tiene un límite: gastarte mil mangos en una noche. Debés el último alquiler. ¡Todo sea por ver a Paul que ni siquiera es tu beatle favorito y al que hasta hace dos minutos considerabas un perfecto boludo! El sector de los que sintieron una breve puntada en la zona rectal cuando desembolsaron el dinero. Nunca más se podrán recuperar. No saben si hicieron lo correcto y, consecuencia de ese conflicto, jamás podrán disfrutar el show.

Palabra clave: Recto.

Platea Preferencial $800. Aquí se ubican dos clases de individuos. Por un lado, los que les daba para pagarse hasta un Vip Platinium pero no lo hicieron por amarretes. Van para mover los hombros como Linda McCartney en “Hope Of Deliverance” y por los fuegos artificiales de “Live and let die” (que les dijeron que están buenísimos). Por otro parte, se encuentran quienes después del recital directamente entrarán en convocatoria de acreededores y no se podrán sentar por tener el culo, como quien dice y con todo respeto, completamente destrozado.

Palabra clave: Roto.

Vip Preferencial $900. Lujo, confort, vista perfecta, sonido estereofónico (signifique esto lo que sea), pero también la posibilidad de que los negros de la General te canten: "Votaste a Macri la puta que los parió". Posición genu-pectoral garantizada. Nada es perfecto.

Palabra Clave: Agridulce.

Vip Gold $1200. A partir de este sector los fans no deben preocuparse por su estado rectal, puesto que se intuye que si pagaron casi el salario mínimo, vital y móvil para ver al genio de Liverpool, no cuentan con culo alguno o tienen uno lo bastante amparado para no darse cuenta si es vejado (o no).

Palabra Clave: Amparado (el culo).

Vip Platinum $1400. Comodidad máxima más la sensación conmovedora de estar ubicado sobre el verde césped en el cual Funes Mori descuella domingo a domingo. Pósters autografiados del baterista y/o el guitarrista en bolas.

Palabra Clave: Mori.

Vip Hot Sound Package $5000. Ver el recital a escasos metros es superlativo, pero muy poco. El Vip Hot incluye merchandising exclusivo, acceso a la prueba de sonido, pase colgante e ilimitado a todos los sectores, una muestra de orina de Paul, el sorteo del calzoncillo que usó en el show (autografiado), partículas del esqueleto de Linda y la posibilidad de chaparte al baterista y/o al guitarrista.

Palabra Clave: Partículas.

Vip Front Row Package $6400. Todas las comodidades del Vip Hot más la oportunidad única de tocarle una nalga a Paul McCartney. Acceso a la orgía sexual post show entre los miembros de la banda con vía libre para sodomizar al baterista y/o al guitarrista. Pero no sólo eso, se podrá conversar amablemente con el astro e incluso preguntarle cuestiones privadas cómo por ejemplo qué droga estaban tomando cuando se les ocurrió dejar cantar a Ringo o confesarle risueñamente que desde 1971 al 2005 todos sus discos te parecieron una verdadera garcha. Por último, el Vip Front nos permite viajar de regreso con Paul a Londres, convivir en su mansión y, ¡por supuesto!, sodomizar hasta siete de sus empleadas domésticas.

Palabra Clave: Sodoma.


martes, 12 de octubre de 2010

Trapero mentidor del arrebato traidor

Hay algo que me molesta mucho, acaso más que la eventual candidatura de Scioli en lugar de Cristina (¿quién es Kirchner?) o que Borghi sea el técnico de Boca y no de River, y es que cada vez que la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina (uf) elige una película nacional para que represente al país en los Oscar, los medios den la noticia como si el film ya estuviese en la terna para recibir el galardón. Por lo tanto uno debe soportar que su abuela (en caso de que viva o sea un espíritu en pena) le diga (leer en voz alta con voz de anciano):

"X (Equis), ¿viste que Carancho está nominada al Oscar?".


Pregunta para la cual Equis tiene dos respuestas: un silencio infinito acompañado por una mirada sombría y un puño que se retuerce una y otra vez hasta explotar o: la ira más destemplada, aquella que nos lleva a golpear cráneos de abuelas contra superficies sólidas hasta que el líquido cefalorraquídeo se sale por los oídos y las órbitas oculares cuelgan como si se tratara de... órbitas oculares que cuelgan como... órbitas oculares... que...


En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son nabos en serio, o si se toman a pecho la burda sitcom que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

Otro aspecto de la vida que juzgo intolerable es escribir un post por el solo hecho de hacer pasar un verso de Ricardo Iorio como título. Eso sí que no lo puedo aceptar, puesto que me obliga a ver una película que no me interesaba. Pero que (paradojas de la vida: ja, ja, ja) probablemente en el futuro, la cultura, con su yunque subliminal lleno de reggaeton y de furia, me empuje a ver a fin de no quedar conceptualmente fuera de las discusiones y los debates que se suceden en bares, tertulias literarias y reuniones familiares. Bares, tertulias literarias y reuniones familiares a las que nunca asisto por odiar a la gente que allí pulula. ¿Qué tipo de gente?, preguntará el amable lector. La que allí pulula. Usted por ejemplo.


Lo que más detesto de la gente que pulula es que nunca deja de pulular, quiero decir, esa manía inexplicable de la gente por estar en espacios y pulular al mismo tiempo tornando todo, ¿cómo decirlo?, gomoso, adjetivo con el que Sabato (o el narrador al que Sabato ni siquiera enseñó a cambiarse los pañales) califica la mano de Borges en Sobre héroes y tumbas.


Carancho, allá vamos. Una buena película, eh, una película para que un padre de familia crea que vio una buena película. Y se la comente a su amigo padre de familia. Y éste a otro y así el boca a boca infernal. Corolario: millones de Family Guy hablando al mismo tiempo (y hasta gesticulando en la sobremesa) sobre una película que se supone que es buena porque trabaja Darín y la dirige Trapero y trata un tema muy sórdido, tan sórdido que seguro Mirtha Legrand cuando hable de esta película en su almuerzo (me refiero a los almuerzos privados con la familia Calabró, no a los televisados) se hará la entendida, la fucking entendida porque vio sangre y tripas.


Todos saben de qué se trata. En caso contrario, googleen, muchachos. Se estrenó en mayo. Probablemente este sea el post más anacrónico que un tonto ha visto soñar.


Ahora en serio, diré un par de cosas, pero no las que vos querés, sino las que yo quiero puesto que nadie me ha colonizado subjetivamente. A excepción del discurso hegemónico aliado a las grandes corporaciones que tenemos insertado en el cerebro a través de un chip desde que nacemos.


Si fuese amigo de Darín (algo improbable puesto que tengo 2 amigos y de pedo) le diría: "Richard, ¿no te querés tomar un par de años sabáticos?". En la biografía de Charly García escrita por Sergio Marchi, Palo Pandolfo le recomendaba a Say No More desaparecer un tiempo, irse a una Isla desierta y después volver con toda la gloria. Darín ya es un género en sí mismo. Y también una Industria: asegura espectadores. Miles. Trabaja bien. A mí me gustan sus actuaciones. Descreo de la mitología que analiza a Darín como farsa del mainstream. Y encima juega al truco con Susana. Y siempre hace el mismo papel. ¡Pero hay que hacer siempre el mismo papel, eh! Quiero decir: hay que tener una banda como AC/DC. A mí no se me ocurriría ni un puto riff de guitarra ni una sola letra sobre tetas, autos y cerveza (intuyo que de eso hablan los temas de AC/DC, vean que prejuicioso soy). Otro dato positivo de Darín es que no es Mike Amigorena. Esa imposibilidad intrínseca de Darín de ser Mike es algo que valoro mucho. Y. No soy bueno interpretando el desempeño de un actor, pero puedo decir algo: cuando Darín está contento, sonrío; cuando Darín llora, me deprimo; cuando Darín se enamora de una mina en una película, yo también. Le creo, ¿qué tiene de malo creerle a Darín habiéndole creído a... Aníbal Fernández? Identificación. Algo frívolo, ¿no es cierto?, pero te puedo asegurar que hasta vos, número uno de la inteligentzia cinéfila, buscás un espejo en el cual reconocerte. El problema es que es Darín. Es como si se fagocitara a sí mismo. Como si a partir de ciertos papeles emblemáticos (que ya ni hace falta mencionar) se lo hubiese tragado su propio apellido y estuviera condenado a hacer ese personaje tan reconocido, el macho alfa argentino. Alfita en realidad. El masculino de Cecilia Roth. Galán, pero inseguro. El que se las sabe todas, pero hasta ahí. El trapero mentidor del arrebato traidor, pero con culpa. El chamuyero (o taciturno), pero sensible. Y esto va más allá del supuesto de que hace-siempre-el-mismo-papel. Va más allá, allá exactamente, allá, boludo, mirá, allá, en el techo.


Escribí "mainstream" e "inteligentzia" en un mismo párrafo: por favor, matadme.


La película propone una estética realista bastante lograda. Podría ser, salvando las distancias (históricas, genéricas), una novelita de Balzac. Hay una delectación casi morbosa en los cuerpos heridos. Ideológicamente tampoco cae en esos reduccionismos morales a los que es tan afecto el costumbrismo argento insípido. Esas películas que son como entrar a tu casa. Qué lindo, qué pintoresco, qué conmovedor, pero ¿hay algo menos riesgoso (artísticamente) y más aburrido que entrar a tu casa? Tampoco se hace presente el superclásico del barrio de la Humanidad entre los protagonistas: Buenos vs. Malos. Acá son todos unos hijos de puta. Algunos más conscientes que otros, pero haches de pe al fin. Por acción u omisión. Como en la vida. Matan para sobrevivir.


Los films de Trapero no poseen las taras del viejo cine argentino. Bueno, chocolate por la noticia, a eso se llamó justamente Nuevo Cine Argentino. Pizza, birra, faso. Mundo Grúa. Etc. Pero claro, hasta lo Nuevo pasa de moda. Es lo primero que pasa de moda en realidad. En el contexto de la tv actual, por ejemplo, repleta de programejos conducidos por vigilantes profesionales que exploran hasta la saturación el lumpenaje urbano, Carancho no cuenta con la posibilidad de sorprender desde lo visual. Cinco, diez años atrás tal vez sí. Ahora, en algunas de las tantas escenas que transcurren en la guardia de un hospital, tememos que en cualquier momento entre el idiota gritando: "¿Y Candela? ¿Y la moto?". Policías en acción. No es que el realismo de Trapero (uno de los mejores directores argentinos, un clásico) esté perimido, es que, más que nunca, el realismo, ante la multiplicidad de herramientas para captar la cotidianeidad, necesita urgentemente otra vuelta de tuerca. Como el periodismo, la pornografía, el ilusionismo, el amor, Ángel Cappa y todo aquello que desde tiempos inmemoriales hizo pasar una gran mentira como una gran verdad. Dar cuenta de la realidad es una broma pesada.


Al final, no hay redención ni escape ni fuga posible. Es decir, no la dirigió Campanella. Y se agradece.

lunes, 11 de octubre de 2010

Ayer fue hoy, ayer

Años de evolución y progreso no fueron en vano para la expeditiva Humanidad. Después de mucho esfuerzo, hemos llegado a la conclusión: todos los días ha sucedido algo digno de ser evocado. Consecuencia de este hecho trascendental, asistimos a una era retrospectiva, adicta a las efemérides y los aniversarios. Ayer fue el cumple de Lennon. Antes de ayer el de Perón. Hoy hace un año que murió Luis Aguilé. La semana pasada, Mercedes Sosa. Y así. Por esa tendencia tan marcada, me resulta extraño que en marzo de este año nadie recordara algo verdaderamente importante: se cumplieron 40 años de la aparición del disco que concibió la figura del solista de rock argentino: 30 minutos de vida, de Moris, editado por el emblemático sello Mandioca, que también en 1970 sacó a la calle Manal, Caliente (Vox Dei) y el imprescindible compilado Pidamos peras a Mandioca (que contiene la faceta más desconocida de Pappo: “Nunca lo sabrán”).

Aunque en la mayoría de los temas el instrumento principal es una guitarra acústica media desafinada, no dudaría en decir que este folk con espíritu tanguero es lo más punk que se hizo en el rock argentino. Lo mismo suele decirse de Plastic Ono Band, el album de Lennon publicado inmediatamente después de separarse los Beatles. Es que con los años, el punk comenzó a asociarse más a una actitud de vida que a un estilo musical. Y en su ramificación imprevista, puede englobar tanto a Joey Ramone (que, a decir verdad, fue el punk más hippie) como al Polaco Goyeneche. Esta conducta suele estar asociada a los sentimientos viscerales, el arrojo y la autenticidad de la propuesta. Componentes, todos, que se oyen en cada una de las canciones de 30 minutos de vida. Pero me detendré en este paralelismo porque Moris seguramente desconoce o detesta el punk ya que, como afirma en una entrevista (una de las poquísimas que dan vuelta por Internet), no escucha discos anglosajones desde 1970 por considerarlos invasores de la cultura nacional. Ese mismo temperamento categórico poseen los 8 temas de su obra maestra.

La mayoría son clásicos pero, lejos del bronce de los museos, enarbolan un discurso actual. Este último es un lugar común que suele afirmarse sobre muchísimos artistas. No en el caso de Moris. Ya a nadie le parece extraño un muchacho de pelo largo ni es imaginable un individuo como Natalio Ruiz. No digo que esas historias puntuales no puedan interesarnos, sino que hablan y miran del y hacia el pasado. Moris nos presenta interrogantes que aun hoy nos atormentan cuando nos desvelamos y no nos queda otra que mirar el techo. “Y en el techo no hay nada”. Ustedes saben: no pasa naranja. ¡La verdadera angustia es la de la vida en blanco! La de la hoja se soluciona muy fácil: a través del método Hunter Thompson. El creador del periodismo gonzo pulió su estilo reescribiendo Adiós a las armas y El Gran Gatsby. Pierre Menard, autor de Días de Ron. (Si me dieran a elegir, copiaría de nuevo los prólogos de Borges. Es lo más perfecto que leí en mi vida).

Al igual que el jugador exquisito que hace una maniobra sensacional en una baldosa, todo lo comprimió Moris en su opera prima: el vacío existencial, el síntoma de una sociedad mecanizada, la fugacidad de las relaciones, las turbulencias políticas. A estas temáticas modernas, adosa las que convierten cualquier obra en universal: el amor, la soledad, la muerte. Un tipo en Bangladesh puede traducir “Ayer nomás” y conmoverse. Hay una sensibilidad ancestral que todo lo subyace. En medio del caos, es una sensación placentera pensar en esto. Hace poco conocí a una chilena. Le dije que era de izquierda y me contestó: “Ah, claro, peronista”. Quiero decir: estamos acá a la vuelta, nos separan unas montañas, pero hay cosas que no se explican así nomás. En cambio, cuando le conté que extrañaba a una chica pero que nunca volvería a estar con ella (algo bastante contradictorio), nos entendimos perfectamente. A ella también le pasaba. Y es probable que a vos también. Universalidad, muchachos.

La ternura de “El oso” contrasta con los casi 8 minutos de “De nada sirve”, una andanada de verdades que tienen el efecto de una trompada a cada uno de los aspectos más notables de nuestra personalidad. Moris nos demuele con su poderosa voz y no necesitó conocer el reino virtual de las apariencias para entender que “esto va para atrás” (como manifiesta, explícitamente, uno de sus temas). En “Pato trabaja en una carnicería” elige a un personaje marginal y lo toma como paradigma de toda una época: “Después crecimos y nos fuimos del barrio/ El comunismo resultó ser complicado”. Cuando Edith Piaf escuchó cantar al híper sufrido Jacques Brel (en realidad no tanto como ella), exclamó: “Un hombre no debería cantar cosas así”. Lo mismo puede decirse de “Escúchame entre el ruido”, una pieza de resonancias políticas sobre la sexualidad que Foucault debería haber reseñado en su historia.

No creo que todavía no hayan escuchado 30 minutos de vida, pero si alguien lo conoce por este texto, qué hermoso sería. Incluso si les gusta, cuando me vean por la calle, pueden levantarme el pulgar. Y darme dinero. O amor. O regalarme una entrada para Paul McCartney.

En fin. Hace unos años, Charly García, entre sus latiguillos usuales (“La entrada es gratis, la salida vemos”, “Mi capricho es ley”), atribuía a Bob Dylan una frase algo cínica sobre el curso del tiempo: “El futuro está rebotando en el pasado”. A veces pareciera que es cierto. ¿O no?

jueves, 7 de octubre de 2010

Aquí debería haber un título que resuma el siguiente post

En Tony Tur deberían darte unos guantes de látex para leer La Capital. No debe haber un diario en el que se gaste más tinta en el mundo. Y eso que no dice nada. Es surrealista. De novela de García Márquez, diría Nelson Castro.

La próxima vez que viaje llevo un anotador o me-hago-de una notebook. Se me ocurren cosas en esos tramos de contemplación que, una vez llegado a destino, automáticamente se esfuman. Por ejemplo, réplicas graciosas para las consignas de los carteles sobre vialidad. Ahora ya no son imperativos, son patéticos: intentan captar al interpelado mediante la pregunta y la reflexión casi terapéutica. Por otro lado sería genial que la gente, por leerlos, empiece a chocarse los peajes.

Me fascina el paisaje al costado de las rutas. Por un lado me deprime, tiene esa vertiente ballardiana repleta de edificaciones a medio construir, chatarra, espacios abiertos deshabitados sin rastros de humanidad, etc. ¡Los carteles enormes que dicen "Anuncie aquí"! ¿Aquí dónde? ¡En medio de la nada! ¡Vamos, véndale algo a los pasajeros insomnes! Al mismo tiempo, como buen melancólico compulsivo, me agrada el estado de ánimo que esa clase de imágenes activa.

Aviso a los publicistas de los barrios privados y clubes de campo: hay niños que no son rubios. Repito: hay niños que no son rubios. Muchas gracias.

Viaje relámpago. Pensé en ir más días, pero justamente “pensé” y no fui. Ahora bien, si no lo pienso, lo hago. Aunque le puse bastante estructura a la espontaneidad. Un psicólogo ahí. Con los años me arrepentiré de haber elegido Regina a Pixies, pero, muchachos, no se puede todo en la vida. En ésta escuché más a Regina que a los Pixies.

A la hora del recital tenía tanto sueño y estaba tan cansado de caminar y de no saber donde estaba (Retiro, Lanús, un puente) que temí dormirme en el Gran Rex. Antes fuimos a una pizzería, Guerrín o Güerrin, como usted prefiera llamarla, con una pizza muy rica. Se podría decir que eso es lo más porteño que hice en mi vida. Felicitaciones. Allí hablamos de los codos. No hasta los codos sino de codos de personas. Esto es consecuencia de la China, que impone temas de este tipo y de los que uno, por su natural rareza, no puede escapar ya que comprende rápidamente que en la vida no habrá miles de oportunidades para discutir sobre codos. O el síndrome de Diógenes. O las características exactas (ni siquiera aproximadas) que hacen de una mujer ser moderna. O el pasto como alfombra de la naturaleza o gran mentira de la posmodernidad. En cuanto a los codos, las preguntas pertinentes del caso: ¿por qué vienen podridos?, ¿es posible amputar un codo?, ¿hay diferencias entre el codo del hombre y el codo de la mujer? Gaba sacó de la galera una extraña teoría según la cual algunos codos tienen más posibilidades de dañarse que otros. En fin, la conclusión es evidente: la vida sería mejor sin codos. Conozco gente que gusta de una nuca, de un hombro, de una oreja (me refiero a zonas del cuerpo que no necesariamente son percibidas como ¿eróticas?), pero no existe quien guste de los codos, por favor, ¿a quién le podría gustar? Nadie dice: Lo primero que le miro a un/a hombre/mujer es el codo.

Abrieron las puertas tarde. Mucha gente amontonada. No encontré a Maga. La China y Gaba afirmaban que llegaría a Retiro a las 00:50 sin problemas. Tenían razón, pero cuando se hicieron las 22:15 y todavía estábamos afuera noté cierta impostura en esas afirmaciones. Claro, se mantenían firmes en la suficiencia porteña que les impide mostrarse inseguros ante un extranjero. Es como una ideología o una religión. Si Regina hubiese empezado 00: 49, creo que me habrían dicho: "Llegás, llegás, no hay problemas". Pero lo que más me divierte es la grandilocuencia porteña. Acá vas a probar la mejor pizza del mundo. Ésta es la mejor tintorería del mundo. O como me dijo Marilina el año pasado señalando una obra en construcción: "Éste es el andamio más fuerte del mundo". Finalmente la gente empezó a entrar, la China entonces elucubra estrategias de una rigurosidad bélica. Muta en Mao Tse Tung(a). Achina (aun más) sus ojos y lanza directivas que, dada la seriedad con la que son expresadas, es imposible no acatar: "Aquella puerta no", "Esa es la fila de los X y está la de los Y", "Avancemos sin mirar atrás", "Cuidado, un enemigo puede estar detrás tuyo", etc. De todo el público, probablemente, fuimos los más amargos (del mundo). Gaba explicó que, como un servidor, no se destaca por la simpatía y odia la efusividad. Incluso una vez intentó ser amable con un mozo y falló. Sí, los antipáticos fallamos cuando nos reímos. La China se destaca ampliamente por su simpatía (he aquí la persona más simpática del mundo), pero también por sus ganas de dormir a toda hora y en todo lugar. Sentirte capaz de dormir cuando querés es como saber volar, te convierte en un superhéroe. Promediando el recital me dijo "despertame si el tema está bueno". Sublime. Y bueno, mi frase y mi serie de cabecera es Curb Your Enthusiasm. Elipsis. Yo creo, igualmente, que Regina es una artista para escuchar en silencio. Si querés aplaudir el ritmo de cada tema, no te culpo, estás en tu derecho. Si querés corear, ok, aunque me parece medio ridículo querer cantar arriba de Regina, que justamente se destaca por su expresividad vocal única, es como tararear los solos de guitarra de Jimi Hendrix. Ahora bien: si viniste a lanzar aullidos o a interrumpirla para decir algo "gracioso" como si estuvieses en el cumple de tu tía Chela, ingresamos en un terreno muy polémico en el que prefiero no adentrarme, porque que no tengo mucho tiempo para escribir.

75 por ciento de mujeres. 15 por ciento de homosexuales. Y 10 de reprimidos. Tengo el nombre para un nuevo grupo de facebook: Si, fui a ver a Regina Spektor y no soy homosexual. Especialmente porque nunca me voy a vestir tan bien como ellos. ¿De dónde sacan esos zapatos, esas camisas, esas camperas grises, esos cosos (por qué ni sé qué mierda son) escote en V? Sé que es un lugar común, pero no por eso menos cierto.

Quiero aclarar algo, lo más importante de esta digresión, lo único, aprovecho y me mando: me niego a vivir en una sociedad en la cual haya que andar con rodeos para hablar sobre homosexuales. Ya nadie considera que la orientación sexual defina algo más que una forma de vestirse. Y es en broma. Incluso hablar de "orientación" nos provoca carcajadas. Como si hubiese una sola. Nada del mundo nos hace creer que un homosexual sea lo que nuestros bisabuelos creían, ¡esos viejitos tan simpáticos de 103 años que aparecen en Telenoche haciendo flexiones! Uno de los pocos puntos a favor que tiene esta profundización atroz del individualismo es que ya no hay un concepto de "normalidad": cada uno es cada cual, somos todos distintos, invertidos, independientemente de nuestro sexo. Y dentro de ese mundo regido por la abolición de los arquetipos supuestamente edificantes, excluir a alguien por homosexual es algo impensado. Esto incluso tiende a la discriminación de lo que aún puede ser considerado el tipo/a común y corriente. "En algo raro andarás si sos heterosexual, tenés trabajo y estás casado". Es genial, pero ésa, ésa es otra historia. Me niego entonces a vivir en una sociedad en la que hay que "explicar" que uno no considera a los homosexuales enfermos. O a los negros inferiores. O a los judíos ratas. Doy por sentado que usted entiende que yo entendí lo que antes nadie entendía. Muchas gracias.

Duró una hora y media. Me interesaba escuchar cómo sonaba esa banda tan avant garde, mezcla de música clásica y pop que sólo el rock puede permitir: piano, batería, violín y cello. Y además era Regina, mi cantante favorita junto a Aimee Mann y Adriana Calcanhoto. Hay algo de minimalismo en las canciones de Spektor. Por ejemplo no se caracteriza por utilizar todas las teclas del piano, sino que se refugia en ciertas escalas que, en su repetición, terminan conformando una melodía tan apta para todo público como heterodoxa. De todas formas, el instrumento principal, y más allá de la reconocida vertiente lúdica, es su maravillosa voz. El clímax es cuando canta a capela "Silly eye-colour generalization". Hubo espacio para los hits (casi todos de Begin to Hope, un discazo), varios temas de Far (2009) y algunos de los discos anteriores. Y ella es tan hermosa como todos creíamos. Alta fidelidad: los hombres también queremos una novia que haga música para que nos mencione en los agradecimientos del librito interno de un cd. "Thank You", susurra al principio, un poco encorvada y con una semisonrisa tímida. Después se suelta más y se ríe en medio de un tema o pronuncia algunas palabras en español ("gracias", "perdón", "perro") y se pone una rosa en la boca como, según ella, hacen en la "tanguería". Qué linda es Regina. No quiero entrar en detalles anatómicos. Objeción del show (dejando de lado que empezó una hora tarde): tampoco es que uno quiera romperse los oídos con "Samson", pero creo que el volumen estuvo bajo. Tal vez sea que estoy muy sordo.

Comparado al Rápido Argentino ("A los pasajeros nos tratan como si fuésemos ganado, Santo"), Tony Tur parece un avión. Los números de los asientos están borroneados, no te dan nada para morfar, el tipo que te corta el boleto tiene cara de orto. Por suerte me tocó asiento individual, pero en la parte de abajo y al lado del expendedor de agua (los marmotas creían que era de café y se desilusionaban a viva voz cuando veían la sustancia incolora). Pero lo peor es el baño: hay que tener ganas de ir para meterte en uno de un micro, ¿no? La puerta no se cierra con facilidad y muchos la golpean en forma violenta, por decir la más leve de sus contrariedades. De todos modos, dormí las cinco horas y media (como nunca). En el medio del viaje me desvelé unos pocos minutos. Miré el reloj del celular y eran las 3:47. Tenía los auriculares puestos y sonaba la parte piazzolliana de "A los jóvenes de ayer". El micro avanza por la ruta oscura. El campo infinito a los costados. Bultos que deben ser vacas, pero ¿quién lo sabe? ¿Guardan a las vacas por la noche o las dejan a su libre albedrío? Siempre me inquieta saber si hay alguien en medio de todas esas hectáreas, alguien solo y perdido buscando la salida. Un guardián entre el centeno. No puede ser que en todos esos kilómetros de pasto (sobrevalorado) no haya nadie. No es posible. En un muro, el nombre de un pueblito que no alcanzo a divisar. Me pregunté entonces adónde estaría yendo. No me refería al Rápido que se dirigía a Mar del Plata, ¡sino al ómnibus de la vida! ¿A dónde va? ¿Por qué tan veloz? ¿Con qué sentido? ¿Dónde estarán a esta hora los pasajeros que se bajaron antes de tiempo? Sinceramente, recomiendo el misterio metafísico de madrugada y a toda velocidad. Es revelador. Al rato me dormí. Y se acabó la historia. Ahora a desprenderse de los lujos burgueses durante un mes (ropa, libros, conciertos, alimento) y juntar dinero para ver a Paul.

sábado, 2 de octubre de 2010

Cómo hacer cosas sin hacerlas

El flaneur era el sujeto paradigmático de la modernidad. Aquel inmortalizado por Baudelaire, viviseccionado por Benjamin y serializado a través de millones de trabajos prácticos de "estudiantes de Letras", esa casta de entes multiformes que, algunos juran, sólo son seres humanos con problemas.

Flaneur, entonces, llamábamos al paseante ocioso de las grandes ciudades con gusto por el spleen que, entre la multitud y el despliegue tecnológico, se perdía en el anonimato. Su naturaleza tiene algo de voyeur (mira y no es reconocido por el objeto de su avistamiento) y hasta es complejo discernir las dos categorías. Este último, sin embargo, es más propio de la posmodernidad porque implica cierta idea de inmovilidad corporal muy presente en nuestra vida cotidiana. El tipo que se sentaba, prendía la PC y fisgoneaba información audiovisual sin intervenir, puede ser cualquiera de nosotros. ¿Quién no es lector de un blog y no comenta nunca? ¿Quién no se perdió en los laberintos fotográficos de los perfiles de facebook?

Pero ya la pornografía amateur que circula masivamente por Internet intenta traspasar los límites del espectro voyeur, es decir, la pasividad. En vano, claro, porque jamás una imagen reemplazará el cuerpo. Se trata de videos caseros en los que la filmación se graba desde la óptica de uno de los dos involucrados, generalmente el hombre. Un montaje que, como en un videojuego de acción en primera persona, coloca al espectador en el papel de personaje principal. Eso sí, la pistola no es la misma. Corona, Sofovich, Miguel del Sel, tengan cuidado, les estoy pisando los talones.

Aclaración referente al párrafo anterior: todo me lo contó un amigo.

Mi amigo también afirma que recién cuando la cantidad de videos de sexo oral practicado por mujeres a hombres equipare a la de hombres a mujeres, se podrá pensar en una sociedad que iguala los derechos entre los dos sexos. Mi amigo dice que su observación podrá parecer superficial (a mi juicio, propia de la mente de un sexópata), pero según su trastornada subjetividad, es la norma que rige el mundo. Quién se la chupa a quién, ésa es la cuestión, agrega mi amigo, mientras emula con su boca y su mano unos gestos obscenos que provocan mi rechazo más profundo. De ahora en más no lo invitaré a participar de mis textos. Pido disculpas.

En fin, debemos reconocer que, en tecnología y perversión, los japoneses siempre están un paso adelante. Apelando a la genealogía misógina del hentai (animé porno), hace poco tiempo se publicitó la censura a un videojuego cuya misión consistía en violar a la mayor cantidad de mujeres posibles. De todos modos y por más que nos horroricemos, esa lógica virtual es clave para comprender el funcionamiento de las herramientas de Internet 2.0. Eliminar el intermediario. Ya que la objetividad es una quimera, recalar en lo subjetivo sin ninguna clase de miramientos.

Generalicemos que nadie nos lee. Da la impresión de que mirar sin ser visto, característica básica del voyeur, es la condición neurálgica de un sujeto social perimido o en vías de extinción.

Empezamos a opinar y, ¡cataplum!, pusimos de rodillas el concepto de periodismo y de consumidor estático de medios. ¿Quién se la chupa a quién, eh?, pregunta mi entrometido amigo y me guiña un ojo buscando mi complicidad sin obtener respuestas.

La interpretación semiológica de la tapa de Clarín. La deconstrucción de los textos de los columnistas del establishment mediático. El análisis estructural del relato. Son todos hits del progresismo actual que comenzaron a difundirse a partir del conflicto con el campo y en la blogósfera. Gvirtz los puso en circulación hasta volverlos redundantes. Felicitaciones. La repetición del código neutralizó su efecto. Reconozcámosle algo al mercenario: era necesaria esa institucionalización discursiva impensada. Pues bien, existe un alto riesgo de que se banalice. Por eso es preciso un cambio de rumbo en la estrategia comunicacional del gobierno. Hasta nuestras abuelas hoy miran la tapa de Clarín con un marcador rojo y una regla. Los blogueros K incidieron profundamente en la creación de un nuevo sujeto político: el espectador de 678. Un tipo bastante insufrible por cierto, pero, a simple vista, mucho mejor que el fan de Nelson Castro. Aunque sea en el plano retórico, más preocupado por la memoria histórica que por su culo. De otra loca forma, no se entiende tal obsesión en temas como Papel Prensa, hijos de Nobles, Ley de Medios. Quiero decir que eso es indudablemente mejor que Inseguridad, suba del tomate, Prende y Apaga, etc.

Pero ahora queremos más. Hubo un tiempo que fue hermoso. Creímos que el blog nos iba a dar todas las respuestas a nuestras preguntas. Pero ya no cumple con las expectativas. En fin, nos cansamos de vivir en no lugares. De no hacer nada. La experiencia volvió a cotizar en el mercado de paradigmas. Pero ¿qué podrían contar “personas” como nosotros? O no pasa nada o no tenemos la convicción suficiente o la capacidad o la costumbre o ¡la vida! para ensuciarnos las manos con mierda.

Y además una mala noticia que se nos pasó por alto hace rato: no se puede estar en todos lados al mismo tiempo. Juro que lo intento pero es imposible. Ni saber todo sobre todo. Es como dijo el pensador contemporáneo Bichi Borghi: “Un jugador polifuncional es el que no sabe jugar bien en ningún puesto”.

La solución mágica, entonces, es asistir sin estar. Las redes sociales, ya sea facebook o twitter, son estrategias que otorgan al individuo la posibilidad de formar parte de algo (una ideología, una causa social, un grupo de amigos, un acontecimiento) sin poner el cuerpo.

Pero a veces ni eso basta. "Yo no voy a soportar un golpe de Estado en Ecuador", el lema de un grupo de facebook, explicita a las claras esta imperiosa necesidad de participación. En pragmática, el verbo compuesto "(no) voy a soportar" es lo que Austin denominó en Cómo hacer cosas con palabras una expresión performativa, aquella que a través de su enunciación signfica la realización de un hecho. "No voy a soportar" da a entender que, de seguir las cosas de este modo, viajaré a Ecuador en el próximo vuelo y me alistaré en una milicia para la liberación de Correa. No es un pensamiento en contra o a favor, es un acto.

Enganché una película en la tele. Era tan mala que la tuve que ver un poco. Un cago de risa. Viggo Mortensen, con un bigote hitleriano, es el desalmado comandante de una unidad de soldados a los que somete a una serie bestial de experimentos de guerra. Una mujer forma parte de ese grupo y lucha estoicamente por ser aceptada entre el terrible enjambre de machos alfa. La Teniente O'Neil. Un argumento de feminismo soft apto para todo público, entre otras muchísimas razones (hay miles) porque la "actriz" protagonista es la olvidada Demi Moore (¡rapada!) y en un par de escenas se la ve con una musculosa ajustada y un short que desmantela cualquier ínfula transgresora del director. ¿Puede haber una mirada feminista si se cosifica a la mujer a un par de tetas operadas?

¡Pero no! Mi intención era hablar de esto al pasar. Como quien no quiere la cosa. Mencionar sólo ese diálogo con una verdad de perogrullo. Uno de los villanos comandantes pregunta a la pobre O'Neil:

-¡¿Sabes para que sirve el dolor?!

-No- contesta ella, mientras se retuerce en un ejercicio físico espeluznante bajo la tormenta.

-Para darte cuenta que estás vivo.

Echemos un manto de piedad.

El problema, entonces, no es unirse o no al grupete en boga, ni retwittear lo que tipea un testigo directo de la noticia que paraliza al mundo, sino preguntarnos si eso a lo que nos unimos, eso que manifestamos de mil diversas formas en la red y es dramático (¡un golpe de estado, baby!), nos duele hasta hacernos saber que estamos vivos.

O es simplemente una representación, una puesta en escena, un teatro para sentirse parte de y pensar yo estuve ahí.

O diversión.

Como cuando te bajás un disco que es lo último de lo último y te gusta. Uf, un millón de hipster no pueden estar equivocados.

Extraño híbrido: una inquietud indiferente. Me alistó en la consigna bienpensante y me voy a freír un churro tranquilo porque ya formo parte del grupo selecto.

Pulsar el botón izquierdo del mouse en ese puto “me gusta” trivializa cualquier causa. Es innegable que la información corrió como reguero de pólvora en twitter. La cuestión es que, al contrario de lo que se cree, esto sirvió, esencialmente, para volver menos verosímil uno de los acontecimientos más reales (si esto es posible) de los últimos tiempos. La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Hiperrealidad a la enésima potencia que termina por atrofiar el sentido de autenticidad. La era de la reproductibilidad técnica no es compatible con la épica. El esplendor fálico de Correa desanudándose la corbata en el balcón, aunque no lo sea, parece una gran farsa.

Si hubiésemos visto en vivo y en directo a San Martín y Bolívar en la reunión de Guayaquil, bajo la lluvia de flashes, rápidamente habríamos murmurado:

“Estos tipos están actuando: mirá cómo se dan la mano, mirá el gesto que hizo Bólivar cuando el otro no lo vio. Es todo para los medios, boludo”.

A Roberto Benigni, además de películas muy malas, se le atribuye la idea de que si Platón o Shakespeare fuesen contemporáneos y aparecieran a menudo en tv, no tardaríamos en considerarlos unos boludos, al igual que sucede con mediáticos como Guido Suller o Jacobo Winograd.

Elipsis.

Los medios son los fierros, pero ¿acaso fue un ejército de twitteros el que salvó a Correa? ¿Por qué será que estamos persuadidos de que algo que no existía hasta hace dos meses es indispensable para nuestra vida? Porque si fuera el periodismo, vaya y pase, pero ¿no sientes, oh amado lector, que pasas demasiado tiempo frente a esta pantalla? Pareciera que si nos salimos de facebook o twitter nos quedamos sin respiración, ¿no? ¿Qué es ese escalofrío en la espalda cada vez que el servidor tarda en conectar? Vamos de una plataforma digital a otra en busca de algo que no se sabe bien qué es pero se supone que todos conocemos. Yo le preguntaría a mi amigo: ¿quién se la chupa a quién?

Apocalipsis Now: ¿y si entretenidos con el fin del periodismo estamos perdiendo de vista el fin de la vida? Me fui al carajo, pero a veces hace falta.

Salgo de Ecuador y me meto en Guatepeor. Todo redunda en la gran pregunta: ¿no es acaso la indiferencia de antes más la hipocresía de ahora? Si quieren mátenme, aquí estoy.


viernes, 1 de octubre de 2010

"No voy a soportar un Golpe de Estado en Ecuador"

Una familia cena. Está compuesta por un hombre adulto, una mujer de su misma edad y un hijo adolescente. Cada uno concentra su atención en tomar una sopa a través de la ingesta de matemáticos sorbos. En el televisor, el periodista de un canal de noticias informa sobre la crisis institucional de un país latinoamericano. De pronto, el joven tira el plato al piso, se para y con la cuchara en la mano, estalla en un alarido:

-¡No voy a soportar un golpe de Estado en Ecuador!

Los padres se miran confundidos.

-¡Ustedes me dan vergüenza: siguen comiendo como si nada mientras la democracia ecuatoriana corre un gran riesgo de ser desmantelada! Hipócritas.

-Hijo, nosotros no...

-Nosotros nada, hay muchas cosas que aprendí a soportar en la vida, gente durmiendo en la calle, niños que se mueren de hambre, pero eso sí, en ésta no me agarran.

-Pero...

-Les informo que me uní a un grupo de facebook...

-¿Qué hiciste qué?- pregunta el padre.

-¡Hijo, eso es muy peligroso!- alerta la madre.

-Nada es peligroso cuando se tienen convicciones. "No voy a soportar un golpe de Estado en Ecuador". Así se llama.

El padre se desvanece. La madre arrodillada a sus pies, comienza a llorar y exclama:

-Hijo, por favor, por favor, no lo hagas, eso es...

-Ahora mismo me voy a la computadora.

-Hijo, por lo que más quieras, te pido que...

-Voy a entrar a facebook y me voy a unir a todos los grupos a favor de Correa, a todos los grupos a favor de la democracia, a todos los grupos en contra de la policía...

-¡Es una locura, hijo, te puede pasar cualquier cosa!

El joven habla con la mirada en un punto perdido. A la vista de su madre, su cara se recorta de perfil épicamente:

-Voy a invitar a todos mis contactos a que se unan en mi lucha.

La madre mira al techo, que hace las veces de cielo, y pregunta: “¿Qué hicimos para que nos haga algo así?”. El joven no escucha y prosigue con su monólogo:

-En cada muro que vea una publicación a favor de la democracia en Ecuador, voy a pulsar "Me gusta".

-¡Por favor!- solloza la madre en un grito desgarrador, mientras el esposo despierta y al escuchar lo que dice su vástago revolucionario, cae desmayado nuevamente.

-Y en cada muro que vea una publicación en contra de la democracia en Ecuador...

-¡No, hijo, no se te ocurra eso!

-Eso sí que no- agrega el padre, recuperando el conocimiento repentinamente para, al segundo, perderlo otra vez.

-¡¡¡Voy a exigir la opción "No me gusta"!!!

La madre murmura algo inentendible y se derrumba sobre el cuerpo de su esposo. El joven se dirige a su habitación eludiendo a sus progenitores, que, uno arriba del otro, han quedado tirados en el suelo entorpeciendo el camino. Cierra la puerta, enciende la computadora y entra a facebook.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La banda de los putitos


En una posdata de 1974 al prólogo de Recuerdos de Provincia, Borges dice que la historia hubiese sido mejor si en vez de canonizar el Martín Fierro se hubiese hecho lo propio con el Facundo. La crítica se convirtió en un hit de las letras argentinas. Quitando el adjetivo "mejor" y reemplazándolo por "diferente" (Borges se refería a la disyuntiva eterna civilización/barbarie para darle un palo al peronismo), lo mismo podría decirse con respecto a Sumo, Virus y el rock local. Las dos bandas son extraordinarias, pero a veces advierto que hay un recorte dominante a través del cual se súper-mitifica la figura de Luca Prodan en pos de subestimar la de Federico Moura. Como si de un lado estuviese la verdad y del otro la superficie.

Se suele repetir hasta el cansancio el episodio del festival Rock In Bali, en el que Sumo tocaba antes que Virus y Luca los anunció como "la banda de los putitos". El paradigma rockero instaló a Luca siempre del lado del lobo. Incluso características que en otro hubieran sido motivos de burla (su desastrosa pronunciación; su tendencia a parecer más inglés que italiano) en él se asimilan como algo pintoresco o hasta genial. Sus oponentes ni siquiera lo eran, recibían sus ataques asumiendo un papel de víctimas. No recuerdo declaraciones en su contra de ningún músico más o menos reconocido. Pero las construcciones sesgadas no se circunscriben a la tapa de Clarín o los informes de 678. Hace poco encontré la respuesta de Moura:

"Yo no lo vi a Luca. Recién me enteré en Buenos Aires de lo que hizo. Obviamente, la gente de producción no nos dijo nada en el momento de salir a escena para no rayarnos. Por lo que me dijeron, la gente gritaba lo mismo que había dicho Luca. Eso me sorprendió. Me pareció un mamarracho, un botón. Lo desapruebo y borro de mi cabeza totalmente, porque no hay cosa que soporto menos que una actitud de policía. Se me cayó la última cáscara que para mí le quedaba a Luca. Tendrá su onda de rock and roll, pero es un cliché. Vino a Argentina con su inseguridad de cantar en inglés y se tuvo que meter el inglés en el culo y hacer letras como "La rubia tarada" para shockear a señoras burguesas".

Diferentes tipos de substituciones. La disciplina por la diversión. La ideología por el erotismo. Lo prohibido por el placer. En los temas de Virus no se habla del corazón, sino del cuerpo. Por tomar tres de las más conocidas:

Es que tu cuerpo

va flotando por la habitación

Cierro los ojos

lo retengo en mi imaginación.

Sofocado por el sueño y la presión,

busco un cuerpo para amar.

Vuelve el deseo y la ansiedad

de este cuerpo

mi boca quiere

pronunciar en silencio.

Terminada la dictadura militar, se hace imperativo el comienzo de la dictadura del deseo. Parece un juego de palabras o una broma, pero en realidad es drama: las dos dejan un tendal de muertos a cargo del genocidio y el Sida. La revolución (que encarnaba uno de los hermanos Moura desaparecido durante la dictadura) ha dejado paso a la seducción continua.

Virus es la banda de sonido ideal para la era del vacío. Y al igual que con el libro de Gilles Lipovetsky, un desprevenido puede tomar su música como una filosofía de vida basada en la indiferencia y el desapego, cuando en realidad eso es lo que se pone en evidencia, con la objetividad posmo necesaria para que, según quien lo reciba, parezca que se está a favor o en contra.

Otro hecho particular es que las letras de la mayoría de los discos son co-compuestas o por lo menos intervenidas por el sociólogo Roberto Jacoby. El trasfondo teórico, entonces, es buscado y no puramente intuitivo como sucede con otras bandas. Esta condición de intermediario de un mensaje extrínseco sitúa aun más a Federico Moura como esa especie de sujeto maquinal que aparentaba arriba del escenario. Es que además de acusarlos de frívolos, a Virus se les endilgaba cierta frialdad en vivo. En su madurez, Moura cantaba con la mirada en un punto perdido. Sus pasos de baile eran imperceptibles. Se movía con lentitud y sonreía enigmático, ajeno al contexto. Su carisma consistía en la disolución del carisma entendido como actitud vital y demagógica. Todos datos que lo convirtieron en uno de los líderes más personales de la historia del rock argentino. La primera banda que supone una preeminencia ornamental tiene en su estrella a un individuo reacio al efectismo coreográfico, tan propio del rock.

Virus capta el Zeitgeist porque al tiempo que critica también disfruta. El infierno está encantador. Tal posicionamiento aleja a la banda de cualquier reduccionismo. No son contestatarios (en el sentido de que jamás sus canciones pueden confundirse con panfletos) ni meros hedonistas. Desde ahí producen. Y en esa encrucijada estamos todos. Rechazamos en forma abierta el "sistema" en el que estamos inmersos (¿o a alguien le agrada todo esto?) pero no podemos dejar de fascinarnos con él. U horrorizarnos. Es lo mismo. Esa clase de nihilismo sin tragedia tan propio de nuestra época. Luces. Flashes. Colores. Velocidad. Todas esas marcas que indican un claro dominio de la forma por el contenido, de lo accesorio por lo esencial, ya son parte del imaginario cultural colectivo y amenazan con copar nuestra sensibilidad, si ya no lo hicieron completamente.

Federico Moura inserta al puto en el rock argentino. Antes de su aparición había pura ambigüedad. La iconografía rockera cuenta entre sus aspectos más destacados la gestualidad afeminada. Es cierto, Charly García y Miguel Abuelo mariconeaban arriba del escenario, pero desde la óptica del que se hace el puto porque es el más macho de todos. Con Federico Moura no hay dudas. Inconscientemente, este tipo hizo más por el matrimonio igualitario (no sea cosa de decir "gay" y nos fusilen) que todo el espectro de la izquierda argentina, que de la cintura para abajo, durante mucho tiempo, como dice Roberto Bolaño en "El ojo Silva", pensó igual que la derecha. Claro que mientras se siga pasando como noticia la unión civil entre dos mujeres, la discriminación seguirá su rumbo habitual. En fin, regular una ley es difícil, pero aun más que sea aceptada culturalmente. Moura rompe los esquemas convencionales porque legitima masivamente que los heterosexuales cantemos canciones hechas a medida de la perspectiva homosexual. Versos de amor (¡o peor: de atracción corporal!) con un objeto del deseo masculino implícito. Habráse visto insolencia mayor. Esto, dentro de los cánones misóginos y conservadores del ghetto rockero (y de cualquier ghetto en realidad) es por completo subversivo, porque nos empuja a reconocer o admitir nuestro costado femenino o, "el horror, el horror", ¡ho-mo-sexual! Ya lo dijo Moris, con su voz grave y del arrabal:

El hombre tiene miedo de su sexo también

y niega a la mujer que lleva dentro de él.

Soda Stereo (especialmente en sus dos primeros discos) y Babasónicos (que retoma el tópico meta-rockero) son dos de los grupos que persiguieron la bandera estética de Virus. Pero ninguno llegó a ser lo que Larry David con respecto a Woody Allen o South Park a Los Simpsons. No se tensó hasta el límite el campo de posibilidades artísticas que ellos abrieron. De todos modos es muy complejo ser pop e ir más allá de decirle No al Concierto por Malvinas, ¿no? O de una canción como "El banquete". O de un disco como Superficies de placer. Ya está todo dicho, muchachos, sigan con la guitarra de Lolo.







Me fascina la parrilla (Virus)

¡Qué maravilla!,
me fascina la Argentina.
Con la parrilla
yo me puedo copar.
En esta zona lo tenemo'
a Maradona
y mina mona
para ir a bailar.

¿Y Gardel?
¡Qué nivel!
¿Y en Mardel?
¡Qué de hotel!

Tan intuitivo'
que inventamo' el colectivo.
Y los amigos
que se llevan muy bien.
El dulce e' leche
me perdonan que deseche
pues por las caries
no lo puedo comer.

¿Y Porcel?
¡Qué cartel!
¿Y Entel?
¡Qué papel!

Tenemo' a Borges,
la Graciela y el Jorge
que es de novela
si te ponés a leer...
Charly García
que no es el de la guía
y hasta el tranvía
que me lleva a flores

¿Y después?
¡Qué querés!
¡Fin de mes!
¡El estrés!